La ropa está esparcida por todas partes.
La falda negra ajustada descansa descuidadamente sobre una pila de documentos, y los zapatos de tacón alto están al otro lado del escritorio. Una chaqueta negra, una camisa y un pantalón negro están tirados en uno de los sillones cubiertos de cuero blanco. En el otro sillón se encuentra una mujer casi desnuda besando apasionadamente a un hombre alto y fornido. Antes de que las últimas prendas de ropa lleguen al suelo, el teléfono empiezó a sonar. Los delgados dedos de la mujer tocaron delicadamente la pantalla del teléfono.
- Vístete y sal, tengo trabajo que hacer- le ordenó al hombre desde el sillón.
- Gabriela pero... ni siquiera logramos hacerlo- dijo el hombre confundido.
- No es mi culpa que te muevas lento. Ahora vístete, el señor del teléfono sigue esperando que le conteste.
Sin objetar, el hombre se vistió avergonzado y salió de la oficina. Sola, la bella mujer también comenzó a arreglarse, estaba un poco despeinada y siempre le gustaba lucir impecable. Se puso la falda ajustada negra y luego buscó sus zapatos. Frente al espejo parecía una reina. Su largo cabello castaño cubría sus hombros y resaltaba sus ojos marrones. Tenía cintura de avispa, piernas largas y delgadas, era todo lo que un hombre podía desear. Pero la verdad era que ella no quería a ninguno de ellos. Tan hermosa como era por fuera, era tan negra y fea por dentro.
Una de las secretarias llamó suavemente a la puerta blanca de la oficina. Sabía que no podía molestar a su jefa cuando estaba con alguien, pero tenía que darle una noticia importante. Tocó un poco más y finalmente se escuchó la fina voz de ella.
- ¡Basta ya, Merlina, entra! Ese bastardo se fue hace mucho tiempo.
Entonces la puerta se abrió y una mujer rubia asomó la cabeza. También era muy hermosa, con ojos tan azules como el cielo, una nariz pequeña y labios carnosos. Al final, abrió la puerta de par en par y corrió desesperada hacia su jefa.
- ¡Estoy embarazada! ¿Puedes creerlo? Dios, estoy tan feliz.
- Bueno, felicidades, espero que esté feliz con ello.
- Tú también podrías ser un poco más feliz por tu amiga de la infancia, vamos, yo sé que puedes.
- Me alegro por ti, sabes que lo único que quiero es que mi única amiga sea feliz. Tú y Jasper van a ser padres maravillosos.
- En algun momento todo será bueno para ti también, un día te olvidarás de Orlando y entonces serás verdaderamente feliz.
- La felicidad no es para mi, ya estoy acostumbrada. Ahora tengo que irme, pero pasaré por tu casa por la noche para celebrarlo.
Sin darle tiempo a su amiga para reaccionar, salió de la oficina llevándose varios archivos con ella.
Aunque estaba feliz por su amiga de la infancia, no pudo evitar admitir que hubiera querido las mismas cosas que ella estaba viviendo. A la salida del enorme edificio en el corazón de Nueva York, solo los paparazzi pululaban aquí y allá. Todos querían una foto de la famosa Gabriela Ross y un hombre con el que pasaba el tiempo, pero nadie logró conseguir una. Todo el mundo había oído hablar de cómo trataba a los hombres, pero nadie tenía pruebas, era demasiado astuta para dejarse fotografiar en poses que no le quedaban bien. Con un simple movimiento de la mano, cuatro guardaespaldas le abrieron paso hasta la limusina negra que la esperaba. Dentro se encontraba nada menos que Azael Volk un famoso empresario de la industria de los videojuegos.
- Entonces, ¿qué era tan urgente Azael? Estaba haciendo un pequeño recado cuando de repente decidiste llamarme- dijo sirviendo un poco de champán en su copa.
- Si era pequeño, significa que no debería sentirme mal por llamar. Escucha, quiero hacer un trato. Tienes un montón de edificios por todo Nueva York y todo lo que quiero es poner algunas vallas publicitarias. A cambio, guiaré a los jugadores que crucen mi umbral para que celebren sus eventos en tus hoteles, y creeme que hay muchos eventos.
