El sonido de los pasos sobre el mármol era lo que rompía el silencio en el camposanto familiar. El ataúd dorado con visibles diamantes descansaba en el centro de la sala extensa y rodeada de rosas blancas y rojas, rodeado de rostros hipócritas. ¡Nadie! En verdad lloraba de tristeza, excepto ella, aunque no dejara caer una sola lágrima. Su interior estaba inundado como mar desbordado y saliéndose de su cauce.
Paris Helmont sostenía un vaso con coñac entre los dedos como si fuera una extensión de su control. Vestía de blanco absoluto: traje ajustado, cabello recogido, labios color sangre. Parecía hecha de hierro, pero por dentro era cristal quebrado. Un diamante quebrantado.
Su padre, el hombre que había construido Diamond Helmont desde una pequeña tienda en Baltimore, hasta convertirla en un imperio en Ney York, yacía frente a ella. Y con él, todo lo que había jurado proteger.
Una voz sin escrúpulos a su espalda interrumpió su pensamiento, interrumpió el silencio de su mente y la privacidad de su alma. -El consejo quiere hablar contigo, Paris, en verdad es ¡Urgente!
Ella no giró para observarlo. Solo vio el reflejo de su propia figura en el vidrio del féretro.
-¡Era de esperarse! -respondió con serenidad-. Las hienas siempre huelen la carne olvidad por el cazador.
El asistente tragó saliva. No sabía si temerle o admirarla. Paris dio un sorbo al coñac, inhaló con fuerza y murmuró como si su padre aun la pudiera escuchar: -Tranquilo, padre. No dejaré que destruyan lo que te costó una vida construir.
Afuera, el cielo gris de la ciudad reflejaba su propio luto. Pero en el fondo de esos ojos fríos, una chispa encendía el inicio de la guerra impredecible, de una guerra que dejaría cuerpos y mentes desgastadas por el hambre del poder y la desdicha del amor.
El señor Carl Anderson se encontraba en compañía de los inversionistas y el resto del concejo con el que contaba el imperio del padre de Paris, cada uno de ellos sonrió levemente como mostrando su desinterés en que ella fuera la elegida para guiar el imperio.
La mitad de ellos la conocían por extravagante, futurista y vanguardista, pero otra parte solo la observaban como la hija mimada, desobediente y vividora. Para desgracia de Paris, su padre nunca le permitió tomar un solo día en la empresa, por lo que ella conocía muy poco o nada de lo que dentro se manejaba y no conocía mas de la empresa más que la joyas exclusivas y extravagantes que se fabricaban.
Paris fue la inspiración de su padre para crear mas de diez colecciones de joyas con las cuales la mayoría llevaban su nombre y sin dejar de mencionar su belleza. Por lo que la envida, el celo y el descontento entre los inversionistas y el concejo era más que evidente.
-Veo que les incomoda mi presencia. -señaló Paris sin sentirse sorprendida. -sin embargo, aquí estoy. Tomaré las riendas del negocio de ¡Mi padre! Sin importar la opinión de cada uno de ustedes. -puntualizó con serenidad y seguridad en sus palabras.
Carl Anderson, el inversionista que poseía el diecinueve por ciento de las acciones. Le colocó la mano en el hombro, era la persona mas cercana a la familia y el que confió en su padre desde sus inicios, aunque más bien podría considerarse que el padre de Paris confió en el desde el principio.
-¡Hija! -murmuro con un tono amistoso y afectuoso-. Entendemos que tus sentimientos se encuentren en un estado difícil, pero es una decisión que se debe analizar con el consejo e inversionistas. -hizo una breve pausa y retiro su mano del hombro de Paris.
-¿Analizar? -preguntó con ironía en sus palabras- ¿Por qué deberían de analizar lo que es lógico? ¡Era mi padre y soy la heredera por naturaleza! No hay nada que discutir o analizar. -exclamó finalmente y girándose de vuelta hacia el féretro de su padre.
El murmullo entre el concejo y los inversionistas fue inmediato y aunque algunos estaban a favor de ella, no coincidieron con la actitud que ella tomó en el instante y con la supuesta falta de respeto que les faltó a todos.
