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LA DIOSA DESTINADA AL REY ALFA OLVIDADO

LA DIOSA DESTINADA AL REY ALFA OLVIDADO

Autor: : Yun Leben
Género: Hombre Lobo
Aradne, sin conocer su descendencia, fue capturada y llevada al imperio de Nadis, una región sombría azotada por criaturas que acechaban las escasas cosechas y a sus habitantes en la oscuridad. La gente anhelaba la aparición de la bruja que pondría fin a su maldición. Gedeón, un poderoso alfa que vivía bajo los dictámenes del rey, había jurado a su tío vengar su desdicha, servir a su primo y matar a la responsable de las muertes en su región. Él al conocer a Aradne y crear una conexión con ella, se debatirá entre las promesas a un tirano, el bienestar de su pueblo y una mujer. En medio de conspiraciones y maltratos, Aradne deberá luchar por sobrevivir en una manada que la rechaza. Buscará su libertad, llevando consigo la semilla de esperanza. Gedeón, Después de liberar a su gente de la maldición, deberá decidir si gobernar con una loba de su linaje o seguir su corazón y emprender un viaje en busca del amor. Queridos lectores, los invito a adentrarse en esta historia donde la obsesión de un rey por una diosa marcó el destino de los protagonistas.

Capítulo 1 Aradne se alarmó

En el país de Skoll, existen tres grandes imperios: Safe, Oregon y Nardis. El último es el más pequeño de ellos. Durante los últimos veinte años, las tierras de Nardis, especialmente en la manada Corinto, gobernada por el Rey Nesfer, había caído una maldición. Una espesa niebla se cernía sobre las nubes, ocultando al sol y manteniendo la manada en penumbra. La sequía reinaba, y la tierra apenas ofrecía frutos. Criaturas deformes merodeaban en las noches el bosque de Corinto, convirtiéndolo en un lugar peligroso y hostil que alejaba a los comerciantes y viajeros.

Los guerreros alfa, al servicio del rey Nesfer, lideraban la búsqueda de la bruja de ojos violetas, un ser celestial destinado a liberarlos de la maldición que asolaba sus tierras.

En una zona montañosa del imperio Nardis, vivía Aradne. Hasta sus veinte años, su vida había sido tranquila, aunque siempre vivía en constante agonía cada vez que los guerreros del rey llegaban a la aldea buscando jóvenes de ojos violetas, obligándola a esconderse.

Un día, mientras se encontraba en su habitación, la puerta se abrió bruscamente, sobresaltándola.

-¡Hija, ha llegado la hora de que vayas a la cueva detrás de la cascada a esconderte! ¡Los guerreros del rey Nesfer están revisando la aldea! -exclamó su madre, con voz entrecortada.

Gloria Recordaba el día en que la había encontrado flotando dentro de una cesta en el río. Rumores habían llegado a la aldea de que los guerreros del rey Keseo buscaban a una mujer de ojos violetas que había escapado embarazada de la manada Corinto. Por un instante, consideró entregar a la bebe a los guerreros, pero al escuchar su llanto y ver esos ojos violetas indefensos, sintió en su corazón una nostalgia que no le permitió abandonarla. Así que la tomó en sus cálidos brazos y la crió como su propia hija, siempre temerosa de que algún día alguien de la aldea la delatara y se la arrebataran de su lado.

Aradne se alarmó. Desde que murió el antiguo rey alfa hace un año y su hijo tomó el trono, la búsqueda de la bruja se intensificó y se llevaban a las jóvenes de ojos violetas que encontraban a su paso. Había escuchado rumores de que las torturaban y luego las hacían desaparecer. Se decía que buscaban a una bruja y que su muerte era necesaria para acabar con la maldición que azotaba el bosque de Corinto.

-Mami... -unas lágrimas de alarmadas se asomaban en sus ojos. Desde niña sabía que era diferente a las otras personas de la aldea. Su madre le había contado la historia de cómo la encontró-. Estoy cansada de esconderme de esos guerreros, pero no quiero morir como las otras chicas.

