La música ambiental del spa "Luna" apenas sonaba por encima del zumbido de los tornos eléctricos. Un aroma dulzón a crema de almendras y esmalte fresco llenaba el aire, mientras la luz cálida acariciaba cada rincón perfectamente limpio, cada cabina acolchada, cada estación de manicura. Era un martes como cualquier otro. O al menos, eso parecía.
Aitana terminaba de sellar el brillo sobre unas uñas jelly en tonos rosa pastel, con delicadas líneas blancas formando mariposas miniatura. El estilo estaba de moda en TikTok, y sus clientas lo pedían como si fuera un pasaporte social. Era su toque personal. Su marca.
-Estas uñas son literalmente virales -comentó la chica frente a ella, una influencer de modas con stories diarios y novios rotativos-. Nadie hace los detalles como tú, Aitana. Qué dedos mágicos tienes.
-Gracias, amor -respondió Aitana con una sonrisa. Mantenía la voz suave, profesional. Pero por dentro, el halago la hacía flotar un poco.
Su mundo eran las uñas, el arte minúsculo, el control. Allí se sentía segura.
Hasta que la puerta estalló.
-¡¿Cómo te atreviste a salir con mi novio?!
El grito rasgó el aire como un cuchillo. Todas las clientas y empleadas se giraron al unísono. Aitana se quedó paralizada, la lima en alto, el corazón dando un brinco traicionero.
La mujer que acababa de irrumpir era una tormenta de ojos negros y rabia pura. Alta, cabello perfectamente liso, rostro de modelo... pero en ruinas. Su maquillaje parecía intacto, pero sus emociones no.
-¡Tú! -la señaló con el dedo como si invocara una maldición-. ¡Tú eres Aitana, ¿verdad?!
-¿Quién eres tú? -atinó a decir Aitana, con la voz más baja de lo que hubiera querido.
-¡No te hagas la estúpida! -La mujer avanzó entre las estaciones de manicura como un huracán sobre ruedas-. ¡¿Creías que no me iba a dar cuenta?! ¡Subió una foto contigo, con tus malditas uñas de niñita dulce!
Le puso el celular en la cara. Una foto de dos manos tomadas. La de él, con su clásico reloj negro. La de ella -¡la suya!- con el diseño que acababa de replicar hace unos minutos. Su firma. Su estilo. La prueba.
Monólogo interno de Aitana:
No puede ser. ¿Por qué subió eso? Le pedí que no lo hiciera. Le dije que no... Dios. ¿Qué hice? ¿Qué hice?
-¿Te acostaste con él? ¡Dímelo ahora! ¡¿TE LO TIRASTE?! -gritó la mujer, y su voz tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no la hicieron menos feroz-. ¡Tengo cuatro años con él, cuatro! ¡¿Quién mierda te crees que eres?!
El silencio era total. Hasta los secadores de pelo parecían apagados.
-Yo... yo no sabía que él tenía novia. Te lo juro -dijo Aitana, su voz ya era un susurro quebrado-. Él me dijo que estaba soltero.
-¡Mentirosa! ¡Eres una hipócrita! ¡Tú lo sabías! -La mujer ahora lloraba sin intentar disimularlo-. Todas las tipas como tú se hacen las ingenuas. ¡Te haces la dulce y te metes en las camas ajenas!
-¡Basta ya! -intervino una de las recepcionistas, tímidamente.
Pero la mujer no se detuvo. Se inclinó sobre la mesa de Aitana, apenas un par de centímetros entre sus caras.
-¿Sabes qué? Ojalá te haga lo mismo que me hizo a mí. ¡Ojalá te rompa el corazón y te deje llorando como una imbécil en un baño! Porque eso es lo que hace. Eso es lo que él es.
Aitana tragó saliva con fuerza.
Monólogo interno:
No puedo respirar. Me están mirando todas. Esto es una pesadilla. ¿Cómo llegué a esto? Solo fue una cita. Solo un mensaje. Solo un beso.
