La vida, vista desde el piso cuarenta y dos de la Torre Cruz, brillaba con la intensidad de un diamante recién pulido.
Damián Cruz ajustó el nudo de su corbata de seda frente al espejo del ascensor privado. La superficie dorada le devolvió la imagen del éxito: treinta y dos años, fundador de Vanguard Tech, portada de la revista Forbes por segundo año consecutivo y, lo más importante, un hombre perdidamente enamorado. En su bolsillo derecho, una caja de terciopelo azul marino pesaba más que cualquier contrato millonario que hubiera firmado esa semana en Tokio.
-Cinco quilates -murmuró para sí mismo, con una sonrisa estúpida que no podía borrar-. Sofía se va a desmayar.
El ascensor emitió un suave timbre y las puertas se abrieron directamente al ático. Se suponía que él todavía estaba en un vuelo sobre el Pacífico, aterrizando mañana por la mañana. Pero Damián había movido cielo, tierra y dos jets privados para llegar doce horas antes. Era su tercer aniversario. Quería ver la cara de Sofía cuando entrara por la puerta, quería despertar a su lado, quería demostrarle que, a pesar de las reuniones y los viajes, ella seguía siendo el centro de su universo.
El apartamento estaba sumido en una penumbra elegante, iluminado apenas por las luces de la ciudad que se filtraban a través de los ventanales de piso a techo. Había un silencio denso, perfumado con el aroma a nardos frescos que a Sofía le encantaban.
Damián dejó su maletín en la entrada con cuidado, evitando hacer ruido. Caminó sobre la alfombra persa, aflojándose la corbata, sintiendo la adrenalina de la sorpresa.
-¿Sofía? -susurró, pero nadie respondió.
Avanzó hacia la sala principal. Fue entonces cuando vio la primera señal. Una copa de vino tinto, a medio terminar, reposaba sobre la mesa de centro de cristal. Al lado, otra copa. Vacía. Y una botella de Château Margaux del 95, una cosecha que Damián guardaba para una ocasión especial.
Frunció el ceño. Quizás Claudio había pasado a dejar algunos papeles. Claudio Vega no solo era su Director Financiero y mano derecha, era su hermano en todo menos en sangre. Se conocían desde que compartían fideos instantáneos en el dormitorio de la universidad. Si alguien tenía permiso para beberse su vino de tres mil dólares, era Claudio.
Pero había algo más.
Una chaqueta de traje estaba tirada descuidadamente sobre el respaldo del sofá de cuero blanco. Damián se detuvo. Conocía esa chaqueta. Él mismo se la había regalado a Claudio cuando cerraron el trato con los inversores alemanes el mes pasado.
Una extraña sensación de frío le recorrió la nuca, un instinto primitivo que su cerebro racional intentó silenciar de inmediato. «Están celebrando el cierre del trimestre», pensó. «Seguro le están preparando una sorpresa para mi regreso».
Pero el silencio de la casa no se sentía festivo. Se sentía cómplice.
Caminó hacia el pasillo que llevaba al dormitorio principal. A medida que se acercaba, escuchó un sonido. No eran voces discutiendo estrategias de negocio. Era una risa. La risa de Sofía. Una risa suave, gutural, íntima. Esa risa que él creía que solo le pertenecía a él en la oscuridad de la madrugada. Y luego, la voz de un hombre. Grave, segura, dueña de la situación.
El corazón de Damián dejó de latir por un segundo. La caja de terciopelo en su bolsillo de repente se sintió como una piedra ardiendo.
Empujó la puerta de roble entreabierta.
La escena se grabó en su retina con la violencia de un flash fotográfico. Las sábanas de seda egipcia, las que habían comprado juntos en su luna de miel, estaban enredadas en el suelo. Y en la cama, iluminados por la luz ámbar de las lámparas de noche, estaban ellos.
Sofía, con la espalda arqueada, el cabello rubio cayendo en cascada sobre los hombros desnudos. Y Claudio. Su mejor amigo. Su socio. El padrino de su boda. Claudio estaba sobre ella, besando su cuello con una familiaridad que a Damián le revolvió el estómago.
El mundo se inclinó sobre su eje. El ruido en los oídos de Damián fue ensordecedor, como si el cristal de la torre se hubiera roto en mil pedazos.
-¿Qué demonios...? -La voz le salió rota, irreconocible.
