PRÓLOGO
SERENA
Hoy es el gran día. La Universidad de Houston. El único sueño por el que mi corazón, este traidor en mi pecho, ha decidido seguir latiendo. Estoy tan emocionada que no paro de dar vueltas por la habitación como un trompo descontrolado. Hace una semana que hice la maleta, y desde entonces no he dejado de revisarla una y otra vez para asegurarme de no olvidar nada.
-Serena, no te has olvidado de nada -dice la abuela riéndose, ajena a la tormenta que ruge dentro de mí.
-Abuela, puede que sí...
-Cariño, ya es hora de irte, pero antes tienes que comer. Sé lo que te has olvidado, pero no está en esta habitación.
-¿Qué? ¡Ves cómo me olvido! -se ríe de mí y me da una palmada en el trasero.
-¡Ay, abuela!
Le saco la lengua y voy a la cocina. Huele a comida, a esa comida casera que solo hace mi abuela y que está buenísima. Pero con los nervios apenas he comido, y ahora mi estómago protesta con gruñidos.
-¿Me dices qué he olvidado? -le pregunto al llegar al salón. Mi abuela está sentada tranquilamente en el sofá con su sonrisa cálida.
-Hace una semana que apenas me das besos y abrazos -se lleva las manos al pecho y pone morritos.
-¡Ya verás lo que te hago!
Me subo encima de ella, con las piernas a cada lado, y empiezo a hacerle cosquillas, con cuidado de que no se ahogue, aunque creo que el papel se invierte. Me río con ella, pensando en cuánto voy a echar de menos estos momentos. Voy a echar de menos todo lo que tenga que ver con mi abuela. Después de las cosquillas, le doy besos por toda la cara y le pellizco sus mejillas suaves y arrugadas.
-Te quiero muchísimo -la abrazo fuerte y una lágrima se me cae por la cara.
-Y yo a ti, mi niña. Te voy a echar tanto de menos. ¿Quién me va a mimar ahora? Ni tu abuelo me daba tantos besos.
-Vas a estar ocupada con tus nuevos nietos en Francia. Ya tienes tarea.
-Venga, come algo o te doy otra palmada en ese culo respingón -me empuja con cariño.
-¡No es respingón!
-Con todas las magdalenas que te has comido, créeme que lo es.
Le lanzo una mirada de enfado y corro a la cocina. Como rápido, luego doy una última vuelta por la casa pequeña donde he vivido los últimos diez años. Todo es sencillo y limpio. Voy a echar de menos todas las rutinas que tenía con mi abuela.
-Ha llegado el momento de irte -estoy frente a la puerta con mi abuela, mirándole a los ojos cubiertos por una cortina de lágrimas-. Me has hecho sentir tan orgullosa. Siempre has sido una niña buena y obediente. Después de todo lo que ha pasado, tú seguiste luchando, y créeme que me encanta presumir de ti con mis vecinas cotillas -me río con lágrimas en los ojos mientras la abrazo-. No te olvides nunca de mí, mi niña, aunque esté lejos. Siempre que necesites ayuda, un consejo o simplemente desahogarte, yo estaré para escucharte y ayudarte en lo que pueda. Prométeme que seguirás tu tratamiento y cuidarás de tu salud.
Las lágrimas caen rápido por mi cara, pero no quiero detenerlas, no ahora. La abrazo fuerte y lloro, porque tengo una abuela a la que voy a echar muchísimo de menos. Le estoy tan agradecida que no sé cómo devolverle todo lo que ha hecho por mí. Para mí, ella es la persona más importante ahora mismo. Ella se ha convertido en mi madre.
-Te quiero, abuela, y gracias por todo lo que haces и has hecho por mí. Te estaré agradecida toda mi vida y te prometo que seguiré el tratamiento al pie de la letra. Ahora deberías estar feliz. Por fin te vas con el tío Matt.
-Va a ser difícil empezar de nuevo, sobre todo a mi edad. Pero tú ya has crecido, y ahora me toca cuidar de otros nietecitos traviesos.
-No te van a dejar ni respirar.
-¿Estás segura de que vas a poder con todo? ¿Sin descuidar tu salud? No olvides que me voy hasta Francia.
-Me las arreglaré. Y te llamaré tan a menudo como pueda, aunque estés lejos. Vete tranquila y disfruta.
-Como ya te dije, si necesitas cualquier cosa, lo que sea, me llamas. ¿Entendido?
