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La Baronesa de la Mafia

La Baronesa de la Mafia

Autor: : cristina75veradeba
Género: Romance
Oriana Gambino a su corta edad tuvo que asumir el puesto de su difunto esposo Vito Gambino, un mafioso que controlaba el Sur de Italia, pero para ello se convirtió en una mujer despiadada, cruel y de corazón de acero, donde el amor era un lujo que no podía permitirse si quería ganarse el respeto de sus adversarios. Ahora es llamada la Baronesa de la mafia, temida por muchos y amada por otros. Sin embargo, tras un evento catastrófico su imperio tambalea dejándola contra la pared y teniendo que elegir entre desposarse con un magnate ruso Drago Adler Ivanov o con el hijo de su rival, Carlo Costello, ¿Quién gobernará a su lado? ¿Quién podrá conquistar el corazón de piedra de Oriana? Descúbrelo en la Baronesa de la Mafia.

Capítulo 1 Lo que una vez fui

Actualidad

Sicilia, Italia

Oriana

Alguien dijo que no nacemos con el corazón de piedra, sino que se endurece con cada golpe, con cada traición que nos obliga a ver la realidad sin filtros. Yo diría que es un proceso, una lenta revelación o un despertar brutal, como si de pronto nos arrancaran la venda de los ojos y nos obligaran a mirar la maldad de frente. Esa maldad que no solo hiere, sino que despoja, que arrasa con lo que más amamos justo cuando creemos haber alcanzado la cima. Llega sin aviso, como una ola furiosa que lo destruye todo a su paso, sin dejar rastros de lo que fuimos antes de su embestida.

Y el resultado es inevitable: nos volvemos pragmáticos, duros, impenetrables. Aprendemos que las emociones son un lujo peligroso, una debilidad que puede costarnos demasiado. Así que cerramos el paso a cualquier cosa que pueda desmoronarnos. No hay lugar para sentimentalismos ni para la fragilidad, porque ya sabemos lo que significa caer sin nadie que amortigüe la caída. Por eso nos blindamos, construimos muros y mantenemos las cosas simples. Nada de relaciones profundas, menos aún amorosas. Porque el corazón, ese traidor, nunca debe formar parte de la ecuación.

A mi corta edad la vida me golpeo con una fuerza desbastadora, todo mi mundo se derrumbó en un chasquido o simplemente peque de ingenua, creyendo que podía ser feliz con el hombre que amaba, y ese fue mi error desde que me involucre con Vito. El amor me cegó, olvidé que él no era un tipo común, sino el hijo de un capo de la mafia siciliana, Franco Gambino, pero ya era tarde cuando quise alejarme de Vito, estaba enamoradísima como una tonta de él y soñaba una vida a su lado.

Para colmo mi padre dio su bendición a nuestro matrimonio pensando que tendría estabilidad y un futuro asegurado. Lo cierto es que mi felicidad duro muy poco, mi pequeña burbuja se rompió de una manera inesperada y aun los ecos de ese día catastrófico siguen anclados en mi mente como si lo estuviera viviendo ahora.

Hace díez años atrás

Palermo, Sicilia

Aún me parece mentira tener a mi bebé entre mis brazos. Su cuerpecito tan frágil y pequeño me desarma con cada gesto, con cada mínima expresión que logra hacerme olvidar, por unos instantes, en qué mundo vivimos. Pero no soy la única. Vito lo observa con devoción, sujetando su diminuta mano con una ternura casi reverencial, como si todavía no pudiera creer que somos padres.

La calidez del momento se quiebra en un instante. Un giro brusco sacude el auto, haciéndome aferrar con más fuerza al bebé. Vito levanta la cabeza de golpe, su expresión se endurece y su voz se tiñe de fastidio.

-Mauro, conduce con calma. Baja la velocidad, vas a despertar a mi hijo. ¿Cuál es el apuro por llegar a casa? -protesta con irritación, lanzándole una mirada severa por el espejo retrovisor.

Mauro apenas desvía la vista del camino. Sus manos aprietan con fuerza el volante, sus nudillos están blancos. Cuando habla, su voz suena tensa, urgida, y un escalofrío me recorre la espalda.

-Lo siento, Vito, pero un auto negro nos viene siguiendo desde que salimos del hospital. No creo que sea la policía... ya nos habrían cerrado el paso o encendido las sirenas para detenernos. Dime qué hago.

El aire dentro del auto se vuelve denso, sofocante. Trago saliva, sintiendo mi corazón golpear con fuerza contra mis costillas. Pero lo que más me alarma es la mirada decidida de Vito. La conozco demasiado bien. Casi sin darme cuenta, cierro los ojos por un instante y me aferro aún más a mi bebé, como si con eso pudiera protegerlo de lo que está a punto de suceder.

