ISABEL DE SEFARAD
Un viento árido se abate sobre la España del renacimiento, en la que se está dotando de identidad propia, y los vientos de la intolerancia, harán que se divida entre mente y corazón, quedando así hasta que una brisa sople desde el este, barriéndola de una vez para siempre.
En la torre del espolón del castillo de "La Concepción", los ojos tristes de una doncella, miran al mar que se traga a su joven enamorado, dejándola tan sola...tan sola...
Sus cabellos rubios flotan agitados por el viento cálido que se levanta por las tardes, arrastrando arena proveniente de los riscos que jalonan la fortaleza. Como la representación sorda de un sentimiento no comprendido, su corazón late de forma acelerada, y su mente cavila como reunirse con el, aunque eso le cueste la cordura a su padre, don Rodrigo de Pechuán, noble descendiente del hidalgo que cabalgó a las órdenes del rey don Jaime I el conquistador, arrogándose los méritos propios de un guerrero. Que alcanzó el título de conde, por salvarle la vida al mismo rey que moría a traición a manos de un sucio infiel, de no ser por la oportuna intervención de don Alvaro de Pechuán antepasado y tronco del apellido de rancio abolengo que hoy ostenta, don Rodrigo.
No, no dudará doña Isabel de Pechuán en acudir con su joven doncel allá donde fuera menester, que su alma está con él, y su brazo, aunque débil, por el dará cuanto sea necesario. Sangre de guerrero, fluye por sus venas, y hora es de demostrarlo, sacando de donde carece, aquello que no posee. Lágrimas deja correr, que es hembra y no varón, amargura que ha de guardarse, si es que su deseo concibe la doña señora, de Pechuán. Allá marcha que él es de judía la raza, y lo echan de su lado, por haber matado al Señor, el día de su crucifixión. Una vela se pierde en el horizonte, y ella se irá tras del.
Una voz grave resuena entre las áridas rocas que a ella se le antojan barrotes que el Averno le manda.
-Hija...mira que mi alma muere, si os ve llorar, y palidece el cielo si de veras no sonreís. Decidme que habéis olvidado al que fuera dueño de vuestro dolor, que me robó el tesoro que más yo guardo.-le dice con voz que tierna parece, posando su tosca mano, en el blanco hombro de doña Isabel.
-Padre, perdonadme-se vuelve con la faz envuelta en la tristeza ella, dominando su dolor-que no puedo daros placer, en esto que me pedís, y mi yo mismo se desuella por dentro, en espera de vuestro apoyo. Dadle a él lo que para mi guardáis, decidle que vuelva a mí, y...
-Mi niña, vos no sabéis en vuestra inocencia qué pedís con vuestro anhelo, que nada se puede hacer. Donde manda doña Isabel,Castilla, sino obedece. El marqués de águilas, que Gabriel le pusieron al nacer, de vos solicita el don. Prestadle atención a él, que vos le habréis de hallar, solícito, y de buen ver. Decidme que así lo haréis...
La muerte le pareció que le llegaba, cuando su señor padre, le dirigió aquellas crueles palabras, hurgando donde ella, trataba de curar.
-Haré lo que de mi solicitáis, más no pidáis de mi alma tregua, que solo obediencia es, aquello que vos deseáis, y yo os concedo.-respondió doña Isabel, con resignación propia de su educación y rango. Abandonando el torreón, con lento y distinguido paso, para dejar que se la tragasen las entrañas de la torre.
Con la barbilla apoyada en su mano, don Rodrigo mira como, entre lamentos y suspiros, su joven hija, abandona la contienda, sin oponer resistencia. Y piensa si no tendrá ella razón al no conocer la diferencia, entre varón fiel, y el que no se somete, a la ley del Cristo. ¿Acaso no manda el corazón allá donde su lanza clava?. Los estandartes ondean en las almenas, anunciando la presencia de regios personajes, que con sus séquitos moran por un tiempo, en el castillo de don Rodrigo, a la vera del rey Fernando, que supervisa la expulsión de los hebreos.
-Mi señora,-se dirige a ella su aya, que conocedora de su dolor, no se separa de su señora, tratando de consolarla-no desesperéis que todo ha de arreglarse, y la sonrisa asomará de nuevo a vuestros labios. Venid que os he preparado algo de comer, que estáis muy flaca, y me preocupa que don Gabriel, os vea en este estado tan lamentable...-suspira el aya, que sabe lo que se ha de hacer.
Ambas mujeres descienden los estrechos escalones que en círculo bajan al gran salón donde los nobles reunidos, esperan la presencia de la más solicitada de las doncellas hijas de noble. Todos vuelven sus ojos a ella, y se levantan en señal de respeto, para presentar su admiración a la hija de su anfitrión.
Lucen atavíos con sus armas en el pecho, que hablan de hazañas que llevaron a cabo sus padres y abuelos, y que les convierten en señores de feudos y riquezas. Entre ellos se halla, don Enrique de Avalos, marqués del Basto, y con él, don Luis de Castro, que unen sus armas en camaradería, para poner frontera a los judíos de Castilla y de Aragón, que ambas coronas abandonan. Aun allí se encuentran, don Alonso de Hijas, y don Rodrigo de Barahona, que viene de Riaza, en la muy noble ciudad de Segovia, y don Fadrique de Ayala. Todos esperan que la hija de don Rodrigo de Pechuán, de su anuencia, y concuerde con el marqués de águilas, el compromiso que selle la alianza de las dos familias, que convertirá en poderosas a ambas.
Los hachones encendidos crepitan en las paredes, y dan su luz obligados por la brisa que los azuza. Desplegándose todo en derredor del salón en el que se hallan reunidos la flor y nata de Castilla y Aragón. Las armas del conde presiden en lo alto de la enorme chimenea, en dos banderas cruzadas, y cuando él aparece en el dintel pétreo de la puerta que da acceso al torreón, todos se dan la vuelta para prestarle atención, pues tiene la confianza del rey Fernando.
-Gracias amigos, por acudir a mi humilde casa, en este día tan importante para las casas de Castilla y Aragón, que se ven al fin libres de los hebreos, para dar comienzo a una era sin infieles, que dejen mácula en la historia torturada de estas tierras. Mi hija doña Isabel de Pechuán, conocerá hoy a quien la pretende desde hace largo tiempo.-Dirige su mirada a don Gabriel, marqués de águilas, que ciñe espada al cinto cuajada de joyas rojas traídas de la lejana Catay. Su túnica roja y blanca, luce en su pecho las armas de la familia, que son campo de plata, y sobre él,, castillo azul flanqueado por dos coronas de oro, sobre campo negro, con bordura azul y siete cruces, muestra de las batallas libradas a las órdenes de reyes de Castilla, que yacen junto al Señor.
