CAPITULO I
UNA VIDA
El viento anunciaba el otoño, que llegaba prematuramente, llevando en sus fríos brazos olores a madera y hojas secas. Barría las calles levantando remolinos, y echando a las gentes de las aceras. Ramón, enfundado en su gabardina beige, penetraba en una cafetería dispuesto a esperar tomándose un chocolate caliente. Ana aún tardaría un poco en llegar, trabajaba cerca de allí, pero hoy se iba a retrasar, ya se lo había advertido. Su jefe la necesitaba para cuadrar unos informes, y eso le llevaría su tiempo correspondiente. Echó una ojeada al local, casi siempre lleno, y que ahora, más que nunca, se veía abarrotado, y se dirigió a una mesita que en un rincón aparecía desocupada. Una pesada cortina ocultaba parte de la cristalera, y Ramón la apartó para mejor ver el exterior. Aspiró el aire cálido, y se desprendió de su gabardina, que colgó en el respaldo de la silla. Se frotó las manos, e hizo un gesto a la camarera, que se acercó para tomar nota.
-Un chocolate muy caliente, y un bollo de mantequilla, por favor-solicitó con una sonrisa en los labios
-¿Algo más señor?-preguntó impasible la camarera, que apuntaba los pedidos en una pequeña libreta.
-No, muchas gracias-respondió con gesto adusto, molesto por la falta de amabilidad de la joven.
Se esforzó por ver si venía Ana, pero el viento, continuaba creando su caos entre remolinos y polvaredas impidiéndole la visión. Optó por centrarse en sus propios pensamientos, y en lo que tenía pendiente, era necesario resolverlo cuanto antes. Sonrió a causa de sus elucubraciones, y en ese momento la camarera, dejó en la mesa su pedido. Introdujo la cucharilla en el espeso chocolate, y lo removió, mientras le daba un mordisco al bollo. Realmente tenía hambre.
El viento se calmó como por ensalmo, y comenzó a llover copiosamente. El ruido de las gotas al chocar con el cristal con furia, le hizo rebullirse en su asiento, agradecido por haberse librado del aguacero que estaba cayendo. Dio un sorbo al chocolate, y retiró la taza, el contacto con el borde le advirtió de que realmente estaba muy caliente, demasiado. Una figura estilizada, entró y cerró tras de si las puertas de grueso cristal, para escrutar con la mirada el interior, en busca de alguien. Ramón la vio y le hizo un gesto, enseguida ella se dirigió hacia su mesa.
-¡Uf! hace un día malísimo,-se quejó ella-este viento y esa agua que cae como lanzada por una mano cruel...
-Mujer ¿no eres un poco exagerada?-sonrió divertido el-es el tiempo normal en estas fechas.
-¡Ay que no! que no me acaba de gustar el clima de esta ciudad. Si pudiera me iría lejos, a donde haga sol siempre.
-Te aburrirías seguro que sí.
-Ya, ya. Ya te iba yo a decir si me aburría.
-Pero no me has citado aquí para hablar del tiempo eso seguro. Cuando me has llamado me has preocupado, he venido corriendo dejando a medio hacer...bueno da igual dime que te ocurre.
Ella bajó la cabeza, y tras una pausa, le miró a los ojos, y controlando las lágrimas que pugnaban por salir, comenzó su confesión.
-Ramón tu me conoces muy bien, mejor que nadie en realidad, dime ¿crees que me merezco yo esto?-le mostró un brazo, en el que resultaba visible un enorme morado-José...-no acertó a seguir
-Ese hijo de puta, ¿cómo puede haberte hecho eso? le voy a...-hizo ademán de levantarse.
Ella le tomó del brazo con fuerza, y le pidió que se calmase.
-No te he llamado para que me defiendas, o le devuelvas el golpe, esto se viene repitiendo desde hace algún tiempo, y lo que necesito es marcharme de aquí, pero...
-No tienes a donde ir, ni dinero ¿verdad?, no te preocupes eso a mi no me falta, tendrás dinero para empezar de nuevo en cualquier sitio que elijas. Ven esta tarde a mi apartamento y te lo tendré preparado. Ahora hablemos de cosas más alegres, ¿Qué tal va tu curso de pintura? te veo exponiendo en las mejores galerías...-trataba de quitarle hierro al asunto para evitar así que se desmoronase
El cristal cubierto de chorrillos de agua, apenas dejaba ver ya un pequeño espacio del exterior, como si quisiera esconderlos de miradas indiscretas. Ana sonrió levemente, y se limpió las lágrimas que al final habían desbordado sus ojos.
