(Almendra)
Estaba feliz.
Por fin tenía en mis manos la Posesión Efectiva de mi nuevo terreno, donde podría sembrar mis propias flores y plantas para mis tiendas. Un par de trámites más y sería absolutamente mío.
Entré a mi florería y vi a Roxana que atendía a un cliente, al parecer, el hombre había cometido un error garrafal a juzgar por el ramo de rosas que compraba. En esos cinco años, desde que abrí aquel lugar, me había dado cuenta de que pocos eran los que regalaban flores por simple y puro amor. La mayoría, o era por aniversarios, o para celebrar algo, o para reparar algún daño.
―Hola, Roxana, ¿qué tal? ―saludé a mi amiga, ella era más que una empleada para mí.
―Bastante bien, parece que este fin de semana varios quieren tener Luna de Miel ―me contestó con una sonrisa cómplice, mirando al hombre que terminaba de pasar su tarjeta de pago.
―Espero que por fin mi novia me dé el "Sí", las mujeres de hoy en día no quieren casarse ―comentó el hombre muy nervioso.
―Ojalá nuestras rosas le ayuden en eso ―contesté.
―Yo también lo espero. Gracias.
El hombre se retiró bajo nuestra atenta mirada.
―Me equivoqué, pensaba que ese hombre se había mandado un gran desliz ―le comenté a mi amiga.
―No eres única, es que ya tantos que vienen para arreglar sus entuertos, que es lo primero que uno piensa.
Sonreímos culpables y yo me dirigí a mi oficina.
Luego de acomodarme ante mi escritorio, abrí la carpeta que contenía los documentos del traspaso del bien recién adquirido y una enorme sonrisa se instaló en mi cara.
¿Qué más podía pedir? Tenía mi propia tienda, muy pronto abriría una sucursal en el sector céntrico de la ciudad y poseía mi propio terreno, ya no necesitaría depender de los proveedores de flores, que no siempre cumplían con su parte del contrato. Así que, en alrededor de un año, podría contar con mi propia producción. Ya tenía a los mejores en mira para que se unieran a mi proyecto.
Luego de realizar algunas llamadas y contactar con las personas que trabajarían conmigo, me di cuenta de la hora: las ocho y media. Roxana se despidió de mí y cerró la tienda. Yo me quedé un rato más pensando en todo lo que había logrado en cinco años. Que mis padres me botaran de casa fue lo mejor que me pudo pasar en la vida. En el momento, debo admitir que no lo entendí y los odié por ello, pero eso fue lo que me dio el impulso para hacer lo que siempre había soñado; ser mi propia jefa y tener mi propia tienda de flores.
Me levanté de mi sillón, no quería pensar en eso, estaba demasiado feliz para recordar malos momentos.
Llegué a mi casa, la que se encontraba en el sector alto de la capital. Nada más entrar, me quité el sujetador, el pantalón, me saqué las sandalias y me dejé caer en mi adorado puf gigante que tenía en medio de la sala, en el que cabía entera y sentía que me abrazaba, pues se hundía donde yo estaba, pero alrededor se mantenía inflado. Muchas noches dormía allí, lo prefería a mi fría y dura cama. Me arropé con mi manta; a pesar de que el verano no llegaba del todo, el calor ya se podía sentir, de todas formas, me gustaba dormir tapada. Ni cuenta me di en qué momento me dormí, había estado casi todo el día en un ir y venir: a la notaría, al abogado, al banco y un largo etcétera entre las cosas del traspaso y de la tienda.
Al día siguiente, aunque era sábado tendría que seguir trabajando, debía ir a supervisar las obras en la nueva tienda. Esa abriría todos los días, pues estaba cerca de un centro comercial que movilizaba gente todo el día y hasta entrada la noche, por lo que tendría que contratar a dos dependientes más; otro asunto del que debía preocuparme.
Me levanté temprano luego de una reparadora noche; me di una corta ducha para no desperdiciar la escasa agua que queda en el planeta; me vestí con unos pantalones de algodón colorido y unas sandalias naranjas; mi pelo, largo y crespo, me lo até en una moña con un cintillo elástico que había tejido yo misma; me coloqué unas pulseras hechas de lana que también había tejido hacía un tiempo; me encantaban las cosas así, no usaba joyas de oro ni diamantes, no me gustaban; creo que eso era lo que más odiaban mis padres de mí; ellos eran de alta alcurnia y no podían soportar que su hijita los pusiera en ridículo en las fiestas con otros magnates luciendo joyas de lana o macramé y no sus caros regalos de piedras preciosas. En fin, ya he dicho que no quería pensar en ellos.
