Capítulo 1: El Acantilado
La doctora me miró por encima de sus gafas mientras sostenía los resultados entre sus dedos. ¡Maldita sea! ¿Por qué me torturaba así? Llevaba cinco años esperando este momento, cinco años de ciclos regulares que terminaban en desilusión, de esperanzas que morían cada mes, de noches en las que Ricardo me tocaba como quien cumple con una obligación pendiente. Y ahora me aferraba a mi última esperanza, rogando que no fuera otra falsa alarma como las anteriores.
-Felicidades -dijo finalmente, aunque su tono profesional no reflejaba la magnitud de lo que me estaba anunciando-. Todo se ve perfecto. Aproximadamente cuatro semanas.
¡Cuatro semanas! ¡Por la Diosa Luna! Estaba tan feliz que podría contar las horas, los minutos, los segundos para contárselo a Ricardo. Esta noche, cuando le mostrara la ecografía, cuando viera esa prueba de sangre con los números que confirmaban lo que llevábamos cinco años esperando, finalmente entendería que la profecía del viejo Rosún no era una maldición. Que yo no era la Luna infértil, la omega débil que la manada miraba con resentimiento por no ser digna de su alfa.
Salí de la clínica humana abrazando la carpeta contra mi pecho como si fuera el tesoro más frágil del mundo. Los lobos podíamos vivir entre humanos sin ser notados, y vine hasta aquí precisamente porque no quería que el doctor de la manada le informara a Ricardo antes que yo. El sol de la tarde bañaba las calles de la ciudad, y por un momento -solo un glorioso momento- me permití sonreír sin culpa.
Llamé a Cristina desde el auto.
-Necesito que me hagas un favor -dije, intentando contener la emoción en mi voz.
-¿Qué tipo de favor? -Su voz tenía esa curiosidad típica de beta que siempre me hacía sonreír. Era la única que no me miraba con lástima, la única que se sentaba conmigo en las reuniones de la manada sin que le importara mi estatus de omega y no por obligación como hacían los demás.
-Lencería. Algo sexy que quite el aliento. Quiero sorprender a Ricardo esta noche, es nuestro aniversario de unión.
Hubo un silencio. Luego una risa baja y cómplice.
-¡Madre mía, Ema! Espero que pases una noche increíble. ¿Hay algo que celebrar que no me hayas contado?
Me mordí el labio, conteniendo el secreto.
-Te lo contaré todo mañana, lo prometo.
-Te envío algo en una hora, picarona. Ricardo no sabrá ni qué lo golpeó.
Llegué a la mansión antes de las cinco. Las siguientes horas fueron como un ritual sagrado. Coloqué velas estratégicamente en la sala, en la cocina, en cada escalón de la escalera. Preparé la comida que Ricardo adoraba: filete con salsa de champiñones, papas gratinadas y ese vino tinto que había estado guardando para una ocasión especial. Ahora por fin tenía una.
Me di un baño de casi una hora, dejando que el agua caliente relajara cada centímetro de mi piel. La bata de seda negra que Cristina había elegido se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, realzando curvas que normalmente ocultaba bajo ropa holgada. Mi amiga tenía un gusto exquisito, a pesar de estar soltera. Me rocié con ese perfume que había comprado en París, tal vez demasiado, pero los alfas tienen ese olfato tan agudo que no se puede ignorar. Como yo no tenía el aroma natural que una loba normal tendría -otra consecuencia de mi maldición-, intentaba compensarlo con fragancias que despertaran su deseo.
Las nueve pasaron. Luego las diez. La comida se enfrió en los platos. Las velas se consumieron hasta la mitad y yo me cansé de esperar. Este era Ricardo, siempre poniendo primero sus deberes como alfa. Tal vez debí llamarlo, tal vez debí ir a la empresa y no asumir que recordaría que hoy cumplíamos cinco años desde que su padre nos unió en aquel ritual que, según Rosún, aseguraría su linaje alfa.
A las once, apagué todo. Me quité la bata lentamente y me puse un pijama de algodón. No tenía sentido seguir esperando. Estaba por meterme a la cama cuando lo escuché entrar.
