Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Junior
Junior

Junior

Autor: : Nadian
Género: Romance
Junior: Algunas personas nacemos con suerte y yo, Júnior, soy una de ellas. Hasta la fecha todos mis sueños se han hecho realidad. A nivel profesional, he seguido los pasos de mi padre, siendo uno de los futbolistas mejor pagados del planeta. A nivel personal he comenzado una relación sentimental con la única mujer que sabe cómo hacerme feliz. ¿Qué más podría pedir un ser humano cuando lo tiene todo? Sin embargo un buen día, la vida decidió darme un duro revés. María, la elegida por mi corazón, me ha dejado plantado en el altar el día de nuestra boda. Sin ofrecerme ninguna explicación ni ese día, ni después. Y, aun cuando sé que debería olvidarla, la sigo llevando muy dentro mío. María: Algunas personas nacen con suerte y yo, María Medina, no soy una de ellas. La vida ha sido benévola conmigo durante un tiempo, hasta que decidió que mi cupo de felicidad estaba agotado. A ojos del mundo entero parezco una mujer fría y sin corazón por haber dejado a Júnior sin consideración ni sensibilidad alguna. Lo que el mundo no sabe es que a veces, las apariencias engañan y el verdugo, es víctima en realidad. Me duele ver a Júnior sufriendo pero no puedo hacer nada para aliviar su dolor, porque si lo hago, el gran secreto que guardo, deberá salir a la luz... Y para su bien y el mío, eso no puede suceder. ¿Dará la vida una segunda oportunidad cuando todo parece perdido? Y si lo hace, ¿cuál es el precio a pagar?

Capítulo 1 LA BODA

1

Denia, 21 de junio de 2020, el día de mi boda

La suave brisa de mayo mece con delicadeza el arco nupcial formado por flores níveas y una sinuosa hilera de yedra verde. En el ambiente reina la alegría, propia de una ceremonia de esas características, y el olor salado del mar se desperdicia entre los caros perfumes femeninos. De fondo se escuchan los acordes de un piano, que entona una sentida canción lírica, a la que nadie presta atención.

Estoy de pie, junto al altar improvisado, soportando con entereza los minutos previos a la llegada de la novia. Minerva, mi madre, me da un breve apretón en el brazo para infundirme ánimos. Su presencia me reconforta, aportándome templanza sin necesidad de palabras o gestos. Inclino la cabeza y nuestras miradas, del mismo tono grisáceo, se encuentran y nos sonreímos.

Mi padre, Cristian, se mueve entre los invitados asegurándose que están bien atendidos. Viste un traje color gris antracita, de corte impecable y tela exquisita, camisa blanca almidonada y corbata estrecha de seda natural. A sus cuarenta y cinco años luce el mismo cuerpo atlético de siempre, que mantiene en forma con largas sesiones de gimnasio y duros entrenamientos. Dieciséis años atrás, se casó con mi madre biológica y, aun cuando sus principios como pareja fueron un tanto atormentados, mantienen en la actualidad uno de los matrimonios más estables y envidiados del panorama futbolístico.

Dejo de prestarle atención a mi progenitor, levanto un poco la manga de mi impoluta camisa y consulto de forma disimulada el reloj. Faltan solo tres minutos para las doce. ¿Por qué narices pasa el tiempo tan despacio hoy? Las masas, las ceremonias, ser el centro de atención no son mi punto fuerte, pero mantengo la calma sabiendo que algunos compromisos son inevitables. Como mi boda, por ejemplo. Cambio el peso corporal de una pierna a otra demasiado tenso para mantenerme quieto. Percibo cómo todos los músculos de mi cuerpo están en fase de alerta máxima. Me pregunto si todos los novios pasan los mismos apuros antes del enlace. Lo más seguro es que sí.

Necesito mantener la mente ocupada así que vuelvo a consultar el reloj. Sus agujas se mueven con una lentitud demoledora que me saca de quicio. Dos minutos, eso es lo que falta para que la mujer que amo desde que tengo uso de razón, se acerque a mí vestida de blanco. Por delante de mis ojos pasa una sucesión de imágenes nuestras siendo niños. Desde el primer instante en que la vi, mi corazón comenzó a latir por ella. María es valentía, coraje, firmeza, no hay obstáculo en el mundo que se le resista. Es pasión, fuerza, entusiasmo, un verdadero tsunami que arrasa con todo a su camino. Es hermosa y de buen corazón.

«Y es mía», me felicito orgulloso.

«Casi tuya», me corrige una voz envidiosa en mi cabeza. Siente celos de mi felicidad y es comprensible. Pocas personas en el mundo tienen la suerte de casarse con su primer amor. Ese que te quita las ganas de comer, el sueño y te mantiene con la mirada atrapada en las esquinas del techo de tu cuarto.

Me considero un hombre afortunado, hasta la fecha todos mis sueños se han hecho realidad. Mi yo al completo se encuentra en un estado apoteósico y mi autoestima en su nivel más elevado.

Los sonoros acordes nupciales interrumpen mis reflexiones provocando en todo mi cuerpo una inmensa explosión de calor. Un nudo grande se aloja en mi garganta, no sé dónde mirar ni qué hacer con mis manos que, de pronto, me pesan más de lo normal.

El gran momento ha llegado y yo estoy demasiado agitado para disfrutarlo.

«Te pasas de sentimental. Solo es tu boda, no el fin del mundo. Los nervios previos al enlace están sobrevalorados porque lo que pasará a continuación es puro formalismo. Te dijo que sí en su momento, que fue la prueba realmente importante, ahora solo queda disfrutar del gran día. Nada malo puede suceder».

Inspiro lentamente y meto la mano en el bolsillo del pantalón aparentando sosiego. Dejo salir el aire de mis pulmones y le devuelvo la sonrisa a mi padre. Sus ojos oscuros me exploran con atención, soy un maldito libro abierto, un ser incapaz de ocultar sus emociones. Él lee entre líneas y me levanta el pulgar, para animarme. Ese pequeño gesto, muy nuestro, consigue reconfortarme. Cuadro los hombros y me armo de valor. Observo desde la distancia a mi prometida. A pesar del largo tramo que nos separa, nuestras miradas se encuentran y, lo que veo, hace que me tense todavía más.

