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Infierno

Infierno

Autor: : Paola Arias
Género: Romance
Avery haría cualquier cosa por salvar la vida de su hermano, pero ella no imaginó que terminaría cautiva en un infierno que está muy dispuesto a corroer su alma y enamorarla.

Capítulo 1 1

-Hoy viene un importante cliente al club, por lo que les pido encarecidamente que se pongan sus mejores trajes, arreglen sus cabellos y hagan sus uñas de ser necesario. Las quiero a todas convertidas unas verdaderas bellezas a las ocho en punto en la plataforma -explicó Ivanna, mirando a sus chicas con una mirada seria y fría-. Esta noche se irán tres.

Las doce chicas que trabajaban en el club nocturno asintieron al unísono con la cabeza, ignorando el hecho de que tres de ellas se irían a una mejor o peor vida y haciéndose las fuertes para no demostrar el temor que corría en su más profundo interior.

Avery tragó saliva, era la chica más nueva del club y aun no podía asimilar que cada mes se hiciera una especie de subasta, donde tres de ellas tendría que partir con su comprador. No tenía la menor idea de cómo había terminado en ese lugar, pero se lamentó haber tomado la primera oportunidad de trabajo que se le presentó.

Ella pensaba que sería una simple camarera, incluso le hubiese gustado solo ser la que se encargaba del aseo del lugar, pero cuando firmó aquel contrato y se presentó a su primer día de trabajo, el verdadero temor la gobernó.

No era una camarera común, de hecho, ninguno de las chicas hacía un trabajo normal. Atendían mesas, limpiaban el lugar, bailaban cuando se les pedía y hasta servían los tragos de aquellos clientes que así lo exigían. No era nada del otro mundo, pero debían usar trajes demasiado reveladores, donde las partes más íntimas de sus cuerpos debían quedar expuestas a aquellas miradas lascivas y llenas de morbo.

Pero eso no era lo más malo, lo peor era cuando un cliente quedaba prendado de alguna de ellas y la compraba sin remordimiento alguno. El club tenía aspecto de un bar refinado y demasiado elegante, pero los únicos que tenían permitido entrar eran los hombres y mujeres más ricos de la ciudad. Allí saciaban sus más oscuras fantasías, sin importarles un poco el daño que ocasionaban en sus elegidas.

-Avery -llamó la mujer y la chica se tensó, dando un paso al frente-. Hoy vas a participar. Ayúdala a prepararse, Deborah.

-Sí, señora -respondió la aludida y las doce chicas salieron de la instancia.

En completo silencio, cada una de las chicas entró a su camerino a prepararse, resignadas de su destino. Avery, por su lado, entró en compañía de Deborah con los nervios a flor de piel.

No quería estar allí, pero no podía irse cuando había firmado un contrato por un año completo. Había escuchado de una de las chicas que hacía dos años una de ellas se había atrevido a escapar, pero la encontraron muerta tres días después, y desde entonces, ninguna más se atrevió a huir del club.

Irse no era una opción, su vida valía más que nada. Además de que el dinero que había ganado durante esos dos meses que llevaba de prueba era más de lo que había imaginado y cubría todos los gastos médicos de su hermanito menor.

-Un vestido rojo o azul quedará perfecto con el tono de tu piel y acentuará el color de tus ojos -Deborah eligió dos vestidos de los colores mencionados y los puso sobre la cómoda-. No te tomes mucho tiempo, que también ir a prepararme.

Avery asintió y se apresuró a medirse los vestidos. El azul se ajustaba a su cuerpo y hacía juego con el color de sus ojos, pero no marcaba en definitiva sus bonitas curvas.

Deborah le hizo una seña para que se cambiara y se probó el rojo, llamando la atención de la pelirroja. El vestido le quedaba como una segunda piel, moldeando de manera sensual y elegante cada una de sus curvas. El escote profundo en su espalda dejaba a la vista un camino de pecas que adornaban su piel.

La pelirroja le dio una repasada profunda a la joven que la hizo sentir incómoda. La miró de espaldas y trazó su piel con sus uñas, provocando temblores en ella. Miró su trasero redondo y respingado, haciendo un gesto aprobatorio con la cabeza. Llevó el cabello de Avery hacía atrás y lo peinó con sus dedos, era sedoso y largo.

