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La Chica sin Valor

La Chica sin Valor

Autor: : Wu Er
Género: Romance
Fui vendida a los diez años. Mi destino: cuidar a Mateo de la Vega, el heredero enfermizo de una rica hacienda. Durante una década, soporté sus burlas y su desprecio, viviendo a su sombra, convencida de que era solo "la chica" o "la parásita" sin valor. Pero el verdadero horror no llegó hasta mi vigésimo cumpleaños. Descubrí que Mateo, en un acto cruel de humillación hacia un humilde luthier, me había apostado y perdido en una partida de cartas. Mi precio: dos míseros pesos. De la noche a la mañana, mi existencia se redujo a una simple mercancía, un objeto intercambiable y desechable. La verdad me golpeó: él nunca me vio como un ser humano, sino como una posesión más, ahora vendida por una suma irrisoria. ¿Dos pesos? ¿Eso era todo lo que valía la que dedicó su juventud y su alma a cuidarlo? Un vacío inmenso me invadió, pero no hubo lágrimas, solo una calma inquietante y una certeza amarga. Con mi pequeño saco al hombro y un velo bordado por mi madre, enfrenté la puerta de la hacienda. Atrás dejé la servidumbre, el desprecio y la certeza de mi nulo valor. No sabía lo que me esperaba con mi "nuevo dueño", pero esta vez, iría a buscarlo yo misma, decidida a que mi vida no sería definida por su descarte.

Introducción

Fui vendida a los diez años. Mi destino: cuidar a Mateo de la Vega, el heredero enfermizo de una rica hacienda. Durante una década, soporté sus burlas y su desprecio, viviendo a su sombra, convencida de que era solo "la chica" o "la parásita" sin valor.

Pero el verdadero horror no llegó hasta mi vigésimo cumpleaños. Descubrí que Mateo, en un acto cruel de humillación hacia un humilde luthier, me había apostado y perdido en una partida de cartas. Mi precio: dos míseros pesos.

De la noche a la mañana, mi existencia se redujo a una simple mercancía, un objeto intercambiable y desechable. La verdad me golpeó: él nunca me vio como un ser humano, sino como una posesión más, ahora vendida por una suma irrisoria.

¿Dos pesos? ¿Eso era todo lo que valía la que dedicó su juventud y su alma a cuidarlo? Un vacío inmenso me invadió, pero no hubo lágrimas, solo una calma inquietante y una certeza amarga.

Con mi pequeño saco al hombro y un velo bordado por mi madre, enfrenté la puerta de la hacienda. Atrás dejé la servidumbre, el desprecio y la certeza de mi nulo valor. No sabía lo que me esperaba con mi "nuevo dueño", pero esta vez, iría a buscarlo yo misma, decidida a que mi vida no sería definida por su descarte.

Capítulo 1

La primera vez que Mateo de la Vega me vio, yo tenía hambre.

Llevaba dos días sin probar bocado, un viaje largo desde mi pueblo pesquero hasta la inmensa hacienda cafetalera.

Mi padre me había vendido.

O, como él prefirió llamarlo, me había entregado a un "buen destino".

Una curandera dijo que yo tenía un "aura sanadora". Que mi presencia bastaba para proteger al único heredero de los De la Vega, un niño enfermizo que se ahogaba con su propio aliento.

Mateo, de mi misma edad, me miró de arriba abajo. Yo era flaca, con la piel tostada por el sol y los pies descalzos. Él era pálido, envuelto en sábanas de lino, con una mirada de viejo en un cuerpo de niño.

"Tiene hambre", dijo la cocinera, ofreciéndome un pan.

Lo devoré.

Mateo hizo una mueca de asco.

"Es una parásita", le dijo a su madre. "Solo ha venido a comerse nuestra comida".

Esa fue su primera palabra para mí.

Durante diez años, viví para cuidarlo. Le preparaba tés de hierbas, le ponía paños fríos en la frente, le leía cuentos europeos que él adoraba y yo apenas entendía. Su salud mejoró. Mi juventud se fue gastando a su lado.

Un día, cumplidos ya los veinte, me sentí orgullosa. Había pasado la mañana entera preparando empanadas, tal como me enseñó mi madre. La masa era perfecta, el relleno jugoso. Se las llevé a su estudio, en una bandeja de plata que había pulido hasta sacarle brillo.

"Te traje algo", le dije, con una sonrisa que no me salía a menudo.

Él ni siquiera apartó la vista de su libro.

"¿Qué es esa porquería?", preguntó, arrugando la nariz.

"Empanadas. Son de mi pueblo".

Se levantó, tomó la bandeja y caminó hacia la ventana. Sin una palabra, la volcó. Las empanadas cayeron al patio, sobre el lodo.

"Esa comida de pobres no la tocan ni los perros de esta casa", dijo. "Ahora limpia ese desastre. Y no vuelvas a entrar a mi estudio sin permiso".

Miré las empanadas rotas en el suelo. Entendí que, para él, yo era igual que esa comida. Algo que se podía tirar sin pensarlo dos veces.

Capítulo 2

La noticia me llegó por boca de Rosa, una de las sirvientas más viejas de la casa.

Llegó a mi pequeño cuarto junto a la cocina, con los ojos llenos de una mezcla de lástima e indignación.

"Elena, tienes que saberlo".

Su voz era un susurro asustado.

"El joven Mateo... te ha perdido".

No entendí. "¿Perdido? ¿Cómo que me ha perdido?".

Rosa se retorcía las manos en el delantal.

"Estaba jugando a las cartas con sus amigos. Llegó ese artesano, el que hace las guitarras... Javier. El joven Mateo siempre lo ha despreciado. Quería humillarlo".

Se detuvo, tragando saliva.

"Lo retó a una partida. Y como el artesano no tenía dinero, el joven Mateo se rio y dijo... dijo que apostaría algo que no le costó nada".

Sentí un frío que no era del suelo de piedra.

"Te apostó a ti, niña. Y perdió. Te vendió por dos pesos".

Me quedé quieta. No hubo lágrimas. No hubo gritos. Era como si una parte de mí ya lo esperara. Después de lo de las empanadas, después de diez años de desprecios, esto era solo el final lógico.

"¿Dos pesos?", pregunté. Mi voz sonó extrañamente calmada.

Rosa asintió, horrorizada. "Dijo que era más de lo que valías".

Me levanté de la cama. Abrí el pequeño baúl de madera que guardaba al pie. Dentro había pocas cosas. Un velo blanco, bordado por mi madre antes de que yo viniera aquí. Una manta de lana gruesa, que yo misma había tejido en las largas noches de vigilia junto a la cama de Mateo. Y una pequeña cruz de madera, el único recuerdo de mi padre.

Metí las tres cosas en un saco de tela.

"¿Qué haces, Elena?", preguntó Rosa, con la voz rota. "¿A dónde vas a ir?".

"Me vendieron una vez", dije, mientras me ataba el saco al hombro. "No necesito que me lo digan dos veces. Voy a buscar a mi nuevo dueño".

No había duda en mi voz. No había miedo. Solo un vacío inmenso y una certeza absoluta. Mi vida en la hacienda De la Vega había terminado.

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