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Juego de Ajedrez

Juego de Ajedrez

Autor: : Selinne Boicci
Género: Romance
Dos muchachos, famosos jugadores de ajedrez, que conviven con el malvado señor Hamilton, quieren liberarse de su tortuoso secuestro. El raptor les propone un juego, una competencia dónde solo uno podrá ganar. Solo uno podrá ganar su libertad. Pero cuándo los sentimientos afloran, la rivalidad se convierte en un castigo.

Capítulo 1 La campeona de Ajedrez.

Introducción

¿La vida es cómo un juego de ajedrez? Yo digo que en parte no. No en esta sociedad herida, líquida. Dónde cada uno crea sus propias reglas para ganar, así eso signifique pisar a los demás. Dónde cada uno se toma la "libertad" de decidir qué está bien y qué está mal. Dónde los inocentes son lastimados, y a eso otros lo llaman ganar.

Pero hay algo seguro. El Rey y su Reina... La Dama y el peón... al final del juego todos son guardados en el mismo cajón.

Y así comienza nuestra historia...

La más reconocida campeona adolescente de ajedrez, una pequeña mujer delgada de cabello cobrizo, sentada frente a su contrincante. Alexandra se encuentra en Jaque Mate. Elizabeth Hamilton ha ganado el juego. Alexandra tiene 16 años, su reacción es llorar, está triste, ha perdido un premio de cien mil dólares. No saldrá en las revistas y no le traerá buenas noticias a sus padres. Alexandra Burgoise ha quedado en segundo lugar. Elizabeth se muestra fría e indiferente ante su sufrimiento. Recuerda unas fuertes palabras, "el segundo en ganar es el primer perdedor". Todos le aplauden. Ella no sonríe. Tampoco llora. Y debería llorar de alegría como mucho. Pero las comisuras de sus labios no se elevan ni en lo más mínimo. Está totalmente inexpresiva. Gritan su nombre, "LIZZIE, LIZZIE, LIZZIE, LIZZIE", pero Elizabeth solo se retira de la mesa. Sabe que muchos han apostado por ella. Y ahora es hora de volver a casa.

En un auto con las ventanas hasta arriba, completamente negras, nadie puede verla en los asientos traseros. Va acompañada de Daniel, quién está a su lado tan rígido cómo una piedra. El auto va a una velocidad tan grande. Elizabeth piensa, imagina cómo sería poder abrir la puerta del auto y lanzarse, morir. Pero todo está protegido. Mira con rabia al hombre que conduce. Él puede verla por el retrovisor.

- Hija, anímate. Has vuelto a ganar. Más tarde voy a pedir donas rellenas con chocolate para los ganadores.

Elizabeth no responde.

- ¿Qué se dice?

Elizabeth se enfada.

- Si esperas que vuelva a darte las gracias, puedes acelerar el auto para presionarme y que lo diga. No lo diré y los tres estaremos muertos.

Mala elección de palabras. Porque al llegar a la casa, en un lugar apartado de la ciudad, la descortesía le costó a Elizabeth dos bofetadas. Tres bofetadas. Diez bofetadas y todo esto sumado. Esa noche no hubo donas para Lizzie. Sabía dónde tenía que dormir, en el sub sótano oculto de la casa. Daniel preocupado por Lizzie, sabía que llevaba seis días sin comer, solo tomando bebidas energéticas. Hizo el método Koala. Se metió todo el pan en la boca, sin masticar y se fue a golpear al señor Hamilton, el cual lo mandó al sub sótano con el pan dentro de sus mejillas.

Fue hasta dónde Lizzie y le dio el pan, que si bien esto era algo asqueroso, los dos hacían lo posible por sobrevivir, a toda costa.

- El miércoles tienes otra competencia. Tienes que comer.- Susurró Daniel.

- Francamente, no quería llegar al miércoles.

- Pero tienes que sobrevivir. Tú misma lo dijiste, que harías lo posible por ganar este juego. ¿Lo olvidas?

Elizabeth guarda silencio. Se encuentra recostada en el suelo, apoyando sus hombros sobre una caja fuerte.

- Gracias por el pan. Realmente, ojalá no fuéramos rivales. En otras circunstancias podríamos haber sido buenos amigos.