Su olor llegó primero: ese aroma a bosque salvaje y poder que caracterizaba a los alfas. Ese aroma que, a pesar de todo, seguía acelerando mi corazón.
-Ricardo -susurré.
Pero él no se acercó. Se quedó de pie en la puerta, observándome desde la sombra como un depredador evalúa a su presa. Incluso sin verlo claramente, sentí el cambio en su energía, su mal humor. Podía percibir su molestia, aunque mis sentidos no fueran tan agudos como los suyos.
-¿Qué es todo ese desastre en la sala? -preguntó con voz cortante.
-Lo preparé por nuestro aniversario. Te esperé durante...
-Tenemos que hablar -me interrumpió, y su voz sonaba más áspera de lo normal, como si cada palabra fuera arrancada de su garganta.
Mi corazón se aceleró, pero no por miedo. Pensé que tal vez había descubierto algo, que había olfateado a nuestro cachorro, que iba a arruinar mi sorpresa.
-Espera -dije, encendiendo la lámpara de la mesita. Extendí la mano hacia la carpeta con manos temblorosas-. Tengo que decirte algo primero.
Saqué los resultados, la prueba de sangre. Él los tomó y al revisarlos, su rostro cambió de color instantáneamente.
-Estoy embarazada -dije, y por primera vez en cinco años, mi voz no tembló.
El silencio fue absoluto. El silencio más largo y pesado de mi vida.
Vi cómo sus ojos se oscurecieron de una manera que nunca había visto antes, como si algo dentro de él se quebrara. No era alegría. No era sorpresa. Era algo más oscuro, algo que me heló la sangre en las venas.
-¿Qué? -preguntó, su voz apenas un susurro ronco.
-Estamos esperando un cachorro -repetí, pero mi voz ya no sonaba segura. El cambio en su expresión me había robado la alegría-. Después de cinco años, finalmente...
-Disculpa -me interrumpió, y su expresión cambió tan rápido que casi parecía que había imaginado lo anterior. Sonrió, pero fue la sonrisa más falsa que había visto en mi vida, una sonrisa que no llegaba a sus ojos de hielo.
-Me has tomado por sorpresa, pequeña. No esperaba... bueno, no importa. Vamos a descansar. Mañana celebramos como se debe. Estoy agotado.
Me besó en la frente con rapidez, un beso frío y distante, y se fue al baño casi corriendo, como si temiera que pudiera ver a través de su máscara y descubrir sus verdaderas emociones.
Me quedé allí, sentada en la cama, procesando lo que acababa de ocurrir. ¿Acaso no quería este embarazo? No, eso no era posible. Él había sufrido tanto como yo estos años, ¿verdad? Me amaba... ¿o no?
Cuando regresó, traía un vaso de agua entre sus manos.
-Tómate esto -dijo, ofreciéndomelo con una sonrisa que no iluminaba sus ojos-. Para que descanses bien. Te has esforzado mucho hoy, y lamento no haber podido disfrutar tu cena. Disculpa por olvidar nuestro aniversario, cariño, pero ya sabes que llevo una enorme carga sobre los hombros.
Tenía razón, yo estaba pensando demasiado. Bebí sin dudar. El agua estaba fría, fresca. Normal.
Cinco minutos después, el mundo comenzó a girar.
****
Desperté en la oscuridad. El sonido fue lo primero que registré: el rugido del océano, el golpeteo furioso de las olas contra las rocas. Abrí los ojos y vi el cielo nocturno salpicado de estrellas, y un enorme acantilado bajo mis pies.
Estaba de rodillas en la orilla del precipicio. ¿Dónde demonios estaba y por qué había despertado aquí?
Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía como debería. La droga aún corría por mis venas, haciendo que todo fuera lento, pesado, como si estuviera atrapada en una pesadilla.
-¿Ricardo? -susurré, con la boca seca.
Él estaba detrás de mí. Podía sentirlo. Su presencia era abrumadora, su energía de alfa irradiaba como fuego, como algo que consume todo a su paso.
