El vacío era absoluto.
Una oscuridad pesada que descansaba sobre mis hombros como mantas de lino empapadas. No había suelo. No había cielo. Solo ese negro infinito que, extrañamente, no aplastaba.
Sostenía.
Y no sentía miedo.
Sentía una presencia.
-Amada mía...
La voz no llegó a mis oídos. Vibró directo en mi pecho, como si mi corazón hubiera sido creado únicamente para escucharla y recién ahora recordara cómo hacerlo. Era una melodía antigua, dulce, cargada de una paz anterior al tiempo.
Quise moverme. Buscarlo. Pero mi cuerpo era miel: lento, pesado, incapaz de obedecerme.
-Sabes que te amo más que a mi propia vida -continuó la voz, ahora más cerca, cálida contra mi nuca-. Hoy y siempre será así. Desde el primer instante en que respiraste supe que serías mi otra mitad, mi alma gemela. Aunque para algunos nuestra unión estuviera marcada por lo prohibido... jamás me importó.
Sentí una caricia invisible sobre mi mejilla.
Una mano tibia.
Real.
Demasiado real para ser un sueño.
-He desafiado a las estrellas y a la misma muerte para decírtelo cada día -susurró-. Te amo... y lo haré por los siglos de los siglos.
Mi pecho ardió.
Quise responderle. Gritar su nombre.
Pero no podía recordarlo.
La palabra danzaba en mi lengua, poderosa, sagrada, como si pronunciarla pudiera cambiar el destino entero del mundo.
Y entonces la oscuridad se quebró.
Una luz blanca y cegadora explotó frente a mí.
Un estruendo metálico me arrancó del vacío.
-¡Ya basta! -gruñí, incorporándome de golpe.
El despertador saltaba sobre la mesa de luz como si disfrutara torturarme. Estiré el brazo y lo lancé contra la pared. El plástico explotó en pedazos.
Silencio.
Respiré agitadamente mientras el eco de aquella voz seguía atrapado en mi pecho.
Otra vez ese sueño.
Otra vez esa sensación insoportable de haber perdido algo que jamás recordé haber tenido.
Me dejé caer sobre la almohada y cerré los ojos unos segundos.
Todavía sentía el calor de aquella mano sobre mi piel.
Como si alguien hubiera permanecido conmigo toda la noche.
Protegiéndome.
Amándome.
-¿Cuántos van este mes...? -murmuré cansada-. ¿Tres? ¿Cuatro?
Había perdido la cuenta.
Lo peor no eran los sueños.
Lo peor era despertar sintiendo que eran recuerdos.
Suspiré y me obligué a levantarme.
El calor húmedo de Luisiana ya atravesaba las persianas, mezclándose con el aroma a café recién hecho y el perfume del jazmín del jardín.
Arrastré los pies hasta el baño.
Cuando encendí la luz frente al espejo, me quedé inmóvil.
Durante un segundo, apenas un parpadeo, mis ojos dejaron de ser verdes.
Un destello dorado brilló en mis pupilas.
Como oro líquido bajo el sol del desierto.
Y desapareció.
Mi respiración se detuvo.
-Definitivamente necesito dormir más... -susurré.
Abrí la canilla y me mojé la cara con agua helada. Intenté convencerme de que era cansancio. Estrés. Imaginación.
Pero en el fondo sabía que no.
Últimamente pasaban demasiadas cosas extrañas.
Los sueños.
Las voces.
La sensación constante de que alguien me observaba cuando estaba sola.
Me puse un vestido ligero de flores y me recogí el cabello en una trenza descuidada. No pensaba volverme loca tan temprano.
Al bajar las escaleras, el ruido cotidiano me devolvió un poco a la realidad.
Mi padre, Jawad Arafat, ya estaba en la cocina tarareando una vieja canción árabe mientras preparaba café. A sus cincuenta años conservaba una energía contagiosa y esa sonrisa tranquila que hacía sentir seguro a cualquiera.
-¡Buen día, "Nur el-Ain, luz de mis ojos"! -exclamó al verme.
Me abrazó fuerte.
Siempre lo hacía así.
Como si temiera que el mundo pudiera arrebatarle aquello que más amaba.