-No sé cómo darte las gracias, eres el mejor amigo que tengo, no sé qué haría sin ti en estos momentos.
-Lo que pasa es que soy tu único amigo-bromeó-cosa que por otra parte me evita tener que sentir celos.
Extrajo unos billetes del bolsillo de su Pantalón, y se los ofreció. Ella enrojeció y se los guardó en el bolsito negro que llevaba. Afuera, una figura de mujer, estilizada y elegante, estaba parada, observándoles. Sostenía el paraguas con fuerza, y su melena negra y brillante, revoloteaba en torno suyo, confiriéndole una extraña apariencia. Era María su novia de toda la vida, que había decidido darle una sorpresa, esperándole en su cafetería favorita. Desde donde se hallaba pudo ver con nitidez, como Ramón le entregaba un fajo de billetes a la mujer que estaba con él. Algo se removió dentro de sus entrañas, pues, ¿no estaba pagando los servicios de una vulgar prostituta?¿cómo podía estar haciéndole esto a ella?. Dejó que las lágrimas resbalasen por sus mejillas, y se fue herida en lo más profundo de sus sentimientos. En el interior del bar, ajenos a la escena que acababa de desarrollarse en la calle, los dos amigos trataban de suavizar el agudo problema que tenía Ana. Se sacó la chaquetita torera que llevaba, y la colgó en el respaldo. Hizo un gesto a la camarera, y continuó atenta a lo que le decía Ramón.
-Te advierto que tiene mal día, si te sonríe te invito a otro café-bromeó
-Que suerte tienes de tener una familia que te puede dar todo cuanto necesitas, envidia sana claro-apostilló
-La verdad es que si, no me puedo quejar de nada, pero tiene sus inconvenientes no creas, siempre dependes, por ejemplo, de la aprobación de quien ostenta el control del dinero. No es que me plantee muchos problemas, pero es irritante cuando menos.
-¡Ay! Ojalá pudiese yo quejarme de ese "problema"-dijo colocando dos imaginarias comillas en el aire-todos mis males desaparecerían de pronto-hizo un ademán como si de un truco se tratase.
-Entonces, ¿esta tarde en mi apartamento?-cambió de tema él.
La lluvia había cesado, y el aire olía a limpio, resultaba refrescante aspirarlo en medio de una ciudad, a Ramón le agradaba hacerlo cuando había llovido como era el caso. Oviedo era una ciudad de tonos verdes, cuidada, como una niña, y que sorprendía a quién la visitaba por vez primera. Su historia tan vieja como el tiempo, la adornaba sin embargo como a una novia recién vestida. Muros de piedra de sillería, torres que se alzaban pinchando el cielo, y gentes afables que la recorrían cada día.
Ya en la calle, se dirigieron a la plaza de la escandalera, y mientras admiraban sus jardines de dalias y rosas de vivos colores, contrastando con los marrones de las hojas secas que anunciaban un otoño prematuro, charlaron sobre cosas triviales, viejos recuerdos de la universidad, y se preguntaron qué sería de aquellos con los que compartieron sus estudios, y sus aventuras de alocados jóvenes ansiosos por descubrir y cambiar el mundo. El objetivo de Ramón era hacer olvidar por un poco de tiempo, el dolor de la agresión sufrida, que su vieja amiga recuperase la sonrisa y con ella, el ánimo que necesitaba para dominar aquella delicada situación. Ana había sido una comprometida luchadora con las causas de otros, empleándose a fondo para solventar sus problemas, justo era pues ahora, que los beneficiarios de su actitud altruista, le ayudasen a ella. La miraba de hito en hito, para asegurarse de que el proceso de recuperación iba por buen camino, y jugueteaba con el agua de la fuente, como lo hacía cuando niño.
Resultaba fácil abandonar a quién se hallaba ahora en situación tan delicada, pero Ramón no era de esos, a él le gustaba comprometerse con los que sufrían injusticias como era el caso. Quizás porque él nunca las había tenido que soportar, creía que toda persona debería ser feliz como él. Poco se imaginaba el vuelco que su vida iba a dar en ese aspecto.
-Ana...-le habló con voz suave –no le des demasiadas vueltas al asunto, no sacarás nada en limpio, si no es aumentar tu rabia y tu dolor. –le pasó el brazo por encima de su hombro, y le acarició la mejilla, con ternura.
-Gracias Ramón, es muy importante para mi tener tu comprensión y amistad, -le respondió con los ojos húmedos-ahora creo que será mejor que me dejes sola...necesito pensar, y estar a solas con mi dolor, ¿no te importa verdad?.