-Recógelo en una coleta a lo alto -indicó-. Tienes un cabello muy lindo y bien cuidado.

-Gracias...

-No uses sostén bajo el traje, ¿de acuerdo? -la mujer volvió al vestidor y buscó una lencería sensual-. Usa solo la parte de abajo y los manguillos.

-Sí, señora.

Deborah era por mucho la que más tiempo llevaba trabajando para Ivanna. Parecía estar conforme con la vida que tenía en el lugar, quizás porque podía darse todos los lujos que tanto había querido y anhelado de niña. Poco le importaba si debía entretener a los clientes, acostarse con ellos o cumplir las fantasías más retorcidas del ser humano. Ella solo deseaba seguir con su vida llena de lujos y aparentar felicidad cuando por dentro su alma estaba demasiada podrida. Pero la jovencita frente a sí no quería más que salir adelante y poder pagar la operación de su hermanito que padecía de cáncer.

Al darse cuenta de la mirada temerosa y confusa de la chica, Deborah la tomó con cariño de los hombros y le sonrió con dulzura. Ella no era mala persona, solo que el tiempo y desagradables sucesos la habían hecho optar por llevar un caparazón en su alma.

-No tienes de qué preocuparte, puede que hasta el cliente de hoy no te elija. Somos doce y solo se llevarán a tres, así que puedes estar de suerte y no ser una de las elegidas.

-¿Y si soy una de ellas? -inquirió, asustada y consternada-. No quiero hacer todo lo que esos hombres digan. Este no fue el trabajo que deseé tener ni la vida que quiero llevar.

Deborah la miró con compasión.

-Es lo que nos toca hacer o será peor el castigo en manos de Ivanna. Mira, Avery, cumple los deseos de esos hombres y no pienses en nada más que en tu hermano. Él te necesita, depende ti. No quiero sonar cruel, pero ¿quieres que muera?

-Claro que no -los ojos de la pelinegra se llenaron de lágrimas tan solo de pensar que a su hermano podía pasarle algo malo.

-Entonces piensa en él y soporta los diez meses que te quedan de contrato por él. El tiempo es nuestro peor enemigo, pero si no te haces la vida más amena, diez meses serán todo un infierno. Hay clientes que no son tan malos y solo buscan liberar la tensión con un poco de sexo. Quizás el cliente de esta noche sea uno de ellos.

La chica no dijo ni una sola palabra, pero pensó en todo lo que la pelirroja le había dicho. No tenía más opción que actuar y dejarse llevar por el tiempo, deseando que los diez meses terminaran lo más pronto posible para salir de ese lugar y hacer su vida muy lejos de allí.

-Volveré en un rato para maquillarte -dejó un beso en la mejilla de la joven y salió, dejándola sola en su camerino.

***

Avery se miró al espejo y, contrario a lo que pensó, no se sintió un poco bella ni a gusto. El vestido retrataba su figura a la perfección, el peinado en lo alto le daba elitismo a su rostro angelical y sus ojos azules mostraban profundos y contradictorios sentimientos. El maquillaje sutil acentuaba su belleza y el color rojo de sus labios realzaba su piel blanquecina.

Dos golpes en su puerta la hicieron salir de sus pensamientos y se apresuró a abrir. Ivanna la contempló de pies a cabeza y sonrió satisfecha, pensando en todo el dinero que aquella chiquilla le haría ganar. Era preciosa y por esa misma razón la había hecho participar esa noche pese a ser una de las chicas nuevas, pues sabía que su belleza atraparía de inmediato a su mejor cliente, lo que la llevaría a ganar mucho dinero.

-¿Estás lista? -inquirió y la chica asintió, aunque en realidad quería salir corriendo-. Ven, acércate.

Avery tomó ambos lados de su vestido y se acercó a la mujer. Ivanna era intimidante, tenía una mirada cargada de malicia y perversión que no pasaba desapercibida.

-Eres muy bella -alabó-. Quedarán encantados contigo, no tengo ni la menor duda de eso.

-Sra. Ivanna, me gustaría saber cómo está mi hermano -ignoró las palabras de la mujer, pues si había que lanzarse a la boca del lobo, necesitaba saber cómo estaba su hermano.

- Las quimioterapias han sido intensas y no han sido tan favorables como esperábamos. El doctor me dijo que, si su cuerpo seguía rechazando el tratamiento y no se realizaba la operación a tiempo, él podría...

