Por Rodolfo
La vida muta continuamente y a veces no son agradables los cambios, es más, a veces son dolorosos esos cambios, como es este caso.
Estoy a cargo de unos de los campos más grandes de mi país.
La mitad de este campo es mío.
Mi padre y su socio tuvieron un accidente aéreo, se cayó el helicóptero en el que se trasladaban.
Habían sido amigos toda la vida y socios, nunca tuvieron problemas entre ellos, se estimaban demasiado y se respetaban mutuamente.
Cuando me recibí de ingeniero agrónomo, un poco por imposición y otro poco porque entendí que era la mejor manera de manejar, con conocimientos de causa, todo lo referente al campo, me hice cargo de un montón de situaciones.
Mi madre se había separado de mi padre cuando yo era pequeño, ella no soportaba nada que tuviera que ver con el campo y nosotros vivíamos allí.
Prefirió renunciar a todo, incluso a mi tenencia, eso aún me dolía.
Pero ella quería otra vida, fiestas de alta sociedad y no tener que trasladarse durante horas, cada vez que quería ir a la ciudad.
En la ciudad teníamos una casa inmensa, digna de las mansiones de cualquiera de los actores de Hollywood.
Fué lo único que ella le pidió a mi padre al separarse, esa casa.
Desde hace años, ella está felizmente casada con un abogado.
No le corresponde nada de la herencia de mi padre y yo soy su único heredero.
Con mi madre casi no tengo relación y con mi medio hermano, de parte de ella, menos, creo que lo vi dos o tres veces en mi vida.
Ahora soy un hombre de 32 años y no me interesa verla, mi vida está centrada en el campo.
La casa en donde vivo está en el campo, es inmensa, tiene varias alas, en donde no te cruzas con nadie si no querés, en el lado sur vivíamos nosotros y en el lado norte, vivía Mateo Miller, el socio de mi padre.
La casa tenía varias entradas, tres cocinas, más de 15 habitaciones, 4 comedores, un salón inmenso, todas las comodidades y todos los lujos.
Pero eso, a mi madre, no le bastó, ella quería fiestas casi a diario, quería cenas en restaurantes, quería viajes y sobre todo, no quería vivir en el campo.
Mi padre no se volvió a casar, por lo que de su parte, soy único hijo.
El socio de mi padre era viudo, había enviudado joven y tampoco se volvió a casar.
Mateo tiene una hija y por más que la quiera recordar de pequeña, no lo puedo hacer, lejanamente, recuerdo a una bebé, pero casi no nos cruzabamos, precisamente por lo enorme de la casa, cada cuál comía en el comedor correspondiente a su lado de la casa.
Yo tenía 13 años cuando abandoné el campo, para hacer la escuela secundaria en la capital y si bien volvía al campo todos los fines de semana, posiblemente Mateo y su familia, salieran para la ciudad en ese momento.
Creo que yo estaba terminando la secundaria, cuando la esposa de Mateo falleció de una larga enfermedad y su hija estaba al cuidado de una tía suya, también en la capital, luego, la niña, estudió en Europa, no sé cuando volvió, lo cierto es que yo no me la crucé nunca más, hasta el momento del accidente nuestros padres, de esto hace un mes.
Yo estaba destrozado, perdí a mi padre, que era el hombre cuyo ejemplo me formó en la vida.
También estaba dolido por Mateo, que era como un tío para mí y uno muy cercano.
Realmente fue una desgracia.
Estábamos todos mal, porque los dos eran hombres muy queridos por los peones.
La gente no dejaba de pasar a saludarnos.
El velorio se llevó a cabo, simbólicamente, pués el helicóptero se incendió y sólo recuperamos las cenizas de ambos y también las del conductor del helicóptero, falló el motor, eso fue increíble, porque la nave era nueva.
Supongo que fue el destino.
De repente llega un auto muy llamativo, que no era de la zona y se bajó de él una mujer joven, con aires de superioridad, vestida con pantalones negros, ajustados y un sweter, también negro, con anteojos oscuros y su cabello rubio claro, suelto, le llegaba hasta casi la cintura.