- ¿Y que mas quieres? Nunca se trata solo de publicidad.
Ella conocía a Azael desde hace muchos años, había sido socio de Orlando. Era un hombre astuto, el tipo de persona que espera que le des la espalda para clavarte un cuchillo. Siempre había querido una noche con ella, pero nunca la tendría. Desde un punto de vista estético, Azael era impecable. Su cabello rubio, siempre arreglado, cubría parte de su frente, y simplemente te perdías en sus ojos azules. Era bien formado y alto, pero no lo suficiente para ella. Después de un período de silencio, Azael se sirvió un poco de champán y miró a la mujer frente a él.
- Quiero que aparezcas en uno de los comerciales de mi próximo videojuego, eso es todo. Estos son los documentos que se deben firmar.
- Se los daré a los abogados para que los estudien y si todo está en orden cerramos el trato. Te llamaré mañana por la tarde. Ahora, si no te importa que baje aquí, dile al conductor que te lleve a donde quieras y luego venga por mí.
Azael observó confundido cómo descendía a un vecindario no tan familiar.
XXX
Ella solpia venir aquí con Orlando para alejarse de toda la locura. No había venido desde aquel fátidico día, y pensó que era hora de enfrentar su pasado. Los dos tenían un apartamento a unas cuadras de distancia, así que se dirigió hacia él. Ya estaba oscuro y por primera vez sintió miedo.
Tenía el presentimiento desde esa mañana de que algo malo iba a pasar, pero como de costumbre optó por ignorarlo. Trató de mantenerse a la luz de las farolas todo el tiempo, acelerando el paso. Finalmente llegó a su destino, a pesar de que sus pies le dolían terriblemente por los enormes tacones que tenía puestos. Estaba frente a un bloque modesto, pequeño y amarillo. Recordó que Orlando estaba en el comité que eligió el color cuando se renovó el bloque. En el segundo piso había una cortina morada con palomas, eso fue lo que ella eligió. Se acercó a la puerta, usó su tarjeta de acceso y entró. No había nadie en las escaleras del bloque, probablemente porque era bastante tarde. Aquí no había ascensor, así que subió las escaleras con gracia. Cuando finalmente llegó al segundo piso, un gato apareció en su camino. Lo reconoció de inmediato, era Meal, el gato que los residentes alimentaban y cuidaban.
- Yo también te extrañé Meal. Lo siento, me enganché con otras cosas y no vine aquí.
Luego sacó un trozo de pan de su bolsa y se lo dio. Ya lo había preparado desde la oficina, aunque sabía que llenaría su bolsa de migajas. Se acercó a la puerta con la llave en la mano, pero cuando trató de abrirla, notó que ya estaba abierta. A pesar de que cada partícula en su cuerpo le decía que saliera de allí lo más rápido que pudiera, irrumpió en el interior. Con pequeños pasos se dirigió hacia el dormitorio.
Un hombre de la misma edad que ella estaba acostado en la cama, profundamente dormido. Cuando trató de dar un paso atrás, el hombre abrió los ojos. En el momento en que la vio, saltó sobre sus pies.
- Por favor no me hagas daño- dijo asustada.
Las articulaciones de Gabriela temblaban y su corazón casi latía con fuerza. No sabía qué debía hacer. ¿Correr? No, definitivamente sería seguida. ¿Atacar? Estaba demasiado débil para derribarlo. Sintió como cada músculo se tensaba y cada vez le costaba más respirar. El hombre frente a ella la miraba fijamente, pero no dio un paso. Era como si quisiera torturarla mentalmente antes de abalanzarse sobre ella.
- Me encontraste en tu apartamento, ¿de verdad no vas a decir nada más?- dijo el hombre con una risa, luego se sentó en la cama, apartando la manta roja como la sangre. Él la observó cuidadosamente, estudiándola de pies a cabeza, esperando su reacción.
