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Habla Con Mi Marido

Habla Con Mi Marido

Autor: : Michael Tretter
Género: Fantasía
Volví a abrir los ojos y un calendario marcaba diez años en el pasado. Había muerto en un accidente de coche, con la mano de Ricardo aferrada a la mía, justo después de que me culpara por no haber triunfado en su carrera musical. El universo, o lo que fuera, me otorgó una segunda oportunidad. Cambié mi destino, me convertí en una arquitecta exitosa y forjé una vida plena, lejos de su toxicidad. Pero el reencuentro de exalumnos me arrastró de nuevo a su presencia. Ahí estaba él, Ricardo, el músico frustrado, ahora un arrogante inversionista inmobiliario, acompañado de Jimena, la misma que siempre buscó separarnos. Con un fajo de billetes en la mano, me ofreció un puesto de "asistente sencilla" y me humilló frente a todos, aludiendo a mi supuesta pobreza y fracaso. Jimena, con su falsa compasión, me llamó "simple" y "amargada", mientras los demás se reían. ¿Cómo se atrevía a tratarme así después de todo lo que sacrifiqué por él en mi vida pasada? Justo cuando estaba a punto de explotar, un torbellino de pelo castaño entró corriendo, aferrándose a mis piernas. "¡Mamá!", gritó mi hijo, Mateo. Y detrás de él, mi esposo, el magnate de la construcción, Alejandro Castillo, llegó sonriendo para llevarnos a casa. Fue entonces cuando Ricardo, y todos los demás, se quedaron mudos, al ver la vida que había construido, lejos de su sombra.

Introducción

Volví a abrir los ojos y un calendario marcaba diez años en el pasado.

Había muerto en un accidente de coche, con la mano de Ricardo aferrada a la mía, justo después de que me culpara por no haber triunfado en su carrera musical.

El universo, o lo que fuera, me otorgó una segunda oportunidad.

Cambié mi destino, me convertí en una arquitecta exitosa y forjé una vida plena, lejos de su toxicidad.

Pero el reencuentro de exalumnos me arrastró de nuevo a su presencia.

Ahí estaba él, Ricardo, el músico frustrado, ahora un arrogante inversionista inmobiliario, acompañado de Jimena, la misma que siempre buscó separarnos.

Con un fajo de billetes en la mano, me ofreció un puesto de "asistente sencilla" y me humilló frente a todos, aludiendo a mi supuesta pobreza y fracaso.

Jimena, con su falsa compasión, me llamó "simple" y "amargada", mientras los demás se reían.

¿Cómo se atrevía a tratarme así después de todo lo que sacrifiqué por él en mi vida pasada?

Justo cuando estaba a punto de explotar, un torbellino de pelo castaño entró corriendo, aferrándose a mis piernas.

"¡Mamá!", gritó mi hijo, Mateo.

Y detrás de él, mi esposo, el magnate de la construcción, Alejandro Castillo, llegó sonriendo para llevarnos a casa.

Fue entonces cuando Ricardo, y todos los demás, se quedaron mudos, al ver la vida que había construido, lejos de su sombra.

Capítulo 1

El aire acondicionado del salón de eventos apenas podía contra el calor húmedo de la noche y el bullicio de tantas personas juntas. Llevábamos cinco años de habernos graduado de la carrera de arquitectura, y a alguien se le había ocurrido organizar una reunión de generación. Una idea terrible.

Me sentía fuera de lugar, con mi vestido sencillo y mi maquillaje discreto. Miraba a mis excompañeros, ahora convertidos en extraños que presumían sus logros, sus viajes y sus familias perfectas.

Para mí, este reencuentro era un eco de una vida que ya no existía, una que había terminado abruptamente en el rechinido de llantas y el estruendo de metal retorciéndose.

Un recuerdo fugaz cruzó mi mente: la lluvia torrencial, los faros de un camión viniendo de frente, y la mano de Ricardo apretando la mía con fuerza antes de que todo se volviera negro.

Cuando desperté, no estaba en un hospital. Estaba en mi antiguo cuarto de la residencia estudiantil, con el sol de la mañana entrando por la ventana y el calendario en la pared marcando una fecha de diez años en el pasado. Un día antes de conocer a Ricardo por primera vez.

El pánico inicial dio paso a una extraña calma. El universo, o lo que fuera, me había dado una segunda oportunidad. Y no pensaba desperdiciarla.