Carl Anderson no dudó en hablar de inmediato. -Se que debemos comprender el dolor de mi ahijada, pero también soy consiente que ella no es precisamente la empresaria que llevaría un imperio en sus hombros. -señalo con discriminación y arrogancia-. Aun así, considero que seamos prudentes y dejemos que pasen los tres días de duelo para actuar con firmeza. -puntualizó con la plena seguridad que su jugada daría el fruto que buscaba.
Mientras el murmullo ensordecedor de los presentes en la sala de velación ofuscaba a Paris, la calma se estaba deslizando entre sus dedos, nadie estaba ahí para calmarla, para aconsejarla. ¡Hasta sus mejores amigos habían desaparecido ese día!
-¡Pueden callarse maldita sea! -gritó con desesperación-. Es el velorio del empresario que ustedes jamás podrán siquiera soñar en llegar a convertirse. -recalcó como regañadientes.
Los presentes en la sala se ofendieron enseguida y de a uno comenzaron a abandonar la sala, Paris comenzaba a quedarse sola entre la multitud de rosas, diamantes y joyas dedicadas a su padre en su último día dentro de la capilla familiar que fue detallada con precisión y dedicación para cuando el faltara en esta vida.
Los diamantes brillaban como lagrimas de ángeles, los rubies se confundían con el atardecer, y los brillos excesivos de la obsidiana oscurecían el alma de Paris que, entre sollozos silenciosos provenientes de lo mas profundo de su ser, no encontraban el camino a la claridad para darle paz a su pensamiento, un pensamiento que rebotaba sin descanso: -¿Qué debo hacer ahora? ¿Cómo cargaré con el peso del imperio de mi padre?
Sus preguntas se contradecían con la firmeza que había mostrado hace apenas unos instantes ante los inversionistas.
Carl Anderson fue uno de los pocos que aún permanecían en la sala y tras unos abrazos a la viuda, madre de Paris. Se acercó nuevamente con Paris, esta vez con un tono mas serio. -Esas actitudes son las que no hacen que los inversionistas crean en ti. -murmuro muy cerca de su oído-. Deberías de considerar lo de permanecer al lado de tu madre y dejar que me haga cargo del resto. ¡Tu padre así lo hubiese deseado! -añadió con la intriga marcada en sus palabras.
-¡No lo creo señor Anderson! -reprochó con una mirada fría y lagrimas que se ocultaban entre el brillo del atardecer-. ¡Usted se equivoca! Solo deseaba la caída de mi padre para quedarse con todo. ¿Acaso me equivoco? -le preguntó como si ya supiera la respuesta.
El señor Anderson sonrió irónicamente y apenas tapándose la mitad del rostro con su mano derecha. -Pero que ocurrencias las tuyas... Paris. ¡Por supuesto que no es así! Tu padre y yo éramos entrañables amigos y fundamos esta compañía con esmeró y noches enteras de desvelo.
Paris sostuvo la mirada, midiendo cada palabra que salía de los labios del señor Anderson, entonces surgió la duda, esa duda que parecía señalar y condenar. -Entonces... dígame porque fue usted el único que recibió la llamada del accidente de mi padre y no mi madre como debió haber sucedido. -Paris observó el semblante del señor Anderson-. No se preocupe que se cuidarme sola y se hasta donde puedo llegar, pero no permitiré que buitres como usted se aprovechen de esta situación.
Al señor Anderson no le sentó nada bien las palabras acusadoras de Paris, respondiendo en ese preciso instante. -¡No deberías señalar con las manos sucias! -la respuesta se volvió personal entre ambos-. ¿Oh quieres que tu madre se entere de los millones que le robaste a tu padre con la última colección? Así como también podrías ganarte una demanda por difamación y eso podría alejarte aun mas de la empresa y ¡Para siempre! -enfatizó con la voz cargada de resentimiento y desprecio.
Paris intentó justificar lo que en ese momento parecía una declaratoria de guerra entre ambos. Pero en lugar de aclarar esa lamentable situación, ella dijo sus ultimas palabras tocando el féretro de su padre. -Que el tiempo me juzgue señor Anderson, pero le diré que aquí se hará la ultima voluntad de mi padre y esa esta escrita en su testamento. -sentencio finalmente con soberbia.