-¿Estarás bien?-preguntó temeroso de que al quedarse sola, se desmoronase-
-Estaré bien de veras,-se quitó las lágrimas con el dorso de las manos, mientras intentaba recomponer su imagen de mujer fuerte y más o menos segura.
Ramón asintió y se dio la vuelta para marcharse, cuando hubo dado tres pasos, se volvió para asegurarse de que todo marchaba bien, y la vio encogiéndose dentro de su abrigo, como si este se la estuviese tragando, decidió dejarla a solas con su sufrimiento, y se alejó ,ya conversarían más a la tarde en su apartamento. Volvía a llover, el día parecía enfadarse con quienes s atrevían a salir a las calles de la ciudad. Un viento frío comenzaba a levantar las escasas hijas que de las que los árboles se desprendían, de forma prematura. Ya en su coche, se acomodó retrepándose en su asiento, y suspiró con su mente puesta en Ana, y su problema, que no podía desechar de su cabeza. Arrancó y se dirigió a su apartamento, con la intención de terminar las páginas del capítulo de su libro. Había comenzado hacía un año y medio, y aún no sabía cómo terminaría. Su amigo Raúl, le había proporcionado material suficiente como para escribir tres libros, pero era necesario filtrar los casos que más le interesaban. Raúl era asistente social en el ayuntamiento de Oviedo, y le había puesto en contacto con personas, que gustosamente colaborarían con él, en su libro. Los nombres naturalmente, aparecerían falseados, para no descubrir a las personas que permitían plasmar sus experiencias, nada agradables por cierto, en su libro.
El monótono ruido de los parabrisas al limpiar el cristal, y el sonido del agua resbalando bajo las ruedas, le acompañó durante todo el trayecto, hasta que incluso le pareció irritante. A su derecha se perfiló la silueta del chalet en el que vivían sus padres, lo pasó y subió por una pendiente que lo condujo hasta un edificio de pequeñas proporciones, de tres plantas, coronando una colina de verdes espacios. Abrió la puerta del garaje, y metió el coche en el. Una vez en el interior de su apartamento, se sirvió un vaso de whisky, y se sentó en su sillón orejero, a cavilar sobre Ana y su situación.
-"Tengo que dejar de pensar en esto hasta la tarde,-se dijo-si no, no podré dedicarme a proseguir con mi libro, y..."
Se levantó y se dirigió a su escritorio, donde descansaban en un montón los folios impresos que tantos quebraderos de cabeza le estaban dando. Insertar historias auténticas de niños maltratados, le pareció en un principio, algo que enriquecería su novela, pero para nada creyó que le costaría tanto encajarlas en la trama, ni que tuvieran la relevancia que él deseaba darles.
Le había llamado la atención especialmente, una de las historias, en la que el padre, echó de casa a su hija tras una fuerte discusión sobre que amistades debería frecuentar o no. El resultado fue catastrófico, para ambos, como si al separarse, hubieran roto un vínculo invisible, que les mantenía cuerdos, y estables. Ella acabó por marcharse lejos, y fue de trabajo en trabajo, hasta que encontró un hombre con el que mantuvo una corta relación. Los malos tratos de el hicieron que ella recordase demasiado pronto a los que le daba su padre, y volvió a huir, a otra ciudad. El comenzó a beber y a culparse de lo sucedido, perdió su trabajo, y le costó hallar un sitio en el que se pudiese ganar la vida. Ninguno de los dos dio marcha atrás y nunca se volvieron a ver. Era una historia que le llenaba de frustración cada vez que la leía y se preguntaba que podía ser tan fuerte como para olvidar a un padre o a una hija. La vida misma iba a encargarse de responderle a esto.
CAPITULO II
LA TRAICION SE VISTE DE AMIGA
Ana deambuló por la ciudad sin rumbo cierto, y entró en un par de sitios para resguardarse de la lluvia. Componía una triste figura, y suspiraba como si el mundo que ella conociera, se estuviera derrumbando. Solo le quedaba su amigo Ramón en aquella ciudad, y el peligro de que su marido la persiguiese allá donde fuera, era demasiado patente. No podía quedarse en la ciudad de Oviedo, tenía que irse y cuanto antes. Lloró con desconsuelo, y se dejó llevar por sus sentimientos intentando relajar la tensión que acumulaba en su interior. Las horas le parecieron siglos, y ya empezaba a dar síntomas de debilidad, cuando miró su reloj. Eran las dos de la tarde, y su estómago ajeno a todo lo que no fuera alimentarse se rebelaba. Cuando veía en la televisión casos de mujeres maltratadas le parecía tan lejano todo aquello... pero le empezó a suceder a ella, y una sensación desconocida, mezcla de estupor, culpabilidad, e indefensión se apoderó de ella, para siempre como un amo cruel. Aun le dolían los golpes que le propinara por la mañana su marido, el brazo parecía que se le fuera a partir de un momento a otro, y la espalda, se le arqueaba a causa del dolor. Solía comer en un restaurante que hacía esquina con la manzana en la que ella vivía, por lo que le resultaba cómodo acudir a él. Hoy más que nunca necesitaba un lugar que la acogiese, que le diera protección. Conocía a todos los camareros, y ya era como de la familia. Nada más entrar Fernando, fue a su encuentro para saludarla como si hiciese años que no la veía.
