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Humanamente tuya

Humanamente tuya

Autor: : Salej
Género: Hombre Lobo
Trillizos - celos - rivalidades- drama universitario. Selena siempre había sido invisible. Una chica humana con un pasado violento, llena de cicatrices y que entró a la universidad para estudiar en silencio, sin llamar la atención. Pero su vida dio un giro inesperado cuando los trillizos Blackwell, los chicos más temidos y deseados de la universidad, la notaron por primera vez. Nadie se atrevía a enfrentarlos, lo que nadie sabía era que detrás de su poder había un secreto: eran lobos, herederos de la manada más fuerte del país. Y uno de ellos, el Alfa, destinado a reinar, descubrió algo imposible. Selena era su Mate. El problema es que ella era humana. El Alfa la rechazó de inmediato, convencido de que el destino se había equivocado. Mientras los días pasaban, Selena comenzó a cambiar. Sus sentidos despertaron. Cuando un ataque la puso al borde de la muerte, el Alfa la mordió para salvarla, despertando a la loba que había permanecido oculta. Entre pasillos universitarios, celos, secretos y las rivalidades de los trillizos, Selena tendrá que decidir si acepta el vínculo con el Alfa que la rechazó... o si forja su propio destino como la loba que estaba destinada a ser.

Capítulo 1 Invisible entre todos

La universidad tenía ese rumor constante que parecía tragarse a cualquiera que caminara con la cabeza baja. A Selena le gustaba porque todo ese ruido cubría sus silencios. Siempre elegía sentarse en la cuarta fila, junto a la ventana, con una libreta nueva, pero corriente de las que venden en el supermercado y un lápiz nuevo con la punta bien afilada. Pasar desapercibida era su pasión: ropa sencilla, cabello negro largo y recogido en una coleta que caía por su delgada espalda y una mirada que rara vez se cruzaba con otra.

Selena no tenía amistades en el campus, así que no recibía invitaciones a fiestas que se anunciaban a última hora por los chats, a lo que tampoco pertenecía.

Los estudiantes más populares eran los Blackwell, unos trillizos de piel blanca y ojos claros, hijos de una familia muy poderosa e influyente.

Selena los conocía desde lejos y los evitaba, no le gustaban: el más guapo era Adrián, el que mandaba; Luciano, el más rebelde, cambiaba de novia cada dos meses, y Elías, el más amable.

Aquella mañana del martes la clase de literatura olía a café y a tierra húmeda. Afuera llovía y los cristales de las ventanas estaban empañados. Selena copiaba las palabras del profesor cuando un murmullo más denso que los demás cruzó el aula. No tuvo que voltear para saber que los trillizos habían entrado.

Selena siguió escribiendo sin mirarlos hasta que una carcajada helada la obligó a levantar la vista. Los vio de reojo, respiró profundo y volvió a la libreta.

-Señorita Valen -dijo el profesor-, ¿quiere leer su análisis?

Selena levantó la cabeza, sin estar preparada para hablar. Nunca lo estaba. Leyó en voz baja y clara. Mientras hablaba una sensación rara, eléctrica, le recorrió la nuca, como si la estuvieran observando con especial interés. No miró hacia atrás.

Cuando Selena acabó de leer, el profesor asintió con aprobación. Escuchó a otros estudiantes comentar a favor, pero más atrás hubo un susurro de hombres que no pudo descifrar. Al terminar la clase, guardó sus cosas de prisa para salir antes de que el pasillo se convirtiera en un desfile de egos.

En el corredor había mucho ruido y Selena se pegó a la pared para dejar pasar a un grupo de chicas perfumadas que hablaban sobre una fiesta el viernes. No pudo evitar escuchar el comentario de una de ellas.

-Si los Blackwell no van, yo no voy.

La otra respondió:

-Ellos siempre van.

Selena bajó la cabeza y siguió el camino que llevaba a la biblioteca, su territorio. Se sentía cómoda entre las altas estanterías, el olor a tinta y las largas mesas donde no tenía que demostrar nada. Eligió un cubículo junto a una columna y sacó su libreta.

Abrió el portátil y conectó los audífonos sin ningún sonido solo para que nadie le intentara sacar conversación y empezó a escribir un ensayo. Cada tanto alguien pasaba y lo notaba porque la sombra que generaba cambiaba la luz sobre su teclado.

-¿Está ocupado? -preguntó un hombre parado a su derecha

Selena no se había dado cuenta de que le hablaba a ella. Cuando levantó la vista era Elías con un cuaderno en la mano, un lápiz entre los dedos y su mirada azul hielo. No sonreía, pero tampoco se imponía ante ella.