La tienda nueva estaba quedando hermosa, con muchos colores que combinarían a la perfección con mis flores. Ya pronto llevaría los cuadros que había pintados. Ellos eran, para mí, la máxima expresión de mis sentimientos y emociones; casi todos plasmaban la naturaleza, a la que tanto amaba.
Los trabajos avanzaban muy bien y en solo dos semanas iba a hacer la gran inauguración, a la que había invitado a los clientes frecuentes de mi primera tienda, amigos, algunos proveedores, vendedores e, incluso, a los repartidores. Claro, no todos estaban de acuerdo en lo último, pues pensaban que los repartidores no tenían derechos y para mí lo tenían tanto como cualquier otro que tuviese algo que ver con la tienda. Así que, con todo arreglado, esperaba que todo saliera muy bien. Es más, una conocida revista semanal dedicada al arte y la decoración, de un diario muy respetado, me pidió una entrevista para publicarla el mismo día de la apertura, por lo que estaba segura de que mis padres verían mi logro: era su periódico favorito. Por fin verían que mis sueños se habían cumplido y que el método que ellos querían para mí, para obtener dinero, no era el mejor.
Salí de allí y me fui a comprar algunas cosas que necesitaba para mis artesanías; luego, almorcé una ensalada fresca y liviana, ya que quería ir a ver el terreno pronto para comenzar con la preparación de la tierra lo antes posible y no quería estar con el estómago pesado. Cosa que me fue muy beneficiosa más tarde.
El camino hacia mi campo era muy transitado, por lo menos hasta salir de la ciudad; tras dejar la autopista, los diez minutos hasta mi propiedad, era bastante tranquilo. Estacioné fuera del enrejado, no quise entrar mi auto. Ingresé al terreno y contemplé todo lo que me pertenecía. Eran treinta hectáreas que esperaba crecieran con el tiempo. Era un terreno enorme que más grande se veía al no tener nada, solo tierra que trabajar; todavía el cierre era de alambre, pero muy pronto eso cambiaría y tendría una pared cubierta de hiedra. Casi lo pude ver, lo visualicé y todas mis energías positivas las lancé hacia el infinito para que aquello resultara tal como lo había planeado. Demasiado sacrificio y esfuerzo había realizado en esos años para que saliera mal. Yo sabía que cada uno de mis sueños se iban a cumplir.
Caminé hasta una casita ubicada a escasos metros de la entrada, estaba con candado por fuera y, según me había explicado el abogado que hizo el trámite, así estaría cuando yo llegase, por lo que me entregó la llave pues se suponía que allí guardaban las mangueras y algunas cosas que él no sabía para qué las usaban, pero que yo podía quedarme con todo sin problema; aquello fue un fundo de alguien que había fallecido, su hijo estaba vendiendo la mayoría del terreno por hectáreas y no quería saber nada de las cosas de ese lugar.
Al fondo, muy lejos, apenas visible entre un montón de árboles, pude ver lo que supuse era la casa del dueño, un caserón enorme, blanco y solitario.
Me arrodillé en la tierra, quería volver a corroborar lo buena que era para las cosechas. Tomé un poco entre mis dedos. Sí, era tierra perfecta, según el abogado, la esposa del exdueño trabajaba aquel terreno con rosas, claveles, algunos árboles frutales y pasto. Sin embargo, cuando la mujer falleció, el esposo hizo sacar todo de raíz, no quería recuerdo alguno de ella; así fue como quedó en nada y, por lo mismo, era buena tierra para sembradío.
Me acerqué a la casita, parecía una casa de muñecas por dentro, por fuera estaba corroída, con la pintura descascarada, con algunas tablas sueltas, pero, por dentro, tenía una mesita, dos sillas, una pequeña cocina de dos platos y un lavaplatos casi en miniatura; un pequeño mueble en el que estaban guardados dos tazas, dos platillos, dos platos hondos y dos bajos; una cama de una plaza y otro mueble donde había una manguera retráctil y unas herramientas de jardín.
Pensé en qué haría esa mujer allí, así, con esas cosas, ¿qué diría su marido de eso? Era como si esa hubiese sido una segunda casa, pero por fuera no quisieran que se supiera, pues, en el exterior, solo parecía una casucha de bodega.
