La lluvia caía sobre la ciudad como una cortina gris, cubriendo las calles vacías con un reflejo espectral de las luces de neón. Ethan Varela encendió un cigarro, ignorando el frío que se filtraba por su abrigo empapado. Su teléfono vibró en el bolsillo de su chaqueta.
-¿Qué tienes para mí? -preguntó sin preámbulos al responder.
La voz del forense, Ramírez, sonó tensa al otro lado de la línea.
-Otro cuerpo. Y este... este es peor que el anterior.
Ethan cerró los ojos por un instante. Llevaban dos semanas encontrando cadáveres en las afueras de la ciudad, todos mutilados de una forma que no encajaba con ningún depredador conocido. Pero lo que más lo inquietaba eran las marcas. Siempre las mismas. Cortes profundos en la piel, formando símbolos que solo había visto en viejos libros que nunca debió leer.
-¿Ubicación? -preguntó, caminando hacia su auto.
-Bosque de Hollow Creek. Y, Ethan... -la voz del forense bajó un tono-. Esta vez hay testigos.
La lluvia golpeaba con más fuerza cuando Ethan llegó al bosque. La zona estaba acordonada, y las luces intermitentes de las patrullas teñían el follaje de rojo y azul. Caminó hacia el perímetro, pasando de largo a los oficiales hasta llegar al forense, quien estaba encorvado junto al cadáver.
-¿Qué tenemos?
Ramírez se enderezó, apartándose para dejarle ver el cuerpo. Ethan sintió un nudo en el estómago.
Era un hombre, o lo que quedaba de él. Sus ropas estaban hechas jirones, la piel destrozada por algo que no parecían garras comunes. Pero lo peor era su expresión: ojos abiertos, boca desencajada en un grito que nunca pudo terminar.
Y entonces lo vio.
A un par de metros, en la roca húmeda, estaba la marca. Un símbolo tallado en la piedra, la misma que había encontrado en los otros cuerpos.
-Los testigos... -murmuró Ethan.
Ramírez asintió con el ceño fruncido y señaló con la cabeza hacia una patrulla cercana.
Dentro, una niña temblaba bajo una manta. No tendría más de diez años. Sus manos, manchadas de sangre seca, se aferraban a los bordes de la tela como si eso fuera lo único que la mantenía en pie.
Ethan suspiró y se inclinó frente a la puerta abierta.
-Hola, pequeña. Soy Ethan.
La niña levantó la vista. Sus ojos reflejaban algo más que miedo. Algo que él conocía demasiado bien.
Puro terror.
-Lo vi -susurró ella con voz quebrada-. Vi al monstruo.
Ethan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No era el primero que había oído esa palabra. Y sabía que no sería el último.
Ethan se quedó en silencio unos segundos, dejando que la niña respirara. Sabía que no podía presionarla demasiado, no con el estado en el que estaba.
-¿Qué viste, pequeña? -preguntó con suavidad, apoyando un brazo en la puerta de la patrulla.
La niña tembló y apretó los labios con fuerza, sus ojos saltando de un lado a otro como si aún estuviera viendo lo que había sucedido.
-Era... era grande -susurró, apenas audible-. Caminaba como un hombre, pero... no era un hombre.
Ethan sintió un nudo en el estómago. No era la primera vez que escuchaba esa descripción.
-¿Puedes decirme algo más? -insistió, con cautela.
Ella negó con la cabeza, pero luego murmuró algo más.
-Tenía ojos brillantes. Amarillos.
Eso hizo que Ethan se pusiera tenso.
Los ojos. Siempre hablaban de los ojos.
Antes de que pudiera seguir interrogándola, la oficial que estaba a cargo de la menor se acercó con gesto firme.
-Creo que ya es suficiente por hoy, detective. La niña necesita descansar.
Ethan asintió, aunque sabía que el descanso no le serviría de mucho. Nadie que viera lo que ella había visto volvía a dormir igual.
