Carlos Duque analizaba atento las variaciones del precio del saco de café en la última semana, realizaba varias llamadas telefónicas, mientras bebía un sorbo de su expreso.
-Tenemos demasiado café embodegado, don Miguel dio órdenes precisas de venderlo desde la semana pasada -interrumpió el asesor financiero y abogado de confianza del señor Duque.
Carlos no hizo caso a la advertencia, siguió con la mirada fija en el computador, mientras digitaba.
El hombre salió enfurecido de la oficina y de inmediato tomó su móvil y llamó a Colombia, le explicó lo que estaba sucediendo al señor Duque.
****
Manizales- Colombia.
Miguel Duque salió de una importante junta para atender la llamada telefónica de su amigo y abogado.
-Hola, Agustín, ¿qué noticias tenés?
-Miguel, tenemos serios problemas con tu hijo Carlos Mario, no hemos comercializado un solo grano de café en la bolsa de valores, es el momento de vender ya, caso contrario nos quedaremos con esos sacos y el consorcio perderá mucho dinero.
El señor Duque se llevó las manos a la cabeza, contrariado, bufó.
-No te preocupes, yo me comunico con mi hijo en este momento. Gracias por avisar.
****
New- York- Usa.
-¿Vos estás seguro de que con esas proyecciones en una hora el precio del café se va a elevar? -indagó Carlos a uno de sus compañeros de universidad.
-Hemos estudiado este método por años, quédate tranquilo, dejemos que todo el mundo se ponga a vender, mientras tanto nosotros compremos.
-Perfecto, entonces yo adquiero quinientos sacos de café y vos obtén los otros quinientos, ganaremos mucho dinero.
-Así lo haremos -enfatizó el otro hombre.
En ese instante la puerta de la oficina se abrió, y una elegante y delgada joven irrumpió:
-Doctor, lo está llamando su papá desde Colombia.
Carlos se sobó el rostro y miró a la chica.
-Estoy ocupado -informó.
No pasó ni un minuto cuando el móvil personal del joven replicó. Frunció el ceño y la mirada se le ensombreció, entonces a tanta insistencia respondió:
-¡¿Qué carajos crees que estás haciendo?! -Bramó el señor Duque al otro lado de la línea.
-Mi trabajo -enfatizó con firmeza el joven-. Se te olvida que me gradué en Harvard -espetó y presionó los puños-, cierto que vos no asististe a mi graduación por correr a arreglar los asuntos de tu hijo favorito. -Gruñó.
-Ya te expliqué lo sucedido, pero no llamaba a recibir tus reproches. ¿Me podés explicar por qué motivo no hemos vendido un solo saco de café desde la semana pasada?
Carlos resopló al otro lado de la línea.
-En una hora el precio del saco va a subir papá, te lo aseguro.
El señor Duque arrugó el ceño, de inmediato encendió su computador, y se puso a revisar.
-¡Te volviste loco! -gritó-. Nos vas a llevar a la ruina. ¿Compraste más café? ¿En qué estás pensando?
El joven Duque abrió y cerró sus puños con fuerza, su respiración se agitó.
-¿No confías en mí?
-Confío en mis años de experiencia en este negocio, te exijo que vendas, ya -ordenó el señor Duque aflojándose el nudo de la corbata-, el precio está cayendo, hazme caso.
Carlos miraba también su computador, su pulso se aceleraba cada vez que veía las cifras bajar, sin embargo, no hacía ningún movimiento como su padre se lo pedía, enseguida colgó la llamada. Sus dedos golpeaban el escritorio, se encerró en su oficina, mientras Agustín le solicitaba las claves para poder cerrar el negocio, pero no tenía respuesta.
Los teléfonos sonaban sin cesar, los gritos de afuera perturbaban la mente de Carlos, miraba el reloj impaciente, faltaban diez minutos para que se cerrara el proceso, bebía agua a cada rato, y con un pañuelo se limpiaba el sudor. Se aflojó el nudo de la corbata y entonces sus ojos se abrieron de par en par, enseguida empezó a hacer sus jugadas, y justo tal como lo había predicho el precio del café se disparó y vendió todos los sacos al doble del costo que su padre sugirió.