La gerente del spa apareció al instante, caminando rápido sobre sus tacones de bloque.
-Señorita, esto es inaceptable. Debe retirarse ahora mismo.
-¡NO! -gritó la mujer, girándose como un latigazo-. ¡Ella debería irse! ¡Ella! ¡Esa traicionera! ¡Róbale más novios, zorra! ¡A ver cuánto duras!
Y antes de que nadie pudiera hacer nada, tomó un frasco de esmalte fucsia y lo arrojó al suelo. El vidrio se hizo añicos. Un grito se escapó entre las clientas.
-¡Basta ya! ¡SEGURIDAD! -gritó la gerente.
Dos trabajadores del gimnasio vecino entraron apresurados y escoltaron a la mujer fuera, todavía gritando improperios que se desvanecían tras la puerta.
Silencio.
Aitana temblaba. La lima había caído de su mano. El corazón le martillaba las costillas. Quería gritar, desaparecer, deshacerse.
La gerente se volvió hacia ella con la mandíbula apretada.
-Quiero verte en mi oficina cuando termines con esta clienta. Esto no puede volver a repetirse. Es una advertencia formal, Aitana. Una más, y estás fuera.
Aitana solo asintió, sin poder hablar. Su garganta era un nudo.
La clienta, que aún tenía una mano dentro de la lámpara UV, retiró lentamente los dedos.
-Wow. Eso estuvo... intenso.
Aitana se levantó sin decir una palabra. Fue directo al baño. Cerró la puerta. Se apoyó contra el lavamanos.
Y rompió en llanto.
No fue un llanto controlado ni digno. Fue uno feo, tembloroso, con mocos, con rabia. Con vergüenza.
Monólogo final:
¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Solo quería pintar uñas. Solo quería crear belleza. Y ahora... ahora soy la otra. La idiota. La manicurista con corazón roto y reputación manchada. ¿Qué hago ahora?*
Se miró al espejo, las mejillas empapadas, la nariz roja.
-Te juro que no me vuelve a pasar -susurró.
Pero algo dentro de ella sabía que eso era una promesa rota incluso antes de pronunciarla.
El silencio que reinaba en el salón esa mañana era denso como el top coat que usaban para encapsular cristales en uñas de gel. Aitana entró al spa con la cabeza baja, la respiración contenida, como si cada paso en el suelo pulido fuera una provocación a la desgracia.
La recepción, siempre llena de música ambiental y risas de fondo, parecía ahora un museo de rumores. Apenas cruzó la puerta, lo sintió: las miradas, las cejas alzadas, los cuchicheos detrás de las tazas de té. Hasta el aroma habitual a lavanda y acetona parecía juzgarla.
-¿Todo bien? -preguntó Lina, su compañera de mesa, con tono bajo y una sonrisa incómoda.
Aitana fingió estar buscando algo entre sus materiales.
-Sí. Solo quiero... trabajar.
Mentira. Quería desaparecer.
No habían pasado ni 14 horas desde que una mujer, completamente fuera de sí, le gritó a todo el spa que se había acostado con su novio. Y aunque no había pruebas... ¿Qué más prueba querían que una foto en redes, donde se veían las manos de Aitana -sus uñas, su sello de artista- entrelazadas con las de Iker?
Él había subido la foto con el texto:
"Hay diseños que no se olvidan."
Y todas lo entendieron. La clienta desesperada. Las compañeras. Y lo peor: la gerente.
-Aitana, a la oficina, por favor -dijo Mónica, desde el pasillo de vidrio esmerilado.
Ese "por favor" no tenía ni una pizca de cortesía.
La advertencia
Mónica la esperaba con las manos cruzadas sobre su escritorio blanco, sin una gota fuera de lugar. Llevaba su clásico peinado de moño perfecto y manicura francesa impecable, como si la elegancia fuera parte del uniforme.
