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Fuera de mi Vida, Ex Esposo

Fuera de mi Vida, Ex Esposo

Autor: : Emily Rose
Género: Romance
Jeremy Walton, el implacable director general de la corporación Walton, se vio forzado a un matrimonio por contrato con la bella y elegante Isabella Rodríguez para asegurar su ascenso. Un acuerdo temporal, una farsa perfecta ante su padre, pero un calvario para Isabella, quien secretamente albergaba un amor no correspondido. Para Jeremy, Isabella era solo su asistente personal, una figura invisible en su vida de caprichos y conquistas. Nunca la presentó como su esposa, manteniéndola en la sombra mientras él vivía a sus anchas, persiguiendo a la mujer que, según él, amaba. Pero la cruel petición de divorcio de Jeremy, un golpe devastador, marca el inicio de la verdadera pesadilla de Isabella. A pesar de sus vanos intentos por ganarse su corazón, la presión y la soberbia de Jeremy la obligan a aceptar el divorcio, liberándolo para que siga su camino. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Más allá del dolor y el anonimato, Isabella descubre una fuerza inquebrantable. Se empodera, abraza una nueva vida y encuentra la luz en los ojos de un apuesto caballero que le muestra un mundo de posibilidades. Pero el pasado, encarnado en Jeremy, se niega a soltarla, persiguiéndola a cada paso del camino. ¿Podrá Isabella escapar de las cadenas de un amor no correspondido y construir su propio futuro, o el eco de su matrimonio por contrato la condenará a una sombra eterna?

Capítulo 1 Acuerdo de divorcio.

POV de Isabella.

Estaba en mi escritorio, sumergida en un mar de documentos, intentando descifrar los números y las fechas que bailaban ante mis ojos. De repente, una vibración insistente me arrancó de mi concentración.

Tomé el teléfono, esperando encontrar el nombre de alguna colega o un mensaje de mi amiga, pero la pantalla reveló algo inesperado: Jeremy Walton. Mi corazón dio un brinco en el pecho, Jeremy era mi jefe y mi esposo en secreto.

Una ola de nerviosismo me invadió, tan fuerte que mis manos comenzaron a sudar. ¿Por qué me llamaba justo ahora, en medio del día laboral? Nuestra regla de oro era mantener las cosas estrictamente profesionales en la oficina.

Cualquier llamada de él fuera de lo común, especialmente una inesperada, significaba que algo importante, o quizás algo malo, estaba sucediendo.

La pantalla seguía iluminada con su nombre, y cada segundo que pasaba sin contestar aumentaba mi ansiedad. ¿Sería algo de la empresa? ¿O algo personal que no podía esperar a que llegáramos a casa? Un nudo se me formó en el estómago.

Estaba ahí, mirando la pantalla de mi teléfono que parpadeaba y vibraba. En ese instante, se me olvidaron por completo los papeles que tenía en mis manos. Dejé todo, cerré la oficina y contesté la llamada.

-Hola -dije, y sentí cómo apretaba el teléfono con fuerza, mi corazón latiendo rapidísimo.

La voz de Jeremy, tranquila, sonó al otro lado.

-¿Dónde estás?

-Estoy en mi oficina -le respondí.

-Bien -dijo él-. Nos vemos en la sala de juntas ahora, te estaré esperando.

Y colgó. Me quedé con el teléfono en la mano, sin saber qué pensar. ¿Una junta? ¿Ahora? Y que me estuviera esperando... Definitivamente, algo raro pasaba.

Salí disparada de mi oficina, casi corriendo hacia la sala de juntas. Jeremy, era el presidente de la Corporación Walton.

Era una locura. Nadie, absolutamente nadie en la empresa, sabía que estábamos casados. Para todos, él era el soltero más codiciado y rico de la ciudad, el sueño de muchas. Y yo, su asistente, era en realidad su esposa.

Era un secreto que teníamos que guardar muy bien, y a veces, como ahora, se sentía un poco extraño.

Nuestro matrimonio... bueno, eso era otra historia. Fue todo por un contrato. Antes de casarnos, éramos solo jefe y empleada, casi ni nos hablábamos.

Pero el padre de Jeremy lo obligó a casarse para poder darle la presidencia de la empresa. Jeremy era su único hijo y, según su padre, tenía que guardar las apariencias.

Sin embargo, una vez que Jeremy obtuvo lo que quería, dejó sin efecto ese compromiso y me mantuvo en el anonimato.

Su padre, que siempre andaba viajando de un lado a otro, prácticamente se había olvidado de nuestro matrimonio. Nos casamos en secreto, bajo un acuerdo, con la condición de separarnos en tres meses.

