La luna brillaba con intensidad, alumbrando su camino. Los galopes del caballo eran rápidos y firmes. La calle estaba vacía, ya a esa hora todos dormían; iba a toda prisa sin saber si lograría su cometido. Finalmente, llegó a las grandes puertas, se detuvo, y lentamente estas empezaron a abrirse, era obvio que algún cómplice la estaba esperando.
Tomó un respiro y cabalgó a toda prisa dejando atrás lo que una vez fue su hogar. Viajó sobre su caballo por varias horas, fue difícil hacerlo en medio de los árboles con tal oscuridad. Llegó a un lugar que parecía abandonado, amarró el animal y entró a la humilde choza, que estaba alumbrada con un viejo y roto candelabro.
-Oh, señorita, la estaba esperando. -La recibió un anciano rechoncho y sucio, con cara de malandro. Ella se quitó la capa negra que la cubría y aquel hombre se quedó boquiabierto, al percatarse de su belleza y delicadeza. No podía entender cómo una jovencita tan elegante quisiera vivir en aquel lugar. Era probable que aquella joven que portaba tanta elegancia fuese una criminal, teniendo como propósito usar a aquella choza que quedaba en la nada, para ocultarse. Ella le lanzó una bolsa de tela. Él la abrió con avaricia, pareciera que se saboreaba al ver las monedas de oro.
-Señor, recuerde que no solo le estoy pagando por el lugar, también por su silencio.
-¡Claro! Estoy clarísimo, señorita. Yo soy una tumba, no tiene que preocuparse.
-Eso espero. Si no, en vez de ser una tumba, estará dentro de una -le amenazó mirándolo de forma espeluznante. El asintió y se le acercó.
-Solo una cosa... ¿Por qué una dama como usted viviría en un lugar como este? -preguntó con curiosidad.
Ella se volteó y con mirada de lamento respondió:
-Porque... mis hermanas se volvieron locas.
-¡Ataquen! -gritó mientras extendía su espada hacia el frente, rodeada de chispas y cenizas. Con su largo cabello envuelto en una trenza que se movía de un lado a otro, dando a entender sus bruscos movimientos. Mechones jugueteaban rebeldes sobre su frente, quedando algunas hebras pegadas a su piel, gracias al sudor que de esta emanaba.
Su delicada y simple armadura se ceñía a su cuerpo a la perfección, mostrando una atractiva figura femenina. Manchada de sangre y ceniza y, sin siquiera reparar en ello, Darah saltó por encima de sus soldados quienes ya habían obedecido su orden y corrían tirando gritos de ataques, con sus armas blancas apuntando a sus enemigos.
Disparos, flechas, explosiones, sangre, sudor y gritos de odio, o, en su defecto, alaridos de dolor protagonizaban aquella ardua batalla.
-¡¡Están retrocediendo!! -Un soldado robusto y de larga barba avisó a su equipo. Esas palabras motivaron a los guerreros, quienes atacaban con más ánimo y vehemencia. Por su parte, Darah se lanzó por los aires con un único objetivo: matar al general Badal. Él era el causante de todas esas pequeñas guerras en las afueras de Andaluz, gracias a su codicia y ambición. En vez de enfocarse en aprovechar los recursos de sus territorios, aquel hombre se empecinaba en conquistar comunidades y hasta otros reinos.
-¡Darah, cuidado! -Su amigo vociferó al ver a aquel misil con luz azul ir en dirección a ella.
La joven guerrera giró sobre su eje, pateando aquella extraña y ovalada arma en contra del ejército enemigo; al instante, una gran explosión cegó la vida de casi todos ellos. Pese a que sus hombres estaban acostumbrados a las hazañas de aquella intrépida mujer, no podían evitar estar impresionados ante su forma fría y arriesgada de actuar.
Con la mayoría de sus enemigos caídos y la retirada de los pocos que quedaban, aquellos hombres ya saboreaban la victoria y hasta dejaron de esforzarse; sin embargo, la osada y terca princesa no abandonó la batalla y ellos sabían que no dejaría ir a aquel hombre con vida.
