Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Hasta que la mafia nos separe
Hasta que la mafia nos separe

Hasta que la mafia nos separe

Autor: : Elgatoazul
Género: Romance
El odio que se profesaban Sebastian y Arianna era intenso, hasta que un día comprendieron que solo se odia aquello que se desea con fervor.

Capítulo 1 Prólogo: Su nombre

Sebastian

-Te tengo una sorpresa -anunció papá con esa sonrisa pícara y la chispa cómplice en sus ojos.

De repente Cristina Alberti apareció y se sentó frente a mí.

"Por favor, que esto sea una broma... por favor."

Supliqué en silencio, pero la mirada de despreocupación fingida de mi hermano Enzo me devolvió de golpe a la realidad, como una bofetada invisible.

Sentí un temblor recorrerme las manos ocultas bajo la mesa.

-¡Familia! -exclamó mi padre, poniéndose de pie, como si fuera una ocasión solemne-. Es un placer contar con la compañía de los Alberti en esta cena especial.

Ni siquiera estaba vestido a la altura del evento. Mientras todos traían traje y corbata, yo me había presentado con unos jeans casi nuevos y una sudadera cualquiera.

¡Dios mío! ¡Había despertado de una siesta profunda hacía apenas quince minutos!

-Gracias por la invitación -agregó Valenciano Alberti, líder de esa familia, con una sonrisa complacida-. Para nosotros es un honor compartir este momento tan especial con ustedes.

Sentí la mirada de Cristina fija en mí, con esa sonrisa coqueta que solo hacía que quisiera desaparecer.

Entonces mi padre soltó la bomba.

-Y es por eso que estamos reunidos hoy. Es un honor tenerlos aquí para pedir con el mayor respeto la mano de su hija mayor, Cristina.

"Mierda, mierda, mierda..."

La palabra rebotaba en mi mente, una y otra vez, mientras la realidad me asfixiaba. Me quedé inmóvil, congelado e incapaz de procesar lo que estaba oyendo.

De repente, la conversación que había tenido con Enzo la semana pasada irrumpió en mi mente, clara y brutal.

"Todos saben de ese compromiso menos tú. Te tomarán por sorpresa porque eres el más tonto, influenciable e inocente de la familia. Despierta ya."

-¿La mano de mi hija? -preguntó Valenciano, fingiendo sorpresa con una actuación ridículamente mala.

Sabía que tenía una salida. Enzo me la había dado, pero no le había prestado suficiente atención hasta ese momento.

-Sí. Queremos que nuestro Sebastian se una en matrimonio con tu querida Cristina -sentenció mi padre.

Fue en ese preciso momento en el que la imagen perfecta de mi familia en mi cabeza, se derrumbó por completo.

Enzo me lanzó una mirada ladeada, como si secretamente estuviera diciéndome: "Te lo dije" .

O tal vez solo esperando ver si aceptaría sumiso o me atrevía a unirme a su plan.

-Pues... No lo sé. ¿Qué dice Sebastian? -preguntó Valenciano, ofreciéndome una falsa elección como un golpe bajo.

"Solo tienes diez segundos para decidir, Sebastian. Esto definirá tu futuro."

Inspiré profundamente y tomé una decisión, algo que nunca había hecho antes en mi vida:

Desafiar a mi propia familia.

-Lo siento -dije, y todas las miradas se clavaron en mí-. No sabía que esta cena sería para esto.

-Sebastian... -llamó mi padre, con una advertencia implícita en su tono.

-Yo... Estoy enamorado de alguien más.

Los ojos de mi padre se abrieron en un asombro incrédulo. Mi madre se llevó una mano a la boca, horrorizada. Y Enzo, en cambio, dejó escapar una sonrisa apenas perceptible, como si hubiera estado esperando ese momento.

-¿Qué? -pronunció mi padre, aún en shock.

-Perdonen, no sabía que la cena era para esto. Así que debo decir que estoy enamorado de Arianna Lucciano.

Y desde ese instante, todo se desmoronó.

Mi vida se convirtió en una vorágine después de pronunciar ese nombre.

Capítulo 2 Alianza

Arianna

Todavía me costaba creer lo que estaba a punto de hacer.

Intentaba convencerme de que esto era una locura, que me estaba precipitando. Pero en el fondo sabía que era mi única salida, la única manera de mantenerme a salvo en este mundo que me arrastraba sin piedad.

Aunque el plan de Enzo Belucci me parecía cuestionable, era la opción menos mala.

Por eso, cuando el mismo Enzo apareció, irradiando esa seguridad y atractivo que parecían su marca personal, tuve que recordarme que no debía caer en sus encantos.

