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Inconfesable

Inconfesable

Autor: Mileth Pineda
Género: Romance
¿Qué pasa cuando la única persona que puede salvarte... es también aquella a la que no puedes amar en voz alta? Ella es la directora financiera de una empresa en ruinas. Él, el único inversor capaz de salvarla... y el hombre con quien compartió una noche que jamás debió ocurrir. Un hijo secreto. Un matrimonio sin amor. Y el regreso del hombre al que nunca debió tocar.
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Capítulo 1 Expuestos

Roxana

La verdad sobre Terra Nova llevaba semanas filtrándose por Domus Áurea. Lo confirmé aquella mañana cuando atravesé el pasillo principal.

-El proyecto se hundió... -Escuché murmurar a Gianfranco del departamento legal antes de que su voz se extinguiera al verme.

-Buenos días -saludé con un movimiento de cabeza, sin alterar mi expresión.

Para ellos, era solo otra crisis corporativa. Para mí, representaba años de decisiones y sacrificios acercándose a su punto crítico. La reunión directiva de hoy no sería sobre salvar el proyecto, sino sobre decidir quién caería con él y qué tan sólidos eran los cimientos que forjé para mantenerme en pie.

Los grupos de ejecutivos se dispersaban a mi paso como si mi presencia fuera contagiosa. Nadie quería ser asociado con la portadora de malas noticias.

Diana Ferretti, directora de marketing y la única otra mujer en la junta directiva, me interceptó antes de llegar a mi oficina.

Llevaba el mismo collar de perlas que usaba en cada presentación importante; era su amuleto, según me confesó tras tres copas de champán en la última gala benéfica.

-Roxana -susurró, ajustándose la pulsera una y otra vez-. Francesco está aquí desde las seis de la mañana. Nunca lo había visto tan alterado.

Le agradecí con un asentimiento. Diana y yo manteníamos una alianza implícita en un mundo dominado por hombres, aunque ella siempre jugaba a la diplomacia mientras yo prefería los datos crudos.

En mi oficina, Claudia, mi asistente, me recibió con un espresso y los informes recién actualizados.

-Lo último de contabilidad. Y el arquitecto Gianluigi dejó esto en persona.

La nota manuscrita era concisa: «Los proveedores se niegan a entregar los pedidos. Necesitamos respuestas hoy».

Desplegué los documentos sobre mi escritorio y la realidad me golpeó en forma de números rojos. El proyecto Terra Nova, la urbanización de lujo que Valentino prometió convertir en insignia del sector inmobiliario, no solo se estancó; se desangró desde que Holden Group retiró su capital tres meses atrás. Lo sorprendente no era el fracaso, sino que Valentino hubiera logrado mantener la información contenida durante tanto tiempo, hasta que comenzó a filtrarse hace apenas un par de semanas.

Al revisar las proyecciones financieras anteriores, mi estómago se contrajo. Comparé fechas y firmas. Y fue evidente. Valentino alteró los procesos para justificar inversiones temerarias.

-Esta vez no podrás escapar de las consecuencias -murmuré, revisando el informe que debía presentar.

Recordé la cena donde todo se torció. El desinterés de Francesco al escuchar las propuestas de modernización de Holden, sus comentarios despectivos sobre las «modas pasajeras». Luego Valentino intentando salvar la situación con una invitación al casino. La expresión de disgusto en el rostro de nuestro mayor inversor fue el principio del fin.

Mi mirada se desvió hacia la fotografía de Valentino, mi hijo Andrea y yo durante nuestras vacaciones en Capri el año pasado. Una imagen perfecta. Una mentira construida con el tiempo. Pero él era lo único real en ella y me recordó por qué seguía aquí. Por qué soportaba todo esto.

-Pronto, cariño -murmuré, rozando el cristal-. Pronto seremos solo tú y yo.

Giré el marco y organicé la presentación hasta que el intercomunicador interrumpió mi concentración.

-Señora Di Marco, la junta comienza en cinco minutos.

-¿Él ya está en la sala?

-Sí, y parece... impaciente.

Perfecto. Un Francesco Di Marco impaciente estaría menos inclinado a proteger a su hijo y más dispuesto a escuchar.

Coloqué la documentación en una carpeta negra y la sujeté contra mi pecho como parte de mi armadura antes de salir de la oficina.

