Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Gestando a los Hijos de mi Jefe
Gestando a los Hijos de mi Jefe

Gestando a los Hijos de mi Jefe

Autor: : Amaranthax
Género: Romance
Amelia Gutiérrez, una hermosa joven sin recursos, se muda a Boston en busca de un futuro mejor y así ayudar a su tía a salir de prisión. Desesperada por su situación, acepta convertirse en madre subrogada para Noah Koch, un adinerado empresario que ha perdido recientemente a su esposa. A través de una inseminación artificial, Amelia queda embarazada de trillizos, y la convivencia diaria con Noah hace que ambos se enamoren. Sin embargo, un malentendido lleva a Amelia a creer que Noah solo está jugando con ella. Noah, quien había jurado no volver a amar tras la muerte de su esposa, se da cuenta de que sus sentimientos por Amelia son genuinos y luchará por demostrarle que su amor es sincero. ¿Podrá Noah romper las barreras del pasado y convencer a Amelia de que su amor es un faro en la oscuridad? ¿O el destino los separará para siempre, dejando a sus corazones rotos y a sus hijos sin un hogar?

Capítulo 1 Rumbo a lo desconocido.

Laredo (Texas).

En la ajetreada terminal de Laredo, Amelia esperaba con el corazón apesadumbrado el tren que la llevaría a Boston. Su destino era la mansión de Noah Koch, un hombre poderoso e influyente, donde trabajaría gracias a la gestión de Alma, amiga de su tía Lucero.

La injusta encarcelación de Lucero, que se ganaba la vida vendiendo comida en las calles, pesaba sobre Amelia como una losa. La pobreza las había marcado, y ahora, con el escaso dinero que le quedaba, solo podía permitirse un viaje en tren.

Mientras esperaba, Amelia se sumía en sus tristes pensamientos, consciente de la dura realidad que enfrentaba, pero con la esperanza de que este nuevo trabajo le brindara la oportunidad de ayudar a su tía y cambiar su suerte.

Con el corazón en un puño, Amelia subió apresurada al tren, aferrándose a su pequeño bolso y a una maleta de mano. Se sentía vulnerable y sola, pero la imagen de su tía Lucero, su único apoyo, la animaba. Estaba decidida a trabajar sin descanso para reunir el dinero necesario y contratar a un abogado que la liberara.

Una vez instalada en su asiento, Amelia fijó la mirada en el paisaje que se deslizaba tras la ventana. Entonces, algo la invadió por dentro y, con voz queda, casi un susurro, se prometió:

-Te sacaré de prisión, tía. Lo juro por Dios que te sacaré de allí.

La firmeza de sus palabras era genuina, pero la tristeza la desbordó y las lágrimas comenzaron a rodar silenciosas y persistentes por sus mejillas, como un río que fluía con la fuerza de su amor y su desesperación.

Boston.

Noah Koch se desplomó junto a la lápida de Sarah, su esposa. El frío mármol era un eco de la calidez que se había instalado en su corazón. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con la lluvia que caía sobre el cementerio de Boston, un paisaje que le parecía desolado y sin vida.

-Sarah, mi amor -susurró con la voz entrecortada-, no puedo creer que te hayas ido. Cada día que pasa es una agonía, un recordatorio constante de tu ausencia. El mundo sigue girando, pero para mí se ha detenido. ¿Cómo se supone que debo seguir adelante sin ti? Eras mi luz, mi compañera, mi todo. Ahora solo queda oscuridad, un vacío que nada ni nadie podrá llenar jamás.

El dolor le oprimía el pecho e impedía que respirara. Se sentía perdido, como un barco a la deriva en un mar de lágrimas, sin rumbo ni esperanza.

Noah se encontraba atrapado en un laberinto de dolor y soledad, luchando cada día por levantarse de la cama y por encontrar sentido a una vida que había quedado vacía desde la partida de Sarah.

