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INOCENTES

INOCENTES

Autor: : Lara..
Género: Romance
En un mundo donde gobiernan las alianzas y los secretos, Jofrinne, la última ultima hija del matrimonio entre Rhaenyra Targaryen y Laenor Velaryon, queda atrapada en un compromiso funesto con Daeron Targaryen a la temprana edad de trece años. En la Fortaleza Roja, donde las animosidades se arraigan más profundamente que los muros, la hostilidad de Daeron hacia Jofrinne es evidente y amenazante. Pero cuando la oscuridad encuentra su eco en la luz, su tío, el príncipe Aemond Targaryen, se convierte en su inesperado refugio. Entre miradas cargadas de secretos y un vínculo que se atreve a desafiar todas las convenciones, la historia de Jofrinne y Aemond se convierte en el susurro más peligroso que atraviesa los oscuros corredores de la fortaleza. Mientras las intrigas se entretejen, su amor prohibido florece, enfrentando un destino inexorable que amenaza con separarlos para siempre. ¿Será la juventud de Jofrinne su mayor defensa o la precipitará hacia la perdición?

Capítulo 1 Prologo

-Joffrine es nombre de niño -afirmó la princesa heredera la primera vez que escuchó el nombre que su presunto esposo quería darle a su hija. Su única hija mujer y el quería llamarle como a su amante. La indignación la invadió por completo. -No, no lo es respondió el Velaryon, igual de indignado que la princesa-. Es un nombre como... Naerys o Rhae. Ambos podrían aplicarse tanto a una niña como a un niño. Está abierto a interpretación. -Quiero que se llame Visenya -impuso la mujer con determinación. -Lucerys, Jacaerys, son nombres que tú elegiste - le recordó él-.

Podría ser nuestro último vástago, ¿no crees que tengo el derecho de elegir su nombre? Con estas palabras, el nombre de la princesa dejó de ser tema de discusión, al menos por un tiempo -¿Por qué le pusiste un nombre de niño si es una niña? -preguntó Jace a su madre en cuanto la vio recostada en su cama, sosteniendo a la recién nacida. Rhaenyra suspiró con pesadez, había pasado nueve agotadoras horas de parto, para que esa fuera la primera pregunta de su hijo mayor. -Joffrine es nombre de niña, Jace. -No suena como el nombre de una princesa. -Pero lo es respondió su madre, cortante-. Y es tu hermana. ¿Qué importa el nombre que lleve?

-¿Joffrine?-preguntó la reina al escuchar el nombre. Sus cejas se elevaron un instante-. Una elección peculiar, princesa. -Oh, fue mi esposo quien lo eligió -aclaró la rubia. Viserys soltó una risa suave. -Joffrine de la casa Velaryon, ¿no te parece un nombre maravilloso, Alicent? La reina vaciló. No, por supuesto que no. -Por supuesto que sí, mi rey -suspiró en voz baja -. Parece que esta vez tuvo suerte, ser Leanor. Tiene cierta semejanza... con usted no se refería al tono de piel, eso estaba claro. La bebé era blanca como la leche, pero al menos tenía un halo de pelo rubio sobre su cabeza, como una sombra. -¿Le pusieron de verdad Joffrine? -inquirió el mayor de los hijos de Viserys, alzando una ceja-. ¿Nació con un pene o qué? -Aegon -lo reprendió su madre de inmediato. -Es obvio que la llamaron así por Joffrey. Aunque sigue siendo un nombre poco común para un Velaryon -explicó su hermano, Aemond, mostrando algo más de paciencia. -Esa niña no es una Velaryon -contraatacó su hermano con firmeza-. Es tan bastarda como el resto de esos mocosos. -Sigue siendo una Targaryen -insistió el menor.

-Pero eso no cambia que sea una bastarda, una afrenta para el rey y su consejo. Una deshonra para la casa Velaryon y un ultraje para la familia - replicó la reina con amargura. -Es solo un bebé. -Yuno horrible agregó Aegon, cortante. Pero la realidad era que Joffrine poseía un encanto irresistible, convirtiéndola en la niña más cautivadora de los siete reinos. Con apenas trece años, su sonrisa tenía el poder de derretir los corazones de todos: hombres, mujeres, dragones o perros. Era conocida como la dulce tentación, un apodo que le caía como un guante. Pero la realidad era que Joffrine poseía un encanto irresistible, convirtiéndola en la niña más cautivadora de los siete reinos. Con apenas trece años, su sonrisa tenía el poder de derretir los corazones de todos: hombres, mujeres, dragones o perros. Era conocida como la dulce tentación, un apodo que le caía como un guante. Desde su temprana infancia, Joffrine había residido en Rocadragón, donde las septas le habían brindado una educación excepcional en costura y etiqueta. A pesar de su corta edad, ya tenía un vasto conocimiento de historia, filosofía y arte. Destacando un notable talento para la pintura. En todos los aspectos, Joffrine cumplía con las expectativas que se tenían de ella, siendo la princesa más prometedora de los siete reinos. Aunque su cabello platinado y los rasgos típicos de los Targaryen, heredados de su madre, eran evidentes, la pureza de su sangre se cuestionaba tanto como la de sus hermanos mayores: Jace y Luke. Sin embargo, esto no la afectaba en lo más mínimo. Joffrine era una niña enérgica y elegante, que escondía un deje travieso bajo su encanto. Solía burlarse con su sonrisa, que siempre lograba que saliera con la suya.

No solo era la consentida de su madre, sino también de un sinfín de criadas, sirvientes, sus hermanos y los caballeros que la escoltaban. Resultaba difícil resistirse a los caprichos de la princesa cuando sus ojos estaban llenos de promesas inocentes. Era una maestra en usar su encanto, lo cual la convertía en el centro de atención. Joffrine era considerada una joven con un carácter muy marcado, una personalidad fuerte. Hay quienes se referirán a ella como una niña voluble. Aunque ella solía decir que pobres aquellas personas que no serían más que envidiosos de sus virtudes. La admiración que ella generaba no se limitaba a los muros de Rocadragón. En las visitas a otras casas nobles, su presencia era esperada con anticipación. Los rumores de su encanto y carisma habían trascendido las fronteras del castillo, y era recibida como toda una celebridad.

