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Fusión Nuclear

Fusión Nuclear

Autor: : Leah Michaels
Género: Romance
FUSIÓN NUCLEAR: UNA GUERRA DE GLITTER Y SECRETOS (O cómo incendiar el género romántico con un lanzallamas de purpurina y sarcasmo) Abbi Reed: Planner de bodas, terrorista del glitter y huracán con patas. Sus cupcakes son armas químicas y su biblia es "el caos es mi marca personal". Parker Donovan: Arquitecto obsesivo, traje de tres mil dólares, cicatrices que cuentan secretos. Podría organizar el apocalipsis en una hoja Excel... hasta que Abbi explota en su vida. Cuando chocan: - Sus diálogos son partidos de tenis con raquetas de navajas. - Su química haría evaporar un laboratorio. - Y ese "odio" que tienen? Pura mentira. Como el compromiso falso de Parker (que Serena, su "prometida", ayuda a mantener... mientras besa a Javier en los vestidores). Secretos que arden más que el sake en Tokio: - El colapso de Dubai no fue accidente. - Alguien está saboteando a Parker. - Y Abbi, con su costumbre de meter la nariz donde no debe, es el próximo objetivo. Escenas que te tatuarán el cerebro: ✔ El Cupcake Nuclear (glitter + traje caro = guerra declarada). ✔ Karaoke en japonés (Parker canta My Way como un yakuza emocional). ✔ "Eres el único error que quiero cometer" (mentira romántica más hot del siglo). Para quienes creen que el enemies-to-lovers necesitaba: ✔ Más explosiones. ✔ Menos cumplidos, más "¿Vas a besarme o necesitas un plano arquitectónico?". ✔ Un ficus llamado Fernando que juzga tus decisiones amorosas. ¿Qué duele más? ¿Las heridas de Parker... o que Abbi sea la única que quiere lamerlas? En resumen: Beautiful Bastard con esteroides, The Hating Game en llamas y un toque de John Wick (pero con más glitter y menos perros). Esto no es una novela. Es un crimen de pasión con testigos. (Fernando el ficus suspira decepcionado... pero sigue leyendo). ¿Listos para que esta bomba les estalle en las manos? 💥

Capítulo 1 SINOPSIS

(Porque el amor es el desastre mejor planeado... y ellos son expertos en catástrofes)

Abbi Reed no organiza bodas: las convierte en obras de arte explosivas (literalmente). Su arma preferida: cupcakes radiactivos y una actitud que hace que las suegras lloren... de terror.

Su último cupcake "Fusión Nuclear" -un engendro de glitter verde y frambuesa- acaba de estamparse contra el traje de Parker Donovan, el arquitecto más impecable (e insoportablemente sexy) de la ciudad. Él diseña rascacielos de cristal; ella, fiestas que violan códigos de seguridad y buen gusto. Él vive en un penthouse Architectural Digest; ella, en un loft donde hasta su ficus la juzga (y con razón).

Pero el destino es un cabrón con sentido del humor...

Ahora están encadenados para planear la boda más imposible del año:

- Ella quiere: drag queens lanzando rosas, un pastel con forma de gato esfinge (el animal favorito de la novia que parece, por cierto, un alienígena) y un karaoke que haría sonrojar a un marinero.

- Él exige: silencio sepulcral, flores blancas (¿es esto un matrimonio o un funeral?), líneas rectas y que Abbi deje de rociarle purpurina como si fuera un proyecto de manualidades del infierno y como si quisiera desnudarlo o asesinarlo (o ambas).

LAS REGLAS DE LA GUERRA:

1. Prohibido el contacto físico (a menos que sea para "salvarse" de caídas sospechosamente convenientes... y que siempre terminan con sus labios a un suspiro de distancia...).

2. Nada de reírse del otro (aunque el karaoke en japonés de Parker debería ser considerado patrimonio de la humanidad... o un crimen de guerra).

3. Jamás admitir que el glitter en su cuello es lo más excitante que les ha pasado en años.

EL SECRETO QUE PODRÍA DESTRUIRLOS:

- Parker no es el príncipe azul que todos creen. Dubai no fue un "accidente"... fue sabotaje, y su prometida es solo un peón en su juego. Pero Abbi, con sus preguntas incómodas y sus uñas pintadas de "rojo pasión", amenaza con demolerlo más rápido que sus edificios.

- Abbi está a un cupcake de la bancarrota, y Parker... bueno, Parker es el postre que no puede permitirse probar.

¿QUÉ PASA CUANDO TU PEOR ENEMIGO ES LA ÚNICA PERSONA QUE ENTIENDE TUS CICATRICES?

Porque el amor verdadero no es perfecto... es un desastre de glitter, whisky caro y mordiscos que dejarán cicatrices.