Su corazón, una sombra de lo que fue, latía con fuerza solo al pensar en el sueño que compartieron: tener un hijo. La idea de encontrar una madre subrogada se convirtió en su única luz en medio de la oscuridad, en el último hilo de conexión con su amada.

Cada vez que cerraba los ojos, podía imaginar el rostro del niño que nunca llegó, como un eco de risas y juegos que se desvanecieron con la ausencia de su esposa.

Era un intento desesperado de atrapar su espíritu en un ser pequeño, de construir un puente hacia el pasado que lo mantuviera vivo, aunque fuera en forma de recuerdo tangible.

Pero cada paso en esa dirección era un aviso punzante de lo que había perdido y la tristeza se entrelazaba con la esperanza formando una mezcla devastadora que lo mantenía despierto en noches interminables.

Al día siguiente...

-¿A dónde vas con tanta prisa? -le pregunta Mía, su hermana.

-A la oficina, como siempre -responde Noah con desdén.

-A veces creo que te olvidas de respirar. ¿No podrías tomarte un momento para descansar?

-No tengo tiempo para eso, Mía.

-No todo en la vida es trabajo, Noah. Deberías relajarte un poco.

-¿Relajarme? ¿Y perder el tiempo? Tengo cosas más importantes en mente.

-Tal vez lo importante sea cuidarse a uno mismo primero.

-No puedo permitirme pensar en eso ahora.

-Pero deberías. La vida no es solo responsabilidad.

-Ya veré, Mía. Ahora tengo que irme.

-Cuídate, Noah. Aunque no lo creas, me importas.

-Lo sé. Gracias -dijo Noah esbozando una media sonrisa.

Antes de partir, Noah mira a su hermana de reojo, consciente de que no la verá durante todo el día.

Sus ojos se cruzan brevemente, revelando una mezcla de complicidad y nostalgia. Sin decir una palabra, se despide con un ligero asentimiento y se dirige directamente hacia el coche que lo espera en la entrada.

El conductor, impecablemente vestido de negro, abre la puerta con respeto y Noah se sienta en el asiento trasero, dejando atrás la calidez del hogar, mientras su mente se anticipa a las responsabilidades que le esperan en la empresa.

Mía observa la puerta cerrada y la figura de Noah desvanecerse. Alma se acerca y su mano cálida se posa en el hombro de Mía.

-Lo extrañas, ¿verdad? -señala Alma, la ama de llaves.

-Más de lo que imaginas, Alma. Desde que se fue Sarah, él... no es el mismo.

-Lo sé, mi niña. La pena es un manto pesado.

-Y ahora, esta obsesión... Buscar una madre sustituta. ¿Acaso no ve que se está perdiendo a sí mismo?

-Su dolor lo ciega, Mía. Pero tú estás aquí. Eres su luz.

-¿Será suficiente? A veces siento que lo estoy perdiendo, Alma. Que ambos nos estamos perdiendo.

-Mía, mi niña, sé que estás preocupada por Noah, pero tengo buenas noticias. Amelia, la joven de la que te hablé, llegará en unas horas.

-¿Amelia? Sí, la nueva sirvienta. Me alegra mucho, Alma.

-Es una chica muy capaz y trabajadora. La conozco desde que era una niña y te puedo asegurar que es de fiar.

-Si tú la recomiendas, no me cabe duda. Siempre has tenido buen ojo para la gente.

-Ella necesita este trabajo y necesitamos ayuda en la mansión. Creo que se llevarán muy bien.

-Estoy segura de que sí. Gracias, Alma. Me alegra tener una cara nueva en la casa.

-Verás que todo saldrá bien, mi niña. Ahora déjame preparar un té para que te relajes.

El tren se detuvo con un chirrido y sus pasajeros quedaron liberados en el bullicio de la estación de Boston.

Amelia, agotada por el largo viaje, bajó con sus escasas pertenencias. La multitud la rodeaba y un ruido de voces y pasos la envolvía. Una señora mayor, con ojos llenos de sabiduría, notó la profunda tristeza que se reflejaba en la mirada de la joven.