-¿Creíste que me ibas a amarrar otra vez? -Su voz era un gruñido, algo que salía de lo profundo de su pecho-. Esperé cinco años para estar con mi verdadera compañera. Cinco años para poder separarme de ti y esta unión que desde el inicio yo no quería. Y ahora resulta que estás embarazada. Otro truco para retenerme a tu lado. Pero ¿sabes qué? Esta vez te salió mal el plan. No me interesa ese bastardo. Los dos irán derechito al infierno.
Giré para mirarlo. Su forma comenzó a cambiar ante mis ojos. Su cuerpo se convulsionó, sus huesos crujieron mientras se quebraban y reformaban. Su piel se cubrió de pelaje blanco, puro, hermoso. Se transformó en su verdadera forma: un lobo blanco gigantesco, con ojos de hielo que brillaban bajo la luz de la luna como dos zafiros mortales.
Intenté transformarme también, desesperada. Sentí el tirón familiar en mi interior, esa conexión rota con mi loba interna, la maldición que me había perseguido desde la infancia. Mi cuerpo cambió, pero no completamente. Quedé atrapada entre formas, mitad humana, mitad bestia, débil y vulnerable, exactamente como él sabía que estaría.
Él saltó.
Sus garras me golpearon primero en la cara. Sentí la sangre caliente corriendo por mi mejilla, por mi cuello. Luego fue mi vientre. Sus garras enormes desgarraron mi piel, y grité. Grité como nunca había gritado en mi vida. No quería que me quitara a mi hijo, no quería perder ese milagro que estúpidamente creí salvaría nuestra unión.
-¿Por qué? -sollozaba, pero él no respondía. Seguía arrancándome la carne sin compasión alguna, sus ojos brillando con un odio que nunca había visto. En ese momento lo vi realmente: el alfa furioso, el hombre que me odiaba, el compañero que nunca me quiso.
Me levantó por el cuello. Sentí sus colmillos cerca de mi garganta, tan cerca que podía sentir su aliento caliente contra mi piel. Y luego, con un movimiento final, con toda la fuerza de su odio, me lanzó hacia atrás.
Hacia el vacío.
Caí.
El viento silbaba en mis oídos. Las olas se acercaban, cada vez más cerca, cada vez más rápido. Y mi último pensamiento, mientras caía hacia la muerte, fue simple:
"¿Por qué confié en él?"
La muerte debería ser oscuridad, silencio, nada. Pero lo que sentí fue dolor. Un dolor punzante que me atravesaba cada centímetro del cuerpo.
«¿Dónde estoy? ¿Es esto el infierno?»
-Está viva. No puedo creerlo -escuché una voz femenina, lejana, como si me hablaran a través de un túnel-. Por la Diosa Luna, ¿cómo es posible?
Intenté abrir los ojos, pero mis párpados pesaban como si fueran de plomo. El sabor metálico de la sangre inundaba mi boca.
-No debería estarlo -respondió otra voz, más áspera-. Con esas heridas... debería haberse ahogado después de caer por el acantilado.
«El acantilado. Ricardo. Mi bebé.»
Los recuerdos me golpearon como una avalancha: Ricardo transformándose, sus garras desgarrando mi vientre, el vacío bajo mis pies mientras caía...
-No podía dejarla morir -contestó otra voz, masculina, profunda.
-No debiste rescatarla -insistió la mujer-. No es nuestra responsabilidad.
Pasos que se alejaban. Una puerta que se cerraba. Y luego manos suaves tocando mi frente.
-Tranquila, pequeña -susurró la primera voz-. Estás a salvo ahora.
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Una semana después, finalmente pude mantenerme consciente por más tiempo. La sanadora, que se presentó como Dalia, me miraba con ojos compasivos mientras limpiaba una herida en mi brazo.
-Por la Diosa, niña, ¿quién te ha hecho esto? -murmuró, negando con la cabeza-. Nadie merece semejante crueldad.
Intenté incorporarme, pero una punzada de dolor me atravesó el abdomen.
-¡No te muevas! -exclamó Dalia-. Tus heridas apenas están cerrando, y muy lentamente. Nunca había visto a una loba con tan poca capacidad regenerativa.