Era delgada, parecía tener buen cuerpo, pero yo no estaba de ánimos para mirar a nadie.
Llamó la atención de todo el mundo.
Aunque tengo que admitir que su belleza era inmensa, tanta que ofendía, parecía una mujer inalcanzable para los mortales.
Sin mirar a nadie, se dirigió a los cajones, estaban uno al lado del otro.
Se quedó frente a ellos, con la vista perdida y pensando quién sabe en qué.
Estuvo cerca de 20 minutos sin moverse, hasta que me acerqué yo.
No era tan alta como pensé, aunque me llegaba a la nariz, pero me había dado cuenta que traía puestas unas botas de media caña, con un taco altísimo, inapropiado para el lugar.
Yo soy alto, mido 1,86, por lo que ella, aunque sin esas botas ridículas, me llegaría por debajo de mi boca, es decir que no llegaría al metro setenta, tampoco era baja, pero creí, cuando la vi entrar, que era más alta, debía ser porque estaba vestida de negro y era delgada.
-Buenos días, señorita, soy Rodolfo Orellana Coutol.
Me mira, como estudiando mi aspecto o pensando quién soy, no lo sé.
Siento que me recorre con su mirada, más bien lo adivino, porque ella tenía anteojos oscuros.
-Soy Kelly Miller, la hija de Mateo Miller.
-Lamento las circunstancias en que nos conocemos.
Le digo y ella no me contestó nada, más bien me ignoró.
Hasta que después de una hora, donde ella estaba parada y yo hacía media hora que me había alejado, decidió acercarse a mí.
-¿Cuándo es el entierro?
Preguntó sin que le tiemble la voz o haya resquicios de que realmente le importara la muerte de los dos hombres, que a muchos les causó un inmenso dolor y entre los cuales, me incluyo.
-A las dos de la tarde, no tenía sentido hacer más largo el sepelio.
Nuevamente no me contestó nada y a esta altura ya me parecía una mal educada.
Parecía que no le afectaba para nada, no digo la muerte de mi padre, sino, la del suyo propio.
Pidió un café, también lo hizo con un aire de superioridad que les cayó mal a todos, aunque no hicieron ni un comentario, creo, qué como yo, todos adivinaron cuando entró, de quién se trataba.
-Quiero un café, mediano y cortado, con una cucharada, pequeña, de azúcar.
No pidió por favor, no dijo gracias cuando se lo trajeron, nada de nada, como si ella fuera la reina del universo.
Ni siquiera se había sacado los antojos.
Doy gracias a Dios que esa mujer no vivía en la casa, debía vivir en capital o tal vez en el extranjero, sería horrible convivir con ella.
Me hizo recordar a mi madre, con su comportamiento tan frío y casi despectivo.
Le debe incomodar venir al campo, pensé.
Me quedé pensando que debía ser así, porque no la vi nunca, ni siquiera en vacaciones.
Muchos la observaban con curiosidad y cuando se acercaba alguien de un campo vecino, siempre me saludaban a mí, opté por no presentarla, ella parecía estar más allá del lugar, hacía rato que estaba pendiente de su celular, no hacía más que mandar y leer mensajes.
Llegó el intendente de la ciudad, acompañado por el gobernador de la provincia, es que realmente y aunque no teníamos vínculos con la política, somos hacendados, influyentes y multimillonarios.
¿Dijo que se llama Kelly?
Sí, pero lo recordé, porque Mateo la nombraba, no por recordar el nombre de la mujer antipática que tenía delante mío.
Saludé al intendente, a quien conocía bien, porque, aunque no me interesaba la política, era obvio que lo tenía que conocer y también al gobernador, al que conocía de vista, habíamos cenado algunas veces juntos, en reuniones con empresarios.
Es que, básicamente, somos empresarios, más allá de ser catalogados como hombres de campo.
Me acerqué nuevamente a esa mujer que ya me caía muy mal.
-Kelly, están el intendente y el gobernador de la provincia.
Ella, sin sacarse los anteojos oscuros, se paró y pareció hacerlo de mala gana.
-Señores, ella es Kelly Miller, la hija de Mateo.
-La acompañó en el sentimiento.