-Entendido -le hago un saludo militar y la abrazo con una lágrima resbalando por mi mejilla.
- Te voy a echar tanto de menos. Prométeme que seguirás tu tratamiento y cuidarás de tu salud. Prométeme que lucharás por cada latido.
- Te prometo que seguiré el tratamiento. Ahora deberías estar feliz. Por fin te vas con el tío Julian.
꧁ ❀ ꧂
Después de unas cuantas lágrimas más, me subí al coche de Michael, el vecino que va a Houston y me dejará en la universidad. Coloco la bolsa con mi medicación de emergencia y el monitor cardíaco portátil a mis pies y me acomodo en el asiento para la próxima hora.
No llevaré el equipo a clase, pero iré todos los días al hospital para continuar el tratamiento. Tengo una miocardiopatía dilatada y siempre sufro de fatiga extrema y arritmias. Por eso necesito un tratamiento diario con infusiones intravenosas bastante costoso. Ahora que voy a vivir en Houston, la ciudad donde me he tratado durante años, todo será más fácil.
Mi sueño siempre fue estudiar economía, y mira, con esfuerzo he conseguido entrar con beca. No sé cuánto tiempo podré asistir a la universidad, porque la enfermedad ha avanzado mucho, ya está en la penúltima fase. Puedo hacer lo que quiera sin que se note que estoy enferma, siempre que vaya al hospital y tome la medicación a tiempo. No sé cuáles son mis posibilidades de vivir una vida tranquila si no recibo el trasplante de corazón, pero al menos quiero cumplir mi sueño. Mientras no haga nada que me lleve a un paro cardíaco, estoy bien. Una noticia bomba de esas que te dejan con el corazón en un puño. Sí... a mí me lo para del todo.
꧁ ❀ ꧂
Cuando el coche llega, me quedo boquiabierta ante el edificio de estilo medieval, digno de admirar. Está rodeado de césped y árboles, con zonas para leer o pasar el rato con amigos. ¡Este sitio es maravilloso! Hay adolescentes por todas partes, en grupos de dos hasta diez, charlando. Diferentes personalidades, apariencias, religiones, colores, nacionalidades... y mucho más.
Guardo el monitor portátil en la maleta, donde nadie, absolutamente nadie, debe mirar. Toda mi vida me han etiquetado como "la chica enferma" y siempre me han marginado. Por eso no quiero que nadie aquí sepa nada. Nunca he tenido novio, y todos los amigos que hacía acababan alejándose al saber que estaba enferma, aunque no fuera contagioso. Excepto uno, que siempre estuvo a mi lado. Estar en esta universidad tiene muchas ventajas.
-Te espero aquí -dice Michael con una sonrisa cálida.
Respiro hondo y me dirijo al secretariado. Llamo dos veces a la puerta de madera maciza y, al recibir permiso, entro. Me encuentro con una mujer guapa de mediana edad.
-Hola, soy Ashley Brown. ¿En qué puedo ayudarte?
-Soy Serena Smith.
Su rostro se entristece un instante, luego se recompone con una sonrisa maquillada.
-Estás en la residencia D, tercer piso, habitación ciento treinta y tres. Casi se me olvida.
Me da un mapa, el horario y las llaves.
-Quiero felicitarte por tus notas. Y sobre la enfermedad...
-Tengo que salir cada día en la hora opcional para el tratamiento. Y no quiero que nadie sepa nada.
-Te prometo que no saldrá de mi boca.
Le sonrío con desgana, la saludo y salgo a por mis maletas. Llevo poca ropa, porque he pasado mucho tiempo en el hospital y allí me gustaba estar en pantalones cortos y camisetas anchas. En la otra maleta, más sólida y negra mate, está mi equipo médico cardíaco, que no usaré por ahora, pero lo traje por si acaso. Mis medicamentos están en una maleta de mano muy colorida, para que sea más alegre.
Ya en el segundo piso el corazón me martillea en el pecho y me falta el aire, así que hago una pausa de cinco minutos. Aunque solo llevo la bolsa de medicamentos, Michael carga con lo más pesado. Tengo que acostumbrarme, si no parecerá sospechoso. Por fin llegamos a la puerta de la habitación, jadeando un poco.
-Gracias, Michael.
-Con gusto, Serena. Cuídate.
