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Gemelas contra la mafia

Gemelas contra la mafia

Autor: : Edgar Romero
Género: Romance
Enfrentar a una mafia no es cosa de juego, sin embargo las gemelas Patricia y Fabiola, desafiarán a una poderosa organización criminal que trafica con oro y tesoros patrimoniales, arriesgando sus vidas, al lado de la ley. Patricia, además, sufrirá terribles decepciones en el amor, traiciones, engaños y mentiras, incluso un sujeto le ofrecerá un humillante contrato de matrimonio, lo que sumirá a ella en terribles decepciones que marcarán definitivamente su sensibilidad. Fabiola, en cambio, tiene una vida romántica armoniosa y maravillosa, junto al hombre que ha amado siempre. Patricia, desesperada por no encontrar el amor, se enamorará de un ignoto poeta que le hará soñar y construir fantasías con sus versos y ella pensará haber encontrado al hombre de su vida. Dos historia disímiles de las gemelas pero que, sin embargo, las unirá en la lucha no solo contra esa mafia sino con otros peligrosos delincuentes obsesionados en sacarlas del camino, lo que hace de "Gemelas contra la mafia" una historia muy apasionante, divertida, intrépida y de mucho humor que atrapará al lector de principio de a fin.

Capítulo 1 I

Todas las noches soñaba con él haciéndome suya, disfrutando de sus besos y caricias, entregada a la pasión, sumida en la inconsciencia, oyendo campanadas celestiales y melodías encantadas y mágicas, sintiéndome en un oasis paradisiaco, de mucho encanto y poesía, rodeada de luces, flores y golondrinas de rasante vuelo.

Y es que lo amaba intensamente, ansiaba sus labios con locura y desenfreno, deseaba con frenesí sus besos, embriagarme con su boca y dejar que sus manos toscas y ásperas vayan por toda mi piel, recorriendo, afanoso mis curvas, mis quebradas y se deleite con la tersura de mi piel, provocando mis suspiros y gemidos y lo mejor de mis sollozos enamorados. Cada noche me era un suplicio pensándolo, imaginándolo llegar hasta mi alcoba, como un caballero errante de botas y sombrero, tomándome de los brazos y besándome con encono, con pasión y emoción, desatando mis cascadas cristalinas, haciendo que mi corazón tamborilee frenético y eufórico en mi busto, haciendo que cierre los ojos y menee la cabeza eclipsada y obnubilada, extraviada en el limbo, gozando con su ímpetu viril, dominándome por completo y dejándome sin defensas, haciéndome, finalmente, suya sin resistencia alguna.

Todas las noches era lo mismo. Lo soñaba así, dominante y varonil, tomándome y besándome con embeleso, embriagándose con mis labios, haciendo que me percibiera la mujer más sexy y sensual del mundo, desnudándome con la precisión de un cirujano, dejándome completamente a su merced. Me encantaba pensarlo estrujando mis pechos, lamiéndolos con vehemencia, convirtiéndolos en un helado sabroso y delicado y sumergiéndose en el canalillo de mi busto. Eso me provocaba más y más suspiros porque lo imaginaba mío y eso hacía que mi feminidad explote como un gran petardo de dinamita.

Y cuando iniciaba la invasión de mis entrañas, igual a un tórrido y caudaloso río, avanzando febril hacia mis íntimos vacíos, le suplicaba entre sollozos y gemidos que le hiciera, fuerte, muy fuerte y que taladrara mis profundidades sin compasión, porque eso me excitaba aún más, me convertía en una gran bola de fuego que me calcinaba por completo, hasta el último átomo de mi ser. La candela me incendiaba totalmente y el fuego chisporroteaba por todos mis poros. Exhalaba llamas en mi aliento mientras él llegaba a parajes muy distantes, inhóspitos y extraviados de mis máximas fronteras, llevándome, literalmente al éxtasis absoluto.

En sus brazos y bajo los edredones, yo deliraba soñándole haciéndome suya. No dejaba de gemir, esa música tan erótica y adorable que me provocaba más candela en mis entrañas. Y ya les digo, todas las noches era lo mismo. Yo era una gran antorcha, una enorme tea, envuelta en fuegos, calcinándome y volviéndome en una pila de carbón humeante.