-Entiendo -zanjó la chica, luciendo una entereza que no sentía-. De ser una de las elegidas, ¿cuánto dinero ganaría esta noche?

-El suficiente para costear la operación a tu hermano y vivir como una reina por el tiempo que el cliente lo dictamine.

-Perfecto.

Cerró los ojos, y luchando contra sus propios principios y valores, deseó ser una de las elegidas. No lo pedía por gusto, sino porque su hermano la necesitaba y ella no iba a permitir que esa enfermedad se lo llevara tal cual sucedió con su madre. Si en sus manos estaba la posibilidad de salvarlo, no le importaba lo que tuviera que hacer.

Capítulo 2 2

Con los nervios a flor de piel y el corazón latiendo muy a prisa, Avery caminó por el largo pasillo a medio iluminar hasta entrar al salón principal y hacerse en la plataforma junto al resto de las chicas. Todas estaban perfectamente alineadas y vestidas para la ocasión, resaltando sus atributos y la belleza innata de cada mujer.

Unas estaban impasibles, acostumbradas al tipo de trabajo que realizaban, y otras, como Avery, nerviosas por lo que se venía. No todas asimilaban que durante el tiempo que el cliente lo requiriera, pertenecían a ellos y debían cumplir sus más oscuras fantasías.

Unas querían ser elegidas para poder ganar dinero, otras querían salir corriendo a los brazos de sus padres y no volver a ese lugar nunca más en sus vidas. Pero no podían hacer más que afrontar su situación y aguardar a que sus contratos vencieran para poder tener paz en sus corazones y no vivir en aquellas pesadillas.

La luz del salón se atenúo hasta quedar en mínima, apenas pegando contra las figuras de las chicas que esperaban de pie en la plataforma. El salón se dividía en dos; en uno estaban las chicas y en el otro, se reunían los clientes para elegir a aquella chica que cumpliera con sus expectativas y despertara sus más bajos deseos.

Del otro lado de aquel cristal polarizado se encontraba un hombre junto a sus dos mejores amigos, bebiendo y fumando mientras observaban con atención a las doce chicas. Todas eran hermosas, pero pocas llamaban la atención del cliente más importante del club privado.

Jeray Le Bon, apagó el cigarro que fumaba con gracia y elegancia en el cenicero y se puso de pie con el vaso de cristal en su mano izquierda. Caminó firme e imponente hasta el cristal para poder observar de cerca las características físicas de cada chica. No le gustaba perderse ningún detalle, porque para él, las mujeres eran lienzos en blanco en los que podía pintar a su gusto y complacencia.

A unas cuantas ya las había visto antes, así que pasó de ellas sin más, pero las que eran nuevas ante sus ojos, llamaron su atención. Observó una rubia de ojos grises, su cuerpo delgado denotaba ciertas curvas, pero no las suficientes para encenderlo. Tenía bonito rostro, pero no despertaba el animal que habitaba en su interior, por lo que pasó a la siguiente chica.

Dio un paso más y miró a una castaña de pies a cabeza. Le gustaba su cabello rizado y largo, pero la chica enfundada en un vestido dorado ceñido a su cuerpo le generaba aburrimiento. Sus labios destacaban, pero no podía imaginarlos haciendo nada sucio para él, así que siguió caminando y observando a las chicas, resaltando sus virtudes y opacándolas con sus defectos y lo que a él no le gustaba de ellas.

Siempre había sido un hombre exigente y para las mujeres no era la excepción. La mujer que lograra despertar sus fantasías más retorcidas y profundas, aquellas que escondía lo mejor que podía, conocería el cielo y el infierno bajo su poder.

Pensó que no encontraría nada que le interesara y se sintió de mal humor. Había ido precisamente a sacarse de encima toda la tensión que estaba viviendo con una pequeña mujercita que lo tenía con la mente nublada y los deseos ardiendo en su interior, pero como no cedía a él, debía sacarse ese fuego que con su insolencia había provocado con una que sí estuviera a sus pies.