Se alejó de la patrulla, encendiendo otro cigarro mientras miraba el bosque. Su instinto le gritaba que algo estaba muy mal.
-No crees en coincidencias, ¿verdad?
La voz de Ramírez lo sacó de sus pensamientos.
-No -respondió sin apartar la vista de los árboles-. Nunca.
El forense suspiró y se cruzó de brazos.
-Este es el cuarto asesinato en dos semanas, Ethan. Si seguimos a este ritmo, los medios van a volver esto un espectáculo. Y si la gente empieza a hablar de monstruos...
-No pueden tapar esto con explicaciones racionales -Ethan soltó el humo lentamente-. No cuando hay testigos.
Ramírez hizo una mueca.
-Lo sé, pero a nadie le conviene que cunda el pánico. ¿Qué vas a hacer?
Ethan tiró la colilla al suelo y la apagó con la suela de su bota.
-Voy a investigar. Y voy a encontrar lo que sea que está cazando en esta ciudad.
◆◆◆
Horas más tarde, Ethan estaba en su apartamento, sumido en documentos esparcidos sobre la mesa. Fotos de los cuerpos, informes forenses, recortes de noticias antiguas.
Pero lo más importante era el libro.
Lo había encontrado años atrás, cuando todavía intentaba convencerse de que el mundo era un lugar lógico.
Lo abrió con cuidado, pasando las páginas envejecidas hasta que encontró lo que buscaba: un dibujo rústico, una criatura de garras largas y ojos brillantes.
Hombres lobo.
Sabía que no eran solo cuentos.
Había pasado demasiado tiempo negando la verdad, pero los cuerpos no mentían. Las marcas en la piel de las víctimas no mentían.
Y ahora, la niña tampoco.
Ethan cerró los ojos por un momento, recordando algo que su abuelo le había dicho cuando era niño.
"Algún día tendrás que aceptar lo que eres, Ethan."
Apretó la mandíbula. No tenía tiempo para viejos recuerdos.
Porque en ese momento, sintió algo extraño.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Como si alguien lo estuviera observando.
Lentamente, giró la cabeza hacia la ventana.
Y entonces los vio.
Dos ojos amarillos, observándolo desde la oscuridad.
Y antes de que pudiera reaccionar... desaparecieron.
Ethan se quedó congelado, su respiración pesada llenando el silencio de la habitación. Los ojos amarillos habían desaparecido tan rápido como habían aparecido, pero eso no significaba que la amenaza se hubiera desvanecido.
Se levantó de golpe y tomó la pistola que guardaba en el cajón de la mesa de café. Con pasos controlados, se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Nada. Solo el reflejo de las luces de los autos ocasionales y el murmullo de la ciudad que nunca dormía.
Pero lo sintió. Algo estaba ahí fuera.
Apretó la mandíbula y se apartó de la ventana, cerrando las cortinas. No tenía sentido salir a perseguir sombras. En cambio, necesitaba respuestas.
Se dirigió al viejo armario de su habitación, apartó algunas chaquetas y sacó una caja de madera que no había tocado en años. La colocó sobre la cama y la abrió con cautela. Dentro, encontró lo que buscaba.
Un colgante de plata con un extraño símbolo tallado.
Era lo único que le quedaba de su abuelo.
Aún recordaba la noche en que se lo había dado.
"Tarde o temprano, vas a entender lo que significa. Y cuando ese día llegue, estarás en peligro."
Ethan nunca había comprendido esas palabras... hasta ahora.
Cerró la caja con un suspiro y tomó su chaqueta. Si quería respuestas, solo había un lugar al que podía ir.
◆◆◆
El bar "La Madriguera" era un lugar al que solo los conocedores entraban. Desde afuera parecía un establecimiento común, pero cualquiera que hubiera escuchado rumores sabía que ahí se reunían los que no encajaban en la sociedad normal.
Ethan empujó la puerta y caminó hacia la barra. El olor a licor y humo lo golpeó, pero no le importó.
