NARRA ANNIE
No sé en qué momento de mi vida, todo se fue al carajo. Aunque pensándolo bien, creo que nunca en mi vida he tenido estabilidad, ni económica ni emocional.
Abandonada de bebé en un orfanato, me crie sintiéndome incomprendida. Era demasiado tímida para conversar tanto con extraños como con los que vivían conmigo. Tenía un único amigo, quien era dos años mayor que yo. Tom.
Siempre me sacaba de apuros y me defendía de los pequeños matones que pensaban que era divertido meterse con una niña varios años menor.
Y si ellos me metían en problemas, me tocaba ir al infierno. Así le llamábamos.
La madre superiora tenía en su despacho, una especie de pequeña habitación. No tan pequeña como para llamarse armario ni tan grande como una habitación regular.
Y olía mal, realmente mal pues los niños que entrabamos a cumplir castigo, nos orinábamos encima, y eso, si éramos afortunados porque otros acababan defecando, literalmente se cagaban del susto.
Siendo tan solo una niña de seis años y, viéndome muchísimo más pequeña que los otros de mi edad, pasaba horas metida de rodillas sobre granos de arroz, pidiéndole a Dios, que me perdonara por haber pecado. Y de haber hecho cosas malas quizás hubiese entendido que es lo que se suponía que hice mal, pero en serio, nunca me metía en problemas.
Bueno...si rescatar un gatito de la lluvia era malo, pues fui mala con cada gatito que llegaba pidiendo hogar. Y ese fue el asunto que me puso en la mira de la directora y que me cambió para siempre. Al inicio todo iba bien, o eso creía. Era raro que gatito que llegaba, gatito que desaparecía, pero como el orfanato estaba en medio del bosque, pensaba que los cachorros se iban después de una buena noche de sueño y comida.
Una mañana, durante uno de los inviernos más fuertes encontré un gato, cerca de mis seis años, por cierto, y a pesar de que la directora pidió que no lo hiciera más, no pude evitarlo.
Y esa mañana llegué cubierta de lodo, sosteniendo a la diminuta criatura. La mujer se acercó a mi furiosa, sacó la fusta-similar a la que usan con caballos-y me dio un golpe tan fuerte que me marcó, desde la mejilla hasta mi ombligo.
Y desde entonces, cada cosa que hacía, sin importar si solo era hablar a un volumen alto, todo aquello me enviaba al armario de castigos.
Así que mientras estábamos dentro, escuchábamos voces espectrales que rodeaban todo. Años después, durante la agonía de una de las monjas-pues me mantengo monitoreando el lugar, atenta a que ningún otro niño sufra lo que nosotros-, me enteré de que la superiora, hacía todos aquellos ruidos para asustarnos.
Varios niños, en especial dos hermanitos, ellos nunca salieron del armario, una mañana vimos como un policía llegaba, alertado por el gobierno ya que, a la revisión del día anterior, una en la que nos alineaban en el jardín para pasar lista, los hermanitos no aparecieron.
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Me acerqué al oficial y le dije del mal olor del armario. Ese día se llevaron a las monjas y clausuraron el hospicio. O al menos en aquella época porque ahora mismo, lo han reabierto y la misma monja, ya de casi 80 años, quien está a cargo. No sé como voy a hacer para que no dañe a ningún otro niño.
Después de eso entré al sistema de acogidas y tuve la suerte de que una pareja mayor me adoptó. Me criaron con amor, no tenían mucho dinero, pero vivíamos bien. Sin embargo, emocionalmente nunca fui realmente estable. Los gritos me asustaban, me aterrorizaba hacer algo mal y que me devolvieran.
Recibí educación en casa y cuando estaba por entrar a la universidad tuvieron un accidente. Papá, él murió de forma inmediata y mamá, ella quedó en silla de ruedas
Así que el dinero que habían guardado para mis estudios, lo usaba para pagar el sitio donde la cuidaban. Ella casi no hablaba, estaba ausente y no me reconocía. Lo que es bueno porque me dolería muchísimo que viese lo mal que lo estaba pasando. Hubo meses donde los gastos en la clínica aumentaban más y por eso acabé poniendo la casa en venta, lo que me dejó en la calle literalmente.
Ser pobre es una mierda, lo sé bien. Pero, si a eso hay que sumarle el tener que aguantar las miradas lascivas de un puto viejo verde, pues entonces he de decir con toda certeza, que estoy bien jodida. Porque el tipo que me alquila el lugar donde vivo, me da miradas que prometen desvestirme y violarme, no exagero.
