Máximo
Esta es mi historia, una historia de mentiras donde todo siempre fue verdadero, menos las palabras, y por contradictorio que parezca, para mí las palabras sobraron siempre, las miradas contaban historias completas.
Salí a tomar el aire de la noche, la cubierta estaba sola, todos estaban adentro disfrutando de la melodiosa voz de una cantante de R&B famosa; no podía presenciar su espectáculo, salí con sigilo y me dejé hipnotizar por el negro que cubría el mar aún bajo la luna llena, a lo lejos donde ni mi vista ni las espectaculares luces del yate alcanzaban. Era un cielo estrellado, y aunque se celebraba una fiesta, curiosamente reinaba el silencio. Me encontraba disfrutando del olor del mar oscuro y la vista a ratos aterradora del mar nocturno cuando ella apareció, no era un rostro desconocido.
Caminó con torpeza levantando el sensual pero barato vestido azul rey que llevaba, demasiado escotado, demasiado ceñido para alguien de cuerpo voluptuoso, su cabello también fue barato intento de lucir elegante, suelto y ondulando a fuerza, pero se veía hermosa, la miré mientras se acercaba con pasos torpes, miraba fijamente el suelo para no tropezar entre sus tacones y el vestido, por lo que se tropezó conmigo, sonreí con malicia.
-¿Perdida?
Dio un respingo y abrió los ojos sobre mí con un gesto de sorpresa, palideció al instante.
-Lo siento, no. Solo quería salir de ese lugar tan pretencioso-dijo soltando un suspiro de alivio. Hizo un mohín y sacudió la cabeza.
Soltó su vestido y dejó caer sus brazos en señal de resignación, se llevó las manos a la cadera y me miró a los ojos con un gesto amable y casi infantil, como quien es descubierto escapando de su obligación. Tuve que pestañear varias veces para salir de concentración en la que sus gestos me sumieron.
-Coincido en que es pretencioso-admití. Ella abrió mucho los ojos, palideció.
-Lo siento, ¿Eres el dueño de la fiesta?-preguntó avergonzada.
-No.
-¡Qué alivio!-sonrió.
-Soy el agasajado-dije dedicándole una media sonrisa, me divirtió su despiste.
-¡Oh! Eres el hermano de Camilo, eres Máximo Rossi-dijo y se llevó las manos a la boca sorprendida. Reí ante su gesto.
-Sí, tú eres la hermana de la novia de mi hermanito Camilo ¿No?
-Lo siento, creo que si nos habían presentado-dijo mientras sus mejillas se ruborizaban y torcía la boca en una mueca ladeada.
-En casa con ropa más informal-recordé.
-No pretendía huir de tu fiesta-dijo con tono seguro sosteniéndome la mirada con una media sonrisa en sus labios.
-Tranquila, yo estoy huyendo de mi fiesta-reí.
-Es impresionante que te agasajen así, muy lindo gesto-dijo con expresión tonta, típico de quien no sabe que decir.
-Son pretenciosos, inútil el evento y han traído a una cantante que se negó a usar uno de mis diseños en una gala diciendo que mi casa de moda usaba piel de animales en extinción, en el momento que la presentaron salí del salón, será noticia mañana, no dejarán de notarlo.
-¿Aurora? Me cae mal, a ella no la soporto, siempre aboga supuestamente por causas que le interesan, me parece que todo es moda, no la compro, un día las ballenas y al día siguiente los niños con cáncer y parece falsa-comentó mirando el negro mar. Quede de costado mirando su perfil y me di cuenta del precioso rostro que tenía.
-Ahora me caes mejor tú-dije.
Reímos, admiré su rostro delicado, ojos marrón claro, cabello castaño claro, piel blanca, pechos generosos, caderas pronunciadas, inocencia en su rostro, pecado en su cuerpo. Atractiva.
-No recuerdo tu nombre-confesé.
Se giró a mirarme y me sonrió sincera, sus ojos brillaban y sus carnosos labios se veían sensuales, llevaba un brillo sobre ellos que simulaban que sus labios estaban húmedos, el efecto era distractor, prácticamente el resultado de su apariencia terminó siendo el de una prostituta o una stripper y no de las de alto presupuesto, pero el efecto habría sido el mismo, se veía muy sensual.
-Irene.