-¡Ganamos! -vociferó a viva voz, y ladeó los labios, orgulloso.
Una hora después Carlos tomó su saco del perchero, guardó su laptop en su portafolio, y cuando se disponía a retirarse su móvil de nuevo sonó:
-Esa fue una jugada, demasiada riesgosa -dijo al otro lado de la línea su padre.
-El que no arriesga no gana. ¿Qué querés?
-En una semana, te quiero acá en Colombia.
Carlos frunció los labios y se quedó en silencio por segundos.
-Tengo un congreso en esas fechas, no puedo ir, lo lamento.
-No te estoy invitando, es una orden, tenemos junta directiva en el Consorcio, acá te espero -concluyó.
-¡Maldición! -Gruñó el joven y viejos y dolorosos recuerdos golpearon su alma, sintió su estómago revolotear, la respiración se le volvió lenta, y varias gotas de sudor empezaron a correr por su frente, regresar a Colombia, enfrentar su pasado, era algo que no deseaba. Tampoco quería encontrarse con su padre, y menos con su hermano menor, quién a pesar de vivir en la misma ciudad prefería no visitarlo.
****
Joaquín Duque apenas abría los ojos luego de la gran fiesta a la que había asistido la noche anterior. El estómago del joven rugió clamando alimento, entonces cuando se incorporó se llevó las manos a la cabeza, parpadeó aún somnoliento.
Enseguida tomó su móvil para pedir un par de analgésicos y algo de cenar, entonces miró la cantidad de llamadas perdidas que tenía de su padre, resopló y antes de hablar con su papá, se quedó meditabundo por varios segundos, entonces marcó el número de don Miguel.
-Hola...
-Bonita la hora de aparecer -reclamó el señor Duque sin darle tiempo a su hijo de proseguir-. Te quiero de vuelta en la hacienda, y no acepto un no por respuesta -espetó-. O yo mismo voy y te traigo de regreso.
Joaquín resopló al otro lado de la línea.
-Debo hacer cosas acá, dar exámenes para el ingreso a la universidad. -Rascó su nuca.
El señor Duque resopló.
-¿Pensás que soy pendejo? -cuestionó-. Te requiero acá para la próxima junta directiva, y si no venís, ya puedes ir a conseguir empleo -concluyó la llamada.
Joaquín rodó los ojos, frunció los labios, lanzó el móvil a la cama y volvió a acostarse.
****
Manizales- Colombia.
Días después.
-A dónde está el amor pa' donde cogió. Te lo llevaste quizás a donde lejos de mi alma. Y ahora aquí en mi pecho se esconde. Un sufrimiento que mucho me mata...-entonaba Elizabeth, dentro de la chiva: que era una buseta construida de manera artesanal para transitar por los empinados caminos rodeados de cafetales, la joven evocaba la melodía de Patricia Teherán: «Me dejaste sin nada»
La gente que acompañaba la travesía de la joven aplaudía y cantaba con ella, entonces al final la melodía, acercó su morral a los pasajeros, y así le fueron depositando varias monedas.
Elizabeth, llegaba desde Risaralda en busca de mejores oportunidades laborales, fue así que por recomendación de unos amigos viajaba a pedir trabajo en la finca: La Esperanza.
La joven dentro del camión disfrutaba del paisaje a través de las ventanas hasta que una señora que venía con ella le preguntó:
-¿A dónde va usted?
-Para la finca la Esperanza, me han contado que necesitan gente.
La señora hizo un gesto de preocupación con el rostro.
-Vea pues mija, yo mejor le recomendaría ver trabajo en otra parte, nadie soporta a la dueña y cuenta la gente de estos lugares que el hijo regresa de Estados Unidos, y dicen que es peor que ella.
Eliza sonrió ante la recomendación de la señora.