El movimiento en la cama se detuvo abruptamente. Sofía soltó un grito ahogado y se cubrió el pecho con la sábana, sus ojos azules muy abiertos, no con arrepentimiento, sino con el terror de haber sido descubierta antes de tiempo. Claudio, sin embargo, no se apresuró. Se giró lentamente, con una calma que heló la sangre de Damián.
-Damián -dijo Claudio, con la respiración aún agitada-. Llegaste temprano. Eso no estaba en el itinerario.
Damián dio un paso atrás, sintiendo que le faltaba el aire. Miró a su esposa, buscando una explicación, una negación, algo.
-¿Sofía? -suplicó.
Ella apartó la mirada. Ese gesto fue más doloroso que si le hubiera clavado un cuchillo en el pecho.
-Damián, por favor, no hagas una escena -dijo ella, con la voz temblorosa pero fría-. Sabías que esto no funcionaba. Siempre estás viajando. Siempre es la empresa. Claudio... Claudio siempre ha estado aquí.
-¿Que no funcionaba? -Damián sintió que la ira comenzaba a hervir bajo el shock-. ¡Te acabo de comprar un jodido diamante en Tokio! ¡He construido todo esto para nosotros!
-Lo construiste para tu ego, Damián -interrumpi Claudio, levantándose de la cama y poniéndose los pantalones con una indiferencia insultante-. Siempre has sido el genio, el visionario, el gran Damián Cruz. Y nosotros... solo los accesorios. La esposa trofeo y el contador glorificado.
-Eres mi hermano -escupió Damián, cerrando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos-. Te di la mitad de todo.
-Me diste las migajas -replicó Claudio, caminando hacia él. Se detuvo a unos metros, con una sonrisa torcida-. Pero no te preocupes. Eso se acabó. Sofía y yo hemos hecho algunos... ajustes.
En ese momento, el sonido de sirenas rompió la atmósfera tensa del apartamento. No sonaban lejos, en la calle. Sonaban abajo, en la entrada del edificio. Y se acercaban.
Damián miró hacia la puerta, confundido.
-¿Llamaste a la policía? -preguntó, incrédulo.
-Hace diez minutos, cuando el conserje me avisó que habías entrado al edificio -dijo Claudio, revisando la hora en su reloj de oro-. Tienen una orden de arresto, Damián. Fraude masivo. Desvío de fondos. Lavado de dinero. Parece que has estado robando a tu propia empresa durante años.
Damián parpadeó, incapaz de procesar las palabras.
-¿De qué estás hablando? Yo nunca...
-Las cuentas en las Islas Caimán dicen lo contrario -dijo Sofía suavemente. Ya se había puesto una bata de seda y ahora estaba de pie junto a Claudio. Su mano buscó la de él, entrelazando sus dedos. Esa imagen terminó de romper a Damián-. Están a tu nombre, cariño. Tus firmas digitales están en todas las transferencias. Claudio descubrió las irregularidades ayer. Como buen Director Financiero, tuvo que reportarlo a la Junta y a las autoridades. Es... desgarrador.
Damián sintió que el suelo desaparecía. Todo encajaba. Las reuniones a puerta cerrada que Claudio había tenido últimamente. Los documentos que le había hecho firmar apresuradamente entre vuelos. La insistencia de Sofía en que pusiera ciertos activos a su nombre por "seguridad".
No había sido una aventura de una noche. Había sido una ejecución meticulosamente planeada.
-Me incriminaron -susurró Damián, la comprensión cayendo sobre él como una losa de cemento-. Ustedes... lo planearon todo.
-No es personal, Damián. Son negocios -dijo Claudio, encogiéndose de hombros-. Y un poco de placer, claro.
La puerta del apartamento se abrió de golpe. Cuatro oficiales de policía entraron con las armas desenfundadas, seguidos por dos detectives de delitos financieros que Damián había visto en las noticias.
-¡Damián Cruz! -gritó uno de ellos-. ¡Manos donde pueda verlas!
Damián miró a los policías, luego a la pareja que estaba frente a la ventana panorámica. Sofía apoyó la cabeza en el hombro de Claudio, interpretando el papel de la esposa devastada por los crímenes de su marido. Claudio lo miró con una suficiencia que prometía que esto era solo el comienzo del infierno.
-¡Al suelo! -ordenó el oficial, empujando a Damián.