Sin perder un segundo, Vito mete la mano bajo su chaqueta y saca el arma. Con la tranquilidad de quien ha hecho esto demasiadas veces, gira el cañón, revisa el cargador y desliza el dedo por el gatillo. Su voz resuena en el interior del auto con un tono firme, autoritario.

-Acelera e intenta perderlos en la próxima esquina -ordena, sin apartar la mirada del espejo retrovisor. Luego, sus ojos ruedan hacia mí, más suaves, casi suplicantes-. Oriana, sujeta bien al bebé y confía en mí, por favor. Vamos a estar bien.

Trago en seco.

-Entonces, ¿por qué sacas el arma...? -mi voz se quiebra y siento mis ojos arder con lágrimas contenidas.

Pero antes de que pueda responderme, un estruendo nos sacude. Un sonido seco, metálico. Mi cuerpo se tensa al instante. Los disparos impactan contra el chasis del auto, sacudiéndonos como un latigazo.

Mi corazón se desboca. Un sudor frío recorre mi espalda mientras la realidad nos golpea sin piedad.

-¡Cabrones! -brama Vito, su expresión transformándose en pura furia. Su brazo se extiende de inmediato, cubriéndonos con su cuerpo como si él solo pudiera detener las balas-. ¿¡Cómo se atreven a dispararle a mi familia!?

El auto zigzaguea en el asfalto. Mauro maldice entre dientes, luchando por mantener el control del volante.

-¡Oriana, tírate al piso con el bebé! ¡Y no te levantes hasta que te lo diga! -exige Vito, su voz cargada de urgencia, sosteniendo el arma con ambas manos, listo para disparar.

-¡Amor, no hagas ninguna locura! -ruego, mi voz apenas un susurro ahogado por el miedo.

-¡Mauro, gira en la próxima calle y frena un momento! -ordena sin perder la calma-. Voy a intentar ganar tiempo para que puedan escapar. Luego arrancas a toda velocidad sin mirar atrás. No te detengas por nada del mundo hasta llegar a la mansión. Cuida a mi familia, ¿fui claro?

-Sí, Vito -responde Mauro con voz firme-. No hace falta que digas más. Los protegeré con mi vida.

-¡No! ¡No, Vito! -sollozo, sintiendo que algo dentro de mí se rompe.

Pero él me mira con esa intensidad que siempre logra desarmarme. No hay miedo en sus ojos, solo determinación. Me sostiene el rostro con una mano, su pulgar acaricia mi mejilla y luego, con infinita delicadeza, planta un beso en mi frente.

-Te amo, Oriana. Los amo.

El auto se detiene bruscamente. Vito abre la puerta y, antes de que pueda detenerlo, desaparece en la noche. Mi pecho se oprime hasta el punto de doler.

Con mi bebé entre los brazos, me giro en el asiento, viendo a través de la ventanilla cómo su silueta se recorta contra la calle iluminada por los faros. Con movimientos calculados, se cubre tras la puerta de un auto y dispara. El estruendo de los balazos resuena en mis oídos como un eco aterrador.

Pero cada segundo que pasa nos aleja más y más de él.

Esa fue la última vez que vi a mi esposo con vida. Una despedida forzada y amarga que me dejó con el alma destrozada y el corazón hecho pedazos. Pero lo peor no fue perderlo... lo peor fue que ni siquiera tuve tiempo de procesar su muerte.

El mismo día en que lloraba su ausencia, con la casa llena de extraños murmurando palabras de consuelo vacías, tuve que enfrentar una realidad aún más cruel. Mi suegro me mandó a llamar a su despacho. No imaginé el motivo de su petición, pero a medida que hablaba, lo comprendí. O, mejor dicho, me emboscó sin un mínimo de culpa.

Allí estaba, de pie frente a él, con el rostro empapado de lágrimas, aun sollozando, aun sangrando por dentro. Pero su voz retumbó en las paredes con la misma frialdad de siempre.

-Siéntate, Oriana. Necesitamos hablar de un asunto importante.

Mi cuerpo se tensó. Lo miré con incredulidad, con rabia.

-¿Qué puede ser más importante que despedirte de Vito? ¿Otra maldita reunión con uno de tus aliados? ¿Eso es? -gruñí, sintiendo cómo la ira me subía por la garganta. Él no parpadeó siquiera.

-Asesinaron a Vito y no hay manera de cambiarlo. No sirve lamentarse por su muerte, ¿qué sacaré con eso? ¡Nada!

Su indiferencia me encendió aún más.

-¡¿Cómo puedes hablar así?! -exclamé, sintiendo el temblor en mi propia voz-. Vito era tu hijo, tu sangre. ¡Deberías estar buscando a su asesino en vez de estar tan tranquilo como si nada hubiera pasado!