Dijo el gobernador y yo pensé que esa mujer no tenía sentimientos y que no creía que al gobernador le duela las muertes de mi padre y de Mateo, por lo que sí, posiblemente tuvieran el mismo sentimiento.
El intendente estaba más impactado, también era un hombre de campo, de edad cercana a mi padre, y al compartir cierta actividad, no puedo decir que fueran amigos, pero si vecinos cercanos, aunque del límite del campo más cercano al nuestro, nos separaban varias millas, tantas que era casi imposible hacerlas caminando.
Particularmente, nosotros nos movíamos en camioneta, en caballo o en helicóptero.
Por eso no entiendo ese accidente, el helicóptero era un vehículo más para nosotros.
Los políticos se retiraron, no sin antes decirnos que estaban a nuestra disposición.
En el momento del entierro, Kelly, siguió la caravana en su propio auto, yo le había ofrecido un lugar en el mío.
-No, luego del entierro, me voy.
Me alcé de hombros, era problema de ella.
No creo que vaya nerviosa por la ruta, parecía estar solo por compromiso, como el gobernador.
Durante el entierro tampoco la vi desmoronarse, se nota que para ella era un trámite más.
No entiendo nada, su padre la nombraba con cariño y ella parece casi indiferente a su muerte.
A esta altura, ya la despreciaba.
Me descomponen las mujeres así, frías y sin sentimientos ¡Es el padre! Y era un buen hombre, lo sé, doy fé.
Había terminado el entierro y me acerco a Kelly, solo por cortesía, porque en realidad yo esperaba que ella se vaya de una maldita vez y no ver nunca más a esa horrenda mujer.
Ella se sacó los anteojos y pude ver una mirada inmensamente clara, casi turquesa, con más vida de lo que me imaginé.
Sus ojos tenían un brillo especial, me pareció que hasta estaba conteniendo sus lágrimas.
Enseguida se colocó los anteojos.
-¿Querés pasar por la casa?
Me encontré preguntando.
-No, ya me voy.
Sin saludar, se subió a su deportivo rojo.
Me debo haber equivocado, esa mujer es incapaz de llorar.
Sus ojos debían ser así.
Tuve rabia porque no me saludó, aunque, después de todo, no me importaba para nada.
¡Mujeres!
Las desprecio.
Por Rodolfo
Es verdad, tenía cierto recelo hacia ellas, sufrí el abandono de mi madre y me cuidé siempre de no caer en las garras de alguna de ellas.
No iba a ser abandonado, como lo fue mi padre.
No sé si nunca buscó una compañera porque lloró por el amor de mi madre o porque simplemente no se dió.
Es verdad que somos hombres de campo, pero también viajabamos y teníamos roce con la sociedad de alcurnia.
Particularmente, cuando yo viajaba, no hacía alarde de lo que poseo, porque muchas mujeres, entre otras cosas, son interesadas.
En eso tuvo suerte mi padre, había hecho divisiones de bienes, tal vez porque intuía el comportamiento que mi madre podría llegar a tener.
Aunque los dos provenían de familias acaudaladas, pero mis abuelos maternos eran importadores.
Los que tenían mucho más dinero, eran mis abuelos paternos.
Llegué a mi casa, era una mansión, en medio del campo, era verdad, pero teníamos todos los lujos que se nos podría llegar a ocurrir.
Estaba destruído, impactado.
Éramos muy compañeros con mi padre y también con Mateo.
Ayer yo tenía que resolver otros temas, porque si no hubiera tenido nada que hacer, posiblemente hubiera ido con ellos, o no, no siempre iba.
Me esperan tiempos duros.
Menos mal que esa mujer se fue, lo que me faltaba es tener que lidiar con esa estirada, que mira a todos por encima de los hombros.
Con mandarle el cheque de las ganancias, mes a mes, tenía que ser suficiente y tendría que hacer muchas cuentas, para ver si me conviene comprarle su parte.
Hago cuentas rápidas, es mucho dinero, pero de última, me despido de algunas empresas.
Me estoy adelantando al tiempo, es que ni siquiera puedo pensar con claridad, anoche no dormí y desde ayer, que sucedió el accidente, no paré de correr.
