La noche de bodas de Ximena se suponía que sería el comienzo de una vida de ensueño con Ricardo, el hombre que creía amar.
Pero en lugar de calidez y romance, la suite presidencial se llenó del frío desprecio de su flamante esposo, quien la ignoró para dormir en otra habitación.
A la mañana siguiente, la humillación se transformó en un infierno al escuchar a Ricardo burlarse de ella y de su "ridículo camisón" con su secretaria, Carolina, añadiendo la cruel estocada de que Ximena "no era su tipo" y que deseaba un hijo que ella, supuestamente, no podía darle debido a la "infertilidad".
El dolor de la traición y la mentira era insoportable, ¿cómo pudo ser tan ciega? ¿Cómo este hombre, al que entregó su corazón, podía ser tan monstruosamente cruel?
Con el corazón destrozado, pero una rabia hirviendo en sus venas, Ximena tomó una decisión drástica: se divorciaría, y esta vez, nada la detendría de construir su propia vida, lejos de la sombra de Ricardo.
La noche de bodas, el aire en la lujosa suite presidencial estaba cargado de una tensión fría, muy diferente al calor que Ximena había imaginado. Llevaba puesto un camisón de seda blanco que había elegido con esmero, esperando a su esposo, Ricardo.
Cuando él finalmente entró en la habitación, ni siquiera la miró, se quitó el saco y lo arrojó sobre un sillón con indiferencia.
Ximena se levantó, su corazón latiendo con una mezcla de nerviosismo y anticipación.
"Ricardo, ¿estás bien?"
Él se giró, su rostro guapo pero inexpresivo, sus ojos fríos como el hielo.
"Perfectamente," dijo, su voz monótona. "Tú dormirás aquí, yo dormiré en la habitación de al lado."
Ximena se quedó helada, las palabras se le atoraron en la garganta.
"¿Qué? Pero... es nuestra noche de bodas."
Ricardo soltó una risa corta y sin alegría.
"¿Y? No te confundas, Ximena," se acercó a ella, su aliento olía a alcohol caro. "Este matrimonio es un acuerdo, un negocio, nada más, no hay ninguna 'necesidad' entre nosotros."
Dicho esto, se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave pero definitivo que resonó en el silencio como un disparo. Ximena se quedó sola, el frío de la seda contra su piel era ahora un recordatorio de la humillación que la consumía.
A la mañana siguiente, Ximena bajó las escaleras con el corazón hecho pedazos, la humillación de la noche anterior todavía fresca en su mente, esperaba que tal vez, con la luz del día, Ricardo se arrepintiera, que dijera que todo fue un error por el alcohol.
Pero al pasar por el estudio de Ricardo, escuchó voces adentro, la puerta estaba ligeramente entreabierta. Reconoció la voz melosa de Carolina, la secretaria de Ricardo.
"Entonces, señor Ricardo, ¿cómo estuvo la noche de bodas? ¿Por fin estuvo con esa arquitecta insípida?"
Ximena se detuvo en seco, conteniendo la respiración, el dolor en su pecho se agudizó.
Luego escuchó la respuesta de Ricardo, cargada de un desdén que la hirió más profundamente que cualquier golpe físico.
"Por favor, Carolina," dijo él con una risa burlona. "Ella lo intentó, claro, se puso un camisón ridículo y me esperó como una tonta, pero la verdad es que no me interesó en lo más mínimo, no es para nada mi tipo."
Las palabras la golpearon como una bofetada, el aire se le fue de los pulmones y sintió un mareo repentino, tuvo que apoyarse en la pared para no caer. La traición era tan descarada, tan cruel.
En ese instante, la tristeza se transformó en una rabia fría y decidida, ya no era la mujer ingenua y enamorada de ayer. Se enderezó, su rostro endurecido por la resolución.
Regresó a su habitación, encendió su computadora portátil y, con manos firmes, descargó y llenó los papeles de divorcio, no dudó ni un segundo. Imprimió los documentos, la impresora zumbando en el silencio de la casa, cada página que salía era un paso hacia su libertad.
Con los papeles en la mano, bajó de nuevo, esta vez no se detuvo, no escuchó a escondidas, empujó la puerta del estudio y entró.
La escena que la recibió confirmó todo, Carolina estaba sentada en el regazo de Ricardo, sus brazos alrededor de su cuello, besándolo apasionadamente, sus manos recorrían su pecho sin pudor alguno. Ninguno de los dos pareció sorprendido de verla, simplemente se separaron con pereza, como si su interrupción fuera una molestia menor.
Ricardo la miró con fastidio, ni una pizca de culpa en sus ojos.
"¿Qué quieres, Ximena? ¿No ves que estoy ocupado?"
Carolina sonrió con suficiencia, una mirada triunfante en su rostro.
Ximena no dijo una palabra, simplemente caminó hacia el escritorio y arrojó los papeles sobre la superficie de caoba pulida.
"Divorcio," dijo, su voz sonaba extrañamente calmada, vacía de toda emoción.
