-Señorita Adams, escuché que ya no está impartiendo los cursos de cocina.
-Así es, profesor. De hecho, estoy en busca de un empleo urgentemente; necesito mantenerme para poder seguir estudiando.
-He hablado con la profesora Claxton y me comentó que eres una chef prometedora. Conozco a alguien que necesita una cocinera con urgencia, ¿te interesaría?
-¡Claro! -respondí, sonriendo de emoción-. Sería una excelente oportunidad.
El profesor me extendió una tarjeta con dirección y contacto.
-Preséntate mañana. Hablaré con mi colega esta tarde para que esté al tanto.
-Gracias, profesor, en serio.
El profesor me dio una palmada en el hombro antes de marcharse, y yo miré la tarjeta, sintiendo una mezcla de ilusión y nervios. Era la oportunidad que tanto necesitaba. Los últimos meses había estado trabajando en el restaurante de mi profesora Claxton como asistente en los cursos, pero por razones personales, ella tuvo que cancelar las clases, dejándome sin empleo.
Guardé la tarjeta y regresé a casa, al departamento que comparto con mi mejor amiga, Aurora. Ambas dejamos atrás nuestro hogar de infancia, el orfanato, para iniciar una nueva vida en la ciudad. Nunca conocimos a nuestros padres ni fuimos adoptadas, pero las monjas nos cuidaron con amor y nos dieron educación, enseñándonos a ser fuertes y autosuficientes.
Al entrar, dejé las llaves en la mesita junto a la puerta y vi a Aurora planchando su ropa en la sala.
-¿A qué se debe esa sonrisa? -preguntó, levantando la vista.
-¡El profesor Midelton me consiguió un empleo como chef!
-¿De verdad? -sus ojos brillaron-. ¡Qué buenas noticias! ¿Cuándo comienzas?
-Aún no lo sé, pero mañana tengo que presentarme en la dirección que me dio el profesor.
-Eres una excelente chef, Kate. Verás que te irá bien.
Noté que estaba planchando una blusa elegantísima, algo raro en ella.
-¿Y tú por qué estás planchando? Pensé que ibas a la tintorería.
-Tengo una presentación importante en la universidad y no me da tiempo.
-¡Buena suerte! Lo harás genial.
Fui a mi habitación, me di una ducha rápida y luego me puse a terminar las tareas. Al rato, preparé algo para la cena. Mientras lavaba los platos, pensaba en el día siguiente y en qué clase de lugar sería. Era como una mezcla de emoción y temor. Terminé de limpiar la cocina y me fui a descansar. Mañana sería un día importante.
************
Miré la tarjeta con la dirección mientras observaba la imponente residencia que tenía frente a mí. Era una casa impresionante, ubicada en lo alto de una colina, rodeada de jardines frondosos y una piscina enorme que reflejaba el cielo. Respiré profundamente, intentando calmarme, y me acerqué a la caseta de seguridad.
-Buenos días, soy Kate Adams y...
-Ah, señorita Kate, pase, por favor. Ya la están esperando.
Me dejó entrar con una sonrisa, y al cruzar el portón, me encontré con una vista aún más impactante. La casa parecía sacada de una película, todo era majestuoso y, a la vez, intimidante. Mientras caminaba hacia la puerta, una mujer mayor se acercó.
-Señorita Adams, soy la señora Clark, la asistente del señor Yilmaz -me estudió con la mirada-. Al venir recomendada por alguien de confianza, el puesto es suyo, pero estará a prueba durante una semana.
Asentí y la seguí en silencio, intentando no mostrar lo nerviosa que estaba.
-El señor Yilmaz es extremadamente exigente, sobre todo con su comida. Aquí tiene su menú semanal -me entregó un documento detallado-. Nada fuera de lo que está aquí. Y todos los ingredientes deben ser exactamente los que él pide. ¿Entendido?
-Claro, señora Clark.
-Solo preparará el desayuno y la cena. Después de eso, podrá retirarse. Si necesita algo, Simon, el asistente de la casa, puede ayudarle. Le dejo trabajar, y recuerde: está a prueba.
La señora Clark se marchó, y finalmente quedé sola en la cocina. Miré el menú con detenimiento. Estaba repleto de detalles, todo debía ser meticuloso.