-Heme aquí, con el ánimo encendido, dispuesto a honraros señor, pues es vuestra hija quien es objeto de mis más sinceros sentimientos, que deseo expresarle.-Mira a la dama que permanece callada, como el protocolo exige, sentada entre dos caballeros que son de su familia .
Así transcurre la tarde, que se revela dura, para doña Isabel, solo pensando en aquel que es dueño de su alma. Recorre con su mente el mar, en busca del barco en el que se aleja, surcando las aguas cálidas del mediterráneo, para no volver. El sonido de las piezas de las armaduras entrechocando, de las espadas que resuenan en sus vainas, y el olor a cuero curtido, le llenan las fosas nasales. Recuerdo que ya nunca olvidará. Su aya está detrás de ella, como la gallina que protege de aquello que amenaza. Ella la ha criado desde que su madre muriera, en aquel infausto día en que ella decidió venir al mundo. Su cuerpo fuerte y grande intimida a quien se atreve a acercarse a doña Isabel, y coloca un muro ante el que no es deseado. El vestido de doña Isabel, de lino fino, y ligero, se derrama por los costados como espuma de ninfa, y sus brazos blancos de marfil se apoyan con sus manos aferrando las cabezas de león tallado, que adornan los reposabrazos del alto sillón de madera de roble, desde el que observa la escena que se desarrolla.
El fornido marqués, se deshace de sus iguales, y con la mirada puesta en doña Isabel, se acerca y dobla la rodilla. Para dirigirse a ella en tono de súplica. Todos los allí presentes contienen el aliento, conscientes de que ante ellos se fragua, la fusión de dos de las casas más poderosas en el levante español. Es en ese instante, cuando el suave fru fru de la seda rozando la fría piedra, anuncia la llegada del más influyente de los canónigos de los dos reinos. Don Pedro González de Mendoza, entra en el salón, seguido de una pequeña corte de hidalgos y abades, que le sirven en su viaje a Cartagena, donde viene a observar, como se cumplen las órdenes de su católica majestad, doña Isabel de Castilla, y de su egregio esposo, don Fernando, rey de Aragón. Ordenes que se refieren a la expulsión de los enemigos de Cristo y de la Iglesia, que poblaran antaño las tierras de los infieles moros, protectores de los hebreos, para deshonra de los reinos cristianos.
Como si un ensalmo se produjese, todos vuelven el rostro hacia su eminencia, que con gesto displicente y acostumbrado, da su permiso para que continúe el acto. Don Gabriel, toma la mano de doña Isabel y la besa, mientras en todo momento, sus ojos controlan la faz seria e inexpresiva de su elegida.
-Hacedme doña Isabel el honor, de convertiros en parte de mi casa, que no hay otro mayor, que adornarla con vuestra presencia, y regaladme con vuestra palabra, el saber que soy de vuestro agrado. No desdeñéis mi oferta, que soy caballero rudo, de pocas palabras en boca, y mi expresión no me hace honor.
Doña Isabel retira su mano con la delicadeza de un pájaro que escapa a ojos de su predador, escurriéndose entre sus garras, y le dice en voz dulce y sosegada:
-Ved mi señor marqués, que solo soy una mujer, y mi alma no anhela, si no, ser amada y aun a amar aspiro, al dueño de mi corazón. Hoy que a mi padre honráis, y que la nobleza de Castilla y de Aragón se halla presente, agradezco vuestro deseo, y me complace saber de vuestras intenciones, más es mi señor quien ha de decir en este menester, las palabras finales. Que yo obedeceré su deseo como hija que le soy.
El aya que tras de ella se halla, envarada como ástil de una lanza, la mira desde lo alto, sin comprender el cambio sufrido en su ahijada. Ella conoce bien el sentimiento profundo que anida en su interior, y no tarda en darse cuenta, de lo que trama su niña. Un escalofrío le recorre el cuerpo, y mira a los allí reunidos, a sabiendas de lo sencillo que resulta desatar una guerra, en el pecho de los varones que están presentes, lo fácil que sería resucitar viejas ofensas, de cuando cada uno combatía por elevar al trono a una princesa, de la casa de los Trastámara.
Vuelve la cara al conde el señor marqués de águilas, que de nombre ostenta don Gabriel, para pedir socorro a su anfitrión, que no conoce el camino a seguir, en aquellas difíciles lides.
-Mi hija don Gabriel, consiente en convertirse en vuestra esposa, en el plazo que a bien tengáis, y se harán los preparativos necesarios para que a cabo se lleve tal evento. Las dos casas serán unidas por una sangre.
Un aplauso general, retumba en el gran salón, y se suceden los abrazos y las felicitaciones, entre guerreros rudos de toscas maneras, que buscan perpetuar sus estirpes. Doña Isabel se disculpa, y se retira lamiendo con su vestido las paredes de piedra descubierta, para descender al patio, donde la luz del sol domina, y una fuente, que le pidió instalara a su padre, rodeada de setos verdes, y rosales multicolores, reina como señora del jardín. Se sienta de costado en el borde, y llora su pérdida que es lo poco que se le permite hacer a una hembra en los tiempos que corren. Deja caer una rosa que corta, de las que asoman su encanto sobre el agua, atrevidas, y ve como flota en ella, sin poder salir.
Los rosales crecen alargando sus varas que se retuercen invadiendo ya los bordes de la fuente, ocultando sus tallas. El aya llega con paso seguro y firme, y con la mirada le interroga. ¿Pues no ha fingido sumisión al marqués, a sabiendas de que no cumplirá poniendo así en peligro la alianza de su padre con tal señor?
-¿Qué pretendéis mi niña?-le pregunta ella-se que no deseáis convertiros en esposa del marqués, y aun así alentáis sus esperanzas, y aun más, le dais palabra.
-Ay mi fiel aya, ¡como me conocéis! cierto que no será como mi padre desea, y que no tendrá el marqués la esposa que busca en mi, pues yo no deseo sino, ser de aquel que ya está lejos. ¡Habéis de ayudarme!, que se que hacer, antes que sea muy tarde.
Los ojos de doña Inés, se agrandan y muestran su desasosiego, al ver que dentro de su mente, hay decisión ya tomada. No le apartará nadie de su camino, que ha de ser como ella quiera. Así fue siempre, y fue su padre quien hubo de doblegarse en todo tiempo, al decidir de su señora hija, doña Isabel. Comienzan a bajar al patio los nobles que buscan aire fresco, allí la ven en soledad, acercan a ella su presencia, y le dan su parabién.