Se detuvo en la última chica sin darse cuenta y cerró los ojos, de mal humor y exasperado. Se bebió el trago que todavía no había probado de golpe y dejó que el calor y la amargura recorriera su garganta y su estómago. Era la última oportunidad para elegir, si no, tendría que recurrir a su amante habitual. Y, a decir verdad, ya se había aburrido de ella, pues sabía a lo que iba y lo complacía incluso con aburrimientos gestos de placer.

Se fajó la corbata y observó a la chica ante sus ojos y pudo sentir como el calor lo recorría entero y el palpitar de sus fantasías se hacían presentes. La jovencita era bastante joven, pero no era eso lo que lo incitiva a seguir observándola.

Era el aura inocente que emitía su mirada azulada y las expresiones tensas de su rostro. Sus labios rojos eran pequeños y carnosos, como si se trataran de un dulce manjar que él podía usar y devorar a su antojo. Su cabello recogido lo disgustó, quería verlo suelto y libre por su cuerpo, cubriendo esa piel tan blanquecina y perfecta que se veía a la vista para mancillar con sus propias manos.

Descendió la mirada por su cuello y su pecho, imaginando deslizarse por el medio y quedar ajustado ante la presión. Su vestido rojo lo tentó a imaginar su piel y todo lo que cubría esa tela y en ese momento no estaba a su vista. La imaginó desnuda ante él, en una posición bastante perversa y sonrió. Se vería como un ángel, con su cabello negro cayendo por su piel blanquecina y los labios rojos y entreabiertos mientras sus ojos rebosaban de inocencia y temor.

Su hombría palpitó bajo sus pantalones y dio un toque al cristal, eligiendo a la chica que lo acompañaría esa noche a su dulce morada.

Aunque no podía verlo, le sonrió y murmuró una palabra incomprensible en su idioma natal antes de regresar a la mesa con sus socios y volver a encender el cigarrillo y darle caladas calmas y profundas. No pudo apartar la mirada de ella, así que vio como la asistente de Ivanna la llevaba a la sala donde se conocerían finalmente y pactarían un trato, solo que no estaba seguro si con una noche tendría suficiente para pintar cada rincón de su piel.

-Suelta su cabello -le ordenó a la mujer y ella asintió con una sonrisa, satisfecha y feliz de la elección del hombre.

-Elegiste a la más hermosa de todas, eso no es justo. Siempre que te quedas con lo mejor -se quejó Darius, su socio y amigo.

-Concuerdo contigo, hermano -le secundó Kian, quien había visto a la chica desde que entró y elegiría una vez lo hiciera Jeray.

-¿Era tu elección? -inquirió sin mirar a su amigo.

El rubio se encogió de hombros e hizo un gesto indiferente, deslizando sus ojos por el resto de las chicas con aburrimiento.

-Esta vez no elegiré a nadie. Ninguna me gusta.

-Bueno, yo sí elegiré y serán dos a falta de una. Faltaba más, para calentar mi cama necesito de dos o sencillamente no podré -Darius eligió a dos chicas y pronto las llevaron a otra sala.

-Prepara los contratos.

-Sí, Sr. Le Bon -respondió Ivanna y salió, dejando a los hombres beber y fumar.

Avery, por su parte, no entendía por qué la habían sacado del salón y llevado a una sala distinta. Aunque quiso preguntarle a la asistente de Ivanna, no dijo ni una sola palabra, Tomó el consejo de Deborah y prefirió no preguntar, ni indagar, ni objetar sobre nada. Se limitaría a callar y obedecer, después de todo, era la vida de su hermano la que estaba en riesgo.

Ivanna entró al reservado con una sonrisa de oreja a oreja y una carpeta en mano. Se acercó a la chica y se sentó en el amplio y costoso sofá de cuero negro. Le hice una seña para que tomara asiento y Avery así lo hizo, con el corazón latiendo de forma errática y manos sudorosas.

-Fuiste elegida por el Sr. Le Bon, así que lee el contrato con detenimiento y firma en la última casilla. Cabe resaltar que no puedes negarte a nada de lo que tu dueño temporal te ordene, ¿de acuerdo? -la miró con falsa dulzura-. Eres principiante y el miedo se puede apoderar de ti, por eso mismo nunca he lanzado una nueva al mar, pero eres la excepción. No me decepciones, Avery.

-Haré mi trabajo al pie de la letra, Sra. Ivanna -fue lo único que pudo responder la chica al entender la amenaza de su jefa.

