Aleksandra Vólkov
Bajé las escaleras de dos en dos y caminé rápidamente hasta la cocina, consiguiéndome con varios de los empleados haciendo sus labores, los saludé a todos con una sonrisa amable y abrí la nevera intentando conseguir algo en particular.
-¿Buscas algo, cariño? -la voz de María me hizo sobresaltarme en mi lugar.
Volteé rápidamente y asentí.
-Sí, ¿quedó pastel de chocolate? -pregunté y ella levantó una ceja.
-¿El de tu cumpleaños?
Asentí.
-No, Jasha me pidió la última rebanada que quedaba ayer, cariño -dijo refiriéndose a mi hermano pequeño y asentí, pues era de imaginármelo.
Pues dulce que veía dulce que se comía, por lo que no me extrañaba que siempre que podía se comía las golosinas que estaban en la nevera, incluyendo mi pastel de chocolate.
Aunque claro, no me pondría a pelear por algo como eso, María podía prepararme todos los que yo quisiera, así que decidí ignorar ese pequeño detalle y dejarlo pasar, por ahora.
-¿Y crees que puedas ayudarme a hacer otro? -le pregunté de vuelta con una sonrisa y rogándole al cielo que dijera que sí, pues lo necesitaba con urgencia.
-Sí, claro, ¿Te parece si lo hacemos en la noche? Tu papá traerá invitados en unas horas y estamos preparando todo para que no haya ningún error -comenzó a servir café en unas pequeñas tazas de porcelana y negué rápidamente.
Siempre que papá tenía reuniones en la casa sabía que era por asuntos importantes, pues se encerraba con sus socios en el despacho y de ahí no salía hasta que terminara de discutir todos los temas.
Lo sabía porque todos los fines de semana tenía esas reuniones en casa, sin mencionar que todos los empleados y cocineros se ponían manos a la obra para poder atender a los invitados los de la mejor manera.
Pero en esta ocasión necesitaba ese pastel lo más pronto posible y también que fuese María quién me ayudara a hacerlo, pues, aunque sabía cocinar, no me arriesgaría a hacer un desastre y entregarle algo a los vecinos feo y sin sabor.
Aún seguía dudando de mi talento en la cocina, pues la repostería me gustaba, pero aun así no me consideraba experta en la materia y sabía que me faltaba mucho por aprender, con la ayuda de María, claro.
-¿Y no lo pueden hacer los demás? Lo necesito para ya -junté mis manos como si estuviera rezando y ella me miró sonriendo porque no sabía decirme que no.
Los demás empleados nos miraban sonriendo, pues no era la primera vez que le pedía algo de esa manera a María, y, ella sin poder negarme nada, siempre buscaba la manera de complacerme en todo.
-¿Tan urgente así es? -preguntó luego de unos minutos en silencio.
Asentí.
-Está bien, lo haré solo por ti -chillé emocionada y la abracé hasta que ella se separó y me miró a los ojos -Pero primero, ¿Para qué quieres el pastel y con tanta urgencia?
-¿Me prometes no decirle a papá? -le susurré y ella negó.
-No me puedes pedir eso, no si sé que es algo malo -me repitió lo mismo de siempre y la miré intentando convencerla, pero nada.
Resignada dejé caer mis hombros sabiendo que sí o sí debía decirle.
-Es un regalo para los vecinos que se acaban de mudar -murmuré intentando que los demás empleados no nos oyeran, pues estábamos en el mismo espacio y algunos de ellos muy cerca de nosotras.
Aunque claro, todos hacían su trabajo y no estaban pendientes de lo que hacíamos María y yo, pero aun así decidí tomar previsiones.
Aunque algo muy exagerado de mi parte, claro.
-Pero si nadie se ha mudado en los últimos meses, pequeña.
Tenía razón en lo que decía, pues la última vez que había llevado un pastel de bienvenida a unos vecinos había sido hace meses atrás, pero lo que María no sabía era que finalmente la casa de al lado se había vendido y que los nuevos inquilinos se habían mudado ayer.
-Sí, ayer los vecinos de al lado se estaban mudando, los vi por el balcón de mi habitación -le expliqué rápidamente y ella me miró sorprendida.
-¿Finalmente se vendió la casa de los Smith?
Asentí nuevamente.
Entendía su asombro, pues según los comentarios ajenos, esa era una casa muy lujosa y que no cualquiera se podía permitir pagar, tanto así que tenía varios meses en venta y habían venido muchas personas a verla, pero al ver el precio salían corriendo.