-¡Irene! Ya recuerdo, Camilo y Ada me pidieron conseguir una invitación extra para ti porque estabas deprimida, algo así dijeron o eso entendí.
-No, mi novio es chef en un crucero y partió esta semana, me propuso matrimonio el sábado y debió irse el domingo, así que ellos pensaron que me deprimiría, son unos lindos, pero la verdad estoy acostumbrada.
-¿Y te trajeron a un yate?
Ella rio sin contenerse con las manos aferradas a la baranda, su cuerpo convulsionaba por las risas haciendo que sus pechos se mostraran sinuosos en el escote, no pensé que fuera consciente del efecto que causaba, tuve que hacer sendos esfuerzos para mantener la vista sobre su cara. También encontraba distractor ese gesto que hacía de arrugar la nariz y alzar los hombros al mismo tiempo, porque lejos de afearla la hacía ver más auténtica.
-Sí, se disculparon mil veces cuando supieron, les dije que no importaba que así me imaginaba como estaría Doménico en el crucero.
-Felicidades por tu compromiso ¿Cuánto tiempo de novios tienen?
-Tres años-respondió pensativa, sonrió débilmente.
-Buen tiempo, espero que les vaya bien en su matrimonio.
-Gracias ¿Cuánto tiempo de casado tienes tú?-preguntó señalándome con el dedo. Sonreí.
-Siete años. Solo fuimos novios por seis meses.
-Es bastante-sonrió-, que bien, prácticamente se casaron sin conocerse.
-Más bien al conocernos.
Sonaron unos tacones pisando detrás, pasos firmes, elegantes y decididos, los de mi mujer. Me giré, sonrió al verme negando con un gesto.
-Aquí estás, no puedes huir de tu propia fiesta-dijo fingiendo que me regañaba, se colgó de mi brazo y miró a Irene.
-¡Ey! Irene, ¿Cómo estás? ¿Todo bien? -preguntó sonriente.
-Delfina hola, me escapé de la fiesta un rato, me atrapó el agasajado.
-Ya veo-sonrió Delfina y se giró para verme-, vamos adentro Máximo, la gente está hablando del desplante que le hiciste a Aurora.
Irene y yo intercambiamos miradas y sonreímos. Asentí y me giré con mi mujer colgada del brazo, no le dediqué una segunda mirada a Irene, aunque quería hacerlo.
-Ya entro yo, esperaré un poco más acá-comentó ella.
-¡Oh! Pronto será la celebración del cumpleaños número treinta y uno de Máximo, te prometo que no será en un barco-rio Delfina y seguimos.
Mi mujer resultó ser experta y perfecta para ocuparse de todos asuntos públicos de mi persona: vivía fascinada por las fiestas, reuniones, y eventos, era la más entregada durante la presentación de mis colecciones, los desfiles eran su pasión; por lo que me acompañaba siempre a todos lados, así la conocí, yo recién comenzaba a hacerme un nombre en el mundo de la moda, trabajaba como asesor de estilo para las fotografías editoriales de una revista de moda y ella entró como pasante.
Durante su primer día debió asistir a las modelos de una sesión de fotos en la que yo era quien las vestía; yo tenía veinticuatro y ella veintiún años desde que nos vimos coqueteamos pero no hablamos más que de trabajo, ese día más tarde hubo una fiesta y ahí estaba ella, a la semana estaba viviendo en mi departamento y a los seis meses nos estábamos casando.
Esa noche la estaba disfrutando Delfina más que yo. Salvo mi encuentro con Irene no hubo mayor cosa memorable o que me hiciera sentir vivo. Valoré mi encuentro con Irene de esa forma porque fue revelador, la había visto, pero no la había visto realmente, y nada tenía que ver su atuendo barato y vulgar, era como reía y se comportaba de forma natural, autentica, también la hallé atractiva, eso sí lo había notado.
No sentí vergüenza por a dónde iban mis pensamientos mientras entraba con mi mujer al salón principal, me provocaba ver desnuda a Irene, su cuerpo esbelto y curvilíneo no pasaba desapercibido, su piel hermosa, así como su rostro, con labios sensuales que provocaban pensamientos sucios, los cuales no me alteraban los nervios porque era solo la apreciación de una mujer que exudaba sensualidad, no era como si le fuera infiel a mi mujer, no quería ir a encerrarla en el baño y tomarla con crudeza desde atrás, no, esos eran pensamientos que pasaban por mi cabeza, no tenía la mínima intención de ejecutarlos.