Carl Anderson se distancio sin marcharse del lugar, su interés aun permanencia en el lugar y nada de lo que había sucedido hasta ese momento era la sentencia final para ambos.
Las campanadas sonaron como anunciado el final de ese día, estaban anunciando la sentencia de muerte o el nacimiento de una guerrera. Aun así, nada estaba escrito y aun existían decisiones que tomar y decisiones que leer en un testamento que era resguardado por quien parecía inquebrantable ante la ley y ante la sociedad.
Paris no logró contener el llanto por mas tiempo, pero el llanto era provocado por colera contenida, celo y compromiso de hacerse cargo de la empresa. Colocó ambas manos en el féretro, cansada y dando su último adiós antes que fuera conducido hacia el área de cremación.
Antes de marcharse, tomó entre sus dedos el viejo collar de su padre. El metal precioso aún conservaba el leve calor, como si se negara a olvidar su dueño. Entonces, una voz rasgó el silencio, rasgo el ambiente: ronca, cargada de una sensualidad atrevida que parecía abrirse paso entre el aire denso de frustración. -Lamento profundamente su pérdida... ¡Señorita París!
Las campanadas aún chocaban entre sí en lo alto de la capilla familiar, cuando la voz la alcanzó. Cuando esa voz invadió sus oídos y le causó extrañeza. -Lamento profundamente su pérdida... señorita París.
El sonido fue un roce, como un murmullo, una vibración que atravesó el aire espeso del funeral. París giró lentamente la cabeza, con el alma aún húmeda de lágrimas que inundaron su interior, sin reconocer de inmediato a quien le hablaba.
Frente a ella, un hombre de porte elegante, alto y expresión serena le ofrecía una mirada que no terminaba de encajar con la ocasión: demasiado intensa para ser simple cortesía, demasiado contenida para ser consuelo. Demasiado confortante para ser amistosa.
-¿Nos conocemos? -preguntó, intentando ocultar la descortesía en su voz.
Él sonrió apenas, un gesto leve, casi triste. -¡Es posible que no, señorita! Pero espero que por lo menos mi nombre le recuerde algo. Mi nombre es Andrew Kayser. Conocí a su padre en el ámbito empresarial. Fue un hombre admirable... y pensé que lo correcto era venir a despedirlo.
La forma en que pronunció ¡Admirable! Hizo que algo en ella se tensara. Había un respeto genuino en su tono, pero también un matiz que no supo descifrar, una sombra de algo que aún no salía.
Desde unos metros más atrás, bajo el techo de la carpa principal, el señor Anderson observaba la escena con atención disimulada. Sus manos cruzadas detrás de la espalda, la mirada fija en aquel joven que hablaba con París. Era como si lo conociera y esperaba que algo sucediera.
Andrew no parecía un invitado común. Más bien daba la impresión de estar cumpliendo un propósito que solo él comprendía. Un propósito enterrado como lo serian los recuerdos del padre de Paris.
París, aún con la cadena de su padre entre los dedos, trató de ordenar sus pensamientos. El apellido Kayser resonaba en su mente, con un eco lejano que no sabía si provenía de la memoria o del instinto.
Paris mostrando su desinterés en el joven, murmuró con escepticismo. -Mi padre hablaba de muchos socios, pero no recuerdo que lo mencionara a usted.
Andrew bajó la mirada un instante, como si aquella observación lo hubiera tocado. -No fuimos socios. Pero nuestras reuniones nos estaban llevando a un proyecto... uno que, lamentablemente, no terminó como él hubiera querido. ¡Aunque espero que el trato aun pueda respetarse!
La frase quedó suspendida entre ambos, cargada de algo que París no pudo nombrar: ¿Advertencia? O quizás: Una sentencia.
Una ráfaga de viento levantó pétalos rojos del suelo y los arremolinó alrededor del féretro, mientras el sonido grave de las campanas se apagaba poco a poco. El Señor Carl Anderson dio un paso al frente, sin intervenir todavía, solo observando. Notó cómo Andrew la miraba, no con deseo ni con compasión, sino con una especie de interés silencioso, como si viera en ella algo que ni siquiera ella conocía o ninguno de los allegados a Anderson había descubierto.
