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Juego de Inquilinos, Destino de Amantes

Juego de Inquilinos, Destino de Amantes

Autor: : Jin Yi Ye Xin
Género: Urban romance
Sofía era la reina de su universo, "El Alma de Jalisco", la tequilera de su familia. Vivía rodeada de lujo, pero harta de la falsedad de su círculo, buscaba algo real. Un mariachi misterioso, Mateo, apareció en su vida, pareciendo la antítesis de todo lo que despreciaba. Lo llevó a su casa de huéspedes, iniciando un juego de "arrendadora y inquilino" con reglas provocadoras que solo ella conocía. Pero de repente, su mundo se hizo añicos. "Intercambio de bebés", "verdadera heredera", las palabras de su padrastro, Jorge, la arrojaron a un abismo. Su supuesta hermana, Elena, una actriz contratada por Jorge, reclamaba su fortuna. Todo, su nombre, su familia, su casa, su identidad, se desvaneció en una cruel mentira. Se quedó sin nada, humillada y traicionada por aquellos en quienes confiaba. ¿Cómo pudo ser tan ciega? ¿Y qué hacía Mateo, ese hombre que parecía tan auténtico, en la periferia de este desastre? La ironía era insoportable, su búsqueda de "lo real" la había llevado a la mayor farsa de su vida. Justo cuando pensó que no podía caer más bajo, Mateo, el mariachi que creía conocer, reveló su verdadera identidad. "Mi nombre es Mateo Garza, y el inquilino pobre ahora es tu casero". ¿Quién era realmente este hombre? ¿Un estafador disfrazado o la única ancla en su naufragio? El juego ha terminado, pero la verdadera batalla por su vida y su legado apenas comienza, ahora, bajo el techo inesperado de su antiguo inquilino.

Introducción

Sofía era la reina de su universo, "El Alma de Jalisco", la tequilera de su familia.

Vivía rodeada de lujo, pero harta de la falsedad de su círculo, buscaba algo real.

Un mariachi misterioso, Mateo, apareció en su vida, pareciendo la antítesis de todo lo que despreciaba.

Lo llevó a su casa de huéspedes, iniciando un juego de "arrendadora y inquilino" con reglas provocadoras que solo ella conocía.

Pero de repente, su mundo se hizo añicos.

"Intercambio de bebés", "verdadera heredera", las palabras de su padrastro, Jorge, la arrojaron a un abismo.

Su supuesta hermana, Elena, una actriz contratada por Jorge, reclamaba su fortuna.

Todo, su nombre, su familia, su casa, su identidad, se desvaneció en una cruel mentira.

Se quedó sin nada, humillada y traicionada por aquellos en quienes confiaba.

¿Cómo pudo ser tan ciega?

¿Y qué hacía Mateo, ese hombre que parecía tan auténtico, en la periferia de este desastre?

La ironía era insoportable, su búsqueda de "lo real" la había llevado a la mayor farsa de su vida.

Justo cuando pensó que no podía caer más bajo, Mateo, el mariachi que creía conocer, reveló su verdadera identidad.

"Mi nombre es Mateo Garza, y el inquilino pobre ahora es tu casero".

¿Quién era realmente este hombre?

¿Un estafador disfrazado o la única ancla en su naufragio?

El juego ha terminado, pero la verdadera batalla por su vida y su legado apenas comienza, ahora, bajo el techo inesperado de su antiguo inquilino.

Capítulo 1

Sofía era la reina de su propio universo, un universo que olía a agave azul y a billetes recién impresos, el legado de la tequilera de su familia "El Alma de Jalisco". Pero esa noche, en la gala anual de la Cámara de Comercio, se sentía como una leona en una jaula de monos pretenciosos, especialmente con Rodrigo de la Vega pegado a su codo como una mancha de grasa.

Él era el epítome de todo lo que ella despreciaba, un charlatán con una cartera abultada y un ego aún más grande.