Estaba relajado. Él estaba aquí, frente a ella con una meta y no se iba a ir hasta que la cumpliera. Sin embargo, seguía esperando su reacción, salir corriendo, intentar atacarlo, lo que fuera. Pero el grave silencio ya se había apoderado de la habitación. Ella lo miró con los ojos muy abiertos, apenas podía respirar. Sin embargo, era tan imponente como siempre. Tenía ese encanto elegante que te hacía querer seguirla al infierno y de regreso, solo para pasar un segundo más con ella.
- ¿Quien eres y que quieres de mi?- Preguntó, levantando la voz y tratando sutilmente de distanciarse del extraño frente a ella- Puedes tomar todo el dinero, pero déjame ir.
- Mi nombre es Estefan Livai y confía en mí, no estoy aquí para lastimarte, así que puedes relajarte. Soy un excompañero de universidad de Orlando. Estoy sorprendido y decepcionado de que nunca te haya hablado de mí.
Al escuchar su nombre, Gabriela saltó como si la quemaran y un terrible dolor se apoderó de todo su cuerpo, haciéndola olvidar por completo todo lo que la rodeaba. Lo cierto es que, en el imponente caparazón que Stefan tenía frente a él, había un corazón roto y un alma de hielo. Sin embargo, este nombre no le parecía familiar. Recordaría ese cabello castaño y esos ojos azules si alguna vez los volviera a ver. Ese encanto misterioso que envolvía a este hombre hacía que sospechara más de él. Stefan era un hombre, y ella no confiaba en ellos. No le gustaba que la gente fuera un misterio, solo ella tenía ese derecho. Convencida de que todo lo que este hombre le dijo era mentira, dio un paso atrás y casi imperceptiblemente marcó el número de emergencia. Esperaba que el hombre objetara por lo que hacía.
- Si crees que intentaré detenerte, te equivocas. Estoy aquí para ayudarte, y cuando te des cuenta, serás tú quien me saque de la cárcel.
Tragando saliva, Gabriela comenzó a articular con dificultad la dirección en la que se encontraban, especificando el motivo de la llamada. Stefan la miró casi con demasiada calma.
- Será mejor que te prepares, la policía estará aquí inmediatamente. Te di la oportunidad de explicarme lo que buscas aquí y elegiste mentirme en la cara. Conozco a Orlando, sé que no se juntaría con gente como tú. No tienes derecho a venir aquí y usar su nombre para salirte con la tuya.
El rostro de Gabriela mostraba un dolor terrible desencadenado solo al escuchar el nombre de quien tanto amaba. El mundo a su alrededor se acostumbró a evitar este tema porque simplemente no podía afrontarlo. Quería hacer pagar a este tipo, pero se limitó a apretar los puños y lanzar miradas envenenadas. Sabía que la policía haría su trabajo. Pero Stefan le respondió:
- Te lo dije princesa, vendrás a sacarme de la cárcel cuando te des cuenta de que estoy diciendo la verdad. Ahora, si me disculpas, hay un coche de policía esperándome abajo.
El hombre se levantó de la cama con la misma sonrisa en los labios y tomó descuidadamente su chaqueta colgada en la percha. Le guiñó un ojo y luego salió del apartamento. A través de la ventana, vio confundida cómo dos policías lo arrestaban. Con un suspiro de alivio, se sentó en un sillón y miró a su alrededor para ver si había dejado algo en el apartamento. Buscó en los armarios, en los cajones, incluso miró debajo de la cama, pero no había nada. El hombre llegó con una chaqueta puesta y se fue con ella.
El teléfono iluminó la habitación. Había recibido un mensaje de texto de Max, su conductor, informándole que la estaba esperando abajo, disculpándose por no haber venido antes. Mientras bajaba las escaleras a toda prisa, recordó a Merlina. Debería haber pasado por ella pero con todo esto pasando ya era demasiado tarde así que se limitó a enviarle un mensaje. Además de lo avanzado de la hora, el encuentro con este hombre y el recuerdo de Orlando la devastaban realmente. Como había prometido, una limusina negra la esperaba frente al apartamento, que brillaba con limpieza a la luz de las farolas. La mujer entró y respiró aliviada. Una costosa botella de champán fue colocada descuidadamente en el otro banco.