También sentía que él llegaba al clímax, sometiéndome a su virilidad y eso era una excitación aún mayor. Yo quedaba entonces, exánime, agotada, excitada y duchada en sudor, echando humo de mis narices, mordiéndome los labios, frotando los muslos, extasiada de mi amante después de haber cabalgado por mis deliciosos valles, dejándome impreso sus deseos en todos los límites de mi deliciosa anatomía. Sentía aún sus manos como un tatuaje en mis quebradas y redondeces, porque él llegaba a todos mis rincones, sin dejar pedacito alguno sin lamer ni besar ni acariciar.

Pero yo no conocía a ese hombre que me desquiciaba y me tenía enloquecida, anhelando sus besos, sus caricias y ansiando que me haga suya. No lo había visto jamás ni sabía quién era, simplemente lo imaginaba hermoso, muy masculino, enorme como un cerro, con sus brazos grandes, sus piernas gigantes igual a los troncos de los árboles, su pecho amplio parecido a un tractor, alfombrado de vellos y sus músculos y bíceps igual a colinas que me excitaban y me hacía morder, impetuosa, mi lengua queriéndolo, ansiándolo, deseándolo, amándolo con todas mis fuerzas.

Yo sabía que él era perfecto, lo intuía, en realidad. Lo sabía arrasador y dominante como un orgulloso y altivo soldado romano y lo imaginaba bello y poético como una divinidad helénica. Eso me hacía sentir extraviada en el limbo, rodeada de luces y colores, queriendo tenerlo entre mis brazos y comérmelo, también, a besos.

Todo esa locura empezó cuando entré a un portal de poesía que encontré en la web. Soy muy romántica y me encantan los versos, me gustan mucho los poemas que hablan de amor, de belleza y me seducen los poetas que son audaces, intrépidos y atrevidos. Ese tipo de versos encienden mis fuegos y me imagino ser una musa al que los autores le cantan sus rimas rendidos a su magia y encanto.

Entre tantos autores que escribían en ese portal, me atrajo, de inmediato, un poeta que firmaba como "Tornado". Creo que fue el destino o quizás un flechazo de Cupido que me dio de lleno en el corazón e hizo que me fijara en los versos de ese sujeto. No sé por qué, aún no llego a entenderlo. Habían tantos poemas, todos buenos, sugerentes, súper románticos, sin embargo me imantó ese poema que se llamaba "Tu amor", incluso la musa que inspiraba a "Tornado" se llamaba igual que yo, Patricia. Qué raro. Era demasiado coincidencia, como un imán que captaba mis sentidos Entonces empecé a leer ávida los versos, golpeando mis rodillas, jalando mis pelos y juntando mis dientes y de pronto ya estaba demasiado excitada, ardiendo en fuego, convertida en una antorcha, suspirando por aquel ignoto autor que me había enamorado.

-Te amo tanto, Patricia,

que eres tú mi vida

y no sé qué sería de mí sin ti.

Dominas mi corazón

con tu encanto,

mis ansias son tuyas

y soy dichoso viéndome en tu mirada.

Me seduce tu voz, el arrullo

de tus suspiros,

tu suave piel cuando me abrazas

y oigo de tu pecho, retumbar tu corazón en dulces melodías.

Nada más vivo para ti, Patricia,

son tus besos mi vitamina,

tus brazos mi calor

y tu amor, toda mi razón-

Aaaaaaayyyyyyy suspiré perdidamente enamorada de ese hombre, me tumbé sobre las almohadas, mordí mis labios y abrazando mis almohadas me imaginara que era él quien estaba hundido entre mis brazos besándome, acariciándome y haciendo que mis fuegos chisporroteen en forma intensa, antes de volver hacerme suya.