María está espectacular con su precioso vestido de seda, en tono beige, de corte sencillo y tela delicada. Una pretina con finas incrustaciones plateadas delimita la falda larga, simple y sin aderezos del corpiño liso previsto de un moderno escote rectangular. Su pelo negro, lacio y lustroso está adornado con decenas de flores minúsculas y sus labios, pintados en un sutil rosa pétalo, lucen exquisitas. Camina del brazo de su hermano menor, John, y, a primera vista, parece lo que es, una novia que se acerca al altar el día de su boda. Pero algo no va bien, sus ojos miran en todas las direcciones menos en la mía y arden angustiados. Avanza insegura por el ancho pasillo central cubierto por una vistosa alfombra verde, su cuerpo esbelto está tenso y sus hombros estrechos, cubiertos por el tul transparente del velo, rígidos. Aprieta los labios como si se estuviera aguantando las ganas de llorar.

Si algunos minutos atrás los nervios previos al enlace me reconcomían por dentro, ahora me siento invadido por gigantescas oleadas de pánico. Me cuesta mantener la mano en el bolsillo, así que la saco y me la paso por el pelo, sabiendo de antemano que me alterará todavía más. Cambio el peso corporal de una pierna a otra y vuelvo a dejar la mano a buen recaudo, en el bolsillo del pantalón. Molesto conmigo mismo por este momento de inseguridad, trato de sobreponerme.

«Seguro que no es nada», me calma mi yo interior. «Es normal que esté nerviosa, una no se casa todos los días con una estrella del fútbol ante toda la flor y nata del gremio. María es sencilla, quizá esta ceremonia fastuosa la sobrepase».

Esa breve explicación alivia mi ansiedad y renueva mis ánimos. Nos separan pocos metros de distancia así que le sonrío buscando conectar con ella, pero su mirada perdida, da la impresión de hallarse a mil años luz de mí. De pronto, detiene sus pasos y hace una seña con la mano, dando a entender que desea hablar. Este pequeño gesto tiene el poder de una ráfaga ruidosa, ya que, en cuestión de segundos, todos los asistentes dejan de lado sus conversaciones y se centran en ella.

«¿Y ahora a qué viene esto?», me pregunto para mis adentros, hecho un mar de dudas.

El hombre que toca el piano, al advertir que debe interrumpir su pequeño minuto de gloria, levanta la mirada confundido. Con las manos aún sobre las teclas detiene la música malhumorado. Se une a la multitud y centra su atención en la novia. Mis sospechas se multiplican, observo decaído que la mayoría de los invitados esperan expectantes su discurso.

En los días previos a la ceremonia hemos ensayado varias veces el acto en sí. El cometido de María era llegar hasta mí, enlazar sus manos con las mías, sonreírnos y sentarnos ante el alcalde encargado de oficiar la ceremonia.

Solo eso.

No entiendo nada. Ni yo, ni los trescientos invitados que no despegan los ojos de ella, esperando intrigados su discurso. Observo que al coger el micrófono, sus manos tiemblan ligeramente y se muerde el labio inferior, tratando de no venirse abajo. Tengo un mal presentimiento pero no puedo impedir el avance de los acontecimientos.

Tras unos instantes cargados de tensión, saluda con timidez, provocando que el murmullo de los invitados se apague de golpe y un denso silencio envuelva la atmósfera.

-Hola a todos y muchas gracias por venir. -Intenta mostrarse serena pero las palabras le salen atropelladas y su tono de voz suena diferente, como si fuera el de una desconocida. Recorre con la vista la multitud, aunque no mira a nadie en concreto. Tras unos segundos de titubeo lanza al mundo una noticia de lo más desconcertante-. Lamento deciros que yo no... no voy a casarme hoy con Júnior.

¿¡Qué!?

Un montón de señales de interrogación se multiplican dentro de mi cabeza y hago un esfuerzo sobrehumano para que mi barbilla no colisione con el reluciente césped que parece bailar bajo mis pies. Los peores presagios se están materializando ante mis ojos abiertos como platos. Las rodillas se me convierten en gelatina y un gran vacío comienza a formarse en mi interior. Los labios se me resecan y no puedo tragar. Aprieto el puño hasta que los nudillos adquieren un tono blanquecino y acepto agradecido la mano que mi madre posa sobre mi brazo. No soy capaz de mirarla, ni a ella ni a ninguno de los trescientos invitados que me observan boquiabiertos. Y no puedo culparlos, han acudido vestidos con sus mejores galas dispuestos a acompañarme en el día más feliz de mi existencia y se encuentran con el marrón del siglo. Nunca he experimentado la sensación de caída libre al vacío y, si antes no sabía qué hacer con las manos, ahora me sobran todas las partes del cuerpo.

Los ojos me arden, el corazón se me contrae y una enorme garra se clava en mis entrañas. Quisiera desaparecer, tener una capa bajo la cual ocultar mi metro ochenta de altura y esfumarme de allí. Pero no la tengo, así que sigo de pie, con la cabeza bien alta, tratando de comprender lo incomprensible. Busco con insistencia conectar con ella y, esta vez, me devuelve la mirada. Sus ojos oscuros, de normal complemente limpios y serenos, lucen turbios y acuosos. Me mira con cierta emoción, una mezcla de amor y dolor infinito que, lejos de aclararme nada, me ahondan más en la desesperación.

«Oculta algo, es más que evidente, no pudo haber tomado una decisión así de la noche a la mañana».

Una vez superada la sorpresa inicial, me siento invadido por oleadas de enfado.

«María, ¿cómo puedes hacerme eso?», le recrimino en mi mente, porque soy demasiado orgulloso para hacerlo en voz alta. La confusión que habita en mi cabeza no hace más que crecer. La situación es muy reveladora: por algún motivo, extraño y desconocido, mi prometida está renunciando a mí en público.

En la punta de mi lengua se amontonan decenas de preguntas pero el orgullo me impide hablar. Me sorprendo hasta yo cuando su nombre sale de mis labios en forma de doloroso lamento.

-María.

