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LA ENFERMERA DEL MAFIOSO

LA ENFERMERA DEL MAFIOSO

Autor: : Camila Ceballos
Género: Mafia
Angelo De Santi nació para mandar. Durante años fue el heredero perfecto de un imperio criminal europeo: inteligente, despiadado, respetado y temido incluso por sus propios aliados. Nada escapaba a su control. Ni las calles, ni los negocios, ni los hombres que lo seguían. Una emboscada organizada por una traición interna -alguien de su propio círculo- terminó en un tiroteo brutal. Angelo sobrevivió, pero una bala le destrozó la columna. El diagnóstico fue claro: no volvería a caminar. Para un hombre que había construido su poder sobre el miedo y la presencia, la silla de ruedas parecía una sentencia. Pero Angelo no cayó. Se volvió peor. Desde la cama del hospital y luego desde su mansión, aprendió a gobernar sin moverse. Eliminó a los traidores con una frialdad quirúrgica, consolidó su poder con una violencia más calculada, más cruel. Ya no necesitaba alzar la voz ni empuñar un arma para intimidar: una orden suya bastaba. El accidente no lo hizo débil. Lo volvió implacable. Convencido de que el amor es una debilidad y de que nadie se queda sin querer algo a cambio, Angelo cerró cualquier resquicio emocional. Su mundo se redujo al control absoluto... y a una soledad que nunca admitiría. Cassandra Morales no pertenece a ese mundo. Es enfermera por vocación y por necesidad. Viene de una familia humilde, de campo, marcada por los problemas económicos. Sostiene a su madre, a su abuela y, sobre todo, a su hermana menor, diagnosticada con leucemia. Cassandra trabaja turnos interminables, duerme poco y no se permite. Cuando una agencia privada le ofrece un contrato excepcionalmente bien pagado para cuidar a un paciente con necesidades especiales -un hombre poderoso, peligroso, aislado en una mansión- Cassandra duda. Pero las facturas, los tratamientos médicos y el miedo a perder a su hermana pesan más.

Capítulo 1 CASSANDRA MORALES

Cassandra Morales

Cassandra Morales no recordaba un momento exacto en el que hubiera dejado de ser solo una hija.

No hubo un día concreto, ni una conversación solemne, ni una despedida de la infancia, solo un cansancio que llegó temprano... y se quedó.

El sol aún no terminaba de levantarse cuando ella ya estaba en el campo, con las manos hundidas en la tierra húmeda. El frío de la madrugada se mezclaba con el olor a barro fresco, y la neblina baja le mojaba los tobillos como si el suelo respirara. Cassandra trabajaba en silencio, con el cabello oscuro recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda, firme como todo en ella.

Sus brazos, de piel morena clara, estaban marcados por años de trabajo que no le correspondían a una mujer de su edad, pero que había asumido sin quejarse. Cada movimiento era preciso. No había rabia en su forma de trabajar, tampoco resignación. Había responsabilidad.

-Cassandra -llamó su madre desde el porche-. Vas a romperte la espalda antes de que el día empiece.

-Todavía no -respondió ella sin mirarla-. A la tierra no le gusta que la dejen a medias.

Su madre suspiró. Siempre lo hacía cuando Cassandra hablaba así, como si ya supiera más de la vida de lo que le correspondía.

Dentro de la casa, la abuela estaba sentada cerca de la ventana, envuelta en un chal viejo. Tenía las manos torcidas por los años, pero los ojos seguían vivos, atentos.

-Esa niña nació con el alma cansada -murmuró la abuela cuando Cassandra entró a lavarse las manos-Igual que tu padre.

Cassandra levantó la mirada.

-No empieces, abuela.

-No empiezo -respondió ella con una media sonrisa-Solo digo verdades que nadie quiere escuchar.

La abuela había sido la primera en darse cuenta. Cuando el padre murió, cuando el dinero empezó a faltar, cuando la madre se quebró en silencios largos... Cassandra no preguntó qué hacer. Hizo.