-¡Señorita Ana! cuanto tiempo sin verla por aquí la hemos echado de menos...
Ella le miró con agradecimiento, en aquellos momentos difíciles todo rasgo de cariño, era bienvenido. Fernando y ella, habían forjado una amistad a base de verse en el local que el regentaba. Se trataba de un hombre joven, amable, y que la hacía sentir en casa, algo que le gustaba sobremanera. Fernando se extrañó de que la reacción de Ana, fuese tan fría, y observó que su expresión era de miedo contenido, como si alguien la persiguiese. Se acercó un poco más a ella, y con voz baja y suave le preguntó:
-¿Está bien señorita Ana?.La noto preocupada, si puedo hacer algo por usted...
-Tengo mal día eso es todo,-le dijo alzando la cabeza, intentando mantenerle al margen.
-Perdone que insista, pero usted no tiene nunca malos días, será el primero-la sonrió.
-Tráigame un café bien cargado lo necesito.
A pesar de la confianza que se tenían siempre se habían tratado de usted, y Ana no se explicaba la razón. Quizás fuese la hora de cambiar eso...Sentía frío y era un frío interior, del que no lograba librarse. También estaba cansada, pero no quería regresar a su casa, donde seguramente, aun estaba su marido. Le había cogido un miedo cerval, y solo de pensar que lo tendría delante de nuevo, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Afortunadamente, Fernando llegó con el café y un platito de galletas, que depositó sobre la mesa. Nadie preparaba los cafés como él, tenía un don.
-¿De verdad está bien?¿quiere algo más?
-Si, en realidad si Fernando. ¿Le parecería bien que nos comenzásemos a tratar de tú?, nos conocemos desde hace mucho tiempo, creo que...
-De acuerdo,-le impidió terminar-a mi me parece bien. ¿Te importa que me siente unos minutos contigo? Hoy no hay mucha gente.
-Si por favor, un poco de compañía me hará bien.
-Cuénteme, cuéntame, ¿Qué es eso tan importante que te roba la expresión?.
-Es difícil de decir, pero aunque hay cosas que solo vemos en la televisión, a veces nos sucede a nosotros, y nos parece algo demasiado irreal para ser cierto.
-Cada momento que pasa siento aumentar dentro de mí la intriga...-ironizó.
-Lo siento, es que me resulta terrible revivirlo.-le miró llorando.
-Vale, vale, si te vas a sentir mal no lo cuentes...
-No, no, me vendrá bien sacarlo fuera. Es mi marido...me pega...-confesó bajando la cabeza.
-No te avergüences, es él quien debería hacerlo, vivimos en unos tiempos en todo el mundo parece haberse vuelto loco, matando a sus mujeres, pegándolas, y creando una atmósfera de inseguridad increíble. –le acarició el brazo que le enseñaba, con ternura, sabiendo que dentro de sí libraba una dura contienda contra sí misma.
-Gracias Fernando, lamento echar sobre ti el peso de mis penas, pero es que estoy muy mal, muy mal...
-Tómate el café anda, te voy a traer unos dulces para que lo acompañes, invita la casa.
El cariño de Fernando, y el calor que le aportaba el café que el preparaba como nadie, le reconfortó, y se quitó el abrigo que dejó en una silla a su lado. Fernando, no tardó en regresar, con una bandeja de dulces que el mismo horneaba, y la depositó en la mesa. Le sonrió abiertamente, y empezó a bromear con ella, contándole anécdota que le ocurrían a diario. No tardó en reírse de alguna de ellas que realmente, era graciosa. Fernando era un buen conocedor de la sicología humana, no en vano llevaba diez años regentando su local. Había escuchado todo tipo de confesiones, confesiones que seguro que muchos sacerdotes no habían oído jamás, y eso que él era un ateo convencido. Hacía algunos años perdió en un trágico accidente a su pareja, y al hijo que iba a tener con ella, le supuso dos años de tratamiento y tener que autoreconstruirse a si mismo desde cero. Un amigo suyo empleó este truco para contrarrestar en lo posible el dolor que le laceraba el alma, y consiguió que al menos no se derrumbase del todo. Ahora parecía que daba buen resultado con Ana también, por lo que insistió en animarla sin que ella se diese cuenta. Tiempo tendría de llorar amargamente.