-Siéntate -dijo, sin mirarla a los ojos-. No quiero alargar esto.
Aitana se sentó. El corazón le latía como si tuviera glitter corriendo por las venas, temblando con cada palabra no dicha.
-Lo de ayer fue vergonzoso -empezó Mónica, sin rodeos-. No solo para ti. Para todas nosotras. Las clientas no vienen aquí a ver escándalos de telenovela.
-Yo no hice nada. Ella entró gritando...
-Y tú no la detuviste. No supiste manejar la situación. Aitana, tú sabes el tipo de clientela que manejamos. Mujeres con miles de seguidores. Embajadoras de marcas. Influencers. Aquí la imagen lo es todo.
Silencio. Aitana apretó las manos entre las piernas.
-No te estoy diciendo que no te enamores -continuó Mónica, ahora con una pizca de compasión en la voz-. Solo que no traigas tus problemas personales aquí. Este lugar es tu vitrina. Tu sello. Si esto vuelve a repetirse... no tendré otra opción que dejarte ir.
El golpe no vino con gritos ni amenazas. Fue limpio. Preciso. Como una uña mal limada que duele todo el día.
-¿Entendido?
-Sí... -murmuró Aitana.
Salió sin decir nada más. Caminó hacia el baño, cerró la puerta y se miró al espejo. Su reflejo la veía con decepción.
"¿Cómo llegamos a esto?", se preguntó.
Se sentó en la tapa del inodoro. Las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente, empapando el delantal blanco con su nombre bordado en rosa.
"Tanto esfuerzo... para acabar siendo 'la otra' en una historia que ni siquiera me pertenece."
"¿Por qué subió esa foto, Iker? ¿Para qué?"
"¿Para provocarla? ¿Para marcarme?"
Lloró en silencio hasta que escuchó la puerta abrirse. Se limpió con rapidez. Nada de debilidades frente al equipo.
Interludio – El spa, después del escándalo
De regreso en su estación, trató de comportarse como si nada. Se colocó los guantes de látex rosado. Puso música de fondo en su tablet: pop suave, lo de siempre. Pero las clientas notaban su expresión, su postura. No era la misma Aitana.
-Oye... ¿vas a estar bien para mi cita de mañana? -le escribió una clienta por WhatsApp, con emojis preocupados.
Otra canceló sin explicación.
Y eso dolía más que los gritos del día anterior. Su reputación empezaba a agrietarse como esmalte mal curado.
Lina se le acercó con un cafecito.
-No tienes que hablar si no quieres, ¿ok?
Aitana asintió, forzando una sonrisa.
"Tengo que seguir. Tengo que brillar. Si dejo que esto me hunda... todo lo que he construido se va al carajo."
Flashback – El principio con Iker
Todo comenzó en el evento de primavera del año pasado. Uno de esos desfiles de marcas locales donde el maquillaje, las extensiones y las uñas se convertían en arte de alto nivel.
Aitana había sido invitada como talento emergente. Iker era uno de los organizadores. Llevaba camisa negra ajustada, sonrisa letal y actitud de productor de Netflix. Nada en él parecía seguro... y sin embargo, todo en él parecía adictivo.
-¿Eres la que hace esas uñas tipo aurora boreal? -le preguntó, señalando una muestra de uñas espejo multicolor en su stand.
-Las aurora, las cat eye, las térmicas... lo que pidas -respondió ella, sonriendo sin saber aún que ese hombre sería el principio de su desorden emocional.
-Me encanta la forma en que trabajas. ¿Sabes que muchas de mis chicas podrían necesitarlas para sus eventos?
-¿Tus chicas?
-Tengo una agencia. Modelos, anfitrionas, influencers. A veces necesito que alguien las prepare en tiempo récord para campañas.
Así empezó. Con una conversación de negocios. Con él recomendándole clientes. Con ella haciéndole descuentos especiales. Con miradas que duraban un poco más de lo correcto.
Hasta que un día, se quedaron solos en el spa después de hora.
