La habitación aún huele a deseo cuando Lya apoya su mejilla sobre el pecho de Alexander. El hombre más poderoso que ha conocido, su amante, su dueño en más de un sentido. Él enreda los dedos en su cabello, perdido en la calma después de la tormenta.
-Deberíamos irnos de aquí -murmura ella, pero él solo la abraza más fuerte.
-¿A dónde quieres viajar?
-Lejos, ya no quiero compartirte con nadie- comento ella haciendo pucheros.
Alexander se conmovió por su ternura, pero en su mente todavía estaban los compromisos con su esposa, la familia de ella era la inversora principal en su empresa. Tomo su celular con una mano y vio el mensaje de su secretaria, era una foto de ella desnuda, diciendo que fuera a la oficina cuando pudiera.
Alexander se consideraba un hombre afortunado.
La puerta se abre de golpe.
El tiempo se detiene y la tormenta se desata.
Parada en el umbral, con la furia ardiendo en sus ojos, está Katherine, la esposa de Alexander. Su silueta tiembla entre incredulidad y rabia, la mujer regordeta parece estar a punto de estallar.
-¡Maldita perra! -grita, lanzándose sobre Lya llegando a ella a través de la cama.
Las sábanas vuelan mientras ambas mujeres caen al suelo. Manos tirando del cabello, uñas arañando piel. Lya intenta defenderse, pero Katherine tiene algo más fuerte que la ira: tiene el derecho. Había estado durante semanas haciéndole el seguimiento a su esposo, estaba a punto de rendirse hasta que encontró el apartamento.
El sucio hombre lo tenia a nombre de la compañía y ahí tenia a su pequeña amante.
La mujer se veía frágil y delgada, haciendo que Katherine estuviera mas molesta, ni siquiera le parecía linda, era algo ofensivo.
Le desfiguraría la cara.
Alexander apenas logra separarlas, sujetando a su esposa por los brazos mientras ella forcejea, la hace unos cuantos metros hacia atrás. sintiéndose molesto, ahora haría una gran escena cuando llegara a la casa.
-¿Cuánto tiempo? -le escupe Katherine, mirándolo con ojos de odio.
-No importa -susurra Alexander, con el rostro tenso.
-Claro que importa -Lya se pone de pie, con el labio partido y el corazón acelerado, sin importarle estar desnuda-. Porque estoy embarazada.
El silencio se siente como un trueno en la habitación, haciendo el aire de la habitación más pesada.
Alexander la mira con el ceño fruncido, sin poder creerlo.
Katherine jadea como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones.
-¿Qué has dicho? -murmura él con un tono helado.
Lya se lleva una mano al vientre, temblando. Era ahora o nunca.
-Voy a tener un hijo tuyo... y será un niño.
Katherine se queda helada. Ella y Alexander nunca habían podido concebir. Ahora, la otra mujer, la amante, le había dado lo único que siempre quiso.
-No... no es posible -susurra Katherine en negación, relajándose visiblemente en los brazos de su esposo.
Pero la verdad está frente a ella, y el veneno en su mirada se vuelve mortal.
-Si crees que te dejaré quedarte con él... estás equivocada. -La voz de Katherine es letal-. Tú no tendrás nada.
Lya miro hacia Alexander esperando algo, pero el solo aparto la mirada.
-Vístete y lárgate- fue todo lo que él respondió.
Las lagrimas comenzaron a deslizarse por la cara de la mujer, con una mano sobre su vientre, Lya prefirió alejarse, sabía que esto podía pasar cuando se convirtió en amante de ese hombre, pero...tenia una esperanza, una pequeña de que las cosas podrían ir bien, él había hecho promesas y dicho cosas hermosas, pero todo era mentira.
Tomo su celular y una pequeña esperanza cruzo por su cabeza, quizás todo esto era solamente por la esposa, Alexander la buscaría, esto era cosa de un arrebato.
Salió a un rato para tomar algo para los nervios y comer. Cuando llego al establecimiento recibió una llamada de su jefe.
-Esta despedida- fue lo primero que dijo.
-¿Qué? - contesto, asustada.