-Así es, por ello es que quiero llevarles un pastel de bienvenida -respondí con una sonrisa que ella me devolvió casi al instante.
-Está bien, entonces pongámonos manos a la obra -me tendió un pequeño delantal y juntas comenzamos a preparar el pastel de chocolate con el que siempre recibíamos a los nuevos vecinos que se mudaban.
Esa era una tradición que teníamos desde que nos habíamos mudado a la nueva mansión, pues así nos habían recibido a nosotros los vecinos más antiguos y desde ese día mamá había decidido hacer lo mismo con todo aquel que se mudara.
Estuvimos varias horas trabajando en el mismo hasta que finalmente había quedado, admiré nuestra pequeña obra de arte y me quité rápidamente el delantal para poder ir a llevar el pastel.
-¿Irás sola? -comencé a arreglar mi cabello y asentí mientras me hacía una coleta alta -. ¿No esperarás a Jasha?
-No, él está con mamá en el club y según tengo entendido volverán tarde -respondí rápidamente y ella asintió al oírme.
Jasha y yo teníamos por costumbre ir a recibir a los vecinos con pasteles o comidas deliciosas, yo jamás iba sola, pero en esta ocasión lo haría ya que él no estaba y no quería esperarlo tanto tiempo.
Había algo en los vecinos que había llamado mi atención y necesitaba saber qué era, por lo que mi insistencia era más grande que mis ganas de vivir, y la verdad era que esperaba María no se diera cuenta de ello, pues de lo contrario estaría jodida.
-Está bien, entregas el pastel y luego te vienes, ¿entendido?
-Es lo que siempre hago, María -repliqué.
-Lo sé, pero recuerda que te gusta hablar demasiado y a lo mejor te quedas una eternidad hablando con los vecinos.
Asentí, tomé el pastel y salí de la cocina con una sonrisa en el rostro y miles de sensaciones embargando mi sistema.
Estaba algo emocionada ya que había observado que una niña de mi edad se encontraba con ellos allí, lo que me hizo pensar que se trataba de su hija y que a lo mejor tendría una nueva amiga con quién jugar.
Aunque lo tenía todo en casa, a veces me hacía falta la compañía de alguien que no fuese mamá, papá ni Jasha, pues cada quién estaba en lo suyo y no podían entender mis raros gustos.
Con una mano toqué el timbre de la casa y con la otra sostuve el pastel entre mis manos intentando que no se me cayera por los nervios que sentía en el momento. Afortunadamente la puerta fue abierta casi al instante y por la misma apareció una señora mayor y con una sonrisa en el rostro.
-Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarla? -preguntó amablemente y le sonreí en respuesta.
-Buenas tardes, soy la vecina de al lado -señalé mi casa y luego continúe -. Y vine a traerles este pastel de bienvenida.
-Oh, la señora de la casa estará encantada de recibirla -abrió la puerta completamente y me hizo señas para que entrara -. Pase y siéntese un momento mientras yo le aviso que usted está acá, ¿Cuál es su nombre?
-Soy Aleksandra, mucho gusto.
-Yo soy Fedora, el gusto es mío, Aleksandra -estrechó su mano con la mía y le dio un leve apretón antes de soltarla y guiarme hasta el living de la casa, me invitó a sentarme en uno de los muebles que allí se encontraban y, cuando así lo hice, desapareció por uno de los pasillos prometiendo volver lo antes posible.
Comencé a mirar todo con atención y me pregunté por qué carajos decían que la casa era más lujosa de lo normal, cuando en realidad era una casa normal como cualquier otra, obviamente si tenía sus lujos, pero hasta donde había podido observar no era nada del otro mundo.
-¿Quién eres tú? -una voz a pocos pasos de mí me hizo salir de mis pensamientos y levantar la mirada solo para ver de quién se trataba.
Oh
Por
Dios
Frente a mí estaba el que podía ser considerado un verdadero dios griego hecho persona.
Alto, de tez blanca, ojos claros, cabello rubio y facciones finas. Debía tener unos dieciséis años y la verdad es que era uno de los niños más guapos que había visto en mi vida.
-Soy Aleksandra, la vecina de al lado -le respondí con una sonrisa nerviosa y sosteniendo el pastel fuertemente entre mis manos, temiendo que por los nervios se me fuera a caer.
Él me escaneó con la mirada durante unos instantes y luego asintió.