-¿Por qué haces esto? -le preguntó él mientras ella limpiaba pinceles.
-Porque me hace sentir útil. Creativa. Porque con unas manos bien cuidadas, muchas mujeres se atreven a hacer cosas que antes no harían.
-¿Y tú? ¿Qué te atreverías a hacer... si no tuvieras miedo?
Él no la besó esa noche. Pero la dejó pensando durante días.
Presente – El regreso a su mesa
De nuevo en su silla, Aitana trataba de enfocarse en los productos. Preparó una bandeja con los nuevos tonos jelly, esos que cambiaban de color según la temperatura del cuerpo. Las clientas los adoraban porque eran como mood rings modernos.
Limpió las herramientas, desinfectó, organizó los tips de prueba. Cada gesto, cada paso, como un ritual para no desmoronarse.
-Hoy me toca una chica de su agencia -le susurró Lina.
-¿De Iker?
-Sí. Una nueva. Dice que quiere "uñas peligrosas, pero sexys". Literal.
Aitana cerró los ojos.
"Todo lo que quiero es que no hablen de él. Que su nombre no aparezca ni una sola vez más hoy."
Pero ese era su mundo. Y él se había infiltrado en cada rincón. No había forma de evitarlo.
La ciudad no dormía aquella noche. Era una de esas veladas en las que el cielo parecía más bajo, como si las estrellas se hubieran reunido para mirar desde arriba, cómo las luces artificiales competían por llamar la atención. En la terraza del Hotel Magnolia, todo estaba listo para la "Nail & Glow Experience", un evento exclusivo donde lo estético se mezclaba con lo social, con el marketing y con las ganas de mostrarse.
Aitana sostenía su maletín como quien transporta un tesoro. Caminó firme entre modelos que reían sin abrir del todo la boca y estilistas que gritaban nombres de tonos como si fueran cócteles secretos. Aitana no usaba marcas reconocidas ni tenía contrato con ninguna empresa de cosméticos, pero sus diseños estaban empezando a recorrer los grupos de WhatsApp de las promotoras más cotizadas.
-Esto parece otro planeta -murmuró, mientras sus ojos se paseaban entre la decoración intergaláctica: esferas flotantes, proyecciones de nebulosas y luces que parpadeaban como si fueran latidos de estrellas.
Su estación estaba en el centro, justo frente al mural de neón que decía "MANOS QUE HABLAN, UÑAS QUE GRITAN".
Y ella sí que gritaba con sus diseños.
Montó su pequeño trono de esmaltes: jelly rosado, pigmentos camaleónicos, gel con partículas reflectivas y una gama completa de tonos milky base. Todo estaba dispuesto sobre una tela holográfica que daba la ilusión de estar flotando en una galaxia líquida.
Las primeras en acercarse fueron dos chicas altas, con vestidos de vinilo y plataformas transparentes.
-¿Eres tú la famosa Aitana? -preguntó una de ellas, con un acento medio chileno y actitud de celebridad.
-Depende de quién pregunta -respondió Aitana, mientras le indicaba con una sonrisa que se sentara.
-Quiero que me hagas algo viral. Que cuando suba el reel, tenga 100K likes.
-Entonces, déjame ver tus manos -dijo-, y al tocarlas, Aitana sintió esa electricidad que siempre le recorría la piel cuando algo bueno estaba por pasar.
Las uñas jelly fueron tomando forma. Un degradado en tonos lila y durazno con detalles encapsulados de papel tornasol. Aitana aplicaba cada pincelada como si estuviera componiendo música. Nadie hablaba mientras trabajaba. Solo se oía el sonido del torno, los clics de los móviles y los comentarios bajitos de otras chicas que miraban con envidia.
-¡Mira esas cutículas! Están perfectas, parece que no las tocó ni una cuchilla -susurró una promotora a otra.
-Es la nueva. La que trabaja en el spa "Luna". Tiene manos de cirujana.
