"Pongamos fin a este matrimonio", dijo Carlos Guerrero sin previo aviso, con un tono tan tranquilo que parecía que estaba cerrando un trato comercial.
Con esa simple frase, acababa con tres años de matrimonio. Abrió el cajón de su escritorio, sacó un documento y lo deslizó sobre la mesa.
"La situación de Diana se ha complicado", explicó mientras encendía un cigarrillo. El humo se elevó y suavizó los bordes afilados de su rostro, mientras seguía "Su esposo murió hace poco y ella está embarazada de su hijo. No tiene familia que la respalde. Ella no soportará volverse la comidilla del pueblo".
Finas hebras de ceniza gris cayeron lentamente de la punta del cigarrillo del hombre, quien continuó con sus excusas.
"Lo menos que puedo hacer es darles a ella y al bebé mi apellido y un lugar adecuado para vivir", añadió, mirando a Clara Reyes con distante indiferencia. "Si tienes alguna exigencia, dila ahora. De lo contrario, firma el papel".
Diana Murphy fue una vez el amor de la vida de Carlos. Ahora estaba embarazada, esperando un hijo sin padre, y esa era exactamente la razón por la que él dejaba a su esposa, para casarse con su primer amor.
El peso de la situación de Diana oprimió a Clara, quien terminó con la mente nublada y sintió que todo se desvanecía en una neblina opaca. Se quedó donde estaba, incapaz de moverse. Una fina capa de lágrimas brilló en sus ojos antes de que pudiera contenerlas. Con dedos temblorosos, tomó el documento titulado "Acuerdo de divorcio".
Al leer el encabezado en negritas en la parte superior, sintió el equivalente a un golpe.
"¿De verdad no hay...?", empezó, con voz tensa y desigual. Un espeso flequillo colgaba bajo las monturas de sus lentes, haciéndola parecer frágil y derrotada. "¿De verdad no hay otra opción?".
"Ella está en un estado frágil. Si la abandono ahora, no lo soportará. Pero tú no eres así, Clara. Siempre has sido fuerte", contestó su cónyuge, frunciendo ligeramente el ceño.
'¿Es mi fuerza la razón por la que tengo que ser desechada?', se preguntó Clara, y la mera idea hizo que sintiera que le estrujaban el corazón.
Antes de que pudiera serenarse, los recuerdos la transportaron años atrás. Volvió a ver el orfanato y al niño de pie con la luz del sol sobre sus hombros. Él se puso delante de ella con los brazos extendidos, mirando a los niños a los que les gustaba intimidarla.
"No se atrevan a tocarla", les advirtió.
Poco después, hizo otra promesa: "Pase lo que pase, te mantendré a salvo".
Fue entonces cuando ella le entregó completamente su corazón. A partir de ese momento, lo amó por completo, sin esperanza de volver atrás.
Clara cerró lentamente los dedos, hasta que se volvieron puños.
"No hace falta que armes un drama", le advirtió Carlos, sin ocultar la irritación en su voz, al observarla con la cabeza gacha. "Tú y yo sabemos que nuestro matrimonio nunca fue por amor. Te elegí porque eras la opción adecuada...".
El hombre se detuvo un momento para soltar lentamente una bocanada de humo, y agregó: "Clara, supuse que al menos sabías manejar las cosas con algo de... dignidad".
Ante la mención de la última palabra, la aludida casi se carcajeó.
"Diana es una persona amable", continuó Carlos, con un tono más frío. "Nunca quiso hacerte daño. Además, entre nosotros nunca ha pasado nada inapropiado".
Clara sintió una opresión tan fuerte en el pecho que hasta respirar le parecía doloroso.
¿Así que ahora, seducir a un hombre casado y dar muestra de una moralidad cuestionable era aceptable?
"Me aseguraré de compensarte justamente", prosiguió Carlos, quien apretó el cigarro contra el cenicero de cristal hasta que la brasa se apagó. Luego, en un tono más agudo, agregó: "Solo firma los papeles y deja de aferrarte a una posición que nunca fue para ti".