-No se preocupe, yo tengo experiencia con gente difícil, me crie en un convento -comentó la joven.
Claro que siempre sentía nerviosismo al llegar a un lugar nuevo. Desde que tuvo que abandonar el albergue a la edad de dieciocho años, había trabajado en lo que podía, limpiando casas, cocinando, de mesera en restaurantes, recolectando café, es decir se ganaba la vida en lo que podía. Trataba de ahorrar dinero para cumplir su sueño de estudiar en la universidad; le gustaba mucho leer y siempre tenía problemas con los patrones por reclamar los tratos injustos con sus compañeros y con ella misma.
Cuando anunciaron el nombre de la finca, Elizabeth se despidió de la señora que había sido su compañera de viaje, y bajó del auto.
Uno de los pasajeros le dijo que debía caminar unos cuantos metros y ahí encontraría la propiedad.
Elizabeth siguió la recomendación, enseguida cargó su mochila a la espalda, y en su mano cogió otra maleta, emprendió marcha.
A cada instante cubría sus ojos del sol, y con un pañuelo limpiaba las gotas de sudor, entonces a los lejos divisó la finca. Arrugó el ceño al notar el aspecto descuidado del lugar, a medida que se acercaba miró a los rosales algo marchitos, las hojas de los árboles caídas alrededor de la casa, todo eso daba al lugar un aspecto abandonado.
Sintió un ligero nerviosismo, inhaló profundo y caminó hasta la entrada principal y golpeó la puerta. Insistió varias veces, resopló con molestia al ver que nadie abría, cuando desalentada se disponía a abandonar la finca, se encontró con un hombre, al parecer era uno de los trabajadores, por la vestimenta que traía, quien la observó de pies a cabeza.
-Hola mamacita. ¿Vos por qué andas tan solita por estos rumbos?
La chica lo observó con seriedad.
-No estoy sola, vine a entrevistarme con la dueña de la casa, busco trabajo.
-¡Interesante! -exclamó el joven rodeando a la muchacha-. Lamento decirte que has venido en vano, la señora Luz Aída, se fue para la ciudad, no sé cuánto tiempo se demore; pero si vos querés puedes venir conmigo y pasamos un momento divertido.
Elizabeth arrugó el ceño, miró con molestia a aquel hombre.
-Yo con vos ni a la esquina, no te equivoques conmigo pues. No me pienso mover de aquí hasta hablar con la señora -afirmó la muchacha.
-Vos te lo perdés, pero tarde o temprano caerás en mis brazos mamacita -advirtió el joven, se dio vuelta y se perdió en medio de los árboles de naranjo.
Elizabeth se sentó en una piedra cerca de la entrada principal de la finca, no quería incomodar a la dueña.
Después de dos largas horas de espera, observó un jeep llegar. El chofer bajó una silla de ruedas y después ayudó a una mujer de cabello claro, facciones duras, mirada profunda a acomodarse en la silla. Una muchacha que acompañaba a la señora, bajó unas bolsas mientras el joven cargaba otras cosas, entonces Elizabeth, con algo de recelo se acercó a la señora.
-Buenas tardes -saludó Eliza.
Luz Aída barrió con la mirada de pies a cabeza a la chica, frunció los labios.
-¿Vos quién sos, y qué haces en mi finca? -indagó.
-Soy Elizabeth Trujillo, me comentaron que usted necesitaba una muchacha para la limpieza.
-¿Y vos si sabes hacer el aseo? O ¿sos de esas que les gusta andar de finca en finca sonsacando a los hombres?
-No señora, yo no soy de esas, yo sé limpiar, aquí traigo las recomendaciones de mis antiguos patrones.
-¡Rosa! -exclamó a gritos Luz Aida, en eso apareció una señora de contextura gruesa, de alrededor unos cincuenta años.
-Ve Rosa, vos creés que esta muchacha nos sirve -indagó observando a la mujer-, ahora que mi hijo regresa, quiero la finca impecable.
