POV Sebastián
En silencio espero a que el abogado empiece la lectura del testamento de mi abuelo.
A mi alrededor todos están en silencio, algunos tristes, otros resignados.
- A continuación procederé con la lectura del testamento del señor Julián Blackwell – dice el abogado de mi abuelo con voz plana, neutra – el testamento se encuentra debidamente firmado y notariado como la ley lo específica.
Escucho como lee las primeras páginas. Nada me sorprende.
Las propiedades, las acciones, las cuentas, inclusive las donaciones. Todo es como pensé, mi abuelo era muy predecible.
Hasta que llega a la última página.
- En cuanto al control absoluto del grupo empresarial – se aclara la garganta – el heredero establecido por el señor Julián Blackwell – hace una ligera pausa y yo me pongo de pie – Sebastián Blackwell – lo sabía – deberá cumplir con la siguiente cláusula obligatoria.
¿Cláusula?
A mí alrededor todos levantan la mirada con interés.
- ¿Qué cláusula? – pregunto con impaciencia. El hombre que no ha dejado de leer desde que llegó de pronto se queda en silencio y eso me irrita.
El control de la empresa familiar es mío, no dejaré que ninguna cláusula impuesta por mi abuelo me lo arrebate.
El abogado, quien es un viejo amigo de mi abuelo no se deja intimidar y continúa con la vista en la pila de hojas que componen el testamento del viejo.
- Continuo – se aclara la garganta – para asumir el control de las acciones establecidas y el poder de la junta directiva deberá contraer matrimonio civil con la señorita...
¡¿Qué?!
¿Qué disparate es este?
¿Cómo se atrevió a...?
A mí alrededor todo se vuelve un caos.
Mi madre se pone de pie y empiezan a exigir explicaciones pero yo solo puedo pensar en ese nombre.
Yo...
¿Casándome con ella?
- ¡Silencio! ¡Silencio! – pide el abogado molesto por la interrupción – tendrá que mantener la calma o tendré que volver otro día – amenaza.
Todos sabemos que él es capaz de hacerlo y a regaña dientes mi madre se detiene.
- Continúa – pido con fingida calma volviendo a sentarme en mi asiento.
Nada que tenga que ver con esa mujer resulta en algo bueno.
- Para asumir el control de las acciones establecidas y el poder de la junta directiva deberá contraer matrimonio civil con la señorita Isabella Hayes – repite sin ningún tipo de sorpresa. El abogado sabía muy bien que se tramaba el viejo.
Esto es una locura.
Si cualquiera de nosotros hubiese sabido que mi abuelo estaba planeando esto lo hubiésemos detenido.
- Dicho matrimonio deberá mantenerse vigente por un periodo no menor a un año completo. El incumplimiento de esta cláusula invalidará la transferencia total del control corporativo.
En silencio observo al abogado que ahora también me observa a mí.
¿Un año?
¿Tengo que casarme con Isabella y estar con ella un año entero?
Incrédulo suelto una risa seca.
El viejo se volvió loco.
Además...
- ¿Hay más? – pregunto sin ocultar mi irritación.
Incómodo me suelto un poco la corbata.
Siento que está apretando demasiado.
- Dicho matrimonio tendrá que llevarse a cabo dentro de un periodo no mayor a seis meses desde la lectura del testamento.
¿Seis meses?
¿Tengo seis meses para casarme con esta mujer?
- Pero... pero no sabemos dónde está – escucho como mi madre se queja.
El abogado parece no escucharla y solo me observa a mí.
- De no ser cumplido lo establecido en la cláusula tú participación en la junta directiva se reducirá a solo un accionista minoritario sin poder ejecutivo con un total de... - ¡Esto es ridículo!
Incrédulo escucho las condiciones.
Para cuando el abogado termina todo es un caos a mi alrededor.
- ¡Podemos impugnar! – escucho a mi madre gritar – diremos que mi padre estaba senil. Si, eso diremos.
Aunque mi madre parece creer que es una buena idea yo sé que eso no funcionará.
Julián Blackwell era un hombre terco y muy inteligente.
- Seis meses – masculló en voz baja.
Mi abuelo, quien falleció hace una semana ha dispuesto que yo me casé con esa mujer, no que tenga que mantener una relación cordial con ella.
Sin perder tiempo salgo del despacho de mi abuelo.
El griterío es insoportable. Todos parecen animales.
Una vez afuera no pierdo más tiempo.
- ¿Señor Blackwell? – dice mi asistente al segundo tono.
- Necesito que la ubiques.
- ¿A quien señor?