Él reconocía que Clara había manejado la casa a la perfección. Aunque su aspecto era sencillo y fácil de pasar por alto, mantenía el hogar impecable. Lo organizaba todo, gestionaba sus asuntos diarios y mantenía en silencio su vida en orden sin pedir nunca reconocimiento.
Aun así, era demasiado comedida y correcta. Estar cerca de ella era como beber agua simple: únicamente ofrecía un alivio básico. Sí, satisfacía su sed, pero no dejaba ningún sabor persistente. Y Carlos se había cansado de eso.
"Te daré tres días para que decidas", sentenció el hombre. "Pero no pongas a prueba mi paciencia alargando esto".
"No será necesario", respondió su esposa, levantando la cabeza y agarrando el bolígrafo.
El sonido de la punta raspando la página rompió el silencio.
Con trazos rápidos y firmes, estampó su firma. No vaciló ni un segundo mientras lo hacía.
Carlos no pudo ocultar su sorpresa por un momento. Poco después, su expresión volvió a su habitual frialdad.
"Al menos sabes tomar la decisión sensata", declaró. Tras un momento de duda, agregó: "Como tienes un pasado manchado, puede que no te resulte fácil encontrar trabajo. Además de lo que ya establece el acuerdo, te transferiré otros cincuenta millones como compensación. También puedes quedarte con el Porsche que has estado conduciendo".
"Si tu corazón siempre le perteneció a ella, ¿por qué te casaste conmigo?", preguntó Clara, en voz baja.
Carlos la miró. Esta vez no evitó la pregunta, sino que la respondió.
"En aquel entonces, Diana ya había decidido irse", dijo. "Conduje hasta el aeropuerto para detenerla, pero nunca llegué. Choqué el auto en el camino y casi quedé paralítico", narró estoicamente, y casi parecía que estaba contando la vida de otra persona. En ese mismo tono, agregó: "Mi abuelo amenazó con quitarme todo. Me llamó inútil y dijo que estaba arruinando mi futuro por una mujer. Si mi madre no hubiera intervenido, me habrían expulsado por completo de la familia. Para recuperar lo que me pertenece, necesitaba un matrimonio estratégico. Necesitaba una esposa que no creara complicaciones".
Tras decir eso, posó la mirada en Clara. En sus pupilas había una serena crueldad, mientras añadía: "Me conocías del orfanato. Eras sencilla, callada y leal a mí. Sé lo de la cárcel. La condena que cumpliste. Eso significaba que podía manejarte fácilmente e irme cuando lo necesitara".
Alzando ligeramente las comisuras de sus labios, agregó, casi como si la estuviera felicitando: "Durante estos últimos tres años, desempeñaste tu papel a la perfección. Lo hiciste tan bien que casi olvidé la verdad. Desde el principio, este matrimonio no fue más que un trato entre mi familia y yo".
Clara no derramó ni una sola lágrima.
En cambio, una abrumadora sensación de absurdo se extendió por su pecho.
Durante años, lo había amado sin reservas. Su paciencia, su devoción, la forma en que permanecía en silencio a su lado lo significaban todo para ella. Sin embargo, para él solo fue un trato.
Sin embargo, Carlos nunca se dio cuenta del precio tan alto que ella pagó para convertirse en la esposa que todos esperaban que él tuviera.
Sin dudarlo, cortó todo rastro con la vida que había llevado. Abandonó su computadora, el bisturí, su trabajo de diseñadora, la pista de carreras... Todas esas cosas la habían llenado de emoción en el pasado. Y ahora, había pasado tanto tiempo que apenas podía recordar la sensación.
Día tras día, su vida giraba por completo en torno a su esposo. Le masajeaba las piernas, lo guiaba en la rehabilitación y permanecía despierta a su lado en las largas noches en que el dolor no lo dejaba dormir. Cuando el sufrimiento se volvía insoportable, solo se quedaba en silencio, agarrándolo de la mano.
Hacía dos años, que él por fin recuperó la capacidad de caminar. ¿Pero qué diferencia había supuesto?
En cuanto Diana regresó, todos los sacrificios que Clara había hecho durante esos tres años parecieron desvanecerse en algo trivial y sin peso. La ironía de todo aquello le pareció casi ridícula.