Su cara golpeó contra la alfombra persa. Sintió el frío del metal apretándose alrededor de sus muñecas. El dolor físico fue agudo, pero no se comparaba con la agonía que le quemaba el pecho.
Mientras lo levantaban bruscamente para sacarlo de su propio hogar, Damián logró girar la cabeza una última vez.
Claudio levantó la copa de Château Margaux que había quedado a medio terminar. La alzó en un brindis silencioso hacia Damián, una despedida burlona al hombre que había sido. Sofía ni siquiera lo miró; ya estaba revisando su teléfono, probablemente preparando el comunicado de prensa donde se declararía víctima de las mentiras de su esposo.
Los flashes de las cámaras estallaron en su rostro tan pronto como cruzó la puerta del edificio, cegándolo. Claudio también había llamado a la prensa. Querían el espectáculo completo. Querían verlo destrozado, humillado, acabado.
Damián bajó la cabeza mientras lo empujaban hacia la patrulla, sintiendo cómo las lágrimas de rabia e impotencia se mezclaban con la lluvia que había comenzado a caer.
En ese momento, en el asiento trasero de una patrulla policial, con su vida hecha pedazos y su corazón arrancado, Damián Cruz murió.
Cerró los ojos, y en la oscuridad de su mente, una sola promesa comenzó a tomar forma, fría y dura como el acero. No volvería a ser el rey ciego. Si sobrevivía a esto, regresaría como el verdugo.
Y entonces, Claudio y Sofía desearían haberlo matado esa noche.
Cinco años después.
El champán tenía un sabor metálico, o quizás era el sabor del miedo lo que impregnaba el salón de baile del Hotel Plaza.
Elena Rivas ajustó el auricular en su oreja, tratando de ignorar el dolor punzante en sus pies. Llevaba doce horas de pie, corriendo de un lado a otro con tacones de siete centímetros que no podía permitirse reemplazar, organizando la "Gala de la Innovación" de Vanguard Tech. Innovación. La palabra le parecía un chiste cruel. La única innovación que Claudio Vega había introducido en los últimos cinco años era encontrar nuevas formas de maquillar los balances financieros para ocultar que la empresa se hundía.
-¡Elena! -El grito agudo cortó el murmullo de las conversaciones educadas.
Elena cerró los ojos un segundo, respiró hondo y compuso su rostro en una máscara de eficiencia neutra antes de girarse. Sofía Vega, vestida con un diseño exclusivo de Versace que costaba más que el salario anual de Elena, la fulminaba con la mirada desde la zona VIP.
-Señora Vega -dijo Elena, acercándose rápidamente-. ¿En qué puedo ayudarla?
Sofía señaló su copa vacía con una uña manicurada en rojo sangre.
-Le dije al camarero hace cinco minutos que quería más hielo. Claudio está sudando como un cerdo en el escenario y necesito que esto parezca una celebración, no un funeral. ¿Es que tengo que hacerlo todo yo? Para eso te pagamos, ¿no?
Elena apretó la mandíbula. "Pagar" era un término generoso. Su sueldo apenas cubrías las facturas del tratamiento de diálisis de su madre, razón por la cual soportaba los gritos, las horas extras no remuneradas y la humillación diaria.
-Me ocuparé de inmediato, señora -respondió Elena con voz suave.
Mientras se alejaba hacia la barra, Elena echó un vistazo al escenario. Claudio estaba frente al micrófono, con el rostro brilloso por el sudor y una sonrisa demasiado amplia, demasiado desesperada. Estaba hablando sobre el "futuro brillante" de la compañía, pero todos en la sala -inversores, prensa y competidores- sabían la verdad. Las acciones habían caído un 40% este trimestre. Vanguard Tech era un barco con una vía de agua, y las ratas ya estaban buscando los botes salvavidas.
El rumor en los pasillos era que Claudio había encontrado un "salvador". Un misterioso conglomerado de inversiones extranjeras llamado Blackwood Holdings. Nadie sabía quién estaba detrás, solo que tenían capital ilimitado y una reputación de depredadores. Hoy, supuestamente, el CEO de Blackwood haría acto de presencia para formalizar la intención de compra.
Elena sintió una punzada de lástima, no por Claudio, sino por el pobre diablo que decidiera comprar este desastre. Claudio y Sofía eran como termitas; habían devorado la estructura sólida que el fundador original -aquel tal Damián Cruz del que solo quedaban viejas fotos en el archivo- había construido, dejando solo una cáscara vacía y podrida.