-Un gusto Aleksandra, soy Damién Ivanov, el hijo mayor de la familia -se terminó de acercar a donde yo estaba, me tendió la mano y cuando se la ofrecí, para mi mayor sorpresa, él en vez de apretarla como lo había hecho Fedora, únicamente dejó un beso en la misma sin dejar de mirarme.
Tragué saliva nerviosa y, al no saber qué más hacer, puse mi cerebro a trabajar e inmediatamente recordé las palabras de María, no podía tardarme más de la cuenta.
Llévame, señor.
-Yo vine a traerles esto para darles la bienvenida, es mi pastel de chocolate favorito y lo hicimos mi nana y yo con mucho cariño.
Él alzó una ceja al oírme, tomé el pastel entre sus manos y me sonrió con malicia.
-Justamente estaba por pedir un Delivery para comer algo rico, pero en vista de que llegaste tú, me iré a mi habitación a ver qué tal se te da hacer pasteles, muñequita.
-¿Muñequita? -pregunté confundida al escuchar cómo me había llamado.
-Sí, es que pareces una con tu cabello rubio y facciones finas -me señaló y sin poder evitarlo me sonrojé.
-G-gracias -tartamudeé muerta de nervio.
-Un placer.
-¿Qué haces, Damién? -la voz de una mujer se escuchó a sus espaldas y ambos volteamos al verla entrar. Vestía un elegante traje de color blanco con zapatos a juego, su cabello rubio estaba atado en un perfecto moño y su rostro muy bien maquillado.
Al instante supe que se trataba de su madre, pues eran como dos gotas de agua.
-Recibía el obsequió que me trajo la vecina de al lado -levantó el pastel a la altura de su pecho y sonreí sin saber qué decir o hacer.
Esto estaba siendo más incómodo de lo que creía.
-¿Qué te trajo? Pero sí creí escuchar que nos trajo ese pastel a todos para darnos la bienvenida.
-Sí, pero quien lo recibió fui yo y, por ende, el pastel es mío -demandó con voz dura.
-Te ofrezco una disculpa, cariño, él a veces suele ser muy territorial con sus cosas -se dirigió a mí y le sonreí en respuesta.
-No se preocupe, espero les guste -respondí amablemente pero súper incomoda por la intensa mirada de Damién en mí en todo momento.
-Por cierto, mi nombre es Irina Ivanov, un gusto saludarte y tenerte como vecina.
-El gusto es mío y soy Aleksandra Vólkov -me presenté amablemente.
Estrechamos las manos y cuando sentí que ya era suficiente y que no debía hacer nada allí, decidí que ya era hora de irme.
-Bueno, yo me tengo que ir porque tengo algunos pendientes, espero lo disfruten.
-¿Te vas tan pronto? -preguntó Damién y asentí.
-Entonces déjame acompañarte hasta la puerta.
Me ruboricé al oírlo y asentí nuevamente.
Me despedí de su mamá y él le entregó el pastel antes de guiarme a la salida de la mansión. Al despedirnos, dejó un suave beso en mi mejilla y miles de sensaciones en mi sistema.
Aleksandra Vólkov
Bajé las escaleras rápidamente y sonreí cuando noté como en la puerta de la entrada ya se encontraban mamá y Jasha, esperándome de pie listos para irnos al colegio.
-¿No se te olvida nada? -preguntó mamá refiriéndose a mis útiles escolares y negué.
-No, ayer en la noche organicé todo -asintió y comenzamos a salir de la casa hasta el garaje listos para irnos.
Afuera del auto nos esperaba papá, fumándose un cigarro y mirando algo en su teléfono, pero al vernos lo tiró rápidamente y pisó la colilla con la zuela de su zapato.
Reí bajito al notar su actitud y decidí no mencionar nada al respecto.
Todos subimos al auto y emprendimos camino hasta la escuela, pues íbamos algo tarde y papá odiaba la impuntualidad, sin mencionar que si llegabamos pasada la hora, no nos dejarían entrar a la escuela.
Atrás del auto venían los guardaespaldas, pues aunque papá y mamá lo intentaran, no podíamos llevar una vida normal, al menos no del todo.
Debíamos tener seguridad hasta para ir al baño, algo que en su momento solo llegaba a exasperarme más de la cuenta, pero no decía nada al respecto ya que sabía que era por nuestro bien y por los negocios que papá tenía al mando.
-¿Te sabes lo del examen de hoy, Jasha? -le preguntó mamá mirándolo por el retrovisor y él asintió.
Y, como un jodido radio, comenzó a responderle todas las preguntas del mismo, así que comencé a mirar por la ventana del auto, ya que no me interesaba escuchar sus lecciones de inglés.