-Hiciste enojar a la persona equivocada, no vuelvas y te depositaremos tu dinero.
Se colgó la llamada.
Las lagrimas volvieron a pasar por sus mejillas, esta era la venganza de aquella mujer. Mordiendo su labio suavemente se sintió adolorida por no poder hacer nada.
Todos saben la verdad.
Estaba segura de que no volvería a conseguir trabajo en el gremio de los abogados, gracias a esa horrible mujer Katherine.
Cuando intenta volver a su apartamento, un guardia la detiene en la puerta.
-Este ya no es tu lugar. -Le entrega una carta fría, legal, sin rastro de la calidez con la que Alexander le prometió que siempre estaría protegida.
Ahora solo le queda su hijo... y una guerra que aún no ha comenzado.
Katherine la había destruido en cuestión de horas.
La lluvia comenzó a caer, fría y despiadada, empapando su ropa fina. Perfecto.
Caminó sin rumbo, sintiendo las miradas de la gente en la calle. ¿Podían oler su miseria?
Finalmente, se desplomó en una banca, en medio de la ciudad que alguna vez fue su hogar.
-¿Estás bien?
La voz masculina la tomó por sorpresa.
Levantó la mirada y vio a un hombre observándola con una mezcla de curiosidad e interés genuino.
Era alto, de traje impecable, pero no un hombre de negocios común. Su presencia irradiaba un aire de peligro refinado. Un depredador elegante.
Ojos verdes. Sonrisa perezosa. El tipo de hombre que nunca se molestaría en hablar con una mujer destrozada bajo la lluvia.
-No me interesa la caridad -murmuró ella con voz ronca.
Él inclinó la cabeza, con una sonrisa intrigada.
-No te estoy ofreciendo caridad. Te estoy ofreciendo una oportunidad.
Escena 2: Un Propuesta Tentadora
Lya lo miró con cautela.
-¿Quién eres?
Él se sentó a su lado en la banca, sin importar que la lluvia empapara su costoso traje.
-Tristan Leduc.
El nombre le sonaba.
Dueño de Leduc & Associates, una de las firmas de abogados más prestigiosas del país. El rival directo de la empresa donde ella trabajaba.
-Tu nombre es famoso en mi gremio -dijo ella con tono seco.
-Y el tuyo acaba de volverse infame.
Tristan entrecerró los ojos, estudiándola con el mismo interés con el que un jugador de ajedrez analiza una pieza clave antes de un jaque mate.
-Perdiste todo en una jugada sucia. Eso me irrita.
Lya frunció el ceño, la desconfianza tiñendo su mirada.
-¿Por qué te importa?
Tristan sonrió. No una sonrisa amable, sino la de un lobo que ha encontrado a su próxima presa.
-Porque odio a los hombres como Alexander.
Lya levantó una ceja, incrédula.
-He oído cosas sobre usted. Que nunca da algo sin esperar el triple a cambio.
Él soltó una carcajada baja, oscura.
-Eres lista. Me gusta. No es difícil ver lo que él vio en ti.
Las palabras la golpearon como un bofetón.
-¿Soy... un juguete para ti?
Tristan inclinó la cabeza, como si la idea lo divirtiera.
-Depende. Si aceptas mi oferta... puedes ser una reina.
Un escalofrío le recorrió la espalda, y no tenía nada que ver con la lluvia que empapaba su piel.
-¿Qué oferta?
Él deslizó una tarjeta negra entre sus dedos y se la entregó, su mirada ardiendo con una promesa peligrosa.
-Quiero que trabajes para mí. Pero no como abogada. Como un arma.
Lya sintió que el mundo giraba a su alrededor.
-¿Quieres que me vengue?
Tristan se encogió de hombros con elegancia.
-Quiero que te recuperes. Y si en el camino destruyes a Alexander y a su encantadora esposa... bueno, eso será un hermoso bonus.
El corazón de Lya latía con fuerza.
-¿Cómo puedo confiar en usted?
Tristan sonrió de nuevo, su voz como un veneno dulce.
-No puedes. Pero eso es lo interesante.