- Pues por ahora somos hermanos. Hasta que uno de los dos gane y sea libre.

- Duerme.

- Sueña bonito, Lizzie.

Lizzie se echó sobre un cartón y durmió. En sus sueños podía recordar quién había sido una vez...

Anya Ramirez, tenía cinco años de edad y todavía no sabía hablar. Era 1945. Sus padres estaban divorciados. Su madre, Saoirse (cuyo nombre se pronuncia Sorscha) estaba profundamente deprimida. Había tomado muchas pastillas una mañana de lunes, cuándo iba a llevar a su hija con un especialista. Anya era completamente muda. Su madre estaba muy dopada por la medicación, no sabía por dónde conducía, no veía nada. En un estacionamiento hizo una parada y durmió. Durmió profundamente. Horas y horas. No sabía que un hombre la vigilaba desde hacía ya rato. Se estacionó a su lado con su camioneta, tocó la corneta, se bajó del auto, tocó el vidrio de la señora Saoirse. Pero no respondía. El hombre vio a la pequeña niña de cabellos castaños, y piel pálida cómo el papel. Le pareció hermosa. No dudó en tocar el vidrio de la pequeña, quien bajó la ventana. Él le preguntó su nombre. Ella no respondió. Él abre la puerta y se lleva a la niña a su camioneta, quien llora, pero su madre no puede escucharla.

Anya fue llevada hasta un centro dónde varios niños estaban siendo evaluados. Era cómo una sala de juegos de kinder. Había juguetes, maquillaje para niñas, pero a Anya le llamó la atención una caja que contenía un tablero de cuadros, piezas de caballos, peones, damas... Era cómo el ajedrez que jugaba con su padre. Se puso a ordenar las piezas sobre el tablero. El hombre que se la había llevado tenía contactos con clientes, unos estaban interesados en los órganos de los niños, otros querían esclavos. Había llegado otro niño de siete años que se puso a jugar contra Anya. El tipo en cuestión (pues no se merece otra forma de llamarlo) era un obsesionado con el ajedrez. Era el señor Hamilton. Frustrado porque lo eliminaron de los campeonatos, vetado por drogarse para jugar. El señor Hamilton creyó ver una nueva luz. Si estos niños eran tan talentosos cómo él lo percibía, podría revivir (a través de ellos) sus momentos de victoria, entrenarlos para ganar millones y millones de dólares. Ya todo estaba planeado. Esos dos pequeños no morirían descuartizados (no por ahora), si las cosas iban bien, serían sus jugadores de ajedrez. Los bautizó Elizabeth y Daniel Hamilton. Creó documentos falsos. Y se fue hasta una isla cerca de Estados Unidos, en un hogar acomodado. Se fue mudando de sitio a sitio según fuera conveniente.

Lizzie aprendió inglés, cuándo se suponía que debía haber hablado primero español. Pero lastimosamente, no se sabía ni su nombre verdadero. Estaban obligados a llamar papá al señor Hamilton. Al principio ellos cedían en todo sin el menor reproche. Estaban acostumbrados a hacer todos los quehaceres de la casa y no hablar con nadie que no fuera miembro de la familia Hamilton.

El año 1950, Lizzie tenía 10 años. Daniel 12. Ya estaban cansados. Ganaban sus primeros campeonatos infantiles de ajedrez. Entrenaban horas y horas. Le pidieron al señor Hamilton poder irse de la casa. Daniel estaba muy decidido a independizarse con doce años. El señor Hamilton sonrió y les propuso un nuevo juego:

- Estas son las reglas. 1, El que intente escapar se va a quedar conmigo por siempre. Número 2, tienen que acumular la mayor cantidad de dinero posible en los juegos de ajedrez. Y solo ajedrez, no se vale dinero de vender chicles. Así que esfuércense. 3, cuándo todos tengan la mayoría de edad, es decir, Lizzie dieciocho y Daniel veinte, el que haya recolectado más dinero para esa fecha, gana su libertad. El otro se queda.

Y desde allí, los dos compitieron y compitieron con las ansias de ser libres.

1955, Elizabeth ya era la más reconocida campeona adolescente de ajedrez, una pequeña mujer delgada de cabello cobrizo teñido. Quince años.