LAS NAVES DE LA DIASPORA
Las velas de los navíos que transportan hacinados a los judíos sefarditas, en las bodegas en las cubiertas, y hasta en las bordas, se hinchan con el viento de poniente. Surcan en cuarenta y una carracas y trece galeras, que manda el Sultán Bayaceto II, fletadas para tal fin, las aguas del mar que conduce a Estambul. Lejos les siguen cuarenta y siete galeras de Castilla, y trece de Aragón, más como prevención que como escolta. El cielo está parcialmente cubierto de nubes, que anuncian buenos vientos, y los marineros se afanan en sus labores, a pesar de los quejidos de los barcos, que crujen de viejos. Desde unos se saludan y felicitan los más jóvenes, mientras los más ancianos, se acurrucan en un rincón, llorando el destierro injusto a que los someten los reyes de su patria. Pronto verán los inexpertos, hijos de Abraham, como se les trata en Torgarmáh, y que nada si no extraños serán allí. Echarán de menos los colores de Andalucía, los olivos salpicando el paisaje, y los almendros en flor. El sol de Sefarad, y las ciudades de ella, que no volverán a ver. Agarrado a un cabo, con el pelo revuelto, y los ojos hinchados, un joven José Beckhat, mira al horizonte donde hace días se perdió la silueta de la tierra que le vio nacer. No es por nostalgia de aquella tierra, que también, sino, que en ella deja a quien alumbró su corazón para darle una razón de vida, y ya...ya no será suya. Allá se queda doña Isabel de Pechuán, la dueña de su alma misma. Viste túnica de lino blanco, y se ciñe con cinturón de seda azul, regalo de ella, que no pudo lucir en Castilla, por estarle prohibido ostentar a los hebreos, ropas lujosas. Ahora libres de la pesada ley de la reina Isabel de Castilla, todos cambian sus atavíos por otros acordes a su costumbre. Su mano se desgarra al aferrar con fuerza el cabo que tensa la vela.
Oye las risas de los turcos que se burlan de los cristianos al salir a mar abierto, aunque hace cuatro días que eso ocurrió, y las naves de los reyes abandonaron su crucero, seguras de su curso. Ve sus colores desgastados como pinceladas de color, que adornan las galeras en las que reman esclavos capturados en contiendas, que nada pueden ofrecer a sus dueños, resignados a trabajar en sus navíos hasta el fin de sus días.
Son los últimos diez mil que abandonan Sefarad. Ellos crearán una estirpe que se perpetuará en el devenir de los siglos hasta llegar a nuestros días. José, baja a la cala, donde viajan los más pobres, aquellos que no tienen recursos para pagarse un pasaje en la cubierta superior, o en la cámara misma como es el caso de su padre. En la proa del barco, observa como rasga el agua separándola como hiciese Moisés en el mar rojo, y deja que su mente divague en las cosas que podrá hacer en Estambul, sin el estorbo de leyes crueles que le coarten su iniciativa
Por el camino que conduce al castillo de la Concepción, llega un muchacho al que su tez oscura, y su cabello enroscado, delatan como hijo de Africa, aunque vista al modo de los cristianos. Es Mahmud, que ahora se llama Esteban. El monta en una mula, que sobrecarga cada día con las provisiones, que adquiere el conde por medio de su intendente en el pueblo que se extiende a la sombra de este. Viste un jubón de cuero que le regalase el día de su bautizo la señora doña Isabel, y bajo este una camisola, amarilla por el uso. Calzones de algodón marrones, anudados con un cinto de cuero negro, de los que su padre ya anciano, aun curte y repuja en su taller. El sabe del dolor de su amiga, la señora, y le trae lo que le pidió hace cinco días, cuando desde la costa, en una carroza negra, hecha de ébano, asistió a la partida de los judíos. Un fardo con su pedido, se balancea en la grupa de la mula, que paciente asciende por la pendiente que lleva al portón del castillo. Fustiga a la mula, sin castigarla en exceso, más como estímulo que le sirve para no desfallecer, mientras alza la vista para ver si ella, le espera.
Pero es doña Inés, el aya, quien le hace señas desde lo alto de una ventana que se abre al camino, en el que solo hay piedras sueltas, y polvo bajo el sol de mediodía. Dos soldados de áspera presencia le miran con aprecio, pues conocen su amistad con la señora, y saben que de él dependen el pan y el vino que tanto les gusta. Pronto el portón se levanta y el paso queda franco. Como un torbellino, la guardia le cerca, para ver que trae, y doña Inés se escabulle de entre ellos, para recoger lo que su señora espera. ¡Ay que les puede traer la muerte a ella, y a su padre!.
La algarabía que sucede a la llegada de Esteban, hace que don Rodrigo salga a la balconada que preside el patio de armas, para ver la razón de tal escándalo. Sonríe al ver como sus hombres ríen y cantan mientras se llevan a las cocinas los aprovisionamientos que llenarán sus estómagos de carne, pan y vino, devolviéndoles así la alegría. Un grupo de nubes acaba de aparecer en la lejanía, y la esperanza de que el agua haga aparición con ellas, se convierte en el tema de conversación de los moradores del castillo.
-Mi señora, aquí os ha traído ese joven...Esteban, lo que le solicitasteis. Aun estáis a tiempo de echaros atrás...no sé si debéis...
Mi fiel ayita, sois lo más parecido a una madre que nunca tuve, y no deseo involucraros en mis desventuras, que no se en que concluirán. Dejad que me lleve un recuerdo de vos, que almacenaré en mi alma, y en mi corazón, para siempre-llora el aya, con su cara entre las manos de doña Isabel-ahora ayudadme a cambiar mi aspecto, por el de un varón, que de no ser así no saldré del castillo.
-¡Ay hija mía! Que esto es un gran pecado, y no sé si el infierno será el pago a todo este vuestro esfuerzo. –Le dice mientras le sube los calzones y le mete la camisa en ellos-dejadme que os aconseje...
-Aya mía, no me deis más consejos, que son fardo pesado para este viaje, en el que solo la audacia, y el Dios del cielo, pueden servir de algo.-se ciñe los pechos con una banda de tela por encima de la camisa, a la que añade el jubón encima, atándolo con fuerza.-ahora, cortadme el cabello, que seré hombre y no podré lucirlo allá donde voy.