-Fusilli en salsa marinara y ensalada de sémola de trigo -leí en voz baja-. Bueno, empecemos.
Estaba casi terminando de preparar el plato cuando, de repente, escuché una vocecita a mis espaldas.
-¿Eres la nueva chef del tío Dimitri?
Di un salto y me giré. Había un niño pequeño, de unos seis o siete años, mirándome con curiosidad.
-Creo que sí -le sonreí para tranquilizarme-. Me llamo Kate, ¿y tú?
-Soy Azad Demir.
Azad caminó hacia la isla de la cocina y olfateó el aire, cerrando los ojos.
-Huele delicioso. ¿Qué estás cocinando?
-Pasta y ensalada.
-¿Sabes hacer galletas?
-Las mejores. -Le sonreí, contagiada por su entusiasmo-. ¿Te gustan las galletas?
-Me encantan, especialmente si tienen chispas de chocolate. ¿Me harías unas?
-Azad, no molestes a la señorita; acaba de llegar.
Una mujer de aspecto elegante y una sonrisa cálida apareció detrás de él.
-Perdona a mi hijo, suele ser muy curioso y un poco goloso. Soy Dayana Yilmaz.
-Kate Adams, chef a prueba -respondí, estrechando su mano.
-Tu comida huele increíble, Kate. ¿Te importaría si probamos?
-Claro, serviré los platos de inmediato.
-No te molestes en servir en el comedor. Azad y yo comeremos aquí mismo, ¿verdad, hijo?
-¡Sí, mamá!
Ambos se sentaron en la isla, y les serví la pasta y la ensalada. Mientras ellos comían, aproveché para limpiar los utensilios.
-Kate, tu comida es deliciosa -dijo el niño, masticando con satisfacción.
-Azad tiene razón -añadió Dayana-. Si mi hermano no te contrata, yo misma te llevaré a trabajar conmigo.
-Mamá, ¿puedo venir aquí después de la escuela? -Azad levantó la vista, esperanzado.
-Cariño, tu tío no estará hasta la noche.
-Pero puedo esperar con Kate, ¿verdad? -me miró con ojos brillantes.
-Claro, Azad, me encantaría.
-Entonces, paso por ti en la noche -le dijo Dayana, besando la cabeza del pequeño-. Encantada de conocerte, Kate.
-Igualmente, señora.
-Llámame Dayana, querida.
Cuando se fue, me quedé sola con Azad, quien todavía parecía lleno de energía.
-Azad, ¿alguien más trabaja aquí? -pregunté.
-No, solo la señora Miz, que viene una vez a la semana a limpiar. El tío Dimitri no le gusta que haya muchas personas en casa.
La idea de trabajar en una mansión tan grande, casi vacía, me inquietó.
-Bueno, ¿quieres que hagamos unas galletas?
-¡Sí! -gritó, emocionado.
Pasamos una tarde divertida y desordenada en la cocina. Hicimos galletas, nos reímos, y cuando estuvieron listas, guardamos algunas en un frasco de vidrio para que se las llevara.
Mientras las probaba, Azad sonrió.
-Están deliciosas. ¿Siempre podrías hacerme galletas?
-Claro. Eres un niño muy dulce.
-¿Quieres ser mi amiga?
-Me encantaría.
En ese momento, un hombre entró en la cocina, y mi corazón dio un brinco.
-Hola, Badu -saludó Azad.
-Hola, pequeño. Vine a llevarte a casa. ¿Quieres despedirte de la señorita?
-Nos vemos mañana,Kate.
Asentí, sintiendo la calidez del momento.
Badu se me acercó al despedirse de Bruno.
-Espero que te quedes, Kate. Este mes ya han pasado seis chefs, y ninguno ha logrado convencer al señor Yilmaz.
Mis manos temblaron un poco al escucharlo. "¿Seis chefs en un mes?" pensé.
Había pasado una semana desde que empecé a trabajar en la mansión Yilmaz, y aún no había tenido la oportunidad de conocer al señor Dimitri Yilmaz en persona. Sin embargo, estaba tranquila, ya que había pasado la prueba y finalmente firmado el contrato como chef de planta. Ahora llegaba cada mañana para preparar las comidas del día, incluida la de los empleados, y en las tardes, el pequeño Azad me hacía compañía hasta que su madre o el chofer venían por él.