Cocinó, trabajó, cuidó y cuando Clara enfermó, no dudó ni un segundo.

Fue al cuarto del fondo, como todas las mañanas. El aire allí era distinto: lavanda, alcohol, pastillas y algo frágil. Clara estaba despierta, sentada en la cama, envuelta en una sudadera demasiado grande que hacía que pareciera aún más pequeña.

-Buenos días, mi guerrera -dijo Cassandra, y su voz se suavizó sin pedir permiso.

-Buenos días, mandona -respondió Clara con una sonrisa cansada-. ¿Ya te vas otra vez?

-Siempre me estoy yendo -contestó Cassandra, sentándose a su lado-. Pero siempre vuelvo.

Le tomó las manos con cuidado. Eran frías.

-¿Te duele algo hoy?

-Un poco... pero no mucho.

Cassandra sabía mentir.

También sabía cuándo alguien le mentía.

-Hoy me toca turno largo -dijo-. Pero te traigo ese dulce que te gusta. El de coco.

Clara dudó.

-¿Hablaste con el doctor... sobre lo otro?

Cassandra bajó la mirada un segundo. Solo uno.

-No todavía -admitió-. Pero lo haré. Estoy juntando todo. Dinero, papeles... lo que haga falta.

-Es muy caro, Cass.

-Nada es más caro que perderte.

Clara apoyó la frente en su hombro.

-No te canses de mí.

Cassandra cerró los ojos.

-Yo me cansé de muchas cosas en esta vida -susurró-De ti no.

El Hospital San Blas ya estaba despierto cuando Cassandra llegó. Pasillos llenos, voces superpuestas, el olor permanente a desinfectante que se metía en la ropa y no salía nunca del todo. Se ajustó la bata con la misma determinación con la que se ajustaba la vida.

-Morales, ¿otra vez tú? -le gritó un enfermero- ¿No te pagan por dormir?

-Todavía no -respondió ella-Avísame cuando empiecen.

En la habitación 402, el señor Ruiz la recibió con un gruñido.

-Por fin -dijo-Esa otra casi me mata con la sopa.

-Usted exagera -contestó Cassandra mientras revisaba el suero-Pero si sigue así, lo voy a dejar con ella a propósito.

El anciano rió.

-Eres un peligro, niña.

-Lo sé.

Fuera, en el pasillo, Sandra la esperaba.

-Siempre igual -dijo con desdén-Todos te quieren.

-No me quieren -respondió Cassandra sin detenerse-Confían, es distinto.

Sandra apretó los labios.

-Algún día te vas a caer de ese pedestal.

Cassandra se giró, tranquila.

-Cuando pase, avísame, mientras tanto, hay pacientes esperando.

Más tarde, una mujer anciana le tomó la mano con fuerza.

-Gracias por quedarte conmigo anoche -dijo entre lágrimas-Pensé que me iba a morir sola.

Cassandra se agachó frente a ella.

-Aquí nadie se muere solo -respondió-No si yo estoy cerca.

Al final del turno, en el vestuario vacío, Cassandra se dejó caer en la banca. El cuerpo le dolía, pero el dolor ya no la asustaba. Sacó el celular y miró la foto de Clara.

-Necesito algo más -susurró-Y voy a encontrarlo.

No sabía que su nombre estaba a punto de cruzar una puerta peligrosa.

***

El consultorio del doctor Olivares olía a café viejo y papeles acumulados. Cassandra conocía ese olor. Lo había respirado demasiadas veces como para asociarlo con buenas noticias.

-Siéntate, Cassandra -dijo el médico, señalando la silla frente a su escritorio.

Ella obedeció, pero no apoyó la espalda. Nunca lo hacía cuando estaba nerviosa.

El doctor hojeaba el expediente de Clara con el ceño fruncido, pasando páginas que Cassandra ya sabía de memoria, fechas, resultados y cifras que no decían nada cuando el miedo te apretaba el pecho.

-Los últimos análisis no son malos -dijo al fin-, pero tampoco son lo que nos gustaría ver.

Cassandra entrelazó los dedos con fuerza.

