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LA ASISTENTE DE PRESIDENCIA

LA ASISTENTE DE PRESIDENCIA

Autor: : BlueEyes
Género: Romance
Ella jamás pensó que después de 15 años de matrimonio y un terrible divorcio encontraría el amor, pero en la persona que menos esperaba. ¿Aceptará su destino? o seguirá con su vacía vida. Él no es más que un millonario futuro heredero del negocio familiar, egocéntrico, mujeriego, arrogante, pero que al igual que ella, encuentra el amor en quien menos esperaba. Aceptarán su destino o dejarán que sus vidas sigan el mismo rumbo de siempre. Acompáñame a descubrir lo que sucederá con Rebecca y Arturo.

Capítulo 1 Prólogo.

Prólogo

Febrero 2017, ...viernes 5:00 p.m.

-Aló. Hola, amor ¿Dónde estás? ¿Por qué no has llegado? Hace una semana que debías llegar, ¿Qué ha pasado? He estado muy preocupada, pensé que te había sucedido algo malo –.

Rebecca Griffin Macera, es una mujer de 38 años, administradora de empresas, divorciada, de cabello castaño claro, ojos grises y tez canela. No tiene curvas muy marcadas, bastante bajita, de 1,56 de estatura, busto grande, con unos cuantos rollitos en su abdomen. No es de dietas ni ejercicios forzados, pero si trata de mantenerse en forma para no subir de peso, es de pocos amigos, o mejor decir sin amigos.

Estuvo casada durante 15 años con Edward Smith, un inglés muy bien parecido, que se divorció de ella a la distancia, porque no tuvo el valor ni las agallas de hacerlo de frente, pues dio por terminada la relación con sólo una llamada y el trámite del divorcio lo manejaron sus abogados.

Rebecca tenía su propio negocio. Un negocio que levantó junto con su exesposo Edward, durante el tiempo que estuvieron casados. Con el divorcio su exesposo le cedió una considerable suma de dinero, que le sirvió para terminar de cerrar el negoció. Porque a causa de las deudas y gastos adicionales que el divorcio trajo, no pudo seguir manteniéndolo, obligándola a cerrar y terminar por vender lo poco que quedaba.

Después del divorcio, Rebecca se mantuvo viviendo en su antiguo apartamento de casada, el cual estaba a poca distancia de la casa de su madre, Aurora Macera, una mujer muy dominante y manipuladora que sólo busca el beneficio propio.

Su madre comete el peor error de su vida, hacer negocios con Ricardo Rubescco, un usurero del bajo mundo, que sólo busca personas como Aurora para quitarles lo poco que les queda al no poder pagar los préstamos. Eso le sucede a Aurora, prestó una cantidad muy grande de dinero y ahora Rubescco quiere el pago total del préstamo, de lo contrario Aurora perderá todo por lo que ha luchado.

La situación económica de Aurora obliga a Rebecca a mudarse a un pequeño departamento suficiente para ella. Con parte del dinero que le dejó el divorcio, logra pagar unos meses de renta.

Al darse cuenta de que no tenía ingresos suficientes y que el dinero recibido no duraría mucho le fue necesario conseguir un empleo para poder mantenerse.

Al poco tiempo de buscar empleo consigue un trabajo interesante pero también estresante, en donde conocerá a Arturo Franco, un italiano egocéntrico, mujeriego y arrogante que no cree en el amor. Condenado a estar sólo por culpa de la traición de su exnovia.

Actualmente Arturo es el director de proyectos de la Constructora Franco D' Lucca, constructora que su familia y el abuelo de su examigo Antonio D' Lucca fundaron en la juventud. Su padre Maximiliano Franco es el actual presidente de la constructora, pero está a días de jubilarse y ceder la empresa familiar a su hijo. ¿El problema? Arturo debe cambiar su forma de comportarse, dejar de ser un inmaduro y mujeriego, para convertirse en un hombre con compromisos, que se establezca en un matrimonio y futuros hijos y así poder obtener, no solo la presidencia de la compañía, sino también el legado familiar.

¿Cómo podrá Aurora saldar la deuda? o será su hija Rebecca quien pague por los daños? ¿Podrá Arturo encontrar la mujer indicada para comprometerse y adquirir lo que por derecho le corresponde?