En esa vida anterior, yo lo había dado todo por Ricardo. Había abandonado mis propios sueños de ser una gran arquitecta para apoyarlo en su carrera musical. Trabajé en empleos mediocres para pagar las cuentas, el estudio de grabación, sus guitarras. Soporté su frustración, sus malos humores, su egoísmo. Todo para que al final, cuando su carrera no despegó, me culpara a mí. Me dijo que yo era un ancla, que por mi culpa no había triunfado. Y cuando le supliqué que tuviéramos un hijo, se rio en mi cara. Dijo que un hijo sería el último clavo en el ataúd de sus sueños.

Ese desprecio, esa humillación, fue lo que finalmente rompió algo dentro de mí. El accidente ocurrió poco después de nuestra separación.

Pero ahora, en esta nueva línea de tiempo, tomé una decisión.

Durante los últimos cinco años, evité a Ricardo como a la plaga. Me concentré en mis estudios, me gradué con honores, y entré a trabajar en una de las firmas de construcción más prestigiosas del país. Mi vida era tranquila, ordenada, y por primera vez en mucho tiempo, era mía.

De repente, un murmullo recorrió el salón. Las cabezas se giraron hacia la entrada.

Ahí estaba él.

Ricardo.

No se veía como el músico frustrado que yo recordaba. Vestía un traje caro, hecho a la medida, y una sonrisa arrogante adornaba su rostro. A su lado, colgada de su brazo, estaba Jimena. Su "amiga" de toda la vida. La misma que en nuestra vida pasada siempre estaba ahí para sembrar cizaña, para decirle al oído que yo no era suficiente para él.

"¡Es Ricardo!"

"¡Wow, se ve increíble!"

"Dicen que le va súper bien, que dejó la música y ahora es inversionista de bienes raíces. Está forrado en lana."

Las voces a mi alrededor confirmaban lo que mis ojos veían. Ricardo había triunfado en esta vida, pero por un camino completamente diferente. Y a su lado, Jimena, con un vestido de diseñador que gritaba "mírame", sonreía como la dueña del mundo. Y del brazo de Ricardo.

Se movían por el salón como la realeza, saludando a unos y a otros. Ricardo hablaba con seguridad, con un aire de superioridad que nunca tuvo como músico fracasado. El dinero le sentaba bien, o al menos, le daba la confianza que siempre anheló.

Los vi acercarse a un grupo cerca de mí. Alguien le preguntó por mí.

"Ah, Sofía", dijo Ricardo, con un tono de voz que intentaba sonar casual, pero que destilaba indiferencia. "Sí, creo que la vi por ahí. Éramos... algo, en la universidad. Ya saben, cosas de chavos."

Jimena soltó una risita calculada.

"Ay, Ricardo, no seas modesto. Tú siempre fuiste demasiado para ella."

Mi estómago se revolvió. Eran las mismas palabras, la misma manipulación. Nada había cambiado.

Finalmente, sus ojos se encontraron con los míos. La gente a mi alrededor se dio cuenta y empezaron los susurros.

"Mira, ahí está Sofía."

"Pobrecita, se ve tan... simple."

"Comparada con Jimena, pues sí. Se nota que a ella no le fue tan bien."

Ignoré los comentarios. Mantuve la barbilla en alto, observando cómo Ricardo y Jimena se acercaban, como dos depredadores que han localizado a su presa.

Ricardo me miró de arriba abajo, su expresión era una mezcla de lástima y arrogancia.

"Sofía. Qué milagro verte por aquí."

No respondí.

"Oye", continuó, bajando la voz como si me estuviera haciendo un gran favor. "¿Andas buscando chamba? Porque justo estoy expandiendo mi empresa. Te podría dar un puesto de asistente, algo sencillo. Para que te ayudes."

Para enfatizar su punto, metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un fajo de billetes. Lo puso sobre la mesa frente a mí.

"Toma. Para que te compres algo bonito. Se ve que te hace falta."

El murmullo a nuestro alrededor se intensificó. La humillación era pública, intencionada.

Miré el dinero sobre la mesa. Un torrente de recuerdos amargos me inundó. Recordé las veces que le había rogado por dinero para la despensa mientras él se compraba una guitarra nueva. Recordé haber vendido en secreto los bocetos de mis proyectos de la universidad para poder pagar la renta del departamento que compartíamos. Recordé el hambre, la angustia, el sacrificio.

Todo ese dolor, toda esa rabia, se concentró en una sola idea, clara y afilada.

Nunca más.

Levanté la vista y lo miré directamente a los ojos. Mi voz, cuando hablé, fue tranquila, pero firme.