-No me pidáis eso mi señora, que lo he cepillado tantos años que un apéndice de mi cuerpo cortáis, y no del vuestro.
-¡Hacedlo! no me chistéis, que el tiempo es enemigo de quien lo pierde.-le muestra la melena que le llega por más abajo de la cintura.-Aquí tenéis le da un puñal con el filo acerado, y brillante.
Cerrando los ojos al principio, y con mano temblorosa, corta el primer mechón, para dejarlo caer al suelo donde una sábana lo recoge como ofrenda de ninfa. Cae la belleza de doña Isabel, en pro de una causa noble, que nadie conocerá. Y su aya, mira el envoltorio, con ojos recelosos, que sabe que es delito vestirse de hombre para una dama, que los reyes, y el Papa, lo prohíben por ser un gran pecado para las hembras hacer tal cosa. Esteban ha marchado, con regalos de los soldados a los que trae en secreto, lo que de él solicitan. De aquello que los navíos que comercian con los berberiscos, dejan en las costas de Levante. Ha abierto el aya con sus manos ajadas por la vejez, el paquete, mostrando el contenido, que no se atreve a tocar, al ver que es. Una coraza de turco, y piezas de armadura, de infiel, así como cimitarra con sus arneses, para ceñirla al cinto. Y túnica de guerrero musulmán que horroriza a la vista al aya.
Al ver la expresión de repulsión de su amada aya, decide explicarle el plan que en su mente ha concebido, a fin de tranquilizarle, y que lo trate de ver como ella lo hace.
-No es tan malo como vos creéis aya mía, que no es sino, un disfraz de moro, que llevaré encima de mis ropas de varón cristiano, para así pasar desapercibido entre los de infiel condición.
-¡Ay hija mía, que ya me habláis como si fuerais varón!¡que pérdida, para mí, que no tuve hijos, el ahora tener que despediros...
-Vamos, vamos,-le consuela con voz dulce y una sonrisa que le dice con ternura, lo mucho que la quiere.-que volveré con mi señor, y hablaremos de amor, y de batallas, como si este suceso terrible nunca hubiera tenido lugar.
Su padre se halla con el marqués, paseando por la playa en la que aun se ven despojos de los viajeros que dejaron como lastre en su forzado éxodo. Paquetes amarrados con cuerdas, utensilios de cocina, y algún arma que no se les permitió llevar consigo, jalonan el rastro que conduce a la mar.
Los dos hombres de armas, montan caballos de bella estampa, que trotan a lo largo de la playa, entre el sonido de las espadas que rebotan contra el muslo de sus dueños, y el sordo golpeteo de los cascos al contacto de la arena. Don Rodrigo se cubre los ojos con la mano, y mira hasta donde el horizonte se une con el mar. En lontananza, una vela se recorta agrandándose según avanza.
Un sacerdote de vientre grueso, corre veloz, entre los toscos centinelas, a pie para descender a la zona, en la que la arena se adueña del terreno, dirigiendo sus pasos con premura, y marcada precisión, hacia un punto concreto, en el que unas tablas se amontonan en confuso montón, de manera que no llaman la atención. Se agacha y las levanta una a una, hasta que ve lo que busca. Una bolsa de terciopelo rojo, anudada con tierno cuidado, que se encuentra casi cubierta por la arena y las algas. Mira en torno suyo, como temiendo ser descubierto, y la guarda entre sus hábitos marrones, para darse la vuelta, y correr de nuevo, esta vez en dirección al castillo en el que aguarda doña Isabel de Pechuán. Su paso de común torpe, se vierte en raudo caminar, jadeando, y murmurando entre dientes una maldición, para quienes no comprenden su pesada humanidad, que a su capacidad escapa aquel encargo.
De no ser doña Isabel la que de él necesita, que no hubiera de ceder a tan taimado deseo, de no ser que su alma estuviera en el trato. Ella le salvó de la cárcel cuando su eminencia don Martí de Sacrosanto le acusara, de inteligencia con los judíos, librándole de la tortura, y quién sabe si de la hoguera también. Y todo por dar cobijo a un sefardita, que de sed moría en medio de la playa, en la que no le embarcaron, por no dar la necesaria bolsa, y que dejaron a su suerte, cuando sus correligionarios partieron apresuradamente, en una noche sin luna.
Ahora que su alma pena, es menester devolverle el favor a la señora, para calmar su dolor, que el doncel que ella despide, ha dejado en sus manos, aquello que el atesora entre sus ropas.
En el castillo, se le abren las puertas, de par en par, y con el semblante enrojecido por el esfuerzo, asciende peldaño a peldaño, los escalones que le separan de su benefactora. Abre la puerta de los aposentos tras dar dos secos golpes contra ella, y encorvado, jadeante, ya punto de desfallecer, habla con la voz agotada.
-¡Ay mi señora, de no ser vos, hubiera desistido de este empeño en recuperar para vos, las palabras últimas de José Beckhat, vuestro amado. Las tropas de Castilla y de Aragón galopan hace cuatro días rumbo a sus feudos, y solo esto queda ya, de los que se fueron-le muestra una bolsa de terciopelo rojo, anudada con cordón de seda, y se la tiende.
Ella con mano temblorosa, toma de él, de su amado el adiós, y lo desenvuelve con torpeza y nerviosismo, para ver que entraña dentro de si aquel envoltorio. Un rollito de pergamino nuevo, y dos piedras rojas como sangre, caen en la palma de su mano, de dedos blancos y delgados. En la lengua de sus ancestros, José Beckhat, le confirma sus sentimientos, y no desespera de verla en tiempos en que pueda ser posible el regreso. Dos piedras rojas para que le sirvan como esclavas a su entendimiento.
Los ojos de doña Isabel, dejan resbalar su dolor en largos surcos de agua, que de sus lagrimales caen amargos como hiel que ha de beberse. Son segundos de dolor sereno, que no se borrarán, y alza la mirada a su aya, y con ella le solicita que no la abandone en momentos tan duros. Más doña Inés, saca por toda respuesta, de un armario, un saco de piel de ternera, pesado a la vista, y lo deja caer en medio de la pieza, con seco golpe. De él extrae calzones y jubón de varón, y una camisa grande, que se enfunda sin más.
-¿Acaso creía mi dueña, que sola habría de ir a tan terribles lugares, sin que yo siguiese sus pasos, como sombra de medianoche?. Esteban trajo anteayer, bajo amenaza de comunicarle a vuestro señor padre sus negocios con los soldados, que sin duda castigo le impusiera, ropa de hombre de armas, que adquirió en la medina de Granada, un comerciante al que le llegaron, los despojos de la toma.