Se inclinó más cerca, su aliento cálido a pesar de la lluvia.
-Piensa en tu hijo, Lya. No se merece nacer como un bastardo abandonado.
Lya apretó los labios, sintiendo el peso de la tarjeta en su mano.
¿Era una locura?
¿O la única manera de sobrevivir?
-¿Y si acepto? -susurró, su voz apenas audible.
Tristan sonrió, como si ya supiera su respuesta. Se inclinó sobre la mesa y deslizó un documento frente a ella.
-Entonces firmamos un contrato.
Lya parpadeó, aturdida.
-¿Un contrato?
-Reglas claras, beneficios mutuos -dijo él con calma, girando la hoja hacia ella-. Protección, dinero, un techo para ti y tu hijo. A cambio... lealtad absoluta.
-Quiero que sepas que no dormiré contigo, no quiero nada sexual- se atrevió ella a exigir.
El le dio una larga mirada.
-Cariño, las mujeres saltan a mi cama, nunca esta vacía.
Unas horas después, en casa de Tristán. Lya recorrió el papel con la mirada. Todo estaba detallado: su estadía, su manutención, la seguridad para ella y su bebé. No le pedía nada más que lealtad y obediencia.
Lealtad.
Era un concepto extraño, pensando en lo que había pasado horas antes, al menos ahora él no podría solo darle la espalda.
Sus manos temblaban cuando tomó la pluma. Con un nudo en la garganta, firmó.
La tinta apenas se había secado cuando todo a su alrededor se tornó borroso. Su cabeza zumbó, sus extremidades se sintieron pesadas.
-Lya.
La voz de Tristan sonó distante. Un mareo la envolvió, y antes de poder aferrarse a algo, su mundo se oscureció.
Cuando despertó, la luz era tenue. No estaba en el suelo ni en un hospital. Estaba sobre una cama cálida, con sábanas suaves rodeándola.
Se incorporó lentamente, sintiendo un paño húmedo en su frente. Tristan estaba a su lado, sosteniéndolo.
-Al fin despiertas -murmuró él, con una sombra de preocupación en su mirada.
Lya entreabrió los labios, sorprendida.
-¿Qué... qué pasó?
-Debió ser el estrés de las ultimas horas. Tu cuerpo decidió apagarse.
Antes de que pudiera responder, Tristan se levantó y regresó con una bandeja de comida. Sopa caliente, pan recién horneado, jugo de naranja.
Lya se quedó paralizada. No era el tipo de gesto que esperaba de él.
-Come -dijo con firmeza-. No te quiero cayéndote por ahí.
Ella tomó la cuchara, sintiéndose extrañamente vulnerable. Tristan no parecía un hombre que cuidara a nadie. Y, sin embargo, ahí estaba. El celular del hombre sonó en su bolsillo e hizo un gesto para salir de la habitación, aunque dejo la puerta un poco abierta, dejando que su voz se filtrara.
Pero la calidez del momento se rompió cuando escuchó su voz en el pasillo.
-Mantén todo listo. La quiero controlada.
Lya se quedó helada. Se puso de pie con cuidado, avanzando sin hacer ruido hasta la puerta.
-No, aún no lo sabe -continuó Tristan, su tono bajo y calculador-. Pero lo hará... cuando sea el momento adecuado.
Lya sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Qué demonios estaba planeando Tristan?
Se deslizó de vuelta a la cama justo cuando Tristan entró. Su expresión era la de siempre: impenetrable, calculadora. Pero ahora Lya veía más allá.
-¿Todo bien? -preguntó él con una sonrisa ladeada.
Ella asintió lentamente, obligándose a aparentar calma.
-Sí... Solo cansada.
Tristan la observó por un momento, como si evaluara si decirle algo más. Luego dejó el teléfono en la mesa y se inclinó hacia ella.
-Descansa. A partir de mañana, el mundo ya no será el mismo para ti.
Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Su toque era suave, casi tierno... Demasiado perfecto.
Cuando salió de la habitación, Lya supo que no podía quedarse de brazos cruzados. Algo estaba muy mal.