De repente, el aire en el salón cambió.
No fue un sonido, sino una ausencia de él. El murmullo constante de trescientas personas se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe. La orquesta de jazz titubeó y dejó de tocar.
Elena se giró hacia la entrada principal, con la hielera en la mano.
Las puertas dobles de caoba estaban abiertas de par en par. Y allí, recortado contra la luz del vestíbulo, había una figura que parecía absorber la luminosidad del ambiente.
Era un hombre alto, superando el metro noventa, enfundado en un esmoquin negro hecho a medida que se ajustaba a unos hombros anchos y poderosos, muy diferentes a los trajes holgados de los ejecutivos habituales. Caminaba con una elegancia depredadora, lenta y deliberada.
Pero no era su ropa lo que había silenciado la sala. Era su rostro.
Tenía una barba oscura, perfectamente recortada pero densa, que ocultaba la mitad de sus facciones y le daba un aire salvaje, casi peligroso. Una cicatriz fina y pálida cruzaba su ceja izquierda, rompiendo la simetría de un rostro que, de otro modo, habría sido demasiado perfecto. Sus ojos eran oscuros, insondables, y barrían la sala con la frialdad de un juez dictando sentencia de muerte.
Dante Blackwood había llegado.
Elena sintió un escalofrío involuntario recorrerle la espalda. Había visto a hombres poderosos antes, pero este hombre emanaba algo diferente. No proyectaba dinero; proyectaba violencia contenida. Era como ver a un lobo entrar en un corral de ovejas engalanadas.
Claudio, que se había quedado congelado en el escenario con la boca abierta, reaccionó tarde. Bajó los escalones casi tropezando, secándose el sudor de la frente con un pañuelo, y corrió hacia el recién llegado con Sofía pegada a sus talones, transformando su mueca de desprecio en una sonrisa encantadora en cuestión de segundos.
-¡Señor Blackwood! -exclamó Claudio, extendiendo la mano con entusiasmo nervioso-. Es... es un honor. No sabíamos si su avión llegaría a tiempo. Soy Claudio Vega, CEO de Vanguard.
El hombre ignoró la mano extendida. Simplemente se quedó allí, mirando a Claudio. El silencio se alargó hasta volverse incómodo, doloroso. Elena contuvo la respiración. Nadie ignoraba a Claudio Vega en su propia fiesta sin consecuencias.
-Señor Vega -la voz de Dante Blackwood era profunda, rasposa, como grava triturada bajo una bota pesada. Tenía un acento indescifrable, una mezcla de aristocracia europea y callejones oscuros-. Su fiesta huele a desesperación.
El susurro de asombro recorrió la sala. La sonrisa de Claudio vaciló.
-Yo... eh... es una gala benéfica, señor Blackwood. Estamos celebrando...
-Están celebrando que voy a inyectar quinientos millones de dólares para que no tengan que declararse en bancarrota mañana por la mañana -interrumpió Dante, sin levantar la voz, pero asegurándose de que los inversores cercanos lo escucharan.
Sofía, viendo que su marido estaba siendo aplastado, intervino, desplegando todo su encanto ensayado. Dio un paso adelante, poniendo una mano sobre el brazo del esmoquin de Dante.
-Señor Blackwood, soy Sofía Vega. Es un placer tener a un hombre de su... calibre, aquí. -Lo miró a los ojos, coqueteando descaradamente-. Me resulta vagamente familiar. ¿Nos hemos visto antes? Quizás en Mónaco o Aspen...
Dante bajó la mirada hacia la mano de ella en su brazo. Su expresión no cambió, pero sus ojos destellaron con algo que parecía odio puro, tan intenso que Elena, observando desde la distancia, sintió ganas de retroceder.
-Tengo un rostro común, señora Vega -dijo él, retirando el brazo con un movimiento suave pero firme, como si el contacto le repugnara-. Y le aseguro que si nos hubiéramos conocido antes, lo recordaría. Yo nunca olvido una cara. Ni una deuda.
Sofía parpadeó, confundida por el rechazo y el tono amenazante.
-Bien -Dante miró por encima de las cabezas de la pareja, escaneando la sala como si buscara algo-. No he venido a beber champán barato ni a socializar con cadáveres corporativos. Quiero ver los libros actualizados. Ahora.