Y con eso en mente tomó una decisión. Sabía que dejar que las cosas se alargaran solo agravaría el daño. Por ende, terminar con todo ahora era la mejor opción.
En ese momento, el celular de Carlos empezó a sonar. Al contestar, su expresión cambió de inmediato. "¿Qué dijiste? ¿Diana se siente mal? Voy para allá ahora mismo".
Sin decir una palabra más, terminó la llamada, agarró su abrigo y salió corriendo por la puerta. No le dedicó ni un solo vistazo a Clara.
Siempre que se trataba de Diana, este era el patrón. En cuanto ella lo necesitaba, se convertía en otra persona, un hombre que no tenía espacio para nadie más que para ella.
El sonido de la puerta principal al cerrarse resonó en el silencioso salón.
Clara permaneció donde estaba, aún luchando contra el repentino vacío que se extendía en su interior, cuando voces y pasos llegaron desde el exterior.
Lorena Guerrero, la madre de Carlos, había vuelto a casa, y su hija, Jessie, entró con ella.
La puerta se abrió de golpe con un fuerte estruendo. Jessie entró como si fuera la dueña del lugar, con varias bolsas de compras de lujo colgando de sus manos, mientras mantenía la barbilla levantada con orgullo. Lorena la siguió, perfectamente vestida y con el mismo aire frío y de superioridad de siempre.
"Mamá, mira este bolso que compré hoy. ¡Es una edición limitada!". La joven seguía admirando su compra cuando de repente se dio cuenta de que Clara estaba de pie en medio del salón. Sin ocultar su desdén, preguntó: "¿Por qué estás ahí parada así? Eres desagradable a la vista".
Clara ignoró por completo el comentario. Sin responder, se dio la media vuelta para ir hacia las escaleras, donde se dispondría a hacer las maletas.
"¡Espera!", exclamó Jessie, poniéndose delante de ella de golpe.
Barrió con la mirada a su cuñada, con una expresión que sugería que estaba contemplando basura, antes de soltar: "El collar de diamantes que dejé en mi tocador desapareció. ¿Te lo llevaste?".
Clara se detuvo. Poco a poco y con clara intención, levantó la vista y la clavó en Jessie.
Algo en esa mirada hizo que esta última sintiera que se le encogía el pecho. Incluso retrocedió medio paso antes de obligarse a detenerse.
"Jessie, deja de hablar así", intervino Lorena, en un tono cortante, aunque tenía su mano protectoramente sobre el hombro de su hija. "Es cierto que, en ocasiones, Clara puede ser problemática, pero... no se atrevería a robar. ¿Verdad, Clara?".
Con una sonrisa cuidadosamente preparada, la madre prosiguió: "Es solo un collar. Si te gustaba, podrías habérmelo pedido directamente. ¿Por qué molestarte en...?".
"Yo no lo tomé", la interrumpió su nuera, con voz firme y carente de emoción.
"¿Que no lo hiciste?", bufó Jessie, e inmediatamente buscó el viejo bolso de lona que Clara había dejado junto al sofá. "¡Entonces no te importará que lo compruebe!".
Antes de que pudiera alcanzarlo, Clara se le adelantó y la agarró de la muñeca. Su toque era firme y frío, tan inamovible como el hierro. Jessie se puso rígida al instante, incapaz de soltarse.
Detrás de las gruesas monturas de sus lentes, Clara mantenía una mirada inquietantemente serena. "No tienes derecho a tocar mis pertenencias", sentenció.
"¿En serio? ¿Ahora estás asustada?". la confrontó Jessie, sintiendo que su confianza vacilaba tras la mirada tranquila de su interlocutora, y un escalofrío recorrió su columna vertebral. Aun así gritó hacia Lorena: "¡Mamá, mírala! ¡Es obvio que lo tomó! ¡Ya estuvo en la cárcel antes! ¡¿Cómo podría alguien como ella ver diamantes y no codiciarlos?!".