Mientras sucedieran en mi cabeza todo estaba bien, no había problema. No me negaba a fantasear con una mujer que me produjera ese efecto, no era la primera, no sería la última, aunque no era frecuente que apareciera una mujer distinta a mi mujer, que me hiciera dedicarle un momento en mis perversos pensamientos. Me divertía que fuera la cuñada de mi hermano porque la vería con frecuencia.
Máximo
Se pronosticó lluvia, aun así Camilo, Mauricio, y mis padres insistieron con hacer la parrillada. Delfina coordinaba animada todo como siempre. La casa de mis padres era una mansión clásica, aseñorada, pero era el punto de reunión de todos. Mauricio es el mayor, de treinta y ocho años, cirujano plástico, casado y con una hija de dieciocho años, la luz de los ojos de todos en la familia, mi sobrina Eva, sin saber qué hacer, más que suplicarme que la ayudara a desarrollar una carrera de modelo, a lo cual me negaba constantemente y Camilo de veintiún años, pronto se recibiría de abogado.
La relación de Ada y Camilo no era tan larga como pareja, se conocían desde hacía un año y comenzaron a salir como novios hacía tres meses, pero su rostro ya era familiar entre nosotros. Comenzaba hacerlo el de su hermana, quien la acompañaba a veces, como ese día.
-Hola Máximo-saludó nerviosa.
-Hola Irene-dije sonriendo.
Me acerqué y le dejé un beso en la mejilla para hacerla sentir más cómoda, fue un error porque recordé lo que deseé verla desnuda aquella noche en el barco, aunque ahora llevara unos vaqueros y botas bajas hasta debajo de la rodilla y un suéter tejido amplio. Llevaba ropa ancha y aun así sus pechos conseguían asomarse sinuosos. La dejé, y seguí para ayudar con la parrilla.
Una cosa era poner en movimientos esas fantasías perversas en mi cabeza en la que follaba su boca o la tomaba con brusquedad por atrás y otra pensar en eso en medio del jardín de la casa de mis padres un domingo a las 10:00 am con toda la familia alrededor de una parrilla, tampoco era un desesperado falto de sexo.
Sentados en la mesa amplia del jardín, y el olor de la carne asada más los colores de la ensalada me recordaron porque amaba esos encuentros familiares aunque dijera odiarlos. Eran los colores, los olores y sabores de la familia.
-¿Qué haces para vivir?-preguntó Mauricio a Irene con la solemnidad propia de él.
-Soy licenciada en enfermería-respondió Irene con gesto tranquilo y orgullo en sus ojos-, también hago postres para bodas, cumpleaños, eventos.
Sus ojos brillaron cuando dijo Licenciada en enfermería y no dijo enfermera, como si lo segundo, supusiera un oficio común, decir licenciada recordaba el esfuerzo que hay que hacer para ser enfermera, que no era solo un oficio, era una profesión para la que estudió.
-Lo tendremos en cuenta-dijo enseguida Hilda la esposa de Mauricio, una gemela extraviada de Delfina, a penas oían algo relacionado a celebración, saltaban emocionadas.
-¡Oh! Claro, no sé si para tanta gente como están acostumbrados o con la distinción que deben requerirlos-aclaró Irene.
Mi mujer se rio, se sentó sobre mis piernas. Besé su espalda y sobé sus piernas mientras la acomodaba mejor sobre mí. Acariciaba mi cabello con ternura.
-No seas ridícula Irene. En esos cursos no los enseñan a hacer cosas que hace el pueblo llano, deberías hacernos una muestra algún día y sí, te tendremos en cuenta-expresó mi mujer.
Irene sonrió satisfecha y afirmó.
-Me encantaría.
-Estamos en el ramo de la salud los dos, me gusta-dijo Mauricio.
-¿Y qué edad tienes? Nos dijeron los chicos que te casarás, te ves muy joven-preguntó mi padre.
-Irene y yo somos mellizas. Tiene veintiuno también-intervino Ada, todos jadearon con asombro.
-No sabíamos, no parece, tú pareces mayor Ada, decíamos: la hermanita de Ada-se burló mi padre.
-Señor Carlo-se quejó Ada fingiéndose ofendida.