-¿Ahora? -Claudio palideció-. Pero... la gala... los invitados...
-Ahora -repitió Dante. Su mirada se posó, casi por accidente, en Elena, que seguía parada cerca de la barra, abrazando la hielera como si fuera un escudo.
Durante un segundo, el mundo se detuvo para Elena. Esos ojos oscuros la atravesaron, desnudándola, evaluándola. No había deseo en esa mirada, al menos no del tipo habitual. Había cálculo. Era como si él estuviera resolviendo una ecuación matemática compleja y ella fuera una variable inesperada. Elena quiso apartar la vista, intimidada, pero algo en la profundidad de esos ojos rotos la ancló al suelo. Vio soledad. Una soledad tan vasta y antigua que le cortó la respiración.
Dante rompió el contacto visual tan rápido como lo había iniciado y volvió a mirar a Claudio.
-Necesito un enlace. Alguien que conozca la empresa pero que no esté contaminado por su... gestión creativa -dijo Dante, con una mueca de asco-. No quiero tratar con usted directamente hasta que mis auditores terminen. Quiero a alguien competente. Y quiero a alguien ahora.
Claudio miró a su alrededor, desesperado. Sus vicepresidentes estaban borrachos o escondidos. Sus ojos cayeron sobre Elena.
-¡Elena! -llamó Claudio, chasqueando los dedos como si llamara a un perro.
Elena se tensó. «No, por favor, no», pensó.
-Ven aquí. Inmediatamente.
Ella caminó hacia el centro del salón, sintiendo el peso de trescientas miradas en su espalda, y sobre todo, la mirada pesada y ardiente de Dante Blackwood. Cuando llegó junto a ellos, se sintió minúscula al lado de la imponente figura del desconocido. Olía a sándalo, a lluvia fría y a tabaco caro. Un aroma embriagador y peligroso.
-Señor Blackwood, ella es Elena Rivas, mi asistente ejecutiva -dijo Claudio, empujándola ligeramente hacia adelante-. Conoce la agenda, los archivos y los números mejor que nadie. Es... servicial. Y discreta.
Dante la miró desde su altura. De cerca, Elena pudo ver que la cicatriz en su ceja continuaba ligeramente hacia la sien. Era un hombre marcado.
-Elena -dijo él, probando el nombre en su lengua. Sonó casi como una advertencia.
-Señor Blackwood -respondió ella, alzando la barbilla. Se negó a mostrar miedo, aunque le temblaban las rodillas. Había lidiado con cobradores de deudas y médicos impacientes; podía lidiar con un multimillonario arrogante.
Dante notó el gesto desafiante. Una chispa de interés, o quizás de diversión oscura, iluminó sus ojos muertos.
-¿Conoces los protocolos de seguridad del servidor privado de Vega? -preguntó él.
-Sí -respondió ella sin dudar.
-¿Tienes acceso a las agendas personales y a los registros de gastos no oficiales?
Claudio hizo un ruido de protesta, pero una mirada de Dante lo silenció. Elena miró a su jefe, al hombre que le negaba los aumentos mientras gastaba miles en cenas, al hombre que la trataba como mobiliario. Luego miró a Dante. Vio una oportunidad. O quizás, vio un arma.
-Tengo acceso a todo, señor -dijo Elena con firmeza.
Dante sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar la llave de la jaula.
-Excelente -Dante se giró hacia Claudio-. Me la quedo.
-¿Disculpe? -parpadeó Claudio.
-Durante el proceso de adquisición y auditoría, la señorita Rivas trabajará exclusivamente para mí. Responderá ante mí. Y si descubro que usted intenta darle una sola orden, o si intenta ocultarme algo que ella sepa, retiraré mi oferta y dejaré que los bancos se coman los restos de su empresa al amanecer. ¿Estamos claros?
Claudio asintió, pálido y sudoroso. Sofía miraba a Elena con un odio renovado, pero no se atrevió a hablar.
-Bien -Dante volvió a mirar a Elena. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal, obligándola a levantar la vista. Su voz bajó una octava, volviéndose un susurro íntimo y aterrador solo para ella-. Vámonos, Elena. Tenemos mucho trabajo que hacer. Y te advierto una cosa: yo no tolero la lealtad a medias. O eres mía, o eres mi enemiga. Elige ahora.