Estuve así hasta que nos detuvimos en un semáforo y mamá comenzó a maquillarse en el auto, sonreí al verla y me atreví a pedirle un poco de labial.
-¿Para qué lo quieres? -preguntó papá al instante sin despegar la vista de la carretera, quise rodar los ojos al oírlo, pues no era la primera vez que se oponía a que me maquillara, pero decidí respirar hondo y no tentar mi suerte.
-Para pintarme los labios, papá -respondí obvia. Él levantó una ceja y me miró por el espejo del retrovisor.
Sabía que mi respuesta no le había agradado del todo, pero aún así no mencionó nada durante unos segundos y continúo manejando sin problemas.
-Dejala tranquila, Alek, ya está en edad de poder pintarse los labios -me defendió mamá y sonreí al oírla.
Tenía diecisiete años, ya no era una niña y hacer algo tan sencillo como pintarme los labios no era un delito como así papá lo hacía ver.
Pero claro, él era el ser más dramático del mundo.
-Sí, luego comenzará a pedirnos permiso para irse de fiestas con sus amigas y para tener novio -mamá río al escucharlo y me pasó el pequeño labial junto a un espejito.
Lo tomé emocionada y sin dudar me lo apliqué en los labios.
-Es parte del proceso, Alek, debes entender que irá creciendo y está bien -papá apretó el volante y no mencionó nada más.
Jasha me tomó una foto con su pequeña tablet y posé para la cámara ante la atenta mirada de papá, quién no estaba de acuerdo con la decisión de mamá, pero aún así jamás le llevaba la contraria con nada.
Le entregué el labial a mamá y sonreí emocionada porque por primera vez iría con los labios pintados al colegio.
En otras ocasiones no lo había podido hacer ya que papá nunca me dejaba, pues siempre decía que estaba muy pequeña, que no era momento y que lo haría cuando fuese adulta.
A lo que mamá siempre le decía que ya estaba en edad de poder ser un poco más femenina, con límites, claro.
Pero él no lo entendía, pues era demasiado sobreprotector con Jasha y conmigo, por lo que teníamos poca libertad para algunas cosas que para los demás eran normales.
-No me importa, ambos seguirán siendo mis bebés hasta el día de mi muerte, así que no me convencerás de ello, ángel -sonreí al escuchar como tenía por costumbre llamarla.
Me gustaba porque desde pequeña siempre me dormía escuchando su historia de amor para poder dormir, lo que me hizo crecer y anhelar un amor así de bonito como el que ellos aún tenían.
Sabía que papá no era un buen tipo, al menos con la gente que no era su familia, pues era uno de los mafiosos más importantes de nuestro país.
Mamá por el contrario era todo lo contrario a papá, pero aún así, ambos decidieron unir sus vidas y afortunadamente todo había salido bien, Jasha y yo éramos la prueba de ello.
Era el típico cuento de princesas, pero con un final distinto, pues mamá decidió enamorarse del dragón, darle una oportunidad y tener un final feliz con él.
Lo quiso como nadie más y demostró que si se puede ser feliz con el villano de la historia, que no siempre los finales felices son con un príncipe.
Sonreí al imaginar que mi caso podría ser así, pues desde que había conocido su historia, había anhelado tener algo así de puro y bonito como lo suyo.
Con ese pensamiento en mente y una sonrisa en el rostro, bajé del auto en compañía de Jasha, no sin antes despedirme de ambos, quienes no arrancaron el auto hasta que estuvimos dentro de las instalaciones del colegio.
Noté como varias camionetas con guardaespaldas se quedaban estacionadas a las afueras del colegio y negué al comprender que eso era obra de papá, pues amaba tener el control y más si se trataba de nosotros.
No era necesario dejar guardaespaldas en el colegio si se suponía que de ahí no saldríamos sin su autorización, pero su manía de querer controlarlo todo no le permitía darse cuenta de ello.
Me di la vuelta y comencé a caminar en compañía de mi hermano hasta que llegó la hora de separarnos, pues estudiábamos en aulas y cursos distintos.
-¿Te busco a la hora del receso? -preguntó y asentí.
-Estaré en el aula esperándote para irnos a la cafetería, no te vayas a tardar mucho -dejé un suave beso en su mejilla y comencé a caminar hasta el aula de clases.
Caminé durante algunos segundos por los pasillos del colegio hasta que llegué mi destino.
-¿Y ese labial? -fue lo primero que preguntó Arasha; mi mejor amiga, al verme entrar al salón de clases.