Para Daemon, era la viva imagen de su bisabuela Alyssa, lo cual podía ser tanto una fortaleza como una perdicion. Sin embargo, ¿Qué podía criticar el príncipe canalla a la dulce tentación? Unas pocas palabras suyas eran suficientes para ablandarlo por completo. Si Rhaenyra, su sobrina, ya era un deleite para el reino, la presencia de Joffrine debía ser una fuente inagotable de regocijo en todo el territorio. Joff eclipsaba a sus hermanos Jacaerys y Lucerys en términos de carisma, ellos no eran ni la mitad de cautivadores de lo que era su hermana menor. Incluso en las mañanas, cuando su aliento olía más a pata de cabra que a rosas, su presencia iluminaba cualquier espacio. Y todo eso sin haber tenido su primera sangre. ¿Qué se podía esperar de una joven que irradiaba encanto y gracia antes de su completo desarrollo? Seguramente se convertiría en una princesa implacable, en una esposa fiel y servicial, y en una madre piadosa que daría a luz a hijos preciosos.

¿Quién no desearía desposarla? Había hombres que se habrían arrancado la cabeza por obtener su mano. Por supuesto que ninguno de los tres hijos del rey entraba en esa lista. Su madre, Alicent Hightower, los había adoctrinado a su semejanza. Ella no podía evitar que la envidia la encegueciera cada vez que oía hablar de la embelesante hija de su némesis. Y en el fondo era por que eso es lo que la reina hubiese deseado para su propia hija Helaena, que el mundo la adorara y la aclamara. Pero para desgracia o beneficio, las personas apenas recordaban la presencia de Helaena incluso cuando estaba presente en la sala. Todo ese escándalo por una bastarda. Pensaba la mujer, presa de su resentimiento.

Y aquello mismo fue lo que trasladó a sus hijos y se esmero por arraigar durante años. Aunque la decepción fue inminente para ella: había perdido las esperanzas con Helaena cuando, a sus seis años, no había dicho ni una sola palabra mientras que Joffrine a sus cuatro ya recitaba frases en alto valyrio. Aegon, con los años, se convirtió en un borracho desagradable; Daeron era irritante con las personas, y Aemond, pese a que era disciplinado y estudioso, no era una persona a la que muchos se refirieran como agradable. Sus rizos no brillaban incluso en la oscuridad. No era Joffrine Velaryon. Joff incluso tenia su dragón como era por decreto real, se llamaba Tyraxes. Y era una bestia que crecía exponencialmente cada año que pasaba. Aunque pasar tiempo con su dragón de escamas negras era una de las actividades favoritas de la princesa, volar no entraba entre sus pasatiempos destacados. A Joffrine le encantaba su dragón, pero las alturas solían marearle, y montar a lomos de cualquier animal durante un tiempo prolongado le daba un dolor insoportable en la entrepierna. Así que, cuando sus hermanos ocasionalmente salían a volar, ella prefería quedarse en la fortaleza con los pies sobre la tierra.

En el ultimo tiempo ella disfrutaba de pasar el tiempo con sus hermanos menores, Aegon y el pequeño Viserys, para así alivianar las responsabilidades de su madre embarazada. Solía explicarles a las criadas que estaba preparándose a si misma para cuando fuera desposada por un lord o príncipe y su hora llegara. Joff estaba mas que comprometida y a gusto con el deber que se suponía que debía desempeñar como princesa. Aunque en su interior, Joffrine luchaba por mantener el equilibrio entre la expectativa de su rol y la esencia de su personalidad. A menudo no permitía que las normas y convenciones limitaran su espíritu libre. Su capacidad para encontrar alegría y belleza en las cosas pequeñas, su valentía para desafiar las normas y su deseo de explorar el mundo la convertían en un alma única en su género. Joffrine Velaryon había venido al mundo destinada a conquistar no solo los reinos, sino también el corazón frívolo e indomable de su tío.

Capítulo 2 .

-Me pregunto por qué mi madre quiere verme tan temprano. ¿Parecía urgente, Ser Aelinor? - cuestionó Joffrine a su caballero juramentado mientras avanzaba por los pasillos, arremangando su vestido para evitar que se arrastrara. A su lado, el hombre la seguía con un paso discreto. El suspiro de Ser Aelinor fue la respuesta, acompañado por su característica falta de expresión. Esta actitud constante de él irritaba profundamente a Joffrine. ¿Por qué tenía que ser tan tedioso? Aunque no era demasiado mayor, daba la impresión de haber nacido viejo.

