INSPIRACIÓN
Vuelve conmigo
ALBERTO WALDEMAR
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D.R. INSPIRACIÓN
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CAPÍTULO 1
Era pleno octubre y ya hacía un frío que no daba tregua a nadie; y a la par de esto la presencia de militares por todo México, se había hecho muy recurrente desde aquel inicio de 1910. Rumores -que habían iniciado desde enero- de posibles movimientos alzados que pretendían desestabilizar al gobierno, habían puesto muy nervioso al presidente Díaz y a su gabinete. Incluso en el más recóndito poblado como Cuatro caminos en San Luis Potosí, el ambiente era muy tenso; y cualquier persona que levantara la mínima sospecha de ayuda, apoyo o que fuera detractor al gobierno, podía ser encarcelado sin ningún tipo de investigación.
En la capital del país el ambiente era el mismo. Y al interior de un colegio para señoritas llamado Instituto Franco alemán Mädchen, las mismas jovencitas internas también habían comenzado a escuchar sobre el posible estallido de alguna revuelta. En uno de los patios, dos señoritas algo nerviosas platicaban en voz baja sobre la situación.
-Todo está muy tenso allá afuera Macarena - dijo una robusta joven llamada Dorotea-... Dicen que don Luis Íñiguez va a sacar a Martina del instituto y la va a enviar a provincia. Y yo creo que la pobre no sabe nada.
-Ya lo creo -dijo Macarena-. Pues te vas a ir de espaldas con lo que Armida me acaba de decir. A Jesusa Reyes su padre la quiere enviar a España con unos tíos... Tiene miedo que le pase algo si se viene la guerra.
En eso llegó una bella señorita de una muy corta melena rubia, llamada Inspiración Moró. La joven que siempre era muy sonriente, impulsiva y temperamental siendo la alegría del instituto, esta vez no traía un buen semblante.
- ¿Pero qué te sucede Inspiración? - preguntó Macarena algo angustiada.
-¡Ay muchachas! Hoy me citaron en la dirección... Mi tío Jacobo lleva cuatro meses que no paga la mensualidad... Y no ha contestado a ninguna de mis cartas.
- ¡Bendito! ¿Crees que le haya pasado algo a tu tío? -preguntó Dorotea persignándose.
- ¡No sé qué pensar...!
-Justo estábamos hablando de eso -dijo Macarena-. La cosa se está poniendo muy peligrosa allá afuera.
-Yo tengo que ir a ver a mi tío... Llevo diez años aquí desde la muerte de mis padres, y él nunca se había atrasado en los pagos. Siempre habíamos mantenido contacto por correspondencia hasta ahora...
- ¿Y qué piensas hacer mujer? - preguntó Macarena.
- Le he estado dando vueltas al asunto y... me voy a ir a la hacienda.
- Pero ¿cómo? ¿te vas a fugar? - preguntó Dorotea.
- No hay otro remedio. Si no me voy me van a echar - dijo la joven algo contrariada -. Total sólo faltan menos de cinco meses para la graduación. Así que sólo me voy a adelantar.
- ¿Y con qué dinero te vas a ir? - preguntó Macarena-. Porque yo tengo unos ahorros y...
- No Macarena. No puedo aceptar... Tengo un anillo regalo de mi abuela. Voy a venderlo y... aunque con eso bien podría pagar lo que le debo al instituto hasta lo que resta del ciclo escolar, pero no...
- Oye. Yo puedo hablar con mis padres. Tal vez puedan hacer algo... - sugirió Dorotea.
-No muchachas. No puedo aceptar. No voy a quedarme así de brazos cruzados. Debo averiguar que sucede en la hacienda...
-¡Pero puede ser peligroso! - dijo Dorotea preocupada.
- ¡No me importa! ¡Voy a ir y voy a averiguar qué es lo que sucede!
- ¡Ay mujer! ¡A ti de que se te mete una idea en la cabeza no hay poder humano que te haga desistir! - dijo Macarena.
- Y también voy a hablar con... pues con Javier.
- ¿El maestro de español? - preguntó Dorotea.
-Ya que él si puede salir a la calle, le voy a pedir que me haga el favor de vender o empeñar el anillo.