***

En la sala de juntas, seis hombres y Diana ya ocupaban sus asientos cuando entré. Francesco, en la cabecera, pasaba páginas con brusquedad, delatando su tensión. La silla de Valentino seguía vacía, como cada vez que yo presentaba informes ante la junta. Como si mi trabajo no mereciera su atención.

-Empecemos -ordenó Francesco tras un vistazo a su reloj-. No vamos a perder más tiempo esperando a mi hijo.

Proyecté el primer gráfico y el silencio fue inmediato al ver la línea roja precipitándose hacia el abismo.

-Terra Nova excedió su presupuesto inicial en un 78% -comencé, manteniendo mi tono profesional-. El retorno está un 43% por debajo de nuestras proyecciones más conservadoras.

-¿Y a qué atribuyes este desastre? -preguntó Francesco, yendo al grano.

-A decisiones precipitadas -señalé el punto exacto donde la curva se desplomaba-. Primero duplicamos inversión sin respaldo técnico, reemplazamos materiales ya comprados y aprobamos ampliaciones sin estudios de viabilidad.

La puerta se abrió de golpe y Valentino entró ajustándose los gemelos de platino que le regalé en nuestro último aniversario mientras cruzaba hacia mí.

-¿Me perdí algo importante? -sonrió con esa seguridad que solo da nacer siendo un Di Marco y no se amilanó al plantarme un beso que provocó risitas. Y luego agregó-: ¿O solo estábamos repasando cuánto cuestan los cafés en la sala de descanso?

-Tu esposa nos explicaba cómo Terra Nova está a punto de hundir la empresa -respondió su padre con frialdad.

-Siempre tan dramática. -Valentino me dirigió una mirada condescendiente mientras tomaba asiento-. ¿Qué te asusta esta vez?

Diana jadeó. Zaccari y Rossi intercambiaron sonrisas cómplices. Sentí el calor subiendo por mi cuello, pero mantuve mi expresión impasible.

-Estos números indican insolvencia en menos de un par de meses si no actuamos -dije, conteniendo el temblor de mi voz.

-Por favor -resopló-. Somos Domus Áurea. Llevamos cien años en el mercado.

-Y podemos desaparecer por decisiones como estas -mostré las aprobaciones firmadas por él-. Cada una ignorando los protocolos financieros básicos.

Francesco revisó los documentos con creciente irritación y señaló un papel con manchas de vino.

-¿Firmaste una ampliación de seis millones en un club?

-Estábamos celebrando el cumpleaños de Marconi -se defendió Valentino-. Y a veces hay que tomar decisiones rápidas. Los mercados no esperan por comités de evaluación y nadie necesita que...

-Lo que necesitamos -interrumpió Diana, quien nunca lo contradecía en público- es entender cómo llegamos a este punto y cómo saldremos de él.

Valentino le dirigió una mirada airada y Zaccari salió en su defensa con una burla más.

-¿Y qué propones, Roxana? -Francesco los hizo callar al elevar la voz-. ¿Despedir a todo el equipo? ¿Abandonar el proyecto?

Sentí sus miradas sobre mí. Era mi oportunidad para demostrar que podía ofrecer soluciones, no solo identificar problemas.

-Propongo una reestructuración estratégica. Desde hoy, el Centro de Convenciones Innovare reúne a los mejores talentos del sector. Con los contactos adecuados, podríamos atraer aliados o inversores especializados en rescates corporativos.

Valentino soltó una risa despectiva.

-¿Ahora la experta en finanzas también sabe de relaciones públicas? ¿Qué más sabes hacer, querida? ¿Además de llamarnos reuniones cuando no se debe?

-La fecha la cambiaste tú -respondí sin poder contenerme-. Para ver el Milan-Juventus. Como siempre.

Un silencio incómodo cayó sobre la sala.

-Tal vez deberías tomarte unos días hasta que tu ciclo hormonal se normalice -contraatacó, provocando carcajadas en todos, excepto en Diana y su padre.

Apreté mis manos bajo la mesa e imaginé con perfecta claridad una escena alternativa donde le arrojaba la carpeta a la cara, le gritaba cada verdad y por fin todos veían al monstruo detrás de su encanto. Pero no era el momento. Aún no.

-Suficiente. -Francesco golpeó la mesa-. Esto no es un teatro, es una junta directiva. Roxana, continúa.

Durante los siguientes veinte minutos, desmantelé las decisiones que llevaron a Terra Nova al borde del colapso y, con cada dato, sentía los ojos de Valentino prometiendo represalias.