Darah avanzó en dirección al general, quien buscaba la forma de escapar dado que era obvia su derrota. Cuando estuvo cerca de llegar a él, un grupo de guerreros la enfrentaron para evitar que lograse su objetivo. Ella sonrió de forma juguetona mientras revisaba el filo de su espada. Según se dice, aquella arma era diez veces más filosa que las espadas más poderosas de los guerreros más temidos. A simple vista, era un arma simple y muy delgada, nada pesada y sin apariencia temerosa, exactamente como quien la portaba.
-¡Perra! ¡No llegarás a nuestro general! -Uno de los guerreros enemigos que, formaban un escudo humano para evitar el acercamiento, espetó de forma despectiva.
Ella se limitó a mirarlo mientras mostraba una sonrisa descarada. Antes de ellos poder reaccionar, aquel insolente yacía en el suelo con el estómago cortado, bañado en su propia sangre. El espanto y la incredulidad se mostraban en los rostros de sus contrincantes, quienes rodeaban a su señor a la expectativa.
Un silbido sutil, hebras de cabello que caían sobre el rostro angelical de aquella chica, que, movidas por un pequeño viento era la evidencia de un ataque sigiloso, tan rápido que fue difícil de ser percibido. En cuestión de segundos, todos los soldados que protegían a aquel general, yacían muertos en el suelo.
-¡Esos estúpidos! -El general dijo entre risas-. Ellos no sabían con quién se estaban enfrentando, merecían morir por ingenuos. Debe saber, princesa, que yo no soy un simple soldado y que solo permití que me rodearan para que usted pudiera calentar. ¿No creerá que le temo?
La mirada de odio que ella le atinó provocó un poco de temblor en el hombre. La joven miró su espada ensangrentada con malicia, entonces sacó un pañuelo blanco con el que limpió su afilada arma, con una calma y sonrisa escalofriantes.
-General, jamás sería tan inculta de mezclar su sangre con la de esos novatos. La suya es repugnante, ni siquiera ellos merecen tal deshonra.
La sonrisa de aquel hombre se desvaneció, siendo transformado su rostro por la ira y la humillación.
-¿Cómo te atreves a insultarme de una forma tan vil, niña insolente? ¿Cómo es que osas poner a esos buenos para nada por encima de mí? ¡Respeta mi cargo y experiencia!
Ella le tiró el pañuelo en la cara como repuesta, acto seguido se lanzó contra él, flotando en el infinito. El choque de espadas desprendía chispas por la fuerza y rapidez aplicadas. Ambos se movían por encima del suelo con una habilidad y velocidad impresionantes, ganando la admiración de los presentes.
El general atacó de frente, lleno de furia. Darah bloqueó el ataque con su delgada espada, pateando al hombre en el acto. Él se incorporó de aquel sutil golpe con rapidez y atinó contra ella con toda su ira. La espada atacaba de arriba a abajo y por los lados, con malicia, con sed de sangre.
Ella aprovechó que el hombre se tomó un respiro para girar y atacar en dirección a su cuello, pero este usó su espada para proteger el área, la cual fue abalanzada hacia abajo, dejando piel libre para ella golpear con su codo.
El general dejó escapar una palabrota. Se sentía humillado de haber sido golpeado por ella dos veces, mas él no había podido tocarla aún. Todavía no entendía cómo aquella simple espada soportaba sus ataques, si él llevaba una mucho más poderosa y pesada, capaz de partir en dos a un hombre robusto y con armadura. Él se abalanzó hacia ella con la ira y frustración controlando su razón; ya era momento de dejar el juego y ponerse serio. Si mataba a la princesa, su derrota se convertiría en una jugosa victoria. Puesto que podría escapar de los soldados de ella con facilidad y con la cabeza de esta en mano, tendría el poder para ganar aliados y conquistar Andaluz.