-Oye y ¿qué has pensado de él? - preguntó Macarena pícara -. ¿No le piensas hacer caso al pobre? Porque se ve que lo traes de una ala eh.
-¡Cállate bruta! - dijo Dorotea-. Si el profesor Javier le lleva más de veinte años a Inspiración. ¡Cómo le va a hacer caso!
-Pues si yo fuera tú no la pensaría y si me fugaba con él... - dijo Macarena suspirando-. Está muy guapo el condenadote. Y le sientan tan bien esas canas en las sienes.
Llegado el momento, a solas y a escondidas en un salón de clases, Inspiración le confió el pesado anillo al profesor Javier y le pidió venderlo.
-Por ti yo hago lo que me pidas Inspiración - dijo el hombre guardando el anillo en su bolsillo-... ¿Y qué has pensado de...? Lo tuyo y lo mío, de lo nuestro...
- ¡No Javier no insistas...! - dijo la joven rehuyéndole juguetona.
- Ya te he dicho lo importante que eres para mí... Eres como la sílaba tónica de mi palabra amor - dijo hablándole lento al oído.
- ¿Tu silaba tónica dices? - dijo Inspiración cerrando los ojos melosa y con la respiración jadeante.
- ¡Eres la palabra perfecta, mi esdrújula!
- ¿Tu esdrújula dices?
-Eres la inspiración de este loco corazón que te ama.
- ¡No Javier...! ¡No...!
- Podemos huir lejos y... prometo hacerte feliz - dijo abrazándola por la espalda.
Luego la joven se apartó del profesor.
-¿Y tu esposa? ¿Y tus hijos? ¿Es que no has pensado en ellos? - le preguntó la joven dudosa recobrando la cordura.
- Lucila es mucho mayor que yo y, Esteban su hijo no es mío. Lo nuestro fue un matrimonio arreglado para ocultar apariencias... Anda ya dame un beso... O me vas a decir que ¿no te gusto?
- No si no es eso. Entonces Javier la abrazó de nuevo.
- Pero ¿qué haces? - dijo ella liberándose de él - ¡Alguien nos puede ver...!
- Ya deja de comportarte como una chiquilla. Eres toda una mujer y...
-¡Javier ya no insistas con eso...! ¡Qué me pones en una dificilísima situación!
- ¿Acaso tienes dudas de lo que siento por ti?
- No seas tonto... Es que nunca he tenido novio y... Tú sabes bien que sólo tengo diecisiete años. No tengo experiencia en estas cosas. No estoy lista para casarme y menos con un profesor.
- ¡Oh ya veo...! Te parezco poca cosa ¿eh?
- ¡Ustedes los hombres sí que son complicados! ¡No Javier! ¡No es eso...! Es sólo que no estoy segura de lo que siento. Entiéndeme por favor.
Entonces el hombre intentó besarla a la fuerza, pero Inspiración lo abofeteó.
- ¡No seas bruto Javier!
- ¡Me gustas como no tienes una idea!
- Mira. Primero vende el anillo y después hablamos ¿Quieres? - dijo nerviosa.
Luego de un arrebato el hombre se marchó del salón, fue en eso que la joven abanicándose aire con sus manos, por un instante pensó en aceptar la propuesta del profesor. Ella también se sentía atraída por el maduro hombre, pero algo la hacía dudar. Ya por la noche Inspiración no podía dormir. Daba vueltas en su cama angustiada, y en un instante planeó huir con Javier. Se irían a la hacienda que su tío tenía en el poblado de Cuatro caminos en San Luis Potosí. Se consolaba pensando que no iba a ser la primera ni la última jovencita de diecisiete años, que huyera con un hombre más grande. Así que preparó su equipaje. No contaba con que el profesor enamorado, ya no regresaría más al instituto. Por la mañana, las tres jóvenes reunidas en el patio de la escuela, no creían las últimas noticias.
- ¡Pues salió una fichita el profesor Javier, eh!- dijo Dorotea comiendo una paleta -. Mira que robarte el anillo de tu abuela.
- Dorotea ¿estás segura que oíste bien eso de que Javier había renunciado? - preguntó Inspiración contrariada.