Después de que Michael desaparece, abro la puerta y enseguida me tapo la nariz. El olor a tabaco impregna toda la habitación, que además es bastante pequeña. Hay dos chicas y dos chicos, cada uno con un cigarro en la mano. Al notar mi presencia, dejan de hablar y empiezan a inspeccionarme de arriba abajo.
No estaba en la mejor situación, pero el olor era tan fuerte que sentía que el corazón se me saldría por la boca. En un espacio cerrado como ese, era insoportable.
-¿Eres la nueva compañera? -pregunta una chica que parece más normal que los demás.
-Sí -respondo con voz baja y apagada.
-Yo soy Valeria, pero todos me llaman Val. Seré tu compañera de cuarto.
Me meto la nariz en la camiseta e intento no respirar ese aire tóxico que me provocaría una taquicardia escandalosa.
-Encantada, soy Serena. ¿Podrías abrir la ventana? -pregunto con timidez.
-Eres diferente a nosotros, tendrás que acostumbrarte -ríe mientras se dirige al ventanal.
Estas personas están llenas de tatuajes y piercings. Visten de negro como si fueran a un funeral y tienen una actitud fría y rebelde. Uno de los chicos tiene el pelo castaño oscuro, ojos marrón claro, algunos tatuajes y un piercing en la ceja. Las dos chicas se parecen bastante. Mi compañera de cuarto es morena, con unos ojos verdes salpicados de amarillo, muy bonitos, y tatuajes en los brazos. La otra tiene los ojos negros y más pequeños. Su ropa me parece vulgar: medias rotas, pantalones cortos que dejan medio trasero al aire y camisetas que muestran el vientre. Visten casi igual, con pequeñas diferencias. Además, son altas y tienen cuerpos muy llamativos.
El más misterioso es un chico mucho más musculoso que el otro, con muchos tatuajes que cubren toda la piel visible. Tiene un piercing en la nariz y otro en la ceja. Lleva una camiseta blanca ajustada, vaqueros negros rotos y zapatillas negras que parecen nuevas. Lo que más me impresiona son sus ojos azul oscuro con matices negros, muy fríos. Su rostro está perfectamente esculpido, como si alguien hubiera trabajado cada detalle.
Aparto la mirada, dándome cuenta de que llevo tres minutos en el umbral con la cabeza metida en la camiseta.
-¿A la princesita empollona no le gusta el humo del tabaco?
El chico misterioso tiene una voz grave y muy masculina. Me toma a broma, y eso no me hace sentir bien.
-No soy yo la princesa en esta ecuación, creo que tú -respondo con descaro, sin saber de dónde me sale.
-Vaya, también habla -una vena en su cuello se hincha, señal de que ya lo he enfadado un poco. Le doy la vuelta y empiezo a sacar la ropa. Conmigo no se ponen los ojos en blanco... salvo en otras situaciones -los tres se ríen, pero no les doy el gusto y sigo con lo mío.
-Cuando hablo contigo no me das la espalda, ¿entendido? -dice con tono elevado.
-Para hablar contigo con respeto necesitas más inteligencia, no tanta estupidez -sonrío de lado, mirando esos ojos gélidos que parecen atravesar cualquier superficie y emoción humana.
Se levanta, y veo lo alto que es. Creo que mide 1.85, mientras yo no paso de 1.60. Me agarra la barbilla con fuerza y acerca su cara a la mía. Nos miramos fijamente, como si estuviéramos en un campo de batalla lanzando flechas invisibles.
-Vas a arrepentirte de haberte metido conmigo -susurra y se va con dos de sus amigos.
Mi compañera se acerca y me abraza de repente.
-Eres la única que le planta cara a Kaleb Thorne.
-¿Por qué es tan misógino?
-Así es él. Por cierto, yo estoy en segundo como los demás, menos Kaleb que está en tercero.
Se tira en la cama en posición de loto, lista para una ronda de preguntas y respuestas.
-Yo estoy en primero, como habrás notado.
-Estudio ingeniería, aunque no me gusta nada.
-Yo economía -me observa un poco y sonríe cómplice.
-Kaleb también estudia economía, así que tendréis muchas clases juntos.
Suspiro frustrada y me siento en la cama individual, frente a ella.
-¿Quiénes son los otros dos?
-Adrián, que es mucho más majo que Kaleb, y la otra chica, que suele vestir como yo, es la zorra del grupo.
-Ah...