Sus ojos se afilaron.

-No estoy tranquilo. Estoy preocupado por el futuro.

Reí con amargura, con el pecho ardiendo de impotencia.

-Entonces envía a los muchachos a encontrar al cabrón que orquestó su muerte...

Mi suegro suspiró, se reclinó en su silla y me observó con una expresión que no supe descifrar.

-Oriana, no es tan fácil como lo planteas. Sabes que mi ocupación tiene sus pros y sus contras: dinero, poder, enemigos, la policía... y con la ausencia de Vito, debemos hacer cambios.

Fruncí el ceño.

-¿Cambios? -espeté, sintiendo que no me iba a gustar su respuesta.

-Sí, cambios drásticos -afirmó, con esa voz pesada que me heló la sangre-. Estoy envejeciendo, perdiendo el respeto de mis rivales y no puedo proteger a Renato.

Mi estómago se encogió.

-¿Qué carajos tiene que ver mi bebé en este asunto? -reclamé indignada. Su mirada se volvió aún más dura.

-Él es quien, tarde o temprano, llevará las riendas de mi imperio. Si no actuamos ahora, si no defendemos nuestros territorios, su muerte será un hecho.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

-No... no, esto no tiene sentido -murmuré, sintiendo cómo el aire se volvía pesado.

-Tienes la obligación de hacerte cargo del negocio -declaró, con una frialdad que me hizo estremecer-. He visto cómo te desenvuelves con aplomo y seguridad con nuestras amistades, así que no te será difícil ocupar el puesto de Vito.

Mi corazón martilló con fuerza. No podía estar diciendo esto en serio.

-¿Enloqueciste, Franco? No soy una mafiosa, soy una baronesa con un título de adorno.

Su mandíbula se tensó. Su mirada se clavó en la mía como una daga.

-No, Oriana, no enloquecí. Si quieres que mi nieto viva, te sentarás a defender mi imperio, ¿o quieres perder a Renato también?

El mundo se tambaleó bajo mis pies. Mi bebé... Mi pequeño Renato. Y en ese instante, lo entendí todo. No me estaba dando una opción, era una orden.

En fin, mi vida como la conocía dejó de existir ese día, pero también enterré mi corazón con Vito para convertirme en una mujer fría, pragmática y calculadora para dirigir el imperio de drogas de los Gambino. De esa ingenua que una vez fui, ya no quedan rastros. Ahora la mayoría piensa que soy cruel, sin sentimientos, pero en mi caso es parte del trabajo, de lo que se necesita para sobrevivir en este mundo del narcotráfico.

Sin embargo, aprendí algo de este negocio, no todo se puede poseer, no todo puedes tenerlo, como el amor, yo no hice las reglas las aprendí a golpes. Pero no significa que no tenga sexo, soy viuda, no me convertí en monja y necesito de momentos de relax como cualquier mujer.

Y aquí desde el balcón de mi suite con una vista de fondo de la costa de Palermo, sostengo una copa de champagne en la mano y repaso mentalmente los detalles del próximo embarque de droga. La brisa marina acaricia mi piel, pero la sensación se esfuma en cuanto unos brazos fornidos me rodean la cintura. Un aliento cálido roza mi cuello.

-Mmm... aún es temprano, nena -ronronea el idiota, su voz espesa de deseo-. Volvamos a la cama.

Mi mandíbula se tensa. Con un movimiento seco, me aparto de su agarre y le lanzo una mirada fría.

-Ve tú primero. Terminaré mi copa -miento con voz aterciopelada, curvando los labios en una sonrisa que lo engaña por completo.

Él me observa con una mezcla de lascivia y confianza absurda. Da unos pasos hacia el baño, y en cuanto desaparece, deslizo la mano dentro de mi bolso y saco el arma. La acaricio con los dedos, sopesando su peso.

Sin dudar, avanzo hacia la suite con la intención de eliminarlo. Pero antes de que pueda dar el primer paso, la puerta se abre de golpe revelando la figura de Tiziano.

Frunzo el ceño, conteniendo el fastidio.

-¿Tienes la maldita costumbre de irrumpir sin avisar? -espetó, fulminándolo con la mirada-. La próxima vez, toca la puerta.

Tiziano ignora mi advertencia y su expresión es pura seriedad.

-Oriana no tengo intenciones de ver cómo te revuelcas con tu amante de turno -espeta con asco-. Estoy aquí por algo importante.

Sus palabras me impacientan. Giro el arma en mi mano, jugueteando con ella.

-Al punto, hermanito. No tengo todo el día.

Tiziano avanza un paso y baja la voz.