Y encima vino esa señorita, que no fue capaz de derramar una puta lágrima por su padre, yo lloré muchísimo, por mi padre y por el suyo.
María me quiere traer la cena, ya había oscurecido y yo ni me di cuenta.
Son tantos los recuerdos que me quedan de mi padre, me parece mentira que ya no vaya a entrar por la puerta...
-No tengo hambre, gracias.
-Rodo, por favor, comé algo.
Me dice, cariñosamente, la mucama que suele atenderme.
-Bueno, servime la cena.
Le dije que sí, sobre todo porque no estoy para dar ánimos a nadie y no quería que se pusiera a llorar.
Comí poco, estoy agotado y a la vez siento el vacío terrible de la pérdida que me produce cierta adrenalina en mi cuerpo, que me impide dormir, aunque tenga sueño.
Me retiré temprano a mi cuarto.
Pensé mil veces en el accidente, en el estado en que se encontraron los cuerpos, no entendía que pudo haber fallado.
Me estaba volviendo loco, pensando mil veces lo mismo y luego la indignación que tenía por la forma de comportarse de Kelly, como si su padre no se mereciera las lágrimas de ella.
Realmente me descompone esa mujer, me inspira mucho desprecio.
Ni gracias dijo cuando le sirvieron el café, ni un por favor ¡Ni me saludó!
Al inmenso dolor se le suma el ¿Desprecio? De esa mujer por su padre.
Me refriego las manos por mi cara.
A las seis de la mañana y casi sin dormir, me di una ducha, con agua tibia, casi fría, estábamos en septiembre y aún el calor no se sentía, particularmente me encantan estos días, siempre los disfrutamos con mi padre...
De repente me acordé de los ojos de Kelly, esos ojos que no tenían mucho que ver con su actitud.
Apenas recuerdo a su madre, era una mujer amable y recuerdo que siempre me trató con mucho cariño, pero no recuerdo bien su fisonomía, aunque sus ojos eran claros como los de su hija.
Sin embargo, su actitud era distinta.
Pasan las horas y estoy más molesto.
La casa está triste y hasta parece que los caballos se dieron cuenta, porque el establo estaba más silencioso que de costumbre.
Los perros estaban tirados, sin ladrar, sin jugar...
Evidentemente el duelo estaba en el aire.
Me va a costar horrores reponerme.
Comienzan a pasar los días lentamente.
Me llega un informe preliminar del accidente y fue eso, simplemente un accidente.
No hay mucha vuelta que darle.
A los 15 días, me llega un nuevo helicóptero, no queda otra que subirse en él y recorrer el campo, hay que hacerlo dos o tres veces por semana, no tengo miedo, es un medio de transporte seguro...
Me reúno con el contador, se le extiende el cheque, como todos los meses, a esa mujer, que no se dignó ni a llamar, ni habló con el contador, ni con nadie.
Yo estaba a cargo de todas las empresas y de todo lo que sucedía en el campo.
Me reuno con los abogados y me dicen que en un mes, nos teníamos que reunir con Kelly Miller, para leer el testamento, me pareció raro, porque ella recibiría la parte de su padre y yo lo que me correspondía del mío, allí se tenía que acabar todo, pero al ser socios, no me llamó la atención que nos lean el testamento juntos, a lo mejor había alguna cláusula por la venta de la otra mitad o no dejar al otro sin nada, o algo que tuviera que ver con la casa que se compartía.
Con ese tema estaba tranquilo, si esa mujer venía, se quedaría del lado norte de la propiedad y yo de mi lado, ni nos tendríamos que cruzar, por otro lado, no era del tipo de mujer que aguantaría mucho en el campo.
Al fin una buena, no la tendría que ver.
Se iría enseguida a la ciudad, o a Europa, a donde su culo de mierda se quiera depositar.
La desprecio, tanto como ella me debe despreciar a mí, pero al menosfui educado y la saludé.
No me molesta que no me dé su saludo por un falso ego, me molesta que sea mal educada, que no haya derramado una puta lágrima por su padre ni por el mío.