Mi madre, Leila, apareció detrás de él con un montón de solicitudes universitarias bajo el brazo. Profesora de historia contemporánea en la Universidad de Luisiana, tenía esa elegancia natural que imponía respeto incluso usando pantuflas.
Me observó unos segundos.
-Sophie, otra vez leyendo hasta tarde. Tienes ojeras.
-Solo un poco, mamá. El examen me tiene nerviosa.
-Necesitas descansar más.
Antes de que pudiera responder, un pequeño misil humano atravesó la cocina.
Matthew.
Mi hermano menor de cinco años.
Entró arrastrando un dinosaurio de juguete con absoluta seriedad.
-¡Sofi! Hoy soy un dragón.
No pude evitar sonreír.
-Entonces cuida el castillo, dragón.
Le revolví el cabello y él rugió orgulloso.
Me llamo Sophiane Arafat, aunque todos me dicen Sophie. Tengo veintitrés años y, según la mayoría de las personas, soy rara.
Mi piel es demasiado clara para mis raíces árabes. Mi cabello rubio jamás pasó desapercibido. Y mis ojos... bueno, mis ojos siempre parecieron tener vida propia.
Verdes cuando lloraba.
Grises cuando me enojaba.
Celestes cuando estaba tranquila.
Y últimamente...
dorados.
Mis padres huyeron de Egipto cuando mi madre estaba embarazada de mí. Dejaron El Cairo atrás durante los años más oscuros de la guerra. Nunca me contaron todo lo que ocurrió allí, pero podía verlo en sus miradas cada vez que las noticias hablaban del Nuevo Egipto.
El miedo seguía vivo dentro de ellos.
Crecí en Nueva Orleans sintiéndome dividida entre dos mundos. Demasiado árabe para algunos. Demasiado americana para otros.
Pero mis padres jamás dejaron que eso nos destruyera.
Mi padre levantó su empresa desde cero.
Mi madre se convirtió en una de las profesoras más respetadas de la universidad.
Y yo...
yo terminé estudiando Restauración de Obras de Arte.
Siempre me gustó reparar cosas rotas.
Tal vez porque sentía que algo dentro de mí también lo estaba.
Mientras desayunábamos, las noticias murmuraban de fondo desde la televisión.
"...nuevas ejecuciones públicas en la capital del Nuevo Egipto..."
"...El Elegido promete estabilidad..."
"...La Sombra se adjudica otro sabotaje..."
El mundo ya no era el mismo.
Cincuenta años atrás, la Tercera Guerra Mundial casi destruyó a la humanidad. De las cenizas nació el Nuevo Egipto. Al principio prometieron orden.
Después llegó él.
Azael Walk.
El Elegido.
Nadie conocía su verdadero rostro, pero el miedo gobernaba en su nombre. Lo que comenzó como una revolución terminó convirtiéndose en una dictadura donde cualquier resistencia era castigada con sangre.
Frente a él estaba La Sombra, una organización rebelde que luchaba por devolver la libertad al mundo.
Pero la mayoría solo intentaba sobrevivir.
-"Tawakkal 'ala Allah, confía en Dios", hija -dijo papá mientras servía más café-. Lo que sea para ti llegará.
Asentí con una pequeña sonrisa.
Intenté creerle.
Porque necesitaba ganar aquella beca.
Era mi oportunidad de viajar al Museo de El Cairo para realizar una pasantía internacional. Solo pensar en Egipto hacía que algo despertara dentro de mí.
Como si una parte olvidada de mi alma perteneciera a ese lugar.
Como si alguien me estuviera esperando allí.
Y eso era absurdo.
Completamente absurdo.
Había otra cosa que no le había contado a nadie.
No eran solo los sueños.
A veces escuchaba voces.
Murmullos suaves en medio de la noche o entre la multitud.
No entendía el idioma.
Pero, de alguna manera imposible, comprendía el significado.
Como si mi alma recordara algo que mi mente había olvidado.
Si le dijera eso a alguien terminaría encerrada en terapia.
Así que sonreía, desayunaba y fingía normalidad.
Me quedé mirando el fondo oscuro de mi taza de café mientras una sensación extraña me recorría el cuerpo.
Entonces un viento helado atravesó la cocina.
El aire cambió.