Darah se quedó quieta en su lugar, esperando atenta el ataque del general. Su pequeña sonrisa daba a entender que estaba disfrutando el momento. Él atacó con toda su fuerza, con la intención de partirla en dos; si lograba su objetivo, este sería el fin de la princesa, independientemente de si ella usaba su espada como escudo o no, debido a la fuerza con la que él había atacado. Jafer, el amigo de Darah y comandante del ejército de Andaluz, se preparó para el ataque en caso de que su amiga necesitara de su ayuda. Todo fue en cuestión de segundos y de forma involuntaria. Era inevitable la necesidad de cuidarla, de poner su pecho por ella.
Un ruido desgarrador llenó el lugar, el sonido del metal rompiéndose fue molestoso para sus oídos. Con la fuerza con que el general había atacado y, el peso y filo de aquella poderosa espada, era obvio que la princesa había llegado a su fin. Una vez las chispas se desvanecieron en el aire y el humo se deshizo, los ojos de los presentes se agrandaron de la impresión. El dicho era cierto, tenía que estar hecha de aquel extraño y misterioso material.
El general observaba la mitad de la espada que le quedó en la mano con incredulidad y asombro, totalmente desconcertado. Era imposible, nunca nadie había sobrevivido a su ataque especial, donde él dejaba libre toda su energía para acabar con su contrincante. Le era difícil de asimilar que su imponente y poderosa espada, aquella que había cegado miles de vidas incluyendo a guerreros poderosos, había sido partida en dos al chocar con aquella simple arma. ¿Será que subestimó a la princesa?
Él miró a la joven, aterrado. A pesar de que su rostro era delicado y hermoso, con esa expresión angelical y tierna que provocaba ganas de acariciarlo; aquella sonrisa que se ensanchaba en ella era tenebrosa. No había necesidad de palabras de parte de la joven mujer, un simple movimiento y estaba acabado, y así fue...
***
Las puertas del castillo se abrieron. Las personas de la ciudad de Andaluz se postraron en reverencia ante la entrada del ejército. Ellos admiraban y respetaban a los guerreros de su reino, quienes habían hecho un buen trabajo en mantener a salvo a Andaluz y sus habitantes. El coronel Jerom, un moreno de cabello gris y crespo, ojos del mismo color y cuerpo fornido, levantó su brazo derecho al aire mientras sostenía su espada plateada, luego envainó su arma con gracia, juntó sus manos cerca de su pecho y sonrió a los presentes dando a entender la victoria.
Antes de que el pueblo celebrase, la séptima princesa caminó entre ellos con una bolsa de tela en manos de dónde chorreaba sangre; se detuvo en medio de la ciudad, siendo rodeada por todos, quienes la observaban a la expectativa. Con esa calma que la caracterizaba ella abrió la bolsa y sacó la pesada cabeza del general Badal, mostrando al pueblo su victoria. En seguida, la algarabía, aplausos, gritos de celebración y brincos de alegría, llenaron la ciudad.
***
-Deja las reverencias y acércate a tu padre -le comandó el rey desde su cama. Él estaba débil debido a su enfermedad, por lo tanto, se mantenía en la recámara real y ya no recibía a sus concubinas. Darah se acercó a él con timidez, postrándose frente a la cama y recostando su cabeza en el suave y elegante colchón, que estaba cubierto de seda y las sábanas más valiosas y finas de Andaluz.
-Padre, el doctor dijo que el tratamiento está haciendo efecto. -Su voz llena de esperanza afectó a su padre, quien sabía que ya no le quedaba mucho tiempo.
-Mi hermosa niña; tú eres fuerte ante todos, sin embargo, yo conozco tu noble corazón y lo sensible que puedes llegar a ser. No quiero ilusionarte, es por esto que seré sincero contigo. El tratamiento solo me quita el sufrimiento, más no es una cura. Mi enfermedad está avanzada y puedo morir en cualquier momento. No te preocupes, me iré en paz y con muchos años de felicidad, al haber disfrutado a mi familia y bien utilizado el poder que se me concedió como rey de Andaluz. Estoy satisfecho de haber podido dormir en paz todas las noches, porque mi conciencia está limpia de nunca haber abusado del inocente y haber actuado con justicia.