- Isabella Hayes – digo su nombre con desprecio – ubica a Isabella Hayes, quiero saber dónde está. Tienes una semana.
- Entiendo señor Blackwell, ¿Algo más que...?
A pesar de que contratamos a los mejores detectives privados del país nos tomó cinco meses enteros ubicar a Isabella.
Cinco meses.
POV Isabella
El murmullo de los clientes, las risas bajas, el tintinar de las cucharillas, el sonido de la puerta cada vez que alguien entra, todo es música para mis oídos.
Todo es mejor que mis pensamientos.
- Gracias, Isa.
Con una sonrisa tomo la propina y la guardo en el bolsillo de mi delantal.
- Gracias a ti Mack - sonrió de vuelta.
A Mack le gusta darme buenas propinas.
- Tu café es el mejor. Nos vemos Isa - se despide ya caminando hacia la puerta de salida.
Isa.
Acá soy solo Isa.
- No pensé que pudieras hacer algo más que vivir de mi abuelo, Isa.
Esa voz.
Hace años que no la escucho pero enseguida la reconozco.
A tres asientos de dónde estaba Mack lo veo.
Sebastián Blackwell.
Traje negro, espalda seguida, mandíbula tensa, ojos oscuros.
Definitivamente es él.
Sintiendo como el aire queda atrapado en mis pulmones me acerco con cautela. No se qué hace aquí pero no puedo simplemente ignorarlo.
- Buen día señor, bienvenido - saludo con una sonrisa falsa - ¿desea algo de tomar? - pregunto, fingiendo una calma que no siento - puedo ofrecerle...
- Tenemos que hablar, Isabella – dice con seriedad.
Él no parece sorprendido de verme y aún así el desdén en su mirada es obvio.
Si él está acá es porque ha venido a buscarme. No ha sido una coincidencia.
- Estoy trabajando - mascullo.
- No me importa.
A nuestro alrededor varios clientes nos observan.
Hemos llamado la atención.
- Me puedo tomar un descanso en diez minutos - digo fingiendo una sonrisa. No quiero causar un escándalo, no aquí.
Sebastián me observa, observa el lugar a nuestro alrededor y con un asentimiento seco se traslada a una mesa vacía en una esquina.
Es obvio que no piensa irse hasta que hablemos.
- ¿Está todo bien? - pregunta una de mis compañeras acercándose hasta donde estoy.
- Si - miento aunque por dentro me encuentro completamente horrorizada.
No entiendo que esta haciendo Sebastián en este lugar.
- ¿Él está bien? ¿Le sucedió algo a...?
- No - la interrumpí rápidamente - todo esta bien, no es nada. Eh... Creo que me tomaré un descanso - anuncio quitándome el delantal para dejarlo debajo de la barra.
Mi compañera no dice nada. Por lo general no suelo tomar descansos y cuando lo hago son breves.
Mientras camino hacia la salida siento la mirada de él en mi pero no volteo.
Me dirijo hacia una plaza cercana, allí podremos hablar sin tantas miradas encima.
- No sabía que ahora servías café - dice Sebastián tomando asiento en el banco del parque donde estoy.
Siempre he pensado que el aire libre me sienta bien y aunque intento respirar profundo no lo logro.
- Mi abuelo ha muerto - dice de pronto.
Su voz es plana, como si no le importará, aún así siento pena por él.
Yo ya sabía que Julián había fallecido.
Recuerdo cuando recibí la noticia y lo mucho que llore.
Julián Blackwell era un excelente hombre.
- Ya lo sabía - mascullo.
Siento su mirada en mi pero aún así no volteo a verlo. Mantengo mi atención en una pequeña ardilla que está escalando por las ramas de un árbol frente a nosotros.
- Ya se leyó el testamento.
- No soy parte de eso - respondo sin interés.
- Te equivocas.
Sus palabras llaman mi atención.
- ¿A qué te refieres? - pregunto enfocando mi mirada en él.
- Estás en el testamento.
- No lo quiero. Lo que sea que Julián me haya dejado puedes quedártelo.
- No es tan fácil.
¿Fácil?
Para mí nada ha sido fácil.
Sebastián me observa con dureza.
- No voy a pedirte nada - aclaro y lo digo en serio. Yo no quiero nada que le pertenezca a Sebastián.
En silencio él me observa y algo en su mirada me asusta.
- Vas a volver conmigo a la mansión.
- ¿Que? - pregunto. ¿Acaso escuché mal?
- Dije que...
- ¡No! - me niego poniéndome de pie - no tienes ningún derecho de venir aquí y pedirme eso.