Daniel, de diecisiete, era el segundo mejor jugador adolescente. Cada noche recuerda unas fuertes palabras del señor Hamilton, "el segundo en ganar es el primer perdedor".

Capítulo 2 Miedo.

Cuándo la señora Saoirse se despertó, eran las doce de la media noche. Un policía pasaba cerca, se estacionó con su coche de policía al lado de la señora que estaba alarmada por la noche oscura. Tocó su corneta y llamó al oficial. Se bajó de su auto y le preguntó:

- ¿Sucede algo, señorita?

- Soy señora, la señora Saoirse Ramírez...bueno, era, ahora soy solo Saoirse Duran... Eh- tartamudeaba la mujer-...temo que no sé dónde estoy.

- ¿Hacia dónde se dirigía?

- Eh...iba a llevar a mi hija, Anya a un especialista, es muda...c-creo que se-se quedó...dormida...

La mujer se dio cuenta de que estaba parada frente a un club dónde se oía música a todo volumen. De la puerta principal salía un hombre borracho persiguiendo a una mujer en minifalda y tacones.

- Señora, este no es lugar para una mujer.

- ¡Para un hombre tampoco! ¿Cómo diablos he llegado hasta aquí?

Saoirse se volteó y no vio a su hija. Se puso a gritar.

- ANYA, ¡ANYAAAAAAA!

- SEÑORA DURAN, POR FAVOR CÁLMESE.

Pero Saoirse no paraba de llorar y gritar.

En la comisaría el oficial llevó a Saoirse. Un compañero se reía.

- ¡Oficial Peters! ¡Viene con una novia!

Saoirse lloraba.

- No estamos para bromas, Alan, debo hablar con el jefe.

El oficial Peters hablaba con su superior.

- George Peters, ¿dice que la encontró en ese club?

- Así es, señor. No sabe cómo llegó allí.

- ¿Y usted qué hacía rondando por esos lugares tan vulgares?

- Mire, eso no es asunto suyo. El punto es que ella tiene una hija y ha desaparecido.

Era el turno de la entrevista a la señora Duran.

- ¿Toma usted drogas?

- No...bueno. Tomo medicación...

- ¿De qué está enferma?

- De la mente.

- ¿Es esquizofrénica?

- Tengo depresión.

- ¿Entonces, está loca?

Saoirse se quedó callada y comenzó a llorar.

- Describa a su hija.

- Muy blanca, cabello castaño, ojos cafés...

- ¿Cómo iba vestida?

- Un vestido azul con flores verdes...o unas hojas verdes... unos zapatitos negros, medias blancas...

La señora Saoirse sacó una foto de su bolsillo. Estaban Anya y su padre.

La niña fue buscada por todos lados, cinco años después de desaparecida, se le dio por muerta. Legalmente, Anya Ramírez ya no existía.

Saoirse estaba atormentada. No podía perdonarse el haber perdido a una hija. Se sentía estúpida, la peor madre del mundo. Le había fallado a su marido, quién no soportaba su mal temperamento.

Josué Ramírez, estaba de duelo por la pérdida de su hija. Sentía que le había fallado a su esposa por dejarse llevar por su falta de paciencia. Vivía solo en un pequeño apartamento. Conservaba una foto de su día de boda. Apenas se habían conocido antes de casarse. Después de convivir como su marido, se dio cuenta de que su mujer tenía serios problemas emocionales, o quizá de actitud o carácter. Pensaba que sencillamente ella no quería hacer las cosas bien, que no se entregaba lo suficiente. Que lo odiaba y por eso a veces estaba de buenas y a veces se comportaba cómo una loca histérica que empezaba a insultar sin razón. El señor Ramírez había perdido el juicio y no quedó bajo la tutela de la niña. Cinco años después, cuándo dieron a su primogénita por muerta, quiso volver a saber de su ex.

Pero resultó ser que durante esos cinco años, Saoirse se volvió loca. Dejó los medicamentos por completo. Era adicta al alcohol. Vestía cómo un mamarracho. Y ahora vivía con el oficial George Peters.