-No soy... una loba normal -logré decir con voz ronca.
-Eso puedo verlo -respondió ella con suavidad-. Pero eres una superviviente.
-Quiero verme -pedí de repente.
Con un suspiro de resignación, Dalia me entregó un pequeño espejo. Lo que vi no era yo. La mujer del reflejo tenía el rostro cruzado por tres profundas cicatrices. La piel, recién cosida, estaba inflamada y roja. Y mi vientre... tenía una enorme cicatriz que lo cruzaba de lado a lado.
-Mi bebé -susurré, y las lágrimas comenzaron a caer-. Mi cachorro...
-Lo siento, pequeña. Te arrancaron el útero. Fue un milagro que no te desangraras.
No lloré por mi rostro desfigurado. Lloré por ese pequeño ser que nunca conocería, por esa vida que Ricardo había arrancado con la misma crueldad con la que había fingido amarme durante cinco años.
-Toma esto -dijo Dalia ofreciéndome un tónico verdoso-. Te ayudará a descansar.
Bebí el líquido amargo y cerré los ojos, pero no me dormí del todo. Mi mente seguía activa, procesando todo lo ocurrido, cuando escuché voces en el pasillo.
-Ha pasado una semana, Damián -era la voz de Dalia-. No parece ser una loba común. Es una omega, pero hay algo más... no siento a su loba interna.
-¿Y eso qué importa? -respondió la voz masculina-. Está herida y necesita ayuda.
-Podría traernos problemas -insistió Dalia-. No sabemos de dónde viene ni qué le pasó exactamente.
-¿Castigada? Ningún castigo justifica lo que le hicieron. No la vamos a abandonar a su suerte. Es un ser vivo, igual que nosotros.
Sus pasos se alejaron, y me quedé sola con mis pensamientos.
No quería causar más problemas. Ya había sido suficiente carga para una vida. Con el cuerpo aún adolorido y las heridas apenas cerradas, me incorporé lentamente. Encontré ropa limpia doblada sobre una silla y me vestí con dificultad.
No podía quedarme. No podía ser una carga para esta gente. Y sobre todo, no podía arriesgarme a que Ricardo descubriera que seguía viva.
Mientras me alejaba de la Manada Solarium, la realidad de mi situación me golpeó como un puño helado: no tenía nada. Ni dinero, ni documentos, ni siquiera ropa más allá de lo que llevaba puesto.
-¿A dónde voy ahora? -murmuré para mí misma, deteniéndome en el límite del bosque.
La ciudad brillaba a lo lejos, pero era un espejismo de seguridad. Sin recursos, no podría escapar. Y necesitaba escapar, alejarme lo más posible, tal vez incluso salir del país. Pero para eso necesitaba mis documentos, algo de dinero, mis pocas pertenencias personales.
Todo lo que estaba en la mansión de Ricardo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Volver allí era una locura, un suicidio. Pero... ¿qué alternativa tenía?
Respiré hondo, ignorando el dolor punzante en mis costillas. Conocía la Manada Lobezno mejor que nadie. Había vivido toda mi vida allí, primero bajo la protección del viejo Rosún y luego como la Luna de Ricardo. Conocía cada entrada, cada salida, cada punto vulnerable del perímetro. Yo misma había ayudado a Ricardo a organizar la seguridad del complejo, colocando trampas y sistemas de vigilancia para evitar que los humanos penetraran sus barreras.
También conocía los horarios de las rondas, los puntos ciegos de las cámaras, las rutinas de cada guardia. Si había alguien que podía entrar sin ser detectada, era yo.
Además, tenía mi pequeña ventaja: mi maldición. La misma que me había hecho objeto de burlas y desprecio durante años ahora podría salvarme. Nadie podía detectar mi olor a menos que yo lo permitiera. Ricardo solo me percibía cuando usaba perfume, un truco que había aprendido para complacerlo. Era como si fuera un fantasma, invisible para los sentidos agudos de los lobos.
Con determinación renovada, me dirigí hacia el territorio de la Manada Lobezno. Cada paso era una agonía, pero el dolor físico palidecía en comparación con el tormento de mis pensamientos.