Afuera, como si el clima se enfadase con el mundo, el viento arreciaba, y se mezclaba con una lluvia nutrida, que se colaba por debajo de los paraguas. Oviedo entera, se rebullía en sus abrigos y corría por las calles en busca de refugio para librarse del temporal que la azotaba.
Ramón continuaba inmerso en su colaboración con la ONG, "SIGMO", que se encargaba de socorrer a los niños que le entregaba el estado en custodia, a fin de protegerles de los maltratadores que quebraban sus vidas como una caña rota, marcándoles de por vida en algunos casos. El solía donar generosas cantidades para esta ONG, pero empezaba a sentir la necesidad de hacer algo más directamente algo que supusiera un compromiso mayor...Su padre era un rico empresario, muy conocido en los círculos financieros, y elitistas de Oviedo, con lo que le resultaba sumamente fácil, recaudar fondos cuando se precisaba. No obstante se sentía cada vez más utilizado, y menos realizado, era preciso hacer algo, ¿quizás una ONG propia? no era mala idea del todo desde luego, pero ...no le llenaba la idea, no, quería una cosa más directa aun si cabe. Se levantó y se sirvió otro whisky, al que esta vez echó dos cubitos de hielo. Esa era su costumbre cuando algo se le resistía.
-No sé, no sé,...quizás me esté comiendo la cabeza, para nada, por mucho que yo haga, no podré solucionar todos los problemas, pero es tan frustrante... tiene que haber alguna cosa diferente que se pueda hacer, y que no se haya hecho aun.-se frotó la cabeza revolviéndose el pelo, como intentando estrujar su cerebro.
De pronto le vino a la mente Ana, y como si esto pesase más de lo normal para él, se sintió impotente, rabioso,-le dio un trago al whisky, y se sentó retrepado en su asiento anatómico-¿Cómo era posible que alguien pudiese siquiera pensar en golpear a una criatura tan dulce como era Ana ?no lograba entenderlo. El sol asomaba tímidamente entre las nubes, y daba la sensación de que al fin la furia de los elementos, decrecía. La luz coloreaba las piedras de los edificios, y acariciaba las fachadas de las orgullosas casas de rancio abolengo, que se erguían como una señal enhiesta, contra el tiempo. La luz jugueteaba creando sobras y luces, en un alarde interminable, mientras el tiempo se iba consumiendo.
El sonido del portero automático sonó con fuerza, despertando a Ramón, que se había quedado dormido en el orejero. Se frotó los ojos, miró el reloj, y comprendió que debía ser Ana que esperaba para subir a verle. Se atusó el pelo compuso su arrugada bata, para recibirla, y pulsó el botón de apertura. Ana presentaba una extraña apariencia, entre abatida, y triste, que no presagiaba nada bueno, a la vista de Ramón. Sus ojos de habitual alegres, y brillantes, eran ahora brasas apagadas, sin vida en sí mismos. La experiencia que estaba sufriendo, le pasaba factura. Aun y con todo, Ramón no quiso exteriorizar sus impresiones, y sonrió en un intento de suavizar su dolor.
-Ana,¿ cómo lo llevas? –se sintió estúpido por la pregunta, cuya respuesta era más que evidente. Siéntate mujer, ¿quieres tomar algo? te vendrá bien. Dame tu abrigo, lo colgaré y así estarás más cómoda.
Ramón que en todo momento estaba pendiente del estado de ánimo de ella, sirvió un licor de ciruelas en una delicada copa y la dejó delante de Ana, en una pequeña mesita auxiliar. Vio como ella, se echaba hacia atrás en el sillón, y sus manos engarfiaban los reposabrazos como si fuesen una tabla de salvación flotando en la inmensidad del mar. La tensión le afloraba sin que ella pudiese evitarlo. En la chimenea, justo detrás de ellos, ardía un falso fuego, que sin embargo "caldeaba" el ambiente, haciéndolo más acogedor. En medio de esta atmósfera, Ana comenzó a abrirse a él, detallándole lo que pensaba hacer a partir de ahora.