Pasados los diez años de la desaparición de Anya... Se supo de la campeona de ajedrez que causaba sensación en los campeonatos de Europa. Habían grabado segmentos de un campeonato. Era noticia. Georgie, el hijo del señor Peters y Saoirse, veía la televisión. Aquél instante, Saoirse, borracha y molesta le dijo a su pequeño hijo:

- Apaga ya esa basura.

Saoirse vio borrosamente el perfil de su hija, pero no la reconoció.

Ahora Elizabeth Hamilton dormía en el suelo de un sub sótano. Ya había amanecido. Se levantó del cartón gritando asustada. Daniel ya estaba despierto. Elizabeth tenía los nervios de punta. De seguro el señor Hamilton la había escuchado y se dirigía a darle una paliza. Elizabeth lloró. Daniel no supo qué hacer. Llegó el raptor, y le dió una bofetada tan grande a Lizzie, que se cayó al suelo.

- ¡Levántate, idiota!

Elizabeth apenas podía ponerse en pie. Daniel veía la escena con tanta indignación, se mordía los labios tan fuertemente que le sangraban. Sus ojos se llenaban de agua, soltó un gemido.

- ¿¡Qué te pasa a ti, llorica?! A ti no te estoy pegando. Sé un hombre. Madura y deja de gemir por tu hermana. Escoria llorica.

Elizabeth sentía mucha ira. Su mirada lo reflejaba. De pronto su agresor se volvió tierno y se dirigió con dulzura a Lizzie.

- Hoy tienes entrevista, mi niña. Vas a ser maquillada.

- Si me maquillan descubrirán que tengo moretones en la cara, que tengo el labio roto, que me falta un diente...

- Ya entendimos, cariño.

- A menos que me maquilles tú, que por cierto, maquillas horrible, padre.

- Ya pensé en eso. Mi novia se va a encargar de ti.

Elizabeth estaba dudosa. ¿Una novia, el señor Hamilton?

Vanessa Lake, era una maquillista profesional. Tenía su propio salón de belleza. Lizzie fue llena de base de maquillaje y corrector, y al estar frente al espejo veía su cara, la cuál no reconocía, pocas veces se había visto al espejo en su vida. Lake la trataba con ternura.

- Vas a quedar radiante, mi amor.

Lizzie se preguntaba, ¿Vanessa sabía lo que el señor Hamilton estaba haciendo?

Vanessa la desmaquilló y se sorprendió al ver su rostro, morado, rojo y negro. Ella estaba perpleja. Se llevaba las manos a la boca. Lizzie se miró.

- Soy horrible.

No dijo que estaba horrible, dijo que era horrible. Pues se sentía cómo la mayor basura del mundo. Estaba segura de que era un horrible monstruo. Sus ojos lloraban tristes. Una chispa se prendió en ella, miró a Vanessa y esperanzada le preguntó:

- ¿Usted sabe lo que me están haciendo? ¿A mí y a Daniel?

- No cariño, ¿de qué hablas?

- Entonces, no lo sabe...- dijo llorando con más esperanza de que ella pudiera ayudarla.

- Querida, cálmate, con maquillaje te verás mejor.

- Usted no entiende.

Lizzie susurraba.

- El señor Hamilton no es mi padre. Fui raptada. Mi hermano en realidad es otro chico raptado. Dormimos bajo un sótano, no tenemos cama, estamos obligados a jugar ajedrez.

Lake solo asentía, y le seguía la corriente a Lizzie.

- ¿Usted va a ayudarnos?

- Querida, si es necesario, llamaré a la policía.

- ¿Cuántos golpes más necesito recibir para que sea un asunto policial?

- Em...no lo sé.

- Mire, seguro tengo más en la espalda. Y si no son suficientes, puedo hacer enojar a papá. No es muy difícil. Pero por favor, necesito ayuda...- pensó un poco más- necesitamos.

- ¿Cómo te llevas con tu hermano?

- Bien. Él es muy bueno conmigo. Lo quiero cómo a un hermano...

- ¿Y no pelean?

- De niños peleábamos. Por el pan, por ganar, por el cariño de papá...luego nos dimos cuenta de que todo era más llevadero cuándo nos tratábamos bien, apoyándonos. Pero aún así sabemos que somos rivales...es complicado.

- Vale. Tengo contacto con una psicóloga. Es una experta en el tema de las autolesiones, el amor propio, y las peleas familiares.