-Pues si hace falta quien nos ayude con la limpieza señora Luz.
-Para empezar muchacha, a mí no me gusta que los empleados anden rondando por la casa, vos hacés la limpieza y después te dedicas a ayudar en otras cosas, yo no tolero la gente vaga, yo pago doscientos cincuenta mil pesos, si te gusta te puedes quedar.
Elizabeth suspiró profundo.
-Señora no es por incomodarla, pero eso es menos del salario mínimo mensual.
-Vea pues, ahora resulta que hasta estudiada me saliste. -Carcajeó mofándose de la chica-, vos verás lo tomas o lo dejas, no seas mal agradecida, encima que vas a tener comida y vivienda quieres más plata - resopló con molestia Luz Aída.
Elizabeth se quedó en silencio varios minutos, no había hecho un largo viaje para después irse con las manos vacías.
-Acepto señora -respondió la joven. Sin imaginar que al aceptar su vida cambiaría por completo.
Dos días pasaron desde que Elizabeth, llegó a laborar en la finca la Esperanza, la joven después de terminar su jornada, sin que nadie se diera cuenta, tomaba libros de la biblioteca, caminaba hasta el arroyo y se sentaba a leer todas las tardes mientras el sol se ocultaba en el horizonte.
Aquella mañana, la gente de la finca corría de un lado a otro, esperaban la llegada del hijo de la patrona, todos le tenían temor, de él decían muchas cosas, que era difícil de tratar, que poseía un carácter muy fuerte, que era arrogante, y presumido.
A Elizabeth la enviaron a limpiar la habitación del joven, aunque todo estaba en perfecto orden, sacudió el polvo, cambió sabanas, cobijas, todo tenía que quedar limpio para recibir al nuevo patrón.
La joven siempre muy curiosa, se detuvo a observar los libros que él tenía sobre el escritorio.
Tomó en sus manos una de las obras que le llamó la atención: «Lo que le viento se llevó» lo empezó a hojear y se detuvo a leer una frase que le gustó mucho:
«Te quiero como jamás he querido a una mujer y te he esperado como nunca podría esperar a nadie»
Aquel escrito la conmovió. Pensó que el joven no se daría cuenta de que ese libro le faltaba, le habían comentado que regresaba después de varios años de ausencia, así que no vio problema en tomar la obra, no se la iba a robar solo leerla, y después la colocaría de vuelta, tal como hacía con los libros de la biblioteca.
Después de terminar de limpiar la habitación de Carlos, salió dejando todo impecable, fue hasta su alcoba guardó el libro y enseguida prosiguió a trapear la entrada principal de la casa.
****
Carlos, se resistía a volver, pero debido a la presión de don Duque lo tuvo que hacer, sin embargo, no le había comunicado su regreso, únicamente le informó a su madre que retornaba a Colombia.
Luz Aída se alegró; no por la presencia de su hijo, sino porque pensaba poner en marcha su plan de venganza en contra de Joaquín, el hermano menor del joven.
En el avión se sentía nervioso, intranquilo, ansioso, era como si todo ese peso que cargaba encima volviera de pronto, se remontó a aquella época: al fatídico momento en donde todo cambió, recordó las palabras de su madre acusando a Joaquín de haberla lanzado por las escaleras; ese mismo día la única persona que le brindaba cariño, falleció.
Carlos se pasó las manos por el rostro, exhaló un suspiro, tenía tanta incertidumbre de no saber qué le deparaba el futuro al regresar a su natal Colombia; sin embargo, no pudo evitar evocar los tristes momentos de su infancia: cuando su madre lloraba y se sentía impotente al verse postrada en una silla de ruedas.
En muchas ocasiones le pedía a él ayuda para moverse de la silla a la cama, él al ser un niño aún no podía con el peso del cuerpo de Luz, en ocasiones la dejaba caer. Ella arremetía toda su furia, su amargura en contra del menor, le gritaba que hiciera justicia y la vengara; pero Carlos no era manipulable como su madre pensaba.