Se notaba que era una mujer vanidosa y egocéntrica.
Se creía la gran cosa.
Yo estaba en su misma posición económica y aunque fuera el peón de más bajo ingreso, también merecería el saludo de las personas, siempre que me dirija a ellas con respeto.
Esa es la palabra, ella no tiene respeto por nada, ni por nadie.
Me regaño a mi mismo, porque pierdo tiempo pensando en la bronca que me despierta esa mujer.
Hago una llamada y con mi camioneta me dirijo a una cabaña que tenemos dentro de nuestro campo, pero a media hora de viaje, antes de cruzar la laguna.
La laguna también estaba dentro de nuestro campo y era bastante extensa y en algunos sectores llegaba a seis metros de profundidad, la usábamos para el riego, desembocaba en un río provincial, pero nadie tenía acceso a ella, nadie extraño, claro está, en verano, los peones se refrescaban allí, tampoco me gustaba tanto, por la profundidad que tenía, que se metieran muy adentro.
Llegué a la cabaña y me estaba esperando Paty, una de las chicas con la que solía pasar algunos ratos.
Era bonita, nos encontrábamos a veces, sin embargo, ella sabía que de mí no podía esperar nada, no era mi novia, ni nada de eso, solo alguien de paso y no era la única mujer a la cual veía, ella era la hija de un capataz de un campo vecino.
Siempre le aclaré que no había nada amoroso en nuestros encuentros y ella aceptó las reglas.
Las reglas que ponía yo, por supuesto.
Un buen regalo de vez en cuando y un depósito en su cuenta corriente cada vez que nos veíamos y si llegaba a tener novio, yo se lo respetaría y ahí terminaba todo.
Esos encuentros, los tenía con 3 o 4 chicas, ellas lo sabían, por lo que no podían hacer ningún reclamo.
A veces llamaba a una y a veces a otra, dependiendo las ganas que yo tuviera en ese momento.
Pero todas me daban más o menos lo mismo.
Una tenía mejor culo, otra tenía tetas más voluminosas, otra, las tenía más paradas y así, por eso dependía lo que surgía, de las ganas que yo tuviera.
También había ciertas mujeres, que buscaba en el pueblo y otras en la ciudad más cercana.
Ninguna me había impactado demasiado, pero era bastante activo sexualmente, por lo que siempre buscaba compañía femenina.
Cuando viajaba a capital también tenía mis encuentros fugaces.
A veces nos encontrábamos con mis compañeros de facultad y terminamos en mi departamento con varias chicas que conocíamos y se prestaban a hacer lo que les pidiéramos, es decir, tríos y hasta alguna orgía, pero a medida que pasaban los años, algunos claudicaron, porque tenían pareja y hasta formaron familia.
Yo no, yo le huía a todo tipo de compromiso, puede sonar machista, pero a las mujeres las quería cerca, solo en el momento de placer.
No quiero mucho más de ellas.
Por la experiencia cercana estoy convencido de mis razones para pensar así.
Por Kelly
Estaba saliendo de la facultad cuando suena mi celular.
Me despido de mis compañeros y atiendo, era del estudio de abogados que tenía mi padre, me pareció muy raro que me llamen a esa hora, en general me llamaban por la mañana.
-Buenas tardes, señorita Kelly.
-Dígame.
Le digo mientras me acercaba a mi hermoso auto, fue un regalo de mi padre para mi cumpleaños número 22.
No puedo decir que se jugó con el regalo, porque cada dos años me cambiaba de modelo de auto.
Me estaba acomodando en mi auto y a punto de poner manos libres para arrancar.
-Señorita Kelly, ¿Se encuentra sola?¿En dónde está?
Le estaba por decir que no le importaba, pero decidí contestarle con educación.
-Estoy saliendo de la facultad.
-Quería comunicarle que su padre sufrió un accidente.
No supe porqué, pero me recorrió un frío espantoso.
Apagué el motor del auto.
-¿Qué quiere decir con que tuvo un accidente?
-Lo lamento mucho...el helicóptero en donde se trasladaban los señores, sufrió un accidente, cayó incendiándose, ambos fallecieron, también el piloto.