Jamás lo había visto esbozar ni siquiera un indicio de sonrisa. Era, sin duda, el ser más aburrido que había tenido el infortunio de conocer. Decidiendo que ya no valía la pena hacer más preguntas, Joff determinó descubrir el motivo por sí misma. Aceleró su paso mientras exploraba los pasillos de Rocadragón, su dulce y querido hogar. Un guardia juramentado, que se hallaba en la entrada de los aposentos de su madre, abrió la puerta en cuanto la princesa se acercó, anunciando: -La princesa Joffrine está aquí, su gracia. -Dejó que Joffrine entrara, y la puerta se cerró tras ella. La princesa Rhaenyra estaba sentada en un escritorio, rodeada de pergaminos y cartas. Había manchas de tinta y varias plumas esparcidas, indicio de que había estado escribiendo recientemente. Al oír la entrada de su hija, se volvió hacia ella y le dedicó una sonrisa. Apenas tenía espacio entre la silla y el escritorio debido a su embarazo. La sonrisa de Joffrine se amplió hasta el límite mientras se acercaba. Rhaenyra se levantó y avanzó hacia ella. -Siempre es un placer visitarte tan temprano, mamá -dijo su hija con dulzura. -Mi dulce niña, estás radiante. Como siempre - declaró, acariciando la suave mejilla de la joven. Joffrine dio un paso atrás, deseando que su madre apreciara el vestido que llevaba. Cuando captó la mirada de la mujer en su atuendo, dio una vuelta completa. -¿Te gusta? Lo confeccioné yo misma -preguntó emocionada. Rhaenyra sonrió aún más. La princesa Rhaenyra estaba sentada en un escritorio, rodeada de pergaminos y cartas. Había manchas de tinta y varias plumas esparcidas, indicio de que había estado escribiendo recientemente. Al oír la entrada de su hija, se volvió hacia ella y le dedicó una sonrisa. Apenas tenía espacio entre la silla y el escritorio debido a su embarazo. La sonrisa de Joffrine se amplió hasta el límite mientras se acercaba. Rhaenyra se levantó y avanzó hacia ella. -Siempre es un placer visitarte tan temprano, mamá -dijo su hija con dulzura. -Mi dulce niña, estás radiante. Como siempre - declaró, acariciando la suave mejilla de la joven. Joffrine dio un paso atrás, deseando que su madre apreciara el vestido que llevaba. Cuando captó la mirada de la mujer en su atuendo, dio una vuelta completa. -¿Te gusta? Lo confeccioné yo misma -preguntó emocionada. Rhaenyra sonrió aún más. Su hija tenía la capacidad de cautivarla de una manera inexplicable. Joffrine irradiaba felicidad de una forma que no podía describirse con palabras. Era simplemente maravillosa en múltiples aspectos. -Está precioso, Joff. Tienes mucho más talento que yo a tu edad -admitió. En realidad, nunca había sido hábil con la costura, pero a Joff le encantaba la idea de que a su madre, de algun modo, le gustara. Había sido una idea que Joffrine había formado por sí misma, y Rhaenyra no había tenido el corazón de desmentirla. La niña le devolvió una sonrisa encantadora. -¿Cómo te sientes? -preguntó la niña, dirigiendo su mirada directamente al vientre de su madre―. Parece que mi hermano o hermana aún duerme. Por instinto, Rhaenyra acarició su vientre. -Hoy es uno de esos días en los que llevarlo en mi vientre se vuelve agradable-admitió. Joff sonrió. -Me alegro mucho, madre. Rhaenyra quedó en silencio mientras observaba a su hija. Lucía tan dulce con su vestido abultado de color rosa pálido, que presentaba un ligero escote que Rhaenyra todavía no le permitía usar. A pesar de eso, sus mejillas rosadas la hacían parecer la niña más dulce de todas. Su cabello dorado caía en ondas sobre su cintura, demostrando lo fino y sedoso que era. No había nada que llenara de más felicidad a la princesa heredera que ver a su hija. Solo unos minutos con Joffrine eran capaces de cambiar el rumbo de cualquier día. Joffrine, por su parte, encontraba distracción entre las flores dispuestas en un florero, mientras Rhaenyra la observaba con atención. La joven había tomado una flor de color rosa intenso y la había enganchado con gracia en su cabello. Desde hacía minutos, no podía dejar de admirarse en el espejo mientras daba vueltas y se reía, dejando momentáneamente en el olvido el motivo cual su madre la había convocado. por el Su madre suspiró antes de hablar, colocando una mano en su vientre y carraspeando para llamar la atención de su hija. -Joff, te he citado tan temprano porque hay un asunto del cual necesitamos hablar. La sonrisa en el rostro de Joffrine desapareció, y abandonó su reflejo en el espejo para mirar a la mujer con preocupación. -¿He hecho algo mal? -inquirió, su voz llevando un deje de inquietud. Rhaenyra se rió suavemente mientras se acercaba a su hija. -Al contrario, dulce niña. -Le acarició el cabello con ternura. --Le he enviado una carta al rey, y hoy he recibido su respuesta. La comprensión no llegaba a Joffrine, por lo que decidió indagar más a fondo. -¿Y de qué trata, madre? -Pronto obtendrás tu primera sangre, mi hermosa hija. Y he considerado oportuno empezar la búsqueda de un esposo adecuado para ti. -Explicó. Joffrine frunció el ceño, sus ojos se nublaron ligeramente por las lágrimas que amenazaban con asomar. -¿Eso significa que me enviarán lejos? No, mamá, por favor, solo... -Joff, cálmate. -La interrumpió suavemente Rhaenyra. -Permíteme explicarte. -Colocó una mano tranquilizadora en su hombro. Joff se secó una lágrima con la manga de su vestido y asintió con la cabeza. -El rey, tu abuelo, ha aceptado prometerte a Daeron, su cuarto hijo, quien es apenas mayor que tú. La cara de Joffrine se iluminó en una sonrisa, y los tonos rosados regresaron a sus mejillas. -¿De verdad? -casi exclamó, su voz vibrando de emoción. Su madre sonrió ampliamente mientras asentía. Eso significa que seré esposa de un príncipe. Uno de nuestra familia. -Exclamó emocionada. -Así es, estarás a solo unas horas de distancia. La