El hombre detrás de la barra, un tipo robusto con barba espesa y ojos oscuros, levantó la vista y lo reconoció de inmediato.
-Varela. Hace tiempo que no te veo por aquí.
-Necesito información, Franco -dijo Ethan sin rodeos.
Franco lo miró por un momento, como si estuviera debatiendo si valía la pena hablar. Finalmente, suspiró y sirvió un trago de whisky.
-No preguntas cosas simples, eso lo sabemos los dos. ¿De qué se trata?
Ethan se inclinó sobre la barra.
-Ataques en la ciudad. Cuerpos mutilados. Ojos amarillos en la oscuridad.
Franco endureció la expresión.
-No me jodas...
-No lo haría si no fuera serio. Sabes algo, Franco.
El barman miró a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera escuchando, y se inclinó un poco más.
-Hay rumores. Algo se está moviendo en las sombras. Algunos dicen que una manada antigua ha regresado, otros que alguien está rompiendo el equilibrio. Pero hay un nombre que se ha estado repitiendo últimamente.
Ethan entrecerró los ojos.
-¿Cuál?
Franco tomó un trago antes de responder.
-Los Ferrer.
Ethan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No había escuchado ese nombre en mucho tiempo.
-Pensé que estaban muertos.
-Yo también. Pero si han vuelto... significa que esto apenas comienza.
◆◆◆
Ethan salió del bar con la mente llena de pensamientos oscuros.
Los Ferrer no eran cualquier manada.
Habían sido una de las más poderosas, despiadadas en su tiempo. Controlaban gran parte de los bajos fondos y tenían un código que nadie se atrevía a desafiar. Hasta que algo los destruyó.
O al menos eso era lo que se creía.
Encendió un cigarro y caminó hacia su auto. Estaba metiéndose en un territorio peligroso, pero no tenía opción.
Giró la llave en el contacto y el motor rugió. Pero antes de que pudiera salir, sintió algo.
Ese escalofrío otra vez.
No estaba solo.
Su mirada se desvió hacia el espejo retrovisor.
Y allí, en la oscuridad del callejón, lo vio de nuevo.
Ojos amarillos.
Pero esta vez... no estaban solos.
Había más. Muchos más.
La cacería había comenzado.
Ethan apretó el volante, su pulso acelerándose mientras su mente procesaba la escena ante él. Ojos amarillos brillaban en la oscuridad del callejón, parpadeando entre las sombras como depredadores al acecho. Eran al menos cinco, tal vez más.
El instinto le gritó que arrancara, que saliera de ahí antes de que fuera demasiado tarde. Pero Ethan sabía que huir solo lo convertiría en presa. Y él no era una presa.
Con un movimiento rápido, deslizó la mano hacia la guantera y sacó su revólver. Lo cargó con balas de plata. No sabía si las historias eran ciertas, pero si lo eran, no quería estar indefenso.
Respiró hondo y abrió la puerta del auto.
La noche estaba fría, la humedad del asfalto le daba un aire espectral a la calle. El callejón estaba silencioso. Demasiado silencioso.
-Sé que están ahí -dijo Ethan, su voz firme, sin rastro de miedo-. ¿Van a quedarse escondidos o vamos a hacer esto de una vez?
Hubo un murmullo entre las sombras. Luego, un movimiento.
Uno de ellos salió a la luz.
Era un hombre alto, de cabello oscuro y ojos brillantes como los de un animal. Su rostro era anguloso, con una mandíbula fuerte y una piel que parecía tensarse sobre los huesos como si estuviera a punto de transformarse en algo más.
-Varela... -su voz era profunda, rasposa, casi gutural-. Sabía que eventualmente nos encontraríamos.
Ethan levantó el arma sin dudar.
-¿Quién eres?
El hombre sonrió.
-Mi nombre no importa. Lo que importa es que estás en territorio equivocado.
-¿Territorio? -Ethan frunció el ceño-. Esto es una maldita ciudad, no la selva.