-Doctor... -empezó, y se obligó a no bajar la voz-Usted me dijo que había un tratamiento nuevo, más agresivo, pero con mejores probabilidades.

Olivares suspiró, quitándose los lentes.

-Lo hay, pero no depende solo de mí.

-Dígame qué tengo que hacer -insistió- Papeles, estudios, turnos extra... lo que sea.

El doctor la miró con una mezcla de cansancio y lástima contenida.

-Cassandra, los pacientes con leucemia se cuentan por cientos -dijo-. Las listas de espera son largas. Muy largas. Hay niños, hay casos críticos... no es cuestión de merecerlo o no.

Ella tragó saliva.

-Mi hermana también es crítica.

-Lo sé -respondió él-Y por eso estoy haciendo todo lo que puedo.

Cassandra apoyó las manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante.

-No es suficiente -dijo en voz baja, pero firme- Yo la veo cada día, sé cuándo sonríe para no preocuparnos, sé cuándo finge que no le duele.

El doctor guardó silencio.

-Si hubiera una opción privada... -continuó Cassandra-. Una clínica, un tratamiento externo... yo trabajaría el doble, el triple. Puedo pagar en cuotas. Puedo-

-Cassandra -la interrumpió Olivares-No tienes ese dinero, y aunque lo tuvieras, esas clínicas no aceptan a cualquiera.

Ella cerró los ojos un segundo. Solo uno.

-Entonces dígame qué puedo hacer -susurró-Porque quedarme esperando no es una opción.

El médico dudó. Miró hacia la puerta, luego bajó la voz.

-Hay rumores -dijo-. Nada oficial.

Cassandra alzó la vista de inmediato.

-¿Qué rumores?

-Hay pacientes privados -respondió-Muy poderosos buscando atención médica especializada, discreta, pagan cifras que no se ven en el sistema público.

El corazón de Cassandra dio un golpe seco.

-¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

-Nada -contestó el doctor rápido-O tal vez mucho. Todavía no lo sé.

-Doctor...

-No es algo que yo pueda ofrecerte -aclaró- Solo... ten cuidado con lo que deseas. Ese tipo de trabajos no vienen sin un precio.

Cassandra se levantó despacio.

-Todo en mi vida tiene un precio -dijo-Solo estoy intentando elegir cuál puedo pagar sin perder a mi hermana.

El doctor la observó salir, sabiendo que acababa de sembrar algo que ya no podría controlar.

Esa noche, de regreso a casa, Cassandra se detuvo frente a la habitación de Clara antes de dormir. La observó respirar, lenta, frágil.

-Voy a encontrar una salida -susurró-Te lo prometo.

Capítulo 2 CÓDIGO ROJO

El primer indicio de que algo iba mal no fue la sirena.

Fue el silencio.

El Hospital San Blas nunca se quedaba en silencio. Siempre había un murmullo constante, un zumbido de pasos, monitores, voces superpuestas. Pero esa noche, de pronto, todo se tensó, como si el edificio hubiera contenido el aliento. Cassandra acababa de terminar de colocar una vía cuando las puertas de urgencias se abrieron de golpe.

-Código rojo -anunció alguien- ¡Código rojo inmediato!

El sonido de botas resonó en el piso pulido. No eran zapatos médicos. Eran pasos pesados, sincronizados, entrenados Cassandra alzó la vista justo a tiempo para verlos entrar, hombres vestidos de negro demasiados, armados con auriculares y miradas que no pedían permiso. El personal del hospital se quedó congelado un segundo... y luego el caos estalló.

-¿Quién autorizó esto? -gritó una doctora.

-¡Retírense de las camillas!

-¡Necesitamos un quirófano ahora!

-¡Cierren accesos secundarios!

Uno de los hombres avanzó hasta el mostrador.

-Tenemos una emergencia quirúrgica -dijo con voz firme-El paciente entra en cinco minutos. Nadie entra ni sale sin autorización.

-Esto es un hospital público -replicó alguien-No pueden...