-He pensado marcharme por algún tiempo de la ciudad, al menos hasta que se me pase este dolor que me lacera como un verdugo cruel que no me deja pensar en otra cosa. Tengo una amiga en Madrid, que me acogerá en su casa, y quizás incluso busque trabajo allí. Voy a necesitar ese dinero que me ofreciste, pero solo lo cogeré con una condición, y es que te lo devolveré, es un préstamo.-Le miró con seguridad.
-Venga Ana somos amigos ¿desde cuándo? ¿desde la "uni"?¿cómo voy a prestarte nada? Te lo doy y en paz. Además te lo doy muy a gusto.
-Nos conocemos desde antes de que estudiásemos en la "uni", pero eso no es motivo suficiente para que yo abuse de tu generosidad, ni de tu amistad. Así que solo lo aceptaré si es como un préstamo, me sentiré mejor de esa manera. Ahora más que nunca, necesito sentir que controlo mi vida, y quiero darle un comienzo...
-Vale como tú quieras, no me gusta pero lo acepto-alzó las manos en signo de resignación-¿Cuánto te parece que será suficiente?¿dieciocho mil euros bastarán?
-Por dios Ramón eso es una barbaridad, ni que fuera a dar la entrada para un piso...
-Bueno pues tú dirás, ya que me lo vas a devolver, no te quedes corta...
Con seis mil euros me sobra, ten en cuenta que pretendo encontrar un empleo y ganarme mi propio dinero para vivir. El la miró con admiración, como si la viese por vez primera. Una mujer que renacía de sus propias cenizas, para hacer frente a la vida, con un coraje renovado por el dolor y la pena. Sabía no obstante, cuanto le costaba dejar la ciudad que la viera nacer, y a la que tanto amaba. Allá afuera le esperaba una urbe nueva, desconocida...
-¿Qué te parece si me cambio y nos vamos a tomar algo ,podríamos rememorar viejos tiempos, emborracharnos...
-Me parece bien, ¿por qué no? puede que me ayude a olvidar un poco todo lo que está pasando...
-¿Te he dicho que te admiro?-le soltó mientras se dirigía al baño. Me ducho y en seguida estoy.-anunció.
Ana le habló desde el salón, subiendo el volumen de la voz para compensar el ruido que hacía el agua al caer con fuerza. Entretanto, Ramón dejaba que el chorro de agua le despejase de la modorra que aun le pesaba, y sintió como la sangre volvía a circular alcanzando su cerebro, que de nuevo funcionaba a pleno rendimiento. Estuvo un buen rato bajo el chorro de agua, y no se dio cuenta de que Ana había dejado de hablar. De pronto, como si regresase de algún lugar perdido en un distante planeta, se dio cuenta del hecho, y preocupado, casi chorreando salió de la ducha, y se enfundó una toalla a la cintura, de cualquier manera, para echar un ojo a su invitada, que estaba de espaldas en completo silencio. No le gustaba nada el aspecto que tomaba aquella situación, pues tras aguzar el oído, escuchó como sollozaba con las manos tapándose la cara. Se le acercó dejando huellas de sus pies húmedos por todo el piso.
-¡¡Eh!!¡¡eh!!,¿Qué pasa? venga mujer que no estás sola, esto es un mal momento que pasaremos juntos tus amigos y tu y se diluirá en el cerebro, como una pesadilla.
Ana, asintió con las pocas fuerzas que pudo reunir, y aún más emocionada, comenzó a hipar, a la vez que se sonaba. Ramón la tomó por su larga y negra cabellera, con suavidad, y echó su cabecita sobre su hombro derecho, abrazándola contra este.
-Vamos no seas tonta, llora, llora cuanto necesites, es bueno, no pasa nada, va, venga ,que no te voy a dejar sola en este trance.
CAPITULO III
LO QUE PARECE NO ES
En ese preciso instante, el sonido de una llave girando en la cerradura, le sacó de su ensimismamiento, y volvió la cabeza sorprendido. Era María, que venía con su amiga Marisa de Ordea Illana, tenía llave de su apartamento, llave que nunca había usado a pesar de todo en momento alguno. Se paró en medio del umbral con los ojos desorbitados, y pálida como la cera. Su amiga tras de ella, se tapó la boca, abierta de par en par con una mano. Ana ajena a cuanto ocurría a su alrededor, tardó unos minutos en retornar a la realidad, para ver la escena que en completo silencio, se estaba desarrollando en la entrada que daba directamente al salón principal del apartamento. Se separó de Ramón y miró a uno y a otras desconcertada.
-¿Cómo puedes ser tan cerdo?¿cómo puedes ser capaz de traicionarme con "esa"..."esa "prostituta barata...?-acabó la frase con el asco reflejado en su rostro.