***
La noche era mi aliada. Me moví entre las sombras, evitando las patrullas con facilidad. Conocía sus rutinas, sus puntos débiles. Llegué hasta la mansión principal sin ser detectada y me dirigí hacia la entrada de servicio, una pequeña puerta lateral que daba a la cocina y que pocos conocían.
Pero algo no encajaba. Había demasiadas luces encendidas para esa hora de la noche, demasiados coches aparcados frente a la mansión. ¿Una reunión de emergencia? ¿Habrían descubierto que mi cuerpo no estaba al pie del acantilado?
Con el corazón martilleando en mi pecho, me deslicé por la puerta de servicio y entré en la cocina. El sonido de risas y conversaciones llegaba desde el salón principal. Me acerqué con cautela, manteniéndome en las sombras, y lo que vi me dejó paralizada.
No era una reunión de emergencia. Era una celebración.
En el centro del salón, rodeado por los Zubieta y otros miembros importantes de la manada, estaba Ricardo. Sonreía. Sonreía como nunca lo había visto sonreír conmigo. Y abrazaba a una mujer que estaba de espaldas, una mujer con un vestido rojo que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel.
Cuando la mujer giró ligeramente la cabeza, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Cristina.
Mi única amiga. La única persona en la manada que no me miraba con desprecio o lástima. La beta que se sentaba conmigo en las reuniones y me hacía reír cuando todo parecía oscuro.
-¡Atención, todos! -la voz de Ricardo resonó en el salón, y el grupo guardó silencio-. Como saben, hace una semana sufrimos una pérdida trágica. Mi querida Luna nos dejó demasiado pronto.
Hubo murmullos de falsa condolencia. Algunos incluso fingieron tristeza, pero yo podía ver el alivio en sus rostros. La omega maldita por fin había desaparecido.
-Pero la vida sigue -continuó Ricardo, alzando su copa-. Y la Diosa Luna, en su infinita sabiduría, me ha mostrado el camino hacia mi verdadera compañera. En un mes, bajo la luna llena, Cristina se unirá a mí como mi nueva Luna. ¡Por un nuevo comienzo para la Manada Lobezno!
-¡Por la nueva Luna! -corearon todos, alzando sus copas.
Cristina sonrió, radiante, y se giró para besar a Ricardo. Fue un beso apasionado, posesivo, el tipo de beso que él nunca me había dado a mí.
Me quedé inmóvil en la oscuridad de la cocina, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía. No era solo la traición de Ricardo -eso ya lo sabía, lo había sentido en mis propias carnes cuando me lanzó por el acantilado-. Era la traición de Cristina. Mi amiga. Mi única amiga.
¿Cuánto tiempo llevaban juntos? ¿Desde cuándo me habían estado engañando? ¿Acaso ella sabía lo que Ricardo me había hecho? ¿O creía realmente que había tenido un "accidente trágico"?
La fiesta continuó durante horas. Me quedé escondida, observando, absorbiendo cada detalle, cada gesto, cada palabra. Vi cómo se tocaban cuando creían que nadie los miraba. Vi la familiaridad en sus movimientos, la comodidad de una relación que claramente no era nueva.
Finalmente, los invitados comenzaron a marcharse. Ricardo y Cristina subieron las escaleras hacia el dormitorio principal. Mi dormitorio. Nuestra habitación.
Esperé una hora más, asegurándome de que todos estuvieran dormidos o se hubieran ido. Luego, con el sigilo de un fantasma, subí las escaleras hacia mi antigua habitación. Necesitaba mis documentos, algo de dinero que tenía escondido, algunas joyas que podría vender. Estaban en un compartimento secreto detrás de mi tocador, un escondite que ni siquiera Ricardo conocía.
Pero cuando llegué al pasillo, escuché sonidos que me helaron la sangre. Gemidos. Jadeos. El inconfundible sonido de dos cuerpos encontrándose con pasión desenfrenada.
Venían de mi habitación.
Una parte de mí quería huir, tomar lo que pudiera encontrar en otra parte de la casa y desaparecer para siempre. Pero otra parte, una parte oscura que nunca había reconocido antes, me empujó hacia la puerta entreabierta.