Mi madre soltó una carcajada así como Hilda y mi mujer, Irene hacia muecas para burlarse de Ada y Camilo estaba doblado de la risa, a mí me parecía lo contrario, aunque coincidía con ellos en el aspecto físico: Ada usaba colores fantasía sobre el cabello, colores oscuros: morado, azul, verde, su piel tan blanca con sus cabellos encendidos en esos colores hacia un pobre contraste que hacían sus facciones más duras. Y sí, Irene llevaba su cabello castaño claro liso y su rostro sin exceso de maquillaje, se veía más joven pero era su actitud y su manera de hablar que la hacían parecer mayor en comparación a su fastidiosa hermana, que siempre empleaba un tono infantil y argumentos tontos y vacíos para plantear sus ideas.
-No se parecen nada-observó Eva con fastidio batiendo sus cabellos rubios y regresó la vista a su celular.
-Sí, no somos gemelas idénticas, solo compartimos el vientre de mi madre al mismo tiempo-dijo Ada.
-Puedo arreglar eso-bromeo Mauricio, pero nadie entendió el chiste.
-Gracias pero prefiero conservar mi rostro y sé que a Ada le gusta el de ella-dijo Irene con tono suave y melodioso.
Encendía algo en mí definitivamente. Debía evitar mirarla y oírla.
-¡Ay sí! Yo soy bella, así estoy espectacular-rio Ada con ademán infantil. Ni Eva se comportaba así, apenas resistía la tentación de rodar los ojos al oírla.
«Veintiún años, bastante joven para mí», pensé, enseguida me regañé, no debía pensarla para mí porque yo estaba casado y si bien caí en la tentación algunas veces, que mi mujer me perdonó y que no repetí, ella además era la hermana de la novia de mi hermano y estaba comprometida.
Comimos la parrilla entre: el comportamiento comedido de mi madre, los escándalos de mi padre, chistes malos de Mauricio, comentarios frívolos de mi mujer y de Hilda, desplantes de Eva, boberías de Ada, los eternos silencios de Camilo, la risa suave y tímida de Irene y mis miradas furtivas a sus pechos que se veían generosos.
Entré a la casa para lavarme las manos, ella miraba nuestros retratos familiares en el pasillo que daba al baño de servicio, que pretendía usar, solo porque estaba más cerca. No me perdí detalle de su cuerpo mientras me acercaba, hasta que ella se giró.
-Hola-dijo con timidez. Advertí como se sonrojó al verme, ya me había dado cuenta de que no le era indiferente.
-Hola-sonreí de medio lado ocultando mi diversión-, ¿Perdida?
-No-exclamó y movió las manos con un gesto nervioso-, solo admirando la linda familia que tienen.
-Eso dices porque hoy no hablamos de los hijos que no tengo con Delfina ni de la carrera de funcionario público que quiere seguir Camilo en la fiscalía, y que Eva no se puso pesada con lo de que quiere que la haga modelo. Te salvaste.
Se rio y se abrazó a ella, su mirada era cálida.
-Es lindo, incluso pelear es lindo. Somos solo Ada y yo, y mi madre. Ada y yo nunca peleamos. Somos solo nosotras dos en el mundo.
-Hace falta decirse sus cosas en la cara de vez en cuando. No te creas que por no pelear todo está bien. A veces hay que sacar la antipatía que sentimos por la gente.
-No me los imagino a ustedes así.
-¿Qué dices? Muero por decirle a Mauricio que se ve ridículo rapando su cabello cuando tiene cabello.
-¿No es calvo?
-¡No!-exclamé entre risas.
-¿Por qué hace eso? ¡Qué absurdo! -se carcajeo. La combinación de sus dientes blancos, sus labios rosa y la sonrisa que subía a sus ojos, me dejó admirándola por par de segundos de más.
Espabilé.
-Creo que leyó el estudio ese donde dicen que los hombres calvos son más viriles o son percibidos como mejores amantes o qué sé yo-dije.
Ella no dejaba de reír.
Hablaba, yo hablaba mucho con ella, yo no soy del tipo de gente que habla mucho. Ninguno de los tres lo somos, el más conversador es Mauricio, luego yo y el caso extremo es Camilo, con frecuencia pasa por mudo, pero con Irene me provocaba hablar. No me provocaba hablar, debo sincerarme, me gustaba verla, y para poder verla más de cerca, la conversación era lo menos raro que podía hacer con ella en lugar de mirarla como un lunático.