reina te acogerá bajo su protección hasta que llegues a la edad para el desposorio -explicó la rubia, aunque esta última parte no le agradaba en lo absoluto. Había sido uno de los puntos más controvertidos del acuerdo, pero su desmejorado padre había insistido en ello de manera especial. Joffrine dio varios saltitos de felicidad. -¡No lo puedo creer! ¡Voy a vivir en la Fortaleza Roja! -festejó emocionada. -Y conoceré a la reina. ¿Crees que le agradaré? ¿Crees que le agradaré a mi prometido? ¿Cómo dijiste que se llamaba? ¿Daemon? -preguntó atropelladamente. Rhaenyra se rió de sus emociones desbordantes. --Una pregunta a la vez, Joff. --La reprendió cariñosamente. Con una mano acarició la cálida y emocionada mejilla de su hija. -Por supuesto que les agradarás, te adorarán. Harás que mi hermano Daeron sea el hombre más afortunado y envidiado. O tal vez no tanto. Pero Rhaenyra en ese momento no lo sabía; no conocía a su hermano Daeron en absoluto, ni a Helaena ni a Aegon. Y mucho menos a Aemond. Joffrine soltó un sonido de emoción mientras apretaba sus puños. -¡Se lo contaré a mis hermanos... o no, espera, se lo contaré al mundo entero! -chilló mientras se subía emocionada a la cama de su madre y saltaba de alegría. Rhaenyra soltó una carcajada. -Te vas a caer, Joff. Pero Joffrine apenas escuchó las palabras de su madre; ya estaba inmersa en sus propios sueños despiertos, como solía hacer a menudo. Se imaginaba llegando a Desembarco del Rey, donde Daeron la estaría esperando elegantemente vestido. Él tendría el cabello tan largo como Daemon y los ojos tan azules como los de su madre. Ella iría ataviada con el atuendo más perfecto que pudiera encontrar. En su sueño, Daeron le ofrecía una mano y ella se enamoraba instantáneamente de su sonrisa. Caminaban juntos por el jardín, y ella le hablaba de su pasión por la costura y le contaba sobre su dragón, Tyraxes, mientras él la observaba con destellos de admiración en los ojos. Sería simplemente perfecto, su sueño hecho realidad. Debia comenzar a planearlo todo desde ese momento, para asegurarse de que estaría lista a tiempo. Debería lucir radiante, elegir su vestido más impresionante y cuidar de que su piel se viera impecable. Finalmente, se bajó de la cama con un salto, enderezando su postura de manera elegante. -Estoy ansiosa por partir hacia Desembarco del Rey, madre. -El viaje está programado para dentro de una semana; el juicio por la herencia de Marcaderiva se acerca, y debemos estar presentes para afirmar la posición de Luke como futuro heredero. Joffrine asintió delicadamente y puso una mano esbelta sobre el antebrazo de su madre. -Vaemond Velaryon no es más que una piedra en el camino hacia el éxito de mi hermano como Señor de las Mareas. -Le sonrió, con una de esas sonrisas que derretían el corazón de su madre; ambas sabían bien eso. Rhaenyra acarició el cabello de su hija una vez más y se inclinó ligeramente para besar su frente. -Bueno, ve y cuéntales a tus hermanos. Estarán felices de saberlo. Joffrine asintió. No perdió tiempo en moverse con delicadeza; en lugar de eso, salió corriendo por los pasillos de la fortaleza en busca de Jace y Luke, quienes seguramente estarían entrenando, como era costumbre en las mañanas. Su soldado personal apenas pudo alcanzarla cuando doblando el primer pasillo, Joffrine demostró que era una corredora veloz cuando lo deseaba. Una vez llegó a las puertas, se quitó los zapatos antes de tocar la arena y comenzó a correr hacia la orilla de la playa, donde avistó a sus hermanos inmersos en un ejercicio de esgrima. Sin embargo, la presencia de espadas gigantes no le importó en absoluto cuando se lanzó hacia Jace para abrazarlo. -Jace, te extrañé. -Chilló mientras apretaba su mejilla contra la espalda del chico. El principe parecía incómodo y se movió para deshacer con suavidad el abrazo de su hermana. -Joffrine, tienes que ser más cuidadosa. Estamos entrenando con espadas de verdad. Podrías lastimarte. Le reprendió una vez que estuvo cara a cara con ella. Luke se acercó al encuentro de ambos. -Ay, Jace, sé que no me harías daño -dijo ella con ingenuidad. Jace bufó. -Podrías causar un accidente. -La reprendió él. A veces, Jacaerys le resultaba fastidioso; no era como Luke. Lucerys era más dulce, más divertido. El sujeto en cuestión la saludó despeinándola con un gesto amistoso. Ella se mordió el labio, ignorando a Jace y sonriéndole de manera acaramelada a su precioso hermano Luke. -Estás radiante esta mañana -reconoció el más joven de los dos. -Oh, lo estoy, Luke. Madre me ha dado la mejor noticia de toda mi vida -volvió a chillar de emoción. Sus hermanos la observaron con atención. -Mi compromiso finalmente ha sido anunciado. Me casaré con el príncipe Daeron, el cuarto vástago de nuestro abuelo. A pesar de la emoción de su hermana, Luke y Jace intercambiaron una mirada de poca convicción. Sin duda, ninguno de los dos pensaba que eso era una buena idea. Conociendo a Aegon y Aemond, Daeron no podía ser mucho mejor que ellos, y soltar a Joff en ese nido de serpientes parecía más que una idea descabellada. ¿Habría perdido la razón su madre? se preguntaban. Joffrine apenas les prestó atención; su sonrisa se dirigió a lo lejos, hacia su tío Daemon, quien se acercaba. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para que pudieran oír su reproche, les espetó: -¿Ustedes dos no deberían estar entrenando? ¿Piensan ganar algún torneo solo hundiendo los pies en la arena? -Se dirigió específicamente a Jace y Luke. Joffrine se adelantó, avanzando hacia su tío con su carácter y carisma encantador. Le dedicó una mirada inocente mientras jugaba coquetamente con el escote de su recién confeccionado vestido. -Oh, tío, no seas tan duro con mis hermanos. Ellos se esfuerzan mucho -pidió con un tono gentil pero exagerado, una voz aniñada pero... sugerente. El semblante de su tío se suavizó de inmediato. -Solo así se convertirán en guerreros honorables, sobrina. -Le explicó con un tono de voz que nunca le había dirigido a sus hermanos. Era el tono de voz que solo usaba con ella, y a Joffrine le encantaba. Ella jugueteó con uno de sus rizos dorados que sobre su cintura. Su tío era excepcionalmente apuesto; a pesar de su edad, mantenía una juventud envidiable. Y, además, era un guerrero experimentado. ¿Quién no se sentiría acalorado por su presencia? Joff dejó escapar un coqueto risueño en su interior; le encantaba ese termino, era una definición que su dama le había enseñado para referirse a la sensación que sentía cuando Daemon estaba cerca. caía Deseaba que su prometido le generara esa misma impresión. En un ideal futuro, Daeron sería tan atractivo como Daemon. -Han llegado noticias desde Desembarco del Rey. --Anunció a su tío con discreción, manteniendo su compostura ante él, a pesar de haber estado saltando en la cama de su madre minutos antes. - Mi compromiso finalmente ha sido anunciado. Me casaré con el joven Daeron Targaryen. -Lo dijo con orgullo. Daemon frunció el ceño, ¿por qué todos parecían descontentos? Su madre era la única igual de emocionada con la noticia. ¡Ah! ¡Ya entendía! Estaba segura de que la extrañarían demasiado, y eso explicaba sus disgustos. Finalmente, el esposo de la princesa Rhaenyra suspiró. -Hablaré con tu madre sobre esto. Ella posó una mano esbelta en su antebrazo; él era alto, muy alto, y eso también le aceleraba el pulso. -No te preocupes, tío. Me siento preparada para esto. Es lo que siempre he esperado. -¡No! ¡Me niego! Mamá, di algo -gritó Daeron en el despacho de su padre, el rey. -Viserys, por favor...-suplicó Alicent Hightower, mirando a su esposo, enfermo y desvanecido. El rey bufó. -He tomado una decisión. Quiero que mi nieta se case con uno de mis hijos, y tú deberías sentirte afortunado de ser quien la despose -le reprendió al príncipe caprichoso que tenia por hijo, enfrentándolo. Su madre, Alicent, ahogó un lamento y Daeron volvió a chillar. -¡Pero no quiero! ¡Prefiero casarme con un cerdo! -¡Se acabó, Daeron! -Gritó su padre, hastiado del modo en que su hijo se refería a su nieta, la dulce y adorada por todos, Joff. -Y más te vale ser amable cuando le recibas. Estaba harto de que su familia, su esposa e hijos, sintieran esa clase de aversión por la familia de su hija Rhaenyra. Ni siquiera conocían personalmente a Joff, ¿cómo podían juzgarla de tal manera? Él estaba maravillado tan solo por haber leído las cartas de su hija hablando sobre su nieta. Aunque no la conociera en persona, la adoraba. Y Daeron ni siquiera le estaba dando una oportunidad, estaba igual de envenenado que su madre. Daeron inisitio. -Cásala con Aemond. -Insistió. La idea de casar a Joffrine con Aemond produjo escalofríos en Alicent, y no sintió ningún remordimiento cuando pensó que, sin duda, prefería que la pequeña acaramelada se casara con Daeron antes que con su adorado y ejemplar Aemond. No, Aemond merecía mucho más. No lo permitiría jamás; estaría dispuesta a asesinar a esa niña con sus propias manos antes que dejar que eso pasara. -He dicho que no afirmó el hombre. -Ahora quiero que ambos me dejen solo miró a su esposa, a su hijo. Y quiero que cuando ella esté aquí, todos en esta familia se dirijan a ella como es debido, que se comporten. Alicent suspiró mientras miraba al rey, apoyó las manos sobre los hombros de su hijo y lo guió hacia la salida. -Que tenga buen día, mi rey. -dijo con un tono hastiado y cerró la puerta. Viserys se hundió en su lugar, sus músculos debilitados le dolieron cuando se movió. Estaba incómodo, pero la inminente visita de su hija y su familia le había devuelto un poco de la felicidad que no tenía desde hacía varios años. Estaba emocionado. Mientras tanto, Alicent se movía con notoria incomodidad por por los pasillos, acompañada de su hijo menor, quien resoplaba y bufaba junto a ella. -No lo soportaré -murmuró el joven. -Hare que Tessarion se la coma, parecerá un accidente. -No lo soportaré -murmuró el joven. -Hare que Tessarion se la coma, parecerá un accidente. Alicent rodó los ojos; cuanto deseaba poder hacer eso sin levantar sospechas. -Encontraremos la manera. -Le dijo en consuelo, aunque ni ella misma estaba segura de cómo. -Cuando ponga un pie en el castillo, esa niña deseará jamás haber nacido -juró el rubio. -Y espero que el karma se encargue de mi padre. Daeron prefería caerse desde lo alto del cielo en su dragón antes que tener que contraer matrimonio con la princesa perfecta; prefería tener un pepino metido en el trasero por el resto de su vida antes que compartir la cama con ella. Tenía trece años, y le fastidiaba escuchar tan solo su nombre. Además, estaba enfadado; su padre lo sabía, sabía que ella era una bastarda. ¿Por qué lo avergonzaba de ese modo por el resto de su vida? Sin duda, su padre no lo amaba ni un poquito. Y empezaba a dudar que su madre tampoco lo amara mucho. Había peleado con uñas y dientes cuando a Aemond le habían arrebatado el ojo, y ahora, cuando a él lo entregaban a la boca del lobo, no había dicho más que simples oraciones que no sirvieron de nada. Si llegaba a convertirse en su esposa la mataría con sus propias manos, o peor, haría que Aegon la violara a su antojo. Haría que que los sucios cazadores de ratas lo hicieran, incluso dejaría que los caballos la montaran si eso significaba deshacerse de ella. Humillarla hasta que los siete reinos dejaran de señalarla como una princesa perfecta. Ella era una bastarda, igual que sus hermanos deconstruidos. Y no merecía menos que vivir con la cabeza en el fango por el resto de sus días. El rey se había equivocado si pensaba que el lidiaría con tal vergüenza.