Matthew dejó su dinosaurio sobre la mesa y empezó a dibujar distraídamente en el vidrio empañado de la ventana.
Mis ojos se clavaron en el símbolo.
Y el mundo pareció detenerse.
Era un ojo.
Perfectamente dibujado.
El Ojo de Horus.
Rodeado de líneas que se expandían hacia afuera como rayos... o advertencias.
Tragué saliva.
-¿Qué es eso, dragón? -pregunté intentando sonar tranquila.
Matthew se encogió de hombros.
-No sé. Lo vi en mi cabeza.
Mi madre frunció el ceño.
Mi padre subió el volumen de la radio demasiado rápido, intentando romper la tensión.
Pero yo no podía apartar la vista del dibujo.
El ojo parecía observarme.
Reconocerme.
Y entonces volvió el murmullo.
Más claro.
Más cerca.
Sin idioma.
Y aun así es completamente comprensible.
"El destino ya despertó."
El frío recorrió mi espalda.
No sabía qué estaba comenzando.
No sabía que mi vida estaba a punto de romperse para siempre.
No sabía que aquel sería el último día de mi existencia tal como la conocía.
Y el café...
ya estaba frío sobre la mesa.
Sophie
El aroma del café recién hecho inundaba la cocina, envolviendo cada rincón como un abrazo cálido. El vapor ascendía lento desde la taza, dibujando espirales blancas que se disolvían contra el techo antes de desaparecer.
Pero para mí, el ambiente seguía teniendo ese rastro imposible de lluvia y arena. Como si el desierto hubiera decidido colarse entre los azulejos color crema de nuestra casa en Nueva Orleans y quedarse ahí, silencioso e insistente.
Era absurdo.
Estaba sentada en mi cocina, con el reloj marcando las siete y media y la radio murmurando noticias sin importancia. Y aun así, juraría que podía oler el polvo caliente del desierto mezclado con el café.
Me obligué a concentrarme. En el sonido de la cuchara chocando contra la cerámica. En el crujido de la tostada bajo mis dientes. En la voz del locutor hablando de tráfico y calor. En el murmullo lejano de Matthew corriendo por el pasillo con alguno de sus juguetes.
Intentaba volver al presente. A mi familia. A la seguridad tibia de nuestro hogar.
Pero mi mente era un satélite rebelde que se negaba a entrar en órbita.
Las imágenes volvían una y otra vez: un sol abrasador, columnas de piedra partidas por el tiempo, el olor del incienso espeso. Y una voz grave pronunciando mi nombre con un acento antiguo que no reconocía... pero que sentía en los huesos como si siempre hubiera estado ahí.
Sacudí la cabeza, como si pudiera expulsar los restos del sueño a la fuerza.
-Hija, te sigo notando distraída. ¿Qué le preocupa tanto a esa cabecita, "Ya Rouhi, alma mía"? -La voz de mi madre me trajo de vuelta de golpe.
Alcé la vista. Ella me observaba por encima de unos exámenes corregidos, con esa ceja arqueada que reservaba para los alumnos que intentaban copiar en sus narices.
-Te llamé tres veces y estabas ida, como si hubieras decidido mudarte a Marte.
Me forcé a sonreír, aunque sentía los músculos rígidos.
-No me pasa nada, mami. De verdad -mentí, con la torpeza de quien lleva toda la vida sin poder engañar a su madre-. Es el miedo a la beca. No quiero decepcionarlos después de todo lo que han sacrificado.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado.
Mi madre dejó los exámenes sobre la mesa y me tomó las manos. Sus dedos estaban tibios, reales, completamente distintos a la frialdad de mis pesadillas.
-Escúchame bien, "habibti, mi querida" -dijo con esa voz dulce pero firme que solo ella poseía-. Nadie se va a decepcionar de ti. Estamos orgullosos de la mujer que eres, no de un papel con una calificación.
Sus ojos brillaban con una emoción tranquila.
-He visto cómo te quedabas hasta la madrugada estudiando. Cómo tus ojos se ponían rojos de tanto leer. Cómo, aun cansada, te levantabas cada mañana para dar lo mejor de ti. Incluso cuando trabajabas en esa tienda o cuando cuidabas de Matthew como si fueras su segunda madre sin que nadie te lo pidiera.