Su madre se acercó y la abrazó. Tenía miedo de que esta vez la apartaran de su lado, pero intentó que su voz sonara fuerte mientras le acariciaba su larga cabellera rizada.

-Mi niña, si la diosa Selene te puso en mi camino para que te salvara, es porque tiene un propósito en la vida y no es precisamente morir por una maldición de la que tú no tienes la culpa. -Se separó y le dio un beso en la frente-. Ahora, sal de aquí antes de que te encuentren.

Ella se limpió las lágrimas que todavía se deslizaban por su mejilla. Con una sonrisa fingida hacia su madre, le dio la espalda y salió de la cabaña. Corrió por el denso bosque, y al cruzar el sendero hacia la cascada sintió cómo alguien la agarraba de la falda de su vestido. Temblorosa, se giró y se quedó atónita al ver al hombre frente a ella. Aquellos ojos azules, intensos y aterradores, se encontraron con los suyos. Un escalofrío recorrió su cuerpo, dejándola paralizada.

Gedeón sintió un estruendo en su interior. Aitor, su lobo, gruñó y él maldijo en silencio, pensando: "Entre todos los alfas que sirven a mi primo, tenía que ser yo quien la encontrara. Hubiera sido mejor no saber de su existencia". Durante mucho tiempo había sido difícil localizar a una mujer de ojos violetas. Él, como uno de los alfas más poderosos, siguió las señales del clima próspero de esa zona, creyendo que la bruja que buscaba podría encontrarse en esas montañas, y acertó. Frunció los labios y con voz áspera expresó:

-Ya es tarde para huir, bruja. Vendrás conmigo.

-Señor, déjeme ir. Yo... yo no le he hecho nada a usted, ni al líder alfa -expresó, arrastrando las palabras.

-No seas tonta, bruja -Intentó agarrarla por el brazo, pero ella lo esquivó-. Será mejor que colabores. Mis hombres no serán tan piadosos contigo. -Enarcó una ceja-. Tu deber es acompañarnos hasta la manada Corinto; tu rey alfa te espera. Sabes que debes morir para salvar a tu gente. -La tomó con fuerza del brazo y la arrastró hacia donde estaban sus hombres.

Dos guerreros sostenían a su madre, mientras la gente de la aldea los observaba. Algunos con rabia, conscientes de que por culpa de la joven eran visitados por los guerreros, quienes revisaban sus cabañas, sus cosechas y confiscaban su comida. Sin embargo, no se atrevían a delatar a la chica, porque el líder de esa aldea les había advertido que quien delatara Aradne sería expulsado junto con toda su familia de lo que ellos consideraban su hogar. Otros lobos que apreciaban a la chica, la miraban con pesar y apretaban los puños, deseando defenderla. Pero al ver las miradas sanguinarias de esos lobos, sentían miedo de morir; tres jóvenes eran retenidos por sus padres para que no intervinieran.

Gloria, al ver el pánico en los ojos de su hija, comprendió en ese momento que nunca más la volvería a ver. Un escalofrío recorrió su cuerpo y un ruido estremecedor salió de su garganta.

-¡Suéltenla! ¡Suelten a mi hija, tengan piedad de ella! Aradne no es a quien buscan. ¡Suelten a mi Aradne! ¡No se la lleven de mi lado! -Fue interrumpida por un dolor punzante en su rostro, uno de los guerreros que estaba cerca le dio una cachetada.

-Cállese, vieja estúpida, si no quiere morir aquí mismo.

-¡Mami! ¡No le hagan daño a mi mamá! Yo me voy con ustedes, pero suéltenla -se escuchó una voz desgarrada. Aradne sentía la presión punzante en su brazo, pero no podía desafiar al hombre grande que la sostenía.

Gedeón, al ver la escena, increpó a sus hombres con un gruñido áspero:

-Dejen a la mujer en paz. Ya tenemos lo que vinimos a buscar. Es hora de irnos. -Empujó a Aradne hacia uno de los caballos-. Átenle las manos y móntenla en el caballo -Giró la cabeza hacia uno de sus hombres- Jonás, mantenla vigilada. -Luego, les dio la espalda a los presentes, caminó hacia su caballo y esperó a que sus hombres hicieran lo mismo.