Decidí no pensar en eso, esas cosas eran mías, pues su dueño dijo que no quería nada de aquello, miré todo lo que me pertenecía y pensé que luego tendría que tener algún sistema de regadío, pues sería una tarea titánica regar todo aquel enorme predio.
Por detrás de aquella casita, pude descubrir que quedaba vivo un rosal, apenas, pequeño, como el sobreviviente de una tormenta. Era una pequeña planta con una sola rosa roja. La regué con cariño y luego acaricié sus hojas. No me pinchó. Era un rosal muy amigable.
―Hola, hermoso, tenías sed, no te preocupes, ya estoy aquí yo para cuidarte, nadie te hará daño y crecerás grande y fuerte, serás el hermano mayor de las demás plantas que traiga hasta este lugar. Serás el líder, tendrás que enseñarles cómo sobrevivir, cómo vivir, cómo llevar alegría a mucha gente.
Me levanté luego de volver a hacerle cariño y regué los alrededores de la casita. Al finalizar, guardé todo para irme a mi casa; pasé a despedirme de mi rosal.
―Hasta mañana, vendré cada día a verte, ¿sí?
Me fui feliz, renovada, con la esperanza de que todo me saldría mejor de lo que esperaba, pues el rosal era una señal de ello. Era un resiliente como yo, había sabido enfrentarse al odio de los demás y a la destrucción. Si mi nuevo rosal lo había hecho, yo lo haría con mayor razón.
(Bastián)
Golpeé con la carpeta, que me habían entregado hacía pocos minutos, el escritorio. Me sentía furioso, o más que eso, sentía cosas que no pueden ser descritas con una sola palabra. Ni con mil.
―Bastián, cálmate ―me rogó mi mejor amigo y mi abogado.
―¿Cómo quieres que me calme? ¿Por qué le vendiste ese terreno a una mujer que quiere colocar un jardín en ese lugar? ¡No! Eso lo arrancó mi padre de cuajo de allí porque no quería nada que le recordara a su mujer; tú sabes la historia, tú sabes de la tragedia; tú, menos que nadie, podía vender eso para recordar por siempre a mi mamá.
―Bastián, eso pasó hace mucho tiempo, además, ¡tú ni siquiera vives allí! No sé de qué te quejas. Yo te dije, te lo advertí, pero tú no tomaste en cuenta y me dijiste que yo hiciera lo que tuviera que hacer, tampoco es que los terrenos se estén vendiendo con mucha facilidad. Y la mujer que lo compró es una empresaria que se enamoró del lugar en el mismo momento en el que vio el aviso, todavía ni había visto el terreno; según ella, su instinto no le falla. ¿Qué querías que hiciera? Tú no me dijiste que no querías un campo de flores ahí.
―Lo sabías.
―Pero, Bastián, por favor, tampoco es para que te pongas así.
―¿No te das cuenta de que allí surgió el problema que llevó a la muerte a mi mamá?
―Sí, pero no fue el jardín, fue la casa que utilizaba como motel el problema, y no puedes decir que no. La casa debieron destruirla, no el jardín que no tenía culpa alguna.
―¿Y no se puede hacer nada?
―No lo sé, tú me otorgaste el poder absoluto sobre tus tierras para venderlas, ya está hecho; si no quieres venderlas ahora, deberás llegar a un acuerdo con la dueña legal, aunque dudo que la deje ahora, pues estaba fascinada, ella tiene una florería en el sector alto de la ciudad y muy pronto abrirá una sucursal en el centro, así es que dudo que quiera llegar a un acuerdo, tendrías, no solo que devolverle el dinero, también tendrías que recompensarla y eso serán más trámites y más dinero.
Negué con la cabeza. ¡Una florería en el sector alto de la ciudad! Seguramente era una de estas tipas estiradas que miran por encima del hombro a todos los demás que no son de su clase. Y yo soy de esa misma clase, lamentablemente.
―¿Qué dices? ¿Dejarás que se quede con el terreno?
―¿Acaso tengo opción?
―Tú decides.
―No, tú decidiste por mí ―ironicé con rabia.
―Ya, hombre, si no es tan terrible. Es una joven maravillosa, eso te lo puedo asegurar, ama las plantas tanto como tu mamá. Es una de esas a las que llaman "abraza-árboles".
―Mi mamá abrazaba mucho más que árboles ―repliqué resignado.
