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La Condena de tu Amor

La Condena de tu Amor

Autor: : Yuni. SDC
Género: Romance
Cuando mi madre me dijo que tenía un novio/futuro marido y que nos mudábamos a su casa. Dije: "menuda diversión de mierda". Verás, mi padre falleció hace algunos años ya, pero para mí, él sigue vivo dentro de mi corazón, él es mi héroe y siempre lo será. No quiero un nuevo comienzo, no quiero conocer nuevas personas, no quiero que mamá lo supere. Pero el destino es jodido y me obligó a conocerlo a él, mi nuevo hermanastro. Mi idiota, engreído, enfermo, hermoso hermanastro. Cuando David, alias 'mi padre', me dijo: "hijo, estoy casándome otra vez. Vienen a vivir a la casa dos mujeres" Dije: "por sobre mi cadáver". Mamá, alias 'mi reina', murió hace poco y su sangre gotea de mis manos, malditamente no permitiré que extrañas cazafortunas roben la herencia millonaria que nos dejó a mi padre y a mí. Todos quieren el puto dinero, pero no lo permitiré. ¿Nueva hermanastra? ¿Nueva "mami"? Corran ahora que pueden, porque les juro que se arrepentirán de haberme conocido.

Capítulo 1 "Yo soy Carol."

Carol

Querido Diario:

Este diario me lo ha regalado mi madre, tal vez para que pueda desahogarme en sus páginas, descargar los sentimientos encontrados y la frustración.

Tal vez porque sabía que la noticia que me lanzó a la cara como si yo fuera de plástico y no corriera el riesgo de romperme, lo que sí que hizo, me afectaría demasiado y necesitaría un escape para respirar.

Tal vez porque se sentía un poco culpable, porque me vio llorar como hacía mucho no lloraba y le trajo recuerdos.

Tal vez porque... malditamente no lo sé, pero lo utilizaré de todas formas. Así que... ¿Por dónde empiezo?

Bueno, contaré un poco sobre mí, como una introducción. Si algún día mis nietos leen esto tendrán que entender mi historia, ¿verdad?

Hola, me llamo Carolina Reeves, pero todos me dicen Carol y tengo diecisiete años. Voy a comenzar mi último año de High School con muchas ganas de llegar a la universidad y poder graduarme en Derecho.

1. Sueño con algún día poder ser una gran abogada de renombre y hacer verdadera justicia en cada caso que tenga que resolver. Sí, sé que no es el sueño común de todos los adolescentes, pero mi elección tiene un gran justificante y motivo.

2. Mi color favorito es el azul, me parece que es un color genial, inspira frialdad y calma. Me recuerda a papá.

3. Me encanta el helado de fresa con chispas de chocolate. Amo los dulces, como, realmente mucho.

4. Los días fríos y lluviosos son mis favoritos, aunque no me gusta mucho el invierno, prefiero el otoño.

5. También amo los animales, aunque en estos momentos no puedo tener mascota, «nota al margen: nos estamos mudando, pero no te adelantes, esa es la cereza del pastel y apenas vamos por la base.»

Cuando tenía nueve años tuve un perrito llamado Señor Cariño, era un labrador, nos lo encontramos en la calle cuando volvíamos de un día de paseo mi padre y yo. Era un cachorro, abandonado y sucio. Desde el momento en que lo vi me enamoré de él, se veía tan tierno y hermoso a pesar de la suciedad que lo cubría y la desnutrición que marcaba sus huesos en la piel.

Mi padre, tan sabio, se dio cuenta de que no era un capricho de niña pequeña, así que dijo: "este cachorro será tu responsabilidad Carol, debes cuidarlo, alimentarlo y amarlo. ¿Estás dispuesta a hacerlo?".

Ni siquiera tuve que pensarlo, al momento dije un gran SÍ, mientras abrazaba a mi padre por ser tan genial.

Señor Cariño al momento de verme se arrojó a mi regazo rogando un poco de amor. Lo envolví en mis brazos y lamió mi cara como si fuera un helado que se derrite. Supe entonces cuál sería su nombre, y que él se convertiría en uno de mis mejores amigos. Ya cuando mi madre lo vio casi le da un ataque, pero esa es otra historia.