Aradne dio un último vistazo a sus amigos, quienes eran sostenidos por otros lobos para que no intervinieran, luego a su madre que lloraba desconsolada, arrodillada en el suelo. Sintió cómo bruscamente era levantada en el aire y colocada en el caballo. Luego de que le ataran las manos, solo podía ver cómo su hogar desaparecía de su vista, comprendiendo que desde ese momento su vida cambiaría. En ese instante, solo le quedaba rezar en silencio a la diosa Selene para que la ayudara a escapar y, si su destino era morir, que no fuera dolorosa.

Capítulo 2 Al adentrarse en el bosque de Corinto

Al adentrarse en el bosque de Corinto, Aradne notó que el clima se volvía sombrío y espeso. Los árboles a su alrededor crujían con cada paso que daban. Una pesadez inexplicable se apoderó de su cuerpo, y al observar el lugar se asustó al percibir la desesperación de la naturaleza. De repente, el relincho de los caballos hizo que su corazón se agitada rápidamente.

-¡No se detengan, avancen con rapidez! -gritó Gedeón. Al tirar de la cuerda para que su caballo corriera, quedo muy sorprendido al ver cómo descendían de los árboles criaturas con apariencia de aves deformes: ojos brillantes, plumas como espinas y garras afiladas. Los guerreros se aferraban a las cuerdas de sus caballos mientras los Skotos les cortaban el paso y se acercaban rápidamente hacia ellos.

Sin posibilidad de huir, Gedeón sintió cómo su caballo trataba de derribarlo. Gritó desesperadamente mientras descendía del caballo con la espada en la mano.

-¡Nos están a atacando los Skotos! Defiéndanse y huyan si logran escapar de ellos.

Sus hombres bajaron de los caballos empuñando sus espadas y comenzaron a esquivar a los Skotos. El comportamiento de estas criaturas no era para nada pacíficos; empezaron a atacar en la densa niebla, y se abalanzaron sobre los guerreros, picoteándolos y moviendo sus alas para clavarles sus gruesas plumas.

Gedeón, al ver cómo sus hombres eran heridos, arremetía con furia contra los Skotos, tratando de esquivar sus plumas afiladas que rozaban su piel.

Aradne se encontraba rodeada por los caballos, que formaban un círculo a su alrededor. En la oscuridad, apenas podía ver, solo escuchaba los estruendos de espadas, gritos y el sonido de aleteos. Estaba inquieta por que no podía distinguir quiénes los atacaban. Se sobresaltó al ver a un guerrero caer herido cerca de los caballos. El vital líquido se esparcía por su ropa arañada. Soltó un suspiro ahogado, debatiéndose entre ayudarlo o aprovechar la oportunidad para escapar. Finalmente, se compadeció y bajó del caballo, camino rápidamente hacia el herido, se agachó como pudo y le preguntó.

-¿Cómo te llamas?

-Horus -contestó el guerrero en apenas un susurro.

- Horus, me llamo Aradne y puedo ayudar a curar tu herida -expresó mientras giraba brevemente la cabeza hacia la batalla, prestó atención a los guerreros que yacían adoloridos en el suelo. Volviendo la mirada al frente y continuó con la voz afligida-. Desátame, o agarra firmemente la espada para que pueda cortar la cuerda y ayudarte a ti y a tus compañeros.

Horus con la vista borrosa, pensaba que ella solo buscaba escapar y simplemente cerró los ojos.

Aradne viendo que él no respondía ni mostraba gesto de ayuda, volvió hablar.

-Horus, confía en mí. Si no me desatas, no podré curarte. Si quisiera huir, habría aprovechado el alboroto.

El guerrero abrió los ojos y, con el poco aliento que le quedaba, levantó la espada para apoyarla en el suelo. Aradne, se giró dándole la espalda a Horus y con las manos atadas, rodeó la empuñadura y comenzó a moverlas rápidamente. Una vez liberada, se puso de pie y corrió hacia un caballo. Buscó en una bolsa que colgaba de él y encontró una botella. Regresó junto a Horus, vertió agua en sus manos y la aplicó en la herida. Con la misma mano le ofreció agua para beber. Observó cómo la herida comenzaba a cerrarse y, al ver que el guerrero recuperaba su color y mostraba vitalidad, se levantó y echo un vistazo hacia la pelea.

