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Guerra de mafiosas

Guerra de mafiosas

Autor: : Edgar Romero
Género: Mafia
Dos hermosas mujeres, involucradas en negocios ilícitos, se enfrentan por el dominio de las calles, pero no será lo único en que rivalizan ellas, pues también se disputarán el amor ni más ni menos que del capitán de policía que las persigue para meterlas a la cárcel. Ambas mujeres sostendrán, entonces, constantes enfrentamientos para quedarse con el monopolio de sus negocios turbios y enamorar al capitán de policía que, a su vez, está seducido por las dos féminas que, ya está dicho, son bellísimas y millonarias. Kate Garret y Karina Belmond son las protagonistas de ésta singular y peculiar novela, enfrentando a sus bandas en una guerra abierta en las calles y disputándose el corazón del capitán Hugh Bryan, compitiendo además en sensualidad y ferocidad, pues ambas son crueles y malévolas pero muy hermosas. Ambas mujeres igualmente se enfrentarán a otros mafiosos que pretenden apoderarse de sus corporaciones y sacarlas del camino. Ambición, poder, traiciones, peligros, corrupción, mafia, glamour, mucho amor, humor y romance, hacen de ésta novela, "Guerra de mafiosas", una historia cautivante e imperdible que encandilará al lector de principio a fin.

Capítulo 1 I

-Hummmm-, Nelson me besaba muy delicioso, vehemente y febril, tanto que yo me sentía en las nubes, extraviada en el espacio, flotando en una nube, obnubilada y eclipsada, ardiendo en mis fuegos, incendiando mis entrañas y dejando que él me acaricie las piernas con embeleso, deleitándose con su lozanía y tibieza. Eso me estremecía y me eclipsaba, hasta el delirio.

Yo no dejaba de suspirar ni sollozar entusiasmada y afiebrada, mientras Nelson continuaba disfrutando de mis carreteras sinuosas, incluso explorando mis caderas, queriendo avanzar hasta más abajo de la espalda porque estaba demasiado impetuoso y ansioso de conquistarme y hacerme suya, de tatuar todos mis rincones con sus besos, hacerme suya y tener enteramente para él mis redondeces y apetitosas curvas que tanto lo enardecían y lo volvían eufórico y frenético a la vez.

Me encantaba que Nelson estuviera así, hecho una fiera enjaulada, mordiendo mis labios, saboreando mi boca, incluso su lengua no dejaba de jugar con la mía con tanto afán que me provocaba más y renovados fuegos en mis intimidades al extremo que yo chisporroteaba la candela por todos mis poros, echaba humo hasta de las orejas y me sentía un lanzallamas incendiándolo todo al mi rededor.

Encandilada le pedía, a gritos, que siguiera seduciéndome sin detenerse, que continuara acariciándome y besándome, porque me encantaba arder en mis fuegos, me sentía rendida a su virilidad y que me prendaba ser suya hasta el último trozo de mi adorable anatomía. Aullé excitada cuando Nelson metió sus narices en el canalillo de mis pechos y eso me volvió a un gran petardo de dinamita a punto de hacer explosión.

Yo gemía sin detenerme y eso era una música dulce, erótica, sexy y sensual a la vez, que nos hacía, a los dos, sendos tornados impetuosos y afanosos, gozando de esa pasión que se desbordaba como cascadas sobre nosotros, rendidos en ese idílico momento, tan romántico y poético a la vez, de dos cuerpos entregados a la emoción de los besos y las caricias.

Me sentía muy suya a Nelson y eso me excitaba sobremanera, me hacía más afanosa y me provocaba miles de descargas eléctricas remeciéndome hasta el último átomo de mi anatomía.

Nelson no pudo resistirse más a mis maravillas tan afrodisíacas y me tumbó en la alfombra en de mi oficina. Yo me desparramé en el piso igual a una piltrafa, seducida, encantada y obnubilada al ímpetu de mi amante, sollozando sin cesar, suspirando, con mis pechos inflados igual a grandes globos, ardiendo en fuego, desarmada e inerme a plena merced de mi guardaespaldas que tanto alborotaba mis sentidos hasta la locura.

Las manos de Nelson avanzaron raudamente por debajo de mi falda, queriendo alcanzar los límites más distantes de mis intimidades mientras continuaba besándome con desesperación y encono, convertido en una fiera hambrienta, queriendo devorar su presa con ira y deleite a la vez.

Mientras Nelson me hacía suya, abajo, en el primer piso, mi casinos estaba repleto como siempre. Yo escuchaba la fiesta cotidiana de todas las noches. Tintineaban los vasos de licor, retumbaba la música del DJ, la atención de los mozos y las azafatas era febril, los parroquianos no dejan de brindar, cantar, bailar, iban y venían las apuestas, chocaban los dados, se entusiasmaban los pagadores y talladores retumbaban las máquinas tragamonedas y habían muchas parejas besándose con la misma pasión que Nelson y yo, haciendo de la velada muy festiva, eufórica, desenfrenada y ciertamente desbocada por las ansias de amarse.