6. Amo las cosas rotas, imperfectas, dañadas y feas. Como el otoño, donde las hojas mueren y pierden su verde vital, pero el paisaje naranja y marrón que deja a su paso es digno de fotografías para Pinterest. Además, simboliza etapa de nuevo renacimiento. Después de la mudada comenzarán a nacer nuevas hojas, nuevos colores, nueva vida. Como cuando un jarrón cae al suelo, echo pedazos, y pensamos que ya no tiene arreglo, entonces es donde aún puedes hacer una hermosa obra de arte con el cristal astillado.

7. Me encanta estar en penumbras, pero la total oscuridad me asusta un poco.

8. Leer es uno de mis pasatiempos favoritos, junto a la gimnasia artística que ha sido mi deporte desde que puedo moverme al ritmo de la música. Por eso fui capitana de animadoras por tantos años.

9. ¡Música! Mi energía, mi motor impulsor. Amo bailar, y la música rock, rock-pop, k-pop, simplemente me fascina.

10. Mi pasión secreta, la pintura. Dibujar calma mis nervios y ansiedades, como un analgésico, o pelotita anti-estrés.

En fin, ¿qué más puedo contar?

En estos momentos estoy sentada junto a mi muy emocionada madre, en un taxi que tomamos en el aeropuerto rumbo a nuestro nuevo lugar. La casa, o debería decir mansión, del novio de mi madre, «y al parecer futuro esposo, porque si no, no nos estaríamos mudando con él. Porque entonces ella no llevaría un enorme anillo en su dedo, justo donde estaba el sencillo anillo de papá», David Cox, gran neurocirujano del mejor hospital de Chicago.

Sí, sé que te estarás preguntando: ¿cómo mi madre pudo conocer a semejante "celebridad" del mundo de la medicina? Pues te contaré el motivo de mi afición por la justicia y el causante de que mamá rehiciera su vida.

Verás, hace siete años, cuando era una niña de diez años, una muy feliz e inocente. Tenía todo lo que un niño puede desear, desde un montón de juguetes, a mi fiel compañero Señor Cariño, una casa hermosa y sencilla, hasta unos padres amorosos y atentos que me daban todo el amor que pudiera imaginar. Tenía muchos amigos con los cuales vivía las más locas travesuras, "exploradores sin fronteras", así no llamábamos. Y sacaba las mejores calificaciones en la escuela.

Mi madre era enfermera pediátrica en el hospital de Boston y mi padre policía, era el mejor en su trabajo. Atrapaba a los malos, mantenía el orden y la disciplina en las calles, era muy respetado y admirado: oficial Andrew Reeves. Mi héroe, mi Superman con una placa en la cintura, mi ejemplo a seguir.

En mi casa se respiraba armonía y pura felicidad. Los domingos siempre nos sentábamos los tres en el gran, viejo y desecho sofá rojo de la sala de estar, a ver una película que casi siempre me dejaban escoger a mí. Recuerdo que ponía la de superhéroes porque me recordaba a papá. Cuando aparecían los malos en escena me escondía debajo de su brazo para que me protegiera, y él siempre me decía con una gran sonrisa: "tranquila cariño, los malos no existen y si aparecieran, aquí está papá para protegerte". Al momento sentía paz y seguridad.

Los viernes si papá o mamá no estaban trabajando íbamos al cine o a algún restaurante y luego paseábamos por la ciudad. Nuestro lugar favorito era un parque inmenso lleno de césped muy bien cortado por donde corría descalza fingiendo que papá me perseguía para arrestarme y mamá era mi cómplice. Una enorme fuente de agua llenaba el centro donde siempre mi padre y yo arrojábamos una moneda y pedíamos un deseo. Mi deseo siempre era el mismo, que esta felicidad nunca cambiara y que todos los días pudieran ser así de bellos, eternos.

Pero lamentablemente la felicidad no dura para siempre, los malos sí que existen, y mi padre no iba a estar siempre para protegerme.