Lo que vi me arrancó el último vestigio de humanidad que me quedaba.
Ricardo y Cristina estaban en mi cama. En la misma cama donde yo había llorado noche tras noche por no poder concebir. Donde había soñado con el día en que por fin tendríamos un cachorro. Donde había soportado sus "atenciones" frías y mecánicas durante cinco años.
Ahora él la tomaba con una pasión salvaje, con un deseo que nunca había mostrado conmigo. Y ella respondía con la misma intensidad, arañando su espalda, mordiendo su cuello, gimiendo su nombre una y otra vez.
-Te amo -le susurró él, y esas dos palabras, que nunca me había dicho a mí, fueron el detonante.
Sentí un calor abrasador recorrer mi cuerpo. La rabia, el dolor, la traición, todo se fundió en un único sentimiento primitivo y devastador. Mi visión se tiñó de rojo y sentí cómo mi cuerpo cambiaba, cómo mis huesos se quebraban y se reformaban, cómo mi piel daba paso al pelaje.
Me estaba transformando. Por primera vez en mi vida, la transformación era completa. No quedé atrapada entre formas como siempre me ocurría. Esta vez, la loba emergió en toda su gloria, fuerte, poderosa, letal.
No recuerdo haber entrado en la habitación. No recuerdo haber saltado sobre la cama. Solo recuerdo el sabor de la sangre en mi boca, el sonido del hueso al quebrarse, el grito ahogado de Cristina.
Cuando volví en mí, estaba de pie junto a la cama, nuevamente en forma humana. Ricardo yacía inmóvil, su cabeza separada de su cuerpo, sus ojos abiertos en una expresión de sorpresa eterna. Cristina estaba acurrucada en una esquina, temblando, cubierta de sangre, mirándome con terror absoluto.
-Ema... -susurró-. Estás viva... ¿Qué has hecho?
Miré mis manos cubiertas de sangre. Luego miré el cuerpo decapitado de Ricardo. Y finalmente, miré a la mujer que había considerado mi amiga.
-Lo que debí hacer hace mucho tiempo -respondí con una voz que no reconocí como mía.
La sangre goteaba por mi barbilla, por mi cuello, manchando la ropa prestada. Pero por primera vez en mi vida, no me sentía débil. No me sentía maldita.
Me sentía poderosa. Y esto era solo el comienzo.
Me quedé paralizada, con la sangre de Ricardo goteando entre mis dedos. Su cabeza yacía a mis pies, sus ojos abiertos en una expresión de sorpresa eterna. Su cuerpo, decapitado, manchaba con sangre las sábanas blancas que tantas noches habíamos compartido.
«¿Cómo...? ¿Cuándo...?»
No recordaba el momento exacto en que lo había hecho. ¿Cómo era posible que yo, una omega débil y maldita, hubiera matado al alfa más poderoso de la Manada Lobezno? Mi cuerpo temblaba, no de miedo, sino de una extraña mezcla de horror y satisfacción.
Los gritos de Cristina me devolvieron a la realidad.
-¡ASESINA! -chilló, enroscándose en la sábana ensangrentada-. ¡VAS A MORIR POR ESTO!
Su mano alcanzó el botón de alarma junto a la cama. Inmediatamente, un aullido estridente resonó por toda la mansión. En cuestión de segundos, escuché pasos apresurados subiendo las escaleras.
No tenía tiempo para pensar. Actué por puro instinto.
Me lancé hacia la ventana y, sin dudarlo un segundo, salté desde el tercer piso. El impacto contra el suelo fue brutal. Sentí cómo mis huesos crujían, cómo mis heridas recién cerradas se abrían de nuevo. Pero el dolor era secundario ahora. Lo primario era sobrevivir.
Me transformé en loba, ignorando el ardor que me provocaba el cambio. Mi forma lobuna era pequeña comparada con otros lobos, pero era ágil, rápida. Y tenía algo que los demás no: la desesperación de quien no tiene nada que perder.