- Lo oí muy bien y muy clarito de la boca de la directora. Dijo que tenían que buscar un nuevo profesor de español, porque el Javier Ballesteros había renunciado.
Entonces Macarena al ver a Inspiración decepcionada, la abrazó y le hizo un par de señas a Dorotea; quien muy apurada fue a su recámara y volvió con un pequeño paliacate.
- No te desavalorines Inspiración -dijo Macarena a la vez que Dorotea le entregó el ahorro de ambas.
-Mira Inspiración, no es mucho pero con esto bien llegas a Cuatro caminos.
-¡No muchachas! ¡No puedo aceptar! Son sus ahorros y...
- Claro que puedes. Mira. Son casi 200 pesos - dijo Macarena -. No es una fortuna pero te va a alcanzar para el boleto de tren.
-¡Pero...!
-Pero nada mujer - dijo Dorotea metiendo el dinero en el bolsillo del abrigo de la joven.
-¡Si puedes nos escribes! -gritó Macarena abrazada de Dorotea al ver saltar la barda a Inspiración con su maleta hacia la calle.
Así que justo a la hora en que servían el desayuno en el instituto, Inspiración estaba en la estación de trenes. Estaba por abordar cuando reconoció al profesor entre la multitud. Javier estaba acompañado por una bella y exuberante mujer de la vida galante, a quien al parecer le hablaba también de amor.
-Vamos Cecilia acéptame. Prometo hacerte feliz -dijo el hombre a la joven ofreciéndole el dichoso anillo en matrimonio -... Mira. Es una baratija comparada contigo.
- Está mono. No será de vidrio ¿verdad?
- Pero como dices eso. Todo lo mejor es para ti. Mira. Joyas como estas te esperan a mi lado... Tú eres como la sílaba tónica de mi palabra amor. Mi esdrújula...
Y entonces Inspiración acercándose a ellos, sacó todo su temperamento.
- ¡No que yo era tu esdrújula! No si prometer no empobrece ¿verdad? - le gritó Inspiración-. A esta pobre ingenua que le vas a quitar ¡ladrón! Aunque la ropa no ha de ser, si anda por estas cruces. Mira nomás. ¿No tiene frío oiga?
- ¿Y a usted no le enseñaron a respetar oiga? - dijo Cecilia ofendida.
- ¿Y a usted no le enseñaron a taparse? ¡Impúdica!
Justo cuando el hombre aún sorprendido trataba en vano de separarlas y tranquilizarlas, Inspiración lo abofeteó y le arrebató el anillo de su abuela.
-¡Maldito! ¡Haciendo caravana con sombrero ajeno...! ¡Pero que poco hombre eres Javier! ¡Y yo como una imbécil estuve toda la noche a suspire y suspire fantaseando con huir contigo!
- ¡Pero mi vida si la señorita es mi... prima! - dijo Javier mientras Cecilia se marchaba.
- Mira Javier, háblame cuando necesites a una mujer de verdad, no mocosas - dijo Cecilia contoneándose mientras se alejaba.
Entonces Javier detuvo a Inspiración que furiosa quiso golpear a la mujer.
- ¡Ay pero suéltame! ¡Suéltame Javier! ¡Voy a quitarle lo arrabalera y lo fácil a esa!... Aunque sabes ¿qué? ¡Mejor córrele! ¡Ve a cuidar a tu primita, no se vaya a perder o le dé una angina de pecho! - dijo Inspiración molesta haciendo un berrinche y echando a andar hacia el vagón del tren.
- ¡Pero Inspiración mi amor, lo que te he dicho es verdad...! ¡Ella es tan sólo mi prima!
- Y yo me chupo el dedo ¿no? - dijo de nuevo haciendo una rabieta.
- ¡Tienes razón...! Soy un caballero después de todo y... lo que pasa es que... ya no sabía cómo quitármela de encima... se me estaba resbalando, pero tú...
- ¡Yo nada chiquito! ¡Yo no me subo a tu resbaladero! Pero ¿cuánto no te habrás reído de mí? ¡Pero que tonta fui!
- ¡Mi vida! ¡Mi cielo! ¡Pero escúchame...!
- ¡A otra p... tonta con ese cuento!
- ¡Ya no seas chiquilla!