Se le agrandan los ojos a doña Isabel, que sola pensaba huir, y don Javier de Soto, que se halla entrado en años, se acaricia la panza, sin dar crédito a lo que ve. Su señora, viste ropaje de varón y pelo corto, y ciñe al cinto, espada de soldado, con apariencia de mancebo. Mientras que doña Inés, se transforma ante su incrédula mirada, en hombre de armas, de fornido aspecto. Nada vio nunca igual, y le tiembla todo el cuerpo. Las dos damas, le piden que las lleve a su pequeña ermita, en lo alto del promontorio que da al escarpado risco por el que habrán de descender, en la noche, para embarcar en la galera de don Felipe de Leizo, siguiendo la singladura de la flota del sultán. Que se encarga el tal hombre con su tripulación, de la guardia y custodia de las costas de Cartagena, patrullando sus aguas cada dos semanas.
-Mis señoras, ¿Qué dirán los guardias si descubren la impostura?, esto que me pedís supera mi...mi...
-No os apuréis amigo mío-le tranquiliza doña Isabel, con voz dulce-que esta será la prueba de que nadie nos reconocerá ahí afuera. Y si ha de ser, que lo que el señor quiera, sea y suceda.
A pie, tras el clérigo, avanzan las dos mujeres, con la cabeza baja, y fardos a la espalda, fingiendo ser lo que desean se crea. Salen sin estorbos del castillo, bajando por el sendero que conduce a la explanada, abierta a la llanura que precede a los riscos, retrepados y orgullosos, que caen al mar en farallones de piedra, que las olas golpea.
El calor se hace patente, en toda su potencia, y reseca el suelo de piedra y polvo, que se les pega en costras al cuerpo, endureciéndolo, mientras suben por las empinados y pedregosos caminos en revueltas, alrededor del modesto edificio que es la ermita. Una cruz de hierro, señala el límite de los dominios de don Javier de Soto, desde que fuera ordenado como sacerdote del Señor, hace ya cuarenta inviernos. Con suspiros de alivio, se plantan en la meseta, que como cortada por manos de gigante, sostiene los cimientos de la edificación en la que reza y medita el fraile.
-Un poco más y me deshidrato doña Inés, tenemos que reflexionar y decidir el rumbo que habremos de tomar a partir de ahora. –dice con voz entrecortada doña Isabel, que acaba de iniciar el camino hacia el infierno del mundo real. Acostumbrada a las comodidades que le ofrece el castillo, se ve castigada por el calor pero libre al fin, de la servidumbre de ser quien no puede defender siquiera su causa. Desde este momento es un hombre, y ya no será más la mujer indefensa y frágil que fue antaño. Se mira los calzones que se le caen de flojos, y la cimitarra que se ciñe al cinto como un elemento extraño. Pero es doña Inés quien le hace notar que no engañaría a nadie con semejante aspecto de no ser que resultara ciego.
-Decidme padre Javier, ¿Qué es menester que se haga con tal de transformar mi aspecto por uno que sea viril y masculino? Que estoy dispuesta a sacrificar cuanto sea necesario con tal de parecer lo que necesito para ser el nuevo yo.
-Mirad mi niña, que antes de ser sacerdote, en tiempos en que los moros aun campaban a sus anchas por estas tierras, en las que vuestro padre guerreaba contra ellos, en las filas del rey don Fernando, yo mismo fui caballero, y manejaba la espada de tal forma y manera que era temido en el campo de batalla. Yo os enseñaré a ser hombre, y haré que vuestro rostro de mancebo mude por el de un varón curtido en las artes de la guerra, hasta parecer lo que nunca seréis.
-¡Ah eso si que no, ni hablar!-se rebela entonces doña Inés-ella es de noble estirpe, y de rancio abolengo su apellido, y no consentiré...
-Calla mi fiel aya, que lo que ofrece nuestro común amigo, del todo me place, y así ha de ser.-le toma de la mano al aya, para apaciguar su furia, que ya ha tenido que cortar de su cabeza el oro de sus cabellos y por no decir más, vestirla de varón, que desmerece su atuendo.
ENTRENAMIENTO DE CABALLERO
Durante los siguientes días aprovecha doña Isabel de Pechuán, para aprender a sostener una espada en alto, y hendir el aire con ella, golpeando trozos de madera que no sienten el toque de su acero bien templado. El viento se ríe de su afán y el sol recalienta su piel que suda por vez primera bajo la cota de malla que le cubre, causándole rozaduras que le atormentan el cuerpo.
-Alzad el brazo, que no el antebrazo, y echadlo hacia atrás con la espada misma, para dejarlo caer sobre quien deseéis atacar. Que así romperéis la defensa de cualquier escudo, y quebraréis su resistencia. Y si no os son suficientes dos golpes, repetid hasta que lo consigáis. ¡Vamos!¡alzad y dejad caer, alzad y dejad caer todo vuestro poder.
Se retrasa la galera de don Felipe de Leizo, que cumple con una nueva ruta, aun más larga y tardará en atracar en la ensenada en la que ha de embarcarla a ella y a su aya, y a al sacerdote, que en su testarudez, insiste en seguirles allí a donde vaya. Cubierta de polvo, y heridas, con la furia en los ojos, y el semblante enardecido, doña Isabel de Pechuán, se revuelve contra sí misma, asestando mandobles al enemigo imaginario que contra ella lucha. Va mudando su tristeza en valor, y su fragilidad en ardor guerrero, a medida que los días se suceden.
Su augusto padre le busca como enloquecido, y cubre el terreno que abarca su territorio en busca de una hija que sabe de alguna forma perdida. Cincuenta soldados cabalgan rastreando el territorio del señor feudal en direcciones que conforman una estrella al separarse. Es no obstante el señor de águilas el que no parece satisfecho con el abandono del hogar que la señora doña Isabel era ya su esposa ante los hombres de quedar en el castillo, y se le escurre entre las manos como agua en una cesta. El y sus hombres de armas, como aves de presa se ciernen sobre el mar oteando el horizonte en busca de una pista que les indique como acceder a su persona sin en riesgo poner su vida.
La paz del castillo que ahora retorna a su cotidiano trabajar, se ve alterada por aquellos que en todo ajenos a su anhelo, ven en la huida de la doña señora Isabel, la fuga de una mujer enamorada que amante tenga. Y es don Rodrigo quien teme una guerra entre clanes que la paz arrastre a lo más profundo de lo que la venganza trae. Que no es Gabriel quien a su nombre haga honor, ni en palabras de bien abunde. Si no aparece la señora doña Isabel, la guadaña de la guerra segará las vidas en pro de una horrible ofrenda a su honor manchado.
