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Inefable, lo que creíamos perdido

Inefable, lo que creíamos perdido

Autor: : ShadiSaad
Género: Romance
El pequeño pueblo de River Hills recibirá una nueva habitante: Gabriel Blanchett. Una joven artista de 19 años que, en busca de escapar de su pasado y un secreto doloroso, dejó atrás todo lo que conocía para refugiarse en un lejano pueblo de West Virginia. Sin embargo, los secretos nunca permanecen ocultos para siempre y, de alguna manera, los suyos empiezan a aparecer de forma anónima en el periódico universitario, amenazando con revelar aquello que con tanto empeño estaba decidida a olvidar. Una nueva vida, con nuevas personas, un terrible misterio que resolver y sentimientos que descifrar, removerán aquello que por mucho tiempo Gabriel ha intentado ocultar y le harán saber que al final no todo está perdido.

Capítulo 1 Prefacio

Los colores tienen infinidad de significados, pueden expresar sentimientos o estados de ánimo, incluso pueden ser causantes de guerras y esclavitud. Pero cuando el mundo explota en colores frente a ti y los ves cobrar vida mientras los rayos del sol se filtran sobre ellos, en ese instante no hay palabras, sentimientos o emociones que alcancen. En ese momento solo basta con observar y hacerlo inmortal. Agradeciendo como de alguna manera el mundo te está brindando todo un espectáculo solo para ti.

Hace tiempo había olvidado mirar la vida con colores. Mi vida se convirtió en una interminable paleta de grises que se oscurece o aclara dependiendo del día, haciendo que olvide que continúo siendo parte del mundo y que éste se encuentra gritando a mi alrededor para que le de mi atención.

Todo eso cambió cuando llegué a River'Hills.

¨¨****¨¨

Hola, lectores. Este es el inicio de la novela: Inefable, lo que creíamos perdido. Una historia que trata sobre la amistad, el perdón, el abuso y el bullyng. Problematicas que much@s padecen a diario y que la sociedad ha intentado normalizar, en especial con las nuevas generaciones, a las que suelen llamar generación de cristal.

Aquí trato de mostrarles un poco de cómo este puede afectar a los jovenes, a través de las vivencias de la protagonista: Gabriel.

Espero que la disfruten.

Capítulo 2 Un nuevo hogar

La brisa fría besa mis mejillas y hace a mi cabello volar con libertad fuera del auto. Una canción de John Lennon suena en la radio y mi padre la tararea en voz baja a mi lado; a pesar de las circunstancias, este momento es perfecto.

Los viajes en auto siempre me han resultado tranquilizantes a diferencia de lo que mucha gente pueda pensar; ver el camino pasar como un borrón frente a mis ojos y los distintos escenarios aparecer frente a mi como la portada de un libro tentándome a que me adentre en ellos, me resulta cautivador. Este viaje ha durado un poco más de cinco horas desde que abandonamos Manhattan, y sé que aún nos falta un largo camino por delante para llegar a nuestro destino.

Mis manos aferran con fuerza el papel que he estado sosteniendo desde que subimos al auto: lo desdoblo y me dispongo a leerlo por enésima vez.

River Fleur - Academia de Arte, cultura y deporte. Esta es, como su nombre lo dice, una modesta escuela de arte; se encuentra ubicada en un minúsculo pueblo al sur del país llamado River'Hills, en la olvidada West Virginia. El lugar no tiene más de 4000 habitantes, dos semáforos, una biblioteca, una escuela preparatoria, una iglesia y una estación de policía, listo. El resto no son más que pequeñas tiendas de víveres, ropa y entretenimiento; el hospital más cercano se encuentra en la ciudad vecina de Martinsburg.

Averigüe todo esto en Internet antes de decirle a mi padre que quería venir a vivir al otro lado del país y estudiar fotografía en este lugar. La Academia fue fundada por Jean Pier Laver, un francés ex director de una orquesta filarmónica en París, que ahora mismo se encuentra jubilado y pasando sus últimos años en un pueblo olvidado por Dios junto a su esposo, donde para mi suerte han decidido abrir hace cinco años La Academia de arte, cultura y deporte: River Fleur.

Pese a todo, mi padre lo entendió. Él más que nadie sabe que necesitaba salir de Manhattan, no habría podido soportar un semestre más en ese lugar donde todo me recuerda a él. Donde los monstruos continúan bajo mi cama esperando que me distraiga para atacarme; simplemente me habría destruido.