-Las reglas han cambiado -el hombre inclinó la cabeza-. Y tú sigues sin entenderlas.
Antes de que Ethan pudiera reaccionar, el hombre se movió.
Demasiado rápido.
Era como si la gravedad no lo afectara. Un instante estaba a varios metros de distancia y al siguiente ya estaba frente a él, empujándolo con una fuerza descomunal. Ethan cayó contra el capó de su auto, su arma resbalando de su mano.
Maldición.
El desconocido lo sostuvo por el cuello, apretando con una fuerza que no era humana.
-Siempre supe que algún día despertarías -susurró el hombre-. Pero no pensé que seguirías negando lo que eres.
Ethan forcejeó, tratando de soltarse. Su visión se nublaba, su respiración se volvía difícil.
Fue entonces cuando ocurrió.
Un ardor recorrió su cuerpo. Primero en su pecho, luego en sus brazos y piernas. Como si su sangre se hubiera encendido.
Y el hombre lo notó.
-Ah... ahí está -susurró con una sonrisa depredadora-. Estás despertando.
Ethan no entendía lo que estaba pasando. Su cuerpo temblaba, su visión se volvía más clara, más aguda. Su respiración se hizo pesada, profunda.
Entonces, sin pensarlo, dejó que el instinto lo guiara.
Soltó un gruñido bajo y con una fuerza que no sabía que tenía, apartó al hombre de un solo movimiento.
El tipo salió despedido varios metros, chocando contra una pared.
Ethan cayó de rodillas, jadeando.
¿Qué demonios había sido eso?
El hombre se levantó lentamente, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.
-Impresionante... -dijo, sin dejar de sonreír-. Muy impresionante.
Ethan lo miró con furia, su corazón latiendo con fuerza, su cuerpo aún temblando por la adrenalina.
El hombre lo miró con satisfacción.
-Nos veremos pronto, Varela.
Y con eso, se desvaneció en las sombras, llevándose consigo a los otros.
Ethan se quedó ahí, de rodillas en el pavimento, sintiendo el ardor recorrer su cuerpo.
Sabía que algo había cambiado.
Y ya no había vuelta atrás.
Ethan permaneció arrodillado en el suelo, con el corazón martillándole el pecho y un ardor incontrolable recorriendo sus venas. Nunca había sentido algo así. Era como si su propio cuerpo estuviera en guerra consigo mismo, como si algo enterrado en lo más profundo de su ser estuviera tratando de emerger.
Jadeó y apretó los puños contra el asfalto, sintiendo el sudor correr por su frente. La noche estaba helada, pero su piel ardía.
El tipo de los ojos amarillos se había ido, pero su voz todavía resonaba en su cabeza.
"Estás despertando."
Ethan cerró los ojos con fuerza, tratando de controlar el temblor en sus manos. Lo que acababa de pasar no era normal. Había apartado a ese hombre con una fuerza que no debería tener. Lo había lanzado como si no pesara nada.
¿Era posible que...?
Sacudió la cabeza. No. No podía estar pasando.
Se puso de pie tambaleante y miró a su alrededor. La calle seguía vacía. No había testigos. Ni siquiera un maldito sonido.
El arma seguía en el suelo, a unos metros de él. La recogió y se la guardó en la chaqueta antes de subir a su auto.
Necesitaba respuestas.
Y solo había una persona que podría dárselas.
◆◆◆
Treinta minutos después, Ethan aparcaba frente a una casa vieja en las afueras de la ciudad. Era una cabaña descuidada, con las luces apagadas y el jardín cubierto de maleza.
Bajó del auto y caminó hasta la puerta, golpeándola con fuerza.
Pasaron varios segundos antes de que oyera movimiento dentro. Finalmente, la puerta se abrió un poco y un rostro envejecido apareció entre las sombras.
-Ethan Varela... -la voz del anciano era ronca, como si no hablara a menudo-. Nunca pensé que volverías aquí.