-Podemos -interrumpió el hombre, sin alzar la voz-Y lo haremos.

Cassandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Nunca había visto algo así, el paciente llegó rodeado de sombras. Una camilla empujada con precisión militar. Sangre oscura empapando los vendajes improvisados. Un torso inmóvil. Un rostro pálido... pero consciente, los ojos del hombre estaban abiertos.

Sus ojos color azul estaban Alertas y dominantes, no parecían los ojos de alguien al borde de la muerte, parecían los de alguien que estaba anotando nombres.

-¿Quién está a cargo? -preguntó uno de los médicos.

-Yo -respondió el cirujano de guardia, nervioso-¿Qué tenemos?

-Herida por arma de fuego. Compromiso torácico. Riesgo de colapso pulmonar -enumeró rápido uno de los hombres-El paciente necesita cirugía inmediata.

-¿Nombre?

Hubo una pausa mínima.

-Angelo De Santi.

El nombre cayó como un disparo, Cassandra no lo conocía...pero la forma en que todos los demás reaccionaron fue suficiente.

-¿Dónde nos necesitan? -preguntó ella, avanzando antes de pensarlo.

El cirujano la señaló de inmediato.

-Tú. Y... -miró alrededor-Sandra. Muévanse.

Sandra apareció a su lado con el ceño tenso.

-Esto no es una cirugía cualquiera -susurró-Mira toda esa seguridad, esto huele mal.

-Huele a urgencia -respondió Cassandra-Y eso es suficiente.

Entraron al quirófano, las puertas se cerraron, el mundo exterior dejó de existir, las luces quirúrgicas iluminaron el cuerpo de Angelo De Santi con una claridad brutal. Su pecho subía y bajaba con dificultad.

La herida era grave.

Sangrante y profunda, pero él no perdió la conciencia.

-No me duerman -ordenó con voz ronca.

El anestesista dudó.

-Señor, es necesario-

-No -repitió Angelo, girando apenas la cabeza- Quiero estar despierto.

El cirujano tragó saliva.

-Está perdiendo mucha sangre.

-No me voy a morir -dijo Angelo-. No hoy.

Cassandra sintió algo extraño en el estómago, no era miedo era tra cosa era determinación... mezclada con una tensión oscura.

-Necesitamos más gasas -ordenó el cirujano.

-Aquí -respondió Cassandra, pasándolas sin apartar la vista de la herida.

Sus manos no temblaron Sandra, en cambio, respiraba demasiado rápido.

-Aspira aquí -le indicó Cassandra en voz baja-. No pierdas el ritmo.

-No me digas qué hacer -murmuró Sandra, pero obedeció.

Angelo giró los ojos apenas y los fijó en Cassandra y ella lo sintió, no levantó la mirada de inmediato cuando lo hizo, fue directa, sin sumisión, sin desafío abierto, solo firmeza. Los labios de Angelo se curvaron apenas. Una sombra de algo parecido a interés cruzó su rostro.

-Tú no tienes miedo -murmuró.

-No ahora -respondió Cassandra-. Ahora trabajo.

El silencio en el quirófano fue absoluto.

-Concéntrense -ordenó el cirujano.

La cirugía continuó durante horas que parecieron días, sangre, sudor y ordenes cortas, mientras el pulso era contenido. Cuando todo terminó, Angelo seguía vivo, más que eso seguía presente.

Mientras lo trasladaban a cuidados intensivos, uno de los hombres de seguridad habló en voz baja con un médico.

-El jefe quiere saber quién estuvo en el quirófano.

Cassandra escuchó su nombre yel de Sandra, no sabía que ese instante acababa de sellar algo irreversible, no sabía que el hombre al que había tratado como a cualquier paciente no olvidaba rostros, ni miradas.

La habitación de cuidados intensivos estaba en penumbra.

El sonido rítmico del monitor cardíaco era lo único que llenaba el espacio, constante, impersonal. Cassandra entró detrás del doctor con el expediente apretado contra el pecho. Había estado en muchas habitaciones así, pero ninguna se sentía tan... cargada.