ADVERTENCIA: Si después de leer esto no sientes mariposas nucleares en el estómago, revisa tu historial de lectura. ¡Abbi y Parker no son responsables de corazones rotos, noches sin dormir o la necesidad de comprar cupcakes!

(P.D.: Fernando el ficus ya shipea esta relación... pero sigue decepcionado de tus decisiones)

Capítulo 2 Prólogo: Fusión Nuclear

El destino era un cabrón con sentido del humor, y Abbi Reed acababa de convertirse en la diana de su última broma cósmica. Lo supo en el preciso instante en que su cupcake Fusión Nuclear -un engendro de neón verde con relleno de frambuesa y sparkles comestibles- se estampó contra el pecho inmaculado de Parker Donovan, dejando una mancha obscenamente brillante en su camisa de tres piezas. El splat resonó en el silencio tenso de la galería de arte, atrayendo miradas curiosas y algún que otro resoplido de desaprobación.

Parker se quedó petrificado, como una estatua romana salpicada de pintura radiactiva. Abbi, en lugar de disculparse -como cualquier ser humano medianamente civilizado-, se inclinó y recogió los restos del cupcake con una servilleta que ya tenía manchas sospechosamente azules.

-¿Eso era un postre o un arma química? -preguntó Parker, con una voz gélida que podría congelar el infierno.

-Las dos cosas -respondió Abbi, lamiendo el glaseado de su dedo con una sonrisa felina-. Como yo: dulce por fuera, peligrosa por dentro.

Parker no sonrió. Pero sus ojos, un gris glacial que prometía una venganza lenta y dolorosa, se clavaron en la etiqueta de la caja de cupcakes: Reed Dreams. Bodas y Desastres Personalizados.

-¿Reed? -masculló, como si la palabra le provocara urticaria.

-Abbi Reed. Encantada de arruinarte la camisa. Y posiblemente la vida.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con el cuchillo de fondant que asomaba del bolso de Abbi. A su alrededor, el murmullo de la galería se intensificaba, como un enjambre de abejas atraído por el desastre.

Parker respiró hondo. Uno. Dos. Cualquiera que lo conociera sabía que ese era su ritual pre-estrangulamiento.

-Señorita Reed -dijo, con una voz que habría hecho temblar a un general-, ¿sabe qué tienen en común su cupcake y su actitud?

Abbi, ajena al peligro inminente, se pasó la lengua por la muñeca, saboreando el glaseado.

-¿Que son irresistibles?

-Que deberían ser ilegales -espetó él, señalando la mancha en su camisa como si fuera una prueba irrefutable-. En al menos siete países.

Ella soltó una carcajada, un sonido deliciosamente irreverente que resonó en la galería.

-Apuesto a que tú también, arquitecto.

Y entonces, como si el universo quisiera asegurarse de que la humillación de Parker fuera completa, el cupcake -aparentemente inerte en la mano de Abbi- comenzó a gotear sobre su reloj de pulsera. Un reloj suizo, de edición limitada, que probablemente costaba más que el PIB de un pequeño país insular.

El tic-tac se detuvo.

Literalmente.

Las manecillas congeladas en el instante preciso en que sus miradas se encontraron. La de él, un poema de horror contenido; la de ella, una chispa de fascinación perversa.

Abbi bajó la mirada hacia el reloj, luego hacia Parker, y finalmente hacia la mancha verde neón que se extendía inexorablemente sobre la seda italiana.

-Mierda -murmuró, sin una pizca de arrepentimiento-. ¿Crees que aceptan fianzas en forma de cupcakes?

Parker se quedó sin habla.

Aturdido.

Derrotado.

Porque en ese momento, rodeado del caos, el aroma a vainilla y el brillo radiactivo del glaseado, cometió un error imperdonable para un hombre de su control: imaginó a Abbi Reed, con su sonrisa de gato travieso y sus dedos manchados de glaseado, en su cama.

Capítulo 3 Anatomía de un Desastre (de Bodas)

Tres semanas después del Incidente del Cupcake Nuclear, seguía soñando con Parker Donovan. No sueños hot, por desgracia.

Aunque, pensándolo bien, quizá por desgracia.

Eran pesadillas administrativas: él, con su traje de Dios del sexo impecable, su expresión glacial, y su voz de whisky añejo en anuncio de lujo, leía una lista interminable de cláusulas con letra pequeña, mientras yo, encadenada a una silla de diseño minimalista, era obligada a escuchar los horrores de los centros de mesa con temática náutica y firmaba mi sentencia con un bolígrafo sin tinta.