Tragué saliva.
-Si Alá decide que este no es tu momento, Él sabrá por qué -continuó-. A veces nos cierra una puerta solo para probarnos. "Inshallah, si Dios quiere", tiene algo más grande preparado para ti.
Mi padre, que había estado escuchando en silencio mientras secaba un plato, dejó el repasador sobre la mesada y se sentó a mi lado. Tenía los ojos empañados.
-Tu madre tiene razón, "Noor Ayuni, luz de mis ojos" -susurró-. Nos enfrentamos a tantas cosas desde que eras pequeña... especialmente cuando nació Matthew. Te convertiste en su segunda madre sin que nadie te lo exigiera, y lo hiciste con una gracia que todavía me asombra.
Sonreí con nostalgia mientras bajaba la mirada a mi taza.
-Sacrificaste tus tardes libres para ayudarnos con los gastos -continuó-. ¿Decepcionarnos? -Soltó una risa suave-. Si no ganas esa beca, voy a ser el primero en llorar de felicidad, aunque suene egoísta. Mi bebé se quedaría conmigo un poco más.
Sentí el pecho apretado.
-Pero si ganas... -Hizo una pausa. Una lágrima rodó por su mejilla sin que hiciera ningún gesto por detenerla-. Seré el primero en gritarlo al mundo. Gracias a Dios por la hija que tengo. Vales más de mil tesoros. Nunca dejes que un resultado defina quién eres.
El nudo en mi pecho se rompió sin aviso.
Las lágrimas brotaron y me lancé a sus brazos sin pensarlo. Mi madre se unió al abrazo y por un momento fuimos solo eso: una familia enroscada sobre sí misma, sin noticias, sin becas y sin mundos distópicos afuera.
Solo nosotros.
Solo amor.
-Gracias, papi... mami -logré decir entre risas nerviosas y lágrimas-. Pase lo que pase, un día iremos todos juntos a nuestra tierra. "Inshallah".
No oímos los pasos en el pasillo hasta que una voz pequeña irrumpió en la cocina con la precisión de una bomba de confeti.
-¡Maná! ¿Estuviste llorando?
Matthew apareció abrazando a Toby, su dinosaurio verde, con expresión de inspector profesional. Se acercó y, con torpeza, intentó secarme las mejillas con el pulgar.
-No, "ya amar, mi luna" -le guiñé un ojo-. Me entró una basurita. Pero no le digas nada a mamá.
Mi padre se agachó y le revolvió el pelo con una sonrisa.
-¿Todo bien, "ya ibni, hijo mío"? -le preguntó.
Él asintió con solemnidad, como si acabara de recibir una misión secreta de alto rango.
-Toby dice que Sofi va a ganar.
Mi madre soltó una pequeña risa.
-Entonces debemos confiar en Toby.
Matt levantó el dinosaurio con orgullo.
-Porque él nunca se equivoca.
Y por primera vez en toda la mañana, reí de verdad.
---
Horas más tarde, el ambiente en la universidad era radicalmente distinto.
El nerviosismo se palpaba en el aire, espeso como electricidad antes de una tormenta. El salón de actos estaba repleto de estudiantes con sonrisas tensas, risas demasiado cortas y silencios demasiado largos.
Antes de bajar del auto, Matt encontró el momento perfecto para una travesura y me pateó el asiento justo en la espalda antes de salir corriendo hacia mamá entre carcajadas.
-¡Pequeño monstruo! -le grité-. ¡Mi venganza será una sesión eterna de cosquillas sin misericordia!
Mis padres rieron. Papá me dio un beso en la frente.
-"Yalla, habibti... vamos, querida" -dijo, con los ojos brillantes-. Es tu día.
Al cruzar la puerta del salón, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Los directores de museos estaban sentados frente al escenario como jueces de otro tiempo. Por un segundo, tuve la extraña sensación de no estar en una universidad moderna, sino ante un tribunal milenario, con columnas de piedra viva en lugar de paredes y antorchas en lugar de focos.
La imagen desapareció tan rápido como llegó, pero dejó un rastro frío en la piel.
Los nombres fueron pasando uno a uno.
Mis manos sudaban.
Conté las respiraciones sin darme cuenta.