- Yo no vine a pedirte nada - declara.
Incrédula no puedo evitar soltar una risa.
- Estás loco - declaró - no pienso hacer lo que dices.
- No te estoy dando opciones Isabella. Vas a volver conmigo y no pienso discutirlo.
Sin saber que decir lo observo aún sentado como si lo que estuviera diciendo fuese lo más normal del mundo.
Sus ojos oscuros, casi negros me observan con tanta frialdad que me hacen estremecer.
- No entiendo. ¿Por qué tengo que volver contigo? – no puedo dejar de preguntar.
- Mi abuelo ha dejado una cláusula en el testamento.
- ¿Y? – sigo sin entender – ya te dije que no quiero nada. Todo es tuyo.
Sebastián me observa con una sonrisa fría.
- Y lo es. Pero para que todo sea mío primero tengo que cumplir con "esa" cláusula – explica aunque sigo sin entender.
- No entiendo que tiene que ver eso conmigo.
- Lo tiene todo que ver – dice poniéndose de pie.
Con Sebastián de pie tengo que levantar mi cabeza para poder verlo a sus ojos.
Él es muy alto.
El silencio que se instala entre nosotros es pesado. Siento como mi corazón se acelera y no es bueno.
- Para asumir el control de la empresa tengo... Tengo que casarme contigo.
¿Qué?
Escucho lo que dice pero no logro entenderlo.
- Dentro de una semana se estará celebrando la boda – anuncia como si nada – espero y no estés esperando una gran boda – ve la hora en su reloj como si lo que estuviese diciéndome fuese algo sin importancia – solo celebraremos una pequeña recepción con algunos socios comerciales y accionistas de la empresa luego de firmar los papeles en el registro civil.
Incrédula no hago otra cosa más que observarlo en silencio.
No estoy segura de haber escuchado bien.
¿Casarme?
¿Con él?
¿En una semana?
Lo observo esperando a que se ría, a qué me diga que es solo una broma, una broma bastante cruel, pero no lo hace.
Sebastián habla con tanta seriedad que me deja sin habla.
- No muestres tanta emoción – dice con sarcasmo – solo será por un año, así que no te ilusiones.
Aturdida no puedo dejar de observarlo.
- ¿Y que te hace pensar que yo quiero casarme contigo? – digo volviendo a la realidad - ¿Sigues pensando que puedes decidir por mi? Yo no soy una de tus empleadas Sebastián. Me niego a hacer cualquier cosa que tú digas. Es absurdo, todo lo que dices es una locura. No lo haré – declaró – no lo haré – repito más fuerte.
- Si no lo hacemos pierdo el control de todo – dice molestó – ya no sería el CEO sino un simple accionista sin poder dentro de mi propia empresa.
- Eso... Eso no es mi problema – digo dando la vuelta para volver a la cafetería. Mi descanso ha acabado.
- Ahora lo es – declara Sebastián detrás de mi – mi abuelo lo ha estipulado en su testamento.
No puedo creerlo.
Incrédula giro para encararlo.
No puedo creer que Julián se haya atrevido a hacer algo así.
Los ojos de Sebastián, esos ojos tan conocidos pero tan diferentes a la vez me observan con lo que creo es odio.
- Empaca lo que necesites. Nos vamos hoy. El vuelo sale en tres horas.
- No puedes obligarme – digo molesta.
Sebastián se acerca hasta donde estoy, solo lo suficiente como para que tenga que inclinar mi cabeza hacia arriba otra vez.
- Puedo – dice con voz amenazante – se que tienes muchas deudas, deudas que yo puedo ayudarte a pagar. Solo tienes que acceder a estar casada conmigo durante un año. De lo contrario haré que esas deudas se multipliquen por cien.
Se que lo que dice no son solo palabras vacías.
Él realmente se atrevería a hacerlo.
Mi corazón late muy fuerte pero aún así no puedo dejar de mirar a Sebastián.
- ¿Me investigaste? – pregunto con asombro – ¿A eso te dedicas ahora, a investigar y amenazar a personas? ¡Eres un matón! – exclamó – ¡Esto ni siquiera es legal!
- Piensa lo que quieras. No me importa. Igual harás lo que yo digo.
Jadeando lo observo.
- Te odio – me escucho decir.
- Será solo por un año – dice con tanta frialdad que me hace estremecer – solo tendrás que estar conmigo por un año. Luego puedes volver a regresar a este lugar – dice con desdén – dónde más nunca tenga que ver tu cara.
Aunque sus palabras dicen una cosa mi corazón dice otra.