Angelo De Santi yacía recostado, el torso vendado, el rostro pálido pero alerta. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo, como si estuviera contando grietas invisibles.

No parecía un hombre derrotado, parecía un hombre esperando un veredicto.

-Señor De Santi -dijo el médico con voz profesional-. La cirugía fue un éxito. La hemorragia está controlada.

Angelo no respondió.

-Sin embargo... -continuó el doctor, ajustándose las gafas-Hay algo que debemos discutir.

Cassandra dio un paso al frente sin que se lo pidieran. Revisó los signos, cambió una bolsa de suero. Sus manos se movían con la misma precisión de siempre, pero sentía el pulso acelerado bajo la piel.

-La bala no solo causó el daño torácico -prosiguió el médico-. El impacto secundario afectó la región pélvica y la médula espinal baja. Hubo inflamación severa... y compromiso neurológico.

Angelo giró lentamente la cabeza.

-Habla claro -ordenó.

El médico sostuvo su mirada.

-No hay respuesta motora en las extremidades inferiores.

Silencio.

-¿Temporal? -preguntó Angelo.

-No -respondió el doctor.

Cassandra sintió un nudo cerrársele en el estómago.

-¿Reversible? -insistió él.

-No en este momento. Y siendo honestos... las probabilidades son muy bajas.

Angelo no parpadeó.

-¿Puedo caminar? -preguntó finalmente.

El médico negó despacio.

-No.

El monitor siguió pitando.

Uno... dos... tres...

El mundo no se acabó, eso fue lo más desconcertante, Angelo De Santi no gritó, no golpeó nada, no pidió explicaciones, solo cerró los ojos un segundo.

-Entiendo -dijo.

La palabra cayó pesada, definitiva, el médico respiró hondo.

-Necesitará cuidados especiales. Rehabilitación, terapia diaria, control de heridas, movilización asistida. No puede hacerlo solo. Necesitará personal capacitado.

-Ok -respondió Angelo.

Nada más, ni una objeción, ni una amenaza Cassandra alzó la vista hacia él por primera vez desde que había comenzado la conversación.

Había visto muchas reacciones: negación, rabia, llanto. Aquella... no la conocía.

-Yo... -empezó el médico-Yo me encargaré de.

-Déjenme solo -dijo Angelo, sin abrir los ojos.

El doctor dudó, luego asintió.

-Volveré más tarde -murmuró.

Cassandra se quedó un segundo más. Ajustó la sábana con cuidado innecesario, como si ese pequeño gesto pudiera devolverle algo de control a la situación.

Angelo abrió los ojos.

-Tú -dijo.

Ella se detuvo.

-No apartaste la mirada -añadió él.

-No era el momento -respondió Cassandra con calma-Cuando alguien recibe una noticia así... lo último que necesita es lástima.

Los ojos de Angelo se clavaron en los suyos.

-Aprendiste rápido.

-Aprendí temprano -contestó ella.

No dijo nada más. Salió de la habitación sin mirar atrás, cuando la puerta se cerró, el silencio cayó como una losa, Angelo bajó la mirada, sus piernas permanecían inmóviles bajo la sábana blanca.

Intentó mover los dedos, pero nada y los movió otra vez y nada.

El aire se le quedó atrapado en el pecho, no gritó, no lloró, una sola lágrima escapó, silenciosa, y él la limpió con furia antes de que pudiera caer.

-No -se dijo en voz baja-No me van a ver así.

Y entonces, como una herida que se abre sola, el recuerdo regresó, las luces cálidas, jn vestido negro, la risa de Anastasia contra su cuello.

-Te amo, había dicho ella.

Horas después, su boca todavía sabía a ella, cuando salió del restaurante, recordó su mano acomodándole el abrigo. Su voz pidiéndole ir en otro coche, su beso... demasiado largo.

La explosión, el vidrio, el fuego y luego... nada. Anastasia no había gritado su nombre, no había vuelto.

Angelo apretó los puños.

-Me quitaste las piernas -susurró-. Pero no el alma.