Eso está por verse.

Capítulo 2 -Muy simple y común-

Londres. 1 año y medio después.

REBECCA.

-Hola Rebecca, buenos días.

-Buenos días, Martha ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu fin de semana?

-Excelente ¿Qué tal el tuyo? Cuéntame cómo te fue con el hombre aquel, el de la cafetería, me contaste que te invitó a salir.

-Pues... Bien, no salí con él, me incomoda su presencia y no quise estar con alguien que no me inspira confianza.

-Hay amiga, si sigues así vas a quedar en sequía total. Ya deja de pensar en Edward, sé que es por él que no te decides, aún piensas en él, ya ha pasado más de un año, deberías darte la oportunidad de conocer otros hombres. Te lo mereces.

Mi amiga tiene razón, debo dejar de lamentarme del abandono de mi esposo.

Tenía 21 años cuando conocí a Edward Smith un atractivo hombre, me lo crucé por casualidad en una cafetería cerca a la universidad. Estaba en último año de administración.

Todos los días iba a esa cafetería por mi café mañanero y siempre lo encontraba con su tableta y su portafolios de trabajo.

Recuero esa mañana en que por accidente tropezó conmigo y derramó mi café. No lo podía creer, sólo tenía dinero para ese café.

-Lo siento, discúlpame no te vi. Permíteme comprarte otro café.

-Tranquilo. Pierda cuidado. Tengo prisa, gracias.

Es un hombre que llama mucho la atención, de buen parecer, bonitos ojos y una seductora voz.

-¡No espera!

Espero no volvérmelo a encontrar.

No supe en qué momento nos volvimos amigos, en un cerrar de ojos nuestra amistad pasó a una relación, pero para cuando los abrí ya tenía un anillo en mi dedo y una boda en camino.

Las palabras de mi amiga Martha estaban haciendo eco en mi mente, pero no estaba emocionalmente en condiciones de una relación, mi corazón estaba muy herido por la manera como Edward me abandonó.

Después del divorcio tomé la decisión de buscar un empleo, tenía gastos que cubrir y no sería buena idea abusar de la poca hospitalidad que mi madre me ofrecía.

Buscar trabajo no era tarea fácil, mi edad fue el primer impedimento, en casi todos los lugares en donde me llamaban para la entrevista me hacían ver que era muy mayor para ocupar un cargo apropiado para una mujer más joven, pero si tan solo tengo 38 años, aparte de eso el hecho de que tenía 15 años de no ser subordinada de otros tampoco ayudaba mucho.

Me atreví a presentarme en la constructora FRANCO & D' LUCCA, no sabía si me aceptarían, pero igual lo intentaría, era el último cartucho por quemar antes de darme por vencida, pero para mi sorpresa la selección fue casi que de inmediato, la experiencia y madurez que adquirí a lo largo de los años que duró mi negocio hizo que lograra ser contratada como la asistente del arquitecto Maximiliano Franco, presidente y dueño de la constructora.

Don Maximiliano un italiano de 68 años, que se ve muy bien conservado y muy guapo, de ojos azules y tez clara, con un perfil como los dioses, «de joven debió tener muchas admiradoras» pensé. Alto de 1,80 de estatura, con un porte de caballero en todo momento.

El mayor estaba casado con Lucilda Prèstolla, de 65 años, una siciliana muy hermosa, pero prepotente y orgullosa. Parecía que todos los días comiera alacranes y víboras, porque solo destilaba veneno al hablar.

En fin, fui contratada como asistente personal de don Maximiliano, entre mis deberes estaba el mantener la agenda actualizada, los contratos al día, estar pendiente de las reuniones, los congresos, entrevistas con posibles socios e ingenieros, salidas a campo, entre otras tareas un tanto personales que don Maximiliano tenía.

Siempre mantuve una excelente relación con mi jefe, lo aprecio demasiado y estoy muy agradecida por haberme dado la oportunidad de trabajar, cuando otros me habían cerrado la puerta. Don Maximiliano me apreciaba como a una hija y yo a él lo trataba como a un padre.

-¿Buenos días, señoritas qué tal su día? -saluda mi jefe.

-Excelente señor ¿Y usted cómo está? ¿Pasó a ver a su médico? recuerde que no puede dejar las citas de lado -pregunté.