-Disculpa, querida, ¿te encuentras bien? Pareces muy cansada.

-Sí, señora. Solo estoy cansada del viaje.

-Entiendo. Los viajes largos pueden ser agotadores. Si necesitas algo, no dudes en pedirme lo que sea.

-Muchas gracias, señora. Es muy amable.

Amelia se alejó, sintiendo un breve destello de calidez en medio de su cansancio y soledad. La amabilidad de la desconocida le recordó que aún quedaba bondad en el mundo, lo que le brindó un pequeño consuelo en su incierto futuro.

Amelia se quedó paralizada, recorriendo con la mirada el entorno familiar que ahora le parecía ajeno y distante. La imagen de su tía Lucero, con las manos esposadas y la mirada perdida, no dejaba de repetirse en su mente como un eco doloroso.

La confusión se transformó en un torrente de emociones y, sin poder contenerse, las lágrimas brotaron de sus ojos. Cada sollozo era un grito ahogado por la injusticia, un lamento por la mujer que siempre había sido su refugio y que ahora era una sombra de lo que solía ser.

En ese instante, el mundo a su alrededor se desvaneció y solo quedó el peso de la tristeza, un vacío que parecía devorarla por dentro. Amelia se sintió pequeña y desamparada, atrapada en un mar de incertidumbre, donde la figura de su tía se desdibujaba entre las lágrimas y el dolor.

Capítulo 2 Mal carácter.

Horas después, cuando la tormenta amainó momentáneamente, Amelia llegó a la mansión Koch. Contempló la opulencia de la entrada con una mezcla de asombro y desconcierto, como si hubiera tropezado con un mundo completamente ajeno al suyo.

La recibió Alma, una mujer de porte sencillo y mirada serena, que la invitó a pasar con una cálida sonrisa, disipando en parte la inquietud que sentía Amelia.

-¡Ay, mi niña! Siento tu dolor como si fuera mío. Lucero... ¡Ay, Lucero! Éramos como hermanas en Laredo -se lamentó Alma, abrazándola con fuerza.

-No lo puedo creer, Alma. Mi tía está en la cárcel. Es una injusticia.

-Lo sé, mi niña, lo sé. El mundo está lleno de injusticias, especialmente para los que no tenemos dinero. Pero no te preocupes, encontraremos la forma de sacarla de ahí juntas.

-¿Juntas? Pero ¿cómo? No tengo ni un centavo.

-Tenemos algo muy valioso: la amistad. Lucero y yo nos conocemos desde niñas y ella siempre me ha portado bien conmigo. Ahora, es nuestro turno de ayudarla. Ya verás, encontraremos el dinero, moveremos cielo y tierra si es necesario.

-Gracias, Alma. Eres una gran amiga.

-No hace falta que me agradezcas, Amelia. Ahora somos familia. Y en los momentos difíciles la familia se apoya mutuamente. Ahora ven, vamos a tomar un té y a pensar en un plan. Juntas encontraremos la manera de liberar a Lucero.

-¡Es ridículo! Vender comida... ¿Es eso un crimen? ¡La trataron como a una criminal! -dice Amelia con frustración.

-Lo sé, hija. Lo sé. Es la injusticia de este mundo. Pero no nos rendiremos.

-¡No lo haré! Haré lo que sea necesario para sacar a mi tía de ahí, ¡cualquier cosa!

-Así se habla.

Mientras esperaba a la señorita Mía Noch, Amelia recorrió la sala con cautela, sintiendo como si el suelo se hubiera derrumbado bajo sus pies. La riqueza del lugar contrastaba dolorosamente con la dura realidad de su tía.

El recuerdo de Lucero, encarcelada injustamente, la sumió en una profunda angustia. Amelia se sentía abrumada, preguntándose cómo podría reunir las fuerzas necesarias para ayudar a su tía. La magnitud del problema parecía insuperable y la desesperación amenazaba con paralizarla.