Capítulo 3 .

Joffrine había pasado más de la mitad del trayecto en el carruaje cuidando de sus hermanos menores, Aegon y Viserys. Necesitaba mantener su mente ocupada para calmar su ansiedad por llegar, y sus hermanos eran la distracción perfecta. Además, esto había permitido que su madre descansara durante todo el viaje. Joffrine había jugado con ellos, los había alimentado e incluso había cambiado pañales malolientes. Todo esto lo había hecho pensando que extrañaría a sus hermanos menores de la misma manera que extrañaría a los mayores, y eso le generaba una nostalgia abrumadora.

Sin embargo, no se permitió llorar por eso frente a su madre. En cambio, se mostró radiante como siempre, ajustándose el vestido varias veces, mientras su dama se encargaba de mantenerla peinada durante todo el camino. Daemon había insistido muchísimo en que ella debía haber volado junto a él y sus hermanos en su dragón, pero solo la idea de estar tanto tiempo en el cielo la espantaba. El atuendo necesario para volar no destacaba en absoluto su figura esbelta, y su cabello se despeinaría por completo. Además, tendría un olor a hedor de dragón en lugar de jazmines por el resto del día. Ella no podía permitirse darle esa primera impresión a su prometido. Aunque Jace le había dicho mil veces que no importaba cómo luciera, si a Daeron no le gustaba era porque tenía el sentido de la realidad alterado. A ella le causaba mucha gracia escuchar a su hermano, que era tan correcto e inescrutable, hablar de ese modo. Extrañaría las horas que pasaba luchando para que Jacaerys aprendiera apenas una frase en alto Valyrio, a pesar de que ella solía tener muy poca paciencia y él se irritaba con facilidad. Extrañaría cuando Luke robaba pastelitos de limón después de la cena y los llevaba a su habitación para compartirlos juntos. Extrañaría a sus hermanos, a su madre. Dioses, extrañaría a su madre más que a nadie más en el mundo. Pero... la reina la acogería como pupila, y Joff estaba segura de que adoraría a Alicent Hightower. De alguna manera, se ganaría su corazón, como solía hacerlo con todos. Después se casaría y viviría como una princesa de verdad en la capital. Usaría vestidos preciosos confeccionados por los mejores sastres, comería con una vajilla de oro y siempre estaría bien peinada. Y si la realidad se ajustaba a sus sueños, su esposo sería maravilloso y tendrían hijos envidiables. Todo esto la hacía sentir mucho mejor, aunque Joffrine no estaba ni cerca de comprender lo esperaba realmente. que le -Puedo ver el castillo desde aquí -anunció la joven a su madre, quien estaba medio recostada abanicándose. Sin duda, mientras más se acercaban a la capital, más calor podían sentir. Joff se lamentaba un poco de haber elegido un vestido con mangas, ya que empezaba a sudar. -Es enorme. -Nunca lo conocerás por completo -le dijo a su hija mientras se asomaba por la ventana para ver el lugar que había sido su hogar durante tantos años.

-¿Estás segura de que me veo bien? -le preguntó por enésima vez a su madre, quien suspiró. -Eres la princesa más hermosa de todas, dulce Joff. -Le dijo. -Ahora, abre la puerta. Joffrine asintió, insegura y temblorosa como una hoja, empujó la puerta del carruaje con cautela. Alguien desde afuera la ayudó a abrirla por completo. Sus dos hermanos ya estaban en el lugar cuando ella puso el pie en el último escalón. Con gracia, colocó un pie en el suelo, y Luke sostuvo su mano durante todo el proceso, lo que la hizo sentirse más segura. No notó cuando su madre puso una mano en su hombro, ya que estaba absorta observando a la familia real frente a ella. Tres jóvenes rubios, acompañados de una mujer pelirroja y un hombre mayor, estaban allí, esperando.

Recorrió con la mirada a cada uno de ellos; todos vestían trajes verdes. En un extremo, se erguía un joven regordete, rubio como su madre. Llevaba llamativos adornos dorados y una sonrisa que no le pareció muy amigable; definitivamente, no era como su sonrisa, que era tierna y sincera. Este individuo... era todo lo contrario. Junto a él, estaba una mujer un poco más baja pero igualmente preciosa: Helaena, la única a quien pudo reconocer debido a las referencias. Joffrine se imaginó un futuro en el que ambas fueran buenas amigas, pasearan por los jardines, hablaran de vestidos y joyas, pintaran y bordaran juntas como hermanas. Esa era la palabra, hermanas. Estaba segura de que Helaena sería como una hermana para ella. Sin embargo, cuando Joff le sonrió, no recibió la misma expresión a cambio. No importaba, no se desanimó; tal vez Helaena era tímida.

Y a su lado... ¡Debía ser él! Debía ser Daeron. Joffrine observó con la respiración contenida al príncipe que estaba parado junto a la princesa, en el extremo de la línea. Era un joven alto, con una presencia que emanaba confianza. Su cabello largo caía en cascada, y era tan largo como el de su tio Daemon. Pero lo que atrapó su atención de inmediato fue el parche que cubría uno de sus ojos, un detalle intrigante que lo hacía aún más fascinante. Ese parche hablaba de historias, de aventuras, de un hombre que había vivido mucho más de lo que sus cortos años podrían sugerir. Su apariencia causó en ella una mezcla de emociones desconcertantes. Era como si el mismísimo dios de la belleza hubiera tallado su figura, puliendo cada rasgo hasta la perfección. Sin embargo, no era solo su fisico lo que la afectaba. Era el aura que lo rodeaba, un magnetismo que atraía las miradas y absorbía su atención. Oh dioses, su sola figura despedía un calor abrumador que parecía envolverla. A pesar de la frescura del día, sintió cómo la temperatura subía mas y mas a su alrededor. La ornamental vestimenta que el principe llevaba parecía acentuar cada línea de su cuerpo, ajustándose a sus formas como una segunda piel.

Cielos, era como si su propio vestido quisiera rebelarse contra los confines del protocolo y liberarse. Su rostro, el del rubio en el extremo, estaba perfectamente delineado, como si hubiera sido esculpido detalladamente. Desde donde Joffrine estaba, podía ver con claridad su único ojo, un azul intenso que irradiaba intensidad y misterio. Ese ly ojo, de un tono idéntico al de su madre, parecía penetrar en lo más profundo de su ser. ¡Era exactamente como lo había imaginado! La imagen que había formado en su mente no le hacía justicia a la realidad que tenía ante sí. Esta imagen de Daeron personificaba todos sus sueños, todos sus deseos de lo que debería ser un príncipe encantador. Era la figura perfecta de su fantasía, una creación que superaba cualquier expectativa que pudiera haber albergado. Un impulso le hizo morderse el labio con suavidad, mientras su corazón latía con fuerza en su pecho. Lentamente, levantó una mano temblorosa y, con una timidez que nunca antes había sentido, le saludó desde detrás de su madre. El príncipe en cuestion respondió con un ligero movimiento de cabeza, un gesto que en su sencillez pareció transmitir una complicidad silenciosa. Joffrine sentía que iba a derretirse bajo su mirada. Era como si el peso de su atención la abrazara, enviando un escalofrío a lo largo de su espalda. Con timidez, pero también con una determinación oculta, le ofreció la sonrisa más coqueta, la más encantadora que había practicado durante horas en su espejo. Sus labios se curvaron en una expresión que destilaba encanto y promesas. Aemond, por su parte, no puedo evitar pensar que, en efecto, Joffrine era la mujer más hermosa que había visto jamás. Y aunque en realidad, era solo una niña, su belleza desafiaba la lógica. Pero era... exactamente lo que había oído de ella: esbelta y con una figura que apenas comenzaba a florecer hacia la mujer que sería en el futuro, tenía una cara angelical que parecía iluminar todo el entorno. Sus ojos, de un tono inusual y cautivante, brillaban con una intensidad única, como dos gemas preciosas enmarcadas por largas pestañas. Pero lo que realmente impactó a Aemond fue su sonrisa... Dioses, esa sonrisa podría haberlo dejado de rodillas si ella se lo hubiera pedido de la manera correcta. Era un gesto encantador, tierno y sugerente al mismo tiempo, una sonrisa que le hacia querer prometer que el mundo estaría a sus pies si ella tan solo lo deseara. Por un momento, el rubio olvidó cuántas veces había fruncido el ceño al oír su nombre, cuántas veces había rodado los ojos y la había menospreciado en su mente. La Joffrine que tenía ante él era como una revelación, una encantadora sorpresa que eclipsaba cualquier prejuicio previo. Las descripciones que había oído sobre lo perfecta y dulce que era no le hacían justicia. Era como si su mente hubiera respondido por sí sola al saludo que ella le ofreció.