No debía olvidar que detrás de su rostro perfecto y su porte intimidante, su plan seguía siendo tan sórdido como desesperado.

-Ari, me alegra que hayas venido -dijo con un tono de voz casi nostálgico, como si realmente hubiera temido que no llegara.

-Intento convencerme de que esto es lo mejor para mí -repliqué, con un nudo en la garganta-. No me des motivos para arrepentirme.

Él esbozó una sonrisa ladeada, una que no alcanzaba a sus ojos , así que evitó mirarme. Sabía que su plan era una locura; podía ver las sombras de sus propias dudas en su mirada. Pero, como si algo dentro de él despertara, su expresión se endureció y una ola de determinación recorrió su cuerpo cuando desvió la vista hacia la entrada.

Ahí estaba él.

El indeseado, el imbécil.

Sebastian Belucci.

-Sebastian -lo saludó Enzo con una frialdad implacable-, me alegra que también estés aquí.

Sebastian se acercó con una expresión distante y perdida. Jamás había visto al más arrogante de los Belucci lucir tan fuera de lugar como en ese momento.

Era curioso, Sebastian había sido mi peor pesadilla en la escuela, mi rival en todo, desde las calificaciones hasta los deportes. Incluso había sido el responsable de arrebatarme la beca universitaria que necesitaba desesperadamente. No había olvidado, ni perdonado lo que me había costado.

-Buenas noches -murmuró con la voz baja y las manos hundidas en los bolsillos, como si esa reunión fuera una condena.

-Estoy aliviado de que ambos vinieran -interrumpió Enzo, sin inmutarse ante la tensión que se espesaba en el aire-. Sé que esta no es la reunión ideal y que ninguno de los dos estaría aquí de no ser por algo tan especial.

Me dejé caer en una pequeña silla junto a la ventana. Las sombras de la noche y el frío que se filtraba por las paredes de esa vieja casa del árbol no eran nada comparados con el peso de lo que estaba por ocurrir.

Sebastian se acomodó en el suelo, con una postura derrotada, mientras Enzo se mantenía de pie implacable, observándonos a ambos.

-Sebastian ha dado el primer paso para sellar este acuerdo -dijo Enzo, serio y directo con sus ojos fijos en mí-. Y quiero que quede claro que lo que se diga aquí, muere aquí.

Pareció más una amenaza.

-Ariana, debes convertirte en la prometida de mi hermano.

La declaración, aunque la esperaba, fue un golpe. Las palabras resonaron en mi cabeza como un eco amenazante.

-Esto es una mierda -masculló Sebastian, su voz cargada de frustración. Al instante, recibió una mirada fulminante de Enzo.

-Lo es -concedió Enzo, su tono helado-. Pero ¿quieres saber qué es aún peor?

Sebastian y Enzo se miraron, una confrontación muda que solo ellos entendían. Sin embargo, la intensidad de Enzo parecía aplastar el intento de desafío de su hermano menor.

-Sería una completa mierda que te obligaran a casarte de verdad con Cristina Alberti -Enzo soltó las palabras con un filo amargo-. No solo te forzarían a un matrimonio sin amor; también te exigirían hijos, una familia que siempre has despreciado y una posición que jamás te gustará.

Sentí la tensión recorrer mi cuerpo, helando cada célula. El silencio entre ellos era tan profundo que apenas me atrevía a respirar. La idea de convertirme en la prometida de Sebastian Belucci, el hombre que había sido mi adversario en tantas cosas, me hacía sentir que estaba al borde de un precipicio.

-¿Y tú qué ganas con todo esto? -me atreví a preguntar, tratando de ignorar la tensión casi tangible entre los hermanos.

Los ojos de Enzo se clavaron en mí, su habitual sonrisa encantadora y cálida había desaparecido. Su expresión ahora era tan severa que apenas reconocía al hombre frente a mí.

Pero no aparté la mirada, mi curiosidad superaba mi inquietud.

-¿Qué gano yo? -rió suavemente y a pesar de la situación, ese gesto parecía hacerle aún más atractivo-. Gano que mi familia no se involucre en la asquerosa empresa de los Alberti y además evito que mi hermano menor y tú terminen en un destino tan miserable como el mío. ¿Lo comprendes verdad?

Quise responder que sí, que entendía, pero la desconfianza me carcomía.

Nadie ofrecía una solución tan radical por simple buena voluntad. Confiaba en Enzo o eso pensaba, pero esta situación tenía un tinte inquietante.