-Bien -concluyó Francesco cuando terminé-. Tienes hasta la próxima junta para presentar un plan viable.

-Padre, con todo respeto -intervino Valentino-, las relaciones corporativas son mi terreno.

-Uno que has arado con desastres -replicó Francesco ya de pie-. Es hora de intentar otro enfoque.

Mientras recogía mis documentos, sentí que la mano de Valentino se cerraba sobre mi brazo.

-A mi oficina -susurró cerca de mi oreja-. Ahora.

Capítulo 2 Choque con el pasado

Roxana

Cada paso hacia la oficina de Valentino era como avanzar a una trampa conocida. Ese espacio había presenciado más de lo que me gustaría recordar.

El lugar era un monumento a la vanidad: fotografías con celebridades y políticos, trofeos de torneos de golf y polo, arte seleccionado por su mejor curador. Ventanales que enmarcaban Milán como si la ciudad le perteneciera, mobiliario que susurraba exclusividad y ese característico aroma a sándalo que mandó a crear con un perfumista francés.

Cada elemento existía para un propósito: impresionar.

Cerró la puerta tras de sí, me sonrió y dio la espalda.

-Estuviste brillante ahí dentro. -Se sirvió un whisky del decantador de cristal-. Casi me convences hasta a mí. ¿Quieres una copa?

-No, gracias. -Con las manos vacías entrelacé para disimular su temblor.

Se quedó de espaldas, contemplando la ciudad mientras hacía girar el líquido ámbar en su vaso, dándome tiempo para que la ansiedad creciera.

-Presenté datos verificables -mantuve el mentón alto-. Solo hice mi trabajo.

Con cada segundo de su silencio, sentía cómo mi determinación se diluía. Se giró y me estudió con esa sonrisa calculada que reservaba para sus negociaciones más importantes.

-¿Sabes cuál es tu trabajo, Roxana? -dio un paso hacia mí-. ¿El que te ha mantenido aquí todos estos años?

-Ser directora financiera -respondí, y me sentí estúpida al instante.

Valentino rio y se acercó hasta que el calor emanando de su cuerpo chocó contra mí y con delicadeza, apartó un mechón de mi cabello.

-Mi amore -susurró mientras sus ojos recorrían mi rostro-, tu única labor es ser el trofeo perfecto. La esposa brillante, educada, hermosa. Mi obra maestra.

Sus dedos recorrieron mi mejilla en una caricia hasta mis labios y los separó antes de apoderarse de ellos con una pericia que me dejó sin aliento. Al alejarse de mi boca, sonrió y la calidez abandonó su mirada.

-Te elegí precisamente por eso -continuó-. El pedigrí académico que impresionaría a mi padre y la belleza que envidiarían los hombres a mi alrededor. El equilibrio perfecto.

Su trofeo. Era justo lo que busqué ser al principio, cuando el apellido Di Marco representaba todo lo que ambicionaba. Pero eso fue antes de entender el verdadero precio.

-Necesito ir al Centro de Convenciones -logré articular-. Tu padre espera resultados.

-Siempre él. -Su sonrisa se tensó un poco antes de suspirar, mientras giraba el anillo con el escudo familiar en su dedo-. Después de todos estos años, sigues creyendo que podrías impresionarlo cuando solo te considera una extensión útil de mí.

Se acercó a su escritorio y apoyó la cadera contra el borde, estudiándome con esa mirada que alternaba entre admiración y cálculo.

-Hoy cruzaste una línea, Roxana. -Su voz era aterciopelada pero firme-. Me expusiste. Me debilitaste. ¿Disfrutaste tu pequeño momento de gloria?

-Intentaba salvar el proyecto -me defendí.

-¿De verdad crees que Terra Nova es tan importante? -negó con la cabeza-. Hay cincuenta formas de absorber esas pérdidas sin que nadie lo note.

-Es mi deber proteger la empresa, incluso de tus caprichos. Además, ... -Insistí, pero antes de continuar vi el momento exacto en que sus ojos se endurecieron; una vena palpitó en su sien.

-Tu deber es serme leal. No convertirte en la mascota de mi padre.

Me tomó por la cintura y me atrajo hacia él paramurmurar contra mi oído:

-Ya que has decidido tener voz, vamos a darle a esa boca un mejor uso -murmuró, empujando mi hombro hacia abajo.