"Guárdate tu dinero, Ricardo."

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Capítulo 2

La sonrisa de Ricardo se congeló en su rostro. La seguridad que emanaba se desvaneció por un instante, reemplazada por una genuina confusión.

"¿Qué dijiste?"

"Dije que te guardes tu dinero. No lo necesito", repetí, empujando suavemente el fajo de billetes hacia él. Mi voz no tembló.

Él parpadeó, como si no pudiera procesar mis palabras. En su mente, en el guion que él mismo había escrito para esta noche, yo debía aceptar su limosna con lágrimas de gratitud. Debía ser la exnovia pobre y fracasada que se maravillaba ante su éxito.

Jimena intervino, su voz era melosa pero sus ojos lanzaban dagas.

"Ay, Sofía, no seas orgullosa. Ricardo solo quiere ayudarte. Entendemos que no a todos nos puede ir igual de bien en la vida."

Hizo una pausa, mirándome con falsa compasión.

"Ser arquitecta de una constructora debe ser... demandante. Pero no te preocupes, no es ninguna vergüenza aceptar la ayuda de los amigos."

Su condescendencia era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. La forma en que dijo "arquitecta de una constructora" estaba cargada de un desprecio sutil, como si fuera un trabajo de segunda categoría comparado con la grandeza de ser "la novia de un inversionista".

Algunos de los que estaban cerca, ansiosos por quedar bien con la pareja del momento, comenzaron a intervenir.

"Sí, Sofía, no seas así. Ricardo es muy generoso."

"Deberías agradecerle, es una gran oportunidad."

"No todos los días alguien te ofrece trabajo así nomás."

La presión del grupo era palpable, un coro de voces que me instaba a aceptar mi papel de perdedora. Me sentí como un animal acorralado. Pero esta vez, yo tenía garras.

La confusión de Ricardo se transformó en enojo. Mi rechazo no solo era un insulto a su ego, sino una grieta en la imagen de hombre magnánimo y exitoso que estaba intentando proyectar.

"Mira, Sofía, no sé qué mosca te picó, pero estoy tratando de ser amable", espetó, su voz subiendo de volumen. "Si quieres seguir viviendo así, es tu problema. Pero no vengas a llorar después."

Se inclinó hacia mí, su voz un siseo venenoso.

"Como quieras. Siempre has sido una terca. Quizás por eso te quedaste sola y amargada."

Esa fue la gota que derramó el vaso. Justo cuando iba a responderle, sentí una mano en mi espalda baja. Demasiado baja. Me giré bruscamente. Era uno de nuestros excompañeros, visiblemente borracho, con una sonrisa lasciva en el rostro.

"Anda, Sofi, no le hagas caso a este. Mejor ven a bailar conmigo."

Antes de que pudiera siquiera empujarlo, una figura se interpuso. Era Ricardo.

"Quítale las manos de encima, imbécil", gruñó Ricardo, empujando al borracho con una fuerza sorprendente. El tipo trastabilló y casi cae.

Me quedé helada. Por un segundo, vi un destello del Ricardo que conocí al principio de nuestra antigua relación, el que era protector. Fue un sentimiento confuso y desagradable.

El borracho, asustado, se escabulló entre la multitud. Se hizo un silencio incómodo. Ricardo me miró, y por un instante, vi algo en sus ojos que no pude descifrar. ¿Arrepentimiento? ¿Confusión?

Jimena, dándose cuenta de que había perdido el control de la situación y que la atención se había desviado de ella, actuó rápidamente.

"¡Bueno, bueno, suficiente drama por una noche!", exclamó con una risa forzada, aferrándose al brazo de Ricardo. "¡Oigan! ¿Ya se enteraron de quién viene? ¡Me dijeron que Alejandro Castillo va a pasar a saludar!"

El nombre resonó en el salón. El ambiente cambió instantáneamente.

"¿Alejandro Castillo? ¿El dueño de Construcciones Castillo?"

"¿En serio? ¡Es el empresario más importante del ramo en todo el país!"

"¡No puedo creerlo!"

Jimena sonrió, satisfecha. Había logrado su objetivo. La humillación de Sofía, el pequeño altercado, todo quedó olvidado ante la mención de un pez verdaderamente gordo. Ella miró a Ricardo, como diciendo "ves, nosotros jugamos en otra liga", y luego me lanzó una última mirada de triunfo. Una mirada que decía: "Él es de mi mundo. Un mundo al que tú nunca pertenecerás".

Poco sabía ella cuán equivocada estaba.

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