Esperó unos minutos hasta asegurarse de que Tristan se había ido. Luego tomó su teléfono. Tenía que salir de allí. Tenía que encontrar una salida.
Pero antes de que pudiera hacer algo, la pantalla se apagó de golpe.
Lya frunció el ceño y presionó el botón de encendido. Nada.
De repente, el sonido de la cerradura resonó en la habitación.
Lya corrió hacia la puerta y giró la perilla. No se movió.
Estaba encerrada.
El pánico se apoderó de ella mientras golpeaba la puerta.
-¡Tristan! ¡Ábreme ahora mismo!
El sonido de unos pasos lentos y calculados la hizo contener la respiración.
-Oh, Lya... -La voz de Tristan sonó desde el otro lado, con una calma aterradora-. Pensé que ya habíamos hablado de esto.
-¡¿De qué demonios hablas?! ¡Ábreme esta puerta!
Un silencio. Luego, una carcajada baja y oscura.
-No puedo arriesgarme a que tomes decisiones equivocadas. No después de que firmaste el contrato.
Lya sintió su estómago hundirse.
-¿Qué hiciste?
-Lo mismo que tú, cariño. Asegurarme de que no haya forma de perder.
El sonido de su risa se desvaneció mientras sus pasos se alejaban.
Lya apenas había dormido. La noche había sido un torbellino de pensamientos oscuros, cada uno más desesperanzador que el anterior. Su futuro se sentía como un túnel sin salida.
El crujir de unos pasos tras la puerta la hizo tensarse. Su pulso martilleó en su pecho. El miedo y la locura se mezclaron como veneno en su sangre.
La puerta se abrió con un chirrido lento y siniestro.
Tristán apareció en el umbral.
Lya saltó de la cama, retrocediendo como si él fuera una bestia.
-¡Estás loco! -gritó, retrocediendo hasta la pared- ¡Solo déjame salir!
Tristán la miró, impasible.
-No puedes salir. No así.
-¡Déjame ir!
La desesperación se transformó en acción. Se lanzó hacia la puerta, pero Tristán fue más rápido. Su mano se cerró alrededor de su muñeca como un grillete de acero.
-¡Suéltame! -forcejeó, pero él no la soltó.
-¡Lya, escúchame! -rugió, su voz cortante como un cuchillo-. ¡Katherine quiere matarte!
Las palabras la congelaron.
-¿Qué... qué dijiste?
Tristán la miró con una mezcla de ira y urgencia.
-Desde que supo lo del bebé, ha estado buscando formas de hacerte abortar. No quiere que nazca. Seria reconocer que ella es el problema y no Alexander.
El estómago de Lya se revolvió.
-Eso es mentira...
-No lo es -su tono era grave-. He visto los mensajes, las llamadas que ha hecho a ciertas personas. Y ahora intentaran desaparecerte.
Lya sintió que la habitación giraba.
-No... no puede ser...
-Por eso te traje aquí. No para encerrarte, sino para protegerte.
Su corazón latía desbocado. Todo en ella gritaba que no confiara en él. Pero el miedo la tenía atrapada.
Tristán aflojó su agarre, su voz se volvió un susurro áspero.
-Te llevaré a un médico para una revisión por el desmayo de ayer. Quiero saber si estás bien.
Lya vaciló.
-¿Por qué harías eso?
Él la miró, serio.
-Porque este bebé es importante.
No supo qué responder.
Minutos después, en el consultorio, Lya observó a la doctora con el corazón latiéndole en los oídos. No estaba segura aun si podía confiar o no en ese hombre.
-Tu embarazo es de alto riesgo -dijo la doctora con calma-. El líquido amniótico ha disminuido.
Un escalofrío la recorrió.
-¿Eso significa que...?
-Debes tener reposo absoluto. No puedes correr riesgos.
Lya sintió un temblor en sus manos. Tristán, sin decir una palabra, se las tomó con suavidad.
-Vamos a solucionarlo -susurró.
Ella no apartó la mano. Tal vez porque, en ese momento, lo necesitaba. Tomaría lo que pudiera de esta situación y lo haría lo mejor que pudiera. Salieron del consultorio bajo la lluvia. Lya aún estaba en shock cuando un ruido la hizo voltear.