No estaba enamorado de ella, es una mujer hermosa y tanto hombres como mujeres, sin interés sexual o romántico podían admirar su rostro ovalado, su piel perfecta y su cuerpo recetado para pecar; sin embargo, como siempre, la llama que se enciende y abraza todo hasta acabarlo empieza como eso: una llama, que ante el menor descuido arrasa con todo.
Mirar a Irene Bencomo y encontrarla linda a la vista, agradable, sensual y atractiva lo suficiente para tentase a mirarla de más y fantasear con ella, eran pequeños actos que estaban peligrosamente cerca de mutar si se descuidaban, porque uno podía enamorarse, porque ella podía corresponder, porque las cosas se podían complicar, la razón dictaba no mirar y seguir y yo no lo hice cuando debí.
La lluvia cayó y todos entraron corriendo a la casa, entonces recordé que iba al baño a lavarme las manos. Hice más que eso.
Máximo
Delfina caminaba lejos de mí a pasos apresurados sobre la nieve, se soltó de mi agarre con brusquedad, no le importó no disimular cuando una pareja nipona nos pidieron tomarle una foto. Uno de mis escoltas lo hizo por mí, alcancé a Delfina dentro de la estación. Estábamos en Cerro catedral en Bariloche. La vista me distrajo un momento de mi misión de ir por mi mujer. Seguí y la halle sentada en el centro del lugar buscando calor.
-¡Delfina!
-¿Por qué querías venir aquí?-gritó con el rostro tenso y rojo.
-Me apetecía esquiar.
-Hubiésemos ido a los Alpes franceses. Estamos en Bariloche, se suponía que recorreríamos todo, que sería algo romántico, que intentaríamos...
-¡Basta!-la interrumpí-, tenemos muchos días, y Cerro Catedral está en Bariloche, aquí está, forma parte del recorrido que querías hacer.
-No, fuimos a Cerro Otto, fue suficiente.
-Yo quería venir a Cerro Catedral-insistí.
-Querías ganar tiempo fuera de la cama-susurró con amargura, venenosa pero con cuidado de no ser oída por extraños.
Me eché a reír.
-Sí, ahora odio el sexo-ironicé.
-Sabes Máximo, sabes que no quieres darme hijos, dices que sí pero no me los das.
-No sé de qué hablas, hemos tenido sexo.
-No me acabas adentro-dijo entre dientes, entornando los ojos y con su mandíbula tensa. Cubrí su boca con mi mano y abrí los ojos mandándola a hacer silencio.
-Grítalo Delfina ¿Qué te pasa?
-Sabes lo que me hace el frio, me duele la cabeza, no soporto la presión, tengo nauseas...
-Toma lo que se toma para eso. No seas exagerada. No lo hice apropósito, en todo el lugar hay frio, lo elegiste tú.
Se giró, solo veía su cabello negro liso largo atado en una cola y su delgado cuerpo de espaldas a mí. La rodee con mis brazos y hundía la cabeza en su cuello en esa posición, cerré los ojos y dejé pequeños besos en su cuello. Se ponía insoportable con el tema de los hijos, que yo no quería y ella moría por tener, no era valiente lo suficiente para decirlo, así que la evadía, era una tarea titánica de todos los días.
-Te amo, dame tiempo, deja de pensar en conspiraciones de mis soldaditos-dije en su oído susurrando, ella se estremeció y rio.
-Max, estoy molesta.
-Mejor para mí, no me exprimirás como máquina de sexo hoy.
Se sacudió y se alejó de mí.
-Ve a esquiar-dijo con burla.
Me iba a divertir, tener experiencias, ya estaba allí y eran las únicas vacaciones que tendría antes de lanzar la próxima colección. Así que de forma casi insensible ignoré sus pataletas y fui a esquiar, pero la mala suerte y el destino se confabulan para armar eso que Chopra llamó sincrodestino. Esas coincidencias que ocurren una detrás de la otra para que algo más definitivo ocurra ocultando un significado místico para que los milagros ocurran. No sé si ocurrió un milagro pero la caída que me di me ocasionó múltiple facturas y casi la muerte.