Hace seis meses terminé la escuela preparatoria y hace un año desde que él murió. Desde entonces nada volvió a ser como antes: mi madre ya no está, mi padre ya no pinta, o al menos no como antes, y yo, yo estoy agotada. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que capturé algo con mi cámara ¿Irónico, no creen? Venir hasta el otro lado del país para estudiar fotografía y no ser capaz de capturar nada en el lente.

―Me encanta esta canción. ―La voz de mi padre me hace girar mi rostro hacia él.

Tiene el cabello oscuro recogido en una coleta baja, y sus dedos están tamborileando al ritmo de la música sobre el manubrio del auto. Al notar mi mirada, gira por un momento sus ojos hacia mí antes de sonreír y volver a mirar la carretera. Mi padre es ese hombre que toda persona quisiera tener como papá, es un amigo, cómplice y excelente consejero. Es lo mejor de mi vida; lo único que me queda.

Estiro mi mano hasta la radio de la camioneta y le subo volumen a la canción; él me mira con sus grandes ojos verdes tan iguales a los míos que ahora se ven opacados por una bruma de tristeza que logra disimular bastante bien y me regala una gran sonrisa antes de que ambos comencemos a cantar a todo pulmón en el vehículo. La música puede ser un muy buen remedio para el dolor, eso y la pintura han sido el pilar de papá este último año, aunque me gusta pensar que yo también lo soy.

El resto del viaje se ha pasado entre canto, risas y una que otra parada para ir al baño o buscar alimento; después de unas horas más, el sueño y el cansancio me golpean de frente, y justo cuando mis ojos se comienzan a cerrar, logro ver a lo lejos un letrero en donde se lee "Bienvenidos a River Hill's".

No sé cuánto tiempo pasa desde que caigo presa del sueño, hasta cuando siento las manos de mi padre moverme gentilmente los hombros ¿Les ha pasado alguna vez que mientras están soñando sienten todo lo que sucede a su alrededor? Bueno, yo me encuentro justamente así. Lentamente voy abriendo los ojos, y un enorme bostezo se escapa de mis labios antes que pueda evitarlo.

―Hemos llegado, cariño. ―Papá me sonríe desde la puerta del carro. La mantiene abierta para que salga y cuando lo hago, es imposible no notar la mirada nerviosa en sus ojos.

Este es el comienzo de una nueva vida, una mucho más reducida de la que teníamos antes. Una vida solo de dos. Trato de darle mi mejor sonrisa para tranquilizarlo y de un salto salgo del vehículo, lo cual no es muy buena idea, pues todos los músculos de mi cuerpo gritan en protesta por las ocho horas que llevo metida en el auto; dudo que en este pueblo pueda encontrar un lugar donde hacerme un masaje. Arrugo la cara lo menos que puedo y dirijo la mirada hacia la casa, o más bien debería decir la casona que me da la bienvenida. Bueno, tal vez esta vida no va a ser tan reducida como creía.

―Y bien―dice mi padre balanceándose en sus pies, lo que me demuestra que se encuentra nervioso―. ¿Qué te parece?

Sigo con la mirada fija en la casa. Tiene un estilo rústico de cabaña, que la hace ver chic y acogedora al mismo tiempo; es toda de madera, con un porche inmenso en la entrada y un hermoso jardín que cubre la parte delantera. Tiene dos plantas y lo que parece ser un altillo. Las ventanas del primer nivel van del piso al techo totalmente en vidrio, lo que hace me hace pensar por un microsegundo en cómo los rayos del sol deben iluminar el lugar por las mañanas, eso debe ser una gran vista, una excelente fotografía.

Un carraspeo a mi espalda me hace despertar de mi sopor y me doy cuenta que aún no he contestado la pregunta de mi padre; giro y me encuentro con su mirada ansiosa.

―Parece una cabaña― Digo, volviendo a dirigir la mirada hacia la casa ― Una muy linda.

― ¿Eso quiere decir que te gusta?

Le doy una sonrisa con todos los dientes y me acerco hasta donde él está para tomar su mano.

―Eso quiere decir que me encanta.

Puedo notar como todo su rostro se ilumina y aprieta mi mano en un gesto cariñoso. Ambos nos quedamos en silencio por un momento, solo observando lo que será nuestro nuevo hogar. Por un instante puedo sentir una punzada de dolor y arrepentimiento atravesarme el pecho al notar que aquí no hay nada que me recuerde a él, que lo he dejado todo atrás, a miles de kilómetros de distancia. Todo quedó atrás.