Mas Joff decidió que no caería en el pánico. Mantuvo su sonrisa radiante y se movio junto a su madre. Cuando llegaron frente a la reina Alicent, la princesa heredera hizo una ligera referencia en señal de respeto. Su familia la imitó, incluida Joffrine, buscando ajustarse adecuadamente a las expectativas del protocolo. La reina posó su mirada sobre ellos, y la dulce tentación, que tonta no era, percibió inmediatamente la tensión en el ambiente. La mirada de Daemon, llena de intensidad, parecía devorarla con la mirada, y no de una manera sexual, sino como si quisiera ofrecerla en sacrificio a su dragón Caraxes sin el menor rastro de remordimiento. En cuanto a la reina, su semblante permanecía impasible, sin un atisbo de sonrisa ni calidez, ni siquiera cuando sus ojos se posaron en ella, cuya expresión era estridente. -Rhaenyra -respondió la reina de manera tajante, rompiendo el silencio. -Bienvenida, después de tanto tiempo. Joffrine se adelantó a su madre con un paso que la dejo al frente, demostrando la confianza que también caracterizaba su personalidad.

-Reina Alicent, agradezco sinceramente su hospitalidad al recibirnos en su castillo. Además, deseo expresar mi gratitud por acogerme como su pupila. Estoy segura de que aprenderé de usted tanto como he aprendido de mi madre. Ambas son ejemplos de grandeza femenina -observó a cada una de ellas con admiración en sus ojos. Aunque su madre no sonreía abiertamente, Joff podía ver la mirada de admiración en sus ojos. Esta vez, la reina esbozó una sonrisa, aunque no resultó auténtica. Era una sonrisa forzada, una que parecía haber sido moldeada para la ocasión. -¿Cómo era tu nombre? -preguntó, y la mandíbula de la mas joven pareció estar a punto de desprenderse de su boca. La sensación fue peor que cuando Jace la había empujado hacia el barro, arruinando un vestido nuevo precioso. Sin embargo, una vez mas, no perdió la calma. -Joffrine, su gracia –respondió, sintiendo su voz calida a pesar de la sorpresa. La reina rió, y ella se preguntó por qué su respuesta había causado tal reacción. ¿Le parecía divertido su nombre?

-Ah... sí, cómo podría olvidarlo -murmuró la monarca, y el sonido de las risas a su alrededor confirmó inusual. que, de hecho, había sido un comentario Aegon, tratando de ocultar su risa, se cubría la boca, pero su expresión no dejaba lugar a dudas sobre su estado de ánimo. La reina Rhaenyra, sintiendo la tensión en el aire, colocó sus manos en los hombros de su hija para hacerla retroceder un paso, interviniendo con suavidad. Luego habló: -Con su permiso, majestad, quisiera visitar a mi padre. -Por supuesto, princesa. Su visita sin duda alegrará al rey -respondió la mujer, y con esas palabras, la tensión en el ambiente pareció disiparse. Dicho aquello, la fila de los jóvenes Targaryen se descontracturo. Jace, Luke y Daemon también se movieron su alrededor, relajándose. Joffrine hizo ademán de seguir a su madre hacia el interior del castillo, pero una mano firme en su hombro tiro de ella y la detuvo. Era Luke quien la miraba con complicidad.

-Podrás conocer al abuelo más tarde -murmuró. -Ven, veamos nuestros aposentos. Sin embargo, ella tenía otros planes en mente. Giró la cabeza ligeramente, observando a los hijos del rey que todavía estaban en el patio, enfrascados en su propia conversación. Un pensamiento tomaba forma en su mente. -Voy a invitar a Daeron a dar un paseo ―anunció, su voz cargada de determinación. La mirada de su hermano se volvió tensa. -No es una buena idea, Joff. Podrás hacerlo más tarde -advirtió con cautela. Ella acarició suavemente su rostro, una táctica que solía utilizar cuando intentaba persuadirlo. -Tranquilo, Luke. Solo quiero conocerlo un poco. Será un paseo corto -explicó, dejando que sus ojos adoptaran un matiz suplicante. -Después de todo, él será con quien me case. Necesito saber algo sobre él. Su hermano suspiró, desviando su mirada hacia el menor de los hijos de Viserys. Joff se mordió el labio, ¡Bien, lo había logrado!.

-Madre querrá verte pronto -observó su hermano, tratando de mantener su postura protectora. -Y estaré allí cuando ella lo desee -aseguró, respondiendo con confianza, y dejó un beso en la mejilla de Luke antes de apartarse. El la observó mientras se alejaba, mas fue distraído por la intervención de Jace quien lo invitaba a visitar la armería así que pronto olvido la presencia de su hermana allí. La mente de Joff volvió a su prometido. Estaba inmerso en una conversación con quien ella asumio que era Daeron, el príncipe con el parche en el ojo. No obstante, antes de poder alcanzarlos, alguien la empujó con un movimiento claramente intencional. Era el hermano mayor de los príncipes quien la golpeó con el hombro de manera provocadora. -Joffrey-murmuró antes de alejarse, riéndose como si fuera un chiste. La mueca de molestia se plasmo de forma instantánea en el rostro de la joven. ¡No se llamaba Joffrey! Y encima la había empujado. Seguramente estaba buscando formas de llamar su atención como una buena cantidad de hombres que la aclamaban, se dijo a si misma, pero no la obtendría ni aunque lo intentara por el resto de su vida.