Y fue entonces en ese preciso instante que ¡bum! estalló una bomba en la puerta de mi casino, haciendo estallar las mamparas en un millón de esquirlas, trajo abajo los candelabros, saltaron hecho añicos los ventanales y se cayeron las mesas y las sillas. El caos estalló dentro de mi local y los gritos y el pánico se hizo incontrolable. Los parroquianos se pisoteaban unos a otros, se multiplicaron los chillidos y aullidos de dolor y de desesperación colmaron los ambientes. Hombres y mujeres se pisoteaban unos a otros y ya corrían hilachas de sangre por el piso, porque habían muchísimos heridos no solo por la explosión o los pisotones sino también porque los vidrios los alcanzaron igual si fueran filosas cuchillas.

-¿Qué fue eso?-, le pregunté a Nelson alarmada alzándome de la alfombra con los ojos desorbitados, lívida y empalidecida, completamente desconcertada. -¡¡¡Señorita Garret, nos atacaron!!!-, gritó uno de los agentes del personal de seguridad del casino.

Arreglé mi falda como mejor pude, calcé mis zapatos y bajé de prisa al primer nivel, dando tumbos, tropezando, aplastada por la duda y la aflicción, angustiada pensando en un cataclismo o el fin del mundo. Me estrellé entonces con el caos, la desesperación, el miedo y el pánico. Habían muchos tipos y mujeres regados en el suelo, heridos, las mesas estaban tiradas, habían estallado los vidrios y, como les dije, corrían largos riachuelos de sangre.

-¿Qué ocurrió?-, balbuceé hecha una tonta.

-Tiraron una bomba a la puerta, señorita Garret, dos tipos en motocicleta-, me detalló el agente de seguridad del casino con su cara duchada en sudor, los ojos también a punto de reventar, empalidecido, nervioso y descontrolado por la repentina y violenta explosión.

Rayos, apreté los puños y chirrié los dientes. -Karina Belmond-, refunfuñé malhumorada, echando candela de mis narices.

Capítulo 2 II

Karina Belmond dormía en la suite de su hotel, el más exclusivo de la ciudad. Dispuso el pent-house para ella porque le encantaba estar siempre a todo lo alto, encima de la ciudad, disfrutando de la pincelada mágica y romántica de las calles iluminadas, el mar a lo lejos apareciendo como un gran manto recortando el horizonte y sentirse cerca de las nubes y las estrellas, simplemente porque ella se consideraba una diva.

Y tenía razón de ufanarse porque Karina era hermosa, bien cincelada, curvilínea, voluptuosa, con los senos y las nalgas grandes que eran la atracción y deseo de todos los hombres del país. A ella le fascinaba sentirse admirada y venerada, sintiéndose una princesa de cuento de hadas y por eso cuidaba su figura siempre, y lucía bellísima en cualquier ocasión, prendando y encandilando a todos, convertida en el imán de las miradas.

Fue en ese instante que Karina dormía a pierna suelta, ronroneando como una gatita cuando, de pronto, ¡buummmmm! un estallido la alzó de la cama espantada. El edificio entero se remeció como si fuera una palmera azotada en medio de una gran tormenta, sacudiéndose y zarandeándose igual a un títere o una piltrafa. La explosión fue idéntica a un gran retumbo, un cañonazo atronando cual rugido espantoso, haciendo añicos las ventanas y las mamparas del hotel. Los vidrios reventaron en un millón de pedazos, cayeron los costosos candelabros que adornaban los pasadizos, salpicando sus esquirlas por todos lados, hiriendo a huéspedes, comensales, mozos y azafatas, desatando el pánico y el caos en el hospedaje. Reventaron aparadores y vitrinas y voló por los aires la estancia completa. De pronto todo era un laberinto en el hotel Belmond.

-¡Qué diablos ocurre?!-, llamó Karina a su seguridad.

-¡¡Una bomba, señorita Belmond!! ¡¡Estalló una bomba!! ¡¡Explotó un carro cargado de dinamita!!-, estaba aterrado "Sapo", el sicario que se encargaba de la seguridad de Karina en el hotel.

Belmond ya echaba humo de las narices, sentía la sangre revoloteando en los tubos de sus venas y chirriaba los dientes hecha una energúmena.

-Todo el hall ha reventado, siete pisos han sido afectados por la explosión, hay numerosos heridos, muchos contusos, la encargada de recepción está malherida-, le fue detallando apurado el jefe de seguridad con los primeros reportes que le iban llegando de la emergencia, sin embargo Karina ya no lo escuchaba: había estrellado su móvil en la pared de su suite, haciéndolo añicos, quedando inservible encima de la alfombra.

-Kate Garret-, soplaba su furia Karina, con sus ojos incendiados y la furia calcinando sus entrañas hasta volverse una gran antorcha ardiendo por la cólera.

Capítulo 3 III

El oro ilegal es mío. Yo lo tráfico desde hace muchos años, antes de que Belmond metiera sus narices en el contrabando de las piedras preciosas. Las minas en las montañas desérticas al oeste de la ciudad me pertenecen y ella lo sabe, sin embargo Belmond pretende apoderarse de ese negocio tan rentable que me deja muchísimo dinero. La envidia y la avaricia la corroe, pues.