Corrí hacia el bosque mientras escuchaba los aullidos de los guardias tras de mí. Eran más fuertes, más rápidos, pero yo conocía cada rincón de ese bosque. Cada arroyo, cada cueva, cada sendero oculto. Durante cinco años, mientras Ricardo me ignoraba, yo había explorado estos territorios como única forma de escapar de mi soledad.
Los sentía cada vez más cerca. Sus gruñidos resonaban en la noche, sus pasos aplastaban la hojarasca a pocos metros de distancia. Estaban a punto de alcanzarme cuando vi las luces de la autopista entre los árboles.
«Los humanos. No se atreverán a seguirme allí.»
Con un último esfuerzo, salté la valla de contención y me lancé sobre la carretera. Un enorme camión pasó rugiendo justo en ese momento. Calculé mal el salto y casi caigo bajo sus ruedas, pero en el último segundo logré aferrarme a la parte trasera con mis garras.
El viento helado me golpeaba el rostro mientras el camión se alejaba a toda velocidad. A través de mis ojos de loba, vi cómo los guardias se detenían en el límite del bosque, aullando de frustración. No se atreverían a perseguirme con tantos humanos cerca.
No sé cuánto tiempo pasé aferrada a ese camión. Las horas se convirtieron en una nebulosa de dolor y frío. Mis heridas sangraban de nuevo, empapando mi pelaje. El amanecer me encontró temblando, débil, pero viva, seguía con vida y era lo único que me importaba.
Cuando el sol comenzó a calentar mi piel, decidí que era hora de bajar. No sabía dónde estaba, solo que me había alejado lo suficiente de la Manada Lobezno. El camión estaba cruzando un puente sobre un río caudaloso.
«Es ahora o nunca.» Pensé.
Me solté y caí directamente hacia las aguas profundas. El impacto fue como chocar contra cemento, pero el agua fría me envolvió, llevándose la sangre de mis heridas. Nadé con todas mis fuerzas hasta la orilla y me arrastré sobre la arena, jadeando.
Volví a mi forma humana sin darme cuenta. Estaba desnuda, herida, hambrienta. Pero libre.
Caminé por el bosque durante todo el día, cazando pequeños animales para alimentarme. Cada paso era una tortura, cada respiración un esfuerzo. Finalmente, cuando el sol comenzaba a ponerse, mi cuerpo cedió. Caí sobre un lecho de hojas y el mundo se oscureció a mi alrededor.
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-Por Dios, niña, ¿qué te pasó? ¿Qué haces en este bosque sola?
Una voz áspera pero amable me despertó. Abrí los ojos y vi a una anciana inclinada sobre mí, su rostro arrugado mostrando genuina preocupación.
-Eres una loba, ¿verdad? -continuó-. Un humano no soportaría esas heridas.
Asentí débilmente, sin fuerzas para hablar.
-Vamos, te llevaré conmigo.
La anciana sacó una manta de su mochila y cubrió mi desnudez. Sin otra opción, la seguí por un sendero que serpenteaba entre los árboles. Cada paso era un suplicio, pero algo en la determinación de aquella mujer me daba fuerzas para continuar.
Después de lo que pareció una eternidad, llegamos a un enorme portón de hierro forjado. Dos guardias imponentes flanqueaban la entrada. Eran enormes, mucho más grandes que cualquier lobo que hubiera visto en la Manada Lobezno. Incluso Ricardo, con toda su arrogancia de alfa, habría parecido pequeño junto a estos hombres que medían más de dos metros.
Para mi sorpresa, ambos guardias inclinaron la cabeza ante la anciana con evidente respeto.
-Buenas noches, Beta Amelia -dijo uno de ellos.
«¿Beta? ¿Esta anciana es una beta?»
Atravesamos el portón y quedé boquiabierta. No era simplemente un territorio, era una ciudad entera rodeada por muros altos y árboles centenarios. En el centro se alzaba una mansión tres veces más grande que la de Ricardo, imponente y majestuosa.
Un cartel tallado en piedra captó mi atención: "Manada Lican".
Mi corazón dio un vuelco. Había oído historias sobre este lugar, leyendas que se contaban en susurros. El Reino de los Licán, la manada más poderosa del mundo. Lobos legendarios, despiadados, con poderes que iban más allá de lo que cualquier otra manada podía soñar.