-No -dijo ella, apartando la mochila-. Puedes sentarte.

Elías asintió y ocupó la silla de enfrente. Sin decir nada más. Sacó su cuaderno y comenzó a escribir algo inquieto, escribía, borraba, volvía a escribir. Mientras Selena intentaba concentrarse en su ensayo. Se mordió el labio y lo dejó, cambiando de tarea: revisar los apuntes para la siguiente clase.

-Me gustó tu intervención en clase -comentó Elías, rompiendo el silencio.

Selena parpadeó, sorprendida.

-Gracias -respondió en un tono apenas audible.

Elías rayaba la hoja en las esquinas.

El silencio entre ambos fue cómodo hasta que alguien colocó su mano en el respaldo de la silla de Elías. En ese momento el aire se tensó. Selena levantó la vista y se encontró con una sonrisa afilada.

-¿Interrumpimos su cita? -preguntó Luciano, apoyándose con ambas manos. Vestía una chaqueta abierta, su cabello estaba húmedo por la lluvia y el brillo en sus ojos estaba entre burla y curiosidad.

-No -respondió Elías sin hacer ningún movimiento-. Si no te vas a sentar vete.

Luciano rió con suavidad y se acercó a Selena, inclinándose como si quisiera saber sus secretos.

-Yo no muerdo -dijo-. En cambio, él sí -y señaló con el mentón hacia atrás.

Selena no necesitó girarse para sentirlo, el tercero estaba allí y llenó el espacio sin decir nada. No necesitaba presentaciones, era el líder. Había una cualidad en el silencio de Adrián que hacía que los demás se enderezaran. La reacción inconsciente de Selena fue apretar los dedos contra el borde de la libreta.

-Es tarde -comentó Adrián, con voz baja y cálida.

-Para ti siempre es tarde o temprano -contestó Luciano a manera de broma.

Elías bajó la mirada y cerró el cuaderno en calma.

-Nos vemos luego -se despidió-. Selena.

Cuando Elías dijo su nombre, ella se incomodó más que por la interrupción. No se lo había dicho, ni siquiera había hablado antes con él. Tal vez el profesor lo había pronunciado en voz alta durante la clase. Quizás. Los trillizos se fueron tan rápido como habían llegado y Selena se quedó superando la distracción.

Respiró hondo. Su corazón latía más rápido de lo normal, como si hubiera corrido. Le causó gracia su reacción ante la presencia de los chicos más populares. Cerró el portátil y se levantó para ir a su turno de trabajo en la cafetería del edificio de arquitectura.

Había dejado de llover y el sol se veía tenue entre las nubes. El aroma a café y a pan tostado impregnaba la barra mientras se colgaba el delantal. El supervisor la recibió sin comentar más que un leve saludo y le entregó la bandeja de dulces.

-Tenemos mucha gente -comentó-. Estate pendiente.

Selena sabía hacer eso, no se distraía ni siquiera con sus pensamientos, era muy buena en su trabajo.

Pasada media hora la puerta se abrió y entraron ellos. Elías entró primero y saludó con un gesto; Luciano le siguió jugando con las llaves y Adrián, al final, barriendo el lugar con la mirada que todos sintieron.

-¿Qué desean tomar? -preguntó Selena, cuando los tuvo frente al mostrador.

Elías pidió té negro. Luciano un capuchino y Adrián, que no miraba el menú, levantó la vista en ese instante y por primera vez los ojos de Selena chocaron con los suyos.

Selena comparó el color de aquellos ojos con la miel y sintió ganas de tragar saliva. Una señal de alerta, de cuidado.

-Un café americano -pidió-. Sin azúcar.

Su tono de voz se registró en la memoria de Selena, quien se ocupó apretando el botón de la máquina mientras el líquido oscuro llenaba el vaso. Al colocar las tapas se concentró siguiendo la rutina de su trabajo y entregó los pedidos.

-Por la sonrisa que me negaste -comentó Luciano dejando una propina muy alta para lo que se acostumbraba.

Adrián le rozó los dedos al tomar su vaso, Selena retiró la mano por el chispazo: -Nos vemos.

Elías se limitó a decir: -Gracias.

Cuando salieron, la cafetería recuperó su bullicio, como si el volumen hubiera bajado solo por la presencia de los tres.

Selena respiró apoyando las palmas de las manos sobre el mostrador y recibió con una amplia sonrisa a la siguiente persona de la fila.