Vanessa terminó de rizar el cabello de Lizzie. Se miraba al espejo.

- Luces hermosa.

Lizzie lloró. Ya lo comprendía. No contaba con la ayuda de nadie.

Recordó años atrás, cuándo jugaba en los campeonatos. Miraba fijamente al jugador que tenía frente a ella. Movía sus labios. HELP- ME. El jugador apartaba la mirada. La ignoraba. Llegado el momento de la desesperación, ella susurraba.

- Estoy obligada a estar aquí. No quiero ganar. Me raptaron. Por favor, llama a la policía.

El jugador temblaba. Se asustaba y finalmente perdía el juego. Pero no llamaba a nadie. Por si fuera poco, el señor Hamilton la observaba fijamente y al percatarse que pedía ayuda, le daba unos buenos golpes.

- ¡REGLA NÚMERO UNO! NO INTENTAR ESCAPAR. SI PIDES AYUDA, DEBERÁS SER CASTIGADA SEVERAMENTE.

Lizzie sería entrevistada. La verían en la tv. Y no podría pedir ayuda. Eso no serviría de nada.

Lizzie llega a la sala de un estudio de televisión. Cuándo todo está preparado, el presentador habla:

- Y aquí tenemos a Elizabeth Hamilton. Una estrella del ajedrez. Solo tiene quince años, y ya ha ganado numerosos premios. Tiene un hermano ajedrecista que también se desempeña muy bien. Y su padre es ex-jugador. ¡Notablemente, estos chicos lo llevan en la sangre!

El entrevistador sentado al lado de Lizzie la mira con una sonrisa.

- Todos sabemos que eres una campeona, Elizabeth, o Lizzie, que es cómo tu público te apoda. Algunos te llaman Queen Lizzie. Pero realmente, queremos saber quién es Elizabeth Hamilton.

Elizabeth buscaba con la mirada a su raptor. No estaba presente. Pero le angustiaba, sentía que podía leer su pensamiento, sentía que estaba siendo vigilada.

- Pues...yo... Me gusta mucho el ajedrez. Recuerdo que solía jugarlo con mi padre. Tenía cuatro años.

- ¡Wow! Interesante. Pocas personas pueden recordar su vida a los cuatro años de edad. Y dinos, ¿qué más recuerdas de tu infancia?

- Recuerdo...que era muy feliz. Mi padre me amaba demasiado. Cuándo mi mamá se alteraba, tomábamos distancia, y jugábamos una partida de ajedrez. Él me enseñó las reglas. Solo era un aficionado, pero... le apasionaba el juego.

- Pero Lizzie, tu padre no era un aficionado. Jugaba en los campeonatos de ajedrez.

- Claro, claro. Cierto.

- ¿Y qué nos cuentas sobre tu madre?

- Pues...ella me quería mucho. Pocos recuerdos tengo de ella. Si sé que era muy triste. Pero la extraño.

- ¿Y qué pasó con la señora Hamilton?- preguntaba el entrevistador maravillado.

Nadie sabía nada sobre si el señor Hamilton tuvo mujer o no. Lizzie se dio cuenta de que estaba en un aprieto. No sabía qué decir.

- ¿Estaba tu padre, el señor Hamilton, casado con una mujer? ¿Qué sucedió con ella?

- Yo...yo...no lo sé...

Lizzie temblaba. Sus labios palpitaban. Sudaba frío.

- Bueno, cuéntanos de tu hermano.

- Lo amo. Y aunque está perdiendo, a veces deseo que sea él quién gane este juego. Es un hombre muy bueno.

- Perdona, ¿cuál juego?

Lizzie se privó en llanto.

- Oh, Lizzie. ¿Qué sucede? Bueno. Creo que eso es todo por hoy. Gracias por esta emotiva entrevista.

Elizabeth estaba petrificada del miedo. Sintió frío de muerte en su corazón. Pedía, rogaba, imploraba a Dios que se llevara su alma, que la Tierra se la tragara...

Elizabeth tenía miedo. Mucho miedo.

Capítulo 3 Hambre y gula.