-Padre... -Ella balbuceó ocultando su rostro entre las sábanas.
-Darah, estoy satisfecho de tu desenvolvimiento; me has hecho un padre orgulloso y feliz. Gracias por la batalla de hoy y todas esas que has ganado para Andaluz. Eres mi mejor guerrera, por eso no dudé en hacerte general de mi ejército y confío en que Andaluz estará en buenas manos. No te preocupes, dejaré todo listo antes de mi partida. Solo espero que algún día abras tu corazón al amor y te dejes cuidar. Que te amen y protejan no significa que eres débil, al contrario, es evidencia de que eres lo suficientemente valiente para confiar tu corazón.
-Padre, te prometo que velaré por el reino de Andaluz. No permitiré que lo que has construido con tu vida, sea destruido o conquistado.
El rey acarició el largo cabello de la joven, no refutando sus palabras. Él sabía que ella lo haría, entendía también, que esta le estaba desviando el tema y ese era su temor. Deseaba que su hija algún día se dejara amar y que pudiera formar una familia.
***
Tres meses después...
Una bandera negra con rosas blancas pintadas en el centro ondeaba en el castillo de Andaluz. La música que sonaba en la ciudad era melancólica y sus habitantes guardaban en tristeza el duelo por la muerte de su rey.
Después de tres meses de luto, los habitantes de Andaluz adornaron la ciudad de colores, flores, música alegre, bailes y comida deliciosa que era compartida en las plazas. Todos celebraban la proclamación de la próxima reina, ansiosos por saber a quién había elegido el rey antes de su muerte, puesto que nunca hubo una pre coronación ni se había mencionado a ninguna posible candidata, como era costumbre en los otros reinos.
Aquel majestuoso palacio estaba hermoseado con un tono marrón y detalles plateados, adornado de coloridos y amplios jardines. Se podían apreciar a los sirvientes bien vestidos colocados de forma estratégicas listos para asistir; guardias ceñidos a sus uniformes con nitidez; así también, columnas de mármol, cuadros finos y piso pulido. Cabe mencionar que en cada rincón se podían vislumbrar repisas con flores aromáticas, esculturas talladas a la perfección y escaleras amplias que conducían a diferentes salones; aquel lugar tenía una combinación antigua que se acoplaba en armonía con la decoración moderna. Todo allí ere lujo y belleza, olores frescos y abundancia.
Aquel día había conmoción en el palacio. El consejo estaba reunido en el salón principal; asimismo cada princesa se encontraba colocada en su lugar acorde al orden de edad y estatus. Sí, entre ellas había nivel de superioridad y autoridad, de acuerdo a quién era su progenitora.
La primera princesa, Mara Culliver de Ram, junto a su esposo el general Arturo Ram y sus tres hijos; sentados de mayor a menor. La Infanta Kia Ram, el infante Jey Ram y la infanta Dora Ram.
La segunda princesa, Rose Culliver; cuarta princesa, Kenia Culliver; quinta princesa, Leah Culliver; sexta princesa, Luna Culliver y la séptima princesa, Darah Culliver. La tercera princesa, Lorein Culliver no estaba en el salón, su puesto vacío llamaba la atención de Darah, quien miraba cada cierto tiempo el asiento.
-Como les decía -el principal de la ley y mano derecha del rey prosiguió su discurso, después de que hayan analizado la situación por varias horas y no se encontrara una solución-, ya nada podemos hacer si el rey no coronó a una de sus hijas ni tampoco dejó por escrito su decisión de quién heredaría el trono; lo más lógico sería coronar a la mayor, la primera princesa Mara Culliver esposa de Ram, quien estaría representada por su esposo, el general Arturo Culliver Ram.