"Sofía, preciosa", arrulló Rodrigo, su aliento olía a whisky caro y a falsedad, "¿ya pensaste en mi propuesta? Nuestros padres juntos en negocios, nosotros juntos en la vida, seríamos la pareja del siglo".

Sofía ni siquiera se giró para mirarlo, sus ojos estaban fijos en el escenario, donde un grupo de mariachis afinaba sus instrumentos.

"Rodrigo", dijo ella con una voz tan fría que podría congelar el tequila, "la última vez que revisé, no estaba en venta, y mi vida no es una transacción comercial, ahora si me disculpas, estás bloqueando mi vista".

La sonrisa de Rodrigo flaqueó por un segundo antes de convertirse en una mueca de arrogancia.

"Vamos, Sofía, no te hagas la difícil, a todas les gusta el dinero y el poder, y yo tengo de sobra".

"Qué bueno por ti", respondió ella, finalmente girándose para clavarle una mirada afilada, "entonces ve y cómprate una personalidad, quizá encuentres una que no sea tan desagradable".

Sin esperar respuesta, lo dejó plantado y caminó con determinación hacia el escenario, su vestido de diseñador ondeando a su paso, sus ojos fijos en un solo hombre: el mariachi del guitarrón.

Era alto, con hombros anchos que llenaban el traje de charro de una manera que debería ser ilegal, sus manos eran grandes y callosas, claramente las manos de un hombre que trabajaba, su cabello negro y ligeramente revuelto le daba un aire salvaje, y cuando sus ojos oscuros se encontraron con los de ella, Sofía sintió una corriente eléctrica recorrerla.

Se acercó a él justo cuando terminaban una canción.

"Oye, guapo", dijo ella, con una voz deliberadamente ronca y directa.

El hombre la miró, sorprendido por su audacia, una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

"¿Se le ofrece algo, señorita?"

Su voz era profunda, una caricia de terciopelo.

"Sí", dijo Sofía, inclinándose un poco, "quiero saber si tocas tan bien como te ves".

La sonrisa del mariachi se amplió, mostrando unos dientes perfectos.

"Mi nombre es Mateo, y dicen que no lo hago tan mal".

Sofía recorrió con la mirada su traje, notando el discreto desgaste en los bordados de plata y el cuero un poco ajado de sus botas, olía a trabajo, a sudor honesto y a un jabón barato, no a las colonias empalagosas de los hombres de su círculo, este hombre era real, era auténtico.

Era exactamente lo que estaba buscando.

"Sofía", se presentó ella, "y creo que eres justo lo que necesito esta noche".

Mateo levantó una ceja, divertido.

"Soy un músico, señorita, no estoy en el menú".

"Oh, no te preocupes", ronroneó Sofía, disfrutando el juego, "no tengo hambre, solo curiosidad, una gran, gran curiosidad".

Ella lo miró de arriba abajo, sin disimulo, catalogando cada músculo bajo el traje, cada línea de su rostro curtido por el sol, era perfecto, un diamante en bruto lejos de la falsedad de su mundo dorado.

Lo que Sofía no sabía era que el "diamante en bruto" frente a ella era Mateo "El Potrillo" Garza, el único heredero del imperio musical más grande de México, Grupo "Los Potrillos", y que su traje "desgastado" era una pieza de colección hecha a medida que valía más que el coche de Rodrigo, él estaba allí esa noche solo como un favor para un viejo amigo, buscando un respiro de las juntas directivas y los contratos millonarios.

Y acababa de encontrar la distracción más interesante de toda su vida.

Capítulo 2

Al día siguiente, Sofía usó los recursos de su familia para encontrar a Mateo, no fue difícil, el mundo de los mariachis en la ciudad, aunque amplio, tenía sus circuitos.

Lo encontró tocando en la Plaza Garibaldi, con el mismo traje y la misma guitarra, sudando bajo el sol del mediodía por unas cuantas monedas de los turistas.

La imagen reforzó la fantasía de Sofía, él era un hombre trabajador, humilde, perfecto.