-Sí hija, estuve el fin de semana con él en su consultorio. Me dijo que ya estoy un poco mejor y me recomendó reposo. Así que debes ayudarme a dejar todo listo, porque este viernes mi hijo Arturo tomará las riendas de la empresa y tú serás su asistente, así que, por favor, te pido que le ayudes.

Sus palabras me tomaron por sorpresa, pero no lo pensé mucho y respondí con la mayor sinceridad que poseía.

-Claro que sí señor, será con el mayor de los gustos.

Todos salimos a nuestros lugares, Martha se ubicó en la recepción, mientras don Maximiliano, Amber y yo subimos por el ascensor hasta el piso 10 donde estaban las oficinas de presidencia. En el piso también se encontraban las oficinas de Ingeniería Estructural, donde su único hijo Arturo es el jefe.

Arturo es un italiano de 45 años, arquitecto, soltero, de cabello rubio oscuro, ojos azules, tez blanca, con un cuerpo atlético y músculos marcados, alto de 1,85 de estatura, varonil, inteligente, emprendedor, pero es un arrogante, engreído y mujeriego que piensa que las mujeres son solo para un rato de placer.

Estuvo a punto de casarse con la hija de su padrino Otto Musspegui, quien lo engañó fugándose con su mejor amigo Antonio D' Lucca. Desde ese momento Arturo no cree en el amor de una mujer, para él dinero y sexo es lo que las mujeres quieren y él no perderá el tiempo enamorando.

Al llegar bajamos del ascensor con una amena conversación sobre el fin de semana y los preparativos para la despedida de don Maximiliano y la bienvenida del nuevo presidente.

Después de una mañana intensa entre trabajo y reuniones, recibí una llamada de mi madre que me dejó desecha. Nunca antes me habían hecho tanto daño como mamá lo había hecho esta mañana.

-Hola mamá... ¿¡Qué!? ¿¡Cómo así!? ¿Por qué no me esperaste para hablar con él? y ahora que voy a hacer?

colgué la llamada, y con lágrimas en los ojos llegué al baño en donde me derrumbé en llanto.

-¿Por qué lo hizo, por qué mi madre me trata así? ¿Qué le hice, porque no puede simplemente hacer su vida y sus locuras lejos de mí? ¿Por qué me compromete de esa manera? ¿Ahora que voy a hacer? Ahora que logré sentirme un poco estable después del desprecio de Edward.

Me lamentaba de la triste vida que ahora tenía. Soy hija única, de un feliz matrimonio entre Aurora Macera y Louis Griffin, empleado de un prestigioso banco de la ciudad.

Papá falleció cuando tenía 12 años, fue un accidente de auto, el conductor de un camión de carga tuvo un micro sueño saliéndose de su carril y embistió sin control el auto de papá, su muerte fue rápida.

Aurora siempre mantuvo un negocio familiar una Boutique, pero después de la muerte de papá se sintió tan desolada que se perdió en su propio dolor, los médicos decían que era un mecanismo de defensa por la tragedia vivida, pero a veces llegué a pensar que exageraba.

Por su situación emocional no pudo mantener el negocio y casi lo pierde. Los compromisos y las deudas se acumularon, el poco dinero que entraba era para sobrevivir. No sabía hacer negocios y todo se descontroló, la única solución viable fue recurrir a préstamos con usureros para poder pagar los compromisos acumulados y los nuevos adquiridos.

Con mucho esfuerzo terminé mis estudios en una universidad pública, con el dinero que papá me dejó en un fideicomiso. Lo único bueno que logré y me gradué con honores, aunque la situación familiar no me permitió seguir. Aurora cada día se hace más compromisos y yo soy quien los costeo. No pude mantener el negocio y los compromisos de mamá.

Después de calmarme me levanté del piso del baño, lavé mi cara y miré mi reflejo en el espejo, -no lloraré más, ya lloré suficiente por Edward y no derramaré más lagrimas por personas que no me aman.

Salí del baño y me dirigí a la oficina de mi jefe, toqué un par de veces, hasta que escuché el "pase", cerré la puerta en cuanto entré y pedí disculpas por la intromisión.