Mi estómago se contrajo. No era la primera vez. Pero esta vez, algo me ardía por dentro. Una rabia áspera, inesperada, que ni siquiera sabía de dónde venía.

-No -la palabra salió antes de poder detenerla.

Valentino parpadeó antes de preguntar:

-¿Disculpa?

-Dije que no -mi voz sonó firme, aunque mi corazón martilleaba-. Tengo que representar a Domus en menos de una hora. No voy a aparecer con los ojos hinchados y el maquillaje corrido.

Su risa fue breve y cruel cuando su mano se cerró alrededor de mi mandíbula hasta que me quejé.

-¿Ahora te preocupan las apariencias? Creo que no entiendes tu posición, querida.

Me guio hacia el escritorio y me inclinó sobre la superficie pulida con una gentileza que lo hizo todo más perturbador al inmovilizarme con su cuerpo, sin esfuerzo Mi mejilla se posó contra la madera fría y bajé la mirada. Me odiaba por ceder. Pero aún más, por el silencio con que lo hice.

-Valentino, por favor. La convención...

-Eso puede esperar -sentí su aliento contra mi cuello-. Yo no.

Intenté incorporarme, pero su mano en mi nuca ejerció una presión suave aunque firme.

-Andrea... -Fue mi último recurso.

-Él tiene asegurado su futuro porque es un Di Marco -respondió con inquebrantable convicción-. Tú no.

Sus manos recorrieron mi cuerpo con dominio absoluto. Lo peor no era la humillación. Sino el que, por un segundo fugaz, mi mente traicionera recordó aquella noche en Portofino, sus manos gentiles guiándome por la terraza iluminada, susurrando al oído que era la mujer más brillante que había conocido. Antes de que el poder se convirtiera en control y los cumplidos en jaulas.

Para cuando terminó, me incorporé y con movimientos mecánicos alisé la falda, ajusté la blusa, recompuse mi peinado y caminé al baño. Valentino se acomodó la ropa con elegancia estudiada y me siguió. Miré mi desprolijo reflejo entre lágrimas contenidas.

-Ahora puedes ir a tu convención. Consigue esos inversores. -Demuestra tu valía -soltó con gracia mientras se lavaba las manos.

-Roxana... -me detuvo cuando giré el picaporte.

Volteé, y él ya había recuperado la sonrisa que me convenció de que el amor era posible.

-Recuerda una cosa -dijo con voz casi tierna-. Puedes impresionar a esos inversores, deslumbrar a toda la junta. Incluso ganarte la aprobación de mi padre. Pero al final del día -hizo una pausa deliberada-, las felicitaciones son mías, porque me perteneces.

No le respondí. Caminé hacia la puerta sin bajar la mirada. Aprendí hace tiempo que en Domus, las heridas se esconden. Aquí no se sangra frente a los lobos.

En el baño de mi oficina, apoyé ambas manos en el lavabo y una arcada repentina me dobló. No llegué a vomitar, pero el sabor amargo de la bilis permaneció en mi garganta aun después de enjuagar mi boca.

Al retocar mi labial, caí en cuenta de que Valentino al fin le dio voz a mis pensamientos: mi valor siempre iba a ser definido por él mientras llevara su apellido.

Recogí mi maletín, los informes y mi cartera. Con cada objeto que metía en mi bolso, recuperaba un fragmento de control. Salí de Domus con la espalda recta y la mirada al frente. El Centro de Convenciones me esperaba; un lugar donde, por unas horas, podría ser solo Roxana Navarro, la brillante CFO, no la propiedad de Valentino Di Marco.

En el coche, intenté concentrarme en el evento. Necesitaba establecer conexiones sólidas, personas que pudieran respaldarme como profesional cuando al fin ejecutara mi plan. Cada tarjeta intercambiada, cada impresión positiva contaba.

El conductor giró hacia el estacionamiento subterráneo. Apenas registré el destello plateado del otro vehículo antes del impacto. El chirrido de neumáticos, el crujido del metal y luego mi cuerpo lanzado con violencia contra el cinturón.

Cuando el mundo dejó de girar, sentí algo cálido deslizándose por mi sien. Con dedos temblorosos, toqué mi frente y vi sangre.

-¿Señora Di Marco? ¿Me oye? -la voz de Luigi sonaba distante.

Alguien golpeaba la ventanilla.