En las almenas del castillo, los centinelas ponen especial atención a lo que el horizonte les depara, que en juego está el porvenir de sus vidas, haciendas, que aunque pobres son suyas, y por eso amadas les son. A los reyes doña Isabel y don Fernando, ha llegado con el paso de los días de mano de sus agentes en el castillo, la noticia de la tal desaparición, que en mucho desagrada a sus egregias personas, a las que costó pacificar tras la guerra que asoló Castilla los feudos de don Rodrigo y de don Gabriel de águilas.
Se pasea doña Isabel de Castilla en presencia de su señor esposo don Fernando, por el claustro del palacio de Valladolid, en busca de solución al respecto, pues una mujer como Isabel de Pechuán en peligro pone los planes reales de la reina más poderosa de Europa. Ni el mismísimo emperador de la lejana Germania, se atreve a contrariar a la reina católica que en su haber posee el ejército más grande de los reinos de Europa, y primero es en ser solo de los reyes y de los nobles no depende como ellos.
-Decidme vos mi señor qué se ha de hacer en caso como éste es, que de la mano se me escapa el como resolver.
-Ay mi reina y señora, que no es otro que vuestro esposo quien en vos confía. Pensad que eso vos hacéislo bien, y decidid como hallar el que ambos señores contentos queden sin que las armas hablen de guerra.
-Será fácil conseguir de don Rodrigo la paz, que por mi causa a dado sus armas y en mi puso su fe, al ayudar a proclamarme reina de Castilla, en contra de los intereses que don Gabriel defendió, y que generosamente perdoné en pro de la paz, y que no eran sino los de la princesa Juana.
-Si esto se nos va...todo comenzará de nuevo mi señor, quizás si vos intercedierais por la causa de don Rodrigo, que en buena fe bien creo, que su hija tras hombre ha ido, y no por ofender a su progenitor, que mucho la ha de amar, y en nada piensa, que encontrarla sino morir...
-Así se hará señora de Castilla, que en buena hora tenemos conseguida, la unión de los ambos reinos, y poco queda en el norte que nuestro ha de ser en breve, para España ser grande, como nunca lo fue hasta ahora. Parto para el feudo de don Rodrigo con hombres de armas numerosos y allí hospedaré mi alma, en busca de la tal doña Isabel de Pechuán. Dadme de vuestra mano credenciales que me otorguen poderes en que confiar el conde, y que vea de acuerdo a sus señores en esa suerte.
De la corte de Valladolid sale el rey don Fernando, seguido de trescientos hombres de armas que de la guerra son veteranos, de granada y no más. La espada rebota en el muslo del rey, y las piezas de las armaduras resuenan entrechocando entre ellas, anunciando la varonil comitiva con destino a l feudo de Pechuán que regresa el rey.
La antes débil señora hija de Pechuán en lances se atreve con cimitarra de moro que de Granada le vino, a entrenar su brazo que en busca irá del doncel que expulsado está de la Sefarad que el ama.
Golpea con ella el muñeco de madera, y en hendiendo el saco de arena con la punta, grita más como varón,que hembra no sabe de estas lides. Han pasado tres días y su rostro curtido al sol, aparece como el de un joven guerrero, que con expresión adusta amenaza sin desenvainar el arma. Su aya le mira, y acostumbrada queda en poco, a ver un hijo donde antes viera una hija. Aquello les salvará la vida en tierras de infieles, que a ellas van, de Sefarad que dejan.
Don Javier de Soto, sonríe al ver sus progresos, y a ella se acerca con la frente sudorosa y las manos húmedas. No vio nunca mujer que de armas estuviese armada, ni que tan bien las manejase en su mano.
-Hija sois el orgullo de este viejo terco y arrugado que de comer solo sabía hasta vuestra llegada. Co vos he de ir hasta que el mundo se acabe, y si vuestra aya me permiso da, como vuestra sombra he de ser.
Doña Isabel, jadea ante el raspado muñeco de madera que se balancea a punto de caer de su pedestal, con el sudor cayéndole a chorros por las sienes. Ha aprendido los trucos de un caballero en los escasos días que lleva residiendo en la ermita del fraile. La cimitarra es un apéndice de su brazo, que se ve fibrado y poderoso, para doncel menudo. Espera a Felipe de Leizo, que le llevará a la Estambul que los infieles arrebataron al gran y último emperador de Bizancio Constantino XI. Allí conocerá la forma y manera de traer a su mancebo a Sefarad, que no concibe sin su presencia la vida.
-Esto es ya pan comido muy señor mío...que no me queda nada que saber, ignorando mucho. Pues no dispongo de tiempo para desaprovechar, y el reloj de la vida me atruena con su sonar.
-Estáis hija mía preparada como pocos caballeros lo están a lo largo de su carrera en la guerra contra el infiel. Esta noche tiene anunciada su llegada la nave de don Felipe de Leizo, que regresa de los mares infestados de piratas berberiscos, trayendo presos tres navíos que capturó en las costas de Algeciras, fuera de su perímetro de acción, razón por la que es su tardanza. Habremos de tener sumo cuidado de no alertar a los centinelas que abundarán como pocos días al año, al venir a recibirlo el señor del castillo don Rodrigo de Pechuán.
-Será mejor entonces, que nuestro devenir de tal depende, que nos hallemos entre las rocas escondidos, y con las capas dispuestas para en la oscuridad de la noche perdernos con las sombras. Cuando mi señor padre se vaya con los suyos al castillo, será la ocasión de salir corriendo, para en la galera partir con rumbo a la Estambul de los turcos.
-Entonces descansemos, que es bueno que el que trabaja vea el fruto de su duro trabajo bajo el sol, dijo el sabio rey Salomón. Entre tanto meteré provisiones en un saco, y armas que disimularemos debajo de las capas.
Don Rodrigo sale de su fortaleza en busca de don Felipe de Leizo, que torna a tierra con presas hechas entre los berberiscos que asolan las costas del levante español, para colmarlo de atenciones y premiar en el nombre de los reyes su faena, que bien lo vale. Doce hombres de armas le acompañan, y el piensa en donde se hallará la niña de sus ojos, que no la ve en su deambular por los corredores como antaño, que se topaban a menudo en la pequeña fortaleza. El caballo relincha, y trota, camino abajo, expulsando el fría aire nocturno por sus ollares.
