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Justicia para un Amor Roto

Justicia para un Amor Roto

Autor: : Jiuye Fenglin
Género: Romance
El rugido del motor de mi esposo, Mateo De La Vega, era la banda sonora de mi vida. Hoy, mientras celebraba otra victoria perfecta en las pantallas gigantes, sentí un hielo amargo en las venas. "Ximena, mi amor, mi luz, todo lo que hago es por ti," proclamó ante las cámaras. Mi teléfono vibró con un mensaje cruel: "Vendrá a celebrar su victoria conmigo." Era ella de nuevo, la sombra anónima que meses atrás me envió una foto de Mateo con otra mujer, Isabella. Creí que era un malentendido, pero los mensajes íntimos y las burlas se sucedieron, destrozándome. Y luego, el golpe final en la gala familiar: Mateo, en público, me obsequió un deslumbrante collar de sol, único en el mundo. Solo para que Isabella se presentara, minutos después, con unos aretes de sol idénticos. "Me pregunto dónde tendrá los gemelos ahora," decía su siguiente mensaje, revelando la farsa. Mi mundo se desmoronó, la traición era física, asfixiante. Esa noche, mientras yacía enferma y sedada, la grabadora bajo mi cama registró sus susurros con Isabella: "Ella nunca me dejaría. Me necesita." Y la peor mentira: "Te amo, Ximena. Siempre te amaré..." mientras él la tomaba en mi propia casa. La ironía de Mateo planeando un hijo conmigo mientras Isabella me enviaba la prueba de su embarazo fue el último clavo en el ataúd. Mis lágrimas, una vez de dolor, se transformaron en rabia, en una resolución fría y clara. Me despojé del collar, de su nombre, de su farsa. Dejé la jaula de oro y las pruebas de su traición para volar libre. Ahora, la mujer que fui ha muerto. Y la que renace está lista para encontrar su propia justicia.

Introducción

El rugido del motor de mi esposo, Mateo De La Vega, era la banda sonora de mi vida.

Hoy, mientras celebraba otra victoria perfecta en las pantallas gigantes, sentí un hielo amargo en las venas.

"Ximena, mi amor, mi luz, todo lo que hago es por ti," proclamó ante las cámaras.

Mi teléfono vibró con un mensaje cruel: "Vendrá a celebrar su victoria conmigo."

Era ella de nuevo, la sombra anónima que meses atrás me envió una foto de Mateo con otra mujer, Isabella.

Creí que era un malentendido, pero los mensajes íntimos y las burlas se sucedieron, destrozándome.

Y luego, el golpe final en la gala familiar: Mateo, en público, me obsequió un deslumbrante collar de sol, único en el mundo.

Solo para que Isabella se presentara, minutos después, con unos aretes de sol idénticos.

"Me pregunto dónde tendrá los gemelos ahora," decía su siguiente mensaje, revelando la farsa.

Mi mundo se desmoronó, la traición era física, asfixiante.

Esa noche, mientras yacía enferma y sedada, la grabadora bajo mi cama registró sus susurros con Isabella: "Ella nunca me dejaría. Me necesita."

Y la peor mentira: "Te amo, Ximena. Siempre te amaré..." mientras él la tomaba en mi propia casa.

La ironía de Mateo planeando un hijo conmigo mientras Isabella me enviaba la prueba de su embarazo fue el último clavo en el ataúd.

Mis lágrimas, una vez de dolor, se transformaron en rabia, en una resolución fría y clara.

Me despojé del collar, de su nombre, de su farsa.

Dejé la jaula de oro y las pruebas de su traición para volar libre.

Ahora, la mujer que fui ha muerto.

Y la que renace está lista para encontrar su propia justicia.

Capítulo 1

El motor rugía como una bestia furiosa, un sonido que para mí se había vuelto tan familiar como el latido de mi propio corazón, pero hoy, cada estruendo me causaba una punzada en el estómago. Estaba sentada en la suite de hospitalidad del equipo De La Vega, rodeada de lujos y de gente que sonreía y aplaudía, pero me sentía completamente sola. En la pantalla gigante, el auto azul y plata de mi esposo, Mateo De La Vega, cruzaba la línea de meta, ondeando la bandera a cuadros. La multitud estalló en un grito ensordecedor.

El comentarista gritaba, su voz llena de emoción. "¡Mateo De La Vega, el campeón, lo ha vuelto a hacer! ¡Una victoria impecable! ¡El rey indiscutible de la pista!"

Las cámaras se centraron en Mateo mientras salía del auto, se quitaba el casco y sacudía su cabello sudado, sonriendo esa sonrisa perfecta que enamoraba a todo México. Miró directamente a la cámara, como si pudiera verme a través de ella.

"Esta victoria es para mi esposa," dijo, su voz resonando en todo el circuito. "Ximena, mi amor, mi luz, todo lo que hago es por ti."