Aun mis ojos estaban nublados por las lágrimas pues no me percaté del hombre sentado en una de las sillas frente al escritorio de don Maximiliano.

-Señor necesito ausentarme el resto de la tarde, ¿Podría permitirme estas horas para atender un asunto personal? -solicitó con la voz quebrada- Sé que es un atrevimiento de mi parte, después de haber tenido un fin de semana, pero es algo que no contemplaba y se me sale de las manos la situación.

Inmediatamente don Maximiliano se percató de que en sus ojos había rastros de lágrimas, conocía muy bien a su asistente, tenía ya 6 meses de estar trabajando para él, por lo que no le fue difícil notar su voz un tanto quebrada por las secuelas del llanto, así que le concedió el permiso solicitado.

-Claro que sí hija, ve sin ningún problema, es más, voy a llamar a Alfred para que te lleve en el carro y así puedas atender a tiempo tu asunto -acotó el mayor con una cálida sonrisa.

Al escuchar esas palabras el visitante de don Maximiliano dirigió su vista hacia la mujer parada a su lado, su corazón dio un brinco y su cuerpo reaccionó ante la mujer junto a él. Le pareció hermosa, era la mujer más bella que había visto. Pero muy simple y común para su gusto.

A la mente del hombre llegó una curiosidad por esa mujer, aparte de ser la asistente del mayor, también podrían tener alguna relación, pues la forma tan dulce de hablarle y hasta llegar a ofrecerle su coche le daba mucho que pensar.

Rebecca al escuchar el ofrecimiento de su jefe, abrió mucho los ojos en asombro.

-No es necesario señor, sería mucho abuso de mi parte, ya está haciendo bastante con darme la tarde -respondió despidiéndose del mayor.

Rebecca y Arturo no era que mantuvieran una relación muy cordial de jefe y empleada. Pese a que el hombre despertaba un deseo indescifrable en ella y le pareciese mandado a hacer en el mismo olimpo, también le parecía demasiado arrogante para ser hijo de don Maximiliano, no comprendía como un hombre noble, amable, caballeroso y respetuoso pudiese tener como hijo a un arrogante y engreído como él.

En cambio, para Arturo Rebecca despertaba un instinto muy primitivo por poseerla, la mujer le parecía bellísima, sus curvas lo provocaban, su silueta lo ponía, anhelaba estar entre sus piernas envolviéndose en el calor de su cuerpo y lo invadía un deseo por descubrir lo que había detrás se era cara de chica buena y bajo ese elegante uniforme. La tensión sexual en ambos era palpable.

Capítulo 3 -Un extraño encuentro-

A la mañana siguiente Rebecca llegó más temprano que todos los días, bajó de un lujoso auto que la dejó en la entrada del edificio, situación que no pasó desapercibida para el hombre que se encontraba en la entrada del edificio a esa hora.

En el rostro de Rebecca se evidenciaba el cansancio de la larga noche y la derrota en sus emociones. Aunque trató de disimular mucho, con un buen maquillaje y su elegante uniforme, la mala noche que tuvo fue notoria para los empleados que a esa hora ya llegaban a la constructora.

Rebecca subió el ascensor junto a los demás compañeros, ocupó el último lugar, en una esquina. Entró con la mirada gacha sin percatarse de la presencia del hombre que la observaba desde el otro extremo.

Aún se sentía perturbada e intranquila por lo acontecido el día anterior, que recurrió a cerrar sus ojos y recostar su cabeza en una de las paredes metálicas del elevador. La caja siguió avanzando y parando en cada piso dejando a sus compañeros en ellos, creyó sentirse completamente sola para arrojar un fuerte suspiro que más bien pareció un sollozo queriendo salir de su garganta, no se lo permitió y tragó fuerte el nudo que se atoró.

El día anterior se había dicho que no lloraría más, pero, aun así, deseaba que el mundo se redujera a nada y que ella quedara atrapada en él para no continuar con su miserable vida, no quería seguir siendo quien era, simplemente pensaba que al cerrar y abrir los ojos todo acabaría.

Pasaron unos cuantos segundos de su reflexión cuando un carraspeo de garganta la hizo abrir los ojos de golpe y acomodarse erguida en el ascensor. Trató de disimular el mal momento arreglando su traje y retocando su cabello, pero la voz de su inimaginable acompañante la hizo girar a verlo.