Esa noche, al volver a su dormitorio, la lluvia estaba de regreso. La ventana vibraba por el golpeteo del agua y Selena se dejó caer en su cama en la oscuridad. El silencio del cuarto compartido le dio espacio para pensar. Cerró los ojos y poco tiempo después dejó que el sueño la llevara. Soñó que estaba en el bosque.

El bosque era húmedo y estaba oscuro, el aire olía a tierra recién removida. Escuchó un aullido lejano sin poder determinar de qué dirección venía. Y a través de los árboles vio un brillo dorado apenas perceptible que se aproximaba a ella para luego desaparecer, sin tocarla.

Su corazón estaba acelerado cuando se despertó y tenía la sensación de que alguien la había mirado desde muy cerca. Puso su mano en el pecho y el latido de su corazón era más fuerte de lo normal.

Afuera, aún era de noche, y el campus dormía. En uno de los edificios, tres sombras atravesaban un pasillo vacío. Se escuchó una puerta cerrarse.

-Huele diferente -dijo uno de ellos.

-Siempre muerdes -comentó la otra voz entre risas.

No se escuchó nada de la tercera sombra.

Selena volvió a cerrar los ojos pensando en la fiesta del viernes y aunque no lo sabía, su mundo había comenzado a cambiar.

Capítulo 2 Los ojos dorados

La música hacía vibrar el suelo como un segundo pulso. En el salón común de la residencia donde habían hecho la fiesta, las luces colgantes lanzaban destellos cálidos sobre los vasos de plástico que portaba cada quien. El sonido de la música, las risas y los cuerpos se movían fuera de ritmo. Selena se había quedado cerca de la pared, con la espalda tocando los ladrillos, una limonada sin alcohol entre las manos y la certeza de que se iría antes de la medianoche.

- No tienes que quedarte si no quieres -dijo Daniela, su compañera de cuarto, gritándole por encima del reguetón-. Pero prometiste al menos un rato.

-Un rato -repitió Selena, y sonrió para que Daniela dejara de preocuparse.

Intentó concentrarse en los detalles que le daban calma: las guirnaldas de papel, la mesa de snacks, el chico que hacía un show de baile.

Hasta que el aire cambió.

Fue una sensación leve, pero precisa, como cuando entra la brisa al abrir una ventana en una habitación que lleva tiempo cerrada. Un olor extraño se sintió en el salón y cortó el aroma dulce de las bebidas. Algunos giraron en esa dirección por puro instinto. La música siguió sonando, pero el sonido de las voces se detuvo.

Entraron juntos.

Eran los trillizos Blackwell atravesando la puerta. Cada uno llevaba una chica tomada del brazo, y aún así parecían ir solos.

-Genial -murmuró Daniela, y su entusiasmo se mezcló con un suspiro-. Ahora sí comenzó la fiesta.

Selena trató de hacerse más pequeña para que no la vieran. Se llevó el vaso a los labios sin beber.

Entonces sucedió.

Adrián, que estaba inclinando, escuchando a alguien decirle algo al oído, se detuvo. Apenas un paso, pero suficiente para tensar la línea de sus hombros. Luciano giró la cabeza un poco, como un animal que capta un ligero movimiento. Elías parpadeó una vez, lentamente, y su mirada subió por encima de la gente, como si buscara algo en el firmamento.

Les llegó el aroma a vainilla.

Selena no sabía que ella olía así. Pero en un segundo, en la nariz de ellos, su presencia tuvo un nombre. Y los tres, al mismo tiempo, voltearon hacia donde ella estaba.

Los presentes se apartaron y alguien la rozó con el codo. El vaso de Selena chocó contra la pared y la limonada le salpicó las manos. Se quedó inmóvil con el corazón golpeando su pecho.

-No te vayas a desmayar -le dijo Daniela, en broma.

Luciano fue el primero en acercarse, arrastrando a su acompañante de manera descuidada. Saludó a los que vio a su paso de una manera particular. Elías lo siguió un poco más atrás, con pasos silenciosos y firmes. Adrián quedó al centro, mientras todos se apartaban.

-¿Quieres irte? -le preguntó Daniela, bastante seria.

Selena negó con la cabeza, mientras su voz temblando dijo.

-Me siento bien.

Los trillizos llegaron hasta la mesa, muy cerca de Selena. Luciano soltó a su pareja y tomó una galleta. Adrián alzó la vista y la miró.

Selena sintió que su estómago se movía y que el mundo se volvía distante. Hubo un segundo en que pensó que se acercarían, que dirían algo.

Luciano llegó primero.