Horas después el avión aterrizó en el aeropuerto de Manizales; Carlos, sintió una opresión en su pecho, salió de la terminal, esperando que alguien lo hubiera ido a recibir; pero no fue así. Negó con la cabeza, la vida era tan contradictoria en Boston, muchas de las empresas más importantes del país le ofrecieron empleo. En Harvard, le pidieron que se quedara de docente, siendo colombiano, era un ofrecimiento de gran renombre; en cambio, en Manizales era ignorado hasta por su propia familia.
*****
En la finca Elizabeth entonaba: «Triste y sola by Las Musas del Vallenato», mientras terminaba de baldear la baldosa de la entrada principal.
-Oye corazón, triste corazón, es hora de enfrentarte con tu pasado, no le insistas más, él no volverá... -canturreaba la joven.
El joven Duque apenas bajo del taxi, caminó en silencio, se detuvo, y entonces escuchó esa melodiosa voz que le llamó la atención, por eso se acercó, observaba como la chica contoneaba las caderas y proseguía con la melodía.
A Ely únicamente le faltaba un tramo del pasillo que conducía a la puerta, no advirtió la presencia del joven, él estaba tan concentrado admirándola, y debatiéndose consigo mismo, sí ingresaba a la casa, o se regresaba a Estados Unidos cuando de pronto le cayó de golpe un balde de agua fría con desinfectante.
Elizabeth se llevó las manos al rostro, todo su cuerpo tembló, atemorizada. Miró al joven que mantenía los ojos cerrados e intentaba limpiarse con las manos el desastre que ella causó.
Observó lo alto, elegante y apuesto que era, parpadeó inhalando profundo.
Carlos, estaba a punto de soltar los peores insultos en contra de la persona que hizo eso, era lo único que le faltaba después de ser ignorado, ahora alguien le daba un gran recibimiento, lanzándole una cubeta de agua.
-¡Maldita sea! -gruñó furioso, casi sin poder abrir los ojos, mientras Eliza con las manos temblorosas, le extendió un paño limpio.
-Lo lamento -pronunció la joven sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. Carlos se secó el rostro y abrió los ojos, decidido a decirle a la muchacha hasta del mal que se iba a morir y después despedirla sin contemplaciones-. Discúlpeme yo no me di cuenta, es que nadie se para a observar la casa.
Ella enfocó su tímida, y limpia mirada en él, aquellos grandes ojos marrones se posaron en los oscuros del joven.
Carlos la observó lleno de enojo; sin embargo, en su vida se había visto reflejado en una mirada tan pura e inocente como la de la chica que tenía enfrente. Ella parecía un animalito asustado, le recordó tanto su niñez, cuando su madre a pesar de estar paralítica, lo castigaba de maneras que él prefirió no rememorar, inhaló profundo y se dirigió a la muchacha:
-La próxima vez fíjate lo que haces, puedes ocasionar un grave accidente -aconsejó Carlos con su gruesa voz, en ese momento Rosa apareció.
-Joven Carlos. ¿Qué le pasó?... ¡Ay no! -exclamó la mujer llevándose las manos al rostro-. De seguro fue esta atarantada, esto te va a costar muchacha, doña Luz, te va a poner de patitas en la calle.
-Lo sé -respondió Eliza mordiendo sus labios-. Lo lamento joven, no fue mi intención, como dice Rosa, soy un poco atarantada -pronunció con temor y tristeza, se retiró a su habitación decidida a recoger sus cosas.
Carlos con discreción miró a la joven alejarse, inhaló profundo mientras terminaba de secarse el rostro.
-Rosa, fue un accidente, no es necesario que mi madre se entere de esto -advirtió al ama de llaves.
-Pero joven...-. Carlos no le dio tiempo a Rosa, de proseguir.
-Es una orden, ni una palabra de este incidente a mi madre, o la que se va de la finca eres vos -advirtió.