-¡Eh, no te pases!, ella no es ninguna prostituta, es una amiga y ya lo está pasando bastante mal como para que tu le eches más leña al fuego. Veras...
¡¡No!!, no me expliques nada, ahórrame los detalles escabrosos por favor,-le cortó volviendo la cabeza a un lado-esto es asqueroso, vámonos Marisa, por favor no puedo seguir aquí.
-Pero María, por favor escucha lo que tengo que decirte, esto solo es un malentendido... no te vayas, aquí no ha pasado nada de lo que te piensas...
Pero María ofuscada, ya estaba frente al ascensor, pulsando frenéticamente el botón, lloraba con gesto de amargura, y su amiga lejos de calmar los ánimos le incitaba más a exasperarse que a escuchar lo que él tenía que decirle.
-No tengo nada que escuchar, he visto como le pagabas en la cafetería, le dabas dinero por sus servicios, ¡es una puta! y tu eres peor, ¡déjame! no se te ocurra tocarme ¡cerdo!.
-Y yo lo he visto también, ¿no lo vas a negar verdad? Faltaría más, ¡que miserable eres!, con lo que ella te quiere...-aumentó la tensión generada Marisa, que la abrazaba como se hace con una niña indefensa.
-Pero ¿Qué estáis diciendo? Lo estáis liando todo, solo le prestaba un dinero para una necesidad, tiene problemas y la estoy ayudando...
-Una necesidad ¿eh?, ¡claro, una necesidad de "ese tipo" que tu y yo sabemos.-Le respondió Marisa que parecía haber tomado las riendas de la situación, cosa nada buena para Ramón pues desde el principio mismo de su relación ser había puesto en contra de él, metiendo cizaña entre ambos.
-¿Quieres mantenerte al margen? Esto no te concierne a ti, ya se cual es tu opinión sobre mí, así que ¡cállate!-le gritó con desesperación al ver que no se le permitía expresarse y desenredar aquella madeja de raras casualidades. Si... ella sí que te conoce bien y no yo que he sido una tonta...-le respondía entre hipidos sollozando –ya me decía que tú eras un falso... que me engañabas con otras...-el miró a Marisa con el odio reflejado en sus nobles rasgos, como si la llama de la ira se encendiese por vez primera en su mente. Así que eso era lo que le decía cada vez que le era posible...así las cosas no era de extrañar que ante la situación que se estaba dando, pensase lo más terrible que se le pudiese antojar. El estaba abrazado a una mujer a la que le había visto dar dinero en la cafetería, y ahora ...los dos juntos en su apartamento...el semidesnudo con una toalla mal puesta alrededor de la cintura, y ella con la cabeza apoyada en su hombro...si sumaba dos y dos, ¿Qué le saldría?. Pues cuatro naturalmente.
El ascensor que bajaba al piso que daba a la calle, abrió sus puertas como las mandíbulas de una bestia que se tragase a sus víctimas. Marisa Ordea, tiró del brazo de su amiga María, y las puertas se cerraron tras de sí. Nunca más se volverían a ver, pero eso no lo sabían entonces ninguno de los protagonistas del drama que acababa de escenificarse allí.
El capricho de las parcas, que tejen los hilos del destino, iba a enredar el camino de Ramón di Marinia, un hombre en la plenitud de la vida, para entregarlo en otras manos. Tenía veinticinco años, y su cuerpo perfectamente musculado, y en forma, le daba un aspecto de modelo. Su pelo rubio y sus ojos azules conquistaban a quienes se atrevían a mirarlo de frente. Se podía leer en el fondo de su alma misma, la sinceridad que rebosaba por cada poro de su piel. Ana boquiabierta, no supo decir nada, y solo le abrazó de nuevo, con la fuerza que el cariño da en esas ocasiones, transmitiéndole su apoyo en silencio. Ramón la miró, y le sonrió.
-No te preocupes verás cómo se le pasa, es que esa maldita amiga suya...solo le sirve para meterle en canción... y se le da bien a la muy...-se cortó.
-Ramón por favor que tú no eres así... deja que las cosas se aclaren, yo les explicaré lo que haga falta, aun a riesgo de que esa mujer y tu novia me pongan a caldo...-le acarició una mejilla.
-Gracias cariño, eres tan buena... no sé como tu marido no te valora más...es un...dejémoslo, ahora lo más importante es solucionar tu problema, es más grave.