Aunque compartíamos el mismo apartamento, cada uno dormía en su propia cama. Teníamos que mantener nuestro matrimonio lo más discreto posible, incluso en casa éramos completos extraños.

Al principio, Jeremy ni siquiera vivía mucho allí, solo lo hizo para complacer a su padre.

Supongo que el padre de Jeremy, al principio, sí tenía la esperanza de que lo nuestro fuera un matrimonio de verdad, de esos normales.

Quería que Jeremy sentara cabeza y tuviera una familia, por eso lo de la presidencia. Pero su plan, claro, fracasó. Jeremy tenía sus propias ideas, y en ellas no entraba un matrimonio convencional conmigo. Para él, solo era un paso más para conseguir lo que quería.

Antes de entrar, me aseguré de que mi ropa estuviera bien y luego observé a mi alrededor para confirmar que nadie más estaba cerca.

Después, toqué la puerta de Jeremy. Su voz, algo fría, me dio permiso para pasar. Abrí la puerta y entré. La gran sala de reuniones estaba impecable. Jeremy estaba sentado en un sillón, fumando un cigarrillo, el cual apagó en cuanto me vio.

Me acerqué a Jeremy, y mientras caminaba, noté su mandíbula marcada. Desde donde yo estaba, no podía verle toda la cara.

-Siéntate -me dijo Jeremy.

Cuando me senté, vi un papel sobre la mesa. Jeremy lo deslizó hacia mí. Pero en vez de mirar el documento, mis ojos se fijaron en sus dedos, largos y fuertes. Hasta sus manos me parecían muy masculinas.

-Fírmalo -soltó Jeremy con altivez. Solo después de que me lo pidió me di cuenta de lo que ponía en el papel: era un acuerdo de divorcio.

La decepción me invadió, pero no dejé que se notara en mi cara. Por eso, Jeremy creyó que no me importaba y que estaba tranquila. Él se había imaginado que yo haría un escándalo por su idea de divorciarse de mí.

«Es un acuerdo de divorcio. ¿De verdad quiere divorciarse, Jeremy?», pensé.

Solo habían pasado dos meses desde que nos casamos y era la primera vez que Jeremy me pedía que nos viéramos en la sala de juntas a solas; sin embargo, era porque quería el divorcio.

No sabía si sentirme alegre, triste o enojada por este cambio tan repentino en mi vida de casada. No sabía cómo reaccionar. Mis padres me habían enseñado a ser razonable, así que no pude discutirle a Jeremy ni perder la calma.

Mis padres, que son personas honradas y trabajadoras, viven en la Ciudad de México. Ellos me educaron para ser una mujer refinada, sensata y distinguida, de esas que no se alteran ni hacen escenas como locas.

La decepción me invadió, pero levanté la cabeza y miré a Jeremy. Con calma le pregunté:

-¿Por qué te quieres divorciar?

-Simplemente quiero hacerlo y ya -contestó Jeremy sin dudar.

«¿Quiere el divorcio? ¿Entonces tengo que firmar este papel solo porque a Jeremy se le ocurrió separarse de mí y terminar con nuestros dos meses de matrimonio?», pensé. La furia crecía dentro de mí.

Capítulo 2 Cruel traición.

POV Isabella.

Pero no mostré mi rabia ni mi parte vulnerable delante de Jeremy. Luego, con firmeza, dije sin titubear:

-No estoy de acuerdo.

Jeremy le puso un precio muy alto a ese divorcio, parecía que le urgía. Noté una cantidad muy grande que recibiría con ese divorcio.

-El divorcio es lo mejor para los dos -dijo Jeremy.

-Pero apenas llevamos dos meses de casados y en el contrato de matrimonio se estableció un tiempo mayor. El dinero es lo de menos -dije, mientras miraba los ceros que se destacaban en el contrato.

Puse una ligera sonrisa y dije:

-Señor Walton, no voy a aceptar su petición de divorcio. Que usted no quiera este matrimonio no es mi decisión, presidente. Si no tiene nada más que decir, me voy.

Entonces me levanté y me fui sin dudar. Pero la sonrisa de mi cara desapareció apenas salí de la sala de juntas.

De pronto, mi teléfono volvió a sonar. Era mi madre, Rosa Rodríguez, quien me llamaba desde México.

-¡Mamá! -respondí con una sonrisa, aunque ella notó un leve toque de tristeza en mi voz.

-¿Qué te pasa, Isa? ¿Cuándo nos vas a presentar a Jeremy? Tu padre y yo queremos conocerlo.