La gente a mi alrededor suspiró, las mujeres me miraban con envidia y los hombres con admiración por Mateo. Me obligué a sonreír, a levantar la mano y saludar a la cámara como se esperaba de la esposa perfecta. Pero por dentro, sentía que un hielo amargo me recorría las venas. Mi corazón se apretó dolorosamente. Era una mentira. Todo era una hermosa y brillante mentira.

Justo en ese momento, mi teléfono vibró en mi bolso. No necesitaba mirar para saber quién era. Lo saqué de todos modos. Un número desconocido.

El mensaje era corto y cruel. "Viste qué guapo se ve tu esposo en televisión? Lástima que esta noche no dormirá contigo. Vendrá a celebrar su victoria conmigo."

Mi respiración se atoró en mi garganta. El mundo a mi alrededor, los vítores, las sonrisas, el champán, todo se desvaneció en un zumbido sordo. Me quedé mirando la pantalla del teléfono, las palabras quemándome los ojos. La traición era un veneno lento, y yo llevaba meses bebiéndolo a sorbos.

Mi mente voló hacia atrás, a cuando conocí a Mateo. No era el famoso piloto de carreras de la dinastía tequilera De La Vega. Era solo un chico con un sueño, con más pasión que dinero, que corría en circuitos locales con un auto remendado. Yo era una simple estudiante de diseño, y vi en sus ojos un fuego que me cautivó. Creí en él cuando nadie más lo hacía.

Trabajé en dos empleos para ayudarlo a pagar las refacciones, pasé noches en vela diseñando los logos para su auto, lo animé después de cada derrota. Su familia, los poderosos De La Vega, lo consideraban una vergüenza, un rebelde que manchaba su apellido con la grasa de los motores en lugar de la tierra de agave. Lo despreciaban. Pero yo lo amaba.

Recuerdo una noche, en un taller polvoriento, después de que un pequeño incendio en el motor casi nos cuesta todo. El fuego se extendió rápido. El humo era espeso y negro, y yo me quedé paralizada por el pánico. Mateo no lo pensó dos veces. Corrió a través de las llamas, me tomó en sus brazos y me sacó de allí. Su piel estaba quemada, su ropa chamuscada, pero sus ojos solo me miraban a mí.

"Mientras yo viva, nada te pasará," me susurró esa noche, su voz ronca por el humo, mientras me abrazaba contra su pecho. "Eres mi luz en la oscuridad, Ximena. Te amo más que a mi propia vida."

Ese era el hombre del que me había enamorado. El hombre que había prometido protegerme siempre.

Pero ese hombre había desaparecido, reemplazado por la celebridad que ahora veía en la pantalla, un extraño que realizaba grandes gestos de amor en público mientras me apuñalaba por la espalda en privado. La aparición de esa otra mujer, esa sombra que se cernía sobre nuestro matrimonio, lo había cambiado todo.

El primer mensaje llegó hace seis meses. Anónimo, como siempre. Una foto. Mateo riendo con una mujer despampanante en un bar, su brazo alrededor de ella de una manera demasiado íntima. Al principio, me negué a creerlo, me dije que eran negocios, que era un malentendido. Pero los mensajes siguieron llegando. Fotos más íntimas, detalles de sus encuentros, burlas sobre lo ingenua que yo era.

Bloqueaba un número y ella me escribía de otro. Era un juego cruel y calculado para destruirme.

Miré de nuevo el mensaje en mi teléfono, luego levanté la vista hacia la pantalla gigante donde Mateo seguía sonriendo, levantando su trofeo. El héroe de todos. Mi verdugo personal. La sonrisa en mi rostro se sentía como una máscara de yeso, a punto de romperse en mil pedazos. El dolor era tan agudo, tan real, que tuve que agarrarme del borde de la mesa para no caerme.

Capítulo 2

La fiesta de celebración en el paddock era un torbellino de ruido, luces y sonrisas falsas. Me movía entre la gente como un fantasma, mi propia sonrisa pegada a la cara. Todos querían felicitarme, decirme lo afortunada que era. Asentía, daba las gracias, pero mis oídos apenas registraban las palabras. Mi mente estaba en un solo lugar: en el mensaje que ardía en mi bolsillo. Me sentía sucia, humillada. Quería gritar, romper algo, huir de allí. Pero me quedé, interpretando mi papel.

La siguiente carrera era una de exhibición, un duelo amistoso contra su mayor rival, Enzo. No había puntos en juego, solo el orgullo. La multitud estaba eufórica. Mateo tomó la delantera desde el principio, su conducción era agresiva y precisa. Dominaba la pista, dejando a Enzo muy atrás. Parecía que iba a ser otra victoria fácil, otra demostración de su poder.