-Veo que pudo resolver su "asunto" de ayer por la tarde, es más, creería que hasta la dejo peor, porque, por más que se esmeró -dijo señalando su cuerpo de arriba abajo- se nota que le hizo pasar muy buena noche.

Rebecca lo miró con los ojos muy abiertos tratando de calmar la rabia que estaba naciendo en su interior por las humillantes palabras de su próximo jefe.

Respiró profundo un par de veces antes de contestar y aclaró su voz para no sonar dura e hiriente. -No recuerdo haberle informado mi situación, pero noto su interés en saber más de lo debido, señor Franco.

Arturo lanzó una carcajada un tanto sarcástica, y se le acercó más de lo debido, tanto que la atrapó entre su cuerpo y las paredes del elevador.

Rebecca arrojó un jadeo involuntario por la sorpresa del atrevimiento y hasta quizás se sonrojó un poco por el acercamiento del futuro heredero.

Al hombre no le pasó desapercibido tal suceso que sintió su cuerpo reaccionar ante la cercanía de la mujer.

-No se crea tan importante señorita Griffin -dijo a escasos centímetros de su boca. El fresco y mentolado aliento del hombre la mareó- usted no es alguien de mi interés, es más, creo que no es ni un tanto suficiente para alguien como yo. -concluyó sintiendo el embriagador aroma de su perfume el cual lo estaba descolocando.

El cuerpo del Arturo siguió reaccionando a la proximidad de Rebecca, tanto que se le aceleró el corazón y un escalofrío le recorrió por completo.

Ante las palabras dichas Rebecca se recuperó del encuentro y se removió tratando de alejarse del cuerpo del hijo de su jefe. Se sintió un tanto aturdida por la cercanía, pero achinó los ojos manteniendo una mirada fría, ese hombre la acababa de insultar. Primero la trató de mujer fácil al decir que pasó una muy buena noche y segundo rebajándola tanto al no considerarla importante y suficiente para un hombre en su posición.

-¿Alguien como usted? -aclaró levantando una ceja y alejándose un poco más del hombre-. Sabe que sí -respondió sintiéndose valiente-. Soy mucho más que "suficiente" para alguien como usted, que, por su comportamiento arrogante considero que no es capaz de estar a mi altura. Que tenga un buen día señor Franco -escupió las palabras en el preciso momento en que las puertas del ascensor se abrían y salió sin esperar respuesta del sujeto que la irritó e hirió más de lo que ya estaba.

El futuro heredero permaneció más de lo debido en el ascensor resoplando de la rabia. Esa mujer lo perturbaba de manera inimaginables, sentía un deseo descontrolado por besarla, por tenerla, pero a la vez sentía una leve molestia por su presencia.

Se calmó un poco respirando varias veces intentando controlar tanto su malhumor como la incomodidad sentida en su entrepierna, no podía negar que la mujer lo ponía. Se maldijo a sí mismo por ser tan débil a su cercanía.

Unos minutos después salió directo hacia su oficina, al lado contrario de las oficinas de presidencia que justo quedaban en el mismo piso. Pasó de largo entre los presentes en el departamento de diseño que a ninguno de los empleados le pareció extraño que su jefe llegara nuevamente con un humor de perros y lanzando improperios hacia ellos. Llegó directo a su oficina y entró azotando la puerta de un solo empujón.

Su amigo y compañero Bruno Rossi ya se encontraba al interior de esta, lo miró de soslayo y se dijo a sí mismo que aprovecharía la situación de su amigo para irritarlo más y disfrutar de su malhumor.

Bruno era su mejor amigo de la infancia, un italiano muy guapo, con porte y elegancia al andar. Fueron compañeros en la colegiatura, pero, aunque estudiaron en la misma universidad, sus destinos se separaron cuando cada uno eligió su propia profesión.

Bruno se decidió por la ingeniería y se especializó en diseño estructural, mientras Arturo se profesionalizó en arquitectura como su padre, especializándose en administración, pues su deseo era seguir con el legado.

-¿Qué sucedió? Parece que alguien te ha dejado las bolas azules -le dijo en tono burlón. Arturo miró con reproche bruno.