-Puedes hacer lo que quieras con tu parte de la habitación. Por cierto, yo casi nunca paso por aquí. Duermo en casa de mi hermano, así que estarás sola la mayoría del tiempo. Pero si necesitas algo, aquí tienes mi número.
Lo guardo en el móvil, aunque dudo que lo use.
-Vale, me voy con ellos. ¿Quieres venir al club o a alguna fiesta? No sabemos aún dónde vamos.
-No, no es lo mío, pero gracias por la invitación.
Se va tras saludarme, cerrando la puerta de un portazo. Me gustaría ir alguna vez a un club, por curiosidad, pero no puedo por la enfermedad. Y aunque no la tuviera, tampoco iría. No quiero volver a escuchar al chico ese tan engreído.
1
SERENA
Los rayos del sol atraviesan la cortina fina y se reflejan en mi cara. Anoche caí rendida, tanto que olvidé cerrar las cortinas. Apago la alarma, que debía sonar dentro de media hora, me levanto perezosa y voy al baño. Por suerte, no tenemos baños compartidos, algo que me preocupaba al principio.
Val, mi compañera de cuarto, no volvió anoche, y creo que estaré sola la mayor parte del tiempo, tal como dijo. Pero no lo veo como una desventaja.
Después de una ducha relajante que me afloja los músculos tensos, me seco el pelo y lo dejo caer en ondas hasta la mitad de la espalda. Me arreglo como cada mañana. Hoy he decidido ponerme una falda vaquera azul, un jersey de punto rosa empolvado y unas zapatillas blancas sencillas.
Cojo la mochila, el horario y el mapa, y salgo por la puerta. La primera clase es economía, y estoy muy ilusionada. Me cuesta encontrar el aula, pero llego a tiempo porque salí con antelación. Me siento en la penúltima fila, junto a la pared, al lado de una chica que parece mayor que yo.
El profesor entra y nos saluda con respeto. Nosotros respondemos.
-Bien, hoy es el primer día del curso. Tenemos compañeros de primer año con ganas de aprender cosas nuevas y descubrir qué trataremos este año. Quiero que abráis los cuadernos y anotéis el plan de las clases que tendréis conmigo. Pero antes, os deseo un año provechoso y lleno de éxitos.
Abrimos los cuadernos y empezamos a escribir el plan. Pero de repente, la puerta se abre con estruendo y entra... el encantador insoportable.
-Perdón por el retraso, profesor -dice con una sonrisa arrogante.
Las chicas se ríen y cuchichean, desesperadas por su presencia. Sí, es guapo, pero es un misógino arrogante. ¿Están ciegas? ¿No ven que solo las usa?
Le guiña el ojo a una chica, que casi grita de emoción porque el engreído le ha prestado atención.
-¿Por qué llegas tarde?
-Asuntos muy importantes -vuelve a mostrar esa sonrisa que ya me dan ganas de borrarle de un bofetón, y eso que lo conozco desde hace unas horas.
-¿Por asuntos importantes te refieres a manosear a alguna chica?
-Qué perspicaz.
Vuelve a mirar por la clase y se detiene en mí. Su sonrisa se amplía. Yo ruedo los ojos y resoplo.
-Ve a tu sitio y que no vuelva a pasar.
No me quita la vista de encima y se dirige justo hacia mí. ¿Perdona? Se sienta justo detrás, y puedo sentir su mirada clavada en mi espalda. Por primera vez, un escalofrío me recorre la columna.
Sacudo la cabeza y trato de ignorar al imbécil de atrás. Está claro que hay algo entre nosotros, aunque no sé qué. Vuelvo a escribir, concentrada, hasta que siento un pinchazo en la espalda. Me doy cuenta de que el arrogante quiere distraerme, pero no tengo ganas de ver su sonrisa. Me pincha varias veces más, y ya me está sacando de quicio.
-¿Qué quieres? -le susurro, molesta.
-Muchas cosas -responde con esa sonrisa que me crispa aún más. Ese es su objetivo, lo sé. Ruedo los ojos, lo que claramente le molesta.
-Deja de poner los ojos en blanco o te los pongo yo.
Sé perfectamente a qué se refiere, y va por el lado más vulgar.
-He oído que las chicas no están muy satisfechas con tus servicios, así que no creo que seas capaz de hacer que una chica ponga los ojos en blanco.
Se pone rojo de rabia y la vena del cuello se le hincha. Vuelvo a escribir mientras lo oigo refunfuñar detrás. La chica a mi lado me mira mal, probablemente pensando que me estoy insinuando al engreído. Estas chicas están locas por él.