- Es cierto Javier - dijo Inspiración serenándose tratando de sonar seria, y dándole una palmadita en la mejilla -. Ya no soy una chiquilla así que... Aquí murió.
- Pero ¿cómo?
- Así como lo oyes. Lo nuestro se murió, pasó a mejor vida, estiró la pata, se enfrió, cruzó el puente, se acabó... ponle como quieras.
-Ya no seas irónica y perdóname.
- Irónica ¿yo? ¡Si lo único irónico aquí fue haberte conocido a ti Javier!
El profesor avergonzado trataba de convencerla, rogándole yendo tras ella por el andén. Pero en eso el tren anunció su partida; entonces Inspiración se apresuró a abordar dejando con la palabra en la boca al profesor.
CAPÍTULO 2
Iban a dar las diez de la mañana cuando Octaviano -un peón de la hacienda Los Moró y mano derecha del dueño, don Jacobo-, llegó al despacho del viejo.
-Don Jacobo le traigo la correspondencia directo de la oficina de correos. Pasaba por ahí cuando Ramiro el encargado, me dijo que habían matado al cartero y que tenía cartas que no había podido traer hasta acá.
-Deben ser de mis acreedores, arrójalas a la basura.
-Pero la mayoría son de un Instituto Franco alemán...
-¡Pero como! ¡De la escuela de mi sobrina...! ¡No encuentro mis lentes! ¡Pronto! ¡Lee una hijo! ¡Deben ser noticias suyas!
-Esta es sobre el adeudo que tiene con la escuela... Son casi los 900 pesos.
-¡Pero no puede ser...! ¡Eso es lo único que yo pagaba puntual! Es la escuela de mi sobrina. ¡Debe haber algún error yo...!
Entonces el viejo Jacobo sintió una gran opresión en el pecho, al imaginar a su sobrina necesitada. Octaviano le ofreció un asiento, aflojó la corbata del hombre y le sirvió un vaso con agua.
-Tranquilícese don Jacobo.
- ¡Esto también debe ser obra de ese maldito de Úrsulo Jaquez...!
-¿A qué se refiere?
- Yo le daba cada vez la mensualidad de la escuela de mi sobrina y el muy infeliz...
-Se quedó con el dinero... No cabe duda. Ese malnacido de Úrsulo le robó hasta el último peso que pudo.
- Con razón nunca me entregaba recibos. Me decía que ya los había archivado. ¿Cómo no desconfié de él? ¡En mala hora lo hice mi administrador!
-No se preocupe don Jacobo. No está solo.
-Gracias muchacho. Eres tan noble como tu padre el buen Evaristo que dios tenga en su reino... Pero no puedo aceptar tu ayuda. La hacienda ya no da para más. Tuve que despedir a casi todos los peones. Y a ti dentro de poco no voy a poder pagarte. El banco me va a embargar, lo resguardarán todo hasta que mi sobrina cumpla la mayoría de edad, luego la despojarán de todo... Y tú tienes pues dos bocas que alimentar.
- Pero si usted nos ha dado techo y comida. No se apure por los centavos. Debe haber alguna manera para hacer que se ponga al corriente.
-No cabe duda que llegaste en buena hora hijo.
-Usted me tendió la mano cuando hice mi tontería de robarme a Rosalidia ¿no lo recuerda? Así que el que está en deuda soy yo... -luego mirando los otros sobres-. Mire. Estás son tres cartas de su sobrina, la señorita Inspiración.
-¡Pobre hija mía! ¿Qué dice la carta?
-La última es de hace quince días... Dice que planea venir para... ¡Hoy! ¡A esta hora debe de estar llegando ya a la estación del tren!
-¡Por favor hijo ve a recogerla a Cuatro caminos! Esa sobrina mía es muy impulsiva y necia, se puede meter en aprietos. Ah y tenle paciencia es muy testaruda. De que algo se le mete en la cabeza, nadie la hace cambiar de parecer.
- No se preocupe. Yo sabré tratarla.
- Pero te suplico que no la alarmes. No le cuentes nada. Ella es mi responsabilidad, me la encargaron sus padres. No se debe de enterar de esto. Espero que se no quede muchos días. En cuanto ella regrese al instituto, también nosotros nos iremos. Luego te daré algo de dinero para que puedas irte a algún lado con tu mujer y con tu hijo.