-Es lo que espero de ti, porque sería toda una pena que Luca pagara los platos rotos ante tu falta de compromiso -deslizó el contrato hacia la chica y se puso de pie, caminando con elegancia hacía la salida-. Y suelta tu cabello.

Avery se soltó el cabello en cuanto la mujer salió del privado y lo peinó con sus dedos, antes de tomar el contrato en sus manos.

Un suspiro escapó de sus labios y lo abrió para leer cada línea, pero lo único que había era un corto párrafo, donde decía que debía obedecer sin objetar todo lo que su nuevo dueño quisiera hacer con ella. No decía cuanto tiempo sería, ya que el campo donde debería ir el tiempo estaba en blanco.

Tembló de miedo y de anticipación sin saber a lo que tendría que enfrentarse, mas no tenía otra opción o su hermano sería el más perjudicado. Firmó sin más, esperando que el hombre no fuese malo y no la obligara a hacer cosas indebidas.

Si aquel lugar le parecía monstruoso y que humillaban a las mujeres, poco sabía la chica que conocería el verdadero infierno...

***

Espero les haya gustado este inicio, a mí me está encantando. Escribir sobre estos temas siempre será puro placer y adrenalina para mí. No lo tomen a mal, pero es mi gusto personal, y bueno, hace mucho estaba bloqueada con mi genero de novela negra y nada me salía como quería.

Espero esta sí salga con ese hado oscuro y de maldad jajaja

¿Qué le espera a Avery en manos de Le Bon?

¿Será bueno o malo?

¡Nos leemos el próximo viernes!

🖤

Capítulo 3 3

Avery observó su firma por largos segundos, una parte de sí deseando romper la hoja en cientos de pedacitos y salir corriendo de ese lugar. No quería estar allí y cumplir los pedidos de un hombre que quizá fuese malo, pero no podía hacer nada al respecto, solo aceptar en lo que se había convertido su vida. Debía enfrentarse a su trabajo y hacer lo mejor que podía por su hermano, eso era algo que se repetía constantemente para no salir corriendo.

Cerró los ojos por unos instantes, pensando en su hermano y en lo débil que se encontraba antes de que lo hospitalizara. Él era un chico fuerte que siempre le sonreía pese a no tener fuerzas para continuar, sin embargo, él de alguna manera quería demostrarle que estaba bien, que no sentía mayor dolencia para no preocuparla de más. Ver como la vida se iba del cuerpo de su hermanito menor en manos de una cruel enfermedad le arrugó el corazón y le dio esa fuerza que sentía perdida y tanto necesitaba en ese momento.

Le dolía que estuviera sufriendo de esa manera y ella no pudiera hacer nada para evitarle el sufrimiento. Le dolía la vida que el destino les había otorgado, pero no eran más que pruebas que debían enfrentar.

Entre sus pensamientos y haciendo el inmenso esfuerzo por no soltarse a llorar, escuchó que la puerta del reservado se abría y se apresuró a ponerse de pie con la mirada baja. Su corazón latía muy rápido y todo su cuerpo temblaba sin control.

-Venga conmigo, por favor -la voz del hombre era suave y amigable.

La chica levantó la mirada para contemplar al hombre y se tensó todavía más. Bien sabía que al club asistían hombres y mujeres de todas las edades, mas no imaginó que, quien la había elegido, sería un hombre mayor que bien podría ser su padre.

Se lamentó por su suerte y quiso salir huyendo, no obstante, sus pies se movieron por sí solos, siguiendo los pasos del hombre de mediana edad que caminaba por delante suyo. No tenía ninguna otra elección, era ir con el hombre o que su hermano muriera.

Y en ese momento tenía como salvar la vida de su hermano, ofrecerle un tratamiento adecuado que contrarrestara su enfermedad y darle todo aquello que no podía darle con un trabajo normal. Aun no sabía cuánto ganaría, pero había escuchado de algunas de las chicas que los beneficios eran muy buenos y que había algunos compradores que eran generosos con ellas y daban toda clase de lujos, regalos y grandes sumas de dineros por sus servicios.

Aunque no quería admitirlo en voz alta, se sentía como una prostituta y eso la entristeció. Esa no fue la vida que a ella le hubiese gustado llevar...