Suena el timbre anunciando el siguiente curso. Recojo mis cosas y, justo cuando voy a salir del aula, alguien me agarra del brazo con fuerza. Gimo al chocar la espalda contra la pared dura. El imbécil arrogante me sujeta con el maxilar apretado y una mirada capaz de arrancarte los secretos más profundos. Pero yo no me dejo intimidar tan fácilmente.
-¿Qué demonios te pasa para empujarme así?
-¿Qué pollas te pasa a ti para comportarte así conmigo? -Lo dice remarcando cada palabra.
-Venga ya, deja las palabrotas que hacen referencia a ese órgano que, sinceramente, dudo que tengas, según las historias que se cuentan. Tú eres el raro aquí.
-¿Me estás provocando? ¿Quieres que te demuestre que puedo follarte hasta que pongas los ojos en blanco? Quiero oír a una chica que no haya quedado satisfecha conmigo.
-Pues pregúntalas a todas -le respondo indignada.
-¿Te has interesado por mí? -me lanza esa sonrisa que me dan ganas de borrarle de una bofetada.
-Si fueras Shakespeare, quizá. Pero interesarme por un idiota como tú sería demasiado bajo.
-Ten por seguro que no te vas a librar de mí, princesita.
-Muchas palabras, ninguna acción.
Me suelto de su agarre y salgo del aula sin mirar atrás. Qué imbécil arrogante... No he oído ninguna historia sobre él, todo lo que dije fue inventado. Sería absurdo haber escuchado algo en el primer día de universidad. Pero como es tan idiota, se creyó todo lo que le dije, lo que confirma que va de flor en flor. Sí, lo provoqué, lo sé. Pero no soporto sus aires ni su actitud de creerse irresistible.
꧁ ❀ ꧂
El resto de las clases transcurrieron con normalidad, salvo por el hecho de que en los descansos tuve que verlo besándose con varias chicas delante de todos. La última clase era optativa, podíamos elegirla, pero era obligatoria asistir. Yo, en cambio, no puedo ir. A esa hora tengo que estar en el hospital para mis tratamientos y análisis diarios.
Hago cosas normales como cualquier persona. Es cierto que no puedo correr maratones ni kilómetros seguidos, mi corazón no lo permite y tampoco tengo una gran condición física. No me canso tan fácilmente, o al menos no ahora. El tratamiento me ayuda mucho, pero es agotador repetirlo cada día. Y si arriesgas, o como ya dije, recibes una noticia que te deja el corazón en un puño, el tratamiento deja de funcionar. Entonces el trasplante se vuelve imprescindible, y no es nada fácil encontrar donantes.
Hasta ahora me he protegido de todo lo que pudiera hacerme daño. Me he protegido de enamorarme, aunque como cualquier chica, deseo sentir ese sentimiento. He evitado todo lo relacionado con mi padre y he esquivado el tema de mi madre. Tener una cardiopatía no es fácil, y eso está claro.
꧁ ❀ ꧂
Llego al hospital que frecuento desde los ocho años, cuando me diagnosticaron. Soy un caso raro. Normalmente, quienes tienen enfermedades cardíacas son mayores que yo, aunque depende del tipo de enfermedad. Saludo a los recepcionistas y subo en el ascensor hasta la séptima planta.
Después de una hora de tratamientos y análisis, ya es hora de irme. Pero no sin ver a mi mejor amigo, Elias, a quien conozco desde pequeña y que, por suerte, trabaja ahora en este hospital. Elias fue mi vecino durante mucho tiempo y el único que nunca me juzgó por mi enfermedad. Siempre estaba conmigo, preguntándome cómo me sentía y qué significaba vivir con una enfermedad rara. Desde entonces se interesó por la medicina. Tuvo que irse a la universidad, lo que dificultó el contacto, pero hasta entonces estuvo a mi lado cada día. Ahora trabaja aquí y es uno de los que cuida de mi salud. Le fascina todo lo relacionado con estas enfermedades, tanto que se ha especializado en cardiología. Tiene 27 años, nueve más que yo, casi diez. Cuando alguien nos veía juntos, pensaba que éramos hermanos. Un adolescente de instituto pasando tiempo con una niña de primaria que apenas sabía escribir. Pero nunca le molestó. Me consideraba su hermana pequeña, y yo a él como mi hermano mayor. Ha estado conmigo en todo: en la enfermedad y en los problemas familiares. Mi consuelo, junto a mi abuela. Mi hermanito Elias.