"Clara, ¿alguna vez te hemos negado algo en esta casa? Si había algo que querías, solo tenías que pedirlo. ¿Por qué rebajarte a algo así? Ese collar se lo regaló su padre a Jessie. Está valorado en más de tres millones. No es un asunto menor", reprochó la madre, con una expresión de disgusto.
"Ya te dije que yo no lo tomé", replicó la acusada con mesurada calma, soltando a su cuñada.
"Claro que no lo hiciste", bufó Jessie frotándose la marca enrojecida de la muñeca, mientras la ira centelleaba en sus ojos. Entonces, agudizó la mirada de golpe y preguntó: "Espera. ¿Por qué tu bolso está tan lleno?".
Antes de que Clara tuviera la oportunidad de responder, Jessie se abalanzó hacia delante. Metió la mano en el bolsillo lateral del bolso de lona y sacó un joyero de terciopelo.
"¿Ves? ¡Lo sabía!", exclamó Jessie, con una expresión triunfal en su rostro, mientras abría la tapa.
Dentro descansaba un collar de diamantes. Bajo las luces, brillaba con intensidad, y la gema central resplandecía con un brillo cegador.
"¡Clara! ¿Alguna vez te hemos tratado mal en esta casa? ¿Y aun así hiciste algo así? ¿Entiendes lo que la gente dirá de nosotros? ¿No temes que la familia se convierta en el hazmerreír del pueblo?", exclamó Lorena, con exagerada decepción, tras inhalar profundamente.
"Ahí está la prueba", se sumó su hija con satisfacción, agitando el joyero como si fuera un premio. "¿Qué excusa tienes ahora? Mamá, llama a la policía. Que se lleven a esta exconvicta de vuelta a donde pertenece".
Al otro lado de la habitación, varias criadas que trabajaban en el comedor no pudieron evitar susurrar entre ellas.
"¿Quién habría imaginado que era ese tipo de persona? Siempre se muestra tan seria y callada. Bien dicen que esas son las peores.
"Oí que ya estuvo en la cárcel. No cabe duda de que es una verdadera convicta. No hay forma de que el señor Guerrero se casara con ella por voluntad propia. Debió de haberlo engañado".
"La gente nunca cambia. Naturalmente, apuntó a lo más caro que pudo encontrar. Un collar valorado en más de tres millones, ¿alguna vez ha visto tanto dinero?".
"Ya basta", soltó Clara, en un tono tranquilo, y en el acto la habitación se quedó en silencio.
La acusada movió lentamente la mirada del collar, llamativo y casi ofensivo en su brillo, hacia las dos mujeres que estaban frente a ella, con expresiones calculadoras, llenas de hostilidad.
Toda la escena le pareció de repente absurda y agotadora.
Había pasado tres años de su vida con las personas de esa casa y, durante ese tiempo, hizo más de lo que le correspondía por Jessie.
Esta última solo era bonita, sin ofrecer nada más. Los problemas la seguían a todas partes, y la familia siempre acababa limpiando el caos que ella creaba.
El último incidente involucró a la familia Mendoza, y si Clara no hubiera ido sola a manejar la situación, su cuñada habría pagado un precio muy alto.
Por desgracia, Jessie se volvió contra la misma persona que la ayudó.
Clara lo dio todo, solo para ser recompensada con insultos. Poco a poco, se enderezó.
Su aspecto no había cambiado. Mantenía una expresión impasible y el vestido que llevaba era normal. Sin embargo, la forma en que se plantaba ahora en el centro de la habitación le confería una presencia diferente. De ella emanaba una presión silenciosa que hacía que el aire se sintiera más pesado. Jessie sintió una extraña inquietud en el pecho, pero no logró identificar el motivo.
"Es solo un collar", dijo Clara con calma. "¿Y aun así te esforzaste tanto solo para montar este pequeño espectáculo?".
"¿Qué intentas decir? ¿Crees que esto es una especie de acto?", replicó Jessie, con la voz cada vez más aguda.
En lugar de discutir, la otra se limitó a acercarse y a extender su mano hacia ella.
Sorprendida, Jessie retrocedió por instinto mientras se aferraba con fuerza al joyero contra su pecho. "¿Qué crees que haces? ¿Intentas deshacerte de las pruebas?".
