Sofía Valdés había sacrificado una década de su vida, su carrera y hasta sus ahorros por Ricardo Montoya, el hombre a quien creía amar y con quien soñaba un futuro.
Pero mientras yacía, drogada y apenas consciente en una cama de hospital, las voces de Ricardo y su amigo revelaron una verdad monstruosa.
La "enfermedad" de su amante, Isabella, era una farsa.
Ricardo la había impulsado a abortar a su propio hijo con "vitaminas" para congraciarse con Isabella, y ahora le robaba su médula ósea para "salvarla".
El colmo de la humillación: Ricardo la abandonó para servir a Isabella, ignorando todos sus sacrificios.
Incluso no dudó en sacrificarla, empujándola por un precipicio para proteger a la "secuestrada" Isabella, quien después confesaría que todo había sido un elaborado engaño.
El dolor físico era nada comparado con la devastación de su alma.
¿Cómo pudo haber sido tan ciega?
Ricardo la había usado, desechado y sacrificado una y otra vez.
Pero las lágrimas se secaron, dejando paso a una fría y calculadora rabia.
Sofía encontró el número del principal rival de Ricardo, Alejandro Herrera.
Su pregunta no solo sellaría su nuevo destino, sino también el inminente desastre de Ricardo: "¿Alejandro, te casarías conmigo?".
Sofía Valdés sintió que los párpados le pesaban una tonelada. El té de hierbas que Ricardo Montoya le había preparado, supuestamente para calmar sus nervios, tenía un sabor extraño, demasiado dulce, con un regusto amargo que se le quedó en la garganta. Intentó enfocar la vista en el techo de la habitación del hospital, pero las luces parecían bailar y fusionarse. Un zumbido sordo crecía en sus oídos.
Apenas consciente, flotando en una neblina densa, escuchó voces. Eran Ricardo y su amigo de toda la vida, Mateo Cruz. Las palabras llegaban distorsionadas, como ecos en un pozo.
"...loco, Ricardo... médula ósea... Isa..."
La somnolencia era abrumadora, pero una alarma interna comenzó a sonar.
Mateo sonaba alterado, su voz un reproche airado.
-¿Estás completamente loco, Ricardo? ¿Convencer a Sofía para que le done médula ósea a Isabella? ¿Después de todo lo que ha hecho por ti, por tu familia?
Ricardo respondió, su tono bajo, casi suplicante, pero con un filo de terquedad.
-Es la única compatible, Mateo. Isa está muy grave. Es una enfermedad sanguínea rara, los médicos no le dan muchas esperanzas sin un trasplante.
Mateo soltó una risa amarga, cargada de incredulidad.
-¡Enfermedad! ¡Cuando la plaga del agave casi liquida la fortuna de los Montoya y perdiste hasta la camisa, Isabella te pateó por ese productor de telenovelas de tres pesos! ¿Quién estuvo ahí? ¡Sofía! Ella, con su terquedad oaxaqueña, se puso a investigar nuevas variedades de agave, usó sus ahorros, los que tenía para su maestría, para los primeros cultivos experimentales en sus tierras de Oaxaca. Se mató trabajando día y noche, diseñando la nueva destilería, buscando inversionistas cuando nadie daba un centavo por ti. ¡Te levantó de la nada, Ricardo! ¡Y ahora esto!
Ricardo intentó justificar lo injustificable, su voz teñida de una desesperación que a Sofía le heló la sangre que aún sentía suya.
-Lo sé, lo sé. Después de la donación, le pediré matrimonio. Le daré la boda de sus sueños en la hacienda, como siempre quiso. Será mi esposa, la señora Montoya.
Mateo explotó, su voz ahora un trueno contenido.
-¡No puedo creer lo que escucho! ¿Le vas a proponer matrimonio después de que Isa, esa víbora, te convenció de darle a Sofía unas supuestas "vitaminas" que le provocaron un aborto? ¡Perdió a tu hijo, Ricardo! ¡A tu primogénito! ¡Y tú lo permitiste! ¡Y ahora quieres su médula! ¿Cómo puedes seguir arrastrándote por Isabella después de que te ha usado y desechado como basura una y otra vez?
Sofía sintió como si un rayo la partiera en dos. El aborto... ¿las vitaminas? Un torbellino de imágenes y dolores pasados la golpeó con la fuerza de un huracán: los cólicos terribles, la sangre, la mirada vacía del médico, la forma en que Ricardo la había consolado con palabras huecas mientras Isabella ya rondaba de nuevo. El recuerdo la ahogaba.