Siento que esconderme de nuevo no será tan sencillo como la primera vez.
POV Isabella
La propiedad de la mansión Blackwell es tal como recuerdo.
A pesar de que han pasado cinco años desde la última vez que estuve aquí siento que nada ha cambiado.
Los árboles, los jardines. Todo sigue igual.
A mí lado Sebastián permanece en silencio. Desde que nos montamos al avión para venir a la ciudad Sebastián ha estado ignorándome y yo he hecho lo mismo.
Cuando el coche se detiene frente a las puertas de la mansión no puedo dejar de sentirme inquieta.
Cuando me fui hace años atrás pensé que nunca regresaría a la mansión de los Blackwell.
Ahora, cinco años después he sido obligada a volver.
- Bájate – ordena Sebastián ya abriendo la puerta de su lado.
Resignada hago lo que dice pero no sin antes lanzarle una mirada molesta.
Sebastián sigue siendo él mismo hombre frío de siempre; hace años pensé, por un muy breve instante que podría ser diferente pero me equivoqué.
Sin esperar a que él se atreva a darme cualquier otra orden me acerco hasta la entrada de la mansión donde el mayordomo ya nos espera.
- Señor Blackwell, señorita... – sus ojos se abren ligeramente cuando me ve. Me ha reconocido.
- John – lo saludo con una sonrisa tensa – ¿Cómo has estado? – pregunto como si estos últimos cinco años no hubiesen pasado.
John ha sido el mayordomo de la mansión Blackwell desde hace muchos años, desde mucho antes de que yo llegase a esta familia.
- Señorita Isabella – sonríe de vuelta aunque la sonrisa de él es sincera – es bueno verla de regreso. Al señor le hubiese encantado verla regresar.
A pesar de que John es solo un empleado en la mansión nuestra relación era más de amigos.
Yo nunca llegué a ser parte de la familia y él a pasear de ser un empleado nunca se dejo intimidar por los Blackwell. Me gusta.
- Siento mucho lo de Julián – le doy mi pésame. Se que Julián era querido por todos sus empleados.
- Lo mismo digo, siento mucho que no haya podido estar acá con él.
En silencio ambos nos observamos.
John tiene la edad para ser mi abuelo, a lo mejor por eso cuando vivía en la mansión sentía que podía confiar en él.
- Si ya dejaron de hablar deberías de entrar – escucho a Sebastián detrás de mi – no te he traído hasta acá para que te quedes hablando en la puerta.
- No, tienes razón – digo sin girar para verlo – tú me has traído acá para que nos casemos.
John me observa con sorpresa.
Con una sonrisa tensa encojo mis hombros en un gesto que busca restarle importancia a toda está situación.
- Permítanme – dice John tomando tanto mi maleta como la de Sebastián para que podamos entrar.
El interior de la mansión también es igual a como recordaba, mármol brillante, candelabros de cristal, retratos familiares por todos lados; aunque ahora el aire dentro es distinto, es pesado.
A mí lado Sebastián se adelanta.
- Pensé que nunca volverías a pisar está casa.
La voz que escucho me hace estremecer.
Esta voz pertenece a alguien que no esperaba ver tan pronto.
Claudia Blackwell, la madre de Sebastián e hija de Julián Blackwell se encuentra de pie en medio del vestíbulo de la mansión vestida de forma impecable, tal como solía hacer.
Vestido de diseñador, collar de perlas, ojos oscuros como lo de su hijo. A pesar de los años ella sigue igual.
A pesar de su hostilidad doy un paso al frente – señora Blackwell – saludo con educación aunque ella me mire con desdén.
- No es necesario que finjas cortesía. Ambas sabemos que no eres alguien con educación – sus labios se mueven con algo que definitivamente no es una sonrisa – yo siento lo mismo por ti – concluye. Siempre directa.
- Mamá – escucho a Sebastián a modo de advertencia aunque ninguna me presta atención.
- Debo de admitir que eres persistente – continua Claudia – primero mi padre, ahora mi hijo.
Sus palabras son como un golpe seco que golpean mi estómago pero intento no demostrarlo.
- Se equivoca.
- Oh, por favor – se burla – ¿De verdad crees que soy como mi padre? Él era un hombre viejo e incrédulo que se dejó seducir por ti, pero yo siempre te he visto como lo que eres.
- Le pido que no manche la memoria de su padre diciendo cosas que nunca sucedieron – molesta no dudo en defender a Julián.
Él no merece que su hija diga cosas como estás.
- Tú solo eres una...