Y yo estaba en su territorio.
La anciana -Amelia- me condujo hacia la mansión. Los sirvientes nos abrían paso con reverencias, y pude notar sus miradas curiosas sobre mí.
Una vez dentro, Amelia me llevó a una habitación donde limpió y vendó mis heridas con manos expertas. Me dio ropa limpia y comida caliente. Solo cuando mi estómago estuvo lleno, me preguntó:
-¿De dónde eres?
Dudé. Mi maldición me restringía mucho, pero también me protegía. Nadie podía sentir mi aroma, nadie podía rastrearme.
-De muy lejos -respondí finalmente.
Amelia me estudió con ojos penetrantes, pero no insistió.
-Si no quieres contarme por qué terminaste así, está bien. Todos tenemos un pasado que queremos olvidar -dijo con voz calmada-. Siempre y cuando esto no traiga problemas, te puedes quedar. Como viste, la manada del Rey Licán es próspera y hay trabajo para todos. Puedes ser sirvienta; siempre estoy necesitando lobos. Comenzarás mañana. Por ahora, descansa. Esas heridas necesitan cerrar.
Me mostró una habitación pequeña pero limpia y se marchó. Agradecí en silencio que no me hiciera más preguntas. Por ahora, me quedaría. No tenía adónde ir.
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Muy temprano a la mañana siguiente, Amelia me despertó. Me explicó que era la beta encargada de la mansión del Rey Alaric, un hombre muy estricto al que no todos tenían el honor de servir. Me entregó un uniforme de sirvienta y me presentó al resto del personal.
El lugar era tan grande que había más de diez omegas trabajando en el servicio. Todas me miraron con curiosidad, pero nadie preguntó por mis cicatrices. Quizás aquí, en el Reino de los Licán, las marcas de batalla eran algo común.
-Tu nombre será Emili a partir de ahora -me dijo Amelia mientras me mostraba mis tareas-. Olvida quién fuiste antes. Aquí tienes la oportunidad de empezar de nuevo.
Emili. Un nombre tan diferente al mío, pero perfecto para esta nueva vida. Asentí, agradecida por la oportunidad de reinventarme.
Estábamos en el salón principal, listas para comenzar la limpieza, cuando un ruido sordo nos sobresaltó. Un cuerpo cayó desde el tercer piso, estrellándose contra el suelo de mármol con un impacto espantoso. Era una mujer joven, y su cuerpo... su cuerpo estaba partido por la mitad. Sus órganos se esparcieron por el suelo en un charco de sangre y vísceras.
Miré hacia arriba, hacia el lugar de donde había caído. En el balcón del tercer piso vi la silueta de un hombre. Alto, imponente, con hombros anchos y una presencia que hacía que el aire a su alrededor pareciera vibrar. Pero lo que me heló la sangre fueron sus ojos: rojos como la sangre misma, brillando con una furia apenas contenida.
Mi cuerpo se erizó por completo. Nunca había sentido una energía tan abrumadora, tan primitiva y poderosa.
-Otra más -suspiró un hombre mayor, apareciendo de la nada. Por su uniforme, supuse que era el mayordomo-. Es la tercera en una semana. A este paso, nadie querrá atenderlo.
Amelia negó con la cabeza, sin mostrar sorpresa.
-Sabes que él no soporta a las resbalosas. Lo más seguro es que, al igual que las otras, intentó seducirlo sin importar que se lo advertí muchas veces -dijo con resignación.
Luego se giró hacia mí, y por primera vez vi algo parecido a la compasión en sus ojos.
-Emili, este será tu primer trabajo -anunció, señalando el cuerpo destrozado-. Limpia este desastre.
Miré de nuevo hacia el balcón, pero el hombre ya no estaba. Solo quedaba la sensación de su presencia, como una tormenta que se aleja pero que sabes que volverá con más fuerza.
Mientras me acercaba al cuerpo con un cubo y un trapeador, comprendí que había escapado de un monstruo solo para caer en las garras de otro posiblemente peor.