Le sonreí con emoción y le conté lo que había pasado en el auto de camino al colegio, a lo que ella chilló de la emoción.
Entendía su reacción, pues ella sabía lo mucho que le insistía a mamá y papá para que me dieran un poco más de libertad, pero como siempre, ellos decían que aún no estaba en edad y bla, bla, bla.
Estuvimos conversando hasta que finalmente llegó el profesor y nos tocó tomar nuestros asientos correspondientes, pues al instante comenzó la clase de matemáticas y hablar en la misma estaba completamente prohibido.
(...)
Comencé a caminar por los pasillos del colegio buscando a Jasha con la mirada, pues tenía horas buscándolo y no aparecía por ningún lado.
Ya me estaba desesperando, pues tenía hambre y se suponía que almorzaría con él, pero no aparecía y lo más seguro era que estuviera jugando en la sala de computación con sus amiguitos.
Me sobresalté cuando unas frías manos se posaron encima de mis ojos logrando quitarme la visión, asustada y tratando de ver de quién se trataba, detuve mis pasos y posé las mías encima intentando descubrir de quién se trataba.
-¿Quién soy? -una voz que reconocía a la perfección se escuchó por todo el pasillo y sonreí emocionada.
-¡Matthew! -chillé con emoción, me di la vuelta, sonreí al verlo de pie frente a mí y con el uniforme del colegio.
Me lancé a sus brazos y él me recibió gustoso, pues teníamos ya varios meses sin vernos. La verdad si lo extrañaba bastante.
Éramos muy amigos desde la guardería y nuestra amistad había perdurado en el tiempo ya que habíamos logrado estudiar juntos todos los cursos, pues siempre le pedíamos a nuestros papas que nos inscribieran juntos.
Él siempre iba a mi casa a pasar las tardes, a hacer las tareas conmigo, siempre iba a mi cumpleaños y cuando había alguna reunión familiar en la mansión, pues sus papás y los míos eran socios.
Pero todo cambió cuando él en uno de los entrenamientos de fútbol se fracturó el pie izquierdo, por lo que se tuvo que ir a su casa hasta que los médicos así lo ordenaron, razón por la que me había sorprendido al verlo, pues no me esperaba su llegada tan rápido.
-¡Te extrañe mucho, pequeña! -exclamó con emoción y nos separamos luego de unos minutos de estar abrazados.
Inmediatamente miré su pierna, sonreí al ver que la podía apoyar muy fácilmente y no la tenía enyesada.
Comenzamos a caminar hasta la cafetería hablando sobre todo lo que había pasado en su ausencia, básicamente lo que estaba haciendo era poniéndolo al día con todo.
-¿Qué quieres comer? -preguntó una vez llegamos a la cafetería y nos detuvimos frente a la enorme vitrina donde estaba toda la comida exhibida.
Me quedé pensando durante unos segundos y me decidí por un trozo de pizza con gaseosa, pues fue algo que me provocó en el momento.
Él asintió y como había que hacer una larga cola para poder hacer nuestro pedido, pues no éramos los únicos alumnos en en lugar esperando por almorzar, decidí ir a apartar una mesa para ambos, a lo que él estuvo de acuerdo.
Comencé a caminar buscando una mesa y al instante me topé con Jasha, quién se estaba despidiendo de sus compañeros y venía en mi dirección al verme.
-¿Dónde estabas? Tenía horas buscándote -lo miré con mala cara y él solo sonrió en respuesta.
-Lo siento, estaba en la sala de computación probando unos juegos interesantes -se excusó y quise estrangularlo ahí mismo.
Me había hecho perder el tiempo y por su culpa no me había ido con Arasha a la biblioteca a pasar el rato.
-Bueno, Matthew está por ahí y almorzaré con él, ¿Nos quieres acompañar? -levantó una ceja al oírme y rodé los ojos.
-¿Tu novio ya se recuperó de su lesión? -preguntó con burla y negué.
-No es mi novio, deja de decir idioteces -repliqué dejando mi bolso encima de una de las sillas
Siempre que podía me molestaba con eso, pues decía que más que amigos, Matthew y yo lo que parecíamos era novios, algo que no era cierto, pues ninguno de los dos tenía interés amoroso en el otro.
A él le gustaba una niña de otro curso, mientras que a mí me gustaba Ethan; un niño que estudiaba conmigo también y con el que había cruzado pocas palabras, pues mi timidez no me permitía acercarme a él más de lo normal.