-Le llegaron rumores a tu suegro sobre el embarque con los colombianos -su tono es grave, con un dejo de tensión-. Era normal, demasiados kilos de cocaína, mucho dinero en juego...y ahora el viejo quiere estar cerca, controlar cada detalle. Viene en camino.

La copa en mi mano tiembla levemente.

-¿Qué dijiste? -susurro, mirándolo con incredulidad.

-Lo que escuchaste. Y eso no es bueno.

Un escalofrío me recorre la espalda, pero no dejo que se note. Aprieto la mandíbula, con los ojos entrecerrados.

-Ese cabrón debería estar en un asilo... o ya cinco metros bajo tierra -murmuro con veneno-. No me mires así, Tiziano. Si sigue con vida es porque es el abuelo de mi hijo. Porque aún hay hombres que le guardan lealtad.

Tiziano mantiene el silencio, pero su expresión me lo dice todo.

-Sea como sea -prosigue, su tono pesimista-, su retorno traerá cambios. Inconvenientes.

Clavo las uñas en mi palma, reprimiendo la furia que amenaza con desbordarse.

-¿Qué insinúas? -mi voz se vuelve un susurro afilado-. ¿Qué mierda descubriste? ¿Qué más pretende Franco? -añado con dudas, pero su silencio me deja sumergida en mis pensamientos oscuros.

Capítulo 2 Jugando con fuego (1era. Parte)

El mismo día

Sicilia, Palermo

Oriana

Cualquiera puede sentarse en un trono, pero no cualquiera puede sostener la corona sin que el peso le quiebre el cuello. Gobernar no es un título, es un arte de equilibrio donde un paso en falso puede convertirte en presa. Debes aprender a caminar sobre el filo de la navaja, demostrar que tienes la ferocidad para arrancar gargantas y la frialdad para enterrar a los tuyos si es necesario. Si dudas, si titubeas, aunque sea un segundo, la balanza se inclina y la sentencia es inmediata: una bala en la sien, un puñal entre las costillas, un vaso de whisky con el amargo beso del veneno. No hay segundas oportunidades.

Existe una salida más cómoda, pero no menos letal: ser la marioneta, la sombra de un poder ajeno. Ser el títere que se mueve al compás de otros, el rey sin voz que luce la corona mientras manos invisibles mueven los hilos. Pero los títeres no envejecen en sus tronos. Cuando dejan de servir, los convierten en cenizas o los entierran en fosas sin nombre. Sin duda gobernar no es sobrevivir, es devorar antes de ser devorado.

Cuando Franco me impuso dirigir su imperio de drogas no tenía intenciones de ser su marioneta, no iba a permitir que me tratará como su empleada, menos soportar sus humillaciones, más bien una de mis exigencias fue tener el poder absoluto para mandar sobre su gente con su respaldo, también que no cuestionará, ni interviniera en mis decisiones, y por último que se retire. Al fin de cuentas estaba viejo y enfermo para sobrellevar el negocio o ese fue su argumento para obligarme a ocupar el puesto de mi difunto esposo, entonces use esa ventaja para dejarlo al margen.

No significa que el viejo ignore cada trato, cada embarque, cada alianza que hago, sé muy bien que sus perros leales siguen manteniéndolo informado de lo que hago, pero eso no me inquieta sino el motivo de haber dejado su villa en la Toscana. No fue por el negocio con los colombianos, mi instinto me dice que algo más profundo se trae entre manos Franco. Y la cara de malestar de Tiziano lo confirma, ¿Qué? Es lo que necesito averiguar.

El silencio que se extiende entre nosotros me quema. No puedo quedarme sin respuestas. Mi instinto me dice que debo estar preparada, que con Franco todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Mis dedos tamborilean en la mesa, impacientes, mientras la tensión crece. Finalmente, Tiziano, se apiada de mí. Su voz temblorosa corta el aire, aunque intenta sonar firme.

-Oriana, solo escuché un rumor. No es una confirmación. Sabes cómo le gusta exagerar a Mauro...

La frustración crece en mi pecho y mis ojos se endurecen. No hay tiempo para rumores, para palabras vacías. Mi mirada se clava en él, tajante.

-¡Mauro! Es el único que realmente conoce cada movimiento de Franco. No son chismes, ni rumores infundados, como pretendes insinuar para evitar una confrontación. Eso no es lealtad hacia mí, Tiziano, es pura cobardía. Pareces un avestruz, enterrando la cabeza en la tierra.

Mi voz se eleva, cortante como un filo. La presión es palpable, siento el peso del poder y la rabia apoderándose de mí.

-¿Me acabas de llamar traidor? ¿Cobarde? No te lo permito.

Tiziano, visiblemente alterado, da un paso atrás, y sus ojos se llenan de furia. Yo no me dejo intimidar. Ya no soy la mujer que era, esa que temía las confrontaciones. Soy la baronesa de la mafia, y a quien no se somete, lo destruyo.