- Max, ¿quién dejó esto aquí? No recuerdo haber comprado champán recientemente.
- No tengo idea señorita, probablemente fue el señor Azael. No dejé que nadie más subiera a la limusina.
- Claro que fue esa serpiente, sabía que estaba queriendo algo.
XXX
Después de un largo viaje, la limusina llegó frente a la villa donde vivía. En la puerta, tres guardias se aseguraron de que nadie molestara a la Reina de America, como la apodaban. Uno de ellos se acercó y le entregó un sobre.
- Un hombre lo tiró del auto. Cuando miré vi que era para ti.
- Gracias Ed, buenas noches para ti y los chicos- dijo mientras se dirigía a la entrada.
El camino que conducía a la puerta principal estaba pavimentado en rojo, y en ambos lados había arbustos de rosas rojas. La puerta de entrada estaba tallada en madera maciza y el color hacía juego con el de las ventanas. Había una oscuridad opresiva en la casa que a menudo hacía que deseara no llegar demasiado pronto. No había nadie para recibirla, nadie para hacer más hermosa su llegada. Solo había oscuridad y soledad. Subir las escaleras hasta el dormitorio pareció una eternidad, pero al final logró llegar a su destino.
Lentamente se desabrochó el ajustado vestido negro y se puso el pijama. Se ató el pelo en una cola de caballo y se sentó en el borde de la cama. Lentamente abrió el sobre de Ed y sacó una carta.
"Tendrás el mismo destino que Orlando si no entregas el código a la caja fuerte. ¿Crees que vale la pena que otra persona muera por esto? Es tu elección, Gabriela, tienes un mes. Después de esto, alguien te visitará. Es tu vida o es el código, no intentes llamar a la policía o huir porque nos vengaremos de tus seres queridos."
Una lágrima rodó por su rostro, no tenía idea de cuál era el código y lo que es más, le acababan de confirmar que Orlando había sido asesinado, no solo había muerto en un accidente, y el extraño de antes probablemente tuvo algo que ver en todo eso.
XXX
Los rayos del sol hicieron su aparición en la habitación diciéndole que era de mañana y que necesita despertarse.
Había pasado una semana desde que recibió la carta y había decidido ignorarla. Después de todo, no era la primera vez que la amenazaban. Probablemente todo era parte del plan de ese hombre que conoció en su departamento hace una semana. Tal vez la conoce de algún lado, tal vez no le gustaba y quería chantajearla, ¿quién sabe? En cualquier caso, superó todo el drama y optó por centrarse en los negocios. Un sutil golpe se escuchó en la habitación despertándola a la realidad, luego una voz ronca comenzó a hablar desde atrás de la puerta.
- Señorita, es hora de despertar. Me dijiste que te recordara que tienes una reunión con el Sr. Azael.
Al escuchar la voz de la mujer, Gabriela abrió los ojos y se dio cuenta de lo tarde que era. No tenía la costumbre de dormir tanto, pero con toda la presión últimamente optó por extender su horario de relajación. Se frotó los ojos y le dio permiso a la mujer que todavía estaba parada detrás de la puerta para que entrara.
- Gracias, Flor, por despertarme. Tenía tantos papeles que firmar anoche que olvidé poner la alarma- dijo mientras escribía un mensaje.
- Mantenga la calma jovencita, siempre es un placer ver su cara de sueño. Recuerdo cuando eras pequeña y no querías levantarte de la cama hasta que te traía un tazón grande lleno de bayas frescas. Eras una chica dulce, no lo que eres ahora- dijo con tristeza
- Deja el chantaje emocional, sabes que no puedes manejarme, o al menos no puedes hacerlo ahora. Si me disculpas, tengo que llegar a una reunión de negocios, que tengas un buen día- exclamó Gabriela mientras se levantaba de la cama y corría como un huracán hacia el baño.