Clara sonrió levemente.
Al instante siguiente, movió con rapidez su mano y le arrebató el joyero de las manos a su cuñada.
"¡Oye!", exclamó Jessie, quien apenas logró protestar antes de que su rival moviera la muñeca.
Al instante siguiente, la caja salió por la puerta principal, trazando en el aire un ligero arco, antes de caer con un fuerte chapoteo en la fuente del patio.
"¡Mi collar!", gritó Jessie mientras salía corriendo.
Lorena se puso pálida, mientras su compostura vacilaba.
Clara se frotó las manos con indiferencia, como si acabara de deshacerse de algo sin ningún valor. Luego volvió a mirar firmemente a su suegra y, en un tono frío, le dijo: "Tenderme una trampa así es dolorosamente obvio. ¿Deberíamos revisar las imágenes de vigilancia y ver quién puso ese collar dentro de mi bolso?".
La mayor endureció su expresión. Por un breve momento, no logró articular palabra.
"Y hay algo más que deberías saber", prosiguió la chica, manteniendo un tono tranquilo y firme. "Hace diez minutos, Carlos y yo firmamos los papeles del divorcio. A partir de ahora, no tengo nada que ver con tu familia. Ya no soy tu nuera, y no puedes calumniarme ni insultarme cuando te apetezca. En cuanto a ese collar, ya que ahora está en el fondo de la fuente, pueden ir a buscarlo ustedes mismas".
Acto seguido, la joven se dio la media vuelta y no les dedicó ni un vistazo más a las dos mujeres que fueron parte de su familia política. Sin dudarlo, subió las escaleras.
Solo después de que el leve sonido de una puerta cerrándose resonara desde el piso superior, Jessie volvió corriendo al salón.
"¡Mamá! ¡Ella... tiró mi collar a la fuente! ¡Está completamente loca! Llama a Carlos y haz que vuelva para que le dé una lección...", exigió la molesta afectada, con el agua chorreando de su ropa.
"Cállate", la interrumpió su progenitora, con una expresión sombría y serena.
Mantuvo los ojos fijos en la escalera y, de repente, en su mente apareció un recuerdo de tres años atrás.
En aquel momento, Lorena pasó por el estudio y vio a Clara de pie junto al escritorio de Carlos. Sobre el mueble había papeles que detallaban una adquisición en el extranjero, junto con varias antigüedades raras.
Lorena supuso que Clara se limitaba a mirarlas fascinada. Incluso le pareció divertida la situación, pensando que una huérfana no reconocería el valor de lo que estaba viendo.
Sin embargo, en ese preciso instante, un detalle olvidado resurgió con claridad en su mente: su nuera no había estado prestando atención a las antigüedades en absoluto. En cambio, se había concentrado en una complicada columna de números financieros, y había negado con la cabeza.
Lorena sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, mientras sentía una inquietante opresión en el pecho. Tal vez... nunca había entendido de verdad a la mujer que desdeñó con tanta facilidad.
Tras entrar en la habitación, Clara comenzó a empacar sus pertenencias con movimientos rápidos y diestros. Cuando terminó, sacó un segundo teléfono y abrió una aplicación de mensajería que no había usado en años.
En un pequeño chat grupal con solo unas pocas personas, envió un único mensaje, que decía: "Me divorcié. Vuelvo a estar soltera".
Casi al instante, su teléfono vibró sin parar mientras las respuestas llovían.
Nate Singh, su compañero de carreras, fue el primero en responder: "¿Espera, qué? Clara, ¿alguien hackeó tu cuenta?".
Justo después llegó la respuesta de Kenneth Wright, el genio de la medicina al que todos llamaban en broma el doctor milagroso.
"Esto merece una celebración. Ya eres libre. Tragos esta noche. No puedes faltar".
El siguiente en reaccionar fue Zayne Rojo, el hacker del grupo, quien ofreció: "¿Quieres que borre tu rastro en línea? Mándame tu IP. Lo haré gratis. Carlos no podrá rastrearte".