-¡Basta, Tiziano! No me manipules haciéndote el ofendido. ¡Habla ahora o te quedas sin tu noviecito!

La tensión se corta como un cuchillo. Tiziano apoya sus manos en la mesa, sus dedos temblando ligeramente. Su rostro se enrojece de frustración, pero ya no hay marcha atrás.

-No necesitas restregarme mis debilidades, Oriana, ni te atrevas a meterte con Lorenzo, soy tu sangre, tu hermano... -responde, respirando profundamente, su voz cargada de frustración.

-Habla ya, Tiziano. -Mi tono es un desafío que lo golpea como una bofetada. El control lo tengo yo ahora.

Finalmente, lo suelta, como si al decirlo ya no le doliera tanto.

-Franco quiere expandir sus territorios... consolidar el mercado europeo a través de un pacto. Tendrás que dirigir su imperio con alguien más a tu lado.

Mis ojos se estrechan. Eso es lo que me temía.

-¿Quiere ponerme un niñero? -La palabra me resbala de los labios como veneno. La traición se dibuja en mi mente, y no puedo evitar que la rabia hierva en mis venas. Aprieto los puños, conteniendo el impulso de lanzar la copa de champagne contra la pared. Respiro hondo, pero el aire entra denso, pesado, cargado de furia contenida.

-O más bien quiere apuñalarme por la espalda. -Mi voz es un filo cortante, letal-. Eso es lo que hará, entregándole en bandeja de plata lo que me ha costado tanto mantener a flote...

Tiziano se frota la cara con las manos, cansado. Yo no tengo tiempo para su cansancio, no ahora. Tengo asuntos más importantes que soportar su pose conciliadora. Agarro mi ropa del suelo, comenzando a vestirme con movimientos precisos, mientras sus palabras resuenan en la suite.

-Oriana, escucha a Franco. Después tomas una decisión, dependiendo de lo que te diga. No actúes impulsivamente -aconseja con su tono apacible, como si hablarme con calma pudiera contener la tormenta en la que me estoy convirtiendo.

Mis labios se curvan en una sonrisa fría, dura. La decisión ya está tomada. No necesito escuchar a Franco para saber lo que debo hacer. Ya estoy en el juego, y no hay marcha atrás.

-Guárdate los consejos y sé útil. -Mi mirada se clava en él, helada, sin espacio para dudas-. Averigua a quién tiene en mente Franco. Quiero conocer todo sobre ese imbécil, desde sus negocios hasta con quién se revuelca, encuentra su debilidad.

Me cuelgo el bolso al hombro, pero antes de abandonar la suite, me detengo delante de la puerta. Giro la cabeza apenas, lo suficiente para observar a Tiziano de reojo.

-Otra cosa, hermanito -suelto con indiferencia-, ocúpate de mi amante de turno, elimínalo. Se me hizo tarde para recoger a Renato.

Sin esperar respuesta, salgo de la habitación. El sonido de mis tacones resuena en el pasillo como el eco de una sentencia ya dictada, de inmediato aparecen mis guardaespaldas para acompañarme a la salida del hotel.

Unos minutos después

Detesto llegar tarde a recoger a Renato de sus prácticas de fútbol, pero hoy la ciudad es un caos. Autos tocando el claxon sin descanso, calles atascadas, el murmullo impaciente de la gente que se mueve entre el tráfico como hormigas desesperadas. Mientras tanto, intento concentrarme en el celular, dando órdenes al capitán del barco, asegurándome de que todo esté bajo control.

Lucas maniobra con precisión y finalmente estaciona frente a la entrada del colegio. Suelto un suspiro, acomodándome el bolso al hombro antes de bajar del auto. Como siempre, mis hombres escanean el entorno con la mirada entrenada de quienes saben que un segundo de distracción puede costar caro. Sin embargo, intento darle a Renato una vida lo más normal posible, pero jamás descuido su seguridad. Angelo es su sombra en la escuela, su guardián silencioso. Aun así, la inquietud nunca desaparece. El pasado sigue siendo un eco persistente en mi cabeza, recordándome lo que perdí.

Camino con paso firme hacia la cancha, intentando relajar los hombros, pero algo me frena en seco. Renato no está en el campo, corriendo con su energía inagotable. Está sentado en la banca, la pierna extendida, mientras un hombre desconocido le sostiene el tobillo y le aplica hielo.

Un escalofrío de alerta me recorre la espalda. Mis ojos escanean la escena con rapidez. ¿Quién demonios es ese hombre?