-Lamento si mi presencia le resulta inoportuna e incómoda. -añadió Andrew con voz más baja, más lejana-. No era mi intención perturbar este momento sagrado entre familia.
-No... -respondió París, algo confundida-, simplemente no esperaba encontrar rostros nuevos hoy. ¡Alguien que ni siquiera había sido nombrado! Seguramente mi padre olvido mencionar lo importante que era su nombre. -resaltó aun con la incógnita en su mente, pero con la impresión fuerte que causó la llegada de Andrew.
Andrew asintió levemente, se inclinó con respeto y se alejó despacio, como queriéndose perder entre los asistentes que empezaban a dispersarse. Pero antes de desaparecer del todo, giró el rostro hacia ella y dijo: -A veces, señorita París, los finales traen consigo comienzos que uno no busca. Comienzos que pueden cambiar la existencia hacia un nuevo mundo.
París quedó inmóvil por unos instantes, la voz no fue capaz de salir de su pecho y mirando el punto donde él había estado segundos antes. No entendía por qué su presencia la había perturbado tanto.
Tal vez fue el tono seco y serio, o la sensación de que ese encuentro no era casual. Detrás de ella se acercó el señor Anderson que seguía observando, con el ceño fruncido y una inquietud que le atravesaba el pecho.
-¿Te es conocido? -le preguntó con la voz inquietante.
Paris se apartó y mencionó con un tono desafiante. -¡Espero que no sea una jugarreta suya! Señor Anderson.
Paris se alejó y dejó caer la cadena de su padre al suelo, Anderson la recogió y la llevo a su bolsillo. Sonriendo y murmurando. -Espero que no seas tan ingenua como tu padre lo era.
El señor Anderson como si fuese el dueño y el señor de la familia Helmont, ordenó que comenzaran a desbaratar el altar de rosas y diamantes donde se encontraba el féretro de Alejandro Helmont. La madre de Paris se encerró y no se supo mas de ella en aquel último adiós del empresario.
El féretro fue conducido hacia el crematorio y ahí comenzó a desatarse el infierno en la familia Helmont, ahí comenzó a emerger las llamas del poder, la ambición y la pasión que debería afrontar Paris Helmont.
Mientras el cuerpo de Alejandro Helmont ardía entre las llamas que parecían purificar sus pecados y sus mas oscuros secretos, el señor Anderson entre dientes murmuraba con un destello en sus ojos, un destello diferente y contenido. -¡Te lo advertí Alejandro! -murmuro con los puños que contenían la furia en su sangre-. Te advertí que no podrías callar para siempre y negar lo que ahora será un hecho.
El señor Anderson se veía muy seguro de si mismo antes las palabras mencionadas, pero nadie estaba ahí para escuchar lo que parecía una confesión a medias o una confesión que podría alterar el orden del destino para Paris.
La noche finalmente cayo en un suspiro y no existían ni rastros de lo que hace unas horas había acontecido en las propiedades de los Helmont. Paris reposaba en su habitación, distante y apartada a la mansión donde habitaba su madre viuda ahora.
Lo que nunca fue una cena familiar entre ellos, ahora jamás podría llegar a suceder. Paris nunca se caracterizó por ser una hija apegada a sus padres, mantenía la distancia y el frio calculador entre ellos. Prefería la compañía de sus "amistades" a tener que compartir con sus padres.
Pero ahí en su habitación, ahora no existía quien le diera una palabra o un suspiro de aliento tras la irreparable perdida de su padre. Sus amigos se esfumaron como el humo de un cigarro recién apagado, imaginaron que la vida de Paris ahora seria muy diferente a lo que ella acostumbraba a vivir con sus amigos.
Fiestas interminables en su apartado espacio dentro de las hectáreas de la familia. ¡Incluso! Con fiestas que duraron semanas y nadie y eso incluía a su padre, le negaba que actuara de esa manera.
Ahora ella se estrellaba con la barrera mas alta y dura que en su vida nunca atravesó, esa muralla de acero y hierro forjado se encontraba delante de ella. Era posible que el dinero, las fiestas y el libertinaje podrían haber continuado, pero ella ahí en su soledad se enteró que todo aquello solo era una invisible fachada de la cual hoy nadie se acercó para respaldarla en su dolor.