Esperó a que terminara una canción y lo interceptó antes de que una familia de alemanes lo contratara.

"Mateo", lo llamó.

Él se giró y al verla, su expresión fue de genuina sorpresa.

"Sofía, ¿qué haces aquí?"

"Tengo una propuesta para ti", dijo ella, yendo directo al grano como siempre, "tengo una casa de huéspedes en mi propiedad, es pequeña pero cómoda, está vacía y la verdad, me siento sola, quiero que te mudes allí".

Mateo parpadeó, confundido.

"Señorita, eso es muy amable, pero no podría pagarlo, con lo que gano apenas me alcanza para el cuarto donde vivo".

"No te preocupes por el dinero", dijo Sofía, agitando una mano con desdén, "puedes pagarme lo que puedas, digamos... una cantidad simbólica".

Él la miró con sospecha.

"¿Y qué ganas tú con todo esto?"

Sofía sonrió, una sonrisa lenta y depredadora.

"Gano tu compañía", dijo, acercándose un paso más, "y... tengo algunas condiciones, por supuesto".

"¿Condiciones?"

"Sí", asintió ella, "la primera es que la renta es flexible, por ejemplo, si andas por la casa sin camisa, la renta baja un veinte por ciento, si usas solo shorts... podríamos negociar un cincuenta por ciento de descuento".

Mateo se quedó sin palabras, mirándola como si le hubiera crecido una segunda cabeza. Una risa grave y genuina brotó de su pecho.

"Estás loca", dijo, negando con la cabeza.

"Loca por ti", corrigió Sofía sin una pizca de vergüenza, "entonces, ¿tenemos un trato, inquilino?"

Mateo la estudió por un largo momento, su mirada divertida recorriendo su rostro decidido, estaba jugando con fuego y lo sabía, pero la idea era demasiado tentadora, este juego era mucho más interesante que cualquier negociación de contratos.

"Está bien, casera", dijo finalmente, con un suspiro exagerado, "pero que conste que es solo por el descuento en la renta".

Dos días después, Mateo se mudó a la lujosa casa de huéspedes, que era más grande y elegante que cualquier apartamento en el que hubiera vivido en su vida "pobre".

Fiel a su palabra, y al retorcido contrato de arrendamiento de Sofía, la primera mañana salió de su cuarto vistiendo únicamente unos shorts de mezclilla gastados que Sofía le había "dejado" convenientemente sobre la cama.

Sofía, que lo esperaba en la cocina con una taza de café, casi se atraganta.

Su torso era una obra de arte, piel bronceada y músculos definidos, no el cuerpo inflado de gimnasio de los hombres de su clase, sino el físico de alguien que trabaja de verdad, cada músculo parecía tener un propósito.

"Buenos días, casera", dijo Mateo con una seriedad fingida, "espero que esto sea suficiente para el descuento de hoy".

Sofía se recuperó rápidamente, una sonrisa perezosa se extendió por su rostro.

"Es un excelente comienzo, inquilino", dijo, levantándose y caminando hacia él, "pero creo que olvidaste algo".

Pasó un dedo por su pecho desnudo, trazando el contorno de un pectoral. Sintió el músculo tensarse bajo su toque y la respiración de Mateo volverse un poco menos regular.

"¿Ah, sí?", preguntó él, su voz un poco más ronca de lo normal.

"Sí", susurró ella, acercándose a su oído, "olvidaste darme los buenos días como se debe".

Mateo la apartó suavemente, poniendo una mano en su hombro para mantener una distancia segura.

"Sofía", dijo, su tono era una mezcla de advertencia y diversión, "el contrato dice que ande con poca ropa, no que sea tu desayuno, mantengamos las cosas claras".

Ella se rió, una risa genuina y sonora.

"Como quieras, inquilino", dijo, retrocediendo, "pero no me culpes si la casera decide subir la renta de repente".

El juego había comenzado, y Sofía estaba decidida a ganarlo.

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