El camino serpentea y retuerce como una culebra que descienda de las alturas, a la caza de una presa, que no es así. En el horizonte se ve la galera de don Felipe, que atraca en el precario puerto a medio terminar, pues las prisas apremiaban por la falta de protección en los mares de cerca. Las gaviotas emiten su sonido estridente en la noche, y sus blancas siluetas, se recortan como luces que auguran un mejor porvenir, que el señor del castillo lo desea. Las capas vuelan libres al viento, y las lanzas reflejan su plateado brillo a la luz de la luna.
LA GALERA DE FELIPE DE LEIZO
La galera amarra en los postes de madera del puerto y los remos se almacenan en su interior, como brazos que se guarecen del frío. Las maderas crujen agradecidas y toda la quilla parece enroscarse en sí misma para dejarse mecer. Los estandartes se enrollan y se pliegan en las jarcias, y una hilera de triste aspecto sale de la nave. Son los piratas berberiscos que serán en el mejor d los casos canjeados por los cristianos raptados por sus correligionarios. Amarrados por cuello y muñecas avanzan penosamente hasta pararse a una voz autoritaria en medio de la playa que otrora saquearan y cubriesen de sangre fiel. Soldados cansados de la lucha les escoltan a cada lado, y tras ellos viene don Felipe de Leizo, que luce al cinto espada larga y ropajes lujosos de noble de Castilla. El señor don Rodrigo le abraza como se hace con amigo fiel, que es él quien del peligro le libra para vivir adorando en paz, y no es en vano.
-Sed bienvenido amigo mío, que veo venís triunfante como de costumbre es en vos. Estos que aquí veo a los que nos agreden, me recuerdan, que miedo tienen los pescadores, de tales manos crueles.
-Estos son los que, mi señor, saquearon las playas que de vuestra mano son. Aquí y ahora se hará la justicia que se requiere, para que otros no sigan su camino, que en muerte acaba.
-Llevadlos don Felipe a aquel risco en el que crece el árbol que allí veis, y tended una cuerda para que vayan recibiendo tres de ellos la recompensa por su trato con nuestras gentes. El resto será canjeado por cristianos que en sus barcos languidecen.
Como ordenase el señor del castillo, que desde las almenas controla el mar que hasta el horizonte se cierne, don Felipe de Leizo cuelga ante los ojos de su hija, que no lo sabe, a tres de los moros, que chillan al sentir que la vida se les escapa del cuerpo. Los que tienen la suerte de seguir vivos se resignan como aquellos a los que capturasen, a servir de esclavos hasta su liberación a cambio de almas cristianas, que volverán sino han muerto, a sus hogares.
En su escondite, doña Isabel de Pechuán ve la muerte tragarse las vidas de los tres moros que se balancean en la rama mayor del árbol que crece como una amenaza siniestra en lo alto del risco bajo el cual ella leía escoltada de lejos por los soldados de su padre, ignorante de que ese era el verdugo de los que osaban asaltar las costas cercanas al castillo. Su aya le aprieta el brazo con fuerza, y con un dedo en los labios le ruega silencio, para no echar a perder su plan d fuga. Es don Javier de Soto el que es llamado para que acuda a ver al señor feudal, sin que sea hallado en parte alguna.
Don Felipe de Leizo mira en derredor, en busca de los "pasajeros" que ha de llevar en su galera en la madrugada de aquel día infausto en que la hija abandona al padre. El señor se va a lomos de su caballo, que como testigo mudo calla lo que sabe, y los hombres de armas con él se van. Tras de sí dejan tres cuerpos inertes, y un capitán de galera, que ha de salir al mar de nuevo, llevando su más preciado tesoro en el camarín de su nave.
Cuando la oscuridad y el silencio se apoderan de la playa, salen de su escondite los tres fugitivos reuniéndose con el sorprendido Leizo, que solo contaba con una mujer, viendo tres figuras no una.
-Pero ¿Qué es esto? Quedamos en que me llevaría a doña Isabel, ella sola...sois tres eso es un riesgo mucho mayor, difícil de explicar...-se lamenta Leizo, que mira al fraile y al aya, incrédulo.
-No me iré sin ellos dos, capitán, los necesito a mi lado. Os ruego señor por la bondad de nuestro Dios, que no me neguéis esto, que prisa le corre a mi alma, salir en pos de mi señor, que dueño es de mi persona.
Suspira el guerrero curtido en mil batallas, y vuelve la cabeza, abandonando toda esperanza de ganar a una mujer la batalla que ella lucha, que no le es posible resistir su llanto.
-Bien no se qué haré subid que mi vida de un hilo pende, y no me puedo detener en barras. Mi segundo os acomodará en el camarín y no espere vuestra merced nada sino madera dura en el viaje que se inicia con vos de pasajera.
Por la pasarela colocada a tal efecto caminan cinco figuras como fantasmas que del submundo llegaran, para ser tragados por las entrañas del barco. Sus mantos les esconden de miradas indiscretas, que los marineros de la galera, hombres son, aun que de confianza del capitán. Desligan las amarras de los postes del puerto, y separan con tres remos la galera de las maderas que lo sujetan a tierra, permitiendo que el navío se deslice como un cisne sobre las aguas dormidas de la playa. Como una sombra se pierde en la lejanía y las velas triangulares se despliegan con sonido de lona fuerte. El viento sopla de popa, y se adentran en el mar abierto, siguiendo la estela ya borrada por el ingrato mediterráneo, del doncel que escapa de la furia real de la doña Isabel de Castilla, por judío de raza ser.
Los hombres se alineaban en las bandas del navío remando con vigor, con la proa enfilando a la poderosa Estambul. En el camarín del capitán don Felipe de Leizo, doña Isabel y su aya así como el fraile don Javier de Soto, trababan conversación en aras de tomar una decisión sobre como desembarcar una vez en territorio turco a tan delicada mercancía.
-Una vez hayamos penetrado en los dominios del gran turco, habremos de camuflarnos con vestiduras de las que ellos acostumbran a llevar. Cambiaremos el estandarte de la cristiandad por el de un pirata berberisco que se supone trae esclavos para el gran zoco de la capital turca. Posiblemente hagamos algunos prisioneros a tal efecto en nuestra singladura y así tener con que negociar en ese instante que será el más crítico.
-Ay mi señor don Felipe, que no es de cristianos hacer tales cosas, y menos aun atar a seres humanos en cadenas para venderlos como a animales en un zoco, que solo ellos, los infieles hacen tal.-Exclama doña Isabel, que se horroriza ante la perspectiva de tener que superar las enseñanzas que desde niña se le inculcasen.