Carl Anderson depositó en la mansión Helmont la urna con las cenizas de quien en vida fuera el empresario líder, admirable y fiel creyente que la riqueza debía ser compartida. El señor Alejandro Helmont.
Mas que la viuda lo recibió con una media sonrisa dibujada en su cansado y triste rostro envejecido. Una taza de té los acompañó en ese instante en el que la urna tomaría el lugar de Alejandro en la mansión.
No existieron palabras, despedidas ni consuelo de parte del señor Anderson hacia la viuda, solo un comunicado que depositó en las manos de la viuda para luego marcharse, el comunicado era explicito y concreto: "El rumbo de la empresa se decidirá el lunes"
No había mas que aclarar, no había términos o condiciones escritos. Solo la sentencia que el consejo y los inversionistas harían el anuncio oficial luego de lo decidido ese día que definiría el rumbo de la familia Helmont o lo que quedaba de la familia Helmont.
Andrew Kayser luego del primer encuentro con Paris Helmont, se dirigió en su auto deportivo que pintaba las carreteras con su místico color. Dejaba rastro en las carreteras con las llantas que marcaba el destino de las vidas de los demás.
Andrew parecía confiado, sereno y con una mirada que hacía sentir que había ganado el primer asalto de una batalla que se había organizado en un tablero donde el rey había muerto.
El teléfono vibró justo cuando el motor rugía al límite. Andrew no tenía rumbo, solo velocidad. El paisaje pasaba como una sucesión de sombras, como la continuidad de un escenario escrito, sin principio ni final.
Andrew apretó los dientes, respiró hondo y aceptó la llamada a través del intercomunicador de la bestia deportiva que conducía con precisión. -¿Sí? -dijo, con una media sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
De pronto el silencio breve al otro lado, y sin titubeos, respondió con esa voz que no dio lugar a una réplica: -Me encuentro en camino. Todo ha salido exactamente como lo planeamos.
El tono era tan controlado que resultaba más amenazante que cualquier grito. Después, una carcajada se escapó de sus labios, seca, cortante, como el sonido de algo que se quiebra. Como algo que estalla sin aviso alguno.
La bestia del color místico avanzó con un rugido ensordecedor, devorando el asfalto. El aire a su paso se partió en dos, y por un instante, Andrew pareció más una fuerza endemoniada desatada que un hombre de negocios.
Era el presagio de una tormenta. Era el presagio de un huracán que contenía su furia y a punto de arrasar con todo lo que se interpusiera en su camino.
La noche estaba dispersa por la inmensa ciudad de New York con un peso ambiente extraño, todo se percibía como si los secretos comenzaban a salir de la oscuridad. El auto de Andrew se detuvo frente a la residencia escondida entre edificios de manera discreta, de fachada oscura, sin rótulos ni luces visibles. Solo una ventana en el segundo piso dejaba escapar una línea delgada de humo y penumbra.
Andrew apagó el motor y permaneció unos segundos en silencio, sabiendo que esa charla que le aguardaba no sería ligera. Luego salió, desabrochándose el abrigo con la calma de quien sabe que nada ocurre por casualidad. Llego y la puerta se abrió ante su presencia para posteriormente dirigirse hacia las escaleras, y antes de tocar la puerta en el segundo piso, esta se abrió.
El señor Carl Anderson lo esperaba, con un vaso de whisky en la mano y esa sonrisa tensada que no alcanzaba a los ojos. -Llegas justo a tiempo -apartándose para dejarlo pasar.
El lugar olía a madera encerada, antigua, a roble viejo y poder. Papeles apilados sobre el escritorio, un cenicero repleto, lámparas encendidas en puntos estratégicos de la oficina, como si la luz fuera un interrogatorio permanente.
Andrew se acercó sin prisa. Dejando caer su abrigo sobre el sofá. -Todo se desarrolló como esperábamos -murmuró Andrew, sirviéndose un trago hasta rebasar el vaso-. París Helmont por fin me ha visto. No confía y era de esperarse, pero ya está inquieta... y eso es suficiente para mí. ¡Es suficiente para lo que tenemos en mente!