-No muerdo. Bueno, a veces -soltó en medio de una carcajada.

La chica que ya estaba de su mano de vuelta lo soltó con cara de fastidio. Pero la atención de él estaba con Selena desde que llegó.

-¿Cómo te llamas? -preguntó sin invadir su espacio.

-Selena -dijo ella.

-Luciano. Ese es Elías -señaló con la barbilla-. Y el que finge que no nos mira es Adrián.

Selena no pudo evitar mirarlo, y él también la estaba mirando.

-¿Quieres beber algo? -intervino Elías.

-No, gracias -respondió apretando el vaso vacío.

-No estás bien -afirmó Luciano-. Tus manos tiemblan.

Selena dejó el vaso sobre la mesa.

Adrián caminó y se detuvo al lado de Selena. Ella sintió un cosquilleo en la nuca, la misma electricidad de la clase de literatura, pero más intensa. Le dio sed.

-Hola -saludó él.

Selena se quedó muda y Daniela se interpuso para ayudarla.

-Somos de primer semestre. Selena estudia Letras y yo Arquitectura.

-Muy interesante -comentó Elías con honestidad viendo a Daniela y dedicándole una sonrisa.

Adrián no apartó los ojos de Selena.

-Huele a... empezó a decir Adrián.

Luciano rió, un poco.

-Vainilla.

Selena tragó grueso, su perfume era de lo más barato. Lo vendían en el supermercado. Sabía que lo olía a vainilla; sin embargo, dudó.

-Baila conmigo -le pidió Luciano.

-No -respondió Selena.

Luciano arqueó la ceja encantado.

-Me gusta.

-Déjala -exigió Elías.

Luciano respondió con una mueca dando un paso atrás.

-Solo quería ser amable con ella.

Adrián no sonrió, giró la cabeza como si escuchara algo que nadie más escuchaba. Un segundo después, hubo un vacío.

La conocía.

La conocía de otro modo que no podía explicar.

-No -negó Adrián con la cabeza.

Luciano lo miró de reojo riendo. Elías desvió la atención hacia la puerta, atento a algo que se aproximaba.

-No deberías estar aquí -le dijo por fin.

Selena parpadeó, sin comprender.

-No deberías estar con nosotros.

No en tono de amenaza, sino como una advertencia.

-Selena respondió sin miedos.

-No estoy con ustedes -corrigió-. Estoy en mi pared.

Luciano quiso aplaudir, estaba encantado con Selena. Elías miró a Adrián esperando que eligiera sus palabras con cuidado. Adrián inspiró y dejó ver su debilidad hacia ella.

-Vámonos -dijo mirando a sus hermanos.

-¿Nos llevamos su pared? -preguntó Luciano, burlándose.

-Luciano -advirtió Elías.

Adrián se dio la vuelta sin responder, avanzaron y se fueron del lugar.

-¿Estás bien? -explotó la curiosidad de Daniela, quien se había distraído con un chico de su clase.

-Sí -apenas alcanzó a decir.

La música subió y todos siguieron bailando.

No entendía lo que había pasado. Solo sabía que cuando volviera a verlo, otra vez, el mundo parecería inclinarse ante él.

Capítulo 3 El Rechazo

La fiesta había perdido su brillo, el sudor y el cansancio se notaban en algunos rostros. Mientras otro grupo continuaba divirtiéndose como al inicio. El salón común ardía de gente y de humo artificial cuando Selena decidió que necesitaba salir a tomar aire. Daniela quiso acompañarla, pero ella no quiso, negó con la cabeza y salió hacia el patio sin compañía, un poco pálida.

En el exterior el aire estaba fresco y húmedo, algunos restos de vasos y platos al descuido estaban sobre las mesas. La música se oía menos fuerte y sintió alivio. Se apoyó en la baranda y dejó que la brisa secara el sudor de su nuca. Se puso el cabello a un lado y cerró los ojos disfrutando de la noche. Estimó que unos quince minutos bastarían para volver a sentirse cómoda para entrar.

No llegó al minuto.

El portón del patio se abrió y entraron los tres, como si la noche estuviera comenzando. Luciano con su sonrisa pícara, Elías con la calma que lo caracterizaba y entre ellos, Adrián, quien con apenas su presencia se abría camino sin necesidad de decir nada.

-¿Huyes?, ¿qué haces acá sola?-le preguntó Luciano, acercándose lo suficiente para que su perfume le rozara la piel.

-Solo estoy tomando el aire, no estoy huyendo de nada ni de nadie -contestó Selena sin soltar la baranda.