El amor murió esa noche y en su lugar nació algo peor, algo que no necesitaba caminar para destruirlo todo, ni mujeres que no bajaban la cabeza.

Capítulo 3 DECISION DEL CORAZÓN DE HERMANA

Cassandra llegó a casa cuando la noche ya se había asentado del todo. El edificio era viejo, de paredes delgadas y luces amarillas que nunca terminaban de iluminar bien. Subió las escaleras en silencio, con una bolsa pequeña apretada contra el pecho.

Dulce de coco, lo había comprado en el mismo puesto de siempre, aunque sabía que su hermana apenas podría probarlo. Aun así, no había querido llegar con las manos vacías.

Empujó la puerta con cuidado, la casa olía a té de manzanilla y a desvelo. Su madre estaba sentada en el sillón de la sala, como todas las noches, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo. No dormía. Nunca dormía del todo.

-Llegaste tarde -dijo sin reproche, solo con cansancio.

-Se complicó el turno -respondió Cassandra en voz baja-. ¿Cómo está?

La mujer negó despacio.

-Hoy le subió la fiebre otra vez. El médico llamó en la tarde, dice que los glóbulos volvieron a caer.

Cassandra cerró los ojos un segundo. Respiró hondo.

-¿Durmió?

-Hace una hora -respondió su madre-. Le costó mucho conciliar el sueño. Preguntó por ti.

Cassandra forzó una sonrisa.

-Siempre pregunta.

-Porque eres lo único que la tranquiliza -contestó la mujer, mirándola fijamente-. Aunque no deberías cargar con eso sola.

Cassandra no respondió. Caminó hacia la habitación de su hermana con pasos lentos. Abrió la puerta apenas lo suficiente para asomarse.

La niña dormía profundamente, demasiado quieta para su edad. Tenía el rostro pálido, los labios secos, y el cabello recogido en una trenza floja que Cassandra le había hecho esa misma mañana. Dejó el dulce de coco sobre la mesa de noche, como una promesa.

-Mañana -susurró-. Mañana te lo doy.

Cerró la puerta con cuidado y regresó a su habitación. Se quitó los zapatos, dejó la mochila en el suelo y se sentó en la cama sin encender la luz. El cansancio le cayó encima de golpe.

Fue entonces cuando el teléfono vibró, miró la pantalla era el Dr. Arrieta. Sintió una opresión inmediata en el pecho.

Respondió.

-¿Doctor? -dijo, sin saludar-¿Pasó algo?

-Tranquila, Cassandra -respondió él-Te llamo por otro asunto.

Ella se incorporó despacio.

-Perdón... es que nunca me llama fuera del hospital -explicó-Y cuando un médico llama a esta hora...

-Lo sé -dijo Arrieta-Cualquiera pensaría lo mismo.

Cassandra se levantó y caminó hacia la ventana.

-Dígame -pidió.

-El paciente que ingresó anoche solicitó cuidados privados -comenzó el médico-Y pidió específicamente que fueras tú quien lo atendiera.

Ella cerró los ojos.

-No puedo aceptar -respondió enseguida-No estoy disponible y tampoco hago cuidados particulares.

-Entiendo -dijo Arrieta-Pero necesito que escuches todo antes de decidir.

-Lo escucho.

-Angelo de Santi necesita una enfermera de confianza, veinticuatro horas -continuó-Está dispuesto a pagar lo que sea necesario.

-No es una cuestión de dinero -dijo Cassandra-Mi prioridad es mi familia.

Hubo una breve pausa.

-Precisamente por eso te llamo -respondió el doctor-Porque él puede hacerse cargo del tratamiento de tu hermana.

Cassandra se quedó inmóvil.

-¿Cómo sabe usted eso?

-Porque pregunté -dijo Arrieta con franqueza-Y porque Angelo de Santi no hace promesas vacías.

La voz de Cassandra bajó.

-Mi hermana tiene leucemia, no es algo que se arregle con un cheque.

-No -admitió el médico-. Pero sí se sostiene con recursos. Y él los tiene.