-Tampoco yo, León -Ethan suspiró-. Pero necesito respuestas.
León lo observó con ojos cansados y luego abrió la puerta por completo, dejándolo entrar.
◆◆◆
El interior de la cabaña estaba atestado de libros viejos, frascos con sustancias extrañas y velas consumidas. Un olor a madera quemada y tabaco impregnaba el aire.
Ethan se dejó caer en una silla y apoyó los codos en sus rodillas, sintiendo el agotamiento caer sobre él.
-Dime la verdad, León. Ya no quiero más mentiras.
El anciano tomó asiento frente a él y encendió una pipa con calma.
-¿Sobre qué?
Ethan levantó la mirada, sus ojos oscuros llenos de ira.
-Sobre lo que soy.
León no respondió de inmediato. Solo lo miró, como si estuviera evaluándolo.
-Así que ya lo sentiste -murmuró al final-. No podías escapar de ello para siempre.
Ethan apretó la mandíbula.
-¿Desde cuándo lo sabías?
-Desde que eras un niño -respondió León, dando una calada a su pipa-. Pero no era mi lugar decírtelo.
Ethan sintió su furia crecer.
-Mi abuelo... él lo sabía, ¿verdad?
León asintió lentamente.
-Sí. Y por eso trató de mantenerte alejado de todo esto. Pero la sangre siempre encuentra su camino.
Ethan se recargó en la silla y pasó una mano por su rostro. Todo encajaba.
Los secretos. Las advertencias de su abuelo. El colgante de plata.
Siempre había sido parte de esto.
León lo miró con seriedad.
-Dime, Ethan... ¿qué viste esta noche?
Ethan cerró los ojos por un momento antes de responder.
-Hombres con ojos amarillos. Me atacaron. Y yo... -se detuvo, sintiendo el escalofrío recorrerle la piel-. Hice algo que no puedo explicar.
León asintió lentamente.
-Entonces es oficial. Ya no hay marcha atrás.
Ethan lo miró fijamente.
-Dime la verdad, León. ¿Qué soy?
El anciano tomó aire y lo soltó lentamente.
-Eres un hijo de la luna, Ethan. Un lobo que ha estado dormido demasiado tiempo.
Ethan sintió su estómago hundirse.
-Eso no es posible... -susurró.
-Tu linaje siempre lo fue -León se inclinó hacia él-. No puedes negar lo que eres.
Ethan se levantó de golpe, sintiendo que el aire se volvía más pesado.
-No... no, yo no soy uno de ellos. Yo no...
León no apartó la vista.
-Lo sientes en tu sangre, ¿no? La fuerza, la rabia, el fuego que arde dentro de ti.
Ethan tembló.
Lo sentía.
Lo había sentido toda su vida, pero lo había ignorado.
León suspiró y se levantó lentamente.
-La pregunta no es qué eres, Ethan. La verdadera pregunta es... ¿qué vas a hacer con ello?
Ethan no tenía respuesta.
Pero sabía que no podía seguir huyendo.
El silencio dentro de la cabaña era sofocante. La revelación de León seguía retumbando en la cabeza de Ethan como un eco imposible de ignorar.
"Hijo de la luna."
Ethan se dejó caer en la silla de nuevo, frotándose el rostro con ambas manos. Su mente se negaba a aceptarlo, pero su cuerpo... su cuerpo lo sabía. Esa fuerza inhumana que había sentido en el callejón, el ardor en su sangre, la agudeza de sus sentidos. Nada de eso era normal.
León lo observaba con paciencia, dándole tiempo para procesarlo.
-No soy un monstruo -murmuró Ethan, casi para sí mismo.
León soltó una risa baja y seca.
-¿Monstruo? ¿Eso crees que eres?
Ethan levantó la vista, su mandíbula tensa.
-Las historias no mienten. Hombres que se convierten en bestias. Que matan bajo la luna llena. Que pierden el control y destruyen todo a su paso.