Elías se mantuvo atento observando la naturaleza y Adrián se detuvo frente a ella, apenas la miró sin decir nada y ella sintió que el espacio se reducía entre ellos. Sin embargo, aguantó sin moverse.

Selena se puso nerviosa, tragó y evitó su mirada. Sintiéndose inquieta y segura a la vez. Una contradicción muy extraña para ella.

-No deberías estar con nosotros -le repitió Adrián- creo que ya te lo había dicho.

Selena levantó la barbilla.

-Y, sin embargo, ustedes están aquí, yo llegué primero.

Luciano soltó una suave risa. Elías bajó la vista, luego de verla.

Adrián se acercó un poco más e inspiró.

-Mate -dijo. La palabra no era para ella, sino para sí mismo.

Selena frunció el ceño.

-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó.

Luciano chascó los dedos. Elías trató de ponerse entre ambos para evitar una confrontación.

Adrián le sostuvo la mirada y, por un instante, Selena vio su duda.

-Quiere decir que hay un vínculo entre nosotros. Pero es un error. No puede ser. Entre nosotros no puede existir nada.

-¿Un error? Yo no soy un error.

-Claro, apenas eres una humana. No puedes ser mi Mate. ¿No lo entiendes?

-Una broma del universo -bromeó Luciano.

Elías apretó la mandíbula.

Adrián no apartó los ojos de Selena.

-Te haría daño estar cerca de mí, es otro mundo -agregó Adrián.

La rabia se apoderó de Selena.

-Tú no decides a qué mundo pertenezco -le gritó ella.

-Lo decide el destino, pero esta vez se equivocó.

Selena recordó todas las veces que había sido ignorada en su vida.

El silencio duró unos minutos. Adrián respiró por la nariz como si su olor fuera una provocación.

-No puedes andar con nosotros, no te mezcles.

-No me puedes prohibir andar en los espacios comunes.

-Es solo un consejo. Te recomiendo escuchar.

-Está bien, no te preocupes, no me mezclaré con ustedes.

Caminó entre los tres, rozando a Adrián en el brazo sin siquiera mirarlo. Sin pedir permiso ni disculpas. Llegó a la puerta del patio y entró de nuevo a la fiesta.

Luciano soltó una risita chocante entre dientes.

-Es un encanto -comentó saboreándose.

-No es para ti -le dijo Adrián, seco.

-Ni para ti, hermano -replicó buscando pelea.

Selena atravesó el salón buscando la salida. Daniela la alcanzó cerca de la escalera.

-¿Qué pasó? ¿Adónde vas?, es temprano.

-Nada, me voy a casa. No quiero estar aquí.

-ok, te acompaño.

-No, quédate, te escribo al llegar, no te preocupes.

Daniela se quedó pensativa, pero no quiso contradecirla.

Corrió hacia el pasillo de la residencia, tenía la impresión de que la miraban y cerró rápido la puerta de su cuarto, colocando el seguro. Se apoyó en a madera y respiró cuantas veces fueron necesarias para calmarse.

Estaba molesta, no tenía ganas de llorar.

Se lavó la cara con agua fría y se puso frente al espejo, se miró y recordó las palabras de Adrián.

-No soy un error.

Apagó la luz y se metió a la cama y, como la noche anterior, soñó con el bosque. El aullido y la luz se sintieron más cerca, como si estuviera observándola. Caminó descalza sobre la tierra fría y húmeda y miró cómo sus pies se hundían. Olía a lluvia y a vainilla y el viento batía su cabellera suelta.

-No eres para nosotros, no perteneces a este lugar -dijo una voz a lo lejos.

-No lo soy, no he dicho eso. Basta con eso.

En el momento en que lo negó se quebró la imagen y despertó.

*

En la fiesta, los trillizos seguían en el patio.

Luciano revisaba los mensajes sin mucho interés. Elías caminaba dando patadas a los vasos en el piso. Adrián se apoyó justo donde tenía las manos Selena unos minutos antes.

-Fuiste cruel con ella -reclamó Elías.

-Fui claro, no cruel -respondió Adrián.

-A veces decir las cosas de ese modo es ser cruel.

La noche siguió su curso, como si nada. Selena en su cama abrió los ojos sintiendo un extraño latido que no parecía ser suyo.

Se aferró a la sábana sintiéndose mal por la manera en que había sido rechazada.

Y sin saber por qué se propuso empezar de nuevo, porque detrás de ese rechazo existía miedo, pudo sentirlo. Era apenas el comienzo.

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