Cassandra apoyó la mano contra el vidrio frío.

-Necesito hablar con él -dijo-. No voy a aceptar nada sin escucharlo directamente.

-Eso era de esperarse -respondió Arrieta-. Pero hay algo más que debes saber.

-¿Qué cosa?

-Él ya pidió tu expediente laboral -dijo-. Sabe quién eres. Y sabe exactamente por qué dudas.

El silencio se volvió pesado.

-Entonces esto no es una invitación -murmuró Cassandra-. Es una decisión tomada.

-Es una puerta abierta -corrigió Arrieta-. Tú decides si la cruzas.

Cassandra cerró los ojos.

-Quiero verlo -dijo-. Mañana.

-Te llamaré con la hora -respondió el médico.

La llamada terminó.

Cassandra dejó caer el teléfono sobre la cama. Desde la otra habitación llegó la respiración irregular de su hermana. En la sala, su madre seguía despierta.

Y en algún lugar del hospital, un hombre que había perdido las piernas acababa de ganar algo mucho más peligroso.

Su atención.

Cassandra no se movió durante varios segundos después de que la llamada terminó. El teléfono seguía en su mano, frío, inerte, como si no acabara de cambiarle la vida.

Angelo de Santi.

El nombre regresó con una claridad incómoda. Sus ojos azules, despiertos en medio de la sangre. La forma en que no había pedido compasión. La manera en que la había mirado, como si ella fuera una variable, no una persona.

Cerró los ojos.

No quería deberle nada a un hombre así.

Pero tampoco quería enterrar a su hermana.

Se levantó despacio y salió de su habitación. La casa estaba en silencio, un silencio frágil, sostenido apenas por la respiración de la niña al fondo del pasillo. Cassandra avanzó sin hacer ruido, como si el sonido pudiera romper algo.

Abrió la puerta.

Su hermana dormía de lado, abrazando la almohada con una debilidad que le partía el alma. Cada día estaba más delgada. Cada día respiraba con más esfuerzo. Cada día parecía apagarse un poco más, como una vela que no termina de consumirse pero ya no alumbra.

Cassandra se acercó a la cama y se sentó a su lado.

Le acomodó el cabello con cuidado.

-No sé qué hacer -susurró, aunque sabía que no podía oírla-. Juro que no lo sé.

Recordó la primera hospitalización, el diagnóstico, las palabras que ningún padre ni hermana debería escuchar. Recordó cómo al principio había esperanza, planes, promesas. Y cómo, con el tiempo, todo se había vuelto más lento, más pesado, más oscuro.

Cada día era una batalla que se perdía un poco.

Cada día se apagaba.

Cassandra apretó la sábana entre los dedos.

-Te prometí que no iba a rendirme -murmuró-. Pero también te prometí que no iba a venderme.

Las lágrimas le quemaron los ojos, no cayeron, no todavía.

Pensó en su madre, sentada siempre en la sala, fingiendo fortaleza. Pensó en las cuentas acumulándose, en las llamadas que ya no contestaban, en las puertas que se cerraban con una sonrisa educada.

Y luego pensó en él.

En un hombre que no podía mover las piernas, pero que aun así controlaba habitaciones enteras. En un hombre que había decidido que ella era necesaria.

-¿Qué quiere de mí? -susurró-. ¿Cuidarte... o poseerme?

Su hermana se movió apenas, como si sintiera la presencia. Cassandra tomó su mano. Estaba fría.

-Tengo miedo -admitió-. Miedo de entrar en algo que no voy a poder dejar. Miedo de que ese hombre no me vea como una enfermera... sino como una deuda.

Se inclinó y besó la frente de la niña.

-Pero tengo más miedo de perderte.

Cassandra se quedó ahí, sentada en la penumbra, mientras la noche avanzaba sin piedad. Sabía que, pasara lo que pasara, al día siguiente ya no sería la misma.

Porque había momentos en la vida en los que no se elige entre lo correcto y lo incorrecto.

Se elige entre lo que duele...y lo que destruye.

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