Esta tarde, tras terminar las preparaciones asignadas y limpiar la cocina, me quedé con ganas de explorar la casa, ya que no había tenido la oportunidad de verla en detalle. Con cautela, me adentré en la sala principal, envuelta en un silencio casi solemne. Los arreglos florales, las piezas de arte y los retratos familiares decoraban el salón con elegancia. Observé con atención los cuadros de una pareja con dos niños, seguramente la familia del señor Yilmaz. Me detuve en una serie de fotos de Azad, en las que estaba junto a su madre y otro hombre que debía ser su padre. También había imágenes de Azad jugando fútbol y en prácticas de artes marciales; el niño parecía tener una vida llena de actividades y amor.
Sonreí y seguí caminando hasta una gran puerta al lado de la sala, que me llevó a una biblioteca impresionante. Los estantes estaban repletos de libros de todo tipo: historia, cultura, finanzas, poesía... Me acerqué y pasé los dedos por los lomos, admirando cada ejemplar hasta que me topé con uno que reconocí de inmediato: El Principito. Tomé el libro y repasé la cubierta con una sonrisa. Siempre había escuchado hablar maravillas de él, pero nunca había tenido la oportunidad de leerlo.
Justo en ese momento, sentí una mano firme sujetando mi hombro, y di un salto, dejando caer el libro al suelo. Me quité los audífonos y me giré, quedando completamente helada al encontrarme con un hombre alto que me miraba con ojos inquisitivos.
-¿Quién es usted y qué hace aquí? -preguntó con voz firme, mirándome de arriba a abajo.
-Le... le pedí disculpas, señor -dije, recogiendo el libro del suelo-. Soy Kate Adams, la chef de planta.
Él me observó un momento, y sus cejas se alzaron ligeramente, como si estuviera sorprendido.
-Pensé que era más... -se interrumpió, mirándome con el ceño fruncido.
-¿Más? -pregunté, confusa.
-Olvídelo -replicó con frialdad, dándose media vuelta y saliendo de la biblioteca sin más.
Me quedé inmóvil por un instante, tratando de procesar el encuentro. Salí del salón, aún con el corazón latiendo con fuerza, y regresé a la cocina, donde observé el reloj. Faltaba poco para mi hora de salida, así que comencé a verificar que todo estuviera en orden, pero el señor Yilmaz apareció nuevamente.
-Necesito que se quede un poco más hoy. Tengo una cena importante y quiero que se encargue de la comida.
-Claro, señor. ¿Tiene algo en mente?
Saco una lista de su bolsillo y me la entregó, mientras tecleaba en su móvil: pasta en salsa Alfredo con lomos de pollo, ensalada griega y, de postre, pay de limón.
-Perfecto. Comenzaré enseguida.
Me puse a buscar los ingredientes en la alacena y preparé todo, desde cortar vegetales hasta sazonar el pollo. Al cabo de una hora, justo cuando estaba terminando, la puerta de la cocina se abrió, y el señor Yilmaz entró de nuevo.
-¿Está todo listo?
-Sí, señor -respondí.
-Bien. Lleve todo a la mesa.
Me quité el delantal, dejándome solo el uniforme de chef, y alisté el carrito con la comida. Al llegar al comedor, vi a su hermana Dayana, al pequeño Azad, a un hombre apuesto que por su gran parecido deduje es el padre del pequeño y a una mujer de aspecto severo, que deduje era su madre.
-¡Kate! -exclamó Azad, corriendo hacia mí y abrazándome-. Te extrañé mucho.
Sonreí y empecé a colocar los platos sobre la mesa, mientras Dayana me dedicaba una cálida sonrisa.
-Kate, qué bueno verte, y qué gusto probar tu comida esta noche. Huele deliciosa.
-Gracias, señora Dayana.
-Así que tú eres la famosa Kate -dijo el hombre al lado de Dayana, poniéndose de pie y extendiendo la mano-. Yo soy Ahmet Demir. Me habían hablado mucho de ti.
Le estreché la mano con cordialidad.
-Es un placer servirles esta noche. Espero que la comida sea de su agrado.
-¿No eres muy joven para ser chef? -comentó de repente la señora, con una expresión de desaprobación.