Sentí como un baldazo de agua fría sobre mi cabeza.
Mi manos temblaban más que mis rodillas y por suerte estaba sentada, sino me hubiese caído.
Nunca en mi vida pensé que iba a recibir semejante noticia.
-Señorita Kelly...
-Escuché.
-Ambos serán velados juntos, así lo dispuso el señor el señor Rodolfo Orellana Coutol.
Yo sabía que era el hijo Romeo, el socio de mi padre, era chica cuando abandoné el campo pero lo recuerdo bien a Romeo, apenas recuerdo a Rodolfo, a él lo vi en el velorio de mi madre, también a su padre, eran muy amigo del mío y se tenían mucho cariño y respeto.
Mil imágenes pasaron por mi mente y sobre todo se detuvieron en el velorio de mi madre....
-Kelly, ¿Desea que le mande un helicóptero para que la traslade?
La voz del abogado con su pregunta me sacó de mis pensamientos.
-¿Me está diciendo que mi padre se murió porque se cayó el helicóptero y usted quiere que me suba a uno?¿Me está cargando?
-No, señorita, no era mi intención molestarla.
-Entonces no lo haga, mandeme la ubicación del velorio y no lo entierran hasta que yo llegue.
-Se lo comunicaré al señor Rodolfo.
-No me importa si se lo dice o no, esa es mi orden y yo dispongo del cuerpo de mi padre.
Corte, estaba furiosa con ese tal Rodolfo, que al parecer se creía el dueño del universo, a mí sólo me informaron de la muerte de mi padre y él ya dispuso todo ¿Quién se piensa que es?
Típico macho del campo, poco caballero, machista y egocéntrico.
No era el único, cuando enfermó mi madre, mi padre nos envió a la capital, decía que allí tendría más posibilidades de sobrevivir, pero era mentira, ella se murió igual y yo me quedé con mi tía para siempre, bueno, no para siempre.
Pero nunca más pude volver al campo
Tengo los mejores recuerdos de mi primera niñez, aunque borrosos, tenía 8 años cuando mi madre falleció y me quedé con mi tía, es verdad que mi padre venía a verme seguido, pero yo extrañaba a mi madre y también a él, hasta ese momento habíamos sido una familia feliz.
Mucho más felices que Mateo y Elena, apenas recuerdo a Elena, yo le tenía rechazo, ella me parecía mala, bueno, en esa época no tenía muchos adjetivos para describirla.
Nunca me había hecho nada, eso también era verdad.
Del que casi no tengo recuerdos de cuando era niña es de Rodolfo, creo que lo mandaron a estudiar a otro lado, en realidad eso lo supongo, no lo sé.
Solo recuerdo que yo moría por volver al campo y mi padre, en su afán de darme todos los gustos, durante las vacaciones me llevaba a Disney y me llenaba de regalos, y cuando crecí un poco con él y su hermana, mi tía, nos dedicamos a recorrer el mundo, cuando yo solo quería estar en el campo.
La escuela secundaria la hice en un internado en Francia.
Fueron pasando los años y parecía que yo estaba desterrada del campo.
Apenas terminé la secundaria y luego de un viaje por el mundo, de casi dos meses con mis compañeras del internado, regresé a mi país.
La que estaba mal, en ese momento, era mi tía y yo era su única sobrina, ella era soltera, por lo que me quedé a vivir con ella, para cuidarla.
Mientras tanto, me anoté en la facultad de veterinaria.
Siendo veterinaria, ya no habría excusas para no volver al campo.
A esta altura ya estábamos bastante distanciados con mi padre.
Sentía que él no quería que yo volviera al campo.
Cuando nos veíamos, discutíamos bastante, es que nunca le confesé lo que yo sentía y terminaba pareciendo una adolescente tardía.
Por orgullo, nunca le quise decir que extrañaba el campo, más que eso, que lo añoraba terriblemente.
Siempre pensé que mi padre tenía otra familia y que no me lo quería decir, eso me llevó a tratarlo mal y él nunca supo porqué.
Finalmente falleció mi tía, mi padre vino enseguida y lo hizo acompañado por Romeo, quién se asombró, porque se encontró con una mujer y la última vez que me había visto era una niña pequeña.