Al escucharme, traga con dificultad; es evidente que mi reproche silencioso la ha afectado. Alza la barbilla como si se estuviera preparando para una gran batalla y rompe de forma inconsciente los pétalos de las rosas que forman el ramo nupcial que sostiene en la mano. Parece atormentada, pero no da señales de retractarse. Su voz suena impersonal, fría y, desprovista de todo sentimiento, cuando lanza su sentencia final:

-Yo... lo siento Júnior, tenemos que anular la boda, he comprendido que... no te quiero.

Esas palabras que van dirigidas a mí se convierten al instante en navajas afiladas que se clavan con dureza en mi piel. Mantengo la compostura, aunque el sepulcral silencio formado a mi alrededor no me ayuda demasiado. La analizo con atención y no aparto los ojos de ella hasta que no me sostiene la mirada. Parpadea angustiada y, por un breve instante, siento que lo que estoy viviendo es una alucinación, un mero producto de mi imaginación. No puedo estar pasando por esta pesadilla el día que, supuestamente, debería ser el más feliz de mi vida. Sus siguientes palabras me rematan con tanta dureza que me pregunto de dónde sacaré las fuerzas para reponerme.

-Eres el niño mimado de tus padres, demasiado infantil para ser un hombre de verdad. Por mi parte, la boda queda cancelada.

A modo de cámara lenta observo cómo deja de lado el micrófono, se da la vuelta y, agarrando los pliegues del vestido, acelera el paso, seguida de su hermano, un adolescente de tan solo catorce años, que agacha la cabeza, confundido ante el lamentable espectáculo ofrecido por su única hermana. Nadie abre la boca para romper el molesto silencio que reina alrededor; los invitados se limitan a espiarme de reojo lanzándome ojeadas cargadas de lástima porque, ante el brusco e inesperado rechazo de María, han quedado demasiado impresionados.

Durante todo ese tiempo yo sigo parado en el mismo lugar, bajo el arco cubierto de flores que da la impresión de reírse de mí y de mis ilusiones. Apenas puedo creer que la mujer que amo con locura desde que soy un niño me haya abandonado en público. ¿Qué no me quiere? ¿Qué soy el niño mimado de mis padres? ¿De qué va toda esa locura?

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que se fue. Soy incapaz de hablar, de pensar, y mucho menos de ir tras ella para pedirle una explicación. Mi parte racional me pide reaccionar, aunque mi disperso cerebro funciona a medias. No existe un maldito manual de instrucciones que enseñe a un novio rechazado la manera de comportarse, así que me limito a presenciar impasible cómo mi vida se está desmoronando. Mi orgullo está gravemente herido y mi yo al completo hecho pedazos. Por un segundo, fantaseo con la idea de que el suelo se rasgue bajo mis pies y me hunda en el frío y acogedor corazón de la tierra. No quiero ver ni hablar con nadie. Pero mis deseos no son concedidos y el cuidado césped no da señales de querer acogerme en sus entrañas.

«Tienes que superar el bloqueo. Quedarte paralizado a la espera de un milagro no es la solución. No eres el niño mimado de nadie, todo lo que has conseguido ha sido a base de voluntad y trabajo. Demuéstraselo al mundo».

Hago un esfuerzo sobrehumano y muevo las piernas. Algo tan común y automático como caminar me resulta sumamente difícil. Minerva quiere acompañarme pero detengo su intento con un gesto. Mi padre se mueve alterado entre los invitados, tratando de restablecer el orden. Le toca capear el temporal, aunque eso no me preocupa, es un hombre de recursos y sé que por mí, sería capaz de mover el sol de sitio si fuera necesario. De un modo u otro, quitará importancia al hecho que su único hijo acaba de ser plantado ante el altar.

Los invitados no me pierden de vista, pero nadie se atreve a importunarme ni a dirigirme la palabra, ni siquiera Alan, mi íntimo amigo desde la infancia. Es jugador de baloncesto y mide diez centímetros más que yo por lo que su presencia no pasa desapercibida. Cuando paso por su lado se limita a darme una palmadita consoladora en el hombro y me envía con sus ojos castaños, colmados de preocupación, un mensaje del tipo: «Estoy aquí. Cuando quieras, hablamos». Hago un gesto imperceptible de agradecimiento y sigo andando lo más digno que puedo en dirección al hotel, que mi padre ha reservado en exclusiva para mi boda. A pesar de estar aturdido, me esfuerzo en guardar la compostura mientras avanzo, con la cabeza gacha y el rostro ensombrecido. Mis padres me alcanzan, deseosos de acompañarme en estos duros momentos; rechazo sus intentos con un gesto categórico. Soy un animal herido que necesita un lugar apartado para lamer sus heridas en solitario.

La puerta giratoria de la entrada del hotel comienza a moverse al detectar mi presencia y, mi perfil, reflejado en el cristal atrae mi atención. Sonrío con amargura. A pesar de las circunstancias, me mantengo en pie con dignidad. Mi exterior no está tan dañado como mi interior y eso hace que mi autoestima levante un poco la cabeza. Piso el reluciente suelo de mármol de la recepción, soportando resignado las miradas de las empleadas que no saben cómo tratarme.

Y no es para menos. A sus ojos, soy el estúpido futbolista famoso que ha reservado un prestigioso complejo hotelero para celebrar su boda y, todo, para acabar rechazado por la flamante novia.

El apuro de la recepcionista al entregarme la llave de la suite nupcial, me provoca un repentino y violento ataque de risa. Cuando logro calmarme, suelto la pregunta que me quema la lengua:

-¿Se ha marchado?

La chica me fija con los ojos desorbitados, asintiendo levemente con la cabeza. Puedo ver en los iris azulados que se asoman entre sus pestañas encorvadas, la gran lástima que me tiene y siento rabia contra mí mismo por no haberme quedado callado. He sufrido una vertiginosa caída, no hay necesidad de que me arrastre por el suelo.

-Sí, señor Cros -responde en tono bajito y lastimero-. La nov... Quiero decir, la señorita Medina, ha cogido el primer taxi disponible. Ni siquiera se ha molestado en quitarse el vestido de novia.

Me siento estúpido, muy, muy estúpido, ya que por una milésima de segundo albergo la esperanza de que me esté esperando para darme una explicación, para pedirme perdón. Mi corazón sangra, herido de muerte, anhelando ser reconfortado por un bálsamo reparador.