Flor era su niñera y al mismo tiempo el punto débil de ella. La había cuidado desde que tenía cinco años, le enseñó muchas cosas y estuvo con ella más veces que su madre. Entonces, después de que decidió a los 18 años que quería mudarse sola a Nueva York, Flor era la única persona que quería llevar con ella. Las dos solían ser muy cercanas, pero después de la muerte de Orlando todo cambió, algo dentro de ella se rompió.
Mientras tanto en el baño, lucía más encantadora que nunca. Tenía el pelo ondulado y vestía un vestido rojo ajustado. En los pies, como siempre, calzaba zapatos de tacón muy alto. El maquillaje no era llamativo, pero era suficiente para resaltar sus ojos. Era consciente de sus puntos fuertes y no dudó en utilizarlos. Tomó su bolso y rápidamente bajó las escaleras, subiendo rápidamente a la limusina que la esperaba frente a la casa. En su interior, como era habitual, la indispensable botella de champán no podia faltar. Tenía la costumbre de beber un vaso antes de cerrar un trato y luego romperlo para que le diera suerte, pero cuando se trataba de Azael, necesitaba un juego completo de vasos rotos para asegurarse de que todo saliera bien.
La reunión tuvo lugar en uno de los edificios de su propiedad, que afortunadamente no estaba lejos de su casa por lo que llegó allí en un tiempo relativamente corto. Se bajó de la limusina con la gracia de siempre y se dirigió a la habitación donde se suponía que debía cerrarse el trato. Impaciente por naturaleza, Azael ya la esperaba en el pasillo arreglándose el pelo rubio que le cubría parte de la frente.
- Pensé que no lo lograrías reina- dijo en tono irónico mientras tomaba un sorbo de una taza de café.
- Tuve algunos problemas para despertarme por la mañana, pero hagámoslo de una vez. Bien, según lo que dice el contrato, si filmo este comercial, tus jugadores realizarán diez eventos en mis hoteles.
- Parece que lo has estudiado bien. Entremos y filmemos, el equipo ya está listo.
Los dos ingresarón a la sala preparada especialmente para filmar el comercial. Como el equipo era profesional, todo estuvo listo en media hora.
Tratando de relajarse después del trabajo realizado, Gabriela leyó sus mensajes. La noticia no era precisamente color de rosa. El esposo de Merlina había sido atacado en la calle. Por supuesto, cuando su amiga la necesitaba, habría pasado por el fuego para ayudarla.
- ¿Dónde vas con tanta prisa? ¿No quieres ver cómo resultó todo?- Azael dijo con una sonrisa como si hubiera ganado un premio.
- Me tengo que ir, el esposo de mi amiga fue atacado en la calle y tengo que estar a su lado en el hospital- El rostro de Gabriela mostraba preocupación y culpa. No pudo evitar pensar en esa carta y esas amenazas. Incluso si había elegido ignorarlo, ahora era el momento de intervenir y comenzar a buscar respuestas.
Sin darle ninguna explicación a Azael, quien la miró confundido, salió del edificio a toda prisa, subiéndose a la limusina.
- Llévame a la penitenciaría- le dijo apresuradamente al conductor- Y por favor, por el amor de Dios, no me preguntes por qué voy allí.
- Entendido señorita- dijo el conductor con una visible preocupación en su voz. Pero no se atrevió a preguntar, especialmente después de que su jefa le dijo claramente que no lo hiciera.
Después de un tiempo relativamente corto, la limusina de lujo se detuvo frente a la penitenciaría. Gabriela le indicó a Max que podía irse, luego se bajó asustada. Era la primera vez en su vida que venía a una prisión y eso la ponía nerviosa. En la entrada había una joven policía que le dió la bienvenida.
- ¡Hola! ¿Necesitas ayuda?- preguntó la mujer al ver el rostro desorientado de Gabriela.
- Me gustaría visitar a un preso si es posible.