El sonido de una bocina resuena a nuestras espaldas, y nos giramos para ver el camión de la mudanza que venía tras nosotros parqueando frente de la casa.

~~~***~~~

Siento el sudor pegado a mi piel y el sol golpeando mi rostro mientras termino de bajar las últimas cajas que quedaban en la camioneta para llevarla hasta mi nueva habitación; la blusa que traía se ha adherido por completo a mi piel y en estos momentos estoy extrañando el clima de Manhattan, West Virginia en verano es un infierno.

Cuando consigo llevar todas las cajas hasta mi habitación en la segunda planta de la casa, dejo caer mi cuerpo adolorido sobre la cama sintiendo la espalda sudada. El viento que entra por la ventana besa mi piel haciendo que sienta el rostro frío debido al sudor. Los brazos me tiemblan por la fuerza que he realizado y las piernas las siento como si tuviera dos yunques amarrados al cuerpo. Puede ser que tal vez necesite hacer un poco de ejercicio.

Me incorporo con pesadez paseando la vista por el reguero de cajas a mi alrededor, alcanzo la más cercana y al abrirla, cientos de instantáneas me dan la bienvenida de inmediato, algunas son de mis amigos de la preparatoria, pero la mayoría son de él; de Davis.

Él era todo lo opuesto a mí: extrovertido, decidido y arriesgado. Era de esas personas que podrían convencerte de hacer cualquier cosa y tú lo harías sin rechistar; yo por otro lado nunca he sido muy dada con las palabras, parezco nunca encontrar las indicadas y ciertamente la paciencia no ha sido mi don predilecto, por eso cuando se trata de personas siempre he preferido las que están en los libros.

Por esas diferencias éramos perfectos juntos.

Sigo sacando fotografías y esparciéndolas por toda la cama cuando siento el golpe suave en la puerta de la habitación, antes de ver el rostro de papá aparecer en el umbral.

―La cena está lista cariño― Me dice, observando el desastre que es ahora mismo mi cuarto―Puedes terminar de ordenar después.

Vuelvo a meter todas las instantáneas en la caja y con más esfuerzo del que debería me levanto de la cama para bajar hasta la sala. El olor a pizza llega a mis fosas nasales antes de que pueda verla.

Una enorme caja de pizza me espera sobre la mesa de la cocina, realmente no sé cómo consiguió el número de una pizzería tan pronto.

―Uno de los chicos de la mudanza me pasó el número ―dice mi padre como si pudiera leerme los pensamientos.

Una sonrisa va tomando forma en mi rostro antes de tomar un trozo de pizza y acercarlo a mi boca. Es de pepperoni con queso, mi preferida.

―Es bueno saber que sigues manteniendo tus encantos ―bromeo, elevando mis cejas y dando un gran mordisco a la pizza. ¡Está deliciosa!

Mi padre deja salir una carcajada que hace que el corazón me de un brinco en el pecho ― Hace mucho que no lo escucho reír así― antes de poder decir algo, el sonido de una bocina seguido de risas y gritos inunda la casa.

Cruzo una mirada veloz con mi padre y aún con la pizza en la mano me acerco a la ventana para buscar de donde proviene el alboroto; lo que encuentro frente a mis ojos es peor que cualquier cosa que pude imaginar. Afuera, justo al lado de mi casa, tres chicos con pinta de pertenecer a un calendario de verano están saliendo de un vehículo descapotado, y para mí total desgracia se dirigen a la casa vecina.

No me malinterpreten, no tengo nada en contra de los chicos, pero hay que ser realistas, tres chicos que se ven como la versión masculina de la barbie no pueden traer nada bueno para alguien que solo busca un poco de espacio y tranquilidad.

«¿Por qué no podíamos tener una linda pareja de ancianitos de vecinos?», pienso antes de empezar a alejarme de la ventana en el momento en que uno de los chicos, un rubio con el cabello en punta, fija su mirada en mí. Sus ojos se anclan a los míos antes de extender sus labios en una media sonrisa y hacer una reverencia burlona en mi dirección y luego entrar en la casa vecina.

Con prisa me separo de la ventana; me encuentro estrujando tan fuerte las manos que la pizza ha pasado a ser un mazacote de masa desagradable; sacudo mi rostro para dejarlo pasar, pero no puedo evitar pensar que en menos de un minuto ese chico me ha dejado sonrojada, enojada y sin nada de hambre. «Imbécil»

Ahora solo me queda desear no tener que tratar con ninguno de mis vecinos bajo ninguna circunstancia.

Capítulo 3 Pequeña acosadora