-¡Hola! ¿Tú debes de ser Amelia? -dice Mía sonriente.

-Buenas tardes, señorita -le responde Amelia con la cabeza agachada.

-Por favor, levanta la cabeza. Aquí nadie muerde.

-Gracias. -responde Amelia, levantando la mirada y mostrando cierto nerviosismo.

-No tienes nada que agradecer. ¿Cómo estás?

-Bien.

-¡Mía, qué bueno que llegaste! Ella es Amelia, la sobrina de mi amiga -dice Alma al llegar.

-Es un gusto conocerte. Alma me ha hablado mucho de ti.

-El gusto es mío, señorita.

-¡Qué bueno que ya se conocen! Ahora podemos hablar con más calma -señaló Alma con una mirada compasiva.

Mientras tanto, Mía y Alma le explicaron a Amelia cuáles serían sus responsabilidades en la mansión. Le detallaron las tareas domésticas, el cuidado de algunas pertenencias de la familia Noch y la asistencia ocasional a eventos sociales. Le aseguraron que, aunque el trabajo sería exigente, también encontraría un ambiente de apoyo y comprensión.

Empresas Koch.

Noah, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, irradiaba frustración. La búsqueda del vientre de alquiler se estaba convirtiendo en una odisea interminable.

Los embriones congelados, su futuro más preciado, esperaban en el laboratorio, pero la mujer capaz de gestarlos parecía desvanecerse entre las sombras.

La impaciencia lo consumía; cada día que pasaba era un paso más hacia la lentitud y la dificultad del proceso. Sentía que el tiempo se le escapaba de las manos y que su sueño podría desvanecerse.

Al salir de la sala de reuniones, Noah observó cómo el personal se dispersaba apresuradamente, retomando sus tareas con la precisión de maniquíes. Su presencia había transformado el ambiente en un campo minado de batalla.

Noah, antes un líder respetado, se había convertido en un tirano de carácter gélido, cuyas decisiones eran tan calculadas como implacables. El miedo se había instalado en los pasillos y cada movimiento del personal era una danza coreografiada para evitar su ira.

Noah observó cómo su secretaria entraba en su oficina y, antes de que ella pudiera presentarle su agenda, la interrumpió con una pregunta directa:

-¿Están listas las candidatas para el vientre de alquiler? Necesito resolverlo hoy mismo.

-Sí, señor. Llegarán cinco posibles candidatas esta tarde.

-Perfecto. Ahora retírate. Eso es todo.

La cortesía y la socialización se habían desvanecido del repertorio de Noah. Tras la pérdida de su esposa, levantó un muro infranqueable alrededor de su corazón y juró no volver a enamorarse. Ahora, las relaciones eran meras transacciones de placer.

Mantenía encuentros fugaces con diversas mujeres, dejando claro desde el principio que sus encuentros eran puramente carnales, sin promesas ni ataduras. La idea de tener una compañera que lo controlara era una maldición para él; las mujeres eran objetos de deseo, nada más.

La puerta se abrió de golpe y su socio y mejor amigo, el único que parecía entender sus estados de ánimo, irrumpió en la oficina.

Noah, sin siquiera levantar la vista, hizo un gesto de desdén para repeler la interrupción. Aunque la presencia de su amigo era bienvenida, no lograba disipar la espesa nube de frustración que lo envolvía.

-¿Por qué entras sin anunciarte? -cuestionó Noah con voz cortante.

-¿Y perderme la oportunidad de ver a mi amigo gruñón en su hábitat natural? ¡Jamás! -exclamó su amigo Jack con una sonrisa sardónica.

-Ve al grano, Jack. Tengo trabajo.

-¡Como siempre! Aquí tienes. Son documentos importantes que necesitan tu firma.

-¿Qué son? -preguntó Noah al coger los documentos.

-Contratos, informes... lo de siempre. Nada que no puedas manejar. Aparte del trabajo, ¿cómo van las cosas con el vientre de alquiler?