-Gracias. -Es todo lo que logro decir. Los siguientes segundos pasan con lentitud y un silencio embarazoso se forma entre nosotros. Me gustaría añadir alguna chorrada para que la empleada del hotel no se quede con mi imagen derrotada, pero es superior a mis fuerzas pensar.

-A veces, las apariencias engañan -añade ella en tono disculpatorio, deseosa de echarme un cable salvavidas, como si esa frase hecha me fuera a ayudar en algo.

-A veces, pero no siempre -respondo con amargura.

La recepcionista me entrega la llave y, para alivio de ambos, damos nuestra pequeña conversación por finalizada. Reúno los pedazos rotos de mi orgullo maltrecho y me dirijo lo más digno posible al ascensor.

Mientras me subo a la tercera planta, donde se encuentra la suite reservada para mi noche de bodas, noto cómo el peso del mundo entero se aloja sobre mis hombros encogidos. Me quito con lentitud la pajarita que adorna el cuello almidonado de mi camisa y me desabrocho los tres botones superiores. Liberar el cuello de la presión hace que me sienta un poco mejor y me permito reflexionar sobre lo ocurrido.

María, el amor de mi vida, me ha abandonado con unas palabras duras e hirientes. Desconozco el porqué y, en este momento de crisis personal, sus razones carecen de importancia. Hay instantes en la vida en donde los hechos hablan por sí solos.

El ascensor se detiene y sus puertas se abren con un clic sonoro. Camino distraído hasta la habitación 301, que encuentro al fondo del pasillo central. Entro y cierro la puerta a mis espaldas. Apoyo mi cuerpo en ella y me tapo los ojos, aliviado. Ahí, en la intimidad de esas cuatro paredes, me siento a salvo. Sé que es una solución provisional, en algún momento tendré que dar la cara al mundo y soportar las consecuencias de ser un novio rechazado.

En algún momento. Hoy no. Mi conciencia asiente con fervor. De normal es sabia, aunque por ahora no tiene ninguna teoría que sacar a relucir; por lo tanto, se abstiene de indagar dejándome tranquilo. Y yo se lo agradezco.

A continuación, reparo en una botella de champán que se está enfriando en una cubitera y me sirvo una copa. La bebo de un trago, feliz de hallar algo de alivio en el líquido burbujeante que me espolea la lengua. Me encuentro con mi imagen en el gran espejo que ocupa una pared de arriba abajo. Parezco un lobo guía; uno valiente, veloz y fuerte al que le han asestado una herida de muerte. Me acerco a él y observo con atención mi porte imponente envuelto en el impresionante traje oscuro que llevo para la ocasión. Busco respuestas en mis profundos ojos grises, que lucen tristes y desconcertados, pero no descubro ni una sola pista del porqué he sido humillado ante mi familia y amigos. Por ahora no quiero pensar en la prensa ni en los titulares. Sé que las redes arderán una buena temporada y los paparazzi no harán otra cosa aparte de perseguirme y recordarme el fatídico momento todos los días que me queden de vida. Siento impotencia al ver una lágrima recorrer mi mejilla. No suelo llorar nunca.

Paso al instante de la tristeza al arrebato. Por mucho que estrujo mi cerebro, no encuentro ninguna explicación plausible que me ayude a relajar mis tensados nervios.

¿Por qué me dejó de este modo? No hice más que quererla y adorarla, siempre.

Contrariado, me acerco a la caja fuerte y, tras marcar el código de acceso, la abro y saco de allí dos de mis bienes más preciados: el reloj Lotus de María y una moneda de un euro, regalada por ella. Aprieto la correa del reloj y lo tiro con brusquedad al suelo. La esfera brillante se hace pedazos al chocar contra la dura superficie de mármol y los restos del cristal partido se esparcen por el suelo. Invadido por los remordimientos me pongo de cuclillas, recojo los restos del reloj roto y lo vuelvo a dejar en la caja fuerte junto a la moneda de un euro, de la que tampoco soy capaz de desprenderme.

Después de verter mi furia sobre el reloj me encuentro algo más tranquilo. Me quito la chaqueta, que dejo tirada de cualquier forma en el suelo y me siento sobre el borde de la cama, con la cabeza escondida entre mis manos. Estoy entumecido y me duelen todos los huesos de mi cuerpo, como si hubiera recibido una brutal paliza. En el interior de mi pecho se forma un vacío que no para de agrandarse. Un repentino arrebato me hace marcar su número para llamarla. Una lágrima solitaria comienza a rodar por mi mejilla al escuchar el pitido propio de un móvil apagado. No puedo ser más patético ni intentándolo con todas mis fuerzas. Debo alejarla de mi mente.

«No es el fin del mundo», me consuelo a mí mismo, tratando de salir del pozo hondo y oscuro en el que estoy metido.

«No, ya sé que no lo es, pero se le asemeja bastante», me respondo con toda la amargura de la que soy capaz.

Capítulo 2 MI GRAN DÍA

2

Estudios MediaStar, Madrid, seis meses antes

Marcos, mi representante, me hace una seña con la mano invitándome a pasar a una sala iluminada por varios focos y, rodeando mis hombros con camaradería, me suelta entusiasmado un consejo de último minuto:

-Deslúmbralos, Júnior, permite que la gente te conozca tal y cómo eres. Tu padre era bueno; quizás, el mejor, aunque su carácter un tanto peculiar, no lo dejaba conectar con sus fans. Tú tienes el don de la cercanía; a ti te amarán y te respetarán, si les das la oportunidad. -Está efusivo, sus intensos ojos azules brillan con fuerza, cree en lo que dice y lo cree de verdad. Quisiera compartir su optimismo, aunque mi perfil contenido me invita a ser prudente. Parece que lee la gran pregunta que hormiguea en la punta de mi lengua así que se apresura en calmarme mientras me da un abrazo rápido y me guiña el ojo-. Todo lo que tienes que hacer es ser tú mismo.

-No me gusta exponerme. -Gesticulo con las manos para dar más valor a mis inseguridades-. Las entrevistas en directo son un arma de doble filo; aparte, tú me conoces, sabes lo tímido que soy. Mi padre es carismático, divertido y tiene una respuesta ingeniosa para todo; en cambio, yo...