La mañana siguiente a nuestra mudanza ha sido tranquila, y para mi total sorpresa la llegada de mis vecinos la noche anterior también lo fue; no hubo música alta, gritos, ni policía llegando en la noche. Tal vez, los chicos de aquí sean un poco más tranquilos que en la gran ciudad. Es de tarde y nos estamos terminando de instalar, ya he arreglado mi habitación casi por completo y mi padre está adecuando su estudio de pintura en uno de los salones de la primera planta de la casa; siempre se toma horas en hacerlo así que decido que es mejor salir a caminar un rato y conocer el lugar.

El día al igual que ayer sigue estando caluroso, así que recojo mi cabello en una coleta alta sobre mi cabeza y decido llevar pantalones cortos y un suéter de algodón a rayas con mis converse blancas preferidas. Hay un stand en cada esquina del pueblo donde dice que puedes conseguir un mapa del sitio por un dólar, así que me dirijo ahí, consigo el mío y salgo a explorar.

No demoro ni cinco horas recorriendo el pueblo. Sabía que era un lugar pequeño, pero no imaginé cuánto, «¡he demorado más jugando Monopoly!».

Luego de venir de una gran ciudad esto se siente algo extraño. En el camino consigo ver una biblioteca, dos supermercados o más bien uno y medio ya que el segundo es más una tienda grande de víveres, un centro de policía, la escuela, varios sitios de comida y entretenimiento, una gran iglesia en medio de lo que parece ser la plaza principal y, por último, más alejado de todo River Fleur, la Academia de arte. Fin, se acabó, no hay más nada que ver. Sin embargo, todo el mundo sí parece tener algo que ver en mí cada vez que paso por un lugar. Noto como todos me miran y aunque sé que nadie acá tiene cómo saber quién soy y lo que he pasado, no logro quitarme de encima la sensación de ser señalada.

Al finalizar el recorrido acelero el paso hasta que choco con algo que sí consigue captar mi atención, y es el bosque que rodea el lugar; me acerco un poco más para ver el mapa que descansa a la entrada del mismo y me sorprendo un poco al descubrir que al parecer todo el pueblo está protegido por una zona arbolada y montañosa que es atravesada por un río; es hermoso, supongo que de ahí ha salido el nombre del pueblo "River'Hills.

Por primera vez en mucho tiempo me pican las manos por sacar una fotografía del paisaje, y agradezco haber traído mi cámara, así que sin pensarlo demasiado me adentro un poco más al lugar y me dejo llevar por las sensaciones que me invaden al apreciar cada detalle: la manera en que el sol hace que las hojas de los árboles se vean de un verde intenso, o como el cielo se ve fragmentado a través de las ramas altas, eso me encanta; comienzo a sacar las fotografías sin pensar en nada más, simplemente dejándome llevar por la emoción que me da tener el control de lo que veo a mi alrededor, de poder hacer inmortal un instante, una cosa; entonces, sin darme cuenta me encuentro al borde de una colina y es ahí cuando lo veo.

Justo enfrente de mí está un chico tendido en el césped. Los brazos bajo su cabeza y un libro reposando en su abdomen. La mera visión es hermosa.

El muchacho que podría estár tal vez entre los veinte años, tiene el cabello como la miel oscura, puede que un tono más oscuro y levemente ondulado en las puntas, la brisa hace que se le pasee por todo el rostro; no puedo verle bien la cara, solo la punta de sus pómulos, y casi puedo apostar que tiene los ojos cerrados.

Sin darme cuenta ya estoy tomando fotografías, capturando la manera en que él parece ser parte del bosque y como todo se ve en armonía a su alrededor. No sé cuántas fotos he sacado cuando siento un brazo reposando en mis hombros y el aliento de alguien en mi oído.

―¿Te gusta lo que ves, pequeña acosadora?

El instinto actúa por sí mismo antes de poder procesarlo; giro sobre mis talones con la mano libre extendida y la llevo directo al rostro del extraño dejándola caer con fuerza sobre su mejilla. El corazón me va mil por hora y la cámara se me ha soltado de las manos debido al susto.

» ¿Qué demonios te pasa? ―grita el chico sosteniendo su mejilla y mirándome entre incrédulo y enojado; su rostro me resulta levemente familiar.

―¿A mí? ―exclamo en respuesta, enojada―. ¿Qué demonios te pasa a ti? ―contraataco llevando mi dedo índice a su pecho―. Casi me matas del susto.