El señor Hamilton halaba de los cabellos a Elizabeth, estaba alterado. Ella gritaba y se agarraba la cabeza, sentía que iba a perder el cuero cabelludo. Gritaba por auxilio, pero estaba en el sub sótano secreto. ¿Quién iba a escucharla?

- ¡¿Cómo se te ocurre?! HABLAR DE TU MADRE.

- ¡Lo siento! ¡Por favor, tenga clemencia!

La arrastró y le apretó el cuello, ella estaba contra la pared tratando de soportar un rato de tortura, no respirar...

- ¿Quieres saber de tu estúpida madre?

- Sí- susurró Lizzie.

- Ella nunca te quiso. No le importas. No le importas a nadie en el mundo. Estás sola. ¿Entiendes? Solo me tienes a mí, nadie te querrá tanto como yo. Y eres muy valiosa, cielo.

Cuándo Lizzie ya no podía seguir, y casi perdía el conocimiento, el raptor le soltó el cuello, ella caía, y el la sostuvo en sus brazos y la abrazó. Aquél hombre se volvió dulce y melancólico.

- Mi niña. Eres mi campeona de ajedrez. Te necesito tanto... Y pensar que en unos años podría vivir sin ti. No te preocupes ni te tortures más por la entrevista. Papá lo va a arreglar.

Lizzie correspondió el abrazo casi desmayada.

- ¿Es cierto? - lloró la pobre.

- ¿Qué cosa, cielo?

- Que mi madre nunca me quiso.

- Tu existencia la hacía muy infeliz. Le amargaba la vida. Era un ser lleno de odio. Deprimida y repugnante. No te valoraba. No te deseó nunca.

- Entonces- susurró Lizzie con la voz entrecortada - Todo lo que recuerdo de ella... los abrazos... La comida...

- Ese fui yo. Estás confundida mi amor. ¿Hueles eso?

Había un olor delicioso arriba. Lizzie quería comer.

- Es pizza. Pedí pizza para ti y para Daniel.

Arriba, los tres comían pizza. Tenían pepperoni, anchoas, champiñones, aceitunas, maíz, salchichón, jamón serrano, chorizo, queso crema... Los dos comían con mucha hambre. Estaban deliciosas las pizzas. Eran gruesas, bien rellenas de salsa de calidad. También bebían refrescos deliciosos.

- No les doy licor porque no son mayores de edad.

Y el señor Hamilton soltó una carcajada. Los dos chicos reían, se veían muy contentos. Si cualquiera los hubiera visto, pudiera haber pensado que eran una familia real.

- Qué bueno es usted. - dijo Elizabeth.

- Gracias por la comida. Está muy buena.- añadió Daniel.

- Esperen, hay postre. Un brownie.

El señor Hamilton abrió una caja. Tenía una torta de chocolate, con mucho chocolate derretido, más una lluvia de chispas de chocolate.

- ¡Gracias! ¡Se ha pasado de bondadoso con nosotros hoy, señor...padre!- exclamó Lizzie.

- ¿Puedo picarlo entre tres? - preguntó Daniel.

- Un momento, chicos.- Dijo el hombre cerrando la caja - Solo hay postre para quien se termine su comida.

Lizzie y Daniel miraban la enorme mesa. El señor Hamilton había comprado decenas de cajas de pizza.

- Cómanse las pizzas.

- Esas pizzas son más grandes que nosotros, señor.- dijo Elizabeth.

- Podríamos comer unos pedazos más y dejar espacio para el postre, pero no podemos comernos todo eso- comentó Daniel.

- Bueno- suspiró el raptor-, parece que tendrán que vomitar si quieren seguir comiendo.

- Señor Hamilton, ¡Eso no está bien!- exclamó Lizzie.

El señor Hamilton clavó el cuchillo en la mesa con agresividad. Se puso de pie y miró a los chicos enojados. En especial a Lizzie.

- ¿De dónde sacas tú que eso está mal?

- Me lo dice mi conciencia.

- ¿Tu conciencia? ¿Es que lees catecismo o algo?- empezó a burlarse - Siete pecados capitales, nananai, soberbia, nananai, gula...

Lizzie miró hacia abajo.

- ¡Cómanse las pizzas!

Daniel golpeó la mesa.

- ¡No queremos!

- ¡Pues me las comeré todas yo, entonces!