Luces. Un coche acelerando directo hacia ella.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Pero Tristán sí.
La sujetó con fuerza y la empujó fuera del camino. El giro para protegerla con su cuerpo, cubriéndola con su cuerpo mientras el auto pasaba rugiendo a centímetros.
El corazón de Lya martilleaba en su pecho.
Tristán la miró, sus ojos encendidos por una furia peligrosa.
-Te lo dije -susurró con voz oscura-. Quieren matarte.
Lya tragó saliva.
Y por primera vez, supo que no podía escapar.
La lluvia golpeaba el parabrisas con furia mientras Tristán conducía en dirección a su apartamento. Lya estaba en shock, su cuerpo temblaba sin control. Acababan de intentar matarla. Su mente giraba en espiral. Su embarazo estaba en peligro. Katherine quería verla muerta. Y ahora... ahora dependía de Tristán para seguir con vida.
El auto se detuvo bruscamente frente a la casa. Tristán apagó el motor y giró hacia ella.
-Debemos ser más cuidadosos -dijo con voz tensa-. Esto es solo el comienzo.
Lya asintió sin decir palabra. Sus pensamientos eran un caos.
Tristán empujo el celular de ella en su dirección.
-Lamento dejarte incomunicada ayer, pero no sabía lo que podrías hacer- hubo un silencio de parte de el -me refiero a que podrías llamarlo o buscarlo y eso podría lastimarte.
-Yo...- Lya no fue capaz de responder.
-Mira se que haces con tu vida lo que quieras, pero te vi desmayarte, estas embarazada y acabas de escuchar a la doctora, necesitas estabilidad y no sé, si las redes sociales, puedan hacer eso por ti.
-Gracias- Fue todo lo que Lya pudo decir.
Apenas puso un pie en la casa, su celular vibró en su bolsillo. Lo sacó con dedos entumecidos. Era su hermana menor.
-¿Sofía? -su voz sonó más frágil de lo que esperaba.
Al otro lado de la línea, solo escuchó una respiración agitada.
-Lya... -la voz de su hermana estaba al borde de la histeria-. Mamá y papá lo saben.
El corazón de Lya se detuvo un segundo.
-¿Qué...? ¿De qué hablas?
-Las fotos. Alguien dejó un sobre en la puerta. Lo abrí yo, pero mamá y papá lo vieron antes de que pudiera hacer algo. Eran fotos tuyas con Alexander.
El aire se le atoró en la garganta.
-No...
-Lya, están furiosos. Desesperados. Mamá lloraba sin parar, papá... nunca lo había visto así. Dicen que eres una vergüenza. Que fuiste la amante de un hombre casado.
El suelo pareció abrirse bajo sus pies.
-Sofía... dime que no es verdad...
Pero su hermana sollozó al otro lado del teléfono.
-Dicen que no quieren volver a verte. Que ojalá nunca hubieras nacido.
Un puñal le atravesó el pecho.
El celular resbaló de su mano y golpeó el suelo. Lya sintió las piernas ceder y cayó sobre el sofá, abrazándose a sí misma, intentando contener el dolor que la desgarraba desde adentro.
No era posible. Sus padres... su familia... No podían rechazarla así.
Pero lo habían hecho.
Un nudo ardiente se instaló en su garganta, su respiración se volvió errática. Lágrimas calientes cayeron por su rostro.
Tristán se agachó frente a ella, recogió el celular del suelo y lo colocó sobre la mesa.
-Lya...
Ella negó con la cabeza, con los ojos anegados de dolor.
-No... no puedo... -susurró, con la voz rota.
Tristán la observó en silencio. No había burla en su rostro. Ni frialdad. Solo algo que se parecía demasiado a la comprensión.
Se sentó a su lado, sin tocarla, sin forzarla.
Pero Lya sintió su presencia. Firme. Presente.
Y en ese instante, se dio cuenta de que estaba verdaderamente sola.
No tenía a sus padres.
No tenía a Alexander.
No tenía a nadie.
Excepto, tal vez... a él.
Y eso la aterraba aún más.