Elena miró la mano que él no le ofrecía, miró la salida y miró a sus antiguos jefes. Su corazón latía desbocado. Sabía que estaba haciendo un pacto con el diablo. Pero el diablo, al menos, parecía tener un plan.
-Soy suya, señor Blackwood -dijo ella.
Dante asintió, satisfecho.
-Entonces, empieza por tirar esa hielera. No eres camarera. A partir de hoy, eres la mano derecha del nuevo dueño.
Dante dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida sin esperarla, sabiendo que ella lo seguiría. Y Elena, dejando la hielera caer sobre la alfombra inmaculada con un golpe sordo, lo siguió hacia la oscuridad de la noche, sin saber que acababa de entrar en la boca del lobo.
El silencio dentro de la limusina era más denso que el aire frío de la noche de Nueva York.
Elena se mantuvo pegada a la puerta, con las manos apretadas sobre su regazo, tratando de hacerse lo más pequeña posible en el asiento de cuero negro. Frente a ella, Dante Blackwood revisaba algo en su teléfono con el ceño fruncido, iluminado intermitentemente por las luces de neón de la ciudad que pasaban a toda velocidad.
No había dicho una palabra desde que salieron del hotel. Ni un "gracias", ni una indicación de a dónde iban. Simplemente la había metido en el coche como si fuera una pieza de equipaje costosa que acababa de adquirir en una subasta.
Elena aprovechó la oscuridad para observarlo. De perfil, su rostro era aún más duro. La barba ocultaba su mandíbula, pero se notaba la tensión en los músculos de su cuello. Había algo en él que le resultaba inquietantemente contradictorio: vestía como un príncipe, hablaba como un verdugo y miraba como un hombre que ha visto el infierno y ha decidido comprarlo.
-Si sigues mirándome así, voy a empezar a cobrarte -dijo él, sin apartar la vista de la pantalla.
Elena dio un respingo y apartó la mirada hacia la ventana, sintiendo el calor subir a sus mejillas.
-No sabía que los multimillonarios tuvieran visión periférica -murmuró ella, casi para sí misma.
-Tengo visión para todo lo que me pertenece. Y ahora tú estás en esa lista.
El coche giró bruscamente, alejándose de la zona financiera y adentrándose hacia el Upper East Side. Elena reconoció la ruta. No iban a las oficinas de Vanguard Tech.
-No vamos a la oficina -dijo ella, con un tono de alerta.
Dante bloqueó el teléfono y, por primera vez, la miró directamente. En la penumbra, sus ojos parecían pozos de petróleo.
-Las oficinas de Vanguard están llenas de micrófonos, incompetentes y el perfume barato de tu antigua jefa. No puedo pensar allí. Vamos a mi base operativa.
-¿Su casa? -Elena sintió un nudo en el estómago. Había escuchado historias sobre hombres como él. Hombres que creían que comprar el tiempo de una asistente incluía derechos sobre su cuerpo.
Dante soltó una risa seca, carente de humor.
-No te hagas ilusiones, Elena. No eres mi tipo. Y no mezclo negocios con... distracciones. Vamos a trabajar. A menos que prefieras que te deje en la acera y vuelvas corriendo con Claudio a explicarle por qué fracasaste en tu primera hora de trabajo.
La mención de Claudio fue como un balde de agua fría. Elena enderezó la espalda.
-No voy a volver. Hago mi trabajo, señor Blackwood. Solo preguntaba.
-Bien. Deja de preguntar y empieza a prepararte. Quiero saberlo todo.
El coche se detuvo frente a un edificio residencial ultramoderno de cristal y acero. El portero abrió la puerta antes de que el chófer pudiera moverse. Dante salió disparado hacia el vestíbulo sin esperarla. Elena tuvo que trotar con sus tacones doloridos para alcanzarlo en el ascensor privado.
El ático era impresionante, pero frío. Minimalista hasta el extremo. Muros de hormigón pulido, muebles de diseño italiano que parecían incómodos y una vista de Manhattan que costaba millones. No había fotos, ni plantas, ni un solo rastro de vida personal. Era la casa de un fantasma.
Dante se quitó la chaqueta del esmoquin y la lanzó sobre un sofá, aflojándose la pajarita con un gesto brusco. Caminó hacia una barra de bar iluminada y se sirvió un whisky doble sin ofrecerle nada.