- La señora del mostrador te puede ayudar, te dará una identificación y luego un colega te llevará a la celda.
Ella le agradeció y fue al mostrador a buscar su identificación. Estaba claro que la mujer allí la reconoció y accedió a saltarse ciertos procedimientos al dejarla entrar. Un policía mayor la condujo a la sala de visitas.
- ¿A quién quiere que llame señorita Ross?- dijo el policía mientras se dirigía a la puerta y mordía con avidez una dona.
- A Stefan Livai
El policía salió de la habitación y regresó después de unos minutos con el prisionero, luego los dejó solos a los dos. Ambos se miraban, estudiandose mutuamente. Tenía la misma sonrisa de siempre, especialmente ahora que ella estaba aquí. Gabriela respiró hondo y comenzó a interrogarlo más como un policía que una visita.
- ¿Quién me envió esa carta Stefan? Y por favor no hagas el ridículo, no ahora que estoy a punto de pagar tu fianza.
- La verdad no se de que carta hablas, pero te dije que vendrías. De todos modos, repito, a riesgo de quedarme aquí, que no tengo nada que ver con ninguna carta.
- Entonces, ¿por qué me dijiste que vendría a ti? ¿Y qué estabas buscando en mi apartamento? ¡Explícamelo de una vez!- El rostro de Gabriela mostraba desesperación. Nunca antes había estado en una situación así, es decir, que un hombre la tome así de la nada. Necesitaba saber más y sintió que Stefan sabía más de lo que quería compartir con ella.
- Si me prometes que escucharás lo que tengo que decir, no como la última vez, te explicaré todo.
- Promesa de explorador, me callaré- dijo, mostrando una sutil sonrisa.
- Hace como dos meses, también recibí una carta, tenía una llave, una dirección y un billete. En esa nota, me dijeron claramente que fuera a ese apartamento y te esperara, Gabriela Ross. Cuando llegarás, debia decirte que te fueras de Nueva York inmediatamente sin avisar a nadie. A cambio de tu partida segura, averiguaría quién es el responsable de matar a tu prometido. Pero parece que te tomó mucho tiempo llegar al apartamento y los que quieren hacerte daño llegaron a ti primero. Digamos que soy el mensajero de tu ángel de la guarda y nada más. Estoy de tu lado, Gabriela.
La mujer quedó atónita. ¿Quién hubiera querido hacerle daño y más de qué llave y de qué caja fuerte se trataba esa carta? En ese momento se dio cuenta de que era hora de tomar una posición. No podía permitir que las personas inocentes en su vida sufrieran las consecuencias. Le hizo señas al policía para que entrara.
- Por favor, prepare los procedimientos para la liberación de este hombre. Retiro todos los cargos y pago lo que sea necesario para que salga- dijo mientras miraba a Stefan confundida.
También en este momento, un miedo terrible había invadido todo su cuerpo. Solo quería que esta pesadilla terminara, pero la verdad es que solo era el comienzo.
Punto de vista de Stefan
Gabriela estaba sentada junto a la ventana disfrutando de su café. Solo vestía pijama y su cabello estaba atado en una cola de caballo suelta.
En el patio, Flor regaba los arbustos con rosas rojas, tarareando una canción. Era una mujer menuda de pelo gris y un poco gordita. No tuvo hijos y tampoco formó una familia, había dedicado toda su vida a ella. Detrás de Flor, miraba las rosas con asombro.
- A mí también me gustaría ver a la famosa Gabriela con la manguera en la mano- dijo riéndose.
- Cuando era pequeña, siempre lo hacía. Le encantaba jugar en el agua.
- La describes como alguien muy alegre, pero cuando la miro, realmente no veo eso. ¿Qué pasó realmente, Flor?
- Deberías preguntarle, no estoy en condiciones de decírtelo. Ahora, si me disculpas, tengo que terminar de regar las flores.