Ricardo miró los papeles y luego a ella, una ceja arqueada en señal de diversión.
"Vaya, tan rápido te rindes," se burló. "Pensé que tenías más aguante, que lucharías un poco más por este cuento de hadas."
La humillación ardía en las mejillas de Ximena, pero se mantuvo firme.
"No hay nada por lo que luchar," respondió ella. "Fírmalos."
Ricardo la estudió por un momento, como si la viera por primera vez, pero no había interés en su mirada, solo una fría evaluación. Se encogió de hombros, tomó una pluma de plata y firmó los documentos con un trazo rápido e indiferente.
"Listo," dijo, arrojando la pluma sobre el escritorio. "Ya puedes irte, la puerta es grande."
Ximena lo miró una última vez, al hombre que había amado, al hombre que la había destrozado en menos de veinticuatro horas, y no sintió nada más que un vacío inmenso.
Se dio la vuelta y salió del estudio sin mirar atrás, cada paso que daba la alejaba de esa vida de mentiras, sentía una extraña mezcla de dolor y liberación, era el fin de un sueño, pero también el comienzo de algo nuevo, algo que construiría por sí misma.
Ximena empacó sus cosas en un silencio metódico, cada objeto que guardaba en una caja era un pedazo de su antigua vida que dejaba atrás, la casa, que una vez le pareció un palacio de sueños, ahora se sentía como una prisión fría y opresiva.
No se llevó mucho, solo su ropa, sus libros y sus herramientas de arquitectura, todo lo demás, los regalos de boda, los muebles caros, se lo dejó a Ricardo, no quería nada que le recordara su humillación.
Se mudó a un pequeño departamento en el centro de la ciudad, era modesto, pero era suyo, el aire olía a pintura fresca y a nuevos comienzos. Por primera vez en días, respiró profundo, sintiendo que el peso sobre sus hombros comenzaba a aligerarse.
Una tarde, mientras estaba en una cafetería local dibujando en su cuaderno, un hombre se acercó a su mesa.
"Disculpa, ¿puedo sentarme? Todo lo demás está ocupado."
Ximena levantó la vista, era un hombre atractivo, con una sonrisa cálida y ojos amables que la miraban con genuino interés.
"Claro," dijo ella, apartando sus cosas para hacerle espacio.
"Soy Gael," se presentó él, extendiendo la mano.
"Ximena," respondió ella, estrechando su mano, sintiendo un calor inesperado ante su tacto.
Comenzaron a hablar, de arquitectura, de la ciudad, de la vida, Gael era fácil de tratar, divertido y atento, la escuchaba de una manera que Ricardo nunca lo había hecho. Por primera vez en mucho tiempo, Ximena se sintió vista, se sintió valorada.
Esa noche, mientras estaba sola en su nuevo departamento, los recuerdos de Ricardo volvieron a atormentarla, recordó cómo, semanas antes de la boda, él había criticado su trabajo frente a sus amigos empresarios.
"Ximena es... apasionada," había dicho Ricardo con una sonrisa condescendiente, "pero sus diseños son demasiado idealistas, poco prácticos para el mundo real de los negocios."
Ella se había sentido pequeña e insignificante, pero se convenció a sí misma de que él solo intentaba ayudarla a ser más fuerte, qué tonta había sido.
Recordó otra ocasión, cuando Carolina le trajo un café a Ricardo a su oficina en casa, él le había dado las gracias con una sonrisa íntima y le había tocado la mano de una forma que nunca la había tocado a ella, en ese momento, una incómoda sospecha había nacido en su corazón, pero la había ignorado, negándose a creer lo que tenía frente a sus ojos.
Ahora, la verdad era innegable, se había casado con un hombre que no solo no la amaba, sino que la despreciaba activamente, que disfrutaba humillándola.
Las lágrimas que había contenido por tanto tiempo finalmente brotaron, se acurrucó en su sofá, sintiéndose rota y sola, el dolor era tan intenso que pensó que la ahogaría.
Justo en ese momento, su teléfono sonó, era un número desconocido, dudó en contestar, pero algo la impulsó a hacerlo.
"¿Hola?"
"Ximena, soy yo."
La voz de Ricardo, fría y autoritaria, la golpeó como un latigazo.
"¿Qué quieres?" preguntó ella, su voz temblorosa.
"Necesito que vengas a la casa, hay unos papeles del negocio que necesito que firmes, como mi esposa, todavía tienes ciertas obligaciones."
La palabra "esposa" sonó como un insulto, Ximena sintió una nueva oleada de rabia.
"Ya no soy tu esposa, Ricardo, firmaste los papeles del divorcio."
Hubo un silencio en la línea, luego la risa burlona de Ricardo.
"Esos papeles no significan nada hasta que un juez lo diga, mientras tanto, sigues siendo la señora de la casa, así que ven aquí ahora mismo."
Colgó antes de que ella pudiera responder, Ximena se quedó mirando el teléfono, temblando de ira y frustración, pensó que se había librado de él, pero estaba claro que Ricardo no la dejaría ir tan fácilmente.