-Siéntate -ordenó, señalando una mesa de cristal llena de carpetas-. Tienes diez minutos para convencerme de que no cometí un error al sacarte de esa fiesta.
Elena se sentó, dejando su bolso en el suelo. Le dolían los pies, le dolía la cabeza y estaba aterrorizada, pero su orgullo la mantenía erguida.
-¿Qué quiere saber? -preguntó.
Dante se giró, con el vaso en la mano. Se apoyó en el borde de su escritorio, mirándola desde arriba.
-No quiero los informes oficiales. Esos ya los tengo y sé que son basura. Quiero lo que no está en los libros. Quiero saber dónde esconde Claudio el dinero. Quiero saber quiénes son los socios silenciosos. Y quiero saber por qué una mujer inteligente como tú ha desperdiciado cinco años sirviendo café a un imbécil que ni siquiera sabe pronunciar tu apellido correctamente.
Elena tragó saliva. Esa era la línea roja. Si hablaba, violaba su contrato de confidencialidad. Si Claudio se enteraba, la demandaría y la dejaría en la calle.
-Tengo un acuerdo de confidencialidad, señor Blackwood -dijo ella con voz firme-. Si le doy esa información, me expongo a acciones legales.
Dante dio un paso hacia ella. La atmósfera en la habitación cambió, volviéndose eléctrica.
-¿Te preocupa la legalidad? -preguntó suavemente, inclinándose hacia su rostro hasta que Elena pudo oler el whisky y el tabaco en su aliento-. Claudio Vega ha estado desviando fondos de pensiones de los empleados para pagar sus deudas de juego en Las Vegas. Ha falsificado las pruebas de calidad del software Vanguard 4.0. Si hablas de legalidad, tu jefe debería estar en una celda, no en una gala.
Elena abrió los ojos desmesuradamente. ¿Cómo sabía él todo eso? Esos eran secretos que solo ella y Claudio conocían.
-Veo que no lo niegas -dijo Dante, satisfecho por su reacción. Se alejó y tomó un sorbo de su bebida-. No necesito que me des la información para descubrirla, Elena. Ya la tengo casi toda. Necesito que tú me la confirmes para ver de qué lado estás.
-¿Por qué? -preguntó ella, confundida-. Si ya lo sabe, ¿para qué me necesita?
-Porque necesito un testigo interno. Alguien que sepa dónde están los cuerpos enterrados físicamente. Y porque necesito saber si eres leal a la corrupción o a la verdad.
Elena miró sus manos. La verdad. Hacía mucho tiempo que la verdad no pagaba sus cuentas.
-Si le ayudo... Claudio me destruirá. Tiene abogados. Tiene influencias.
-Claudio es un cadáver caminando, solo que aún no lo sabe -Dante dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco-. Yo soy el dueño de la hipoteca de su casa, de sus préstamos personales y, desde esta noche, del 51% de su empresa. Claudio no puede tocarte sin mi permiso.
Dante rodeó la mesa y se detuvo detrás de la silla de Elena. Ella sintió el calor de su cuerpo cerca de su espalda, una presencia abrumadora que le erizó la piel de la nuca.
-Dime, Elena -susurró él cerca de su oído-. ¿Por qué te quedaste? Vi cómo te miraba. Vi cómo te hablaba esa arpía de su esposa. Eres brillante, rápida y tienes más clase en un dedo que ellos en todo el cuerpo. ¿Por qué soportar la humillación? ¿Es por dinero? ¿Amor? ¿Miedo?
Elena cerró los ojos, luchando contra las lágrimas de frustración. Odiaba ser vulnerable frente a este desconocido.
-Seguro médico -susurró ella.
Dante se quedó inmóvil.
-¿Qué?
Elena se giró en la silla para mirarlo a la cara. La vergüenza dio paso a la rabia.
-Mi madre tiene insuficiencia renal crónica. Necesita diálisis tres veces por semana y está en lista de espera para un trasplante. El seguro médico corporativo de Vanguard es uno de los pocos que cubre su tratamiento al 100% sin copagos. Claudio lo sabe. Sabe que no puedo renunciar porque si pierdo la cobertura un solo mes, mi madre muere. Por eso me paga una miseria, por eso me grita, por eso aguanto. Porque él tiene la vida de mi madre en su bolsillo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Dante la miró, y por un segundo, la máscara de hielo se resquebrajó. Elena vio algo parecido al dolor cruzar sus ojos oscuros, un destello de reconocimiento. Dante sabía lo que era hacer cualquier cosa por alguien que amabas. Sabía lo que era ser rehén de un villano.