Él se rió de mis palabras y nos sentamos en la mesa a esperar que llegara Matthew, a quien le había hecho señas para que viera donde nos encontrábamos sentados.
Tanto Jasha como yo sacamos nuestros teléfonos y comenzamos a usarlos, pues eran las únicas horas donde teníamos permitido hacerlo, ya que si lo hacíamos en clase, nos los quitarían y la única manera de devolverlos era que papá y mamá fueran a retirarlos.
-¿Aleksandra? -una voz a mis espaldas me hizo voltear rápidamente y dejar de prestarle atención a la pantalla.
Frente a mí estaba Damién, con una sonrisa en el rostro y con el uniforme de la escuela, lo que me hizo sorprenderme al notar que estudiábamos en el mismo instituto.
-Hola, Damién -lo saludé con una sonrisa en el rostro, misma que él me devolvió al instante.
-Me alegra saber que estudiamos en el mismo instituto, muñequita -me ruboricé al oírlo.
Iba a responderle, pero en ese instante llegó Matthew con las bandejas de comida y Damién lo miró con una ceja alzada.
-¿Es tu otro hermano? -preguntó con interés y negué dispuesta a responderle, pero como siempre Jasha metía las narices donde no lo llamaban.
-No, es su novio -dijo mi queridísimo hermano y quise estrangularlo al notar como la mirada de Damién cambió completamente y se tornó oscura.
Aleksandra Vólkov
-Hay suficiente comida para todos, si gustas te puedes sentar a comer con nosotros, Damién -le ofrecí con amabilidad a lo que él sonrió en respuesta.
-Sería un gusto, muñequita -tomó asiento a mi lado y me ruboricé al notar como Matthew nos miraba con una ceja alzada.
Y con razón, pues no le había mencionado que era mi vecino y, para completar, Damién me llamaba de esa forma, lo que daba a entender que teníamos más confianza de lo normal cuando no era así.
Comenzamos a comer en silencio y reí con nerviosismo cuando Damién me sujetó la muñeca izquierda y la llevó hasta su boca, logrando quitarme la papa frita que sostenía entre los dedos.
Lo miré sorprendida a lo que él únicamente sonrió y siguió comiendo como si nada hubiera pasado.
Levanté la mirada y me conseguí con un muy confundido Matthew, quién nos veía sin entender un carajo, a lo que en respuesta me encogí de hombros y con la mirada le di a entender que luego le explicaría todo.
Jasha por otro lado solo comía sin decir absolutamente nada y con la mirada fija en el teléfono, pues había descargado un nuevo juego con el que estaba obsesionado.
-¿Y qué edad tienes, Damién? -la pregunta de Matthew me sacó de mis pensamientos, por lo que levanté la mirada rápidamente y presté atención a la respuesta de mi compañero.
-Diecinueve, ¿Por?
-Solo curiosidad, pues rara vez los estudiantes de otros cursos se sientan con nosotros en la misma mesa, se supone que hay niveles y más bien se me hace raro verte acá con nosotros comiendo.
-Estoy sentado acá por Aleksandra, pues me apetece compartir un poco más con ella antes de tener que entrar a clases, Matthew.
-Tranquilo, no lo dije para mal, al contrario, me parece genial ya que es la primera vez que logramos compartir con estudiantes de otros cursos.
Damién pasó uno de sus brazos por mis hombros y me pegó más a su lado, ganándose una mirada confundida por parte de Matthew, quién no entendía su rara actitud y más recientes ¿Celos?
No, no, no.
No vayas por ahí, Aleksandra.
Ustedes apenas se conocen y eso no es probable.
Salí de mis pensamientos y capté la mirada de todos en la mesa cuando mi teléfono comenzó a sonar, anunciando que ya debía tomarme la pastilla para la fiebre con la que había estado lidiando días atrás.
Tomé mi bolso, rebusque en el mismo hasta que encontré la pastilla y me la llevé a la boca.
Damién me miraba confundido, pero aún así no preguntó nada al respecto y yo tampoco le di muchos detalles, pues no lo creí necesario.
Apagué la alarma del teléfono y continúe comiendo hasta que mi estómago no aguantó más comida.
-¿Aún sigues tomando pastillas para la alergia, enana? -preguntó con curiosidad Matthew y negué.
Era alérgica a muchas cosas en particular, pero la más resaltante era el polvo, por lo que siempre debía tener una pastilla para el malestar de alergia en caso de emergencia, ya que me ponía grave.