Ella estaba decidida a que su interés se centrara en el único hombre con el que compartiría su vida. Así que, en lugar de mostrarse enojada, le regaló una sonrisa cálida y continuó avanzando. -Príncipes -llamó al dúo con cortesía cuando estuvo lo suficientemente cerca. Ambos se giraron hacia ella y pudo observar al verdadero Daeron de cerca. Y su decepción fue inminente. No pudo evitar que el calor subiera por sus mejillas cuando el príncipe de cabello largo la miró. Era... indescriptible. Alto y majestuoso, su presencia imponía una cierta intimación. Pero lo que más la afectó, nuevamente, fue su mirada, un escrutinio que parecía capaz de desvestirla por completo. Joff no reprimió la sonrisa traviesa que se le escapo cuando el la miro. En cambio, Daeron la observó de arriba abajo, sin expresar emoción alguna. Le costó mantener la sonrisa bajo esa mirada gélida. -Princesa -el mayor realizó una reverencia formal.

Y el menor planto en su rostro una sonrisa burlona. -Bastarda -susurró Daeron, acompañando sus palabras con una leve inclinación de cabeza burlesca. Ella abrió los ojos por la sorpresa, como si hubiera sido golpeada. -¿Cómo? -exclamó, sorprendida por la audacia de sus palabras. -Daeron-lo reprendió Aemond en voz baja. Su hermano carraspeo. -Quiero decir, mi... -Daeron la miró intensamente antes de continuar, sus palabras volviéndose más amargas-, la puta que eligieron para mí. Joffrine se quedó atónita. Pero a pesar del impacto, se trago toda sensación amarga y reunió su compostura de a pedacitos. -Me preguntaba si te gustaría dar un paseo por los jardines y... No obstante, Daeron la interrumpió de manera tajante, sin ceder espacio a su iniciativa.

-Aemond, retírate. -Daeron, no creo que sea... -intervino Aemond, pero su hermano lo corto en el aire. -Quiero hablar en privado. Además, es mi prometida, así que puedo hacer lo que me plazca con ella -gruñó, su tono denotando hostilidad. Sin previo aviso, tomó a Joffrine por la tela del hombro de su vestido y la arrastró varios metros. Incapaz de reaccionar, Joff se dejó llevar por él, perpleja ante su actitud estoica y fría. Ella intentó pronunciar palabras, pero una vez más, Daeron alzó una mano para silenciarla antes de que pudiera expresarse. -No vamos a casar, ¿me escuchaste? Así que deja de mirarme de esa manera -escupió, su voz cargada de amargura. - No me busques, no me hables, no quiero saber nada de ti. La tristeza y la frustración se acumulaban en el interior de Joff, al borde de desbordar en lágrimas. -Pensé que...

-Pensaste mal -la interrumpió bruscamente, su tono era contundente. Se inclinó ligeramente hacia ella, creando una especie de barrera para limitar su conversación. No te tocaria ni siquiera en el umbral de la muerte, bastarda -sus palabras eran venenosas, y con un rápido tirón le arranco la exquisita tela del vestido que cubría el hombro de Joffrine, dejándola vulnerable. Ella no tuvo más opción que cubrirse con sus manos, sintiendo el estallido de vergüenza y humillación en su interior. -Eres ridícula, y me das vergüenza. Una bastarda vestida con atuendos lujosos, pero bajo todo eso, niñita, eres simplemente el resultado de los actos deshonrosos de tu madre. Era un hecho, las lágrimas se acumularon en sus ojos, y finalmente se derramaron por sus mejillas. -Soy una Velaryon, yo... Pero una vez mas, Daeron la silenció, sus palabras penetraron como agujas en sus oídos. -No eres una Velaryon, Joffrey -se burló, usando el mismo insulto que había empleado su hermano. -Te lo advierto, y es la única vez que lo haré. No te dirijas a mí ni una palabra más, o me aseguraré de que cada borracho de mi taberna favorita tenga su turno contigo. ¿Entendido?

Joffrine asintió, lágrimas deslizándose por sus mejillas. Daeron pasó junto a ella sin empujarla, pero el efecto fue el mismo. Las palabras que había escuchado... nunca antes nadie había sido tan cruel. Había oído rumores, pero nunca había experimentado tal hostilidad. Se sintió sucia y rechazada, como si la hubieran golpeado emocionalmente. Así que se permitió llorar mientras regresaba al carruaje. Su único deseo era encerrarse en él y sollozar. Quería encontrar a su madre y refugiarse en sus brazos, decirle que no quería quedarse allí, que no quería casarse con nadie y que consideraría unirse a la fe de los Siete y convertirse en septa. No quería volver a escuchar palabras tan hirientes en su vida. Pero, sobre todo, quería volver a casa, lejos de esas personas. Estuvo a punto de cerrar la puerta del carruaje de un golpe cuando alguien llamó su nombre. -Joffrine -era la voz del príncipe, no Daeron, sino el otro que había estado a su lado, Aemond. -Por favor, no te burles de mi. Déjame en paz imploró, su voz quebrada, sosteniendo el pedazo roto de su vestido. Un abrigo cayó sobre su espalda, envolviéndola en su calidez. Al voltear la vista sobre su hombro, Joff descubrió que el príncipe de cabello largo, el que llevaba un parche en el ojo, estaba detrás de ella, habiéndose quitado su propio abrigo. -No me burlaré -susurró, su voz fría pero al mismo tiempo reconfortante. Ella suspiró, estuvo a punto de cerrar la puerta del carruaje nuevamente, pero la voz del príncipe la detuvo una vez más. ¿Todavía deseas pasear por los jardines? - preguntó, ella se volvió hacia el, que estaba de pie unos escalones más abajo. -Puedes quedarte con el abrigo. Y, de alguna manera, al verlo allí, al ver el modo en el que el la miraba mientras ella se aferraba a su abrigo de terciopelo, Joffrine logró esbozar una sonrisa, una sonrisa triste y cargada de dolor, pero lo hizo. -Si, príncipe Aemond. Me encantaría ver las flores de Poniente.

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