León negó con la cabeza.
-Las historias solo muestran lo que los humanos temen. No somos esclavos de la luna, Ethan. No somos bestias sin mente. Somos mucho más que eso.
Ethan no respondió. No sabía qué decir.
-Escúchame bien, chico -continuó León, inclinándose hacia él-. Tu sangre es especial. No eres un simple licántropo. Llevas el linaje de un alfa en tus venas.
Ethan frunció el ceño.
-¿Qué significa eso?
León suspiró y tomó su pipa de nuevo.
-Significa que no eres un lobo cualquiera. Eres descendiente de una línea poderosa, de aquellos que dominaban la noche mucho antes de que los humanos construyeran sus ciudades.
Ethan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-Eso no cambia nada -dijo con dureza-. No quiero ser parte de esto.
León sonrió con tristeza.
-No puedes escapar de lo que eres, Ethan. Ya comenzaste a cambiar. Y si no aprendes a controlarlo, lo que temes se hará realidad.
Ethan apretó los puños.
-No voy a perder el control.
-¿Estás seguro? -León lo miró con seriedad-. Porque la primera transformación no es algo que puedas evitar.
Ethan sintió que su estómago se hundía.
-¿Cuándo...?
-Pronto -respondió León-. Muy pronto.
Un silencio pesado cayó entre ellos.
Finalmente, Ethan se puso de pie.
-Necesito tiempo.
León asintió.
-Tómate la noche. Pero regresa antes de la próxima luna llena. Si no lo haces... -sus ojos brillaron con un tono amarillo intenso-. Puede que no sobrevivas.
Ethan no respondió. Solo giró sobre sus talones y salió de la cabaña.
La brisa nocturna golpeó su rostro, despejando ligeramente su mente. Se apoyó en el capó de su auto y respiró hondo.
Su vida había cambiado en una sola noche.
Y no había vuelta atrás.
◆◆◆
Ethan condujo sin rumbo fijo por las calles de la ciudad, tratando de calmar su mente. Pero sus sentidos estaban alerta. Podía oír más de lo que antes oía, ver más de lo que antes veía. La noche nunca le había parecido tan viva.
Finalmente, estacionó frente a un viejo bar en la zona industrial. Necesitaba un trago. Algo que lo hiciera olvidar, aunque fuera por un rato.
Entró al lugar y se dirigió a la barra. El ambiente olía a cigarro y alcohol barato. La música sonaba baja, y el lugar estaba medio vacío.
Pidió un whisky doble y se lo bebió de un solo trago.
-Esa fue una entrada dramática.
Ethan giró la cabeza y vio a una mujer sentada a su lado. Era alta, con el cabello negro atado en una trenza y ojos oscuros como la noche. Su presencia era intensa, y su voz tenía un tono burlón.
-¿Nos conocemos? -preguntó Ethan con cautela.
Ella sonrió.
-Aún no. Pero sabía que te encontraría.
Ethan se tensó.
-¿Quién eres?
La mujer inclinó la cabeza.
-Me llamo Selene. Y sé lo que eres.
El pulso de Ethan se aceleró.
-No sé de qué hablas.
Selene rió suavemente.
-Vamos, no juegues conmigo. Tu olor lo dice todo. Estás despertando.
Ethan sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Eres como yo?
Selene sostuvo su mirada por un momento antes de asentir.
-Sí. Y créeme, Varela... estás en peligro.
Ethan frunció el ceño.
-¿Por qué?
Selene miró a su alrededor antes de acercarse a él.
-Porque tu sangre vale más de lo que imaginas. Y hay quienes harán lo que sea por tenerla.
Ethan sintió un nudo en el estómago.
-¿Quiénes?
Selene suspiró.
-Los clanes. Y si no te preparas, no vivirás lo suficiente para conocerlos.
Ethan sintió la furia y el miedo mezclarse en su interior.
Su mundo había cambiado.
Y la cacería apenas comenzaba.