Desde que salió de prisión, vivía con ella. Tenían una semana más para averiguar quién envió esa carta y resolver la situación. Desde el día que supo que alguien lo había enviado para que la cuidara, no volvió a hablar con nadie. Se encerraba en su habitación y solo salía cuando tenía una reunión de negocios. A veces se sentaba a su lado, pero sin decir palabra, solo buscaban pistas. Ahora estaba acostada en la cama con la computadora portátil en sus brazos.
- ¡Gabriela abre la puerta! Estoy cansado de esta situación, sea lo que sea lo podemos resolver juntos. Abre o rompo la puerta y lo digo en serio.
La puerta se abrió lentamente y ella sonrió sutilmente invitándolo a pasar. La habitación estaba envuelta en la oscuridad y estaba en un desorden inusual.
- Tranquilo batman, todavía necesito esta puerta- dijo sentándose en la cama.
- Quiero que me cuentes todo, sé que así podrás liberarte. ¿Qué pasó con Orlando? Todo lo que sé es que murió, pero no conozco los detalles.
Los ojos de Gabriela se llenaron de lágrimas. No había hablado con nadie sobre este tema, todos lo evitaban. Giró la cabeza porque no quería que nadie viera sus lágrimas. Él le tocó lentamente la mejilla, girando su cabeza hacia él y mirándola a los ojos.
- Me lo puedes decir. Sé que no nos conocemos desde hace mucho tiempo y que probablemente pienses que soy un bicho raro porque entré en tu apartamento, pero siento que puedo confiar en ti. ¿Tu no sientes lo mismo?
- Te lo voy a decir, Dios, no puedo creer que lo voy a hacer. El día de nuestra boda, Orlando recibió una llamada telefónica para reunirse con un socio comercial. Se negó, diciéndole que era un día importante, pero yo insistí en que fuera porque sabía que volvería en media hora. Luego tuvo un accidente automovilístico muy grave, el auto se incendió. Ya ni siquiera podía reconocerlo... Espero que estés satisfecho ahora.
Miré a gabriela con tristeza visible en mis ojos. Ahora entendía por qué era tan fría y por qué había cambiado tanto. No se trataba solo de la muerte de su amor, ella se sentía culpable por lo que había pasado. Deseaba poder hacer más por ella, pero ahora era más importante averiguar quién quería matarla.
- Gracias por decírmelo y por abrirme tu alma. Prometo no decirle a nadie que la Reina de Nueva York puede llorar.
Ella sonrió y tomó otro sorbo de café.
XXX
Punto de vista de Gabriela
Fue bueno hablar con alguien.
Se había dado cuenta en ese momento que Stefan era el primer hombre en los últimos tiempos que quería como un simple amigo. El grave silencio fue interrumpido por golpes en la puerta y la voz de Flor.
- Señorita gabriela, alguien le envió un paquete- gritó la mujer, tratando de hacerse oír desde más allá de la enorme puerta de la habitación.
- Entra Flor y déjalo aquí- dijo mientras se levantaba y se sentaba frente al espejo.
La mujer entró en la habitación y se sorprendió al ver a Stefan allí, especialmente vestido. Descansó unos segundos para superar su asombro, luego colocó la caja sobre la cama y salió de la habitación. Ella se acercó de nuevo a la cama y le indicó a Stefan que abriera el paquete. Con cuidado el hombre lo abrió y se sintió aliviado al ver que no había ninguna bomba a punto de explotar ni nada que pudiera hacerles daño. Dentro había un mapa de Nueva York y una pequeña bolsa de terciopelo púrpura que contenía una llave. Ambos se miraron confundidos sin saber qué hacer.
De repente, se puso de pie y gritó:
- Dios mío, tengo una reunión de negocios y son casi las 12. Stefan, mira el mapa a ver qué pistas encuentras. Vamos "al campo" cuando llegue a casa.