Uno.
Dos.
Tres.
Sentía el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar de mi pecho.
Entonces el director subió al estrado y el salón quedó en silencio absoluto.
-Y ahora, el reconocimiento más importante de la noche. Una persona que no solo destaca por su excelencia académica, sino por su integridad, su dedicación y el respeto que inspira en quienes la rodean.
Mi respiración se detuvo.
-El primer puesto para la pasantía en el Museo del Cairo es para... ¡Sophiane Arafat!
El mundo se volvió borroso.
Aplausos. Gritos. El corazón latiendo como un tambor de guerra antiguo que hubiera esperado este momento mucho más tiempo del que yo llevaba viva.
Me levanté con piernas temblorosas. Caminé como si no fuera del todo yo. Recibí el diploma con manos que no terminaban de sentir. Sonreí hacia un público que veía a través de una capa de lágrimas contenidas.
-El Museo del Cairo tiene una propuesta especial para usted -me dijo el director en voz baja-. La decisión final será suya, tras el posgrado.
Asentí sin procesar del todo lo que acababa de escuchar.
El Cairo.
Egipto.
La tierra de la que mis padres habían huido.
Mi familia me encontró en cuanto bajé del escenario. Mi madre me apretó la mano con fuerza.
-"Mabrouk, ya benti... felicidades, hija mía" -susurró, con la voz rota de la mejor manera posible-. Lo lograste. Lo que Dios ha querido.
Papá no dijo nada. Solo me abrazó, y en ese abrazo estaba todo lo que no necesitaba palabras.
Orgullo.
Miedo.
Amor.
Matt levantó a Toby por encima de su cabeza como si fuera un trofeo.
-¡Mi hermana ganó!
Reí entre lágrimas.
Pero al mirar hacia la salida del salón, por un instante la luz del sol se transformó en arena dorada. El ruido de los aplausos se convirtió en viento sobre piedra antigua. Y sentí, con una certeza que no venía de la razón sino de un lugar mucho más profundo, que lo que acababa de ocurrir no era solo una beca.
Era una convocatoria.
Una llamada.
El destino moviendo piezas que yo todavía no alcanzaba a comprender.
Egipto me estaba llamando.
Y esta vez no desde los sueños.
El dolor no era una sensación.
Era una entidad viva, un depredador que devoraba mi brazo izquierdo y mi pierna derecha desde adentro, masticando huesos con una paciencia cruel. Cada latido detonaba una nueva explosión de fuego bajo la piel. El aire olía a óxido metálico, pólvora quemada y sal marina pesada, como si el puerto de Alejandría hubiera decidido invadir el almacén y quedarse ahí para siempre.
La bombilla rota colgaba del techo, parpadeando como un ojo moribundo. Su luz intermitente iluminaba cajas apiladas, redes de pesca podridas y charcos de sangre que se extendían como tinta oscura sobre el cemento agrietado. Las paredes de ladrillo absorbían el eco de los disparos recientes, como si guardaran los gritos de las balas para repetirlos eternamente.
Con los dientes apretados y la visión nublándose, desgarre un trozo de mi camisa de un tirón torpe. Mis dedos, resbalosos de sangre, lucharon por anudar un torniquete improvisado alrededor del muslo. El entrenamiento militar regresó como un reflejo automático, limpio y frío: esta no era la primera vez que me enfrentaba a algo así.
Pero sí era la primera vez en mucho tiempo que sentía tan cerca la posibilidad real de morir.
Detén la hemorragia o mueres aquí, Jad.
No había espacio para el miedo. Solo para la supervivencia.
El brazo colgaba inútil, atravesado por una bala que había entrado limpia por la parte interna del bíceps y salido por detrás, dejando un túnel de carne destrozada. La pierna ardía de otra manera, más profunda y constante: la bala seguía alojada en el músculo, rozando el fémur. Cada movimiento era un martillazo directo en los nervios.
El almacén giraba lentamente.
El mundo entero parecía deshacerse en espirales borrosas.
Saqué el celular del bolsillo con dedos temblorosos. La pantalla estaba cubierta de huellas rojas. Lo desbloqueé con la huella ensangrentada y marqué el único número que podía sacarme de ahí.