Ricardo, con una convicción que rayaba en la locura, confesó su miseria.
-¡Amo a Isa! ¡La amo con locura, Mateo, aunque sea un demonio egoísta y manipulador! ¡No puedo vivir sin ella! Sofía es fuerte, ella lo entenderá.
Entender. La palabra resonó en la mente de Sofía como un insulto. Sintió un pinchazo agudo en la cadera, un dolor frío y penetrante que la arrancó de la niebla. El dolor físico, sin embargo, era una caricia comparado con la devastación que sentía en el alma. Le estaban arrancando algo más que médula; le estaban arrancando la vida, la confianza, el amor que había profesado ciegamente.
Abrió los ojos con esfuerzo. Una enfermera con rostro impasible terminaba de extraerle algo. La habitación giraba. Ricardo estaba a su lado, su rostro una máscara de fingida preocupación.
-Mi amor, despertaste. Tuviste una infección muy fuerte, necesitaron hacerte un procedimiento menor. Pero ya estás bien.
Sofía lo miró, y por primera vez en diez años, lo vio realmente: un hombre débil, egoísta, consumido por una obsesión destructiva. Una risa amarga, silenciosa, brotó de su pecho. Asintió lentamente, fingiendo creer su sarta de mentiras. ¿Un procedimiento menor? Le habían robado parte de su ser para dárselo a la mujer que le había quitado a su hijo.
Ricardo le acarició la frente.
-Tengo que salir urgentemente, unos asuntos de la empresa que no pueden esperar. Volveré en cuanto pueda. Descansa, mi vida.
Se inclinó y le dio un beso frío en la mejilla. Sofía no se movió, no parpadeó. Lo vio salir con prisa.
Poco después, escuchó a dos enfermeras cuchichear en el pasillo.
-Pobre muchacha, tan buena gente. Y el novio, don Ricardo, salió disparado.
-Sí, me dijo la de recepción que fue a comprarle unos churros rellenos a la otra, a la tal Isa. Cruzó toda la ciudad, con la tormenta que está cayendo, solo por unos churros de un puesto famoso. Dicen que esa mujer lo tiene embrujado.
Churros rellenos. En medio de una tormenta. Mientras ella yacía convaleciente después de ser utilizada de la forma más cruel. El corazón de Sofía, ya hecho pedazos, se endureció. Las lágrimas que había contenido se secaron antes de nacer. Se acabó. Se había acabado. Tomó el celular que descansaba en la mesita de noche. Sus dedos temblaban, pero su determinación era de acero. Buscó un número en su agenda. Alejandro Herrera. El principal rival de Ricardo. El hombre que, según los rumores, la miraba con una intensidad que iba más allá de los negocios.
Marcó. Esperó.
-¿Bueno? -La voz de Alejandro sonó profunda, cautelosa.
Sofía respiró hondo.
-Alejandro, soy Sofía Valdés.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, apenas roto por el sonido de un encendedor.
-Sofía. Creí que eras Ricardo, intentando alguna de sus trampas. ¿Qué sucede? Suenas... diferente.
Sofía cerró los ojos un instante, visualizando el camino que estaba a punto de tomar.
-Necesito un favor. Uno muy grande. Alejandro, ¿te casarías conmigo?
Silencio. Un silencio tan denso que Sofía podía oír el latido acelerado de su propio corazón, un tambor de guerra contra sus costillas. El único sonido al otro lado era la respiración ligeramente agitada de Alejandro y el chasquido metálico de su encendedor Zippo, un tic nervioso que ella recordaba de la única vez que lo había visto en persona.
-¿Sofía? -repitió él, su voz ahora teñida de una incredulidad palpable-. ¿Estás bien? ¿Ricardo te hizo algo?
Ella apretó el teléfono con más fuerza.
-Estoy bien. O lo estaré. Ya no quiero estar con Ricardo. Se acabó. La chispa de devoción que alguna vez sentí, la que me hizo sacrificarlo todo por él, se extinguió. Hoy. Definitivamente.
-¿Y por qué yo? -La pregunta de Alejandro era directa, sin rodeos, como su reputación en los negocios. Un hombre que no perdía el tiempo.
Sofía sonrió con una tristeza infinita.
-Porque eres su mayor enemigo. Porque nada le dolería más. Y porque... porque el boceto de un perfil de mujer que siempre guardas doblado en cuatro en tu cartera... soy yo. Lo vi una vez, hace años, cuando fui a tu oficina en Monterrey a entregar unos documentos urgentes para Ricardo. Se te cayó al suelo cuando sacaste unos billetes. Lo recogí. Vi mi perfil, dibujado a carboncillo. No dije nada. Tú tampoco. Pero lo sé.