-Es menester mi señora, que de otro modo no sucede, sino que luchar habremos, en pro de nuestras vidas, y presos es que haremos para no matar, que es mandamiento superior en nuestra fe.
-Que se haga como vos creáis que conviene a tal momento mi señor-le dice adelantándose el aya a su señora-que no opondremos resistencia a lo que consideréis necesario con tal que lleguemos sanas y salvas a Estambul, donde buscar será de primer orden al doncel que anheláis abrazar.-Le mira ella con la esperanza de que entre en razón.
-Por vuestra razón dispongo que así sea, y no por otra cusa aya mía, que me aterroriza pensar en el destino cruel que se les da a quienes por esclavos se les tiene
La vela se hincha y se deshincha y don Felipe de Leizo sufre la calma que se avecina como una maldición venida del averno mismo. Que es mar de corsarios del gran turco, que no respetan bandera ni estandarte, y temor no sienten por galera, ni de guerra. Los hombres descansan del remo, y comen y beben que pronto habrán de ver los turbantes de los turcos como algo usual en derredor, y las armas listas habrán de tener al cinto si quieren vivir para narrarlo.
Una voz ronca avisa desde la cofa de un navío que asoma por estribor, sin que aun pueda identificarse ni saber de su s intenciones. Apenas resulta ser un punto en la lejanía.
Leizo se acomoda en la borda de babor, y observa el horizonte que se une al mar en abrazo frío más como amenaza que con filial deseo. En la línea que los separa una vela hace su aparición. Es un punto en él pero en dos horas estará cerca y sabrán si es enemigo o amigo. Crece la preocupación en su pecho, y agarra la empuñadura de la cimitarra que ha cambiado por ella la espada, como el resto de los suyos para no dejar que de lejos, les identifiquen. Doña Isabel sale acompañada en todo momento por su aya, y ve al capitán con el catalejo en la mano, dándole vueltas y colocándolo en el ojo a cada poco.
-¿Es que veis algo que no os gusta capitán?- le pregunta con la inocencia de quien no ha visto la sangre fluir del cuerpo de un hombre que lucha por su vida, viendo como se le escapa.
-Aun no lo sé, pero mejor será que os cobijéis dentro del camarín por si fuesen piratas berberiscos que abundan por estas latitudes. Si os ven en cubierta desearán apresaros para venderos en algún zoco...
-Haremos lo que decís...avisadnos cuando el peligro haya pasado señor.-le ruega doña Inés.
Las dos damas desaparecen de cubierta y Leizo hace llamar a su segundo y dos hombres, que seguro está ya, al ver el pabellón que despliegan que de corsarios se trata. La vela azul con la media luna pintada en ella revela que pertenece a Ben Salim, uno de los corsarios de la peor especie, y duro de vencer.
El continuo craaac, craaac de la tablazón de la galera al verse forzada a virar para situarse a favor del viento, les anuncia la llegada de un combate no deseado. Los cañones se limpian y se cargan por tres servidores que a teles menesteres acostumbrados andan, y les apuntan a la galera enemiga, que ya se sabe llega con intención de apresarlos.
Ya se divisa el feroz ajetreo en la cubierta del navío corsario, que se reúnen los hombres en la borda para iniciar el combate. Un cañonazo de aviso les llega a proa y Leizo decide responder cuando se hallen más cerca, pues no quiere fallar ni uno solo de sus golpes.
-¡Preparad los cañones y estad listos para repeler su abordaje. Los bicheros en la mano, y las lanzas cerca!¡ los arqueros a cubierto tras la borda!. Atentos a mi señal. Quiero aun escuadrón de marineros armados con bicheros y lanzas tras ala amurada de babor y en proa. En la popa los arqueros.
Los rostros patibularios de los corsarios berberiscos, ya se pueden ver tan cerca, que asustarían a quienes no se hubiesen enfrentado a ellos otras veces, como es el caso de Leizo y sus hombres. Gritan para amedrentar a sus víctimas y se suben a los flechastes y la borda en ademán de abordar. Entretanto sus cañones truenan y saltan astillas del navío de Leizo destrozando una de las cureñas de la que salta como impulsado por un muelle la culebrina. Pero Leizo y sus hombres permanecen impasibles. Es cuando están ya confiados en que se rendirán cuando da la orden de hacer fuego. La galera está aparejada de estribor con la de los corsarios, y ha situado tres culebrinas camufladas entre los remos. Resuenan como rayos en la noche, y de entre el humo, se oyen los quejidos de los corsarios que mueren sin saber que sucede. La borda de babor de la galera corsaria aparece destrozada y los hombres se aprestan a salir del avispero en que se han metido, sin saber que la muerte ha llamado a su puerta para segar sus vidas. Leizo se lanza seguido de sus soldados al abordaje pues no queda tiempo para nuevas andanadas y entre ellos sin que él lo sepa va doña Isabel que empuña una cimitarra hambrienta de sangre mora. La carnicería que sigue al abordaje deja desierta la nave berberisca, que jamás atacará a ninguna otra. Isabel se emplea con saña contra un segundo de a bordo que resiste en pie blandiendo dos gumías. Tras una larga escena de esgrima digna de un relato aparte, Isabel clava el arma en el estómago del corsario, en lo que es su bautismo de guerrera. Es entonces cuando Leizo ve su cara ensuciada por la pólvora y la cimitarra ensangrentada, y le sonríe desde el centro de la nave aprobando su coraje. Leizo camina ganado metro a metro espacio en la galera enemiga hasta llegar al puente de mando, en la popa del barco, donde el capitán corsario viejo conocido de él, le espera a pie firme cimitarra en mano. La cubierta se halla sembrada de cadáveres de piratas berberiscos y el fuego crepita haciendo crujir la tablazón del navío, que se muere entre atroces estertores. La sangre chorrea por entre los remos y cae al mar en ofrenda al dios de la guerra que con nombres distintos s ele conoce pero la misma cosa pide a quien por sus aguas transita. Ha conocido la victoria y ha hundido a más de una treintena de barcos cristianos antes de ser destruido el. Los aceros se cruzan con miedo y furia en una lucha que es observada por los pocos sobrevivientes berberiscos y sus apresadores que miran el combate absortos en el. Saltan chispas y el moro intenta acertar a Leizo entre las piezas de su armadura que le cubre hombros y pecho, pero el caballero del mar, hunde su espada en el hombro de éste y la cimitarra cae de sus manos. Leizo en una finta siega la vida del inmisericorde corsario que cae al mar que se convierte así en su tumba.