-Es indudable que Cristian es un personaje de diez, pero le falta calidez; su carrera tuvo luces y sombras por haberse mostrado distante y frío con sus seguidores. No tienes por qué ser como él, nadie espera que seas su copia. Hazme caso, muchacho, te conozco desde que eras un embrión, posees un corazón de oro y, eso, es lo que más aprecian las masas.

Lo dice con tanta elocuencia y entusiasmo que termino por creerle. Suspiro lentamente y aguanto paciente la palmadita consoladora que me da en la espalda y, aun cuando sigo teniendo ganas de lamentarme para toda la eternidad, guardo la compostura y asiento.

Marcos es, prácticamente, parte de mi familia, siendo el representante e íntimo confidente de mi padre, Cristian Cros, de toda la vida. Desde que tengo uso de razón ha sido una figura activa en mi vida y, tras convertirme en futbolista, ha tomado el mando de mis asuntos legales. Merece un voto de confianza y pienso dárselo. Si él cree que es bueno hacer una entrevista en directo antes de mi presentación oficial por el Real Madrid, pues así debe de ser. Me conoce bien y sabe que le haré caso.

Al momento, observo cómo una chica joven, vestida con un mono vaquero desgastado y una camiseta sin mangas, llama nuestra atención con un gesto. Nos acercamos a ella; con un apretón de manos se presenta como la ayudante de plató. Acto seguido, nos muestra el camino a seguir. Marcos, el muy cabrón, finaliza su tarea y se despide de mí, guiñándome, por enésima vez hoy, el ojo. No me queda más remedio que seguir los pasos de la joven, que me llevan al escenario televisivo destinado al encuentro.

Nada más llegar, soy recibido por la periodista encargada de entrevistarme. Intercambiamos un par de trivialidades para romper el hielo y conectar. Es una mujer de unos treinta años, bastante atractiva. Tiene una mirada avispada y su voz suena decidida al presentarse: «Ana Cantos, periodista deportiva». Me da la mano con firmeza intentando ganar mi confianza y espera paciente mis primeras palabras. Me siento raro porque intuyo que debe de saber más cosas sobre mí que yo mismo, pero de todos modos cumplo con el formalismo exigido. Mi voz suena algo forzada y tensa, aunque menos de lo que yo pensaba.

-Cristian Cros Júnior, futbolista del Real Madrid.

«A los periodistas hay que mantenerlos lejos de ti -es el gran lema de mi padre que, a lo largo de su carrera futbolística, ha tenido bastantes encontronazos con la prensa-, pero si no hay más remedio, atiéndelos lo mejor que puedas, porque entre una buena imagen y una pésima, hay una línea muy fina, que ellos pueden traspasar con mucha facilidad».

Ana me invita a sentarme en un sillón de cuero situado ante una mesita de cristal, un tanto incómoda, ya que no tiene la altura suficiente para apoyar las manos. Me siento, tratando de parecer relajado, aun cuando todos los nervios de mi cuerpo están en modo on. La anfitriona me sonríe con franqueza, mostrándome con un gesto que, en menos de un minuto, entraremos en directo. Se acaricia su larga melena de color castaño rojizo ofreciendo un talante tranquilo como si estuviera a punto de tomar un café con un amigo y no de iniciar una entrevista, retransmitida en prime time en una importante cadena nacional.

Una luz roja parpadea un par de veces, indicativo de que las cámaras ya están emitiendo la señal. La reportera dobla los papeles que ha estado hojeando y, mirándome de frente, comienza el interrogatorio:

-Buenos días y bienvenido, señor Cros. Me gustaría comenzar esta entrevista agradeciendo su presencia en este plató. Sé que ha hecho un gran esfuerzo para atender a los medios y ofrecernos una cita en directo, a tan solo unas horas de su presentación en el Bernabéu.

Ante ese amable recibimiento, preparo mi perfil bueno, inspiro hondo y la premio con una de mis armas más letales: mi sonrisa.

-El placer es mío, encantado de estar aquí. Soy feliz de haber regresado a mis orígenes, gracias por invitarme.

Ana asiente con energía, complacida ante mi educada respuesta. Se cruza las piernas con gesto pausado y se muerde el labio inferior de forma disimulada, señal de que mi atractivo no le pasa desapercibido. Me molesta su interés personal, ya que doy y exijo profesionalidad en todo lo que hago.

-Su nombre es Cristian Cros Júnior; sin embrago, es conocido como Júnior. ¿Es algo que le molesta o, por el contrario, le hace sentirse único y especial?

Me apoyo sobre el respaldo de la silla en actitud relajada preparándome para contar la historia de mi nombre. No tenía previsto salirme de los cánones futbolísticos, pero la pregunta me agrada y, recordando los consejos de Marcos, decido abrir mi corazón.

-Es de todos sabido que mi nacimiento fue un tanto especial. -La mirada curiosa de la reportera brilla con codicia, sorprendida ante mi predisposición a contar cosas íntimas. Hago una pausa y tomo un sorbo de agua de un vaso que hay sobre la mesa. A continuación, intercambio una corta mirada con ella y continúo-. Hace poco más de veinte años, mi padre recurrió a la ciencia para tener un hijo. Contrató un vientre de alquiler y unos óvulos a la carta y, nueve meses más tarde, nací en una clínica de Kiev, siendo el hijo deseado de mi padre. Él decidió que nos llamásemos igual, aunque en la práctica resultó un tanto complicado, así que para poder diferenciarnos comenzó a llamarme Cristian Júnior y, con el paso del tiempo, me quedé simplemente en «Júnior». De niño, tuve algunos disgustos en el colegio, del tipo «Júnior significa algo pequeño y nunca crecerá», pero la entrada en mi vida de mi madre biológica, hizo que esas tonterías infantiles me afectasen lo menos posible.

Ana me observa asombrada, al parecer, le cuesta creer que el único hijo de una estrella de fútbol mundial haya sufrido acoso y burlas en su infancia. Es visible cómo su lado periodístico quisiera indagar en esa dirección, pero su parte humana se resiste, así que se limita a mirarme sorprendida al tiempo que me obsequia con una sonrisa cálida y comprensiva. Siento que debo añadir alguna chorrada para cerrar ese capítulo familiar, así que opto por seguir la línea de la verdad.