En la calle Marisa Ordea, "consolaba" a su amiga, reprochándole que no le hiciese caso cuando se lo advirtió por su bien , la primera vez. Y María, inconsolable, solamente lloraba y gemía como un animal herido de muerte, al que no le quedaba nada. Ella había puesto todas sus ilusiones y esperanzas en aquel matrimonio, que le proporcionaría la felicidad que tanto anhelaba al lado de Ramón, un hombre educado como ella misma en "La obra" bajo unas normas estrictas que se enorgullecían de llevar al pie de la letra. El procedía de una de las mejores familias de su círculo de relaciones, y su fortuna era considerable. También ella venía de otra familia de similares características, aunque ni mucho menos tan acomodada económicamente. Ahora todo se disolvía como un azucarillo en medio del café, y su vida daría un vuelco, cosa a la que no estaba acostumbrada, dado que había seguido hasta ahora un derrotero lineal, seguro y sin sobresaltos.
-María por favor tranquilízate, y deja de llorar, es solo un hombre, los hay a patadas. Todo se arreglará y volverás a ser la de siempre... le olvidarás...
-¡Ay Marisa! eso no es verdad, yo no podré dejar de pensar en el nunca, han sido demasiados años de relación tu no lo puedes comprender...le amo ¿lo entiendes? Es algo que no se controla, no puedo dejar de pensar en el así como así. Ramón lo era todo para mi.-Volvió a llorar con desconsuelo, mientras continuaba hablando-¿porqué, porqué a mí ?no me lo merezco, no lo entiendo...
-Ay hija que quieres que te diga, ellos son así, y no hay más...vamos que te me vas a deshidratar, sentémonos a tomar algo.
Se acomodaron en una terraza, frente a la catedral que se erguía como un guardián de la ciudad dispuesto a desenfundar una imaginaria espada. Sus vetustas piedras, se alineaban de tal forma que el tiempo temía su respuesta, y las dos amigas se sintieron arropadas por su imponente presencia. Un solícito camarero, se acercó para tomar nota del pedido. Marisa Ordea, que llevaba de momento las riendas, cavilaba como dar el golpe de gracia a Ramón, acusándolo ante su maestro espiritual, para que lo expulsasen de "La obra". Sonrió en un gesto controlado, que pasó inadvertido para la desdichada María que con la cabeza baja, pensaba en que le había podido fallar para que el reaccionase así con ella. Nada le hacía pensar que Ramón pudiese ser de ninguna manera, ese tipo de hombre que paga por obtener sexo, y su educación le convertía en un marido perfecto para ella, que se había criado bajo la filosofía de "el camino" en un grupo apartado de lo mundanal.
-Pónganos una tila, y un té con leche, la leche fría en una lecherita aparte, y unas pastas de té para acompañar.
-¿Algo más señora?
-Nada más puedes retirarte...ya te llamaremos si necesitamos algo...-la displicencia de Marisa, se tradujo en un gesto de desprecio en el camarero cuando este les dio la espalda.
-Hala hija, venga, que el mundo no se termina ahí, -le levantó la barbilla con dos dedos, en lo que quiso ser un gesto amable. Mira esta tarde nos vamos de compras las dos, y cambiamos ese aspecto tuyo tan clásico, que ya está muy pasado de moda...verás como entonces cuando te mires al espejo, mejorará tu ánimo considerablemente. Serás otra, y dejarás atrás la historia de ese... ese...no sé ni cómo denominarle.
El camarero llegó con el pedido que le habían hecho, sobre una bandeja plateada, y dejó frente a cada una de ellas, su taza correspondiente. Se retiró, y Marisa Ordea, continuó con su retahíla, como si la vida dependiese tan solo de la apariencia y el status que se pudiesen demostrar. Esperó a que se le abonase el total, de las dos consumiciones, y Marisa se dio por aludida. Extrajo un billete de cincuenta euros, y se lo ofreció con desdén. El camarero le solicitó uno más pequeño, a lo que ella, con aires de "reina", le respondió:
-"No tengo más que billetes de cincuenta euros, cóbrate de ése. ¿O te lo cambio por otro idéntico?"
El camarero, ante la evidente estupidez de su clienta, tomó el billete, y le devolvió los cambios para retirarse bufando. A aquel lugar, una cafetería de lujo, llegaban cada día, más de doscientos clientes, y se veía de todo, pero aquella mujer, se llevaba la palma en cuanto a presunción se refería. María por su parte, reflexionaba con la escasa capacidad que la naturaleza le había concedido, y analizaba como resolver aquel terrible problema. Ella amaba a su manera a Ramón, y dependía emocionalmente de él, tal y como le habían dicho que debía suceder entre una mujer y un hombre. No encajaba nada de lo que le estaba sucediendo, y sus ojos enrojecidos, y llorosos, con el pelo cayéndole a mechones por la cara, le conferían una imagen patética.