-Por eso no se preocupe. Primero voy por la señorita al pueblo.
Octaviano se acomodó el sombrero, subió al carruaje y salió rumbo al pueblo. No se imaginaba que su vida iba a cambiar justo al conocerla.
Ya en el lugar, en un trozo de cartón Octaviano escribió "hacienda Los Moró", esperando que la joven lo mirara. De pronto de entre la multitud, apareció una hermosa y delicada joven rubia, de unos ojos color marrón y de una piel tan tersa cual porcelana. De inmediato Octaviano supo que ella debía ser la sobrina de don Jacobo. Cuando la joven se acercó a Octaviano, él pudo ver el brillo especial en sus ojos y algo dentro de ambos aceleró sus corazones. A él se le dificultó pasar saliva, y a ella el soltar la respiración. Para el hombre fue una sensación de deseo y admiración hacia la mujer. Mientras que para ella la simple postura de hombre recio de Octaviano, la hizo sentir insegura y a pesar del frío, con cierto calor. Se podría decir que ambos fueron gratamente sorprendidos. Ella era muy bella y él era buen mozo. De pronto Octaviano reconociendo que era un hombre casado, intentó negar ese sentimiento y la trató con cierta frialdad y brusquedad.
- ¿Inspiración Moró?- dijo un tanto seco y fijando altivo y con indiferencia la mirada entre la gente que pasaba.
-¡Señorita Moró para usted! - correspondió ella de una manera altanera, al sentir su aparente indiferencia.
-Me envió su tío... Soy Octaviano Aguirre y...
-¡No me importa quien sea usted! ¡No acostumbró hablar con los peones...! Fue entonces que Octaviano soltó un suspiro de resignación, y guardó silencio.
- ¿Como se enteró mi tío que yo vendría? Pero es que entonces ¿si recibió mis cartas? Pero Octaviano callado, sólo la miraba por momentos para luego fingirse desinteresado en las palabras de la joven.
- Hey. Psst. Oiga. ¿No me diga que se volvió mudo de repente?
- Pues como usted dijo que no habla con peones...
-Pero... Entonces ¿no me va a responder? Y Octaviano con cierta sonrisa de burla, continuó en silencio y negó despreocupado con su cabeza un par de veces. Entonces ella sintiéndose indignada y aprovechando que Octaviano estaba desprevenido, pensó en vengarse.
-¡Con que muditos a mí! - dijo Inspiración que se alzó un poco el vestido y le dio un tremendo pisotón con el tacón de su zapato.
- ¡Con mil diablos! Pos ¿qué le pasa oiga? - gritó Octaviano dolorido saltando en un pie.
- ¡Pos no que muy mudo "oiga"!
- ¡Me lleva la... que me trajo! - volvió a gritar Octaviano frotándose el pie.
-Tan grandote y tan llorón... ¿Dónde está mi carruaje?
El hombre hizo el intento por ayudarle con su maleta a la joven, pero ella se negó.
-Permítame oiga - dijo molesto.
-Yo puedo sola "oiga" -dijo ella rehusándose a entregarle su equipaje.
Pero Octaviano apretando su boca le quitó la maleta con brusquedad.
-Es mi trabajo... señorita.
-¡Sepa que tiene unos moditos que no me gustan señor...! ¡Y en cuanto llegue a la hacienda le voy a pedir a mi tío que lo eche! ¿Me oyó?
Octaviano lanzándole una mirada de burla e indiferencia, echó a andar rumbo a la carreta.
-¡Pelado! -dijo Inspiración indignada yendo tras él-. ¡Mira que dejarme a mí con la palabra en la boca! ¡Ah pero encima se burla usted!
Él subió la maleta al carruaje, luego le abrió la puerta y le extendió la mano para ayudarle a subir.
-¡Ahora sí muy galante! Pues sépase que yo puedo sola -dijo la joven molesta. E intentó subir pero resbaló del estribo y fue a dar a los brazos de Octaviano.
Fue en ese momento que ambos casi pudieron sentir el aliento del otro. Él la había tomado por su pequeña cintura y ella pudo sentir los fuertes brazos y el ancho pecho de él.