-Nada, solo que la tonta de Griffin me mandó a la mierda una vez más y de la manera más sutil. -Las carcajadas de Bruno no se hicieron esperar.

-A este ritmo creo que voy a ir a tu funeral antes de tiempo. Ya deja a la mujer en paz hombre. Acepta que ella no te va a dar ni la hora. Es más, creo que si te ve con intenciones de arrojarte al precipicio te alentará para que saltes más rápido o de pronto hasta te da el empujoncito -le dijo atorándose de risa por las caras que hacía de su amigo.

Arturo le miró molesto por el bullying que recibía, pero al final terminó cediendo y riendo también de lo mal que le estaba yendo con la mujer. Ambos hombres después de reír y disfrutar del mal momento decidieron dejar el tema de lado e iniciar con los retoques a los planos y diseños del nuevo proyecto a presentar a un posible cliente mexicano.

Por otro lado, en una de las oficina de presidencia se encontraba una Rebecca sintiéndose contrariada entre haber hecho bien o mal. Primero por haber descargado su rabia con el hombre, pero a la vez culpable por haber ofendido al hijo de su jefe «pero se lo había buscado» se dijo para sentirse mejor. Aunque pensaba que ese sería un motivo para solicitar su despido o quizás para iniciar una guerra sin sentido. Lo único reconfortante en todo esto es que siempre le iba a dejar en claro que ella no era como una de las tantas mujeres con las que él está acostumbrado a tratar.

Rebecca dejó de lado sus pensamientos y procedió a iniciar con su trabajo como era de costumbre. Primero tener listo el café de don Maximiliano, negro sin azúcar, abrir las cortinas de su elegante y gran oficina, dejar la agenda electrónica en su escritorio con todos los pendientes del día y de los dos siguientes junto con las carpetas de los contratos que debían ser revisados y firmados.

Cuando Rebecca regresaba a su lugar el timbre del ascensor anunció la llegada de su jefe. La puertas se abrieron y de este bajó un feliz Maximiliano.

-Buenos días mi niña ¿Cómo terminó de ir tu día ayer? Mira que me dejaste muy preocupado -cuestionó mirándola con ternura.

Ella lo miró sin ocultar su tristeza y en sus ojos se acumularon las lágrimas que no dieron espera para rodar cuesta abajo por sus mejillas. Abrió su boca para hablar, pero el sollozo que se había atorado en su garganta desde que llegó en la mañana se abrió paso dando así inicio a un llanto inconsolable.

El mayor no tuvo la menor duda en tomarla entre sus brazos y consolarla cual padre consuela a su hijo. La instó para que entrara en su oficina y tras cerrada la puerta con seguro le pidió que le contara lo sucedido.

Rebecca no tardó mucho en recobrar la compostura y entre hipidos le narró lo sucedido con su madre la tarde anterior. Le contó con lujo de detalles cómo su madre firmó sin leer pagarés de una deuda que había adquirido del señor Ricardo Rubessco.

Rubessco era un viejo de aspecto desagradable, de unos 58 o 60 años, gordo, de cabeza rapada que se encarga de prestar dinero a todo aquel que no puede adquirir créditos bancarios. La suma prestada era tan considerable que ninguno de sus deudores tenía como pagar en el término de tiempo que él les daba, razón por la cual reclamaba en garantía muebles y hasta propiedades de sus clientes como parte de pago.

Fue así como la señora Aurora había adquirido una nueva deuda con el viejo usurero y hasta la fecha no había podido pagar todo el monto acumulado. El hombre le había pedido a la mujer entregar en pago su negocio, pero esta no accedió y le rogó que pidiera cualquier otra cosa menos algo de lo cual ella vivía.

El usurero no tardó mucho en pedir su mayor deseo. Desde que tenía memoria de haber iniciado con sus préstamos Rebecca, la bella hija de la mujer era el anhelo de su perversión. Quería a la chiquilla en su momento, pero Edward le ganó enamorándola y alejándola de sus manos.

La madre no podía entregarle a su hija, ya ella era una mujer y no aceptaría por ningún motivo a su pedido. El viejo se mantuvo en su posición y destrozó parte del lugar.