-No, esa pastilla que me tomé era para la fiebre, hace días me vi un poco mal con el malestar y el médico me recetó ese medicamento por unos días -le expliqué rápidamente y él asintió.
Miré la hora en el reloj de mi teléfono y cuando confirmé que aún faltaba mucho para poder entrar a clases nuevamente, me levanté de la mesa ante la atenta mirada de todos y anuncié que iría al baño un momento.
-Te acompaño hasta la puerta, muñequita -volteé a ver a Damién sorprendida a lo que él me miró de vuelta con una sonrisa en el rostro.
Espera, ¿Qué?
-¿Estás seguro? Me tardaré un poco y por obvias razones no podrás entrar -que diga que no, que diga que no, que diga que no.
-Sí, tranquila, mientras te espero yo también iré al baño de los hombres, ¿Te parece?
Lo miré sin entender nada y asentí.
¿Por qué si apenas nos conocíamos había tanto interés de su parte?
¿O es que yo estaba malinterpretando las cosas?
Dios mío ilumíname, por favor.
Tomé mi bolso y él imitó mi acto al instante, dejando en la mesa sentados a Matthew y mi hermano.
Al verlo, recordé que debía avisarle donde estaría, pues a veces se desesperaba al no encontrarme y entraba en pánico.
Algo raro, lo sé.
Pero mamá decía que era porque conmigo se sentía bien y solo yo le transmitía seguridad, pues nuestra conexión era única desde que él había nacido.
A pesar de llevarnos algunos años de diferencia, éramos muy cercanos y muy unidos, por lo que estar separados durante mucho tiempo no era normal para ninguno de los dos.
-Jasha -lo llamé pero él no me prestó atención, pues estaba muy concentrado en el teléfono jugando -. ¡Hey! -puse una mano encima del teléfono e inmediatamente capté su atención.
-¿Qué pasó? Estaba en la mejor parte del juego -se quejó y rodé los ojos al oírlo.
Cuando no.
-Lo sé, pero solo quería avisarte que iré un momento al baño, ¿Me esperas o te irás con tus amigos al patio principal?
Él negó y lo miré confundida.
-Me quedaré un rato con Matthew, él prometió enseñarme otro juego divertido y quiero ver cuál es -señaló a mi amigo aún con la mirada fija en el teléfono.
Miré a Matthew esperando su confirmación y él asintió.
-Sí, estaremos en la sala de computación un rato jugando mientras se hace la hora para entrar a clases, de todas maneras te buscaremos cuando hayamos terminado, ¿Dónde estarás tú? -preguntó con interés y, cuando iba a responderle, Damién lo hizo por mí logrando sorprenderme.
-Conmigo en la biblioteca.
¿Qué?
¿En qué momento habíamos hecho planes para ir a la biblioteca?
¿Acaso tengo alzheimer y no me lo dijeron?
-¿En la biblioteca? -preguntó de vuelta Matthew y Damién asintió, pasando un brazo por mis hombros y pegándome a su cuerpo.
¡Dios mío, huele divino!
-Sí, le mostraré unos libros interesantes que conseguí allá, entonces cualquier cosa nos pueden buscar en la biblioteca -respondió y lo miré sorprendida, pues no me había mencionado nada de eso en ningún momento.
Apenas y lo había conocido ayer, sin mencionar que en las pocas horas que habíamos compartido no habíamos podido hablar de nuestros intereses a gusto.
¿Cómo sabía que me gustaba leer?
-Está bien, nos vemos entonces en unas horas, suerte -se despidió Matthew poniéndose de pie con mi hermano y desapareciendo de nuestra vista.
Nosotros imitamos su acto y comenzamos a caminar hasta el área de los baños, aún con su brazo encima de mí hombro.
-¿Como sabes que me gusta leer, Damién? -decidí preguntar para romper el hielo.
Él comenzó a acariciar mi hombro mientras aún seguíamos caminando ante la atenta mirada de algunos alumnos y no en respondió, no hasta que llegamos a la puerta de los baños de las damas.
-Tus redes sociales me dieron mucha información sobre tí -respondió y lo miré boquiabierta.
No, no, no.
Yo ahí tenía fotos de muy muy pequeña, dónde lo que tomaba era tetero y usaba pañales.
¡Tragame tierra!
Justo ahora me doy cuenta la mala idea que fue haber subido esas fotos en su momento, pues creí que sería un buen recuerdo para el futuro, pero lo que en realidad eran fotos para pasar pena.
-¿Buscaste mis redes sociales? -pregunté atónita, a lo que él asintió y sonrió en respuesta.