-¡Elias! -grito por el hospital, fingiendo estar enfadada... o quizá lo estaba de verdad. Sale de un despacho y se acerca con esa sonrisa de niño feliz.
-Ne, ne, ne... ¡Has dejado que esa bruja me maltratara! -le digo, fingiendo indignación.
-Tenía que atender a otro paciente.
-¿Y me dejaste con ella? ¿Para que me torturara con la aguja? ¿Esa mujer va al gimnasio?
Empieza a reírse a carcajadas mientras se acerca y me abraza.
-¿Cómo fue el primer día de universidad?
-Bien, como en la universidad.
Evito contarle lo del imbécil arrogante. Me haría demasiadas preguntas, y no tengo ganas de recordar a ese desgraciado.
-Si alguien te molesta, me lo dices, ¿entendido?
Asiento riendo y me siento en una silla.
-¿Cuándo me llevas a por helado? -pregunto ya salivando.
-Este fin de semana te llevo a lo que quieras.
Me tiro en sus brazos haciendo el tonto como una niña. Con él tengo derecho a hacerlo.
-Quiero que te portes bien en la universidad y que no causes problemas. Y sobre todo, que sigas el tratamiento con seriedad.
-Sí, señor doctor.
Me río y me suelto de sus brazos.
-Tengo trabajo ahora. Llámame si necesitas cualquier cosa, ¿vale?
-Vale, no te pongas tan dramático. ¡Ánimo con el trabajo! -le doy un beso en la mejilla y me voy hacia la residencia.
2
SERENA
Suena el timbre anunciando que por fin podemos irnos. Anoche estuve leyendo hasta tarde, y hoy apenas tengo energía. Cojo mis cosas y camino hacia el hospital privado cercano, que ya se ha convertido casi en mi segundo hogar. Por suerte, hoy me ha atendido Elias y no esa señora que parece una boxeadora profesional. Le doy un beso en la mejilla y salgo del hospital dando saltitos. Mi salud sigue igual, gracias a Dios no ha empeorado. Saco una manzana de la mochila, lista para darle un mordisco, pero justo cuando la acerco a la boca, me detengo.
Junto a un edificio algo apartado de la universidad, está él. El engreído. No está solo. A su lado hay otro chico, algo más bajo, que no es tan atractivo como... ¿he dicho que es atractivo? Seguro que son efectos secundarios de la medicación.
Me escondo tras un árbol, espiándolos. Todo es demasiado sospechoso. El idiota tiene una expresión seria que me da escalofríos. Esa seriedad me mata. Hablan en voz baja, muy baja. Por más que intento escuchar, no consigo entender nada. Pero pronto descubro el motivo de tanta discreción. El arrogante le entrega al otro chico un fajo de billetes bastante generoso, y recibe a cambio tres bolsitas transparentes con un polvo blanco. Drogas.
El cielo se me cae encima. ¿Está loco? ¿Suicida? ¿Qué más podía esperar de él? Pero... ¿por qué me importa? Ugh... tengo que detenerlo. No puedo permitir que alguien se destruya así. Es prácticamente un suicidio. ¿Cómo puede ser tan idiota?
Respiro hondo y me acerco con paso firme. No pienso en las consecuencias, solo en la rabia que me consume.
-¿De verdad vas a tirar tu vida a la basura por esta mierda? -digo, plantándome frente a ellos.
La mirada azul de Kaleb me congela como el mayor glaciar del planeta, pero es el otro chico, el desconocido, quien reacciona primero.
-¿Y tú quién coño eres, muñeca? Lárgate si no quieres problemas.
-Los problemas ya los tienes tú -le espeto, mirando las bolsitas en su mano.
El tipo da un paso hacia mí, su sonrisa se convierte en una mueca de asco. Me agarra del brazo con una fuerza que me hace gemir de dolor.
-Cierra la boca o te la cierro yo, permanentemente.
El pánico amenaza con paralizarme, pero antes de que pueda reaccionar, Kaleb se mueve como un rayo. Su mano se cierra en la muñeca del traficante, apretando hasta que los nudillos se le ponen blancos.
-A ella no la tocas -gruñe Kaleb, y su voz es más peligrosa que cualquier arma. Hay una posesividad animal en su tono que me hiela la sangre.