Gema Scott, su amiga diseñadora de joyas, intervino con evidente emoción: "¡Ya era hora! Te dije que ese hombre nunca fue suficiente para ti. Clara, te enviaré algo de mi colección 'Renacimiento'. Deja que el mundo vea lo mucho que puedes brillar".
A Clara le llegaban tantas notificaciones al teléfono que le fue imposible leerlas todas. Sin embargo, cuando por fin leyó todos los mensajes, sintió que algo en su interior se ablandaba. Sus amigos eran ruidosos, tercos e incondicionalmente leales.
Con tranquilidad, tecleó en respuesta: "Hablo en serio. El divorcio está finalizado. Nos vemos más tarde en el lugar de siempre".
Tras dejar el celular a un lado, la chica caminó hasta el rincón más alejado del vestidor. Oculto tras una fila de ropa colgada, se encontraba un cajón secreto, que se deslizó silenciosamente frente a ella.
Dentro no había ropa alguna. Su único contenido consistía en un maletín de metal negro.
Clara colocó el pulgar en el escáner y, con un suave clic, la cerradura se abrió.
Todo en el interior del portafolio estaba dispuesto con un orden impecable. Un bisturí quirúrgico reflejaba un frío brillo metálico. A su lado descansaba un juego de llaves de autos de carreras completamente único, una elegante laptop de alta gama y una gruesa pila de bocetos de diseño llenos de líneas precisas y detalles meticulosos. El trabajo era tan refinado que podría exhibirse en una galería.
Durante tres años, había guardado todas esas facetas bajo llave para poder vivir como la esposa de Carlos. En ese mismo periodo, enterró sus agudos instintos, su determinación y cada rastro de vida que alguna vez tuvo.
Sin embargo, ahora recuperaría todas esas facetas suyas.
Clara sacó la laptop del maletín y la encendió. El familiar sistema apareció en la pantalla mientras ella movía rápidamente los dedos sobre el teclado. En cuestión de segundos, se había infiltrado en la red interna del Grupo Guerrero.
Uno por uno, eliminó cada registro de las crisis que había resuelto en silencio durante los últimos tres años. La eliminación incluyó la tecnología central que ella misma creó, el mismo proyecto que el Grupo Guerrero había planeado usar en su cooperación con la familia Mendoza.
Carlos siempre había asumido que esos éxitos eran resultado de la suerte o de un personal competente. Nunca se dio cuenta de cuántas noches pasó en vela su esposa mientras él dormía, eliminando cada obstáculo que se interponía en su camino.
Clara mantuvo una expresión impasible, incluso cuando la pantalla mostró un mensaje que decía "Eliminación Completa".
El matrimonio había terminado. Ahora, hasta la última conexión entre ellos debía desaparecer.
La familia Guerrero ya no tenía ningún derecho sobre ella. A partir de este momento, esa gente nunca más obtendría beneficio alguno de sus esfuerzos.
Tras cerrar la laptop, Clara agarró su teléfono y le envió un mensaje privado a su mejor amiga, Rosa Miller. "Soy completamente libre".
"Dame diez minutos. Estaré fuera de la casa de ese idiota, lista para recogerte", respondió la otra, casi de inmediato.
Así era como operaba Rosa. Cuando tomaba una decisión, se movía con una rapidez que ponía nerviosa a la gente.
Prometió que llegaría en diez minutos, pero el rugido de un motor retumbó en la calle en menos de seis.
Instantes después, un llamativo auto deportivo se deslizó hasta la acera y frenó en seco. Vestida completamente de negro, Rosa se apoyó en el vehículo con total seguridad. En el momento en que vio a Clara salir con su maleta, no pudo contener una amplia sonrisa.
"Felicidades", le dijo a su amiga con alegría. "Por fin eres libre".
Clara ni siquiera había abierto la boca cuando su mejor amiga hizo gala de sus dotes de maga, pues sacó de la nada una botella de champaña. Con un movimiento de muñeca sin esfuerzo, descorchó la botella.
El corcho salió disparado hacia el cielo y una espuma brillante estalló en el aire bajo el resplandor del atardecer, salpicando el hombro de Clara.