Fue el 10 de junio de 2008, dos semanas antes de mi cumpleaños, cuando ocurrió la tragedia. Según nos contó el compañero de patrulla y mejor amigo de papá, el tío Ben, habían atracado el banco que está en la calle donde justo iba pasando su auto patrulla ese día.

Al escuchar los gritos y disparos rápidamente detuvieron el auto, bajándose para ver que ocurría. Las paredes del banco eran de cristal por lo que podían observar todo lo que ocurría dentro. Así fue como se dieron cuenta de que eran cuatro atracadores con pasamontañas en las cabezas y dos pistolas, una en cada mano.

Cuando mi padre se acercó al cristal en lo que su compañero pedía refuerzos, pudo ver que uno de los atracadores se le quedaba mirando fijo. El tipo levantó el pasamontañas de su cara y mi padre pudo ver quien era.

El cabecilla de toda aquella redada era un psicópata violador de mujeres y asesino que mi padre había perseguido por años y al fin capturado. En el momento donde lo apresó el tipo le juró delante de todas las personas que formaban parte del operativo que lo iba a buscar y lo iba a matar. Luego de tres años logró escapar de prisión y desafortunadamente encontró a mi padre.

Al momento en que las miradas de ambos se encontraron, de su fea cara emergió una sonrisa escalofriante que alertó a mi padre de algo muy grave a punto de ocurrir.

Como en efecto, el tipo comenzó a disparar las pistolas a todas las personas que se encontraban reunidas en un rincón. Sin miramientos le disparó a mujeres, ancianos, niños pequeños; todos los inocentes que se encontraban refugiados allí.

Al sentir los disparos, el compañero de mi padre, corrió hacia él para alejarlo de la pared de cristal y fue en ese momento que vieron como una niña de siete años embadurnada de sangre pararse delante del cristal y comenzar a golpearlo y gritar pidiendo ayuda. Su carita roja por el esfuerzo de los gritos y sus ojitos azules llenos de lágrimas. Uno de los atracadores tomó a la niña por el cabello, la arrojó al suelo como si fuera un objeto y comenzó a golpearla sin compasión, mientras reía, mientras se divertían en medio de tal masacre.

Entonces mi padre lo perdió. Aprovechó que su compañero estaba paralizado por la escena ocurriendo delante de sus ojos y corrió hacia el banco con la idea de adentrarse en él, no esperó los refuerzos, ni escuchó los gritos de su amigo que lo llamaba, estaba cegado por la rabia y la culpabilidad. Sin pensarlo dos veces entró por las puertas del maldito banco y detrás de estas se encontraba uno de los atracadores esperando por él.

Al momento de entrar lo golpeó fuertemente en la cabeza dejándolo aturdido, aprovechó para atarle las manos a la espalda y no se pudiese defender. Lo movió hasta arrojarlo con fuerza al suelo delante de todas las víctimas tanto vivas como muertas, y entre los cuatro comenzaron a golpearlo, fuerte, sin parar, hasta que su rostro estaba lleno de sangre y tan hinchado que apenas se podían reconocer sus facciones.

Ben, al ver semejante escena corrió a las puertas, trató de abrirlas, pero estaban bloqueadas desde dentro y aunque intentó disparar al cristal, todos eran antibalas, cosa que no sabían. Entonces tuvo que mirar, impotente, como molían a golpes a su mejor amigo sin poder hacer nada, absolutamente nada. Quince minutos después llegaron los refuerzos, pero ya era demasiado tarde, casi todas las personas que estaban dentro del banco habían muerto.

Cuando los jodidos atracadores vieron la cantidad de policías y fuerzas especiales que llegaron al lugar, se dieron cuenta de que su tiempo había acabado, así que el psicópata cabecilla apuntó la pistola a la cabeza de papá y con esa maldita sonrisa escalofriante y delirante en su rostro, disparó hasta estar seguro de que estaba muerto.

Luego, los cuatro tipos apuntaron las armas a sus propias cabezas y se suicidaron delante de todos los policías, como una burla hacia ellos, al no poder atraparlos vivos y hacer justicia encerrándolos entre rejas. Pero no solo se suicidaron, sino que también llevaron con ellos la vida de muchísimas personas inocentes.