Insistió a Aurora que le tuviera todo el dinero para el final del mes o la bella mano de preciosa hija de lo contrario ni casa, ni negocio ni nada por lo que luchar.

La tarde anterior en que pidió a su jefe permiso para ausentarse, Rebecca asistió al encuentro con el viejo usurero y aceptó pagar el compromiso de su madre, pero viendo que la suma era demasiado exorbitante, pidió un laxo de 6 meses para pagar todo el total. Acuerdo al que el viejo se negó, pero al final aceptó, porque era eso o la posibilidad de no poder tener de ninguna manera a la castaña mujer.

Ahora era Rebecca quien firmaba un nuevo acuerdo en el que comprometía el 80% de su sueldo para cubrir el monto acordado en el tiempo estipulado.

Don Maximiliano escuchaba anonadado la narración, pero su mente no comprendía como la obsesión de un hombre podía acabar con los sueños y esperanzas de una dulce mujer.

Desde que su hijo se perdió en las aguas de un traicionero amor y sin la posibilidad de poder tocar a puerto seguro, el hombre mayor había perdió toda esperanza de volver a amar con su corazón de padre. En seis meses Rebecca se había ganado no solo su cariño, sino que se había instalado en el fondo de sus ser, la bondad, la ternura y las dulces palabras de la joven lo hacían quererla cada día más.

El hombre tomó entre sus manos las de su asistente y le pidió esperarlo unos días para ayudarla a solucionar su situación, ayuda que de inmediato rechazó, pero que al final tuvo que aceptar.

Unos golpes en la puerta los hizo regresar a la realidad y percatarse de que estaban tratando un asunto personal en la oficina. Don Maximiliano se levantó de inmediato y se dirigió a la puerta para abrirla mientras dejaba a su asistente sentada en el sofá, terminando de recuperar la compostura después del llanto.

En cuanto la puerta se abrió un exaltado Arturo ingresó sin ser invitado pasando de largo el cuerpo de su padre e instalándose en el centro la oficina mientras su acompañante esperaba en el umbral la autorización del mayor para ingresar.

-¿Por qué estás encerrado? ¿Qué sucede? -preguntó mientras posaba sus ojos en la mujer motivo de su constate enojo y malhumor.

El mayor vio con ojos bien abiertos el atrevimiento de su hijo, pero antes de contestar cualquier pregunta se dirigió al hombre que esperaba para entrar y saludando como de costumbre a Bruno le permitió seguir.

Cuando Arturo detalló a Rebecca sentada en el sillón de la oficina su corazón dio un vuelco que lo alteró y a su memoria llegó el atrevido acercamiento que tuvieron en el ascensor, su cuerpo empezó a reaccionar y por el momento se dejó llevar por el recuerdo, pero su ensoñación no duró mucho al recordar sus crudas palabras y se maldijo a sí mismo por ser tan tonto como para verla como una futura posibilidad de un encuentro más íntimo.

-¿Por qué estás encerrado papá? -la venosa pregunta no pasó desapercibida, pero su padre lo miró con reproche por sus absurdas insinuaciones.

Para don Maximiliano no fue necesario hacer aclaración a los hechos porque ya Rebecca se encontraba de pie frente a su hijo. Se veía la cólera en sus ojos y su enardecido semblante no pasó por alto.

-¿Por qué mejor no pregunta las cosas de forma directa? Así deja de andar por las ramas, señor -dijo sin mostrar temor o debilidad ante el hombre que la estremecía de pies a cabeza.

-Ja, no me hagas reír preciosa. Se que las mujeres como tú no necesitan palabras directas, entiende muy bien la insinuaciones -dijo Arturo casi en un susurro levantando con insinuación las cejas y una sonrisa ladina, todo para que sólo para que ella escuchara.

Rebecca abrió sus ojos por el sentido de las palabras y una fuerte bofetada resonó en el lugar.

Los presentes miraban sorprendidos la escena que se desarrollaba frente a sus ojos. Arturo sintió su mejilla arder por el golpe y su coraje empezó a correr por sus venas. La molestia del acto se veía en sus ojos cargados de furia.

-Usted no me conoce- dijo con dientes apretados mostrando su enfado. -Pero hoy se ha dedicado a insultarme y de paso ofender a su padre. Si cree que por ser su hijo le da derecho a humillarme, está muy equivocado señor Franco. Permiso- dijo pasando por su lado para salir de la oficina.