Los lujos que pudiera darle aquel hombre le importaban poco a ella. Mientras pudiera venderlos y obtener una buena cantidad de dinero, le era suficiente. Nunca fue una chica ambiciosa, pero debía admitir que el dinero movía al mundo y que ahora lo necesitaba más que nunca para salvar a su hermano.

Caminó por un largo pasillo detrás del hombre, apretando el contrato en sus manos y con el corazón latiéndole más fuerte. Sentía temor por lo que se venía y desconocía.

Salieron del club por una puerta diferente y que los guiaba a un amplio estacionamiento, donde solo había tres autos parqueados. La chica pensó que el hombre tenía una buena posición, puesto que los autos eran muy lujosos.

-Siga por aquí -el hombre la guio al auto negro y de vidrios oscuros que esperaba por ella y le abrió la puerta de pasajeros.

-Gracias...

-Ya sabes a donde ir, Borbón -dijo una voz profunda y que provenía del interior del auto que la hizo abrir los ojos de par en par con evidente sorpresa.

Hasta ese momento pensaba que el hombre mayor era quien la había elegido. Pero si no era él, ¿quién era el misterioso hombre que se encontraba dentro del auto?

-Sí, Sr. Le Bon -respondió su hombre de confianza e instó a la joven a subir.

Avery tomó una gran bocanada de aire, pero no logró mermar sus nervios. Así como se encontraba, con el corazón latiendo de manera estrepitosa y las manos temblorosas, subió al auto, siendo muy consciente de la presencia del hombre que acababa de hablar.

No se atrevió a mirarlo por temor y nervios, pero sentía que sus sentidos se llenaban de un aroma muy masculino y seductor, y que el espacio se reducía tan pronto la puerta del auto fue cerrada a su lado. Miró al hombre por el rabillo de su ojo y tragó en seco. El traje se veía muy costoso, y aunque quiso ver su rostro para saber cómo lucía, se mantuvo con la mirada baja, en una clara puesta de sumisión y obediencia que hizo sonreír al hombre que la observaba con detenimiento.

Ahora que estaba más cerca de ella y no tras aquel cristal, se sintió satisfecho de haberla elegido. Era justo lo que le gustaba y encendía sus más bajos instintos. No le gustaban las chicas ruidosas, que querían saberlo todo y de alguna manera querían acaparar toda su atención haciendo infructuosos intentos de coqueteo.

A Jeray le gustaban las mujeres con obedecieran, que fueran calladas y supieran comportarse. No le gustaban aquellas que mostraban sus atributos de más, lo consideraba desagradable y aburrido. En cambio, una mirada inocente y llena de transparencia lo motivaba bastante y lo seducía hasta un punto incomprensible.

La jovencita a su lado parecía un conejo asustado, era tímida y para rematar, trasmitía esa inocencia que pocos seres humanos poseían en el mundo. Verla con el cabello largo y suelto alimentó sus fantasías, así que lo tomó entre sus manos y lo acercó a su nariz, quedando encantado con el aroma a flores que emitía.

La sintió tensarse, así como soltar el aire que estaba conteniendo desde que subió al auto y sonrió divertido, llevando su cabello hacia su espalda de manera delicada.

Se inclinó hacia ella y acercó su boca a su oreja, sintiendo como ella se tensaba y escuchando su respiración agitarse más. Su erección le incomodó, pero se dijo a sí mismo que no había prisa alguna, pues tendría el tiempo a su favor para hacer de su inocencia un desastre.

-No tienes que temer -susurró con voz profunda y ronca, evidenciando un acento extranjero que lo hacía sonar sensual-. Tú y yo nos vamos a divertir bastante y te aseguro que no querrás que me detenga ni hoy ni nunca.

La joven quería hablar, pero de sus labios escapó un suave jadeo cuando la boca de él se posó en su hombro. El temor que sentía era tanto, que su mente su nubló y todo su cuerpo se paralizó. Solo podía sentir la suavidad y humedad de la boca sobre su piel, alterando todos sus nervios y haciéndola erizar de pies a cabeza, no sabía si de gusto o de temor.

Cerró los ojos y pensó que el hombre iría más lejos, pero pudo respirar tranquila cuando él se alejó y se enderezó en su lugar. Una tranquilidad que no duró mucho tiempo, pues él posó la mano en su pierna derecha, lo que hizo que su corazón explotara en su pecho y que se mantuviera tensa durante el recorrido en el auto.