-Respondiendo a tu pregunta, asumo mi nombre con naturalidad, ni me siento único ni me displace. Es... parte de mí. Ser conocido como Júnior me aporta personalidad, permitiéndome separarme del gran mito que fue mi padre. No, definitivamente, Júnior no es tan malo, al fin y al cabo.

Mi timbre de voz suena algo divertido y, el pequeño hoyuelo que se forma en mi mejilla izquierda al sonreír, la deja embelesada. La reportera necesita un par de segundos para reconducir la entrevista; aunque, al ser una periodista experimentada, logra pasar con rapidez a la siguiente fase de su asalto.

-¡Qué tierno y original! Ya que ha mencionado sus interesantes orígenes, permítame hacer un breve resumen sobre ellos para que nuestros telespectadores más jóvenes recuerden su historia.

Acepto, un tanto arrepentido por mi momento de debilidad, aunque es tarde para lamentarme. Ella busca con la mirada la cámara más cercana y, tras localizarla, gira su rostro hacia ella.

-Júnior tiene nacionalidad española, aunque ha vivido desde que era un niño en Inglaterra. Fue concebido por gestación subrogada y criado hasta los cinco años por su padre, el famoso futbolista Cristian Cros, con la ayuda de la madre natural y de su abuela paterna, María. Cuando tuvo edad para comprender las cosas, Júnior comenzó a interesarse por su origen mostrando el deseo de conocer a su madre biológica por lo que su padre movió cielo y tierra para encontrarla. Minerva Martín, resultó ser la afortunada donante de los óvulos utilizados para su concepción, una mujer muy especial, médico pediatra de tan solo veinticinco años.

Me siento cada vez más incómodo al tener que presenciar ese resumen sobre mi familia y mi nacimiento. Mi historia es de dominio público, lo sé, pero mi padre nunca habló abiertamente de ello. Ana percibe mi malestar y decide poner punto y final, no antes de sacar a relucir el final feliz de mis progenitores.

-¡Qué historia más romántica tuvieron sus padres! Se conocieron por ser los padres biológicos del mismo niño y acabaron enamorándose y casándose. -Suspira de forma teatral y lanza una mirada cargada de felicidad a la cámara.

-Así es -freno su entusiasmo con sequedad para abandonar, de una vez por todas, el pantano de mi familia. Cambio mi postura corporal ofreciendo un perfil serio y distante. Mi estrategia funciona, puesto que la reportera consulta su reloj y se dirige al tema de interés futbolístico.

-Dentro de dos horas será presentado de forma oficial ante miles de aficionados como delantero del Real Madrid. ¿Qué siente al saber que formará parte del mismo club que le dio a su padre la gloria y tantos títulos valiosos? Dos generaciones y un mismo destino.

Es una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, difícil de contestar. Ordeno con rapidez algunas ideas en mi mente; aunque, finalmente, dejo mis emociones fluir.

-Siento un enorme respeto; ser el hijo de una gran estrella mundial, como lo fue mi padre, me carga de una enorme responsabilidad. -Me vengo arriba poseído por una buena dosis de optimismo. Noto el pulso acelerarse en mis venas y la adrenalina recorrer mi sangre. No pretendo engañar a nadie, ser jugador del Real Madrid es mi sueño desde niño y así deseo trasmitírselo a la gente-. Como es lógico, los aficionados esperan mi mejor versión y no quiero, ni puedo, defraudarlos. Formar parte de la plantilla blanca me llena de felicidad y orgullo; el Real Madrid es el mejor club del mundo, deseo poner mi granito de arena para hacer historia, traer títulos y alegría a nuestros seguidores.

El entusiasmo comienza a bullir en mi interior y decido culminar mi presentación con una nota divertida:

-Y, por supuesto, vender muchas camisetas -añado con una sonrisa de complicidad.

Puedo ver en los ojos chispeantes de la periodista que mi discurso posee los ingredientes necesarios para llegar al corazón de los telespectadores.

Me crezco ante la grandeza del momento, aunque todavía me cueste asimilar el hecho que me encuentre en la cima del deporte rey. Juego al fútbol desde que tengo uso de razón y di mis primeros pasos en un club infantil de Valencia. Poco después, me mudé con mis padres a Londres y me incorporé en el equipo benjamín del Chelsea, uno de los últimos destinos de mi padre. A los dieciséis años, los clubes europeos comenzaron a mostrar interés por mí y acepté la mejor oferta, que vino del Manchester United, donde hice seis buenas temporadas. Antes de finalizar mi contrato, recibí una propuesta inmejorable del Real Madrid. He firmado con ellos por ocho temporadas y, faltan tan solo unas horas para que luzca el número 9 en el dorsal de la camiseta blanca. Me encuentro en mi mejor momento futbolístico y espero afirmarme y consolidarme como una de las promesas del deporte rey actual. Y todos estos sueños se plasmaron antes de que cumplir los 23 años. Estoy orgulloso de mí mismo y, aun cuando hay voces malintencionadas que afirman que me encuentro en la cima por ser el hijo de mi padre, debo decirles que tuve que esforzarme el doble para destacar, porque no se me exigía ser bueno, se me exigía ser el mejor, precisamente por ser hijo de quién era.

Seguimos hablando de fútbol, metas y proyectos. Antes de terminar, los realizadores me dedican un bonito vídeo montaje con mis mejores jugadas y, para qué mentir, ¡me encanta!

Salgo del plató, animado y me dejo conducir al estadio donde seré presentado ante los aficionados blancos, que, según me informan, han llenado las gradas del Bernabéu, a la espera de ver a la nueva estrella.

«Júnior, ¡ese eres tú!», aplaude mi voz interior extasiada.

«Júnior, ¡ese soy yo!», admito cohibido y, por primera vez en mucho tiempo, me concedo el lujo de sentirme orgulloso del hombre en el que me he convertido.

Capítulo 3 El talón de Aquiles

3

Prisión de Soto del Real, el mismo día

La ventana estrecha, custodiada por varios barrotes de hierro, da a un patio cerrado que no permite la entrada de la luz solar. En consecuencia, la sala de visitas del centro penitenciario ofrece un aspecto lóbrego y huele a humedad. Sigo los pasos del agente de seguridad arrastrando mi evidente cojera, recuerdo de mis años pasados entre rejas. Hace tiempo que cumplí mi condena, nueve años ya, para ser exactos; sin embargo, alguna que otra vez me paso para ver a Xia, mi íntimo amigo, lo único bueno de mis ocho años de encierro. Me siento en la silla y, mientras espero paciente la llegada de mi excompañero de celda, me asaltan los recuerdos y no puedo evitar ponerme de mal humor.