-¡Mamá! -le susurró Dayana con tono de reproche-. Kate es una excelente chef, y mi hermano decidió quedarse con ella. ¿No es así, Dimitri?
Las miradas se dirigieron al señor Yilmaz, quien me miró por un momento y luego asintió, sin decir nada más.
-Mejor empecemos la cena -musitó seriamente-. Dejemos las preguntas para después.
Tras servir todos los platos y colocar el postre en la mesa, me retiré a la cocina, tratando de calmar mis nervios. No me había pasado desapercibido que la señora Demet, la madre de Dimitri, me miraba con evidente desagrado. Apenas puse pie en la cocina, Badu apareció.
-¿Sucede algo, señorita Kate? -preguntó, mirándome con preocupación.
-Oh, nada. Solo fue un momento tenso en la cena -dije, tratando de sonreír.
-Bueno, el olor tan delicioso me ha despertado el apetito. ¿Podrías servirme un poco?
-Por supuesto, toma asiento.
Le serví un plato, y mientras comía, lo observé. Su rostro reflejaba pura satisfacción, y eso me reconfortó.
Luego de un rato, llevé el postre a la mesa, y al regresar a la cocina, Badu seguía comiendo con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Qué tal estuvo?
-Exquisito, Kate. Eres muy talentosa.
-Gracias, Badu. ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?
-Más de diez años. Conozco bien a la familia Yilmaz.
-¿La señora en la mesa es la madre del señor Dimitri, verdad?
-Así es, la señora Demet. Es un poco... especial.
-Sí, noté que no parecía estar muy contenta conmigo -suspiré, resignada.
-No te preocupes, Kate. La señora Demet es desconfiada, pero suele relajarse después. Y rara vez viene aquí.
-¿Y su esposo?
-El señor Yilmaz falleció hace unos años. Desde entonces, Dimitri y Dayana se encargan de las empresas familiares.
De repente, Azad apareció en la cocina, seguido de sus padres. Se acercó a mí y me abrazó.
-Mis papás me han dejado quedarme contigo mañana. ¿Podemos hacer galletas de jengibre?
-Por supuesto, aquí te esperaré.
Mientras todos se despedían, Dayana se volvió hacia mí.
-Gracias por la comida, Kate. Me alegra que mi hermano te haya contratado, y espero que estés en la vida de Azad por mucho tiempo.
-Así será, señora Dayana.
Poco después, el señor Yilmaz apareció en la cocina y me miró fijamente.
-Gracias por la cena. Ya puedes retirarte.
Asentí, tomé mi bolso y salí de la mansión, tomando un taxi de regreso a casa. Al llegar, encontré a mi amiga Aurora tomando té en la sala.
-¿Por qué llegas tan tarde? -preguntó con curiosidad.
-Tuve que preparar una cena para la familia del señor Yilmaz.
-¿Al fin conociste a tu jefe? ¿Qué tal es?
-No es un "señor" precisamente; es un hombre bastante joven -dije, recordando su presencia imponente.
-¿Y guapo?
Me quedé en silencio, recordando su rostro serio y sus ojos penetrantes. A pesar de su frialdad, había algo intrigante en él.
-¡Tú silencio lo confirma! -rió Aurora.
-No he dicho nada.
-Internet ya me lo confirmó -dijo, mostrándome una foto de Dimitri Yilmaz en su móvil-. Vaya, es un hombre atractivo.
-Iré a dormir antes de que empieces con tus locuras. Nos vemos mañana.
Estaba a punto de dormirme cuando Aurora entró en mi cuarto, con el rostro desencajado.
-¿Qué ocurre?
Me pasó su teléfono.
**Noticia de último**
TRÁGICO ACCIDENTE DE LA FAMILIA YILMAZ
La empresaria Dayana Yilmaz, su esposo Ahmet Demir y su hijo, el pequeño Azad Demir, sufrieron un grave accidente al sur de la ciudad hace unos minutos. Hasta el momento, se ha confirmado que el esposo de la empresaria falleció en el lugar, mientras que Dayana y Azad se encuentran en estado crítico, luchando por sus vidas en un hospital privado de la ciudad.
Siento un nudo en la garganta al leer la noticia. Mis manos comienzan a temblar, y una lágrima, que no soy capaz de contener, resbala por mi mejilla. Mi vista se nubla, y la pantalla del teléfono se vuelve borrosa mientras me esfuerzo por procesar lo que acabo de leer.