-Ya puede soltarme -dijo Inspiración tímida mirándolo a los ojos, para luego molesta entrar a la carreta con el corazón a punto de estallarle. Mientras Octaviano al cerrar la puerta, giró soltando un silbido y limpiando el sudor en su frente.
Ya en el camino, Inspiración frotaba su mano dolorida por el brusco jaloneo de Octaviano al quitarle su maleta. No sabía porque tenía unas ganas de sacarle los ojos, aunque a la vez soltó un suspiro pensando en la cara del atractivo mozo y en sus fuertes brazos.
-¡Es un odioso! -dijo molesta para sí misma-. Ni está tan guapo... Es un chocoso y arrogante. Muy creidito para ser un peón... ¡Ay, pero que peón!
Por su parte Octaviano mientras se acomodaba su sombrero y su jorongo para cubrirse de la fría ventisca, pudo sentir el olor de su mano; se había impregnado con el perfume de ella.
-¿Inspiración? Pero ¿qué nombre es ese? - se dijo suspirando -. Pero a ella le va tan bien.
CAPÍTULO 3
Mientras tanto a la hacienda Los Moró, llegó Arnulfo Legorreta con sus pistoleros. Iba dispuesto a cobrar la deuda que don Jacobo había adquirido con él gracias a Úrsulo Jaquez, que pidió dinero falsificando su nombre y firma en unos pagarés. Rosalidia al ver llegar a los hombres armados, puso sobre aviso al viejo en su despacho. Don Jacobo ordenó a la mujer ir a encontrar a Octaviano al camino, y evitar que trajera a su sobrina a la casa. Por lo mismo, le dio algo de dinero a Rosalidia como liquidación de ambos y otra fuerte suma para su sobrina. Terminó pidiéndole a la mujer huir con su pequeño hijo Mariano, y que evitara ser vista por esos hombres. Después de un rato, Arnulfo entrando como dueño y señor fue directo al despacho de Jacobo.
-Vengo por mi dinero viejo Moró.
-Ya le había dicho que no cuento con esa cantidad.
- Ese no es mi problema Jacobo. No pienso irme sin mis 40 000 pesos. Así que vende algunas de tus tierras...
-Ahorita nadie está comprando con la supuesta guerra que se viene...
- Pues estás de suerte... Yo bien podría aceptar las tierras que colindan con tu otra hacienda El Pénjamo, en pago.
-Esas tierras valen casi los 400 000 pesos... Eso sería como regalártelas.
-Mira Jacobo no tienes opción... -dijo Arnulfo poniendo su pistola sobre el escritorio del hombre.
Justo cuando Octaviano estaba por dejar el pueblo, se detuvo. Rosalidia a caballo y con su hijo en brazos, le salió al paso revelándole a su esposo las órdenes de don Jacobo.
-¿Por qué nos detenemos? - dijo Inspiración asomándose por la ventanilla de la carreta -. Me voy a congelar oiga.
Tanto Octaviano como Rosalidia guardaron silencio.
-¿Quién es esta... mujer Octavio? - preguntó la joven sintiéndole casi en automático cierta rivalidad a Rosalidia.
-Discúlpeme señorita. Vamos a tener que regresar a Cuatro caminos -respondió Octaviano -. Debo llevar a mi esposa Rosalidia y a mi hijo a casa de su madre. Es de vida o muerte.
Cuando Octaviano iba a subir con él a Rosalidia, Inspiración le propuso que fuera dentro junto a ella, ya que el frío no daba tregua a nadie. El hombre se sintió incómodo y se quiso oponer, pero la joven insistió.
Ya al ir las dos mujeres en la carreta, Inspiración trató de controlarse.
-Disculpe que la incomode señorita - dijo Rosalidia -, pero debo decirle algo.
-¿De qué se trata?
La mujer le reveló lo que sucedía en la hacienda. Así como la orden de don Jacobo para que Octaviano no la llevara a la casa. Pero Rosalidia no le comentó sobre el dinero que su tío le había enviado; ya que pensaba que el viejo moriría a manos de Arnulfo y ella se quedaría con el dinero. Así mismo quería que ella evitara a toda costa que Octaviano fuera a la hacienda.