Acelero el paso con el ceño fruncido, estudiándolo de inmediato. Es alto, de unos treinta y cinco años, complexión firme, pero con una elegancia natural. Cabello castaño oscuro, ojos azules con una profundidad inquietante. Su barba y bigote bien arreglados le dan un aire seductor, pero hay algo en su expresión que me mantiene en guardia. Viste con aparente sencillez: pantalón de gabardina, camisa tipo polo y zapatos deportivos.

No es un profesor. No es un entrenador. ¿Entonces qué hace aquí?

-¡Mamá! -Renato me ve y su rostro se ilumina con una sonrisa amplia. Se levanta de golpe, pero hace una mueca de dolor y vuelve a apoyarse en el desconocido.

Mi pecho se tensa.

-Hijo, ¿Qué pasó? -pregunto con voz firme, clavando la mirada en su pierna-. ¿Por qué cojeas?

-No es nada -responde con un ademán despreocupado-. Solo un calambre. Ya estoy bien, gracias a mi nuevo amigo...

Mis ojos vuelven al hombre, observándolo con desconfianza.

-¿Nuevo amigo? -cuestiono con mi voz fría, mi ceja levantada.

El sujeto sonríe con naturalidad, pero hay una calma estudiada en su expresión. Su voz es grave, pausada, como si midiera cada palabra.

-Hola. Usted debe ser la madre de este pequeño guerrero -dice el hombre con una media sonrisa, su tono es cálido, como si acabara de presenciar una verdadera hazaña-. Es valiente, no se quejó en absoluto, incluso quería volver al partido a pesar del dolor.

Su mano grande y segura se posa sobre la cabeza de Renato, revolviéndole el cabello con una familiaridad que me crispa los nervios.

Mis labios se tensan en una fina línea mientras lo observo con atención.

-Usted y su esposo deben estar muy orgullosos de él -añade, con una afabilidad que no me relaja en absoluto.

Mi expresión permanece imperturbable, pero en mi interior, mi mente trabaja con rapidez. ¿Quién es este hombre? ¿Por qué se acerca tanto a mi hijo?

-Sí, estoy orgullosa de mi hijo -mi voz es firme, neutra, pero en mis ojos hay una advertencia clara. Lo miro fijamente, dejando que la tensión se filtre en mi tono-. ¿Es usted el nuevo entrenador?

Hay un deje de desdén en mi pregunta, lo suficiente para que entienda que no me agrada su presencia.

El hombre, suelta una breve carcajada, como si mi suposición le divirtiera.

-No, lamento decepcionarla -su voz es grave, pausada, cada palabra parece cuidadosamente elegida-. Solo estaba viendo el partido. Me llamo Adler -extiende la mano con naturalidad, pero no la tomo-. ¿Y con quién tengo el gusto?

-Oriana -respondo con frialdad, sin apartar la mirada de sus ojos azules, buscando algún rastro de mentira en ellos.

Algo en su presencia me inquieta. Es demasiado cómodo, demasiado seguro. No me gusta la facilidad con la que ha logrado ganarse la confianza de mi hijo en tan poco tiempo.

-Le agradezco por ayudar a Renato -mi tono es cortante, dando por finalizada la conversación-, pero tenemos que irnos.

-¡Mamá! Vamos por un helado con Adler, por favor -Renato me mira con esa expresión que siempre logra desarmarme, sus ojos grandes y llenos de entusiasmo, su voz ansiosa, emocionada.

Pero antes de que pueda responder, el celular vibra en mi bolso. Frunzo el ceño y lo saco, deslizando la pantalla con rapidez.

Oriana, Franco está en la mansión. Ven lo antes posible, no me hagas cubrirte las espaldas.

Mi mandíbula se tensa por la orden velada de Tiziano, pero al mismo tiempo asoma una duda, no sobre Franco, sino sobre este hombre que apenas conozco, ¿Qué busca acercándose a mi hijo? ¿Es solo casualidad y veo fantasmas donde no los hay? ¿O es uno de mis rivales?

Capítulo 3 Jugando con fuego (2da. Parte)

El mismo día

Sicilia, Palermo

Oriana

Muchos viven con la adrenalina corriendo por sus venas debido a sus ocupaciones peligrosas, pero eso no significa que estén preparados para los imprevistos. La experiencia enseña a reaccionar rápido, a tomar decisiones bajo presión, pero nunca a eliminar por completo la incertidumbre. La realidad es que, por más preparados que creamos estar, siempre hay un margen de error, una grieta en la estrategia, un instante de descuido que lo cambia todo.

Los imprevistos no llegan con advertencias. Se infiltran en lo cotidiano, en una llamada inesperada, en un cruce de miradas, en una conversación que parece inofensiva pero que oculta más de lo que muestra. Pueden venir en la forma de una curva traicionera en la carretera, de una bala perdida que nunca iba dirigida a ti, de un visitante que no debería estar aquí, pero está. Es en esos momentos cuando el instinto de supervivencia despierta, cuando el pulso se acelera y la mente trabaja con la precisión de una máquina, escaneando el entorno, buscando amenazas, anticipando movimientos.