Ese acontecimiento fue visto y reconocido en el mundo entero, muchos funerales y entierros fueron realizados. Madres, hijos, abuelos, hermanos, sobrinos, lloraron las muertes de sus seres queridos.

A partir de ese día ni mi madre ni yo volvimos a ser las mismas. Mi héroe, mi Superman con una placa en la cintura, ya no estaba.

Mamá se sumergió en la tristeza, dolor y depresión. Todas las noches la veía con una botella de vino en la mano, sentada en el sofá rojo con la mirada perdida en el televisor frente a ella, reproduciendo cualquier programa basura, pero ya no éramos tres para ver una película.

Yo me concentré en la escuela y sacar las mejores calificaciones para que donde sea que mi padre estuviera se sintiera orgulloso de mí. Pero en las noches, al darme cuenta de que nunca más iba a abrir mi puerta para darme un beso antes de dormir, no podía evitar preguntarme, ahogada en sollozos que mi madre no podía escuchar:

¿Quién me recibiría con un abrazo en la salida de la escuela?

¿Quién arrojaría conmigo la moneda a la fuente?

¿Quién nos protegería a mamá y a mí?

Pues sí, los malos habían ganado.

Capítulo 2 "Nueva casa, nuevo hermanastro."

Carol

Sábado, 29 de agosto de 2015.

-¿Carol? Cariño estoy hablando contigo. -Escuché como la voz de mi madre me hablaba a la distancia.

Unas manos delicadas me tomaron la cara por ambos lados volteándola y quitándome las vistas del hermoso paisaje de edificios antiguos y calles atestadas de personas en movimiento que estaba contemplando. Los ojos azules de mi madre, los cuales había heredado, me miraron con preocupación.

-¿Ocurre algo? -preguntó.

-No, tranquila, todo bien. -Forcé una sonrisa falsa en mi cara, para que se tranquilizara.

La conocía, sabía que comenzaría una vez más con el mismo discurso de que debíamos seguir adelante, que papá estaba protegiéndonos desde el lugar donde se encontrara, que él no hubiera querido que nuestras vidas se estancaran, que anhelaba mi felicidad. Luego comenzaría con las dudas y las preguntas, mordiéndose las uñas histéricamente.

¿Crees que estoy haciendo bien? ¿David es un buen hombre para irnos a vivir con él? ¿Estás bien con esto?

«Un poco tarde para preguntar, ¿no crees, madre? Porque, ya sabes, aceptaste su anillo y luego decidiste comunicarme la decisión que habías tomado sobre nuestras vidas.»

¡BOOM! En tu cara, hija.

En fin, que la vida continúa y de él solo nos quedan los recuerdos, y aunque me cueste aceptarlo, muy en el fondo de mi mente, en ese baúl lleno de polvo del que nadie se acuerda, sabía que tenía razón.

-Cariño, quiero que este sea nuestro nuevo comienzo, ¿vale? Ahora vamos a tener una nueva familia, podrás hacer amigos nuevos, e incluso tendrás un hermano. ¿No te parece bien? -Una sonrisa expectante y nerviosa en su cara esperaba por mi respuesta.

Esa era la otra parte del asunto, dejaba toda mi vida atrás.

Mis amigos de siempre, aunque ya no eran tantos como antes. Solo quedaban Rachel y Marcos, los cuales, por cierto, estaban juntos y hacían una pareja hermosa.

Brian y Susana tuvieron que mudarse hace dos años porque a su madre le había salido un trabajo en Inglaterra. Ella era jueza y cuando no se encontraba en casa pasaba las tardes husmeando en los antiguos casos que había resuelto a lo largo de su carrera.

Y José, que era un año mayor que nosotros, ya se había ido a la universidad a estudiar Ingeniería. Aunque nos prometimos siempre estar en contacto, el grupo "exploradores sin fronteras" se había desintegrado, esparcidos por el mundo, como un diente de león.