Capítulo 2 II

Mi primer enamorado se llamaba Esteban. Yo tenía apenas dieciocho años, era inexperta en el amor, muy tonta en realidad, confiada y enamoradiza en extremo. Él era agradable, divertido y distendido sin embargo poco romántico y era además torpe y tosco. No le gustaban las canciones que hablaban de amor ni las poesías, le aburrían los parques, el mar, odiaba las películas de romance y prefería bailar en ruidosas y estridentes discotecas, ir al fútbol o embriagarse con sus amigotes.

A Esteban le encantaba el trago y siempre gastaba su raquítico sueldo en cerveza, bebiendo con sus amistades que lo exprimían como a un limón, hasta dejarlo sin un cobre en el bolsillo. Obviamente no duramos mucho juntos, apenas unos meses porque me desengañé rápidamente de él.

Lo de Esteban no solo fue una decepción sino también una pérdida de tiempo. Un par de meses después me enamoré de Rafael. Ese chico sí que me puso la vida de cabeza. Me enamoré perdidamente de su estampa tan viril y sus brazos enormes. A él le encantaba la carrera militar y se había enrolado al ejército como voluntario. Yo estaba tan loca por él que también me apunté como recluta, siguiendo sus huellas. Sin embargo ese también fue un gran error mío. En el cuartel descubrí que Rafael era bi y quedé no solo decepcionada sino que no pude renunciar a la carrera. Tuve que cumplir el servicio y finalmente me recibí como experta y especialista en el manejo de armas tácticas, con el rango de sargento ¡Plop!

En cambio Luis, al que conocí en la universidad donde entré a estudiar arqueología, sí me dejó una herida grande cuando rompimos. Me enamoré demasiado de él, lo idolatré y lo veneré como nadie en éste mundo, porque él besaba como los dioses. Hummmm ¡¡¡cómo disfrutaba sus besos!!!, me llevaba a las estrellas y perdía la consciencia estando entre sus brazos. Luis me estremecía por completo y me volvía un volcán en erupción. Nadie, jamás me besó tan sensual y delicioso como lo hacía él. Me hacía sentir una princesa de cuentos de hadas y la mujer más sexy del mundo.

Sin embargo Luis se enamoró de Margot, otra chica que también estudiaba arqueología. El amor tiene esas cosas. Yo pensaba que él me amaba, sin embargo él prefirió a ella y al poco tiempo incluso se casaron y abandonaron la carrera para dedicarse a otros menesteres. Yo quedé muy dolida y herida porque, ya les digo, estaba demasiada entusiasmada con él y lo pensaba el hombre de mi vida. Me hice muchas ilusiones a su lado, pensando en formar un hogar y tener muchos hijos a su lado, pero todo, finalmente, se fue al tacho.

Después estuve saliendo un corto tiempo con con Herman Allison pero eso tampoco funcionó porque al final ese sujeto resultó ser un delincuente. También estudiaba arqueología en la universidad pero abandonó, de repente, la carrera casi al poco tiempo de empezar, según me dijeron porque andaba en malos pasos. A él lo conocí en una fiesta con, Betty, una amiga en común y me pareció muy lindo, empero, como me advirtió una amiga, el tipo ese estaba envuelto en negocios turbios e integraba una banda que se dedicaba al tráfico de reliquias, artesanías, cuadros y momias. Herman tenía interés de adquirir piezas valiosas en el mercado negro para luego revenderlos a coleccionistas extranjeros. De eso me enteré de casualidad, cuando nos aprestábamos hacer el amor en un hotelucho discreto y escondido cerca de la facultad. Herman fue a ponerse el preservativo al baño y justó timbró su móvil. -¡¡¡Contesta, Patty!!!-, fue muy confiado Herman. Un tipo con una voz tétrica, propio de hampones, habló. -Hola "Salamandra", habla "Alicate" conseguí varias piezas robadas, valen su peso en oro, nos vemos en la cantina de Jorge, vamos a sacar buen billete, la policía no sospecha nada-, dijo sin darme ocasión a decirle nada y colgó.