El traficante le mira, sopesando la situación. Ve los tatuajes, los músculos tensos, la promesa de violencia en los ojos de Kaleb, y suelta mi brazo.
-Como quieras, Thorne. Pero tu noviecita te va a costar caro. -Recoge el dinero del suelo y se larga, no sin antes lanzarme una mirada cargada de odio.
Cuando se va, el alivio dura menos de un segundo. Me doy la vuelta y me encuentro con toda la furia de Kaleb dirigida hacia mí. Parece a punto de explotar.
-Eres la mayor idiota que he visto. ¿Por qué coño te metes donde no te llaman?
-¿El suicida masoquista está enfadado? ¿Estás loco? ¿Quieres morir y no sabes cómo? -le grito, alzando la vista porque soy demasiado bajita. Me intimida, pero no lo dejo ver.
-¿Y a ti qué te importa? ¿Te miré una vez y ya te crees algo? ¿Te has enamorado?
-¡Ojalá, arrogante! Pero sí me importa, porque esto es suicidio, y no quiero tenerte en mi conciencia.
-Vete a la mierda -me dice, pasando junto a mí.
-Da gracias, porque si no, ahora mismo estarías...
-¿Pero tú estás loca? -se gira, furioso-. ¡Casi haces que te partan la cara! ¿Tienes idea de en cuántos líos te puedes meter?
-¿Y tú tienes idea de lo que pueden provocarte esas sustancias? ¿O te has quedado estancado en el nivel de estupidez?
Cada palabra que le lanzo lo enfurece más. ¡Eso es justo lo que necesita!
-Vete a leer tus novelitas románticas y deja mis problemas para mí, ¿entendido? -dice acercándose tanto que un escalofrío me recorre el cuerpo. Me tiemblan hasta los vellos de los brazos. ¿Por qué se siente así?
-Te estás metiendo tú solo en el barro -le digo con la voz entrecortada y la respiración descontrolada. Pero esta vez no es por la enfermedad... es por las emociones.
-Quizá quiero morir. ¿Tienes algún problema con eso?
-Claro que sí. Hay niños enfermos que darían lo que fuera por estar sanos como tú. Además, no quiero tenerte en mi conciencia.
-Si no me mato con drogas, puedo hacerlo de otras formas.
꧁ ❀ ꧂
Kaleb
Se me ocurre un plan y tengo intención de asustarla un poco. Esta chica seguro que ha crecido entre algodones, sin saber lo que son los riesgos ni los problemas reales. Frunce el ceño sin entender a qué me refiero ni hacia dónde quiero ir сon lo que he dicho. Entro en el edificio con ella pisándome los talones, murmurando cosas que solo ella entiende. Subimos tres pisos y ya no la veo detrás. Me detengo y miro por la barandilla. Está sentada en los escalones, con la mano en el pecho, sintiendo el corazón martillearle mientras intenta recuperar el aliento.
-¿Qué pasa, princesita? ¿Nunca has subido escaleras porque papi te lleva a hoteles con ascensor?
-Se llama falta de condición física, idiota. Y no, papi no tiene ascensores, tiene gente que me lleva en brazos.
Lo dice con ironía. Esta chica me saca de quicio y solo la conozco desde hace un día. Veo que le gusta ponerme apodos.
-Para cuando tú llegues arriba, yo ya estaré abajo... en una bolsa negra camino a la morgue.
-Eres un suicida de mierda.
Se levanta y sube deprisa. Yo ya estoy en la azotea, de pie en el borde, mirando hacia abajo.
-Como te tires, te mato yo antes -dice jadeando.
-No podrías hacerlo. Así que despídete mientras puedas.
Solo quiero asustarla. No tengo intención de matarme, pero me apetece jugar con ella. Ni yo sé de dónde me viene esta necesidad. Lo que me deja sin palabras es lo que hace a continuación. Se acerca, a solo un paso de mí, y puedo sentir su aroma femenino.
-Si tú te tiras, yo también lo haré -dice con una determinación que me deja helado.
-¿Por qué lo harías? -pregunto curioso.
-Como ya te dije, no quiero tenerte en mi conciencia. Y además, no tengo nada que perder.
Frunzo el ceño. ¿Qué quiere decir esta chica tan misteriosa?
-Vas a enfadar a papi, y tú, como buena niña, no quieres hacer eso.