Él se apartó bruscamente, como si la cercanía le quemara, y caminó hacia la ventana, dándole la espalda. Miró la ciudad a sus pies, apretando los puños.
«Es igual que yo», pensó Dante. «Atrapada. Sacrificándose. Y Claudio está usando a su madre como usó mi confianza». La furia que sentía hacia su ex mejor amigo se multiplicó, pero también surgió algo nuevo: una necesidad protectora hacia la mujer sentada en su mesa. Una necesidad que no podía permitirse.
-Escribe una cifra -dijo Dante sin girarse.
-¿Cómo?
-Escribe una cifra en ese papel. Tu salario actual.
Elena tomó un bolígrafo, temblando, y escribió la cifra anual. Era ridículamente baja para Nueva York.
Dante se giró, tomó el papel, lo miró y soltó un bufido de desprecio. Rompió el papel en dos pedazos y los dejó caer al suelo.
-A partir de mañana, tu salario se triplica.
Elena se quedó boquiabierta.
-Señor Blackwood... yo no...
-No he terminado. -Dante sacó su teléfono y marcó un número rápido-. Blackwood Holdings tiene el mejor seguro médico privado del país. Cubre trasplantes, tratamientos experimentales y cuidados domiciliarios. Tu madre será transferida a mi póliza personal mañana a primera hora. Los mejores especialistas del Monte Sinaí se ocuparán de ella. Claudio ya no tiene el control sobre su vida.
Elena se levantó de la silla, sintiendo que las piernas le fallaban. No podía ser real. Era demasiado bueno, demasiado rápido.
-¿A cambio de qué? -preguntó, con la voz quebrada-. Nadie da nada gratis, señor Blackwood. ¿Qué quiere de mí?
Dante se acercó a ella. Esta vez no invadió su espacio para intimidarla, sino para sellar un pacto. La miró a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento.
-Quiero tu lealtad absoluta. No a la empresa, no a un contrato. A mí. -Su voz bajó, volviéndose ronca-. Quiero que seas mis ojos y mis oídos. Quiero que cuando Claudio intente conspirar contra mí, tú me lo digas antes de que él termine la frase. Quiero que me ayudes a desmantelar su vida pieza por pieza, sabiendo que él fue quien te puso las cadenas.
Levantó una mano y, con un gesto casi involuntario, rozó un mechón de cabello que se había soltado del peinado de Elena. Su toque fue eléctrico, enviando una corriente de calor a través del cuerpo de ella.
-Te estoy ofreciendo la espada, Elena -susurró Dante-. Tú decides si quieres usarla para cortar tus cadenas y clavársela al hombre que te ha estado torturando durante cinco años. ¿Tenemos un trato?
Elena miró al hombre frente a ella. Era peligroso. Oscuro. Probablemente estaba roto por dentro. Pero en ese momento, ofreciéndole la salvación de su madre a cambio de su venganza, le pareció un ángel vengador.
Pensó en las risas de Sofía. Pensó en las amenazas veladas de Claudio. Pensó en su madre conectada a una máquina, preocupada por las facturas.
La duda desapareció.
-Sí -dijo Elena, y su voz sonó fuerte, segura-. Tenemos un trato. ¿Por dónde empezamos?
Dante sonrió. Esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos, y por un instante, Elena vio al hombre que quizás había sido antes de que el mundo lo rompiera. Era una sonrisa devastadoramente atractiva.
-Empezamos por el principio -dijo Dante, caminando hacia el bar de nuevo-. Sírveme otro trago, Elena. Vamos a trabajar toda la noche. Mañana por la mañana, cuando entremos en esa oficina, Claudio Vega va a saber que su reinado ha terminado.
Elena se quitó los tacones, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies, y caminó hacia la barra. Por primera vez en cinco años, no se sentía como una sirvienta. Se sentía como una cómplice.
Y mientras Dante Blackwood le explicaba el plan de batalla bajo la luz de la luna de Manhattan, Elena supo que su vida acababa de cambiar para siempre. Lo que no sabía era que, al aceptar destruir a Claudio, también estaba poniendo su corazón en la línea de fuego del hombre más peligroso de la ciudad.