-Ven... a buscarme... almacén... del puerto... san... gre...
Las palabras salieron arrastradas, pesadas, como si tuviera los pulmones llenos de agua salada.
El teléfono resbaló de mis manos y cayó con un golpe seco sobre el cemento.
Me dejé deslizar contra una caja de madera húmeda, respirando en jadeos cortos. El sonido distante del mar se mezclaba con un pitido agudo dentro de mi cabeza, como sirenas que llegaban desde muy lejos... o desde muy adentro.
Pensé en nombres que no debía recordar.
En secretos que no debían existir.
En errores que nunca se perdonan.
La paz del desmayo llegó como una bendición cruel. Un refugio temporal donde las balas, los secretos y los fantasmas dejaban de perseguir me.
---
El despertar fue un infierno de agujas y luces blancas cegadoras.
Abrí los ojos con dificultad. El techo hospitalario me devolvió la mirada, estéril y frío. El pitido constante del monitor cardíaco confirmó que seguía vivo.
Cables en el pecho.
Vendas envolviéndome como una momia moderna.
Y un dolor sordo latiendo bajo la piel, recordándome que la noche del almacén no había sido un sueño.
El pánico inicial se disipó con una voz conocida.
-Tranquilo, "ya galbi, corazón mío". Ya estás a salvo.
Saya se inclinó sobre mí con el rostro demacrado y los ojos rojos de llanto y horas sin dormir. Olía a café fuerte y a su perfume floral, el mismo desde que la conocí. Por un segundo, ese aroma fue lo único real en el mundo.
-Mira que darnos este susto... a mí y a Jos... no es lindo, Jad -intentó bromear, aunque la voz se le quebró a mitad de la frase-. La próxima vez intenta no atravesarte frente a las balas, ¿quieres?
Quise sonreír.
Quise decirle que estaba bien, que sobrevivir se había vuelto una costumbre demasiado arraigada en mi vida.
Pero apenas logré mover la mano antes de que la puerta se abriera con firmeza.
Joseph.
Jos para nosotros.
Entró con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, llevando la misma chaqueta oscura de siempre, esa que ocultaba más cicatrices de las que mostraba.
-Nada de esfuerzos, "ya ahi, hermano mío" -ordenó mientras se acercaba a la cama-. Nos costó una eternidad sacar la bala de tu pierna. Perdiste tanta sangre que casi no llegas al quirófano. La del brazo fue más limpia, entró y salió sin tocar el hueso. Pero vas a tener un bonito recuerdo de esta noche durante bastante tiempo.
-A...gua...
La garganta me ardía como arena caliente.
Saya tomó rápidamente un vaso con sorbete y me ayudó a beber. El agua fría alivió apenas el incendio en mi cuerpo.
Jos se sentó a mi lado. Sus ojos ardían con algo más profundo que preocupación.
Rabia.
-Descansa -murmuró-. Aquí nada malo te va a pasar. "Wallahi, lo juro por Dios"... esos tipos van a pagar muy caro.
Quise preguntarle qué sabía.
Quién había disparado.
Cómo me habían encontrado.
Si finalmente El Elegido había decidido mover sus piezas contra nosotros.
Pero el sedante ganó la batalla antes de que pudiera abrir la boca.
El mundo volvió a apagarse.
---
Tres semanas después
El sol de El Cairo golpeaba las persianas de mi habitación, dibujando líneas doradas sobre la alfombra persa gastada. Mi cuerpo se recuperaba lentamente: el brazo respondía con rigidez y la pierna cojeaba menos cada día.
Pero mi mente seguía atrapada en aquel almacén.
Repitiendo el eco de los disparos como un mantra maldito.
Me quité la última venda del brazo frente al espejo del baño. La cicatriz fresca era rosada y rugosa, un recordatorio irregular que cruzaba el bíceps como un río seco.
Jad Sabagh.
Treinta y dos años.
Profesor de Filosofía Antigua y Arqueología en la Universidad de El Cairo.
Tutor ocasional en el Museo Egipcio.
Y un hombre cuya vida se estaba desmoronando lentamente por una causa que no había elegido del todo... pero que tampoco podía abandonar.
Líder de La Sombra.
El hombre que combatía cada día al Elegido, el tirano sin rostro que gobernaba desde el miedo.