Sin dejar que el hombre le respondiera, salió corriendo por la puerta directamente al baño. Con toda la confusión y las amenazas recientes, se olvidó por completo del nuevo negocio de moteles. Estaba pensando en abrir un motel en Brooklyn para que hasta las personas más humildes pudieran disfrutar de los servicios de su compañía. Se rizó el cabello y se puso un pantalón elegante y una camisa con un pequeño escote. Se maquilló con mucho cuidado como de costumbre y luego se puso sus imprescindibles tacones. Llamó a Max para que la esperara frente a la casa y rápidamente bajó las escaleras. El chofer, puntual como siempre, ya la estaba esperando.
- ¿A donde debo llevarla jovencita?- dijo con voz ronca.
- ¡A la empresa, por favor, y apúrate lo más que puedas porque llego tarde!- exclamó mientras se servía champán.
El conductor respetó los deseos de su jefa y presionó el acelerador para llegar a tiempo a la reunión de negocios. Ni siquiera terminó su copa de champán porque la limusina ya estaba frente al edificio en cuestión. Max volvió la cabeza hacia ella y luego salió del auto para abrirle la puerta. Tomó su maletín y corrió, olvidando qué tipo de zapatos llevaba puestos. No le importaba eso ahora porque le quedaba solo un minuto.
- Llegué, espero no llegar tarde- gritó mientras se apoyaba contra la puerta cometiendo un error.
- No llega tarde señorita- dijo Edwin.
Él era un hombre de cincuenta años con mucha experiencia en los negocios. Había sido amigo de su padre y siempre la ayudaba cuando tenía problemas o cuando llegaba tarde. Era el jefe de un gran consejo de empresarios y sabía cómo manipularlos hablando bien de su protegida. Era alto, de contextura atlética y se veía muy bien para su edad. Siempre vestía traje, emanando siempre un aire de elegancia.
Sin decir nada, se sentó junto a Edwin en su lugar. Sacó los documentos del maletín y comenzó a presentar su proyecto a los emprendedores. Después de dos horas de discusiones, todos acordaron que el plan era bueno y que valía la pena apoyarlo. Firmó todos los documentos y salieron de la habitación uno por uno. El último en hacerlo fue Edwin, no sin antes avisar a su protegida.
- Ten mucho cuidado con tu imagen últimamente- le dijo en tono serio- Sé que estás pasando por un mal momento, pero no es bueno que a una mujer famosa como tú siempre le den cotilleos sobre pasar cada noche con hombres diferentes. No dejes que el asiento del consejo se te escurra entre los dedos.
- Entiendo, señor, cuidaré mejor mi imagen- se sintió avergonzada, siempre se sentía así cuando la regañaba. Lo respetaba mucho y sabía que solo quería lo mejor para ella, también salió del edificio subiéndose a la limusina. El teléfono comenzó a vibrar y rápidamente lo sacó de su bolso.
- ¡¿Si?!
- Estudié el mapa y vi que un barrio de Brooklyn estaba rodeado por un círculo y que se habían pasado algunas coordenadas. Vine a verificar y encontré un departamento, probablemente la llave sea de él.
- Entiendo. Envíame un mensaje de texto con la ubicación para ir allí
Después de recibir la ubicación, le dijo a Max a dónde llevarla y le dijo nuevamente que se diera prisa. Tenía miedo de que algo le pasara a Stefan y que también fuera su culpa esta vez.
A través de la ventana, miraba los enormes edificios y los lujosos autos que pasaban a su lado.
Esas personas no se dan cuenta de la suerte que tienen
Observó cómo los edificios comenzaban a ser cada vez más pequeños y los autos cada vez menos lujosos en Brooklyn. Max detuvo el auto y quiso salir para abrir la puerta, pero ella le indicó que estaba bien. Dejó su maletín en el auto, toma solo su teléfono y se bajó. Varias ancianas estaban sentadas en el banco frente al apartamento y se preguntaban qué hacía una limusina aquí. Stefan le había escrito en un mensaje que subiera al último piso, así que sin pensarlo, entró, ignorando las miradas de los ancianos. Al llegar al último piso, lo ve parado frente a la puerta.
- ¿Está lista para ver lo que hay dentro?- dijo, sosteniendo en su mano la bolsa de terciopelo que contenía la llave.
- ¡Más preparada que nunca!