Algo me impactó y perdí el control, caí cuando descendía, choqué contra algo y por la velocidad con la que iba el impacto de la caída fue mayor, me fracturé un brazo y una pierna, costillas, y por poco me desnuco. El dolor era insoportable, me socorrieron a tiempo.
Desperté en un hospital local, con Delfina llorando a mi lado mientras tomaba mi mano. No sé si fue sincrodestino, quizás solo fue el odio intenso que me lanzó Delfina antes de que se me ocurriera pasear por la montaña nevada en lugar de follarla sin cesar en un hotel en Bariloche, como si fuera mágico el lugar y así quedaría encinta.
Dudaba de que estuviera llorando por mi estado, lloraba porque no podría follarla y llenarla de mi semilla para embarazarse, ni esa noche ni muchas en adelante, pensé que la muy retorcida aprovecharía mi situación para sacar mi producto y hacerse inseminar.
-¡Gracias a Dios despertaste! Los muchachos están coordinando todo para salir de aquí, nuestro avión nos espera en Buenos Aires.
-Lamento arruinar tus vacaciones, no fue apropósito, por si lo piensas.
Bufó y soltó mi mano.
-Ni convaleciente dejas de atormentarme. Deja tu impertinencia-dijo y se alejó.
-Lo siento Delfina-dije, estaba adolorido.
-No tienes lesiones internas. Necesitarás mucho reposo si quieres estar al ciento por ciento para la preparación de la próxima colección. Contrataremos una enfermera que te cuide las veinticuatro horas, mejor dos.
-Ahora más que nunca necesito que consigamos contratar a Saro Bertucelli.
-No pienses en trabajo ahora Máximo, descansa.
Al llegar a casa me encontré con mi familia, mi madre y mi padre se mostraron preocupados. Ya una enfermera y un enfermero me esperaban en mi habitación. Dormí al llegar y pensé que después de todo sería un descanso forzado pero necesario de mi trabajo, de mi familia, de mi vida y sobre todo de Delfina.
No fue fácil estar inmovilizado en cama, ser atendido hasta para bañarme, la enfermera de cabellos castaños y rostro coqueto me hacía caritas seductoras, su sonrisa se interrumpió abruptamente cuando mi mujer le ordenó al chico que fuera quien me bañara y se ocupara de llevarme al baño. Lo agradecí, me daría menos vergüenza delante del chico estar tan vulnerable, por eso casi me dio un infarto cuando Camilo fue a visitarme y propuso un horror: contratar a su cuñada. La de los pechos grandes y rostro inocente, la sexi y tierna, tentadora Irene.
-Camilo, es excelente idea. Sí necesitamos una enfermera más. Deben turnarse, y ella es de confianza, es familia de Ada, su hermana, es decir es perfecta, no sabía que era enfermera.
-Lo dijo a la mesa pero seguramente solo oíste la parte en la que decía que preparaba banquetes-recordó Camilo.
Mi hermanito menor era de los que hablaba poco pero cuando hablaba decía lo justo, lo preciso, lo necesario.
Delfina rio afirmando.
-Eso fue, lo recuerdo ahora. Qué pena, pensará que no la quisimos contratar como primera opción, no la recordaba-se excusó Delfina.
«Yo sí, mucho».
-Te aseguro que tiene tiempo, no está cubriendo muchas horas-explicó Camilo.
-Le caerán bien estás horas atendiendo a mi marido entonces, listo Camilo, que se presente aquí y ya está. Ni la entrevistaré.
No podía dejar que esa contratación ocurriera, los coqueteos y miradas indiscretas de la enfermera castaña me divertían pero tener a Irene cerca sería diferente, había algo en ella que no me permitía apartar la mirada de su rostro o su cuerpo. La incomodidad cobraría un nuevo significado. Debía impedirlo.
-¿Para qué otra enfermera Delfina?
Se volvió a verme con extrema sorpresa.
-Creí que dormías. Los enfermeros son seres humanos, quiero atención veinticuatro horas para ti y los chicos deben descansar, un turno más le sentará bien a todos.
-No hace faltad Delfina, en turno entre media mañana y media tarde, sobra. No contrates a esa chica, la harás perder tiempo.
-No, nada que ver. Está decidido.
No hubo cosa que dijera, argumento que usara y fuera confesable que hiciera que Delfina cambiara de opinión así fue como la contratación de la sexi y tierna Irene se selló. Me resigné a que debía solo disfrutar la tentadora vista.