¿Valía la pena?
¿Valía el riesgo de perder a Saya y a Jos como había perdido a mis padres?
¿Valía sacrificar lo poco que quedaba de mi humanidad?
-No pienses en lo que no puedes solucionar hoy -murmuré frente al espejo, usando el mismo mantra desgastado de siempre.
Pero hoy era distinto.
Una nueva alumna de intercambio llegaba desde Estados Unidos. Por normas de la universidad y la escasez de alojamiento seguro en medio de la inestabilidad política, debía quedarse en mi casa bajo mi protección encubierta.
Técnicamente, yo era su tutor académico.
En realidad, era su escudo.
Aunque ella todavía no lo supiera.
Me metí bajo la ducha. El agua fría recorrió mis cicatrices como un recordatorio áspero: seguía vivo.
Y como cada noche desde hacía años, ella había vuelto en sueños.
La mujer sin rostro.
Cabello rubio moviéndose como trigo bajo el sol del Nilo.
Una marca en el cuello.
Y unos labios que me quemaban por dentro, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no podía alcanzar.
Desperté sobresaltado, respirando agitado.
Fui al baño y me mojé la cara con agua fría antes de levantar la vista hacia el espejo empañado.
-Si alguien supiera esto... me internan en un psiquiátrico -murmuré.
Cuando limpié el vapor con la mano, vi durante un segundo un reflejo detrás del mío: un hombre con túnica blanca y corona dorada observándome con unos ojos demasiado antiguos para pertenecer a un ser humano.
Me giré de golpe.
Nada.
Solo azulejos y el sonido del agua.
-El cansancio -susurré, aunque el pulso me traicionó.
Me vestí despacio: jeans oscuros, camisa de lino blanco y mi kufiyya roja alrededor del cuello, una forma elegante de pasar desapercibido en las calles caóticas de El Cairo.
Bajé a la cocina.
El aroma a pan baladi caliente, ful medames y especias me recibió como un viejo amigo.
-¡"Sabah al-kheir, ya akhi, buenos días hermano mío"! -gritó Saya desde el teléfono, gesticulando exageradamente.
Colgó y se volvió hacia mí con una sonrisa brillante.
-"Sabah al-kheir" -respondí mientras agarraba una taza de café-. ¿Qué te tiene tan contenta a esta hora?
-¡Era el director del museo! Mi amiga llega el lunes... bueno, el martes. El vuelo se retrasó. Y tienes que ir a buscarla al aeropuerto porque técnicamente eres su tutor oficial.
-¿Sophiane? -pregunté, aunque el nombre me produjo una presión extraña en el pecho.
-Sí. Sophiane Arafat. Sophie para nosotros. "Ya ukhti, mi hermana". Mi mejor amiga. Pasé un año viviendo con ellos en Luisiana, Jad. Su madre fue mi tutora y me trataron como a una hija. Así que ni se te ocurra comportarte como el profesor gruñón de siempre.
Solté una risa breve.
-Está bien. Iré a buscarla. Pero recuerda una cosa, Saya... anonimato. Después de lo ocurrido en el puerto no podemos llamar la atención.
Ella levantó las manos.
-Lo sé. "Inshallah, si Dios quiere", todo saldrá bien.
Subió las escaleras casi saltando de alegría.
Y el silencio volvió a quedarse conmigo.
Pesado.
Incómodo.
La marca de nacimiento en mi muñeca comenzó a arder.
Un dolor punzante, como hierro caliente hundiéndose bajo la piel.
Me cubrí la muñeca rápidamente.
Solo me había ocurrido una vez antes.
La noche en que mis padres murieron.
Miré por la ventana hacia el horizonte, donde las pirámides se alzaban como gigantes dormidos bajo el sol implacable.
Un mal presentimiento se instaló en mi estómago.
-Sophiane Arafat... -susurré.
La marca ardió más fuerte.
Las pirámides parecían observar desde la distancia, eternas... y hambrientas.
No era solo una alumna.
No era solo un intercambio académico.
Sophiane no venía a estudiar.
Venía a despertar algo que llevaba miles de años dormido.
Y yo no estaba seguro de estar preparado para enfrentar lo que eso significaba.