-¿Y qué va a cambiar si me comprometo con Ariana? -intervino Sebastian con desdén, sus palabras llenas de desprecio me hervían la sangre-. Le pido que sea mi prometida, aunque nos detestemos ¿Y luego qué? ¿Casarnos? ¿Tener los hijos que debían ser con Cristina y acabar en lo mismo? No tiene sentido

-No seas imbécil, Sebastian -respondió Enzo- Existe el divorcio, algo que los Alberti jamás te permitirían. Además, necesito que finjan ser pareja por al menos un año.

-¿¡Un año!? -exclamamos al unísono, el shock fue evidente en nuestras voces.

-Sí, un año. Si las cosas salen bien, podríamos resolverlo antes. En el peor de los casos, tendrán que casarse, pero me aseguraré de que sea un matrimonio falso.

"¡Dios mío! ¿Por qué tenemos que ir tan lejos?"

Pensé con cobardía.

-¡Me niego! -solté, dominada por el miedo y la lógica que me gritaban huir de aquella locura-. No entiendo bien qué se pretende con esto y desde luego no quiero estar ligada a este patán durante un año.

-¡Gracias! Por primera vez estoy de acuerdo contigo Lucciano. Ningún hombre en su sano juicio querría estar atado a una mujer como tú.

Sentí el impulso de golpearlo allí mismo, pero Enzo nos interrumpió antes de que diera el primer paso.

-Entonces, váyanse.

Culminó con una voz tan fría que ambos nos quedamos inmóviles.

No fuimos capaces de movernos.

-Sebastian, regresa y conviértete en el próximo esposo de Cristina Alberti. Deja que esa niña malcriada te manipule a su antojo.

Sebastian no se movió ni un centímetro hacia la salida.

-Ariana, vuelve a casa y prepárate para ser la amante de un hombre casado, veinte años mayor que tú.

La sola idea me provocó náuseas.

-Si es así, no tiene sentido que haya venido. Perdí mi tiempo y desde luego, mis opciones.

Enzo comenzó a caminar hacia la puerta y antes de darme cuenta, lo detuve.

Sabía que solo tenía unos segundos para decidir si destruir el plan o aceptarlo.

Y cualquier cosa era mejor que ser la amante de un viejo asqueroso como Giorgio Fontana.

-Espera.

Se detuvo a solo un paso de marcharse.

No me importó la expresión de súplica en el rostro de Sebastian. Después de todo, su destino no sería tan horrible como el mío si me rehusaba.

-Necesito un anillo y que Sebastian me acompañe a decírselo a mis padres.

-¿¡Qué!? -Sebastian protestó, claramente en desacuerdo.

La sonrisa de alivio y orgullo que apareció en el rostro de Enzo me dio una sensación de calma, aunque no la suficiente.

-Lo hará.

-¡Dime que estás bromeando Enzo!

-Lo siento hermanito, pero parece que Ari ha demostrado tener más cojones que tú esta vez.

Sebastian seguía sin aceptar la idea, pero no dijo nada.

-Bien, ya que todo está dicho y decidido, andando.

-¿Ahora a dónde vamos? -preguntó una vez más Sebastian. Abatido por la velocidad con la que todo avanzaba.

-A buscar un anillo de compromiso. A partir de aquí, todo tiene que ser tan real como sea posible. Debemos ser cuidadosos.

-¿Un anillo ahora? -pregunté, sin ocultar mi sorpresa.

-Sí. Necesitas uno que sea conforme a tus gustos, o tus padres sabrán que el hombre que supuestamente amas no te conoce en absoluto.

-Tienes razón, pero...

-No hay tiempo. Les explicaré los detalles en el camino.

-¡Esto es una locura! -se quejó Sebastian, aunque finalmente accedió a acompañarnos-. ¡Una maldita locura!

Suspiré, perdida en el torbellino de los acontecimientos, caminando tras ambos.

Capítulo 3 Anillo

Sebastian

Faltaban dos horas para la medianoche y ahí estaba yo, en un auto al lado de la chica que más detestaba en el mundo.

Arianna Lucciano.

Para colmo, íbamos camino a comprarle un anillo de compromiso.

Ni siquiera en mis peores pesadillas habría imaginado algo tan absurdo. Observé de reojo a la Lucciano, quien se había deslizado hasta el otro extremo del asiento, mirando fijamente por la ventana con una expresión perdida. Como si quisiera escapar de la realidad.

En momentos como este me preguntaba cómo demonios habíamos terminado en este retorcido juego.

Después de graduarme, estaba seguro de que me había librado de ella, de sus gestos altivos y de su lengua afilada. Pero aquí estábamos, forzados a representar una mentira más grande que nosotros mismos.

-Cuando entren, asegúrense de colocarse cerca de las ventanas. Mi equipo de fotógrafos se encargará de tomar evidencia de que estuvieron allí -nos instruyó Enzo con ese tono autoritario que parecía tan natural en él.