Quedé boquiabierta y perpleja. Me incliné para ver su morral y allí metido entre papeles, preservativos y cigarrillos había una pistola automática M19, con su cargador, rastrillada, incluso. Sin pensarlo dos veces tomé mi ropa íntima y mi vestido y llevando mis zapatos en al mano escapé despavorida del hotel. Cuando Herman salió yo ya no estaba. Me había hecho humo.

Luego conocí a Herbert Jason, un hombre maduro que se enamoró de mí a primera vista. Era dueño de una cadena de joyerías. Yo justo estaba en una de sus tiendas viendo las alhajas que estaban en oferta y el tipo quedó encandilado con mis ojos, mis labios rojos y mi figura tan perfecta plagada de sinuosas carreteras y maravillosas y apetitosas quebradas. Me abordó casi de inmediato.

-Nada más elegante que una cadena de catorce quilates con el dije de un elefante para la suerte-, me dijo él de repente. Yo en realidad no iba a comprar nada, tan solo curioseaba pero su impertinencia me pareció divertida. -Prefiero una herradura de caballo-, reí coqueta, moviendo los hombros. Ese detalle le encantó a Herbert. -Pues también tenemos herraduras de todo tamaño pero para su belleza mejor sería una corona de diamantes-, fue Jason muy galante conmigo.

Una cosa fue a la otra y terminamos tomando un café en un restaurante frente a su joyería. Herbert se había divorciado dos veces y era bastante diplomático en todo, muy galante y ceremonioso. Esos detalles me gustaron. Empezamos a salir, él me besó muy acaramelado y me regaló al cadena con el dije del elefante, también pulseras, aretes y collares primorosos.

Hicimos el amor con mucha pasión y encanto en un exclusivo hotel que tenía un jacuzzi y un home theater enorme. Era el refugio habitual de Herbert para sus conquistas, sin embargo él me consideraba especial y diferente... el amor de su vida.

Me hizo delirar, literalmente. Herbert era un hombre apasionado, muy romántico y viril. Quedé eclipsada cuando me hizo suya en las aguas del jacuzzi, chapoteando feliz y aullando de placer mientras él invadía mis vacíos, provocándome decenas de descargas eléctricas en todo mi cuerpo. Yo no hacía más que chillar encantada, jalándome los pelos, obnubilada por todo ese derroche de vehemencia que él hacía gala, dominándome y haciéndome suya.

Terminamos de hacer el amor en la cama. Ya estaba completamente extasiada, sudorosa, exánime, echando humo en mi aliento, con mi corazón hecho una fiesta, mordiendo mis labios, en pleno viaje sideral por las estrellas mientras Herbert lamía mis pechos hechos rocas con tanta pasión. En ese momento él alzó su mirada y me miró a los ojos. -Quiero casarme contigo, Patricia-, fue lo que me dijo, dejándome absorta. Abaniqué mis ojos desconcertada. -¿Tan pronto?-, estaba realmente asombrada.

-Eres una mujer increíble, maravillosa, es lo que he estado buscando toda mi vida-, él también parpadeaba, con su rostro duchado en su sudor, vuelto cenizas por mis fuegos, acariciando embelesado mis muslos y mi ombligo, haciendo que otra vez sintiera muchos rayos y relámpagos remeciendo mi escultural y adorable anatomía.

Herbert era el hombre ideal para mí, en todo sentido. Maduro, centrado, con una vida definida, , apasionado y sobre todo dueño de una gran vitalidad que me llevaba al limbo y me hacía sentir sexy y sensual. Él hacía que mi feminidad me desbordara y en un milésimo de segundo hasta pensé en tener muchos hijos a su lado, disfrutando de una enorme casa, un gran jardín y una enorme piscina.

-Lo único que te pido es que firmes un contrato de matrimonio-, me dijo después de un rato que desaceleró su corazón y estiró una larga sonrisa.

Yo sé que muchas parejas estilan firmar un documento de compromiso, en realidad eso no debería ofuscarme ni enfadarme o indignarme. Es una exigencia que generalmente emplean millonarios temerosos de perder su fortuna y sus propiedades y negocios frente alguna mujer u hombre oportunista. Lo entiendo perfectamente, yo también he soñado en un príncipe azul de limusina en vez de corcel y aspiraba tener a su lado lujos y hacer viajes por el mundo, pero eso siempre ha sido una fantasía propia de una empedernida soñadora y enamoradiza como yo. En la práctica tan solo deseaba un hombre de verdad, que me ame con sinceridad y compartir nuestras vidas sin papeles firmados de por medio.