Rosa se retiró, entonces el joven aspiró una gran bocanada de aire. Giró la cerradura de la puerta de la casa, su madre no estaba en la sala, así que aprovechó para subir a su habitación, bañarse y cambiarse de ropa, mientras realizaba esa tarea, no pudo evitar recordar la mirada de la joven; observó su elegante ropa vuelta nada gracias al recibimiento de Eliza.
En su habitación Elizabeth con el libro que tomó de la alcoba de Carlos, salió decidida a devolver la obra a su lugar. Sin que nadie la viera subió hasta las habitaciones, golpeó la puerta, al no recibir respuesta ingresó, escuchó el agua de la ducha, y aprovechó para leer la parte final del libro.
Ely se hallaba tan concentrada en la lectura, no se dio cuenta el momento que el dueño de la habitación salió del baño, envuelto la mitad de su cuerpo en una toalla, él se sorprendió al ver a la joven en su habitación concentrada leyendo uno de sus libros favoritos.
-«Abre tus ojos y mírame, no te besaré, aunque sé que lo necesitas» -murmuró Carlos muy cerca de ella.
Elizabeth pegó un brinco y del susto dejó caer el libro al suelo, se ruborizó al ver al imponente Carlos Duque, semidesnudo frente a ella, la joven que en su vida había tenido un novio, ni tanta cercanía con un hombre, se puso nerviosa.
-Lo siento -balbuceó-. Yo...yo tomé prestado su libro, y antes de irme venía a dejarlo en su lugar.
Ella se inclinó, lo recogió, y se lo extendió a Carlos, sus manos rozaron sin querer las de él, observó los oscuros y profundos ojos del joven, su mirada denotaba tristeza, ella se enterneció, y de inmediato retiró su mano.
-¿Te gusta leer? -preguntó Carlos, mientras gotas de agua de su cabello mojado, viajaban por sus imponentes pectorales.
Ely mantenía sus ojos bien abiertos, no pudo evitar fijarse y sentir una extraña sensación que jamás antes había experimentado; al contrario de lo que todos le advirtieron, él no le inspiraba temor, a pesar de las cosas malas que decían de aquel hombre; con ella no había sido ni prepotente, ni presumido.
-Me encanta leer señor, disculpe por entrar a su habitación -pronunció Elizabeth, y sus mejillas tomaron el color del rojo atardecer.
-¿Cómo te llamas? -preguntó Carlos, observándola con atención.
La profunda mirada de él sobre ella la estremecía.
-Mi nombre es Elizabeth -respondió temblando-. Disculpe otra vez, lamento lo sucedido.
La chica se disponía a salir de la habitación, caminó con dirección a la puerta.
-Elizabeth, espera -ordenó, la muchacha se detuvo y giró hacia él, de nuevo sus miradas se cruzaron. Carlos le extendió el libro-. Es uno de mis favoritos; pero yo ya lo he leído, te lo regalo.
Ella parpadeó, las piernas le temblaron, se quedó sorprendida, sin saber qué responder.
Carlos, seguía con el libro extendido en dirección a la joven, la miraba expectante con una ceja levantada.
-¿No lo querés?
-Es que no sé qué decir...-Mordió su labio inferior-, yo lo recibí con una cubeta de agua fría y usted me regala su libro... No es como me lo describieron.
Él la miró con intriga, ladeó los labios.
-¿Qué dicen de mí? -preguntó, sentándose en su cama.
De nuevo las mejillas de la joven enrojecieron, mordió su lengua, siempre decía lo que pensaba y eso le ocasionaba severos problemas con la gente.
-Prefiero no comentar -respondió, inclinando su mirada.
Carlos bufó y presionó sus labios.
-Me lo imagino -mencionó, mientras seguía con el libro en la mano, entonces Eliza se acercó a él, lo miró más de cerca y un extraño corrientazo le recorrió la piel, jadeó bajito, tomó la obra, y le brindó una cálida sonrisa.
-Muchas gracias, no sabe cómo he deseado leer esta historia, perdone mi atrevimiento, de todos modos, no volveré a incomodarlo, la señora Luz Aída, no tarda en despedirme.