¡Llévame, señor!
-Sí, no fue muy difícil la verdad, debo confesar que encontré cosas muy interesantes allí -respondió con una mirada pícara y quise morirme ahí mismo.
«¡Dios, tu mejor guerrera necesita que te la lleves al cielo, amén!»
Me ruboricé al oírlo y no supe qué más responderle, pues sabía que había pasado pena y no tenía cómo remediar semejante estupidez.
Al llegar a la casa borraría una y cada una de esas fotos, lo juro.
-Gracias a Dios que puedo eliminarlas todas y así no seguirás viendo mis momentos más humildes -dije con alegría.
Pero como siempre, la felicidad me duró poco.
-De hecho, las guardé todas en mi ordenador, así que ya no hay vuelta atrás -me tensé al escucharlo y definitivamente me quise morir.
-¿Qué? Dime que estás bromeando, Damién -le pedí con seriedad al notar como se reía al ver mi cara.
-En lo absoluto, más bien me encantaron y por ello decidí tomarlas para mí.
-¿Y qué se supone que harás con mis fotos de pequeña?
-No lo sé, quizá observarlas hasta saciarme de tu belleza.
-Pero si era una bebé y ahí era todo menos hermosa.
-¿Bromeas? Sigues siendo igual de hermosa que cuando pequeña, además, me sigues pareciendo tierna y me gustaron las fotos, así que ya son mías.
-¿Qué quieres a cambio para borrarlas de tu ordenador? Te doy lo que sea -le dije desesperada por encontrar una solución a mi problema.
Mamá y papá sabían que esas fotos habían sido subidas a esa red social, pues fue con autorización de ellos con que me creé mi perfil, pero aún así no podía evitar sentir pena al imaginar que Damién tenía en su poder mis fotos de pequeña, de mis cumpleaños, mis días de playa, en familia y demás.
Tenía prácticamente todos mis recuerdos en su ordenador.
Aunque no lo culpaba, pues si había decidido subirlas, era porque sabía que cualquier persona podría verlas y tener acceso a las mismas, pero se suponía que yo únicamente aceptaría las solicitudes de familiares o amigos cercanos, como me lo habían ordenado mis papás.
Era un trato, por lo que si se llegaban a enterar que le había aceptado la solicitud a mi vecino sin saber que era él, me matarían.
-¿Lo que sea? -preguntó pícaro y asentí.
-Sí.
Se quedó pensando durante unos minutos y, luego de un largo silencio, respondió:
-Por los momentos no me interesa nada, con tu atención me basta, así que no lograrás convencerme de borrarlas.
-No cambiarás de opinión, ¿Cierto?
Negó con una sonrisa en el rostro.
-Bien, solo te pido que por favor no se las vayas a mostrar a nadie de la escuela.
Tenía mi perfil en redes sociales con otro nombre y apellido, por lo que muy pocos de mis compañeros habían encontrado mis fotos.
Lo que también me hizo preguntarme cómo era que Damién había descubierto mi perfil, si se suponía que era secreto y no todo el mundo podía dar con el mismo.
-Ya te dije que las fotos son mías, así que créeme no tengo intenciones de compartirlas con nadie -quitó su brazo de mis hombros en cuanto varias niñas comenzaron a salir del baño.
Me separé de él, lo miré por última vez y decidí entrar al baño de una vez por todas.
Al hacerlo, me conseguí con varias niñas mirándose en el espejo, conversando, lavándose las manos, etc.
Las miré sin decir una sola palabra y fui directamente a hacer mis necesidades, pues tenía horas aguantando las ganas y sabía que no era bueno hacerlo.
Al terminar, salí del pequeño cubículo y comencé a lavar mis manos, las demás niñas me miraron, pero luego continuaron en lo suyo, pues no teníamos la suficiente confianza como para hablar de nada en particular.
Una vez acabé, salí del baño secando mis manos con el pequeño pañuelo que siempre llevaba en el bolso y me sorprendí al notar como Damién no estaba afuera esperando por mí.
Lo busqué por todas partes, pero simplemente no apareció por ningún lado.
Desanimada y creyendo que se había ido, comencé a caminar en dirección a la sala de computación a buscar a Matthew y Jasha.
Al parecer Damién no había querido esperar por mí, por lo que no forzaría nada.
Di unos cuantos pasos hasta que me sobresalté al sentir como alguien colocaba un brazo en mi hombro y me pegaba a su cuerpo.
-¿A dónde ibas sin mi, muñequita?