―Bueno, entonces, ya está todo saldado. Todos felices.
―No lo creo. ―Sonreí al darme cuenta de un pequeño detalle que mi amigo no logró ver antes.
―¿Qué pasa?
―No, dime tú qué pasará cuando ella se entere que el terreno colindante será un estacionamiento de camiones.
―¿Siempre vas a dejar allí los camiones de la empresa?
―Claro, ¿qué creías? Necesito un lugar donde dejarlos por la noche y qué mejor que allí, lejos de todo y, sin embargo, a mano para devolver a los trabajadores a sus casas. Además, sabes que ya está todo hecho.
―Bueno, en la ciudad hay tráfico todo el día, así que supongo que no habrá problema.
―Y si lo hay, pues tendrá que irse.
―No lo hará. Bueno, ya te entregué los documentos, ahora me voy porque un caso me espera en Tribunales.
―Dale saludos a tu Usía ―me burlé.
―Gracioso ―respondió.
Largué una carcajada en tanto mi amigo salía rumbo a su cita con la mujer de la que todos estaban enamorados, pero que, por la misma razón, a Gustavo no le llamaba la atención, por más que ella se le declarara abiertamente, al parecer, no le gustaba perder y mi amigo había sido el único que no había caído en sus garras.
Miré la hora. Eran las nueve y cuarto. Lunes. Primer día de la semana, primera hora de la mañana, primer día hábil del mes, y ya todo marchaba mal. Yo no quería ver las tierras de mi mamá convertidas de nuevo en un jardín, sería tener el recuerdo de ella latente y no quería. Ella tuvo un amante y nos abandonó, no de presencia, pues su alcurnia no le permitía un divorcio, pero sí lo hizo en casa. Su jardín y su casita eran lo más importante para ella, mi papá y yo quedamos relegados a los espacios públicos, donde se jactaba de tener una familia maravillosa, que no cambiaría por nada. Y sí que nos cambió. Nos cambió por unas plantas... y por otros hombres.
Recibí una llamada en ese momento, era el supervisor de terreno con un problema, uno de los camiones había chocado pues se le habían cortado los frenos y era necesaria mi presencia en el lugar.
Salí a toda prisa rumbo a la dirección que me había dado y, al llegar, ya todo estaba más calmado, aun así, el camión debía ser llevado a reparación. Por suerte, nadie había resultado afectado, solo un vehículo menor terminó con sus latas algo abolladas, ante lo cual me comprometí a enviar a mi mecánico para que lo arreglara.
Terminado el trámite aquel, decidí ir a ver las tierras de mi padre, las que estaba vendiendo por lotes, así era más fácil venderlas y también evitaba que hicieran casas o departamentos, prefería que las usaran de bodegas, almacenes, pero no industrias o inmobiliarias, a pesar de trabajar codo a codo con ellos, pues mi empresa era de distribución de todo tipo a lo largo del país: Transportes Uribe. Mi mamá odiaba ese apellido, lo encontraba tan poblacional, y siempre me pregunté que, si lo consideraba ordinario, ¿por qué se había casado con un hombre con ese apellido? Claro, ella era Oyanedel de los Ríos, presumía de ser descendiente de Catalina de los Ríos y Lisperguer, la famosa "Quintrala", y quizá tenía razón, pues era igual de mala con los hombres. Al menos con mi papá.
Decidí no seguir pensando en eso, estaba a punto de llegar a mi destino. El pequeño automóvil naranjo no pasó desapercibido para mí. Y creo que para nadie. Parecía una mariquita a la que le habían borrado los puntos, pero al acercarme más, me di cuenta de que, a falta de puntos negros, este tenía un montón de flores de todos colores por un costado.
Quien fuera que anduviera en ese vehículo no pasaba desapercibido y me pregunté cómo era que nunca lo había visto en la ciudad, de haberlo hecho, estaba seguro de que no se me habría olvidado.
Pasé de largo, no me detuve, aunque ganas no me faltaron. Seguí al terreno del lado, el que me había dejado para guardar mis camiones en las noches. Allí estaba instalando un galpón para cubrirlos en invierno, el que ya estaba pronto a llegar. También tenía mi pequeña oficina y una especie de casino para que los camioneros pararan allí a descansar.
Después de hablar con los chicos que estaban realizando los trabajos de limpieza para luego instalar todo lo necesario para los camiones, me fui a caminar por el lugar.