Anderson estaba de acuerdo y asintió lentamente, observando cómo el líquido ámbar giraba dentro del vaso que sostenía con cautela y midiendo las palabras de Andrew, frías y que aun escondían sus verdaderas intenciones. -Inquieta es buena palabra. No hay peor enemigo que una mujer que empieza a sospechar el papel que le han escrito -respondió con una ironía seca-. Pero nunca entenderá quién mueve las piezas en este tablero que su padre elaboró y se empeñó en esconderlo de su familia.
Andrew lo miró de reojo con el ceño fruncido. -Espero que para cuando lo comprenda... sea demasiado tarde.
el silencio denso los envolvió. Afuera, el sonido de los autos lejanos a la residencia comenzaba a golpear los cristales como si la noche aplaudiera en secreto su alianza. Anderson se inclinó hacia él, con su voz aún más grave. -Recuerda, Kayser... el lunes es el punto de quiebre. ¿Si todo sale como está planeado? La empresa Helmont pasará a nuestras manos. ¿Y si París se interpone...?
-No lo hará -interrumpió Andrew, con una seguridad que rozaba la arrogancia-. No debemos permitirlo.
Anderson lo observó un segundo más, intentando leerle el alma. Pero Andrew Kayser no tenía alma visible. Solo una ambición perfectamente disfrazada de serenidad.
Mientras tanto, en la mansión Helmont, París intentaba sacarse de la mente el retrato de Andrew. -¿Quién es? -se preguntó con la duda tirada al vacío-. ¿Por qué de pronto apareció repentinamente y su presencia era tan fuerte?
El fuego de la chimenea en la mansión iluminaba los retratos familiares, distorsionando los rostros de su padre y su madre en sombras vacilantes, con el ahora retrato fúnebre de su padre y la urna que les recordaba que Alejandro no volvería para resolver la vida de los que dependían de su caridad y de su ambición por los negocios. Su madre, con las manos temblorosas, llegó con premura a la habitación del departamento distante a la mansión.
-Hija... -grito con el pecho acongojado y la sensación que perdería algo más que solo a su esposo.
Paris salió con prontitud de su habitación. Observando a su madre con las manos temblorosas y un documento en la mano. -¿Qué es lo que te turba, madre? -preguntó aun queriéndose negar a creer que podrían ser malas noticias.
Ella extendió la mano y murmuro con una mirada atormentada. -Esto lo trajo el señor Anderson hace unas horas. -dijo con voz quebrada-. El lunes decidirán el rumbo de la empresa. Indicando que el futuro depende solo de ellos.
París tomó el papel sin decir nada. Lo leyó una vez, luego otra, cada palabra clavándose como un golpe en el pecho. "El rumbo de la empresa se decidirá el lunes." Tan simple, tan fría, tan impersonal. Hasta parecía muy personal. No existía una prórroga o lugar que diera a la opinión.
Cerró los puños con fuerza. Las uñas le rasgaron la piel, pero no soltó el papel. Sus ojos, enrojecidos por el fuego, parecían reflejar una llama que no provenía solo de la chimenea distante a ella. -¿Decidirán el rumbo...? -susurró, casi sonriendo con amargura-. No. ¡Nadie decidirá nada que me pertenezca!
Su madre intentó tocarle el brazo, pero París ya había dado un paso hacia el frente. Con movimientos lentos, casi ceremoniales, dejó caer el papel sobre el cesto de basura luego de rasgarlo. -¡Esto es lo que haré con sus decisiones! -dijo, sin apartar la vista del cesto de basura-. Los echaré a la basura como la porquería que son.
París Helmont ya no era la hija desconsolada. Era la heredera de un imperio roto, la promesa de una nueva llama.
Paris se juraba con honor y orgullo ante la mirada temerosa de su madre que no permitiría que les arrebataran lo que a su padre le costó sacrificios edificar por décadas, mientras en el despacho del otro lado de la ciudad, Andrew levantó su vaso en silencio. -Por los comienzos que nadie pidió -dibujándose una sonrisa apenas visible.
Anderson chocó su vaso con el suyo, y la noche selló el pacto con un crujido de trueno a lo lejos.