-¿Fotos? ¿Para qué?... -comencé a preguntar, pero Arianna me interrumpió antes de terminar.

-Espera... -dijo, despertando de su trance como si de pronto hubiera comprendido algo importante-. ¿No vas a entrar con nosotros?

Esperaba que mi hermano dijera que sí, que estaría allí para al menos moderar la incomodidad entre nosotros.

-Claro que no. Sería muy sospechoso que me vieran a mí en medio de un momento de pareja como ese. -respondió, imperturbable.

-No me jodas, Enzo. No voy a entrar solo con esta loca para buscar un anillo de compromiso -protesté, mi voz llena de desagrado.

Pero Enzo ni siquiera se molestó en discutir. Simplemente detuvo el auto a unas calles de la joyería y nos miró a través del espejo retrovisor.

Su orden fue clara, sin necesidad de palabras. Ambos entendimos que no había opción.

Suspiré y salí del auto, sin siquiera voltear a ver a Arianna, mientras sentía la mirada reprobatoria de mi hermano clavada en mi nuca por no haberle abierto la puerta ni ofrecerle mi mano.

Pero ¿Qué esperaba? ¡No estaba tratando con una mujer normal! Ella era un maldito demonio.

Nos encontramos frente a la puerta de la joyería y al entrar, una vendedora nos recibió con una sonrisa profesional.

No parecía importarle que nuestros rostros no mostraran la emoción típica de una pareja. Al parecer, su único objetivo era convencernos de comprar.

-¿Tienen pensado algún modelo en especial? Puedo mostrarles los que tenemos por este lado -ofreció, con amabilidad.

Antes de que pudiera responder con algún comentario sarcástico, Arianna se adelantó.

-Preferiría ver algo discreto, pero elegante -su voz fue firme y educada, aunque fría.

Su tono me irritaba.

¿Discreto? Si ella era todo menos discreta. La observé mientras se acercaba a las vitrinas con una expresión casi despreocupada, como si estuviera eligiendo un accesorio cualquiera y no el anillo que, supuestamente, representaría nuestro compromiso.

-¿Discreto? -murmuré, incapaz de callarme cuando la vendedora nos dio un momento a solas-. Para una mujer que hace de todo un espectáculo, eso suena contradictorio.

Arianna me lanzó una mirada gélida, pero no dijo nada. Se limitó a seguir examinando los anillos como si yo no existiera.

La vendedora, ignorando por completo la tensión entre nosotros, comenzó a mostrarle varias opciones, describiendo cada detalle con entusiasmo.

Mi paciencia estaba al borde. La idea de ver a Arianna con un anillo en el dedo fingiendo ser mi prometida, me revolvía el estómago.

Finalmente, Arianna se detuvo en un modelo sencillo pero elegante, un anillo de oro blanco con un pequeño diamante en el centro. Nada ostentoso, pero llamaba la atención de forma sutil.

-Este será perfecto -dijo lanzándome una breve mirada desafiante, como si estuviera probando hasta dónde llegaba mi incomodidad.

-¿Perfecto para qué? -espeté sin poder contenerme y la mujer, entendiéndola pesadez, desapareció entre los mostradores-. Esto no es real, ¿recuerdas? Es solo una maldita actuación.

-Lo sé -respondió, con una calma que me exasperó aún más-. Pero si vamos a hacer esto, al menos hagámoslo bien. No quiero darle a nadie un motivo para dudar.

La seguridad en su voz me cabreaba aún más.

Odiaba esa maldita actitud. ¿Quién se creía para hablarme como si supiera lo que era mejor?

-Bien. Compra el anillo, haz lo que quieras. Solo recuerda que esto no significa nada para mí. Y en cuanto se acabe el maldito año, tú y yo no volveremos a cruzarnos.

Arianna mantuvo su mirada fija en el anillo con el rostro inmutable, pero pude ver un destello de desafío en sus ojos. Sabía que no diría nada, que no me daría el gusto de reaccionar.

-¿Pagarán en efectivo o con tarjeta? -preguntó la vendedora, rompiendo el incómodo silencio que se había formado.

Saqué la tarjeta sin siquiera mirarla, deseando acabar con esa escena lo antes posible.

Mientras realizaban la transacción, miré a Arianna una última vez, con una mezcla de desprecio y frustración.

A partir de ahora estaríamos unidos en una mentira, y la idea de tener que pasar un año fingiendo ser su pareja me resultaba insoportable.

Algo en el fondo de mi mente me decía que este maldito juego no iba a ser tan sencillo como esperaba.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022