-¿Qué cláusulas pides?-, traté de mantenerme calmada.

-Simple, todo es mío y nada es tuyo en caso de un divorcio. No habrá separación de bienes, tú renuncias a todo je je je-, echó a reír como un idiota.

Ufffffffff suspiré y me levanté tranquilamente. Me vestí sin decir palabra. Herbert intentó una vez convencerme de que un contrato de matrimonio es simplemente una formalidad. -No creo que lleguemos a divorciarnos. Yo te amo mucho-, decía él recostado sobre sus codos, mirando y admirando mi escultural cuerpo mientras me vestía. -Es que no se trata de formalidades, Herbert, se trata de sinceridad. Mis sentimientos son sinceros, lo tuyo es tan solo carnal. Por eso desconfías y yo no puedo estar con un hombre que no cree en lo que le ofrezco-, fue lo que le dije. Luego me fui sin despedirme.

Recién cuando llegué a mi casa, me metí bajo mis edredones y me puse a llorar como una adolescente desengañada.

Capítulo 3 III

Dolida como estaba, volví a entrar al portal de poesías y me puse a leer los versos de "Tornado" , buscando alguna composición que se apiadara de mis decepciones y frustraciones. Habían muchos poemas y todos me parecían súper lindos y románticos. Yo mordía mis labios para no llorar porque me sentía muy lastimada y dolida, decepcionada de mí misma, pensando que quizás el amor no era para mí. Entonces encontré "Amarte".

-Toma mis manos, Patricia,

para sentir la tibia tersura

de tu piel

y compartir tu fuego, mujer.

Besa mis labios, Patricia,

para que tu pasión y ternura

corran por mi ser

y disfrutar de tu amor, mujer.

Juntemos nuestros latidos, Patricia,

para oír la música

que brota de nuestros corazones

enamorados, mujer.

Solo quiero estar contigo, Patricia,

entregarme a tus caricias

y amarte

por siempre, mujer-

Hummmmmmmmmm me sentí en las nubes, extraviada en el espacio sideral. Excitada y extasiada, me volví una gran antorcha de fuego y me percibía deliciosa y maravillosa. Me jalaba los pelos, meneaba la cabeza, suspiraba y gemía pensándome idolatrada como esa Patricia a la que "Tornado" cantaba sus versos muy enamorado y rendido a su belleza y encanto. ¡¡¡Ansiaba que me haga suya y fuera yo la musa que lo inspiraba!!!

Estaba tan emocionada que no dudé en escribirle al imbox de "Tornado". Busqué un pseudónimo para no delatarme y elegí "Gaviota" porque así me sentía leyendo sus poemas, siempre en las nubes, surcando el espacio, disfrutando de los luceros y sus fulgores y quería, además, anidar en el pecho de ese poeta tan sutil, audaz y tan erótico que quemaba mi piel, me excitaba demasiado y desataba muchas descargas eléctricas en todo mi cuerpo remeciéndome y haciéndose sentir deseada. -Me encantan tus versos, desatas la candela de mis entrañas-, le escribí bastante atrevida, mordiendo mi lengüita. En realidad eso era lo que yo sentía. Hubieron muchos otros comentarios algunos a favor otros en contra, críticas, mofas y loas, pero eso no me importaba. Yo solo quería la respuesta de él, que me dijera algo de lo que había escrito.

Pasaron casi dos horas cuando al fin él respondió a mi mensaje. Mi laptop timbró y sentí mi corazón alborotarse en el busto. Golpeaba mis rodillas con insistencia y me jalaba los pelos febril y afanosa, sin embargo "Tornado" solo escribió una sola y miserable palabra: "Gracias", nada más. Me puse roja como un tomate y chasqueé la boca defraudada. Esperé otra hora y no hubo ningún ningún otro mensaje.