Giré la cabeza y el mundo entero se redujo a un solo punto cuando mis ojos se encontraron con los de Alessandro Di Marco.

Mi calculado plan de escape acababa de colisionar con la única variable que jamás contemplé y que podía arruinarlo todo solo con su presencia.

Capítulo 3 Distracción peligrosa

Alessandro

El cristal crujió bajo mis zapatos cuando me lancé hacia el vehículo que acababa de impactar al ver el hilo de sangre que descendía por la sien de la mujer que había dentro. La adrenalina seguía pulsando en mis venas, por lo que provocó mi distracción mientras forcejeaba con la manija.

La llamada de mi contador sobre la crisis financiera de Domus Áurea y mi forma de celebrarlo con Mateo mientras conducía terminaron en esto: Una total imprudencia, pero al final solo una advertencia de lo que podría haber sido una tragedia mayor.

-¿Está bien? -Extendí mi mano hacia ella-. Deberíamos ir a un hospital.

-¿Luigi? -reconocí al conductor que durante años me había llevado a clases de esgrima y escapadas secretas a conciertos-. Lo siento mucho.

El hombre, con más canas de las que recordaba, me sonrió con afecto.

-Señor Alessandro. La señora está...

No terminó la frase. La mujer cambió su expresión de dolor a una de frialdad al escuchar mi nombre.

-¿Qué cree que hace? ¡Casi me mata! -exclamó ella mientras presionaba un pañuelo rosa contra la herida en su frente. Su voz tenía un acento español inconfundible, que encontré melodioso a pesar de la furia que lo impregnaba.

-Fue un accidente. Permita que... -Intenté sonar conciliador.

-¿Me toma el pelo? -me interrumpió, destilando desdén-. Iba a toda velocidad como un loco. Tiene suerte de que no esté llamando a la policía.

Su reacción me descolocó. Al observarla con atención, quedé cautivado por su belleza feroz: cabello oscuro que caía en ondas desordenadas enmarcando unos expresivos ojos miel. Un destello de reconocimiento cruzó su mirada antes de que se pusiera unas gafas de sol con un gesto brusco, pero bastó para provocar en mí una inquietante sensación de familiaridad.

-Entiendo su enojo, solo quiero ayudar -insistí.

-No la necesito. -Me lanzó una mirada que podría haber congelado el Mediterráneo cuando volví a extender mi mano hacia ella-. Tengo asuntos urgentes que atender y usted ya ha causado suficientes problemas.

Apreté los labios, más fascinado que ofendido por su enojo. Pero eso me duró poco cuando dio un paso hacia Mateo, ignorándome, como si no mereciera su atención, y sentí una irritación que ningún insulto directo habría provocado.

-Mire, no tenemos tiempo para esto -intenté sonar práctico, aunque mi voz traicionó cierta tensión.

-Señorita, debemos llegar a la convención -intervino Mateo, siempre el diplomático-. Intercambiemos los datos del seguro con celeridad y...

-¿Y cree que yo estoy aquí de paseo? -respondió ella, mirando su reloj con impaciencia.

La observé mientras daba instrucciones precisas a Luigi, sacando algunas pertenencias del auto abollado. Y Mateo se acercó a mi lado, evaluando los daños mientras negaba con una sonrisa contenida.

-Yo me encargo del papeleo y el seguro. -Palmeó mi hombro-. Tú tienes una presentación en veinte minutos.

Noté cómo la mujer evitó mirarme. Su reacción parecía contener más que el enfado por el accidente que yo no comprendía.

-Mi conductor tiene todos los datos, pero... -Ella le entregó una tarjeta de presentación a Mateo antes de darnos la espalda e irse sin más.

Lo escuché leer el nombre impreso al mismo tiempo que me entregó el plástico:

-Roxana Navarro, Directora Financiera, Domus Áurea. Interesante coincidencia -murmuró, interrumpiendo mis pensamientos-. Justo cuando hablábamos del diablo.

Las piezas encajaron como un reloj suizo. La esposa de Valentino, mi hermano menor. La novia silenciosa y esquiva en aquella boda a la que asistí por pura obligación familiar antes de mi partida definitiva, y a quien apenas podía recordar.

Hace diez años, juré que nunca volvería a tener nada que ver con Domus y ahora, el destino parecía decidido a probar mi determinación mientras veía a Roxana desaparecer por las puertas del Centro de Convenciones.