- Allá usted, señor Hamilton.- dijo Lizzie tratando de mantener la serenidad- Si quiere cometer tal pecado, cuándo hay tantos niños pasando hambre... no podemos obligarlo a no cometer tal atrocidad.

El señor agarró la caja, la abrió. Con sus manos agarraba los pedazos del pastel. Empezó a devorarse el brownie frente a los dos. Lizzie soltó una lágrima. Sintió pena por su raptor. El hombre se chupaba los dedos. Se comió el postre él solo.

- Se quedaron sin postre. Y sin comer durante una semana.

- No castigue a Daniel- habló Elizabeth -. Fui yo quién empezó esta disputa. Él es inocente.

El señor se molestó y se abalanzó sobre Lizzie, de inmediato, Daniel hizo algo temerario, queriendo defender a su compañera. Golpeó al raptor, la separó de Lizzie, le dio un montón de puñetazos en la cara. Lo pateó. Arrancó el cuchillo de la mesa y lo amenazó, el hombre le dio una patada tal, que el cuchillo salió disparado, y casi le caía a la pobre Lizzie, quién se quitó de en medio para no resultar herida.

Alguien tocó la puerta. El señor Hamilton cogió de los cabellos a los dos chicos y los mandó al sub sótano secreto. Recogió el cuchillo y acomodó todo para que no se notara que hubo una disputa. Se metió un pedazo de pizza en la boca y fue a abrir. Había un oficial al frente y otros hombres bien vestidos. Algunos de la prensa, otros psicólogos. Él los invitó a pasar. El oficial se sentó en el sofá, otros policías revisaban la casa.

- ¿Ha pasado algo? Espero que no sea nada malo. - Dijo Hamilton mirando al oficial.

- ¿Usted es el señor Harvey Hamilton?

- Sí, así es.

- Vale. El ex- campeón de ajedrez descalificado por tomar drogas... Mire... un hombre de la prensa lo ha seguido hasta acá.

- ¿ Por qué? ¿Un paparazzi?

- Algo así. Se regresó extrañado al ver que usted vivía en medio de la nada. Su casa no es una urbanización, o un edificio...es una casa aislada, en un terreno lejos de los mercados, los centros, los hospitales... Queríamos hacerle unas preguntas sobre sus hijos.

- ¿Lizzie?

- Elizabeth y Daniel Hamilton.

Un artista retrataba al señor Hamilton.

- ¿Cuándo nacieron sus hijos?

- Elizabeth 11 de Junio de 1940. Daniel, primero de septiembre de 1938. - respondió Hamilton sin titubear.

- ¿Quién es la madre de sus hijos? ¿Estuvo casado?

El señor Hamilton sabía que podían hacerles pruebas de Adn a sus hijos y verificar que no eran hermanos.

- No. Nunca me casé por la iglesia.

- ¿Y quién es la madre de sus hijos?

- Eran dos mujeres... No las conocí muy bien. Josephine Janson era la madre de Daniel, fue mi amor de la secundaria, años más tarde nos reencontramos, y ella quedó embarazada de Daniel. Nos peleamos, ella no quería tener hijos, así que yo crié a mi Daniel. Cuándo el crío tenía dos años, lo dejé con una niñera, me fui de fiesta, bebí alcohol...y tuve una hija con una mujer prácticamente desconocida: Natalie Byers. Me dejó solo también. Era una mujer de mala vida. Le dio amor a su hija, pero no la amaba lo suficiente. Triste, la pobre Lizzie cada día la extraña.

- ¿Qué edad tienen sus muchachos?

- Lizzie quince, Daniel diecisiete.

- ¿Se da cuenta de que estamos a jueves 9 de Junio y que este sábado es el cumpleaños de su hija? Casi tiene dieciséis. ¿Está yendo a la escuela? ¿Qué piensa estudiar?

- Lizzie y Daniel son educados en casa. No les interesa una carrera universitaria, el ajedrez es su pasión, es su vida. Leen muchos libros, son muy cultos, no necesitan una escuela.

- ¿Y dónde están ellos ahora?