-Es como buscar una aguja en un pajar. Es increíblemente difícil.

-¿Hay alguna novedad?

-Hoy tengo citas con cinco posibles candidatas. Veremos si hay suerte.

-¿Por qué no lo haces de la manera tradicional? Te casas, tienes hijos... ¡Problema resuelto!

-¡Ni lo sueñes! No pienso volver a casarme -espeta Noah muy serio.

-Pero, Noah... -lo interrumpe Noah diciendo:

-Lo único que me importa es encontrar un vientre de alquiler para mis embriones. Es lo único que me queda de Sarah.

-¡Suerte con eso! ¿Quedamos para tomar algo más tarde?

-Claro.

Capítulo 3 La sombra de la injusticia.

Más tarde en el bar...

-Noah, ¿de verdad eres feliz viviendo así?

-Es lo que me tocó, Jack.

-Eres joven y millonario, podrías volver a enamorarte. Sé que Sarah fue maravillosa, pero abre tu mente.

-Deja de decir estupideces, Jack. He venido a tomar algo, no a que me dé sermones.

-Lo siento, amigo. ¿Y encontraste a la mujer que te preste el vientre?

-No, hoy he entrevistado a cinco y todas estaban locas. Conseguir un vientre para gestar a mi primogénito se ha vuelto una tarea titánica -suspiró Noah, frotándose la sien.

Jack asintió con comprensión, aunque con un toque de ironía en la voz.

-Ya veo, y eso que tienes todo el dinero del mundo y aun así no logras dar con la indicada. Debe de ser frustrante.

Noah lo miró con el ceño fruncido, pero no respondió, consciente de que Jack tenía razón.

-¿Y si adoptas? Cómo estás tan empecinado en ser padre.

-Creo que a veces tu cerebro no te funciona. Para eso necesitas estar casado y, además, yo soy viudo. Jamás adoptaría, quiero un hijo de mi sangre. ¿Es difícil entenderlo?

-Ya relájate, mejor brindemos.

-Mejor -susurra Noah y lo mira de reojos.

Noah se sumergió en sus pensamientos y recordó lo difícil que había sido su camino. La gente lo veía como un hombre afortunado, con el mundo a sus pies gracias a su fortuna.

Sin embargo, el dinero no podía llenar el vacío que Sarah había dejado ni parecía allanar el camino hacia la paternidad que tanto deseaba. La ironía lo golpeó con fuerza: tener todo el dinero del mundo y sentirse impotente ante las dos cosas que más deseaba.

Amelia se había volcado de lleno en sus responsabilidades, trabajando sin descanso. A pesar del agotamiento, se esforzaba por cumplir con sus tareas, aunque sus ojos enrojecidos delataban las lágrimas que había derramado por su tía.

La impotencia la invadía al sentirse tan lejos y sin poder ofrecerle la ayuda que tanto necesitaba.

De pronto, recibió una llamada de su amiga:

-Amelia, querida, espero que estés bien...

-Erika, por favor, dime, ¿cómo está mi tía Lucero?

-Tranquilízate, cariño, pero no tengo buenas noticias. Quieren trasladar a tu tía al reclusorio femenino, lo siento.

-¡No puede ser! ¡Ayúdala, Erika, haz algo! Pediré un préstamo a mi jefa, pero, por favor, que no la trasladen. Me quiero morir.

-¡De ninguna manera! No vuelvas a repetir eso, Amelia. ¿Me has oído?

-¡No tengo ni un centavo para ayudar a mi tía! ¡Maldita pobreza! ¿Por qué los pobres sufrimos tanto? ¡No es justo!

-Tranquila, Amelia, tranquila. Lo sé, es muy difícil, pero no te rindas. Vamos a encontrar una solución, ya verás.

-Debo de hallar ese dinero a como dé lugar.

-Trata de calmarte, cariño. Te llamo de nuevo en la noche, sigue trabajando.