«No debí haber venido», me reprendo para mis adentros, pero justo entonces, Xia hace su aparición y me sonríe desde la distancia. Se acerca con paso lento, típico de los presos que llevan muchos años encerrados y, su rostro, normalmente inexpresivo, da señales de alegría ante mi presencia. Lleva quince años viviendo entre rejas y yo soy el único ser humano que se digna a visitarlo puesto que es chino y no tiene familia en España. De todos modos, aun cuando la hubiera tenido, el secuestro y el posterior asesinado que cometió no lo ayudarían a ser el santo devoto de nadie. A ojos ajenos, puede pasar por un individuo repugnante, frío y despiadado; pero nadie conoce las razones que lo han llevado a ser quien es. Ambos nos parecemos bastante, somos dos hombres solitarios que, simplemente, han tenido mala suerte en la vida. No creo en la teoría que defiende que los seres humanos son buenos o malos; en mi opinión, todos tenemos pequeñas partes de las dos caras y las desarrollamos en función de las circunstancias vividas. Nadie sueña de pequeño con convertirse en asesino ni se prepara, física y emocionalmente, para serlo algún día. Yo no llegué a matar, aunque sí estuve muy cerca. Todos los recuerdos de mis años pasados en la misma celda con Xia me emocionan y me sermoneo para mis adentros por haberme olvidado de él.

-Juan, pensaba que ya no vendrías -me dice a modo de saludo y no le culpo por su reproche velado. Sé de buena tinta que es un hombre parco, de pocas palabras, que procura ir directo al grano. Además, no le falta razón, cada vez que vuelvo a pisar la cárcel me prometo que será la última.

-No me gusta este agujero, espero que lo entiendas -me sincero, puesto que la amistad entre el chino y yo tiene sus pilares en la franqueza. Nuestra conexión surgió del silencio, de verdades soltadas a la cara sin ninguna medida de protección. O dicho de otro modo, ninguno de los dos tuvo ningún reparo en mostrarle al otro sus verdaderos pensamientos.

-A pesar de eso, estás aquí. -Xia entrecierra los ojos, ya de por sí pequeños, formando dos líneas delgadas, un tanto amenazantes. Es su manera de preguntarme el motivo de mi visita tras ocho largos meses de ausencia. A modo de respuesta, busco en el interior del bolsillo de mi abrigo y saco una invitación de papel que desdoblo con cuidado y se la doy. El guardia de seguridad se acerca unos pasos y, tras echar un vistazo, accede a que mi amigo se quede la nota.

-Gran presentación del futbolista Júnior en el estadio de Bernabéu. Grada VIP -lee mi amigo en voz alta al tiempo que me mira desconcertado y me devuelve la invitación-. ¿Quién leches es Júnior? -pregunta, finalmente, con la sombra de la curiosidad dibujada en su rostro.

Me tomo un tiempo antes de contestar. Es una pregunta difícil porque Júnior provocó, desde antes de nacer, mi mayor desgracia. Es el principio del mal que ha llevado mi vida al abismo. Y cuando mi mente daba las primeras señales de querer olvidarse de él, acude a mi terreno para desterrar el hacha de guerra.

-Júnior es el hombre que ha robado mi vida -resumo lo mejor que puedo el significado de su nombre. Noto cómo los músculos de mi cara se tensan y la rabia me invade expandiéndose por mi cuerpo.

Xia se rasca la barbilla, al parecer no sabe qué decir. Nos quedamos enmudecidos un buen rato y, justo cuando pienso en levantarme para marcharme, me toca las manos con timidez y me da un suave apretón. Es la mayor muestra de apoyo que es capaz de ofrecerme y, viniendo de parte de un hombre frío y reservado como él, significa un mundo. Me emociono tanto que siento la garganta agarrotada y las lágrimas a punto de inundar mis ojos.

-¿Tienes un plan? -me pregunta con sencillez, una vez hemos superado nuestro relámpago de afecto.

-No lo tengo -reconozco con amargura-. Quiero infligirle un daño, pero no uno físico, sino emocional, uno que lo derrumbe, que destroce su reputación y, de paso, que lleve a sus padres por la calle de la amargura. Necesito un plan magistral, algo realmente bueno.

-Entonces piensa con calma. Sigue sus pasos, todo el mundo tiene un talón de Aquiles en algún lado, busca el de Júnior y cuando lo encuentres, ataca sin piedad -me aconseja el chino con voz pausada.

Suspiro y cierro los ojos complacido ante los ánimos recibidos. Mi excompañero de celda se preocupa por mí, es un buen amigo.

-He comenzado a investigarlo en la sombra, dentro de poco cumple veintitrés años. Es un joven bastante aburrido y formal. Por ahora no hay nada interesante: es sano, deportista, no se droga, no tiene novia ni mujeres para pasar el rato, no bebe ni tiene adicciones de ningún tipo. Demasiado limpio para el siglo en el que vivimos.

-No te desanimes, nadie expone las miserias de su vida y, menos, la gente pública. Sigue buscando, es sabido que los que menos aparentan más mierda ocultan bajo el brazo. -El guardia de seguridad se acerca, indicando con un gesto que los diez minutos de visita han llegado a su fin. Xia no discute la orden, simplemente se levanta de la silla y se marcha sin despedirse.

Salgo de la prisión, pensativo. Por un lado, estoy entusiasmado, mi amigo, aun cuando no ha dicho ni ha hecho gran cosa, me ha insuflado la energía necesaria para seguir adelante con mi plan. Muchos otros en su lugar me hubieran soltado trivialidades del tipo: «el chaval no tiene ninguna culpa, olvídalo y sigue lo que te queda de vida en paz».

Pero Xia es un camarada leal y su mente retorcida ha comprendido enseguida mi necesidad de venganza. Aquellos a los que se les arrebata los sueños, comprenden de un modo asombroso el deseo de desquite personal. No todo es blanco y negro en la vida, hay matices que a la mayoría de los mortales les pasan inadvertidos.