Recordé los momentos que pasé allí de niño. Ya no quería tener más recuerdos de mis padres. Mi mamá se suicidó cuando mi papá descubrió su pequeño secreto en el jardín, y él nunca lo pudo superar; al final, la tristeza y la depresión se apoderaron de él y terminó como mamá. Ninguno de los dos pensó en mí, en lo solo que quedaría, solo pensaron en ellos, en su felicidad.
Gustavo me llamó para avisarme que estaba en camino, necesitaba que le firmara unos documentos de otro de los terrenos que iban a comprar. Lo esperé sentado en una piedra afuera de mi oficina, mientras me tomaba un café, mi bebida preferida. Desde allí observé a la mujer del lado, se había agachado al lado de la casita, no vi para qué, pero allí se mantuvo un rato. Luego sacó la manguera y regó ese sector y sus alrededores. Guardó la manguera y se volvió a agachar en el mismo lugar de antes.
―¿Vigilando a la vecina? ―se burló mi amigo que había llegado.
―Es un poco rara.
―Para que te voy a decir que no, si sí ―respondió divertido.
―Bueno, ¿quieres un café?
―Claro.
Serví los dos cafés, cuando sentí un estruendo por el lado de mi vecina. Salí de mis terrenos, al mismo tiempo que lo hizo Gustavo. Mi vecina había chocado con un poste de protección frente a su reja.
Corrí a ver si se encontraba bien.
―Sí, sí, estoy bien, gracias. Se me cruzó un caballo blanco, ¿él está bien? ¿Le pasó algo? ―preguntó algo adormilada.
―Aquí no hay ningún caballo blanco, señorita, creo que se confundió.
―Sí, yo lo vi, por hacerle el quite, choqué.
―Pues no, aquí no hay ningún caballo blanco, y si lo hubo, escapó.
Suspiró. Se desabrochó el cinturón de seguridad y se bajó, atolondrada todavía.
―Quédese quieta un rato, ¿dónde se golpeó?
―La frente, le di al volante.
Se giró y me miró, la parte que no había visto de su cara estaba llena de sangre, se había roto la sien.
―Creo que debería ver a un médico ―dije por inercia.
Saqué mi pañuelo y se lo coloqué en la herida para hacer presión.
―¿Se ve muy mal?
―Algo, aunque yo no sé de esto.
―Yo tampoco.
―Está sangrando mucho.
―Eso debe ser malo. La sangre es mala.
―Supongo, nadie sangra porque sí.
Se tocó la sangre y se miró la mano; sus ojos se movieron en todas direcciones y se desmayó en mis brazos.
(Almendra)
Abrí los ojos y lo vi. Era como un príncipe azul.
Me levanté y lo aparté de mí, no me gustaban los príncipes azules, yo no era una damisela en peligro ni mucho menos. Yo era una mujer fuerte y moderna que no necesitaba de un hombre para vivir, menos de uno tan guapo como aquel, que son los peores, andan con una y con otra porque saben que son ricos. Y no de plata necesariamente.
―¿Estás bien?
Lo miré confundida, ¿por qué me preguntaba eso? Giré la cabeza y vi mi auto incrustado en un poste, ¡maldita sea! En ese momento recordé todo. Volví a mirar al príncipe, digo, al tipo, intenté no caer con el mareo que sentí.
―Estoy bien, fue solo un topón ―aseguré de todas maneras.
Los labios de él se curvaron y se apretaron, yo creo que quiso reírse de mí, mi auto tenía toda la nariz metida en el árbol, no había sido un simple topón y yo lo sabía.
―Bueno, fue más que un simple topón ―admití frente a él―, pero estoy bien, gracias.
―Tu auto no está en condiciones de andar, ¿quieres que te lleve a alguna parte?
―Tendré que llamar a una grúa.
―No te preocupes, yo tengo una, pediré que lo saquen de allí y se lo lleven a donde tú digas.
―Gracias.
―Si quieres, puedo hacer que lo vea mi mecánico, está aquí al lado...
La cabeza me empezó a dar vueltas de nuevo y no entendí nada de lo que me siguió diciendo, para mí, era como si me hablara en chino, pero se veía tan lindo hablando y moviendo su boca, que no me importó saber lo que decía; solo cuando vi su cara de espanto, me di cuenta de que me estaba cayendo hacia atrás. Él logró sujetarme y yo me aferré a él. Al parecer no había sido un simple golpecito. Tenía sueño y no procesaba muy bien lo que sucedía a mi alrededor. Me parece que lo vi hablando por celular.