Aitana fingía que no escuchaba, pero en el fondo cada halago era como una copa de champán directo a la autoestima.
Fue entonces que lo sintió.
Esa mirada. Esa presencia.
Él no caminó. Se deslizó. Como si la gente le abriera paso sin necesidad de hacerlo.
Iker.
Alto. Elegante. Con una camisa negra ligeramente abierta en el pecho, dejando entrever una cadena dorada. Su barba de tres días bien cuidada y ese aire de "yo sé exactamente quién soy y lo que provoco". Un imán.
Se detuvo frente a ella.
-¿Tú eres Aitana?
Ella ni siquiera lo miró de inmediato. Terminó de sellar el gel con lámpara UV antes de alzar la vista. Cuando lo hizo, sus ojos se encontraron con los de él. Un segundo bastó para que todo lo que la rodeaba se volviera irrelevante.
-¿Y tú quién eres? ¿Algún experto en cutículas? -dijo con media sonrisa.
-No, pero sé reconocer talento cuando lo veo. Soy Iker. Dirijo Glow Agency, las promotoras con las que estás trabajando hoy.
Aitana asintió sin bajar la guardia.
-Encantada. Ya he atendido a tres de tus chicas. Tienen gustos caros y uñas maltratadas. Pero eso se arregla.
-He escuchado de ti -respondió él-. Una manicurista con actitud. Me gusta.
-Y a mí me gusta que me respeten por mi trabajo, no por cómo me veo.
-¿Y si me gustan ambas cosas?
Ella se quedó en silencio. Podría haberle contestado algo sarcástico, pero optó por sostenerle la mirada. La tensión era densa, como si el aire se hubiera espesado entre ellos.
-Tienes agenda abierta esta semana? -preguntó él-. Estoy organizando una campaña para un nuevo grupo de promotoras. Quiero que tú les hagas las uñas. Algo sexy, moderno, pero sin caer en lo vulgar.
-Depende. ¿Cuánto pagan?
-Lo suficiente como para que valga la pena tu tiempo. Y quizá, también para que me regales una de esas sonrisas tuyas.
Claudia, que estaba a unos metros, los miraba con los ojos abiertos como platos. Apenas Iker se alejó para hablar con una de sus modelos, corrió hacia Aitana.
-¡¿Tú sabes quién es ese?! ¡Iker Valverde! ¡El Iker! Dueño de la agencia más cotizada de la ciudad. Sale con medio Instagram y la otra mitad lo desea. ¡Y te acaba de invitar a trabajar con él!
Aitana se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Quería parecer tranquila, pero su corazón latía como si fuera a explotar bajo la bata blanca.
-Solo me ofreció trabajo.
-Sí, trabajo y otra cosa... Mira cómo te miraba. Como si fueras una obra de arte con esmalte.
-¿Y si solo me quiere usar? -susurró Aitana, de repente insegura.
-Entonces que te use bien. Pero tú eres la que manda.
Aitana miró su mesa. El brillo de las uñas recién hechas. Sus herramientas estaban alineadas. Sus pinceles en orden. Y en medio de todo eso... la tarjeta de Iker.
La tomó entre los dedos. El nombre "Iker Valverde" estaba grabado en dorado mate sobre fondo negro. Al reverso, solo un número de teléfono.
-Un hombre que no pone su Instagram en la tarjeta... ya es un misterio -murmuró.
Esa noche, al llegar a casa, se sentó frente al espejo y desarmó su maletín de esmaltes. Uno a uno, los fue limpiando. El jelly rosa, el top coat velvet, el pincel liner 01. Todo debía estar perfecto. Por fuera, lucía como cualquier otra chica trabajadora. Pero por dentro, sentía mariposas vestidas de lentejuelas revoloteando en su estómago.
Y aunque no lo sabía entonces, esa noche no solo había conocido a un hombre.
Había conocido la parte de ella que podía perder la razón... por amor.