Mientras conduzco por la autopista en dirección al Bernabéu, bajo la ventanilla y dejo que el aire fresco me azote la cara. Me encuentro revigorizado por dentro, como si hubiese despertado de un largo sueño. Un coche me adelanta por la derecha y el conductor, un chico joven de unos veinte años, me saca el dedo corazón y me hace unos gestos despreciables con la cara. No me rebajo a su altura y paso de él, demasiado absorto en mis pensamientos.

Llego al estadio bastante malhumorado puesto que las calles están atiborradas de gente y, el centro de Madrid, prácticamente cortado. Y todo para que el insufrible «hijo de papá» tenga su momento de gloria. Me abro paso como puedo, la cojera que arrastro me obliga a avanzar con lentitud. Fantaseo con la idea de que en alguna parte de las gradas estén presentes sus padres. Y, sobre todo, quiero que esté ella. Minerva. La mujer que nunca pude olvidar.

Cierro los ojos con dolor al recordarla. La sigo en las redes sociales y sé casi todo sobre su vida, pero llevo dieciséis años sin verla en persona. Tras convertirse en la esposa de Cros, se volvió del todo inaccesible y, aun cuando busqué durante años la manera de acercarme a ella, no fui capaz de encontrarla.

Hasta ahora. La llegada de su adorado hijo biológico a Madrid lo ha cambiado todo. Ha abierto las puertas de par en par invitándome de forma tácita a retomar mi plan. Estoy preparado para luchar. Daré pasos pequeños pero efectivos. Con estos alentadores pensamientos rondándome por la cabeza, saco del interior de mi bolsillo la carísima entrada VIP que adquirí hace unos días y la contemplo absorto en mis pensamientos. La imagen de Minerva vuelve a colarse en mi mente.

«Es una traidora, no debería importarte».

Es la eterna lucha que se da en mi interior con respecto a Minerva. Soy consciente que, en vez de sentir por ella esa mezcla de «amor rencor» que me quema por dentro, debería odiarla y detestarla.

«Lo intentaste, pero ha salido mal».

Cierto, lo hice, aunque en ningún momento, he logrado que me fuera indiferente. Es como una cruz que llevo sobre mis espaldas sabiendo que nunca me liberaré de su peso. Una cruz pesada. Mi cruz.

Antes de sentarme en el lugar asignado saco de mi bandolera una gorra oscura y me la coloco sobre la cabeza. Estoy bastante envejecido para mis cincuenta y nueve años y el paso por la cárcel me dejó una mejilla rajada y un par de arrugas muy marcadas en la frente. No creo que ella fuese capaz de reconocerme si me tuviera delante pero, ante la duda, prefiero tomar medidas de protección. Estoy tenso y el ruido que hacen dos niños sentados en los brazos de sus padres, en la fila de delante, me saca de mis casillas. Me pregunto por qué la gente tiene la necesidad de llevar a críos tan pequeños a ese tipo de eventos cuando, de todos modos, no se enteran de nada.

«Para molestar a los demás», me respondo malhumorado. Me giro y le pongo mala cara al hombre que no se digna en soltar ni una pequeña disculpa.

De pronto, la ruidosa música cesa y el presentador del evento hace su aparición en el medio del campo, subido a un escenario improvisado, sobre el cual se posan multitud de focos.

-Queridos madridistas, ha llegado el momento que todos estábamos esperando con ilusión. Hoy es un día histórico porque hemos conseguido que un hijo de esta casa vuelva a su hogar. Tengo el enorme placer de presentaros a la futura estrella blanca -el tono de su voz sube en intensidad y dice extasiado-: Con todos nosotros... ¡Júnior!

Los focos se mueven a lo ancho de todo el estadio hasta que localizan una figura vestida con la equipación blanca, luciendo el número 9 en el dorso.

Y lo que a continuación ocurre hace que me quede sobrecogido.

Los noventa mil aficionados gritan su nombre y el eco de sus voces elevan la palabra Júnior hasta el cielo. Es una locura colectiva, un recibimiento cargado de amor y buenas vibraciones. Los simpatizantes del club blanco lo aman y eso hace que mi odio hacia su persona crezca a pasos agigantados.

Sube al escenario y los reflectores se posan en él. Lo observo con gesto crítico, y desde mi lugar privilegiado, veo que tiene una figura envidiable, es alto y atlético como su padre. Levanta las manos en alto y saluda de buen agrado a la gente. Los monitores instalados en el estadio muestran un primer plano de su cara y me tomo mi tiempo para analizarlo. Se le ve nervioso, hasta un tanto tímido y eso hace que piense en Minerva. Ha heredado de ella su mirada melancólica y su humildad.

«Es listo como ella, tiene ese algo que atrae».

No alardea ni saca pecho como hacía su padre en sus días de gloria, sino que se mantiene con los pies en la tierra, dejando a las masas sacar sus propias conclusiones.

Y las masas son fáciles de influenciar porque enloquecen cuando la nueva estrella hace su primer saludo poniendo la mano a la altura del corazón.

«¡Júnior corazón, serás nuestro campeón! », es el grito que se propaga con la velocidad de un rayo entre los aficionados y, en pocos segundos, las masas claman ese eslogan con las manos puestas en el pecho.

Un llamativo color escarlata se apodera de mis ojos, el color del enfado y la venganza. Ojalá se pareciese a su padre y fuese un estúpido engreído. No soporto admitir que, a costa de mi sufrimiento, los Cros solo hayan obtenido ganancias. Me han robado a Minerva. Esa evidencia me obliga a respirar con dificultad y me levanto de mi asiento, ajeno a los protestas de las personas a las que estoy molestando con mi precipitada retirada. Me niego a presenciar más aquello porque comprendo que Júnior ha obtenido en su debut los dos valores más preciados a los que puede aspirar un ser humano: reconocimiento y admiración.

Me veo a mí mismo muy pequeño e insignificante en comparación con él y la tarea que tengo por delante se me antoja gigantesca. Me pregunto, un tanto abatido, de qué manera lograré derruir su gran mito.

«El talón de Aquiles», retumba en mis oídos el sabio consejo de Xia. ¿Dónde demonios lo tendrá?

Con esa pregunta flotando en mi mente abandono el estadio y me dirijo hacia mi casa.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022