Desde lejos, observó al hombre fuerte caer de rodillas, acorralado por unas aves grandes y amenazadoras. Impulsada por el miedo, corrió hacia Gedeón. Al acercarse, las criaturas la rodearon. Asustada, extendió sus manos, y una luz blanca con destellos violetas comenzó a emanar de su cuerpo, haciendo que los Skotos retrocedieran y, extendiendo sus alas, volaran y se perdieran entre las copas de los árboles.

Con la respiración débil, Gedeón observó la escena, sus ojos se iban cerrando mientras su mano derecha presionaba su herido. El dolor era agudo y una punzada constante en el pecho lo hacía respirar con dificultad.

Gedeón sintió una mano suave como terciopelo moviéndose por su pecho, lo que le provocó una sensación reconfortante que le recorrió el cuerpo. Apreció cómo un líquido fresco descendía por su garganta, normalizando su respiración. Abrió bruscamente los ojos y agarró la mano de Aradne con fuerza.

- ¿Qué estás haciendo?

-¡Suéltame! Me estás lastimando -pronunció ella con dolor-. Solo intentaba ayudarte.

Él la soltó bruscamente, lo que la hizo retroceder y caer de trasero al suelo. Sintiendo un leve malestar, Aradne lo miró entrecerrándolo los ojos con resentimiento, se puso de pie y luego dirigió la mirada hacia Horus, quien se acercaba hacia ellos.

- Horus, necesito tu ayuda para atender a los guerreros heridos y curarlos.

El guerrero miró a su alfa y, al ver que Gedeón asistía con la cabeza, comenzó a ayudarla.

Los guerreros ya curados, empezaron a agradecerle a ella. Mientras que Gedeón, se encontraba recostado a un árbol, observado la escena. Al ver a sus hombres entusiasmados con Aradne, carraspeó y, con una voz gélida, vociferó.

-Ya están sanos, Móntense en los caballos que tenemos que llegar a Corinto.

-¿Qué hacemos con ella? Aradne nos salvó la vida, permítele ir a caballo sin atadura -inquirió Jonás.

-Es lo menos que podemos hacer por ella. ¡Gedeón! Ambos sabemos el destino que le espera al pisar la mansión y no es nada agradable -intervino Horus, aturdido por la joven que estaba frente a él.

-Como quieran -respondió Gedeón, lanzando una mirada fría a Aradne. Luego caminó con zancadas largas hacia su caballo, lo montó y esperó a que sus guerreros hicieran lo mismo.

Esta vez, Jonás ayudó a Aradne a subir al caballo. Su actitud hacia ella había cambiado. Con voz apacible, susurró.

-Señorita Aradne gracias por salvarnos -soltando un gran suspiro y bajando la cabeza continuó-. Al llegar a la mansión pueda que se arrepienta de habernos salvado, pero le aconsejo que cuando lleguemos, no confíe en nadie y tenga cuidado. Cada lobo en esa mansión estará detrás de usted.

-No me arrepiento de haberlos salvado -confesó Aradne con tristeza en la voz-. Y gracias por tu consejo -La incertidumbre la abrumaba; tragó saliva al sentir el aura fría y severa de Gedeón. No entendía por qué él la odiaba, y esa frialdad le pesaba en el alma. Se preguntó en silencio. "¿Qué hizo mi madre para merecer el desprecio de estos lobos?"

-Jonás, deja de hablar con la prisionera - ordenó Gedeón, sin apartar la mirada del camino. Sus ojos reflejaban misterio y disgusto. Estaba frustrado por haber sido salvado por ella; aún sentía su energía cálida y refrescante recorrer su cuerpo. Se repetía en su mente. "Ese poder que ella posee nos llevó a vivir en la miseria y con miedo a los Skotos, la muerte de esa bruja nos salvará"

-Es tan hermosa nuestra mate -expresó Aitor, con la cabeza apoyada en sus patas delanteras-. No tienes idea de cómo me siento. ¿Por qué quieres alejarme de ella?