Otro silencio, más largo esta vez. Sofía esperó, el aire contenido en sus pulmones. Sabía que era una apuesta arriesgada, una locura, pero era la única salida que veía, la única forma de recuperar el control de su vida y, quizás, de encontrar una justicia poética.
Finalmente, Alejandro habló, su voz ahora grave, decidida.
-Ven a Monterrey. En una semana. El próximo martes. Nos casaremos en cuanto llegues. Pero tengo una condición, Sofía. Una sola, pero innegociable: nunca más, bajo ninguna circunstancia, tendrás contacto alguno con Ricardo Montoya. Ni una llamada, ni un mensaje, ni un encuentro casual. Nada. ¿Aceptas?
Sofía no dudó.
-Acepto.
Colgó el teléfono y, con una calma que la sorprendió a sí misma, abrió la aplicación de la aerolínea. Compró un boleto de avión solo de ida a Monterrey para el próximo martes.
Los siguientes días fueron una tortura disimulada. Ricardo seguía ausente la mayor parte del tiempo, supuestamente "atendiendo crisis" en la tequilera, aunque Sofía sabía, por las miradas compasivas de las enfermeras y los comentarios que llegaban a sus oídos, que pasaba sus horas al lado de Isabella, mimándola, cumpliendo cada uno de sus caprichos. Le enviaba flores insípidas y mensajes de texto superficiales, preguntando cómo seguía, prometiendo compensarla por "este mal rato".
El día que le dieron el alta, Ricardo apareció, radiante, vestido con un traje impecable.
-Mi amor, te tengo una sorpresa. Algo que llevamos mucho tiempo esperando.
Sofía se dejó conducir, su rostro una máscara de impasibilidad. Presentía la catástrofe.
La llevó directamente a la majestuosa hacienda de la familia Montoya en Tequila, Jalisco. Al bajar del auto, la música de un mariachi inundó el aire. El patio principal estaba decorado con profusión de flores blancas, mesas elegantemente dispuestas, y docenas de invitados, la crema y nata de la sociedad jalisciense, aplaudiendo.
¡Era una fiesta de compromiso! ¡Su supuesta pedida de mano!
Ricardo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, la tomó de la mano, la condujo al centro del patio y se arrodilló. Sacó una caja de terciopelo azul que contenía un anillo de diamantes absurdamente grande.
-Sofía Valdés, mi amor, mi compañera, la mujer que me salvó y me dio todo... ¿quieres casarte conmigo?
Los invitados vitorearon. Sofía sintió la bilis subirle por la garganta. La ironía era tan espesa que podría cortarse con un cuchillo. Sus sueños de juventud, pisoteados y servidos en una bandeja de falsedad.
Pero antes de que pudiera articular palabra, un murmullo recorrió a la multitud. Las cabezas se giraron. Isabella Romero hacía su entrada triunfal, o más bien, trágica. Pálida, temblorosa, apoyada en el brazo de una enfermera particular, avanzaba con pasos débiles. Llevaba un vestido vaporoso que acentuaba su fragilidad.
Al llegar cerca de ellos, Isabella suspiró, se llevó una mano al pecho y, con un gemido lastimero, se "desmayó" dramáticamente en los brazos de la enfermera, quien apenas pudo sostenerla.
Ricardo se levantó de un salto, olvidándose por completo de Sofía, del anillo, de la propuesta.
-¡Isa! ¡Isa, mi amor! ¿Qué te pasa?
Corrió hacia ella, apartando a la enfermera, y la tomó en sus brazos con una ternura desesperada. Los invitados murmuraban, algunos con compasión fingida, otros con malicia evidente.
Mientras Ricardo la acunaba, Isabella abrió ligeramente los ojos, lo suficiente para que Sofía, que había quedado abandonada en medio del escenario, viera la sonrisa de triunfo que se dibujó en sus labios. Luego, con una voz apenas audible, pero cargada de veneno, le susurró a Sofía, asegurándose de que solo ella la escuchara:
-Nunca podrás conmigo, arquitecta de quinta. Él siempre será mío.
Y volvió a cerrar los ojos, entregándose al papel de víctima.
Los murmullos de los invitados se hicieron más fuertes.
"Pobre Ricardo, siempre Isabella..."
"Dicen que está muy enferma..."
"Pero dejar así a Sofía, en plena pedida..."
Sofía sintió la humillación como una bofetada. Pero ya no había dolor. Solo una fría y calculadora rabia.