- ¡Basta! – dice Sebastián deteniéndose entre su madre y yo como si pensase que alguna fuese a lanzarse sobre la otra.
- ¿Basta? – repite ella con incredulidad – ¿De verdad pretendes que yo me quedé callada luego de todo lo que hizo? Está mujerzuela se atrevió a engatusar a tu abuelo, ahora por su culpa tú tendrás que casarte con ella y...
- ¡Yo no hice nada! – la interrumpo. Claudia está diciendo cosas sin sentido.
Si yo hubiese tenido una idea de lo que Julián Blackwell pretendía hacer hubiese hecho cualquier cosa para detenerlo.
- Tú te atreviste a engañar a mi padre - me acusa apuntándome con su dedo con manicura impecable – lo llenaste de historias tristes. Lo convenciste de que eras una pobre niña huérfana sin nada para poderte meterte entre nosotros, y ahora pretendes hacer lo mismo con mi hijo. Quieres apoderarte de la fortuna que nos pertenece.
Las acusaciones de Claudia son absurdas.
Yo jamás pretendí ser nada de lo que dice y mucho menos intenté quitarles su fortuna.
- Yo jamás hice lo que usted está diciendo – me defiendo – si Julián...
- ¿Te atreves a llamarlo por su nombre? – chilla Claudia con incredulidad – ¿Una simple camarera sin apellido se atreve a llamar a mí padre, a Julián Blackwell, uno de los hombres más importantes del país por su nombre?
Claudia está histérica pero no me importa.
Decirle que Julián quería que lo llamase abuelo creo que sería peor por lo que me mantengo en silencio. Discutir con personas como ella no me llevará a nada bueno. Ya pasé por eso, no quiero tener que repetirlo.
- No estoy aquí por dinero – digo finalmente lo que hace que tanto madre como hijo suelten una carcajada seca.
Molesta miro a Sebastián quien hace lo posible por disimular su risa burlona.
- Entonces, Isabella Hayes, ¿Por qué estás aquí? – se burla ella.
Ella obviamente sabía que yo vendría así que no entiendo que está haciendo aquí. Si ha venido solo para que discutiéramos lo ha conseguido.
- Madre, no es momento para dramatizar – interviene Sebastián con pereza – esto solo es un asunto legal.
- ¿Asunto legal? ¿De verdad te vas a casar con esta...?
- No te estoy pidiendo tú opinión. Sabes que para obtener el control absoluto de la empresa debo de casarme con Isabella – dice Sebastián con hastío y sin poder evitarlo bufo molesta.
Ambos son tal para cual.
- Esto es manipulación – dice Claudia indignada – tú lo has tramado todo – me acusa – tú convenciste a mí padre para que hiciera esto, ahora por tu culpa mi hijo tiene que...
- ¡Yo no lo sabía! – repito molesta aunque se que ninguno me creerá.
- No te creo.
El aire dentro de la mansión se vuelve aún más tenso.
- ¿De verdad vas a arriesgar todo por esta mujer?
- Yo no estoy arriesgando nada – dice Sebastián quitándose la chaqueta del traje – estoy cumpliendo una condición. Nada más.
Molesta por la frialdad de Sebastián lo observo fastidiada.
Si tan solo hubiese sabido que él era así, yo no... – molesta detengo el rumbo de mis pensamientos. No es momento de pensar en eso.
- Si crees que te permitiré destruir a mí familia, aún no sabes de lo que soy capaz – me amenaza la madre de Sebastián.
Soltando una risa amarga la observo. Yo si se de lo que ella es capaz. Ya me lo ha demostrado.
- No tiene porqué preocuparse, yo no vine a destruir nada.
- ¡Entonces vete! – en silencio observo a Sebastián.
Lo que más quiero es irme pero no creo que él lo vaya a permitir.
- Ella no irá a ninguna parte - dice Sebastián con firmeza como si leyese mis pensamientos.
- ¿Desde cuándo decides sin consultarme? – jadea Claudia.
- Desde que el abuelo murió.
La tensión entre ellos es palpable.
Yo pensé que todos estaban de acuerdo con lo que Sebastián me ofreció pero ya veo que no.
- Puedes tomar tu antigua habitación – dice Sebastián sin mirarme – luego de la boda, ambos iremos a vivir a mi casa.
Sin esperar a que ninguno diga algo más tomo la maleta que John dejó en una esquina y me dirijo a lo que por esta semana será mi habitación.
Solo espero que esté año pase lo más rápido posible.
Si de algo soy consciente es que no creo poder sobrevivir a otro error con Sebastián Blackwell.