Pero no era solo a mis amigos a los que dejaba atrás, también era al tío Ben. Él era el mejor amigo de papá y su excompañero de patrulla, al cual quería como un tío de verdad, aunque no fuéramos parientes de sangre. Muchas veces iba a su casa y nos sentábamos juntos en el porche a mirar el atardecer y narrar historias de papá. Hablando de él como si aún estuviera entre nosotros, como si nos pudiera escuchar.

También dejaba el cementerio donde estaba su tumba, la cual iba casi todos los días a visitar, llevaba flores frescas y me sentaba a hablar con él. Aunque para las demás personas pareciera una loca hablándole a una lápida, yo sentía como si él me estuviera escuchando. Como cuando era una niña pequeña y me acariciaba el cabello mientras leía un cuento antes de dormir, y de cierta forma me sentía reconfortada, segura.

-Si mamá, no te preocupes, estoy feliz por ti -dije, aunque no era del todo cierto. No quería que mamá olvidara a papá por otro hombre, aunque ya sean siete años de su muerte, así era de egoísta.

El paisaje se fue transformando y ahora enormes casas nos rodeaban, perfectamente decoradas, con jardines irreales, y tan vacías que fácilmente este podría ser un pueblo fantasma de cadáveres millonarios. Casas hermosas, que se notaba le pertenecían a gente rica.

Sí, estábamos en una zona residencial de Chicago, apartada del hervidero de hormigas trabajadoras, y ahora aquí es donde iba a vivir.

El taxi se detuvo delante de una de las enormes casas. Tenía las paredes pintadas de blanco y marrón oscuro, y ventanas enormes de cristal que llegaban del piso al techo, por donde se podía vislumbrar trozos del interior innecesariamente, excesivamente iluminado. Una fuente que arrojaba agua en forma de cascada decoraba la entrada, rodeada de césped artificial.

Parado delante de las puertas abiertas de la casa se encontraba David, llevaba una camisa polo blanca, unas bermudas azul cielo y para mi sorpresa, zapatillas deportivas blancas.

«La verdad, pensé que sería el típico doctor estirado, serio hasta la muerte, de traje y ojos clínicos. Sorpresa agradable aquí, por una vez.»

Con una gran sonrisa que mostraba todos sus dientes y los brazos abiertos, fue bajando los pequeños escalones deteniéndose, esperando a mi madre.

Mamá caminó hasta llegar a él, en lo que yo y el taxista bajábamos las maletas del taxi, «gracias por la ayuda mamá», y se envolvieron en un abrazo muy acogedor. Esa escena me hizo sentir un poco incómoda y un poco molesta, así que aparté la mirada.

-Gracias por todo. -Pagué al taxista y le di una propina más que adecuada. Al fin de cuentas el hombre había aguantado toda la conversación unilateral de mi madre.

-Hola Carol. ¿Cómo estás? -Al voltear, David se encontraba delante de mí con los brazos abiertos, al parecer para un abrazo.

«Si, no estaba pasando.»

-Hola David. Todo bien, gracias. -Arrastrando mis maletas pasé por su lado, llegué a las puertas para pasar dentro y... wow ¡Menuda casa tenía! Se notaba el lujo y la elegancia hasta en las alfombras.

La sala de estar era más grande que mi antigua habitación y la de mi madre juntas. Las paredes blancas estaban decoradas con obras de arte de artistas famosos, los muebles eran de terciopelo dorado, ubicados delante de un gran televisor de pantalla plana que fácilmente podría pasar por una pantalla de cine. Casi todo el piso, que era de mármol blanco, estaba cubierto por alfombras aterciopeladas color champán.

Una gran escalera de madera que daba a un segundo piso estaba ubicada en un lateral de la sala. Más allá se podían distinguir unas pequeñas puertas que se encontraban a la mitad de la pared, no tocaban ni el piso ni el techo, de madera también.

«Al parecer en esta casa todo era de color blanco, dorado, marrón y de madera. Seguro que detrás de las pequeñas puertas se encontraba la cocina.»

Por supuesto podía permitirse el lujo de que cada pequeñísimo adorno estuviera a juego con la cara de la Mona Lisa y la seda egipcia de las cortinas.