La otra vez sus sicarios intentaron bloquear las carreteras hacia nuestra fábrica de tratamiento del oro y obligó a mis hombres a enfrentarse a balazos contra medio centenar de sujetos armados que intentaron evitar que los camiones llegasen a su destino. El violento combate dejó muchísimos muertos en ambos lados y a batalla duró más de tres horas, incluso estallaron granadas reventando como truenos en las montañas. Finalmente el cargamento pudo llegar a buen puerto, dejando furiosa a Belmond.

Ella, en el colmo de la audacia y viéndose derrotada, mandó reventar los socavones de mis minas. Los mineros dormían apaciblemente en el campamento cuando de pronto ¡bum! ¡bum! ¡bum! empezaron a explotar bombas por todos sitio, estallando los escarpados de las montañas desérticas y derrumbando los socavones igual si fueran castillos de arena. Los sicarios de Belmond nos habían atacado con morteros, provocando toda suerte de derrumbes. Varias de las bombas, incluso, estallaron e el campamento despedazando a varios de mis mineros, ajenos a la guerra que sosteníamos ella y yo por el control del oro.

Yo dormía apaciblemente en el rancho que tengo en las afueras de la ciudad, cuando me llamaron de la mina, dándome los detalles de lo ocurrido en los cerros. -¡¡¡Los socavones están sepultados!!!-, me dijo el capataz alarmado. Volé en helicóptero hasta la zona del desastre y en efecto, todo era una calamidad. Las minas habían sido derrumbadas, el campamento se encontraba arrasado y el oro sepultado a muchísimos metros de profundidad taponeado por grandes rocas y piedras. Lo único que hice fue maldecir, dar bufidos y echar mucho humo de las narices.

En revancha de lo que Belmond me había hecho, ordené a mis sicarios atacar el casino "Queen Karina" que ella tiene en la zona más céntrica y comercial de la ciudad. Miles de personas se congregan allí apostando y despilfarrando su dinero en juegos, comidas, mujerzuelas, orgías y tragos. Es un edificación enorme, con jardines, mamparas, grandes ventanales y vitrales. Mis hombres llegaron disparando ametralladoras M60, reventando todos los vidrios, volviéndolos añicos, estallando esquirlas y provocando el caos y el pánico entre los miles de apostadores malgastando su plata jugando al póquer y en los tragamonedas.

Karina quedó desconcertada y pasmada viendo su obra de arte esquelética, cadavérica, hecha añicos, completamente destruido, parada delante de los soportes que sobrevivieron al violento ataque de mis hombres mientras yo me reía de buena gana dando giros en la silla de mi oficina, celebrando la calamidad que le costaría un descomunal gasto a Karina para recuperarlo. -El que le hace la paga-, me repetía yo feliz, gritando y chillando igual que una adolescente traviesa.

-Ataquen a Kate donde más le duela-, le ordenó, entonces, Karina, a "Sapo", el sicario que la protegía.

Belmond, otra vez picada en su orgullo, volvió a embestirme y en esa ocasión se la emprendió contra mi yate, "La sirena". Sus sicarios intentaron hundir mi adorada embarcación lanzándole cargas de dinamita desde una avioneta, felizmente sin lograr atinarle. El barco se salvó por un pelito, sin embargo la proa quedó bastante lastimada y uno de los mástiles se quebró por la mitad. El yate tuvo que ser remolcado al puerto porque las paletas de las hélices igualmente sufrieron considerables daños por las explosiones.

La avioneta logró irse intacta pese a que mis hombres le dispararon desde el yate. Tuvo mucha suerte.

-Esa mujer cree que me va a ganar, pero está equivocada, Karina terminará hincada a mis pies, pidiéndome perdón-, estaba yo muy furiosa luego que mis hombres me informaran de los daños sufridos en mi yate.

-¿Hasta dónde va a llegar ésta guerra?-, me preguntó Nelson jadeando, agotado, exánime, con el rostro encharcado en sudor. Habíamos hecho otra vez el amor en forma intensa, como lobos hambrientos. Yo, como les digo, estaba fastidiada, de malhumor y me la emprendí con arañazos y mordiscos sobre mi amante que tuvo que soportar mis rabietas con estoicismo tanto que quedó bastante magullado y con numerosos hilos de sangre corriendo por sus enormes bíceps y gigantescos músculos. Yo me había comportado como una fiera enjaulada frente a él porque además de la furia incontrolable que tenía, también estaba enardecida por querer devorar a mi amante pues me parecía exquisito, delicioso, muy viril y masculino y eso incendiaba mis entrañas igual como si fuera un lanzallamas.

-Voy a destruir a Karina Belmond-, fue exactamente lo que le dije a Nelson. Él como siempre asintió con la cabeza, porque así me complacía y no había algo que más me gustaba y excitaba que me dieran la razón en todo.

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