El problema es que, aunque nos neguemos a aceptarlo, el control absoluto es una ilusión. Podemos planear, prever, calcular cada paso, pero el mundo sigue girando con su propio ritmo, indiferente a nuestros intentos de dominarlo. Hay piezas del tablero que se mueven fuera de nuestro alcance, jugadas que desconocemos hasta que ya es demasiado tarde. Y es ahí cuando nos damos cuenta de la verdad más cruel: no siempre somos los cazadores. A veces, sin darnos cuenta, ya somos la presa.

En mi ocupación, los imprevistos son solo otro día de trabajo, daño colateral, parte de este negocio. Pero siempre hay dos opciones: eliminarlos o engañarlos. Estudiar a la presa, divertirse con ella, adelantarse a sus movimientos... porque una trampa bien puesta puede marcar la diferencia entre disfrutar un trago de whisky o sentir el cañón de un arma en la sien.

Por eso vivo con los ojos bien abiertos. Cada pieza debe encajar a la perfección, pero cuando algo se sale de su lugar o surge lo inesperado, mi desconfianza se despierta. Ignorarlo sería un error garrafal; sería bajar la guardia y regalarles la oportunidad a mis enemigos de volarme los sesos. Y la aparición de este hombre... me resulta extraña. No logro entender su interés en Renato. No es su profesor, ni su entrenador, pero lo ayudó. Eso es desconcertante. Y lo peor: de la nada, se ganó la confianza de mi hijo.

Sin embargo, admito que la propuesta de Renato de ir por un helado resulta tentadora... y peligrosa. Pero ahora mismo tengo un asunto pendiente con mi suegro. Así un breve silencio reina mientras evaluó mis prioridades. Finalmente, dejo escapar la voz de mis labios.

-Hijo, no comprometas a tu amigo nuevo con tu invitación. Tal vez Adler tenga planes con su familia después del partido.

-Se equivoca, Oriana. No tengo planes con mi familia, porque no la tengo -replica Adler con calma. Luego, esboza una sonrisa nostálgica-. Como le dije, estaba viendo el partido y recordando el pasado. Solía jugar como defensa en el equipo de fútbol. Corría por estos pasillos con mis compañeros... pero el lugar ha cambiado mucho, es más moderno y amplio. Además, ya no está el viejo gruñón del director...

-¡Lo oíste, mamá! Adler puede acompañarnos -interviene Renato con emoción, sus ojos brillando de entusiasmo.

Pero yo no me dejo llevar por el impulso de mi hijo. Mantengo el control, como siempre.

-Lo siento, Renato, pero tengo asuntos de trabajo que resolver. Será para otro día el helado - digo, mirándolo con firmeza, aunque su carita decepcionada me cause una punzada de culpa. Luego, deslizo la vista hacia Adler-. Me tendrá que disculpar, tengo prisa. Y nuevamente, le agradezco por su ayuda.

Me dispongo a marcharme cuando su voz me detiene con una calma medida.

-Espere, Oriana -su voz me detiene cuando ya me estoy girando. Me mira con seguridad mientras mete la mano en el bolsillo de su pantalón-. Permítame darle mi tarjeta. Me gustaría no solo comer un helado...

Levanto una ceja, intrigada. ¡No puedo creerlo! ¿Le intereso? ¿Quiere una cita conmigo? Si es como pienso, es una técnica burda y corriente: usar a mi hijo para acercarse a mí. ¡Patético!

-Los tres -se apresura a corregir Adler, notando mi expresión. Suelta una leve risa y prosigue-. Tal vez podríamos almorzar. Conozco un sitio donde sirven unas pastas exquisitas. Llámeme y coordinamos los horarios, por favor.

Me extiende la tarjeta con naturalidad, como si no hubiera nada detrás de su propuesta. La tomo sin apuro, con una expresión que no delata ni interés ni desdén, solo una cortesía estudiada.

-Veré si es posible. Un placer conocerlo, Adler -respondo, cortante. Luego, miro a Renato-. Despídete de tu amigo.

-Adiós, Adler. Pero regresa a verme jugar, como me lo prometiste -le recuerda mi hijo, con una sonrisa.

Unos minutos después

Apenas el auto se detiene en la mansión, Renato sale disparado con esa energía imparable que solo los niños tienen. Yo agarro mi bolso, pero antes de salir del vehículo, mi voz resuena autoritaria.

-Angelo, te pago para que cuides a mi hijo. Ese es tu único trabajo -mi tono es gélido, mi mirada, como una daga que se clava en su orgullo-. No toleraré otro error como el del partido.