-Es por nuestra raza que debe morir. Nuestro destino es solitario. Ella nos liberará de estas criaturas que castigan nuestro pueblo -respondió Gedeón, aferrándose a la cuerda del caballo mientras mantenía la conexión con su lobo.

Aitor aullaba de tristeza, renuente a aceptar su destino sin su mate. Había intentado estar con otras lobas, pero sus compatibilidad había sido pésima; las feromonas de esas omegas lo hacían sentir mal.

Gedeón podía sentir la presión de su lobo. Maldijo en silencio, porque su instinto animal deseaba protegerla.

Capítulo 3 ¡Capturaron a la bruja!

Al amanecer, llegaron a la manada. Las personas que notaron la presencia de los caballos, vieron a una joven de cabellos rojizos y ojos violetas con la mirada perdida. De inmediato una mujer al saber de quien se trataba comenzó a insultarla.

-¡Capturaron a la bruja! ¡Que lleven a la horca a la bruja! La diosa Selene escuchó nuestras plegarias, pronto nos libraremos de la maldición.

La gente comenzó a rodear el caballo que montaba Aradne. Los insultos brotaron de sus bocas como una tormenta, acompañados de piedras que volaban hacia ella. Aterrorizada, Aradne vio en los ojos de la gente una mezcla de crueldad y rabia. Aquellas miradas la hicieron tambalearse y, presa del miedo, cerró los ojos, temiendo lo peor.

Gedeón, al ver a la gente alterada, jaló la cuerda de su caballo y se posicionó al lado del caballo de Aradne. Con furia, volvió a jalar la cuerda, haciendo que su caballo relinchara y se levantara en dos patas.

-¡Basta de insultos! Regresen a sus obligaciones. Si llegan a hacerle daño a la chica sin permiso de su rey, se atenderán a las consecuencias -expulsó con una mirada sombría.

La gente asustada por la actitud del alfa, se dispersaron murmurando y apretando los dientes. Algunos guerreros estaban aliviados de que su gente no le hicieron daño a Aradne, se miraban entre sí, sintiendo pena por ella, conscientes de que no podían hacer nada.

Aradne, al escuchar esas frías palabras, abrió los ojos y miró a Gedeón. Al ver su rostro rígido y sin ninguna expresión, sintió cómo su corazón se hunde en su pecho y las pocas esperanzas que tenía de salir ilesa de esas tierras se desvanecían. Solo le quedó agachar la mirada y sentir el caballo moverse con lentitud.

Nefer estaba en su despacho cuando uno de sus hombres entró para informarle que habían capturado a la bruja. La hija de la mujer a la que había odiado desde el momento en que la vio entrar en la mansión. Recordó las lágrimas derramadas de su madre por el amor de un hombre que ni siquiera la miraba, y el distanciamiento de su padre hacia él, por una simple extraña que no pertenecía a su raza, pero que su padre se había obsesionado con ella hasta su muerte. Estaba lleno de resentimiento y solo quería hacer sufrir a la hija de esa bruja.

Se levantó bruscamente de su asiento y, acompañado de su amigo, camino a pasos acelerados hacia la entrada de la mansión.

Nefer observaba cómo se acercaban los caballos y se detenían frente a él. Al ver a un guerrero ayudar a bajar a una joven de cabello rojizo, sus labios se curvaron en una sonrisa agria. Luego Gedeón tomaba a la joven por los hombros y la arrastraba hacia él, Nefer fijó sus ojos en los encrespados ojos violetas de la joven. La escaneó con la mirada y pensó: " Esta vez encontraron a la verdadera hija de la hechicera. Contigo en mis manos podré ejecutar mi venganza".

-Su majestad, Hemos encontrado a la hija de la bruja escondida en las tierras altas de Drion, entre las montañas rocosas, Tal como ordenó su padre he cumplido con la misión -informó Gedeón, empujándola con fuerza hacia adelante.