-No tengo ni idea de qué problema tienes conmigo ni por qué metes a mi padre en cada conversación. ¿Has oído hablar de la vida privada?
-¿No debería preguntarte yo eso?
-Contigo no aplica.
-Me tiro sin ti -la provoco una última vez, dando un pequeño paso hacia el vacío.
Pero en lugar de lanzarse sobre mí, se queda quieta. Su desafío se desmorona y en su lugar aparece algo crudo, una vulnerabilidad tan brutal que me golpea con más fuerza que cualquier puñetazo.
-No te atrevas -susurra, y su voz es pura agonía-. No tienes ni idea. No tienes ni la más remota idea de lo que significa estar vivo.
Me quedo paralizado por la intensidad de su voz, por el dolor puro que emana de ella.
-Hay gente que daría cualquier cosa, que vendería su alma, solo por un día más. Un puto día más. ¿Y tú vas a tirarlo todo a la basura solo para jugar conmigo?
Sus palabras me caen encima como una losa. El juego se ha acabado. De repente, mi teatro se siente patético, infantil. Ella no está jugando. Ella está hablando de algo real, algo que yo no entiendo. ¿Por qué le importa tanto? ¿Qué coño le pasa?
Doy un paso atrás, alejándome del borde. La miro, y por primera vez no veo a la estirada, a la sabelotodo. Veo a una chica que está rota de una forma que ni siquiera puedo empezar a comprender.
Me paso una mano por la cara, sintiéndome como un completo gilipollas.
-Estaba bromeando -digo, pero mi voz suena hueca, falsa-. No iba a matarme.
La chica normal, la que me caía mal, ha desaparecido. Ahora está la loca. Me da un puñetazo en el pecho y se levanta de encima de mí.
-Debería ponerte "idiota" en la frente.
-Y a ti "loca"... o "loca por mí" -me río mirándola divertido.
-Ojalá. No voy a ser una más en tu colección.
-¿Quién ha dicho que es lo que quiero?
-Me voy. No puedo hablar contigo.
Se marcha enfadada, cerrando la puerta de golpe. Va a caer rendida a mis pies como todas. Solo necesita mostrar su verdadera cara de niña débil.
꧁ ❀ ꧂
Unas horas más tarde estoy en una fiesta de fraternidad. Es aburrida. Hay chicas buenísimas, pero no sé por qué demonios no tengo ganas de ninguna. Solo esa mimada loca me ronda la cabeza. Me aburro, y mi mente vuelve a ella... a cómo volver a molestarla. No sé por qué siento la necesidad de provocarla.
-¿Solito, guapo?
A mi lado se sienta una morena explosiva con curvas de infarto.
-Ahora contigo, preciosa.
Le guiño un ojo y sonrío con picardía. Enseguida me arrastra a un beso ardiente. Subimos a una habitación.
Me subo los pantalones, dejando a la chica en la cama. Ha estado bien para satisfacerme, pero era demasiado... floja.
-¿Ya te vas, cariño?
-Que te haya follado una vez no significa que seamos pareja. Suerte con el siguiente, espera su turno.
Salgo dando un portazo y bajo al grupo del salón.
-Buena la morena -dice William.
-Toda tuya si quieres.
-Eso quería oír -se levanta con una sonrisa y va directo a por ella.
-He estado hoy en la residencia -dice Val, bebiendo cerveza-. La chica nueva es maja y muy tranquila.
¿Habla de la loca remilgada con la boca más grande que tres mansiones?
-Esa no es tranquila ni muerta -digo sonriendo con los demás.
-Es una chica de verdad. Y la primera que te ha rechazado, Kaleb.
Aprieto la mandíbula con fuerza, probablemente por orgullo herido. Es cierto, solo ella me ha plantado cara y me ha rechazado una y otra vez sin miedo. Y eso me hace querer conquistarla aún más. Pero no quiero conquistarla. Está buena, sí. Pero es demasiado bajita para mí, parece una empollona y se viste demasiado recatada para mi gusto. Me haría quedar en ridículo si saliera con ella de la mano. Nunca he salido con una chica de la mano, y con ella no lo haría.
Aunque tiene ese pelo negro en el que me gustaría enredar los dedos, esos labios carnosos y rosados que me dan ganas de morder, ese aroma femenino, esos ojos grandes de un color único, entre verde y azul... Aun así, no me atrae tanto. Normalmente no me importa lo que piense la gente, pero con ella... no quiero que nos vean demasiado cerca.