-Lo siento señor Maximiliano, creo que lo mejor será que me retire a mi lugar. Pierda cuidado con lo de hace un momento y si considera que mi despido es lo mejor por este atrevimiento no tendré ninguna objeción ante su decisión- Respondió manteniendo la calma y la compostura.

-Hija, pierde cuidado que no te voy a despedir, no has hecho nada que no sea defenderte del idiota mi hijo- dijo el mayor un poco satisfecho por la escena frente a él.

La mujer desapareció del lugar un poco angustiada por las consecuencias de su atrevimiento, temía perder su trabajo.

El día de Rebecca pasó entre llamadas y ocupaciones propias de su trabajo, se entretuvo en sus obligaciones que no se percató de la hora de salida. Aunque en realidad nadie la esperaba en su casa por lo que no sentía la necesidad de partir temprano a su hogar.

Cuando el hambre y el cansancio se anunciaron fue que notó lo tarde que ya era. Cerró su computadora, organizó su puesto de trabajo y tomo su bolsa para salir del lugar.

Se dirigió hacia el ascensor y apretó el botón para pedirlo, se demoró en llegar ya que estaba en el lobby.

En cuanto las puertas se abrieron entró en él. Se recostó en las paredes de este con los ojos cerrados, como siempre lo hacía. Las puertas estaban por cerrarse cuando una mano lo impidió.

-Buenas noches- saludó Bruno entrando primero, detrás de él llegaba Arturo, quien también ingresó. -¿Aun trabajando Rebecca? - cuestionó solo por educación.

La nombrada abrió los ojos sin mostrar expresión alguna. Tragó grueso y con lentitud respiró hondo para calmar las sensaciones que el heredero le hacían sentir. No quería que la descubriera y habló sin bajar el mentón, no iba a mostrar debilidad ante él.

-Buenas noches, Bruno- dijo. -Sí, todavía, me entretuve en algunos asuntos más de lo debido y no me di cuenta de la hora- respondió sin titubeo. -Y tu ¿Ocupado también? -.

Bruno no alcanzó a contestar porque ya su amigo lo hacía por él.

-Sí, como puede ver señorita Griffin, nosotros sí estábamos trabajando, no como otros- dijo mirándola con desdén -Que sólo vienen a encerrarse en las oficinas con los je...- Rebecca no lo dejó terminar de hablar cuando una nueva bofetada sonó en el interior de las cuatro paredes haciendo girar la cara del hombre.

Arturo la miró con ira mientras se llevaba una mano a la adolorida mejilla, iba a contraatacar cuando el timbre del ascensor anunció su llegada, todos miraron hacia las puertas.

Rebecca dirigió su furiosa mirada hacia el heredero mientras se dirigía hacia su amigo. -Que descanse señor Bruno- se despidió antes de salir hacia la recepción del lujoso edificio y tomar camino hacia las afueras no sin antes despedirse del conserje.

La mujer tomó camino por la acera de la avenida para dirigirse al paradero de autobuses, iba furiosa refunfuñando por lo recién acontecido que la poca gente que transitaba por el lugar la miraban como si estuviera loca por hablar sola.

-Maldito hijo de... ¡Aaah! -gritaba enojada y llena de coraje. -Es un gilipollas, un estúpido- seguía diciendo.

Rebecca abordó el autobús sumida en sus pensamientos acerca del hijo de su jefe, su mente recordaba cada encuentro con ese hombre hasta que todo su ser reaccionó al recuerdo del encuentro en el ascensor.

Un cosquilleo estremeció todo su cuerpo y su sexo palpitó cuando las imágenes de Arturo atrapándola contra las paredes del ascensor le llegaron de golpe. Su embriagador perfume, su cálido y fresco aliento, su cercanía, todo le llegó a su mente. No entendía por qué anhelaba esa cercanía y sobre todo el deseo de besar su provocativa boca.

Intentó calmar su brioso corazón que se agitaba cada vez que pensaba en Arturo Franco. -No Rebecca, no vayas por ese camino, él más que nadie te hará daño- se dijo para evadir y ocultar sus nuevos sentimientos hacia el hijo del dueño.

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