«Mamá, me temo que eso no será posible. Jeremy me ha pedido el divorcio», pensé para mis adentros.

-Mamá, Jeremy es un hombre muy ocupado. Por ahora no es posible viajar a México, tiene muchos compromisos aquí en Seattle.

Mi madre, con algo de desilusión, me dijo:

-Isa, estás sola en Estados Unidos. Tu padre quiere tener una charla de hombre a hombre con él, no por teléfono, pero ni modo, el trabajo es importante. Asegúrate de recordarle a Jeremy que cuide su salud, cariño.

-De acuerdo, mamá.

Al colgar la llamada con mi mamá, por primera vez me di cuenta de lo difícil y doloroso que era mentir. Sentí un nudo en el estómago.

No era solo ocultar la verdad, sino también fingir que todo estaba bien cuando por dentro me sentía completamente rota.

Cada palabra que dije para evitar que mi mamá se preocupara fue como una puñalada. Me di cuenta de que, aunque quería protegerla, al mismo tiempo me estaba haciendo daño a mí misma.

Era una carga muy pesada llevar ese secreto, y la idea de tener que seguir mintiendo sobre mi matrimonio me agobiaba.

Nuestro matrimonio, el de Jeremy y el mío, fue por un acuerdo, algo arreglado. La verdad es que no nos conocíamos bien. Por eso, mis padres estaban preocupados y mi papá tenía tanto interés en conocer a su yerno.

Más tarde, llegué a casa exhausta del largo día, con la solicitud de divorcio aún en la cabeza. Me senté en el sofá y encendí la televisión.

Una noticia me llamó la atención: la prensa del corazón mostraba la foto de una mujer que sonreía con timidez mientras un hombre le ponía la mano en la cintura.

Parecían una pareja feliz, y él la protegía como un caballero. Si la pareja hubiera sido otra, habría pensado que se veían dotados de hermosura. Sin embargo, el hombre que acompañaba a la mujer era Jeremy.

«El presidente de la corporación Walton protege a su nueva novia en público», decía el titular de las noticias.

Reconocí a la mujer; era una celebridad, una modelo muy famosa que había ganado reconocimiento hacía poco. La voz en off de la foto era una entrevista con la modelo:

-Bueno, Jeremy fue la razón principal por la que me convertí en la modelo principal de la campaña. No habría podido lograrlo sin él, sin su apoyo.

Apagué el televisor, entendiendo ahora el apuro de Jeremy por divorciarse. Me quedé fría mientras pensaba:

«¡Claro es evidente! El presidente Walton podría convertir a cualquiera en celebridad, él tiene los recursos y la influencia. ¡Maldición!».

Con el corazón apretado, fui a la cocina para intentar tranquilizarme, preparándome un té. Aunque Jeremy es un hombre con mucho dinero, yo no quise tener sirvienta. Una vez más calmada, decidí arreglar un poco la casa; de la impresión hasta el hambre se me había quitado.

Aunque Jeremy quería el divorcio, yo creía que él podría cambiar de opinión con el tiempo si me esforzaba por ganarme su corazón.

Así, desistiría del divorcio. Siempre estuve muy enamorada de él en secreto, hasta que parte de ese sueño se hizo realidad al convertirme en su esposa. Ahora, el fugaz sueño es solo una pesadilla.

Aunque solo estuvimos casados dos meses, yo hice todo lo posible por ser una buena esposa. Aprendí a cocinar y a cuidar el hogar con esmero, siguiendo los consejos de mi madre a la distancia.

Sin embargo, a Jeremy poco le importaban mis esfuerzos; nunca me tomó en cuenta. Para él, yo siempre fui su empleada, su asistente personal, un miembro más de la empresa que dirigía.

Capítulo 3 Humillación pública.

POV Isabella.

La noche se había echado encima, y con ella, una inquietud familiar pero persistente comenzaba a apoderarse de mí. Era viernes, y por el absurdo acuerdo que manteníamos, Jeremy debía pasar la noche en el apartamento para preservar la fachada ante su padre.

Aunque, para ser sincera, últimamente a él parecía importarle poco la opinión de su padre o de cualquier otra persona. Sin embargo, su ausencia prolongada me extrañaba. Una y otra vez, mis ojos se posaban en el reloj, cada minuto que pasaba aumentaba mi preocupación.

De repente, el sonido del timbre me sobresaltó, un repique inesperado. Mi ceño se frunció; Jeremy tenía llave. ¿Por qué tocaría el timbre? Y, más aún, ¿por qué regresaba tan increíblemente tarde? Una molestia de algo parecido a la ansiedad se instaló en mi estómago.