Presa de la desesperación, Amelia se desplomó contra la fría pared del baño. Sus pesares la abrumaban, creando una carga más pesada de lo que nadie podría imaginar. La sombra de la injusticia se cernía sobre su tía, quien permanecía recluida, incapaz de pagar la fianza.

El inminente traslado a una prisión de mujeres, sin haber cometido un delito grave, era una sentencia que Amelia no podía soportar. La impotencia la ahogaba, mientras luchaba contra la realidad de un sistema que parecía ensañarse con los más vulnerables.

De repente, unos golpes insistentes en la puerta del baño la arrancaron de su espiral de angustia. Con un rápido movimiento, se secó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, intentando recomponerse antes de enfrentar lo que fuera que la esperaba al otro lado.

-Amelia, ¡apúrate! El señor está por llegar y hay que empezar con la cena -dijo Vilma la otra chica de servicio.

-Sí, ya voy.

-¿Te pasa algo? Te veo rara.

-No, solo estoy cansada, vamos.

El sonido del timbre resonó en la mansión, anunciando la llegada de Noah. Amelia, con el corazón latiendo velozmente, abrió la puerta. El contacto visual fue instantáneo.

Los ojos de Amelia se encontraron con la imponente presencia de Noah, un hombre cuya seriedad y porte la dejaron sin aliento.

A pesar de estar trabajando en la mansión, este era su primer encuentro directo con su jefe. La figura de Noah se imponía, emanando una autoridad silenciosa que la dejó momentáneamente paralizada.

-¿Y quién eres tú? -preguntó con brusquedad.

-Yo... -balbuceó Amelia.

Mía Interrumpiendo, llega junto a tiempo:

-¡Noah! No seas tan grosero. Ella es Amelia, la nueva chica del servicio.

-Llévame un café bien cargado a la habitación, rápido -dijo ignorando por completo el comentario de su hermana.

-Sí, señor -asintió Amelia rápidamente.

Mientras Amelia se dirige a la cocina por el café, su hermana le reclama.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué siempre eres tan maleducado?

-No estoy para tus regaños, Mía. Me duele la cabeza. ¿Quién es ella? ¿De dónde viene?

-Es Amelia, la nueva sirvienta. Seguro que lo has olvidado, como casi nunca estás en casa, y cuando estás, te encierras.

-Quiero mi café en menos de cinco minutos - dijo Noah y sube a su habitación, dejando a Mía parada al pie de la escalera.

Minutos más tarde, Amelia Toca la puerta, con el café en la mano.

-¡Pasa! -grita Noah despectivamente.

Amelia entra con el café y se queda allí parada y él reacciona diciendo:

-Déjalo ahí y vete.

Amelia salió de la habitación con el corazón latiendo a mil por hora. La mirada de Noah la había dejado perpleja, una mezcla de desprecio que no lograba descifrar.

Noah, con el ceño fruncido, tomó su celular y marcó el número de Davis, su jefe de seguridad. Aún en la mansión, Davis respondió de inmediato.

-Sube a mi habitación ahora -ordenó Noah con rudeza, colgando sin esperar respuesta.

Davis subió las escaleras a toda velocidad, como si obedeciera a un resorte. Al llegar a la puerta de la habitación de Noah, entró sin dudarlo, encontrando a su jefe esperándolo con una expresión seria.

-¿Qué se le ofrece, señor?

-Quiero que averigües todo sobre Amelia, la nueva sirvienta.

-¿Todo, señor?

-Todo. Tienes pocas horas, para hacerlo.

-Entendido, señor.

Al ver a Davis marcharse, Noah se sumergió en sus pensamientos, enfocándose en la imagen de Amelia. A pesar de su uniforme de sirvienta, la joven irradiaba una belleza fresca y una vitalidad que capturó su atención.

Una idea comenzó a formarse en su mente, una posibilidad que lo intrigaba y que podría resolver su mayor problema.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022