Mi expresión no deja espacio para la réplica.

-Recuérdalo bien... porque yo no doy segundas oportunidades. Ahora ve con él. ¡Muévete!

Angelo traga saliva.

-Disculpe, Baronesa. No tendrá otra queja sobre mi trabajo. Permiso.

Con un leve asentimiento, abandona el auto con pasos apresurados.

Ahora, solo queda Lucas sentado con las manos en el volante, esperando órdenes en silencio. Deslizo la tarjeta entre mis dedos, observándola con la atención de quien sostiene un acertijo.

-Lucas con la máxima discreción, quiero un informe de ese hombre. Quiero saber todo sobre Adler Braun -mi voz es baja, pero cargada de intención-. Empieza confirmando los datos de esta tarjeta.

No espero respuesta. Empujo la puerta del auto y avanzo hacia la entrada de la mansión con el eco de sus palabras aún en mi mente. Adler Braun. Mis pasos resuenan sobre el suelo de mármol, escucho algunos saludos de cortesía, pero los ignoro, manteniendo la mirada altiva, la pose segura, hasta que finalmente lo veo.

Ahí está Franco, fumando un tabaco con ese aire de superioridad y desdén que tanto me irrita. La brasa incandescente se aviva cuando da una calada más, con una calma exasperante, disfrutando el momento, como si midiera cada segundo de mi paciencia. Finalmente, su voz ronca rompe el silencio de la sala.

-Buenas tardes, Oriana. Debo reconocer que has hecho un gran trabajo con mi imperio, pero era de esperarse... Te enseñé bien.

Suelto una risa seca, sin humor, y cruzo los brazos.

-Te corrijo, Franco. Tú no me enseñaste nada. Tampoco me diste un manual para ser la jefa de un imperio de drogas. Me forjé sola, a punta de sangre. Y ahora que aclaramos ese punto, ¿cuál es el verdadero motivo de tu visita?

Él exhala el humo con parsimonia y me observa con una media sonrisa, disfrutando del poder que cree tener sobre mí.

-Somos familia, Oriana. Vine a ver a mi nieto...

-Ahórrate el discurso de abuelo preocupado, porque ni siquiera tu propio hijo te interesó cuando murió. -Mi tono es afilado, como un cuchillo que busca cortar cualquier ilusión de sentimentalismo-. Vayamos al grano, ¿qué haces en Palermo?

Franco suelta una risa grave y sacude la ceniza en un cenicero de cristal.

-Ya no eres la misma muchacha que conocí hace años atrás. Eso es bueno... dentro de todo. Pero no lo suficiente para expandir los territorios de mi familia. Necesitarás ayuda para enfrentar a la gente que vamos a molestar.

Entrecierro los ojos, analizándolo con cautela.

-¿Ayuda? -arqueo una ceja-. ¿O quieres ponerme un niñero? Un perro que puedas manipular a tu antojo...

Franco esboza una sonrisa calculadora antes de soltar la bomba.

-No importa cómo lo llames, te vas a asociar con él... o, mejor dicho, te vas a casar. Tengo dos nombres en mente: Carlo Costello y un magnate ruso llamado...

Sus palabras caen como una losa. Mi cuerpo se tensa, mi mente procesa el golpe durante una fracción de segundo. Y entonces, la furia me invade.

-Ni loca voy a aceptar tus imposiciones, Franco. -Mi voz es un látigo afilado-. Y mucho menos me interesa mezclarme con el cabrón de Carlo Costello. Los Costello fueron quienes enviaron a asesinar a Vito, y ahora pretendes que me case con uno de tus enemigos.

Franco apaga el tabaco con calma, sin prisa, como si ya esperara mi reacción. Su impasibilidad solo aviva mi rabia.

-Nunca encontramos nada, ni un rastro que los vincule con el asesinato de Vito. Pero... tenemos otra opción...

Doy un paso adelante, con la mandíbula tensa y los puños cerrados. La sangre me arde en las venas.

-¡Vete a la mierda, Franco! -escupo con furia-. No soy tu títere. No habrá boda.

Él se incorpora con la misma lentitud con la que apaga su cigarro, dejando que el peso de su autoridad caiga sobre mí. Su sombra se alarga, su mirada es un puñal de hielo.

-Demuestra que puedes con mi imperio de drogas. -Su tono es bajo, amenazante, cargado de veneno-. Quiero que el embarque con los colombianos sea un éxito. Un solo error... y las cosas las haremos a mi modo.

Sus ojos oscuros se clavan en los míos con una advertencia silenciosa, una que no necesita más palabras.

-¿Tenemos un acuerdo? -sus palabras me acorralan dejándome sumergida en mis pensamientos.

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