-Si me lo matan ¿qué voy a hacer yo sola con nuestro hijito?
- No se preocupe Rosalidia... Octavio no irá a la hacienda. Iré yo sola.
Llegando a la casa de los padres de Rosalidia, ésta se quedó allí junto a su pequeño hijo.
-Usted también se quedara aquí señorita. Don Jacobo me la encargó. Yo iré a buscar al señor. Tengo que ver en que puedo ayudarlo.
-No señor. Usted es quien se va a quedar. Su esposa y su hijo lo necesitan.
Luego la mujer echó a andar con su maleta. Pero Octaviano fue tras ella.
-Usted es lo más preciado para su tío. No voy a dejarla ir.
- Sepa que no me va a poder detener Octavio.
- Ya me lo había advertido don Jacobo, que usted era demasiado terca pero se quedó corto palabra.
Inspiración lo ignoró y continuó caminando. Entonces Octaviano fue y habló con su esposa. No podía permitir que la joven fuera sola a ese lugar. Pero Rosalidia molesta también le iba impedir a él acompañarla.
- Si te largas con ella... ¡Será mejor que te olvides de mí y de Mariano!
- ¡Ellos me necesitan mujer...!
- ¡Tu hijo y yo también te necesitamos!
- ¡Pero ustedes están a salvo y ellos no!
- ¡No vas a ir Octaviano...!
- En cuanto vea que ellos están seguros regresaré... Toma- dijo entregándole unas monedas-. No es mucho pero les alcanzará mientras vuelvo.
La mujer tomando el dinero y guardándolo en su sostén, se dio la media vuelta.
Justo cuando Inspiración llegó al camino que iba a la hacienda, Octaviano la alcanzó en su caballo.
- De esta manera no llegará nunca señorita -dijo bajándose del animal.
-No necesito que me ayude usted... Vuelva con su familia. Ande -dijo molesta.
-¿Por qué está tan enmuinada conmigo?
-¡Porqué quiero...!
-Esa no es una respuesta... Venga la llevaré en mi caballo.
-¡No! - dijo ella y continuó caminando-. ¡No quiero nada de usted!
- Pues así molesta y todo y aunque no quiera la voy a cuidar, y la voy a acompañar.
- ¿Pero que no entiende...? ¡Aléjese de mí! ¡Qué no ve que no lo soporto!
- Yo tampoco a usted, así que estamos a mano. Y más le vale que suba al caballo.
- ¿Y la carreta? ¿Dónde la dejó? ¡Ese carruaje debe ser de mi tío! Se lo quiere quedar ¿verdad? No si luego luego a hacer leña del árbol caído...
-No podemos ir en la carreta, llamaríamos la atención... Suba ya - dijo el hombre subiendo al caballo para luego extenderle su mano-. Venga.
- ¡No quiero que me ayude! ¡Y deje de mirarme así...!
-¡Ah chirrión! ¿Pos así como?
-Pues así como si...
-¿Como si qué?
-Como si yo le gustara... Usted es ca-sa-do. Y tampoco me hable con tanta autoridad.
- ¿Qué dice?
- No quiero que la gente piense que usted y yo pues tenemos algo.
- Ya veo porque no deja que le ayude. Ya sé que es lo que le molesta tanto de mí. Es sólo porque se enteró que soy... casado ¿no?
- ¡No me haga reír! ¡Sépase que su vida no me importa ni tantitito así y...!
- ¡Deje de comportarse como una niña berrinchuda! - gritó Octaviano -. Si la ayudo no es por usted, téngalo por seguro... Le prometí a don Jacobo cuidarla.
Entonces Inspiración resignada subió a las ancas del animal.
- Yo en caballo... y con este clima...
-¡Y agárreme fuerte! - dijo Octaviano sujetando con una mano la rienda, y con la otra las dos manos de la joven, que lo rodeaban por su cintura.
Al estar tan cerca, a ambos les agradó la sensación de sentir el cuerpo del otro. Mientras él dirigía al caballo, ella lo observaba discretamente; y fue allí mismo que en su estómago una sensación extraña comenzó a revolotear. Y él por su parte, al sentir las manos de ella aferradas a él, sonrió y las apretó cálidamente contra su pecho.