"No tuve tiempo de conseguir nada extravagante", comentó la recién llegada, con una sonrisa juguetona. "Así que tendrá que bastar con champaña. Celebremos tu nuevo comienzo".
Clara terminó con la blusa empapada por el frío líquido, pero apenas se percató del asunto. En cambio, una calidez llenó sus ojos mientras las lágrimas amenazaban con rodar por sus mejillas.
Se sentía maravillosa. Ahora que se había alejado de Carlos, la vida que verdaderamente le pertenecía por fin comenzaba de nuevo.
"¿Quieres conducir?", le preguntó Rosa, con una sonrisa traviesa, lanzándole las llaves y alzando una ceja.
"Sube", respondió la otra, que atrapó las llaves, se deslizó tras el volante y pisó, sin dudarlo, el acelerador a fondo.
El Bugatti Veyron rugió y se lanzó hacia adelante, alejándose de la casa antes de incorporarse suavemente al tráfico.
La velocidad aumentó rápidamente, pero el auto se mantuvo perfectamente estable bajo el control de Clara.
Rosa se reclinó en el asiento e inclinó la cabeza hacia su amiga, mientras pedía: "Dime algo. ¿Qué fue lo que finalmente te hizo abrir los ojos sobre el pésimo gusto que tienes para los hombres?".
"Su primer amor regresó", respondió Clara con voz serena, sin apartar la vista de la carretera. "Están juntos de nuevo".
"¿Es en serio? ¿Se larga, desaparece y luego regresa como si nada tres años después? ¿Acaso no hay más hombres en el mundo? ¿Tenía que ir justo por tu esposo?", exclamó Rosa, a punto de estallar. Su frustración seguía creciendo, y las palabras salían de su boca cada vez más rápido.
"¿Y Carlos? Es un completo idiota. Casado y todavía aferrado a su primer amor. De verdad que es repugnante".
Clara permaneció en silencio. El arrebato de su amiga fue tan intenso que no supo cómo responder.
Al sentir la incomodidad de su interlocutora, Rosa tosió ligeramente y comentó: "Es que estoy furiosa. ¿Ellos pueden retomar las cosas donde las dejaron mientras se espera que tú desaparezcas en las sombras? ¿Por qué facilitarles las cosas? Y esa tal Diana... por favor. Deberías competir directamente con ella".
"¿Y qué lograría con eso? ¿Anunciar al mundo que soy la mujer que fue desechada?", replicó Clara con calma.
"¡Pero se están saliendo con la suya demasiado fácil!".
"No lo harán", replicó la otra en voz baja, aunque su tono denotaba una tranquila certeza. "De ahora en adelante, soy simplemente Clara. Ya no soy el accesorio de nadie. Y nunca más lo seré".
"Eso es lo que quería oír", declaró su amiga, cuyo enojo desapareció tan rápido como llegó. "Esto merece una celebración. ¿Unos tragos?".
"Eso será más tarde", dijo Clara mientras giraba ligeramente el volante. "Primero necesito hacer una parada. Voy a cambiar de look".
"Por fin", comentó Rosa, con la emoción brillando en sus ojos. Entonces, otro pensamiento cruzó por su mente y se inclinó un poco hacia adelante, para decir: "Ah, cierto. Has estado completamente desaparecida durante tres años, y un montón de gente en el mundo de la medicina se ha vuelto loca tratando de localizarte. ¿Cuándo piensas volver?".
"Siento que este es el momento adecuado. Que corra la voz", contestó la otra, manteniendo su expresión severa.
"Hablando de eso, Carlos también te ha estado buscando", comentó Rosa, soltando una risita, claramente divertida con todo el asunto. Su diversión solo aumentó mientras continuaba: "Al parecer, su primer amor necesita tratamiento. No se dará cuenta de la verdad hasta que se estrelle de frente contra ella. La mujer que descartó con tanta indiferencia es la misma a la que ha intentado contactar desesperadamente en busca de ayuda: la legendaria Doctora L".
Con una sonrisa afilada, Rosa remató: "Sinceramente, no puedo esperar a ver su cara cuando por fin vea la verdad y su habitual arrogancia se quiebre".