- Bueno, iba a celebrar el cumpleaños de Lizzie por adelantado, el sábado va a estar ocupada. Compré pizza para todos sus amigos con los que se reúne a jugar. Pero sabe cómo son los adolescentes, ella se fue a festejar con sus amigos. Celebrar con papá es aburrido. Están en la plaza San Pedro.

- ¿A qué se dedica usted?

- Fabrico y vendo juegos de ajedrez.

Lizzie y Daniel estaban solos en el sub sótano. Las horas pasaban. Ellos se preguntaban qué sucedía allá arriba. Lizzie estaba sentada en la única silla que había allí. La silla de tortura. Lizzie se acomodó en una posición extraña, cómo si tuviera los pies amarrados a las patas de la silla y las manos atadas en las tablas de madera dónde se reposaban los brazos. Daniel se preocupó. Lizzie empezó a agitarse. Hiperventilaba, sudaba frío.

- Lizzie... ¡Lizzie! ¿Qué te sucede?

Lizzie se paró de la silla repentinamente.

- No me gusta esta silla. Es más, si voy a morir, no quiero morir sentada. ¿Tú cómo quieres morir?

- No lo sé, Liz...

- Yo quiero morir con paz. Quiero paz. Quiero amar. No quiero ser recordada. No me importan estos ridículos campeonatos de ajedrez. Solo quiero irme a casa.

Daniel dio unos pasos al frente. Hizo algo completamente repentino, inesperado. Le dio un abrazo cálido. Ellos no sabían lo que era recibir gestos de afecto, bien intencionados. Conocían la maldad del señor Hamilton, su crueldad y manipulación disfrazada de bondad, su mentira disfrazada de verdad. Lizzie soltó el abrazo.

- No.

- ¿Qué sucede?

- ¿Por qué me abrazas?

- Porque te quiero.

Lizzie se quedó seria

- ¿Es en serio? Porque ya no diferencio la verdad de la mentira.

- Elizabeth. Sé que somos rivales. Sé que solo uno de nosotros puede ganar este juego. Y francamente no me importa. Sé que voy a perder, y me da igual. En mi casa no me querían. Por eso escapé. Fue cuándo en la noche, me raptó el señor Hamilton. Mi nombre es Daniel Pereira. Nunca tuve hermanos, solo conocí el odio y el maltrato de mis padres ebrios. Yo los quiero, pero ellos nunca me dieron afecto. Y cuándo te vi en la entrevista, pude ver que tuviste un pasado con luces, cómo los cuadros blancos del ajedrez. Yo quiero que veas a tus padres. Quiero que seas libre. Quiero que seas feliz.

Lizzie lloró. Le dio un abrazo fuerte a Daniel.

- ¡Oh, Daniel! ¡Bien desearía yo que fueras tú feliz!

- No sé si lo soy. Pero tengo paz.

- Daniel, prométeme algo.

- ¿Qué?

- Que me vas a contar tus problemas, que te apoyarás en mí si es posible, que aceptarás mi cariño. Pero que no me vas a defender más del señor Hamilton.

- No puedo hacer promesas.

- ¿Por qué

- Las promesas son las reglas que nunca podrás romper. Pero prometo que siempre te voy a querer cómo un amigo.

Llegó el día sábado. Pasaron desde el jueves hasta el once de junio encerrados sin comer, y se les acabó el agua. Tenían sed. Habían hablado mucho entre ellos, de modo que tenían sus bocas secas. Alguien bajaba las escaleras.

Abrió la puerta la señorita Lake.

- Chicos, báñense y pónganse desodorante. Los voy a arreglar. Apresurémonos que nos vamos para Europa.

Los dos estaban ya bañados, perfumados con buenas fragancias. Vestidos a la moda, muy elegantes. Llevaban maletas con ropa. Lizzie necesitó usar peluca y gafas de sol. Iba camino al aeropuerto, en un taxi. No podía ser vista por nadie, ya su cara era muy famosa.

Tomaron un vuelo de primera clase junto al raptor y su novia. No recibieron ninguna explicación en el trayecto.

Comieron los aperitivos que ofrecían en el avión, y bebieron agua. Mucha agua. Daniel y Elizabeth no se dijeron nada durante el vuelo. Pero cuándo el despegue, ella sostuvo la mano de Daniel. Horas después quedó dormida sobre su hombro.

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