***

Veinte minutos después, con el traje apenas arrugado y aún algo perturbado por el encuentro, me encontraba frente al auditorio. El lugar se sumió en la penumbra cuando tomé el escenario. En la sección media, divisé a Roxana con una pequeña bandita adhesiva en la frente, vestigio del accidente, y me pregunté por qué no usaba el peso del apellido familiar en su tarjeta profesional. Su presencia me provocó un cosquilleo inesperado en la nuca, pero respiré hondo y comencé.

-¿Qué es la domótica? No se trata solo de casas inteligentes, sino de crear entornos que respondan a necesidades humanas reales.

Recorrí el escenario mientras señalaba hacia la pantalla, pero mi mirada volvió a Roxana. Sacó una libreta y un bolígrafo, y sentí un súbito deseo de impresionarla.

-La verdadera innovación reside en cómo los microprocesadores de aprendizaje continuo interactúan con sistemas neuronales adaptativos para crear ecosistemas sensibles al contexto -dije, elevando el nivel técnico más de lo planeado.

Desde un lateral del escenario, vi a Mateo arquear una ceja. Siguió mi mirada hasta Roxana y me dedicó una sonrisa burlona. Articuló en silencio: «¿En serio?», lo que me hizo toser un poco.

-En palabras más sencillas -rectifiqué-, creamos tecnología que se adapta a las personas, no al revés.

Me aclaré la garganta e ignoré la expresión divertida de Mateo al agregar:

-En Singapur, una red de represas inteligentes ajusta la captación de agua según pronósticos meteorológicos en tiempo real, optimizando la distribución durante temporadas de sequía sin intervención humana.

Las imágenes cambiaron a otro entorno.

-En una residencia para veteranos de guerra en California, implementamos superficies táctiles invisibles que responden a diferentes niveles de presión. Para aquellos con prótesis, el sistema reconoce sus patrones de movimiento únicos, ajustando la sensibilidad según cada usuario sin necesidad de configuraciones manuales.

Mientras desarrollaba otro ejemplo sobre un museo, noté que Roxana dejó de escribir. Parecía interesada en la presentación y ese pequeño gesto provocó en mí una satisfacción inexplicable.

-A veces, la mejor tecnología es la que ni siquiera sabes que está presente -añadí. Sostuve su mirada un segundo más de lo apropiado y ella me devolvió una sonrisa fugaz.

Algo tan inesperado que le sonreí también, pero al darme cuenta, tuve que darle la espalda al público para avanzar a la siguiente diapositiva y controlar el calor irracional que ascendió por mi cuello mientras buscaba concentrarme.

-Hace dos semanas -sentí una punzada de culpa al mencionar esto-: mi esposa organizó una cena para sus colegas del mundo del arte.

La sensación incómoda se intensificó, acompañada de una pregunta peor: ¿por qué me importaba tanto lo que pensara esta mujer?

-El sistema, que aprende de nuestros hábitos, identificó un patrón inusual en la duración de la reunión. Ajustó la iluminación y la música para sugerir un cierre con sutileza.

-A las once, frustrado porque nadie captaba la indirecta, murmuré: ¿Alguna sugerencia para que estas personas se vayan? -las risas comenzaron-. El sistema proyectó en el muro: «Les recordamos que el último metro sale en 15 minutos».

El auditorio estalló en carcajadas y la risa de Roxana le cambió el rostro; la severidad de antes fue reemplazada por una calidez que me dejó sin aliento.

Por un segundo no supe dónde estaba. Ni quién era yo. Y eso fue peor.

-Yo... -balbuceé, algo inusual en mis presentaciones.

Mateo tosió desde un costado, sacándome del trance con una mirada que decía con claridad: «¿Qué demonios te pasa?».

Y fui consciente de mi reacción desmedida ante un simple gesto de apreciación.

-Mi esposa no me dirigió la palabra durante dos días -improvisé, recuperando el control-. Pero recibimos tres solicitudes de presupuesto esa misma semana. Esperamos obtener algunas más en nuestro stand al final del día. Gracias.

El auditorio estalló en ovaciones, pero yo buscaba solo una reacción: la suya. La encontré haciendo lo mismo, aunque ya sin la calidez de antes. Ahora parecía evaluarme a detalle, y a diferencia de la tibia mirada de Deborah, la suya me desarmó. Cuando se levantó para irse, el daño ya estaba hecho: por primera vez en años, deseé volver a ser mirado así.

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