Murmullos se escuchaban en los alrededores, la séptima princesa Darah se acercó al consejero y le pasó un rollo de hoja Frae, un papel delicado y valorado, donde solo los reyes más poderosos ponían sus letras. El consejero abrió el rollo y leyó:
"El reino debería ser traspasado a una de mis hijas legítimas; hijas de la difunta Reina Camile, mi gran amor".
Las princesas procedentes de la concubina Rina y, por lo tanto, nivel bajo de status entre las princesas, se miraban disgustadas, siendo obvia su oposición a esas palabras.
-Esta fue la voluntad del Rey, mi padre. -Darah exclamó con satisfacción. Miró a su hermana mayor -la princesa Mara- con complicidad-. Puesto que no hay princesa coronada, y sabemos que una princesa legítima debe reinar, entonces, la primera princesa Mara Culliver de Ram debería ser nuestra próxima reina. Todos han sido testigo de su gran sabiduría y generosidad; es una mujer arraigada a su gente y servicial, con gran experiencia en la administración, añadiendo que es la única de nosotras que está casada y ha formado una familia.
Todos aclamaban por la coronación de la primera princesa y la satisfacción en el rostro de Darah hervía la sangre de sus hermanas no legítimas, quienes apretaban los puños del coraje.
La algarabía y murmullos se fueron esfumando, al todos percatarse de la intimidante y exquisita presencia de Lorein Culliver, tercera princesa, hija no legítima del rey. Ella caminaba erguida como de costumbre, con un rollo blanco en las manos y seguida por el consejero Rooster, segundo jefe y hombre de confianza del rey.
Ella entró con una sonrisa que le heló la espina a Darah, quien la observaba a la expectativa. Ella y su hermana no tenían una buena relación y Darah trataba de evitarla y mantenerse alejada, pues sabía que era una arpía peligrosa, capaz de dañar al más poderoso sin mucho esfuerzo.
La pelirroja se paró frente a los presentes con expresión triunfal, seguida por el consejero Rooster, quien se colocó al lado de ella.
Lorein era el tipo de mujer capaz de provocarle la desgracia a cualquier hombre; hermosa y de cuerpo atractivo, sabía qué ropa usar para resaltar sus encantos. Su piel blanca hacía contraste con sus hermosos labios rojos, sus ojos esmeraldas eran hipnotizantes, sus pechos mostrados por un escote sensual que captaba la mirada de los lujuriosos y hasta los más castos. Ella echó su cabello para atrás con su mano de largas y rojas uñas, luego ladeó el rostro mostrándose malvada.
-Lamento arruinar su celebración, pero mi hermana Mara no podrá ser coronada como reina.
En seguida, la sala se llenó de murmullos por lo que ella entornó los ojos.
-La decisión ha sido tomada, no se puede refutar. -El principal de la ley replicó, mas ella sonrió con malicia.
-¿Aunque todo esto se haya hecho contra las leyes de Andaluz? -Lorein sonrió triunfante, por su parte el principal la miró confundido.
-¿A qué se refiere, princesa? -Era obvio el temblor en el hombre, quien la seguía con la mirada mientras ella caminaba por los alrededores, con pasos seguros y coquetos, como si quisiera causar dramatismo en su andar.
Ella miró al consejero Rooster con una sonrisa ladina y este asintió con ojos brillosos, ese hombre parecía su perro faldero. Rooster abrió el sello del pergamino y empezó a leer:
«Según la ley de coronación en Andaluz, una mujer no puede reinar si no está casada con un hombre noble que la represente. Entonces, deberá casarse con un caballero de la realeza que dé la cara por el reino de Andaluz».
Los demás consejeros, administradores, eruditos de la ley y maestros secundaron con Rooster, mostrando el libro de la ley y los reglamentos de coronación y gobierno. Murmullos y discusiones llenaron el lugar. El ambiente se tornó tenso, por lo que Darah se subió en una mesa de un salto y esbozó un silbido que trajo silencio al salón.