Pensé entonces que ese poeta tan adorable que me sacaba de mis casillas, tenía novia, una amante o que quizás esa Patricia que competía conmigo por él, era su esposa. Me sentí muy furiosa, tanto que ni vi televisión, simplemente me metí a la cama, me hundí en mis edredones y me puse a llorar.

A la mañana siguiente, me di cuenta que había dejado mi laptop abierta, víctima de la decepción que me provocó la misita tan escueta, fría y ruin de "Tornado", y cuando me dispuse a cerrarla, vi que había un mensaje. sentí curiosidad. ¡¡¡Era él, "Tornado"!!!

-Cuán hermosa debes ser "Gaviota" que te sueño surcando mi cielo, grácil y maravillosa, cual fulgor de una estrella iluminando mis pensamientos-, fue lo que escribió. ¡¡¡Aaaayyyy!!! grité emocionada, pataleando el suelo, emocionada, rodeada de miles de luces y colores.

*****

Mi padre era doctor y quería que yo siguiera sus huellas en el apasionante mundo de la medicina, pero soy demasiado sensible y tengo escalofríos cuando se trata de inyecciones, agujas y jeringas y por eso elegí estudiar arqueología. Mi hermana gemela Fabiola tampoco siguió las huellas de papá y debido a ello ingresó a la universidad a estudiar derecho porque ansiaba convertirse en abogada igual que mamá.

-Tus hijas tienen sus propios sueños-, reía mi madre viendo la desilusión de papá de que ninguna de las dos hubiese optado por abrazar la medicina. Mamá era una renombrada mujer de leyes, muy solicitada para casos penales y verla ganando muchísimos casos, bastante complicados, apelaciones a gritos, y discusiones enfervorizadas, impresionó muchísimo a Fabiola. Ella, entonces, quería ser como mamá y convertirse, igualmente, en una abogada conocida y exitosa.

Yo en cambio, siempre fui muy curiosa. De pequeña, quedé impactada por las películas de Jones y la Croft tanto que no dudé en convertirme en arqueóloga para decepción de mi padre que soñaba y ansiaba en verme convertida en doctora. Me gustaba escarbar en el jardín, en el closet y muchas veces encontré bastante moneditas lo que me daba ínfulas para convertirme en exploradora como en esas películas de acción. -Descubriré el eslabón perdido-, le prometía a papá riéndome, celebrando mis hazañas, pensando en alcanzar grandes titulares en la prensa y que, incluso, hagan una película de mis hazañas.

-Al menos tiene mucho afán por investigar , quizás encuentre, algún día, un gran tesoro-, se consolaba papá.

Tener gemelas fue también un gran dolor de cabeza para nuestros padres. Mi papá siempre nos confundía a Fabiola y a mí y no sabía, jamás, quién era quién. Las dos éramos demasiado traviesas y revoltosas, igualmente. -¡¡¡Esas dos niñas son dinamita!!!-, rebuznaban nuestros papás cuando encontraban las paredes de la casa pintadas y garabateadas con plumones y crayolas, las sillas rotas, las ventanas tumbadas, los vitrales hechos añicos y los cuadros descolgados, vueltos trizas también. Nos la pasábamos jugando, viendo televisión, haciendo bulla y nos volvimos en el terror del barrio. Como nos encantaba el fútbol rompimos mil ventanas de las casas contiguas y los vecinos desfilaban por la casa reclamando a nuestros padres, exigiendo que nos pongan camisa de fuerza.

Los profesores ya ni sabían qué hacer con nosotras porque las hacíamos rabiar, nos peleábamos con los compañeros, no hacíamos las tareas y cambiábamos de lugar a cada instante para evitar suspensiones y castigos o para disgustar a las tutoras. La directora exigía que mamá nos pusiera listoncitos de diferentes colores pero nosotras, apenas llegábamos al colegio, nos hacíamos la misma trenza y así podíamos hacer mil travesuras aprovechando nuestra idéntica fisonomía, para disgusto de los profesores.

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