-Carol, tu habitación está en la segunda planta, junto con la de Alex. Déjame ayudarte a subir las maletas, por favor -ofreció David mientras quitaba las maletas de mis manos y subía las escaleras. Ahora me doy cuenta de que me había quedado enraizada en el umbral de la puerta, con la mandíbula floja y las piernas temblorosas.

-¿Te gusta la casa cariño? ¿No te parece muy bonita? -preguntó mi madre, mientras lo observaba todo con los ojos llenos de ilusión.

-Si mamá, es muy grande y elegante. Vaya, David sí que tiene dinero, ¿no? -En su cara se reflejó la pena mientras me tocaba el hombro.

-Carol, sé que es un cambio un poco brusco, y no se parece en nada a nuestro apartamento anterior, pero verás que con el tiempo te irás acostumbrando y luego esta será tu casa también. Además, David me dijo que si queríamos podíamos remodelar un poco, si hay algo que no te guste lo podemos cambiar... -Sin dejar que terminara de hablar le dije:

-Mamá, tranquila, me gusta tal y como está. No te preocupes, ya me adaptaré. -La interrumpí porque sabía que comenzaría a darme mil motivos para que aceptara la casa y me sintiera cómoda.

Pues la verdad es que en nada se parecía al pequeño apartamento donde vivíamos. Tuvimos que mudarnos de mi casa de la infancia, la casa de la abuela, porque con el salario de mamá no alcanzaba para pagarla, además de la comida, escuela y otros gastos. Fue otra de las cosas que tuve que dejar atrás, el lugar donde había crecido y el cual estaba lleno de recuerdos de papá.

-Lara, Carol, ¿suben? -preguntó David desde la parte superior de la escalera.

-Sí, ya vamos -respondió mamá.

Mientras subíamos no pude evitar darme cuenta y observar la cantidad de cuadros con fotografías de la familia Cox que se encontraban perfectamente organizados en la pared.

Fotos de Alex, el hijo de David, cuando pequeño, de él con su madre, los tres juntos, supuse, según me había contado mamá. Alex con otro chico, al parecer de su edad, abrazados riendo a la cámara. Toda la familia Cox junta, había muchas personas en lo que parecía una fiesta de navidad. Alex ganando premios de natación, ciclismo, boxeo, con todo un equipo de fútbol que lo lanzaban al aire.

«Vaya, era todo un deportista.»

Pero hubo una foto que me llamó la atención, era ligeramente más grande que todas las demás y se encontraba justo en el centro. Era una fotografía de David y su esposa el día de su boda, ambos vestidos de blanco, ella miraba a la cámara con una gran sonrisa repleta de felicidad y él la miraba a ella con cara de amor, justo como papá miraba a mamá.

Al voltear y ver detrás de mí me di cuenta de que mi madre también observaba la foto, pero no tenía cara de enojo o disgusto, todo lo contrario, sus ojos reflejaban nostalgia y tristeza. Sí, al igual que yo estaba recordando a papá. Suspiré.

Al llegar al último peldaño David miraba a mi madre con cara de pena y un poco de arrepentimiento.

-Lo siento Lara, no me había dado cuenta de que tal vez la foto te molestara, yo... -Su cara se había sonrojado ligeramente y la disculpa estaba reflejada en sus ojos.

-No te preocupes David, entiendo que tengas fotografías de Anna en la casa, yo también tenía fotos de Andrew por todas partes. Es algo que siempre va a estar con nosotros, lo tengamos reflejado en fotos o no. Déjala donde está, es una imagen hermosa. -Terminó diciendo con una sonrisa nostálgica. Mi pecho se hinchó con orgullo. Orgullosa de la madurez y confianza que emanaba mi madre.

-Bien, ¿cuál es mi habitación? -Interrumpí el ambiente decaído y triste que comenzaba a formarse a nuestro alrededor. No era buen momento para que nos visitaran los fantasmas del pasado.

-Claro, perdona, es la primera puerta. Antes era el gimnasio de Alex, pero le pedí que lo trasladara a la casa de la piscina, y contraté a una diseñadora de interiores para que lo decorara porque yo no tenía ni idea de que hacer -Pasó su mano derecha por el cuello apenado-. Espero te guste. -Y dicho esto abrió la puerta.