Subsección 3, párrafo B: Queda estrictamente prohibido el uso de lentejuelas, purpurina, o cualquier otro material que pueda considerarse "excesivamente festivo". La violación de esta cláusula resultará en la cancelación inmediata del contrato y la confiscación de todos los cupcakes existentes.

Mientras Parker recitaba la cláusula anti-lentejuelas, mis dedos se cerraron sobre el borde de la carpeta como aquella vez en el instituto, cuando la directora arrancó mis dibujos de decoración del baile de graduación. "Demasiado extravagante para una futura señorita decente", había dicho.

Ahora, veinte años después, seguía sin saber qué era peor: el reproche o el hecho de que, por un segundo, me lo hubiera creído.

Me desperté con una sacudida, el corazón latiéndome como un colibrí con sobredosis de cafeína.

Los contratos sin tinta eran mi especialidad, como esos tres negocios que quebraron antes de los 25. Pero esta vez no podía fallar... aunque Donovan pareciera empeñado en ser mi sentencia con traje de Armani.

Fernando, mi hermoso ficus, me observaba con su habitual aire de reproche. Como si recordarme que esta boda no era solo otro desastre en ciernes, sino mi última bala. La que pagaría la deuda de Sweet Chaos, el alquiler atrasado y-sobre todo-la que callaría para siempre a mi ex socia cuando viera mi nombre en Vogue Weddings. O eso me repetía cada mañana mientras el esmalte de uñas se me secaba en las sábanas.

-Tranquilo, mi monstruo verde favorito-murmuré, apartando una hebra de pelo rosa chicle de mi cara-. Solo era una pesadilla. Aunque, conociendo mi suerte, probablemente sea premonitoria.

Mi teléfono vibró en la mesita de noche, anunciando un nuevo mensaje. Era de Bethany, mi asistente, más conocida como la única persona en el planeta capaz de descifrar mi letra.

Bethany: SOS. Reunión con el Alcalde en 30 minutos. Operación Boda Real activada. Trae refuerzos (cafeteros y paciencia) y tu arsenal de glitter.

Ahhhh, no se te olvide la botella de vino (para después).

P.D.: Donovan ya está aquí.

P.P.D.: Reza.

La Operación Boda Real. El nombre sonaba como una misión de la CIA, pero en realidad era algo mucho más peligroso: la boda de la hija del alcalde. Un evento que prometía ser el Gran Premio de los Clichés Nupciales, con todo el glamour cursi, los vestidos inflados y los centros de mesa que parecían salidos de un catálogo de "Bodas Aburridas Para Gente Sin Imaginación".

Le devolví el mensaje a Bethany:

Voy para allá. Reza por mí. Y por Fernando. Él ha visto cosas.

Fernando, mi ficus, seguía en su rincón junto al ventanal. Era el único testigo de cómo, tras cerrar la puerta, dejé caer la carpeta y apoyé la frente contra la pared fría. "No es personal", susurré. Pero lo era. Siempre lo era. Las lentejuelas de mi chaqueta parpadearon bajo la luz como burlándose: "Claro que no, Abbi. Por eso te duele tanto."

Media hora y un café triple después, irrumpí en la oficina del alcalde como una bomba de brillo prohibido en una iglesia.

Llevaba bajo el brazo mi carpeta de "ideas creativas" (léase: proyectos que harían llorar a cualquier minimalista), el residuo de un eyeliner que había aplicado en el Uber, y la firme determinación de no prender fuego a nada.

O al menos, nada importante.

Al empujar la puerta, ahí estaba él. Parker Donovan, el arquitecto de la perfección, inmóvil junto a las maquetas como si lo hubieran esculpido en mármol y antipatía, el hombre que diseñaba edificios como si fueran poemas de acero y vidrio, y que, por alguna maldición del universo, también estaba a cargo de convertir este circo en un "evento elegante y sofisticado" (léase: aburrido hasta las lágrimas).

El mismo Parker que, tres semanas atrás, había mirado mi cupcake Fusión Nuclear como si fuera un arma biológica. El mismo cuyos ojos grises me juzgaban ahora, como si mi sola presencia fuera una ofensa al buen gusto.

Demasiado perfecto.

Demasiado silencio.

Como si mi sola existencia fuera un error de ortografía en su impecable documento de vida.

Odio que me mire así. Como si mi corsé de terciopelo verde fuera una ofensa personal... y no la razón por la que olvidaba respirar cada vez que se acercaba.

Mientras él alineaba sus bolígrafos por altura, yo buscaba mi teléfono en el bolsillo de unos leggings que, oh sorpresa, no tenían bolsillos.

Sus labios se curvaron en lo que solo podía describirse como "Dios mío, es peor de lo que recordaba".

Al ajustar la corbata, noté el temblor en sus dedos, casi imperceptible, como si ese traje de tres mil dólares le apretara más que el nudo al cuello.