Estaba a punto de abrir la puerta, mi mano ya en el pomo, cuando la curiosidad me ganó y me asomé por el ojo mágico. Lo que vi me dejó helada.

Abrí la puerta, pero el asombro me petrificó al instante: Jeremy no estaba solo. Una mujer estaba a su lado, y mi rostro se congeló en una mueca de extrañeza que rápidamente se convirtió en un nudo en la garganta.

Era ella, la misma modelo que había visto en las noticias, la que recientemente había ganado fama en el país y de quien se rumoreaba, con titulares cada vez más insistentes, que anunciaba su compromiso matrimonial con Jeremy. Al parecer, todo era en serio.

Cuando ambos entraron, Jeremy con su indiferencia habitual y ella con una sonrisa complacida, me quedé allí, en medio de la sala, paralizada y aturdida.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Jeremy había llegado demasiado lejos. Esto ya no era solo una farsa; era una humillación pública, un golpe bajo que no esperaba.

El rostro de la modelo, Mia Calivai, se giró hacia mí, y luego, con un gesto de extrañeza, preguntó a Jeremy:

-¿Cariño, quién es ella?

Sentí cómo mi corazón se encogía. Jeremy me miró con una calma desarmante, y luego, como si no significara nada, desvió la vista.

Yo, por otro lado, apretaba los dedos con inquietud. Una pregunta martilleaba en mi cabeza: ¿Cómo me va a presentar? ¿Le dirá a su amante que soy su esposa? La incertidumbre era un tormento.

Pero no hubo titubeo en su respuesta. La frialdad de sus palabras me perforó:

-Ella es mi asistente personal, se encarga de todos mis asuntos, incluso los personales.

Y sin más, tomó la mano de Mía y entró directamente a la sala, dejándome sin palabras, allí parada, como un mueble olvidado.

La palabra "asistente personal" me apunalo el corazón como una cuchilla afilada, un dolor que se extendía y quemaba. Los vi allí, abrazados en el salón que se suponía era nuestro hogar, y la ira se disparó en mí, una furia caliente que me nublaba la vista.

Jeremy me estaba desafiando, me estaba empujando sin miramientos para que le diera el divorcio a como diera lugar.

Era una declaración abierta: estaba demostrando ser un desalmado, un tipo sin escrúpulos que no se detendría ante nada para conseguir lo que quería. Mi supuesta invisibilidad se había transformado en una humillación descarada, una muestra pública de su desprecio.

Mis pensamientos empezaron a sacudir mi cabeza, un remolino de confusión y dolor. Me quedé en silencio, como una espectadora, viendo cómo la escena se desarrollaba ante mis ojos, y escuchando la risa compartida de los amantes.

Porque eso eran, amantes, aunque Jeremy aún no estuviera divorciado de mí. Me desprecié a mí misma, la voz en mi mente susurrando con crueldad:

«Soy un fiasco de mujer».

De pronto, el celular de Jeremy sonó, y él, el muy desgraciado, me lo entregó con desprecio para que yo contestara, dejando claro el papel que juego en su vida: el de una simple asistente.

Lo tomé, aclarando mi garganta, y respondí con una voz que intentaba sonar profesional, pero que escondía una rabia hirviente:

-Buenas noches, Isabella Rodríguez, la asistente 24/7 del señor Walton.

Lo dije con el mismo desprecio con el que él me había tratado, mirándolo con rabia, pero a él le importaba un pepino mi cara de pocos amigos.

Me fui a mi cuarto para no verlos y tratar de calmarme. Estaba muy enojada con todo lo que estaba pasando justo delante de mis ojos. De pronto, mi celular sonó y me sorprendió, porque era una llamada internacional, de mi natal México, pero no conocía el número.

-Isa, querida, ¿cómo estás? -escuché.

-¿Luis? -pregunté, apenas creyendo lo que oía.

-Sí, querida, soy yo.

Me sentí sorprendida al escuchar una voz familiar, mientras, al otro lado de la casa, las carcajadas de Jeremy y la modelo se hacían notar. Me concentré en mi amigo Luis para olvidar el sufrimiento que me invadía.

Luis era mi amigo de toda la vida, crecimos juntos en Sinaloa, México. Luego, me vine a Estados Unidos para hacer una maestría y, supuestamente, para buscar una vida mejor.

Qué ironía, ¿no? Me topé con Jeremy y, poco a poco, está convirtiendo mi vida en un completo infierno.

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