Aradne se tambaleó y cayó de rodillas, sintiendo un dolor punzante que la obligó a apretar los puños con fuerza. Levantó bruscamente la cabeza para echar un vistazo al hombre frente a ella, un escalofrió recorrió su cuerpo al percibir la malicia en su mirada.

-Buen trabajo, alfa Gedeón. Como siempre, mostrando lealtad a tu líder y a tu gente -pronunció Nefer. Sin apartar la mirada de Aradne-. Así que tú eres la hija de la bruja que hechizó a mi padre y nos trajo desgracias a nuestra manada. Por fin conozco a la bastarda, eres tan hermosa como tu madre.

Aradne se sobresaltó al escuchar esas palabras. Ella desconocía por completo la historia de su verdadera madre; todo lo que sabía era lo que su madre adoptiva le había contado y los comentarios que escuchaba en la aldea cuando los guerreros llegaban en busca de jóvenes con su misma apariencia, llevándoselas sin que se supiera más de ellas. Las lágrimas no tardaron en nublar sus ojos. Con desesperación Aradne suplicó con voz temblorosa.

- Señor, no sé de qué habla. No conocí a mi madre ni su historia. ¡Por favor, déjeme ir! ¡No me mate! -Las lágrimas inundaron rápidamente sus mejillas. Con temblor en sus manos, se llevó los dedos a los ojos para apartar la humedad que bloqueaba su visión-. Está equivocado, yo soy ninguna bruja.

-Eso es lo que dicen todas las brujas condenadas a la horca -respondió tranquilamente, moviendo la cabeza de un lado a otro-. Me gusta que supliques por tu vida, bastardita.

-¡Porrr favor...! ¡No me mate! -Rogó nuevamente. Notó que él no gritaba, pero su desprecio era palpable en cada palabra que pronunciaba, y la vena que se marcaba en su cuello la hizo sentir una oleada de escalofríos en su cuerpo, presentía que podría desmayarse en cualquier momento.

-Debemos cumplir con la profecía revelada por la diosa Selene a los viejos lobos. Los ancianos, a través del oráculo, informaron a mi padre que una maldición había caído sobre nosotros desde el momento en que tu madre salió de esta mansión. Para disolverla y restaurar todo como antes, debemos erradicar la maldad y a sus descendientes -explicó con una sonrisa sarcástica-. Y tú, bastarda, vas a pagar por los pecados de tu madre.

Ella anhelaba sobrevivir, pero en el fondo sabía que un monstruo como él no la dejaría con vida.

Gedeón permanecía en silencio, sudando frío. Su pecho se contraía mientras luchaba por controlar a su lobo, que buscaba desesperadamente tomar el control. No podía permitir que eso sucediera. Había pasado muchos años preparando a Aitor para que rechazara a su mate, y ahora todo parecía desmoronarse en ese momento.

Nefer la observó con dureza durante un rato antes de hablar. Se regocijaba internamente al verla indefensa y débil. Luego, giró la cabeza hacia uno de sus hombres.

-Llévenla a los calabozos. Después, Ramsés se ocupará de ella.

-Su majestad, si me permites, yo me ocuparé de ella antes de su ejecución -intervino Gedeón con voz áspera pero serena.

-Como quieras, Gedeón. Confío en que no caerás en los hechizos de esta bruja -vociferó chenqueando los dientes.

-Descuide su majestad, hice una promesa a tu padre, y soy un leal servidor de mi sangre.

Nefer asintió con la cabeza, dio media vuelta y se alejó.

Gedeón dio tres zancadas hacia Aradne y, tomándola bruscamente por los hombros desde atrás, provocó que ella soltara un chillido ahogado desde el fondo de su garganta.

-No me encierres, por favor.

-Camina -fue lo único que pronunció. La llevaba casi alzada, notando cómo su cuerpo se estremecía. Con la mirada gélida, la condujo a la parte trasera de la mansión real hacia los calabozos. Bajaron unas tenebrosas escaleras; el lugar olía a humedad y tenía poca luz. Al llegar, ordenó a un guardia que se encontraba allí:

-Abre la reja.

Al ver la puerta abierta, Gedeón, sin compasión, la empujó hacia adentro y, sin mirarla, salió de ese lugar a toda prisa.

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