Y lo peor, es estar atrapada sin poder escapar. Sé lo que piensan, debería irme, salir por la puerta, huir...pero no puedo hacerlo pues no tengo dinero ¿Recuerdan que les dije que soy pobre?
Soy una persona pobre con más de 300 mil dólares en el banco, pero ponerla en una clínica del estado, eso ni siquiera podría considerarlo. Me gustaría tener alguien con quien contar, alguien en quien apoyarme cuando la carga del día a día es espeluznante y aterradora. Y es difícil dormirse con hambre, soportar el dolor y beber agua para engañar el estómago.
Incluso mil dólares mensuales -que son lo que pago por este sitio-son una jodida ganga, una que deja que me alcance solo para comer una vez al día y pagar los servicios básicos.
Pero hay gente peor. ¿Cierto? O quizás creo en eso ya que me lo repito a diario, es mi mantra. Sea como sea, no tengo muchas opciones, pero, aunque sea pobre tengo algo de amor propio y aceptar la oferta de mi casero, de coger con él para evitar el pago, no me gusta.
No soy una mojigata -aclaro que soy virgen, pero leo bastante- y quizás si mi casero fuese un hombre joven y apuesto me lo pensaría -una tiene que comer- pero el sujeto tiene más de sesenta años, huele mal y le faltan varios dientes, ¿entienden mi reticencia?
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El tipo da asco con solo mirarlo, me habla tocándose la entrepierna, mientras pasa su lengua por los pocos dientes que tiene.
Otras veces, se sienta cerca de mí cuando salgo al jardín, saca su periódico y lo lee, casual, como si no buscase nada, pero de forma -según él-disimulada, empieza a acercar su silla a la mía.
Una vez acabé moviéndome con todo y silla contra la pared y ahí estaba él, pegadito a mis piernas. En varias ocasiones llegué a pensar que quizás debía abandonar el lugar, pero me ha dicho que, si me marcho así de prisa, no me dará mi depósito y son mil dólares que no puedo jugármela a perder.
¿Es que acaso Dios no puede enviarme un multimillonario que me pague a cambio de sexo?
En aquel momento no sabía qué tan cerca estaba de obtener lo que quería.
Después de desayunar un poco del pan del día anterior me fui a mi trabajo de empacadora en el supermercado. No es obviamente el trabajo ideal, no hay propinas ni nada, pero es uno de los tres empleos que me permiten pagar la renta. Salgo de ahí a las 2 de la tarde, llegó a un restaurante chino, no muy bonito, pero me ubico en el callejón de atrás lavando los platos. Así que realmente no me importan los tipos de clientes que les lleguen.
No es cómodo, de hecho, estoy en el suelo usando tinas grandes, una con jabón dos con agua y como se ensucian fácil toca levantarlas para volcar el contenido y son bastante pesadas. Ahí acabo a las seis y empiezo como mesera en un pequeño pub, bastante familiar el ambiente y las propinas son las que pagan mi única comida diaria.
A veces...mucha veces...bueno, siendo honesta, cada segundo de mi día le pido al de arriba por un milagro que me haga salir de aquí, pero nada sucede. Hay gente que nace con estrella y otros que nacemos estrellados.
He vuelto a casa a las 10 de la noche, con tiempo apenas para darme una ducha y dormir, pues empiezo temprano en el supermercado. La cortina de la casa de mi casero se mueve y este sale oliendo a licor.
Está en calzoncillos, se acerca a mí de forma peligrosa. Miro a todas partes, pero estoy arrinconada. Así que con disimulo sacó las tijeras que llevo conmigo y trato de enterrárselas en el estómago, pero es rápido, me las quita y se ve furioso. Su aliento llega a mí, es asqueroso.
-¡Maldita puta!
-No se me acerque así o iré a la policía.
-Tonta, acabarás siendo mía.
-Primero muerta, ¿me escucha?
El viejo puerco me sujeta del cuello y empieza a asfixiarme, veo manchas de colores, mis manos van a las suyas, trato de que me suelte, pero es imposible, le golpeo los brazos y sé con certeza que estoy muriendo. De pronto me libera. Llevo mis manos al cuello en busca de aire.
-No puedes contra mí, niña. Acabarás siendo mía y si dices algo te mataré.