La imagen de Azad, siempre lleno de vida, riendo a mi lado en la cocina, aparece en mi mente. Mi pecho se contrae con fuerza, y siento como si el aire me faltara. Me aferro al borde del sofá, sin saber qué hacer. La idea de que su vida y la de su madre están pendiendo de un hilo me llena de una angustia que no puedo describir.
-No puede ser... -susurro en voz baja, sin saber si me hablo a mí misma o a Aurora, que me observa con expresión de preocupación.
Aurora se acerca y coloca una mano en mi hombro, pero yo apenas la siento. La noticia sigue repitiéndose en mi mente como un eco, una y otra vez. Me esfuerzo por mantener la calma, pero el dolor y el miedo me consumen...
Las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia, apagándose y encendiéndose como el eco de mis propios pensamientos. Había subido a la azotea buscando un respiro, un lugar donde nadie me exigiera nada, donde pudiera simplemente observar desde la distancia y sentirme en paz. Pero ese pequeño instante de tranquilidad se esfumó demasiado rápido.
Ella apareció.
No podía entender por qué sus ojos me habían capturado de esa forma. En ese breve intercambio, durante la reunión, vi algo que me desconcertó. Dolor, sí, eso era evidente, pero también algo más profundo. Una intensidad que reconocí de inmediato, porque alguna vez yo también me había sentido así. Esa mirada de alguien que sigue de pie solo por pura resistencia, como si estuviera luchando contra una tormenta de la que no tiene escapatoria.
Apreté la mandíbula, sintiendo una frustración inexplicable conmigo mismo. Había aprendido a levantar muros, a mantener la distancia, a no dejar que nada ni nadie se acercara lo suficiente para derribarme. Pero esa mujer... Ivanna. Había logrado colarse por una pequeña grieta que ni siquiera sabía que existía.
Sin pensarlo demasiado, me acerqué. Las palabras salieron de mi boca antes de poder detenerlas. -No esperaba encontrar a nadie aquí -le dije, tratando de sonar neutral.
Ella se sobresaltó, pero rápidamente intentó disimularlo. -Solo necesitaba un momento de tranquilidad -me respondió, y aunque su voz era calmada, noté el temblor en sus palabras.
Algo en su respuesta me removió. Podía reconocer fácilmente cuando alguien intentaba ocultar sus debilidades; después de todo, yo lo hacía cada día. Y sin embargo, con ella, me vi impulsado a ser honesto, o al menos, directo.
-La tranquilidad es escasa en este lugar -comenté, dando un paso más, mirándola fijamente-. Pero en tus ojos veo dolor, no tranquilidad.
Ella apartó la mirada, y sentí una punzada de arrepentimiento. Tal vez había sido demasiado brusco, demasiado sincero. No era mi intención exponerla así, ni hacerla sentir vulnerable. Lo que yo decía, o hacía, normalmente no me preocupaba. Pero esta vez... me inquietaba.
-Disculpe, debo marcharme -dijo ella con prisa, sin mirarme, y se dio vuelta para salir.
La observé mientras se alejaba, y algo dentro de mí quiso detenerla, pedirle que se quedara, que me contara por qué llevaba esa tristeza en la mirada. Pero no lo hice. No era mi papel. Después de todo, no soy alguien que escuche historias ajenas ni que se apiade de los demás. Durante años, me he mantenido a distancia, aislado por elección y necesidad. Con mi propio dolor tenía más que suficiente, ¿qué sentido tenía cargar con el de otra persona?
Sin embargo, algo en ella... Esa fragilidad oculta bajo su máscara de fortaleza... Me había removido algo, algo que pensaba haber enterrado hacía mucho tiempo.
Me apoyé en la barandilla de la azotea y dejé escapar un suspiro. Quizás esta ciudad era demasiado pequeña para ambos. Tal vez el destino había cruzado nuestros caminos con algún propósito, aunque yo nunca había creído en ese tipo de cosas.
Lo único que sabía, con certeza, era que esos ojos me seguirían rondando la mente mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
****
-No tienes ni una pizca de emoción por tomar el lugar de tu padre -murmura Marlon, mirándome con cierta frustración-. ¿Qué más tengo que hacer para sacarte de ese pozo? He intentado de todo y nada parece alcanzarte.