―No te duermas ―suplicó.
―Es que no puedo ―respondí―. Me dio mucho sueño.
―Tienes que poder quedarte despierta.
Cerré los ojos y sentí en mis labios sus labios. ¿Qué se creía? Abrí los ojos como platos.
―Eso, mantente despierta, si te duermes, me voy a aprovechar de ti ―socarró.
―Eres un desgraciado ―balbuceé como idiota, el príncipe se había convertido en sapo.
―Sí, y soy peor, así que ni se te ocurra cerrar los ojos.
―Estúpido.
―Eso, sigue ofendiéndome... Me excita más.
―¿Por qué no te vas?
―Porque estoy esperando que te duermas para aprovecharme de ti, ya te lo dije.
―¡Idiota!
Una camioneta se detuvo a nuestro lado y el príncipe convertido en sapo me tomó en sus brazos y me subió al asiento trasero ayudado por el chofer. No me pude resistir.
―¿Dónde me llevan?
―A un lugar muy lindo ―contestó con ironía.
―¿Qué?
―No te taparé los ojos para que veas a donde vamos, que en todo caso no te servirá de nada, no creo que puedas acusarme después.
―¿Me estás secuestrando?
―Sip.
Cerré los ojos, me había topado con un infeliz y yo me sentía tan mal, que aparte de pelear con palabras no podía hacer mucho más y le lancé una sarta de improperios hasta que me cansé y volví a cerrar los ojos, ya no tenía sentido nada. Mejor me entregaba a mi destino.
―¿No me vas a seguir ofendiendo? ¿No vas a reclamarme que soy un infeliz, un desgraciado, un degenerado?
―No tengo fuerzas ―admití.
―Pues deberías, no es gracia si no hay lucha.
―¿De verdad me vas a...?
―¿Qué crees?
Dejé caer mi primera lágrima, hiciera lo que hiciera no podría defenderme, tenía los brazos agarrotados, las piernas como gelatina y mi cabeza como un globo a punto de reventar; los oídos me zumbaban y no podía pensar claro, mucho menos defenderme. Puso su palma contra la mía y entrelazó sus dedos con los míos.
―Oye, no te duermas ―dijo como si me rogara―. No te des por vencida.
―¿Qué?
―Eso. No te entregues sin luchar.
―No puedo, ustedes son dos y yo...
Sonrió con una sonrisa maravillosa y me pregunté por qué abusaba de mujeres indefensas si seguro las tenía a todas a sus pies y su amigo no lo hacía nada de mal tampoco.
Volví a cerrar los ojos. Él me apartó el pelo de la cara.
―Oye, mira, llegamos.
Abrí mis pesados párpados con dificultad y miré hacia afuera, a pesar de que las letras bailaban desordenadas, pude notar que estábamos en un hospital.
Se bajó él primero, dio la vuelta y me ayudó a bajar, su amigo llevó una silla de ruedas y me sentaron en ella. Él tomó mis manos y se agachó frente a mí.
―No te duermas todavía, ¿ok? Resiste un poco más, ya estamos donde te pueden ayudar.
Se colocó tras la silla y entró gritando que yo necesitaba ayuda. Una enfermera se hizo cargo de la silla; el sapo, o príncipe, ya ni sabía qué era, me tomó la mano y me dio un beso en la coronilla de la cabeza.
―Aquí te voy a estar esperando, ¿ok? Quédate tranquila que todo va a estar bien.
―Gracias ―atiné a responder avergonzada, no me quería violar.
Yo a él sí.
Me pusieron en una camilla y me hicieron un montón de preguntas, algunas las entendía, otras, no; luego me llevaron para hacerme una radiografía o algo así y después no supe más porque me dormí.
Desperté en una pieza con una luz muy fuerte.
―¿Cómo te sientes? ―me preguntó el príncipe.
―¿Dónde estoy?
―En Urgencias del hospital Sur, el doctor ya viene, ¿cómo te sientes?
―Bien, un poco mareada y confundida, ¿por qué estás aquí? Se supone que nadie puede entrar aquí si no está enfermo.
―Tengo mis contactos y mis métodos. Tú tranquila.
―Quiero dormir.
―Pareces la Bella Durmiente ―se burló.
―Y seguro tú quieres ser Felipe ―repliqué.
―¿Quién es Felipe?