Los ojos del chico me están mirando con detenimiento, escrutando mi rostro sin pudor o reparo alguno, así que yo me permito por breves segundos hacer lo mismo. No puedo negar que es apuesto: rubio, alto y con los ojos de un profundo color entre verde y café que me recuerdan al bosque, que lo hacen interesante; parece también estar entre los veinte; lleva el cabello claro peinado en punta y... su expresión pasa de enojado a una de fanfarrón en menos de un minuto; una media sonrisa aparece en sus labios. Es entonces cuando lo reconozco.

«Oh, ya sé porque se me hace familiar».

El rubor se apodera de mis mejillas al darme cuenta que él también me ha reconocido y justamente tomando una foto a su ¿hermano? ¿amigo? Esto no debe verse nada bien, pero antes de poder hablar y explicar la situación, alguien lo hace a mis espaldas.

―¿Qué es lo que está pasando? ―Me doy media vuelta y sentado aún en el césped, con los brazos extendidos a su espalda está el chico de la fotografía.

Tiene el cabello castaño claro como ya había visto y sus ojos, oh por Dios sus ojos son de un azul océano tan profundo casi violeta, que da la sensación que el color en ellos se mueve. Sus cejas son pobladas y me percato que una de ellas está inclinada mientras el chico me mira con diversión.

¡Oh, mierda!

―¿Se te llevó la lengua el ratón? ―me cuestiona con diversión desde la grama.

―No, no sé me llevó nada el ratón ―digo poniendo los ojos en blanco y mordiendo mi lengua para evitar decir algo que empeore la situación―. Lo que sucede es que tú... amigo aquí, me asustó, es todo. Yo ya me iba.

No alcanzo a dar ni dos pasos lejos de ellos cuando vuelvo a tener los brazos del chico pelos en punta nuevamente sobre mí. «Este chico está buscando realmente que lo maltrate».

» ¡Suéltame! ―exclamo con más rabia de la que pretendía. Él me hace caso, pero no se aparta de mi camino.

―Solamente quiero que le cuentes a mi amigo que estabas haciendo aquí. ― Dice adquiriendo una voz acaramelada que me da ganas de abofetearlo.

Desde el césped, el otro chico ahora me mira divertido, dándome una sonrisa con todos los dientes. Idiotas.

―Estaba dando un paseo, tomando fotos, eso es todo. ―Me agacho para recoger mi cámara e irme, y el rubio vuelve a interponerse.

―Corrección ―habla él dirigiéndose a su amigo―, ella estaba tomando fotos de ti ―concluye con voz triunfante.

La cabeza del castaño se mueve enseguida hacia donde estoy y en ese momento conozco lo que es tener instintos asesinos, porque realmente quiero matar a pelos en punta.

―¿Ah sí? ―pregunta el aludido levantándose y caminando hacia mí―. Con que eso hacías.

―No es cómo estás pensando ―digo apretando las manos en puños.

―Es exactamente así ―ataca el rubio nuevamente, mirándome―, tienes una pequeña acosadora, amigo.

Oh no, ya no lo soporto; puedo sentir mi rostro ardiendo. Por favor tierra trágame y no me escupas este año.

―Y tú vas a tener mi mano marcada en tu rostro si no te callas ―le murmuro con odio.

El castaño comienza a reírse y su risa hace que los vellos de mis brazos se ericen. Es fresca y alegre; natural. Por un momento me olvido de todo lo que me rodea. Si pudiera capturar un sonido con la cámara me gustaría que fuera ese.

Sacudo mi rostro y vuelvo mi atención a los dos chicos frente a mí.

―No vine a fotografiarte a ti ―hablo hacia el castaño―, estaba dando un paseo como ya dije, sacando fotos al lugar y tú apareciste.

―Y tú no desviaste el lente. ¿O sí?

―No, pero no te sientas especial chico, fue puro impulso artístico. Más nada. Ahora, ya me voy ―digo mirando al rubio para que se quite.

El idiota vuelve a hacerme una reverencia burlona igual a la del primer día, antes de darme espacio. Empiezo a caminar lo más rápido posible para alejarme de ellos cuando el castaño grita tras de mí.

―¡Puedo ser tu modelo cuando quieras, pequeña acosadora! Solo pregunta por Derek Johnson.

Mi mano derecha cobra vida propia y la levanto para regalarles a los dos chicos un bello gesto vulgar con mi dedo medio, para nada propio de una señorita.

Ambos explotaron en risas a mis espaldas y el castaño dice algo sobre que eso no es educado y otras cosas, pero yo ya no escucho, estoy apretando la cámara fuertemente contra mí; solo quiero llegar a mi casa y olvidar que todo esto ha pasado.

Después de esto ya he pagado mi cuota con imbéciles por al menos un año.

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