Mis pensamientos están muy lejos de él, enredados en la imagen de esa mujer, en su mirada. ¿Cuál era su nombre? ¿Dónde en esta empresa trabaja? No pienso dejarlo como una duda pasajera.
Levanto el teléfono de mi escritorio y, sin responder a Marlon, pido a mi asistente que entre de inmediato.
-¿Acaso no tienes intención de escucharme? -gruñe Marlon.
Antes de responderle, mi asistente entra rápidamente en la oficina.
-Señor Carter, ¿en qué le puedo ayudar?
-Organiza un recorrido por todos los departamentos -ordeno, sin rodeos-. Quiero conocer a cada jefe de departamento y a su personal.
Mi asistente titubea.
-Claro, ¿para cuándo lo programo?
-Ahora mismo.
Ella asiente con un leve destello de sorpresa, pero lo oculta enseguida y se apresura a salir para organizar todo. Me levanto de mi asiento, tomando el móvil mientras Marlon me sigue.
-¿De verdad necesitas ver cada rincón? -pregunta, con una sonrisa irónica-. Supongo que será entretenido ver cómo se te eriza la piel cada vez que alguien intenta hablar contigo.
Le lanzo una mirada gélida antes de responder.
-Veamos si puedes mantener el ritmo, Marlon.
Recorremos departamento tras departamento, y comienzo a perder la esperanza. Quizás fue un error. Quizás ella no trabaja aquí después de todo. Solo quedan dos secciones, y he empezado a aceptar que tal vez esta búsqueda no tenga sentido.
-Este es el departamento de producción, señor Cárter -anuncia mi asistente-. Aquí está a cargo la señora Regina Smith, junto a sus asistentes.
Regina, una mujer de mirada astuta, extiende la mano con un gesto de respeto.
-Es un placer conocerlo finalmente, señor Cárter. Bienvenido.
-Gracias, señora Smith. -Hago una pausa, y luego agrego-: Me gustaría conocer a todo el personal de su equipo.
-Por supuesto, por aquí -dice, guiándonos hacia el salón de producción.
Al abrir la puerta, mis ojos captan al instante una cabellera ondulada que cae sobre unos hombros firmes. Ella está ahí, de pie junto a otra mujer de cabello rizado, y sus ojos se encuentran con los míos, ampliándose un poco como si también me reconociera. Algo en su mirada se tensa y, sin embargo, no puede apartarla.
-Ellas son Lucero Montoya e Ivanna Fletcher, mis asistentes de producción.
Lucero me da un apretón de manos rápido y nervioso, pero cuando Ivanna extiende la suya, apenas me sostiene la mirada, enfocando sus ojos en algún punto del suelo. Su mano es suave y ligeramente fría al tacto. Un escalofrío atraviesa su piel y veo cómo un rubor sube por sus mejillas, tiñéndolas de un rosa suave.
Un leve carraspeo detrás de mí rompe el momento. Marlon, siempre inoportuno. Ivanna suelta mi mano y da un paso atrás, intentando recomponerse.
-¿Trabaja aquí hace mucho tiempo, señorita Fletcher? -pregunto, ignorando la incomodidad de Marlon.
Su voz es apenas un susurro.
-Llevo solo un mes, señor Cárter.
Esquiva mi mirada, como si tuviera un secreto que teme revelar. Siento una inexplicable necesidad de saber más, de entender qué hay detrás de esos ojos que han capturado mi atención de forma tan inesperada. En su postura hay una mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que despierta algo en mí, algo que me creía incapaz de sentir.
-Bienvenida, entonces -murmuro, con una suavidad que me sorprende incluso a mí mismo. Ella levanta la vista un instante, y en esa fracción de segundo siento que algo se establece entre nosotros, algo que no había sentido en mucho tiempo.
Asiente y vuelve a enfocar su mirada en el suelo, como si el peso de nuestra breve conexión fuera demasiado para sostenerlo.
Marlon se mueve incómodo a mi lado.
-¿Seguimos, Aziel?
Sin mirar atrás, asiento. Pero mientras camino hacia la salida, siento que una parte de mí se ha quedado en esa sala, anclada a esa mirada profunda y a esa inexplicable conexión que me inquieta más de lo que quiero admitir...