Carlos la observaba con atención, guardaba en su memoria cada inocente gesto de ella, cuando la chica sonrió, él le devolvió el gesto.
-No lo hará, puedes estar tranquila... Fue un accidente. Rosa no va a decir nada; pero eso sí, la próxima vez fíjate antes de andar lanzando cubetas de agua a las personas que llegan a la finca.
Eliza de los nervios soltó una carcajada ante la advertencia de Carlos. Él la observó con seriedad, mientras ella intentaba contener su risotada.
-¿Vos te estás burlando de mí? -preguntó él.
Ella se ahogó de la risa, respiró profundo, trató de ponerse seria, no podía perder su empleo y menos que él pensara que se estaba mofando.
-Discúlpeme es que cuando me pongo nerviosa, me vienen estos ataques de risa, no los puedo controlar. Lo siento -se disculpó la joven, entonces salió de la habitación con el libro en la mano.
«No es malo cómo la gente dice, ni presumido, ni prepotente... ¡Es increíble!» pensó y suspiró profundo.
Enseguida se fue a su habitación entonces recordó la frase que dijo él con esa voz tan varonil:
«Abre tus ojos y mírame, no te besaré, aunque sé que lo necesitas»
Eliza, sonrió, cerró los ojos, en su corta vida, nunca había tenido tan cerca a alguien que le hubiera impresionado tanto como lo hizo Carlos Duque, y cómo no hacerlo, tenía una imponente altura, una mirada profunda, oscura, pero a la vez triste, poseía un físico impresionante, además se refería a ella con educación, a diferencia de los muchachos del pueblo que solo se le acercaban con malas intenciones.
****
Carlos una vez cambiado de ropa, salió a saludar a su mamá, quien esa tarde se encontraba acostada en su cama.
-Hola mamá -expresó él, y de nuevo aquella extraña sensación de temor le recorrió la piel, tal como cuando era un niño, e intentaba acercarse a Luz, y ella lo rechazaba.
-¡Mijito! -exclamó-, tantos años sin verte pues... Mira que guapo te has puesto, vos si sos un Duque, no como el imbécil de Joaquín, que salió igualito a la insípida de Luisa -gruñó.
Carlos resopló ya sabía por dónde venía el asunto con su madre.
-¿Te encuentras bien, mamá? ¿Estás enferma?
-Como me voy a sentir bien, después que el infeliz de tu medio hermano me dejó postrada en una silla de ruedas, todo eso ha complicado mi salud, no te lo he querido decir por qué no deseaba que vos descuidaras tus estudios -comentó y los ojos se le llenaron de lágrimas. -¿Cómo te va en el trabajo? -indagó.
-Igual que siempre -expuso Carlos.
-Perdóname por no haber asistido a tu graduación, pero tu papá debe estar orgulloso de vos, su hijo mayor, el mejor egresado de Harvard, mientras que el pendejo de Joaquín, no sirve para nada.
-Mi papá no fue a mi graduación, tuvo que atender asuntos relacionados con mi hermano -expresó con frialdad.
-¡Infeliz! -Bramó Luz Aída, la mirada se le oscureció-. Si yo no estuviera imposibilitada, hubiera viajado, pero mírame como estoy cada día más enferma -mencionó suspirando-, es un milagro que aún me encuentres con vida; pensé que mis ojos no te volverían a ver -fingió intentando que su hijo sintiera lástima por ella y así manipularlo para vengarse de Joaquín, a quién la señora odiaba por ser hijo de Luisa Fernanda, el gran amor de Miguel-. Por ese motivo es que vos debés hacer justicia, he esperado años tu regreso, debemos planear la manera de acabar con el hijo consentido y apoderarnos de la Momposina -sentenció.
Carlos no le quiso contradecir y decirle que él regresó a Colombia, solo para la junta directiva, no tenía intenciones de permanecer más tiempo en el país, no había nada que lo atara a ese lugar por el momento.