-Todavía no entiendo cuál es el impedimento. -Darah se dirigió a su hermana con mirada desafiante, más la pelirroja sonreía con malicia, disfrutando el momento que pronto se pondría a su favor.
-Pues, querida hermanita; el marido de nuestra hermana mayor, Arturo Culliver Ram, no es de la realeza. Él no podrá representar a nuestro reino.
Más murmullos insoportables se escuchaban en el lugar. Darah saltó de la mesa y arrancó el pergamino de la mano de Rooster.
Pasaron horas que parecían eternas e infernales revisando las leyes y la genealogía del general Ram. Después de la ardua revisión, todos regresaron al salón, esperanzados de que los consejeros y eruditos tuvieran una buena noticia.
La cara del principal de la ley era neutra, así que no podían descifrar por su expresión si tenía buenas nuevas. Él se paró en medio de los presentes, abrió un pergamino y lo mostró a la audiencia.
-Después de investigar las leyes y reglamentos, buscar excepciones y revisar la genealogía del general Ram, hemos llegado a la conclusión... -Tragó pesado y la tensión y suspenso llenó el lugar-. La primera princesa, Mara Culliver de Ram, no es elegible para ser coronada. Es nuestro deber ahora, elegir a la mejor candidata entre las otras seis hijas del difunto rey Culliver. -Hizo una pausa y todos gritaron a una: "¡Viva el rey Culliver!". Después de mirar a todos los presentes, el consejero principal continuó-. Pero, dado que una mujer no puede gobernar sin un hombre que la represente, debemos encontrar a un candidato de la realeza digno de reinar y unir fuerzas con Andaluz; un príncipe que pueda gobernar dos reinos y que sea capaz de hacer más poderoso a Andaluz.
El mutismo inundó el lugar. Todos se miraron con asombro y luego empezaron a aplaudir. Darah se acercó al consejero con cara de espanto y volvió a silbar para captar la atención de los presentes.
-¿Qué pasaría si la princesa elegida no quiere casarse?
-No podrá reinar. -El principal respondió entendiendo su cuestionamiento. Darah era el tipo de mujer independiente, fuerte y valiente. Ella había demostrado que una mujer era capaz de hacer lo que se propusiese sin necesidad de ser representada por un hombre. Ella odiaba esas leyes machistas y sexistas.
-¡Eso no tiene sentido! No tenemos príncipes ni familiares de la realeza en Andaluz. ¿Compartiremos nuestro reino por una estúpida ley sin fundamento? -Ella emanaba indignación y rabia. Una risa burlona llenó el lugar y Darah apretó los puños al encontrarse cara a cara con Lorein, quién se reía con sorna.
-¡Qué irónico! -Lorein espetó con diversión-. Ahora no le encuentras sentido a las leyes y reglamentos, pero sí se la encontraste cuando se leyó que solo las princesas legítimas pueden ser coronadas. ¿No es eso ser muy hipócrita? -Apretó su mandíbula y su sonrisa retorcida desapareció poco a poco.
Darah la miraba con enojo e impotencia, había usado aquella excusa de las princesas legítimas para sacarla de la jugada, pues su tercera hermana como reina, sería una desgracia para todos. Y como sus otras hermanas ilegítimas serían manipuladas por ella, era lo mismo si escogían a la segunda princesa.
Darah se mantuvo en silencio, pues no estaba en condiciones de refutar, más bien, invertiría su energía en buscar una solución. Todavía no entendía por qué su padre las dejó con aquel problema: un reino sin gobernante. No se molestó en coronar a una de ellas o por lo menos dejar su decisión por escrito. Lo peor de todo era que tenían tres reinos de enemigos y que estaban atentos a ellos, buscando cualquier brecha o debilidad para destruirlos. Miró a su primera hermana quien le sonrió para animarla; sin embargo, ella estaba consciente de que la desgracia de Andaluz se avecinaba y, que el control que antes tenían, estaba a un hilo de perderse; así también, la paz de Andaluz estaba por terminar.