Jeray jugaba con la chica y eso lo divertía y excitaba a iguales proporciones. Apretaba su pierna entre su mano, hacía trazos invisibles con la yema de sus dedos sobre su piel, viendo con atención la forma en que ella temblaba y se estremecía bajo su tacto.

Le recordó a su secretaria, igual de tímida e inocente, pero aquella chica que estaba a su lado sí obedecería a todo lo que él dictaminara, no como Dixie, que se negaba a sus besos y sus caricias por más que se deshiciera entre sus brazos y las disfrutara.

Pensar en ella provocó que la tensión en su pantalón aumentara y que el deseo de someterla le nublara la razón. Ante él no estaba una de las elegidas, sino su secretaria, aquella mujer que tanto deseaba y se negaba a aceptarlo por lo que consideraba una falta de moral tras sus diferentes posiciones.

Tomó a la chica del cabello y sin meditarlo, la acercó a su boca, apoderándose de sus labios con hambre y pasión mientras guiaba su mano por la cara interno de sus muslos, llevandola a un destino en específico.

Avery abrió los ojos de par en par al sentirse presa entre los labios del hombre. Su boca era demandante y le exigía corresponderle de vuelta, por lo que movió sus labios como pudo, pero la intensidad y ferocidad no le permitía seguirle el ritmo.

Se sentía abrumada ante el toque se hacía más cercano a su zona más íntima, mas no podía evitarlo. Debía dejarse hacer y eso la hizo sentir miserable y que no valía nada. Lágrimas se arremolinaron en sus ojos y eso fue suficiente para despertar la bestia que habitaba en el interior del hombre.

Con una mirada poseída por el placer, Jeray ladeó su cabeza y esbozó una sonrisa maliciosa. Contempló la expresión de la chica y adentró su mano por completo bajo su vestido, tocando su vagina por encima de su ropa interior. La sintió caliente y húmeda, lo que le sacó una risita.

-Estás muy caliente y húmeda para atreverte a decirme que no te gusta -los verdosos ojos del hombre estaban inyectados de lujuria-. Te gusta que te bese y te toque, pero tienes la osadía de negarte a mí -soltó una risita más, trazando los labios menores con precisión y suavidad, provocando temblores en la chica entre sus brazos-, ¿Sabes, mon amour? Hoy conocerás todo lo que soy capaz de ofrecerte y tanto te has negado a sentir -presionó su dedo hacia sus adentros, pero la tela de la ropa interior no le permitía cavar más profundo-. Nómbrame cada vez que esté dentro de ti, sin importar si es con mis dedos, mi lengua o mi pene.

Volvió a presionar con fuerza y Avery soltó un quejido que sonó dulce y tierno en los oídos del hombre. La besó con mayor fiereza, pero la voz de su hombre de confianza avisándole que habían llegado a la mansión lo trajo de vuelta a la realidad.

Jeray vio el rostro rojo y las lágrimas que descendían por las mejillas de la joven y sonrió complacido, sacando su mano de debajo del vestido de ella. Llevó sus dedos a los labios de la chica y los adentró con suavidad, moviéndolos en un acto lascivo y sensual.

-Mi dulce Dixie me hace hacer cosas indebidas, es una insolente que no se compadece de mí ni mucho menos de chicas como tú -la tomó con fuerza del mentón y Avery lo miró asustada y con los ojos llenos de lágrimas-. Pero no tienes que temer de mí, te aseguro que soy más benévolo que ella -dejó un corto beso en sus labios antes de acomodarse su prominente erección y bajar del auto, extendiendo su mano hacia ella con una sonrisa que dejaba ver a aquel hombre que guardaba en su más profundo interior y que pocas mujeres despertaban-. Bienvenida mi infierno, pequeña.

***

¡Hola, amores!

Les traje capítulo antes, espero lo disfruten. No sé si mañana pueda subir, ya que he tenido bastante trabajo y no he podido escribir en forma, pero haré mi mayor esfuerzo para traerles uno más y mostrarles el infierno de Jeray.

¿Qué les está pareciendo la historia?

Gracias por sus votos y comentarios, me motivan a continuar, además que me gusta leer sus opiniones.

Nos leemos mañana, ya saben, probablemente.

¡Los adoro!

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