Andrew bebió hasta la última gota de whisky, murmurando con la mirada oscura y penetrante como espada de dos filos. -Espero que el concejo no se deje comprar por la compasión y la desdicha de la señorita Paris.
-Está arreglado. -puntualizó el señor Anderson con extrema seguridad-. Los que aun abogan por la familia Helmont, no podrán negar el apoyo. ¿Y de hacerlo? Sus puestos correrán la misma suerte que la hija bastarda de Alejandro.
Andrew frunció el ceño y sin pensarlo pregunto al respecto. -¿Por qué le llamas bastarda? -se levantó lentamente como midiendo el paso del tiempo- ¿Hay algo que deba saber?
Carl Anderson sintiendo acorralado volteo la mirada brevemente y tras un sorbo profundo del whisky reposado en ese vaso que reflejaba ambición y deseo de poder, respondió con aparente calma. -Para nosotros... ¡Siempre ha sido una hija bastarda! -realizó una pausa repentina y secándose los labios murmuro-. Sabes perfectamente porque lo dicto de esa manera.
La noche estaba dibujando un tablero aun mayor, un tablero que ni el mismo Alejandro o Carl Anderson estaban dispuesto a jugar, aunque Alejandro ya no se encontrara presente, su legado permanencia en pie. ¡Solo que algunos no estaban dispuestos a perder y asumir las consecuencias de sus actos!
-¡Creo saberlo! Creo saber por qué lo mencionas de esa manera tan despreciable. -aseveró Andrew depositando el vaso sobre el escritorio-. Solo que evita pronunciarlo en mi presencia, aunque nuestros objetivos son los mismos. ¡Ella no deja de ser una señorita creada en cuna de oro!
El señor Anderson esbozo una sonrisa de burla. -¡Por favor! No me vengas con vagas estupideces. -respondió con el arquetipo de burla más descarada-. No se puede defender lo indefendible.
Andrew hizo estallar el vaso sobre la alfombra, su furia partió el ambiente en cuatro. Sus miradas se encendieron y con una frase que dejo helado al señor Anderson. -Guarda tus lecciones de moral junto a ese perfume agrio y viejo, porque solo se percibe la ambición y tu hambre de poder de algo que no fuiste capaz de construir con tus manos.
Carla Anderson enfureció, pero la mirada vacía, calculadora y amenazante de Andrew no lo dejo responder en ese instante de alta tensión entre ambos. ¡Era como si observara el reflejo de alguien más en ella!
El silencio posterior fue sepulcral entre ambos, las criptas se removieron ante el confrontamiento de seres que estaban dispuestos a mover piezas y destruir a su paso a cualquiera que les impidiera llegar a su objetivo.
-Más temprano que tarde... los lobos como tu terminan ahogándose en su propia rabia.
Andrew enderezó su postura con calma, con extrema quietud como quien se recupera tras una batalla invisible. Tomó el abrigo, aún manchado por las salpicaduras de whisky, y lo sacudió con un gesto seco. La oficina olía a secretos encerrados por demasiado tiempo.
Antes de marcharse del todo, se detuvo junto a la puerta. Su voz, apenas un susurro, quebrantó el aire y la conciencia de Carl Anderson la hizo remover como removiendo escombros tras el derrumbe.
-Recuerda... yo también aprendí a vivir entre las sombras, con el peso del abandono y el dolor de no tener un hogar. ¡Un lugar al que podía llamar hogar!
Guardó silencio. Tres respiraciones profundas se interpusieron entre ellos, como si contara los años perdidos. Para luego alzar la vista hacia el retrato que dominaba la pared.
En su mirada se mezclaban furia, ironía y una tristeza antigua. -Fui tratado como un bastardo -murmuró, con una calma que dolía más que el grito-. Fui llamado escoria y nadie estuvo ahí para impedirlo.
Giró lentamente hacia Anderson, dejando caer la última palabra como un golpe seco, un golpe que noqueo el mismo acero retorcido entre las llamas. -Pero claro... eso ya lo sabías, ¿verdad? -realizó una breve pausa para dar paso a la última palabra que rompió la estratosfera- ¡Padre!