Y entonces lo vi: una cicatriz en su nudillo, fina y desviada, como si alguien hubiera intentado borrar una herida a prisas.

Genial. Justo lo que necesitaba: pasar los próximos meses lidiando con el Sr. "Todo Bajo Control" mientras intentaba colar al menos un unicornio de veneno rosa en esa boda.

Dios mío, ¿en qué me había metido?

Parker no pestañeó. Solo alzó lentamente su taza de café -negro, sin azúcar, como su alma- y tomó un sorbo antes de dejar el recipiente sobre el mármol con un clic calculado.

-Llegas tarde-, soltó, con esa voz que convertía hasta un saludo en una acusación. Su voz no era solo whisky caro, era el roce de un dedo sobre el borde de una copa, prometiendo algo que nunca entregaba.

Le sonreí con toda la dulzura falsa que podía reunir.

-Qué dulce, Donovan. ¿Me echabas de menos? -Dejé caer mi carpeta sobre su iPad. Purpurina explosionó en su pantalla, pintando un arcoíris sobre sus gráficos de presupuesto.

Los bocetos se derramaron como confeti en una boda barata: un altar con forma de corazón de neón, una pista de baile giratoria, y - mi toque especial - un arco de globos que se iluminaban al ritmo de la música.

Sus ojos se clavaron en el corazón de neón de mi diseño, y por un instante -solo un instante- vi algo inesperado en su mirada: el reflejo de luces de colores bailando en sus pupilas grises. Como si alguna vez, en otra vida, hubiera creído en algo tan impráctico como el amor a primera vista.

Luego parpadeó, y el muro de hielo volvió a levantarse.

Mi carpeta escupió purpurina sobre el iPad de Parker, dibujando un arcoíris en su pantalla de presupuestos. Su expresión fue de "esto es un crimen de guerra".

-¿Esto es una boda o un circo? -preguntó, con el tono de quien desentierra un cadáver.

-Depende. ¿Vas a ser el payaso?

Parker cerró los ojos con tanta fuerza que por un segundo pensé que estaba rezando. O maldiciéndome en silencio. Probablemente ambas cosas. Yo sonreí.

-¿Problemas con la vista, arquitecto? -pregunté, mordiendo mi rotulador... justo cuando la tinta rosa se me escapó por la comisura de los labios. Parker parpadeó, como si ese pequeño desastre personal le ofendiera más que mis lentejuelas.

Su mandíbula se tensó de una manera que ya empezaba a resultarme familiar. Deliciosamente familiar.

-Lo único que necesito-, dijo midiendo cada palabra, -es que dejes de tratar esta boda como si fuera... esto.- Un gesto despectivo hacia mis creaciones.

-Oh, pero esto solo es el borrador-, mentí descaradamente. -La versión final incluye una fuente de champán y un coro de enanos vestidos de cupidos.-

Por la forma en que se le empezó a mover un tic bajo el ojo izquierdo, supe que había ganado esta ronda.

Al menos hasta que el alcalde, un tipo con más entusiasmo que sentido común y una obsesión inquietante por los canapés en forma de animalitos, entró a la habitación y me saludó con una palmada en la espalda que casi me devolvió al útero materno.

-Abbi, querida, ¡qué alegría verte! -rugió, como si no estuviéramos a tres metros de distancia-. ¡Justo hace un momento hablábamos de ti!

Mis ojos se clavaron al instante en la única persona de la sala que no sonreía: Parker Donovan.

-¡Hablando de mí! -dije, clavando las uñas en la carpeta-. Espero que sean cosas buenas. O al menos no demandables.

El alcalde Winthrop soltó una risotada que hizo temblar los canapés en forma de foca.

-¡Vivien está encantada con tu portfolio! -mentía con el entusiasmo de un político en campaña-. Bueno, encantada tal vez sea exagerar. Digamos que... curiosamente horrorizada.

Parker alzó una ceja.

El alcalde Harold Winthrop, bendito sea su corazón de coleccionista de canapés ridículos, no captó la tensión.

-¡Parker nos contaba lo... única... que eres! -anunció, como si eso fuera un cumplido y no una declaración de guerra.

Parker no pudo evitar un tic en la mandíbula.

-Entusiasta es una forma de decirlo -murmuró, con un dejo de ironía que habría hecho sonrojar a un dios griego-. Yo diría que caótica se acerca más a la realidad.

Yo le sonreí, dulce como el glaseado de mis cupcakes radiactivos.

-Caóticamente encantadora, cariño. Es mi marca personal.

Y así, entre el olor a café barato y la promesa tácita de destrucción mutua, comenzó oficialmente la Operación Boda Real.

Santo patrón de las Bodas, ayúdame.

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