Estuvieron unos días conmigo y luego volvieron a sus quehaceres campestres, aunque también tenían empresas fuera del campo, pero mi padre siempre me mantenía al margen, lo considero muy machista.
A esa altura, mi cuenta bancaria era enorme, todos los meses me depositaba una suma enorme de dinero, mucho más de lo que yo gastaba.
Durante mis vacaciones me compraba colecciones interminables de ropa, que casi no usaba.
No voy a fiestas de galas, voy a bailar con mis amigos.
Si bien la facultad era privada y había gente con un elevado nivel económico, éramos jóvenes, nos vestíamos de otra manera, pero mi padre insistía, todos los años, en comprarme ropa que creo que nunca en mi vida voy a usar.
Yo solo quiero volver al campo, no quiero fiestas, ni ropa, ni nada y era lo único que mi padre no me ofrecía.
Llegué a mi casa como pude.
Llamé a mi amiga Carolina, le conté que mi padre había fallecido, me preguntó si quería que me acompañara.
En realidad prefería ir sola, no sabía con que me iba a encontrar, ni cómo iba a reaccionar yo.
-No, gracias, prefiero ir sola.
-Es mucho para vos, te acompaño.
-De verdad, prefiero ir sola, gracias amiga.
Sentía cierta rabia, al final, mi padre no me vio recibida de veterinaria, nunca me dijo que volviera al campo, creo que quedé desterrada para siempre.
Me di una ducha, lo hice en medio de un llanto incontrolable, no sé sí mi cara estaba más mojada por el agua de la ducha o por mis lágrimas.
Traté de relajarme, tenía que manejar toda la noche, no sabía a qué hora iba a llegar, todavía no me mandaron la dirección del velatorio ¿Lo estará organizando el idiota ese de Rodolfo, que hasta ahora decidió todo?
Mínimo me tendría que haber llamado él.
No, se nota que al señorito le pesa la mano para marcar un número de teléfono.
Me puse un jean negro y un sueter del mismo color, iba a ir en zapatillas, pero me pareció impropio y elegí unas botas muy cómodas, las compré en Italia y si bien eran de taco alto, no se sentía el alto del taco y me resultaban muy oportunas para manejar, me llevé tres mudas de ropa y ahí sí, no me faltaron las zapatillas, eso lo puse en el baul de mi deportivo rojo.
Estaba acostumbrada a manejar y me encantaba la velocidad y sobre todo, confiaba en mi hermoso auto, con la computadora de a bordo, no se hacía ningún esfuerzo.
Trataba de pensar en cualquier cosa, para no desmoronarme.
A medida que avanzaba la noche y me invadía la angustia, más pisaba el acelerador, me quería probar que yo podía manejar la situación, volver al campo tenía mucho peso para mí.
Sobre todo en las circunstancias en que lo hacía, mi padre no me lo llegó a pedir y yo era lo único que quería, volver con él al campo.
Basé mis estudios para volver al campo y poder quedarme allí y que todos me respeten, porque entiendo que la gente del campo suele ser más machista que la de la ciudad.
Es evidente que no me equivoco, porque ese infeliz de Rodolfo no me consultó nada.
Por el camino paré varias veces, solo para tomar café y mantenerme despierta, aunque estaba tan enojada y tan furiosa con ese infeliz, que mi adrenalina se multiplicaba.
Llegué cerca de las diez de la mañana.
Cuando entré al velatorio, sentí todas las miradas en mí, pero nadie se me acercó.
A lo mejor no sabían que Mateo Miller tenía una hija, aunque creo que no era tan difícil de adivinar quién era yo.
Juro que repasé a la gente que se hallaba allí, para ver si había alguna mujer llorando por él o algún otro hijo que mi padre pudiera tener...
Fue cuando reparé en un hombre que era distinto a los demás, tenía ese porte de señor, que parecía decir, corranse que soy el dueño del universo.
No fue difícil darme cuenta que él, era el idiota de Rodolfo Orellana Coutol, hasta doble apellido tenía el imbécil.
Lo odié.