―Qué ignorante ―me burlé yo―. El príncipe de la Bella Durmiente. ¡Hombres!
―Podría ser, pero, a decir verdad, tu carruaje no me atrae en lo más mínimo. Además, tendría que besarte... ―Puso cara de asco.
―Ya me besaste y no te costó nada ―le recordé con ironía.
Se puso rojo y a mí me dio risa.
―Quería que reaccionaras, era eso o golpearte.
―Ah, claro, no podías darme pequeños golpecitos como lo hace la gente normal, o hablarme o, no sé, hay otros métodos, ¿no? Si no, el mundo entero se estaría besando.
―Te di golpecitos, te hablé, te rogué... Y tú nada de nada.
―Por eso quisiste abusarme.
―¡No te abusé! Ni siquiera fue un beso-beso, fue un piquito.
Sonreí y giré la cabeza, un mareo me hizo sentir muy mal.
―Hey, tranquila, no hagas movimientos bruscos, mira que tus neuronas están dando vueltas por ahí en tu cabeza todavía.
―¿Fue muy grave?
―No, no hay lesión cerebral, pero sí a nivel neuronal, salieron volando las pobres con el choque, ¿a qué velocidad ibas?
―No iba tan rápido, iba recién saliendo, se me atravesó un caballo blanco y por hacerle el quite me fui contra el poste, el problema es que mi chala se enredó y quedó apretando el acelerador y no pude frenar. Fue todo muy rápido en todo caso, yo creo que por eso fue más alaraco el asunto.
Abrió mucho los ojos.
―Menos mal que no te pasó en la carretera.
―No se atraviesan caballos allí.
―Pero sí otros autos. Además, no sé de dónde pudo salir un caballo blanco, no hay ni uno cerca, el único que había se murió hace mucho tiempo.
―Yo lo vi, ¿por qué, si no, habría chocado de una forma tan tonta?
―A lo mejor te querías estacionar y le echaste la culpa a un caballo inexistente.
―No soy buena para estacionar, lo reconozco, pero no para tanto.
Me miró fijo y yo me sentí incómoda con su mirada.
―Ya, pues, no me mires así que me pones nerviosa.
Me regaló una radiante sonrisa.
―¿Te pongo nerviosa? ―preguntó coqueto
―Pero no así, tonto, me pones nerviosa porque siento que me recriminas por haber chocado.
La seriedad cubrió su rostro en un nano segundo.
―No te recrimino, un accidente puede pasarle a cualquiera, además, si ese caballo estuvo allí, las consecuencias pudieron ser peores si no lo hubieras esquivado.
―Sí, pobre caballo.
―¡Pobre de ti! Hasta podrías haber dado vuelta tu auto.
Lo miré aterrada.
―Chocar con uno de esos animales no es juego, Almendra, es muy serio.
―¿Cómo sabes mi nombre?
―Tuve que hacer el ingreso, saqué tus datos de tu bolso que, por cierto, está muy desordenado.
―Espero que no me hayas botado nada.
―Claro que no, ¿quién crees que soy? La ordené, sí, porque quise sacar tu billetera y salió todo volando, papeles, boletas, pedazos de lana...
―No eran pedazos de lana ―reclamé―, eran pulseras, mira.
Extendí mi brazo donde tenía pulseras de lana hechas por mí.
El arrugó la frente.
―A mí me gustan, ¿ya?
―Son bonitas, se te ven bien.
Entonces me apartó un mechón de pelo y miró mis aros que también eran de lana.
―Sí, también los hice yo ―dije antes de que me preguntara nada.
Por un momento, me avergoncé de ellos, la mayoría de los hombres gustaban de chicas sofisticadas con joyería fina y no sacadas de un tutorial de manualidades.
―Debes hacer muy difícil a tu pololo el regalarte algo.
―No tengo pololo y no sé por qué tendría que complicársele.
―Porque, ¿qué se le regala a una mujer? Chocolates, flores y joyas. ¡Solo dejas los chocolates, mujer! Si vendes flores y haces joyas
―¿Cómo sabes que vendo flores?
―¿Por las tarjetas de visita que tienes podría ser?
―Bueno, igual, no sé de qué te preocupas, tú no eres mi pololo ni me vas a regalar nada.
―Eso nunca se sabe, Almendra Ríos, nunca sabe ―lo dijo como una sentencia y luego sonrió con su sonrisa de príncipe de cuento.
Deseé dormirme para que me despertara con un beso.