Pero en la última vuelta, sucedió algo extraño. En la curva final, la más fácil, Mateo redujo la velocidad inexplicablemente. Su auto pareció dudar, casi patinar. Enzo, sorprendido, aprovechó la oportunidad y lo rebasó justo en la línea de meta. Un silencio atónito recorrió a la multitud, seguido de un murmullo de confusión.

Yo sabía la verdad. No fue un error. Lo hizo a propósito. Mis ojos buscaron instintivamente en la sección VIP del equipo de Enzo. Y allí estaba ella. Isabella. De pie, con una sonrisa triunfante, aplaudiendo a Enzo. El regalo de Mateo para ella. Una victoria pública. Una humillación pública para mí.

Mi teléfono vibró de nuevo. Era ella. "Gracias por el regalo. A Enzo le encantó. Y a mí también."

Casi al instante, mi teléfono sonó. Era Mateo. Contesté, mi mano temblando.

"Mi amor," su voz sonaba genuinamente arrepentida, una actuación magistral. "Perdóname, no sé qué pasó. Perdí el control por un segundo. Estás bien? No te decepcioné, verdad?"

"No te preocupes, cariño," respondí, mi voz un susurro helado. "Es solo una carrera. Te veo en la fiesta." Colgué antes de que pudiera decir algo más.

No pude soportarlo más. Me disculpé con una excusa vaga y corrí al baño. En el momento en que la puerta se cerró detrás de mí, me derrumbé. Me deslicé por la pared hasta el suelo, abrazando mis rodillas, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente brotaron. Sollozos silenciosos y desgarradores sacudieron mi cuerpo. El dolor era físico, una presión en mi pecho que me impedía respirar. ¿Cómo podía ser tan cruel? ¿Cómo podía humillarme de esa manera frente a todo el mundo?

Después de unos minutos, me obligué a calmarme. Me lavé la cara con agua fría, me retoqué el maquillaje y salí, con la máscara de la esposa perfecta firmemente en su lugar. Nadie debía saber.

Pero la tortura no había terminado. Mientras volvía a la fiesta, mi teléfono volvió a vibrar. Una notificación de Instagram. Era una cuenta privada que había descubierto, la de ella. Isabella. Había publicado una nueva foto. Era ella y Enzo, besándose apasionadamente, con el trofeo de la carrera de exhibición entre ellos. El pie de foto decía: "Celebrando una victoria bien merecida. Algunas personas simplemente saben cómo hacer feliz a una chica." La ubicación estaba etiquetada: el hotel más lujoso de la ciudad. El mismo donde Mateo me había dicho que tenía una "reunión de patrocinadores" más tarde.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. La evidencia estaba ahí, descarada, pública.

Esa noche, cuando Mateo llegó a casa, traía flores y una expresión de remordimiento ensayada. "Ximena, mi vida, lo siento mucho por lo de hoy. Fui un idiota."

Me entregó las flores. Las tomé, sintiendo el frío de los pétalos contra mi piel. No dije nada.

Él se acercó, tratando de abrazarme. "Sé que estás decepcionada, pero déjame compensártelo. Sabes que haría cualquier cosa por ti." Su voz se suavizó, volviéndose manipuladora. "¿Recuerdas el incendio? Te saqué de las llamas. Siempre te protegeré."

Usaba nuestro pasado, nuestros momentos más sagrados, como un arma para controlarme. Para hacerme sentir culpable por dudar de él.

Me aparté de su toque. La sola idea de que su piel rozara la mía me revolvía el estómago. "¿Estás cansado?" le pregunté, mi voz plana, sin emoción.

"Agotado," dijo él, fingiendo un bostezo. "Tantas reuniones después de la carrera. Los patrocinadores son implacables."

Mentiroso.

Me di la vuelta y caminé hacia la cocina. "Entonces deberías descansar."

Lo escuché suspirar detrás de mí. "No estés así, Ximena. Te amo. Eres la única para mí."

Sus palabras, que una vez fueron mi refugio, ahora sonaban huecas, vacías. Me detuve en el umbral de la cocina, dándole la espalda. Miré mis manos, que temblaban ligeramente. El amor que sentía por él, un fuego que había ardido tan intensamente, se estaba convirtiendo en cenizas frías.

Él intentó acercarse de nuevo, puso una mano en mi hombro. El contacto fue como una descarga eléctrica. Me aparté bruscamente, como si me quemara.

"No me toques," siseé, la voz temblorosa de rabia y asco.

Me miró, sorprendido por mi reacción. "¿Qué te pasa?"

"Nada," mentí. "Solo estoy cansada."

Se acercó e intentó besarme. Giré la cabeza, y sus labios aterrizaron en mi mejilla. La sensación fue tan repugnante que tuve que reprimir una arcada. Corrí al baño y me lavé la cara y la boca con furia, frotando mi piel como si pudiera borrar su toque, su mentira, su traición. Me miré en el espejo, a la mujer con los ojos rojos y la expresión rota. No me reconocía.

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