Mi habitación era una verdadera preciosidad, la que cualquier chica desearía, cualquier chica de tres años que aún tuviera un amigo imaginario llamado Charlie.

Parecía que un unicornio se había desangrado hasta la muerte aquí, o que una bomba de purpurina y corazones había estallado justo antes de que entrara. El color rosa predominaba como un dolor de cabeza intenso.

Una enorme cama 'Queen' decoraba justo el centro de la habitación, con cortinas de encaje blanco y rosa suave rodeando los cuatro postes de la misma. Estaba cubierta con una manta de felpa blanca, y un ejército de almohadas decoraban el cabezal. A los lados de esta se encontraban dos mesitas con sus lámparas pequeñas pero elegantes.

A la derecha había un armario vestidor con una puerta demasiado grande, esta tenía un espejo gigante que reflejaba la cama casi entera. Cerca del armario se encontraba una mesita con una cómoda silla acolchada repleta de maquillaje, más del que había visto en toda mi vida y el que definitivamente nunca usaría.

A la izquierda de la habitación había una puerta que supuse era el baño y un poco cerca de la puerta por donde acababa de entrar había un escritorio de madera con una lamparita, una laptop, y un recipiente lleno de bolígrafos y lápices de colores.

«Vaya, parece que alguien reveló mi afición por el dibujo.»

Una gran ventana de cristal con cortinas iguales a las de la cama daba al moderado pero existente jardín trasero, y por lo que pude ver, la piscina rectangular de la terraza se podía observar perfectamente.

-¿Te gusta? Si quieres cambiar algo sin pena me lo puedes decir y vamos a comprar lo que tú quieras -dijo un David nervioso. El simple hecho de que se viera tan afectado, pendiente de una aprobación, nervioso por agradarme, me conmovió.

-No hace falta, me gusta tal y como esta. Gracias. -Le regalé una sonrisa para su tranquilidad, a pesar de que era demasiado para mi gusto.

Me encantaba mi sencilla habitación en Boston con una cama personal, un armario pequeño y una mesita donde dibujaba, no necesitaba nada más. Pero tenía que hacer el esfuerzo de aceptar a David y así mamá pudiera ser feliz, aunque no fuera mutuo.

Mi madre y él se fueron a ver su habitación en el primer piso, que era la misma de David, por cierto. Era una realidad a la que me tendría que acostumbrar, mi madre durmiendo con otro hombre. Pero no ahora, no necesito las imágenes muy innecesarias en mi mente.

Comencé a sacar todas mis cosas de las maletas y colocarlas en su lugar correspondiente en mi nueva habitación. Ropa en el armario, mis cuadernos y bocetos de dibujo en el escritorio, mis zapatos debajo de la cama. Los viejos hábitos nunca mueren, ¿eh?

Una hora después ya había terminado, tomé un baño y llevando puesto un vestido veraniego un poco corto, pero cómodo, y unas sandalias. Recogí todo mi cabello negro y lacio, herencia de papá, en una coleta en lo alto de la cabeza y me dispuse a bajar a la cocina con ganas de beber algo frío, estaba sedienta.

Efectivamente, como sospechaba, detrás de las pequeñas puertas se encontraba una enorme cocina, decorada de blanco y marrón oscuro, como el resto de la casa.

Una gran encimera de mármol negro daba la bienvenida, con su horno, fogones correspondientes y pequeños taburetes de madera la rodeaban. Al otro lado de la cocina se encontraba una mesa de cristal con seis sillas que supuse era la mesa del comedor. Detrás de esta había dos puertas de cristal del techo al piso que daban a la terraza.

Un estante en lo alto de la pared de la cocina seguro que guardaba los vasos, así que me acerqué a tomar uno. Tuve que pararme en punta de pies para llegar al estante excesivamente alto. David era alto, pero no para tanto, ¿sería así de alto por Alex?

Luego abrí el refrigerador que se encontraba justo al lado. Para mi sorpresa, otra vez, «no paraban», estaba repleto de todo tipo de cosas: platos con carnes, fruta, verdura, cajas de jugo y leche, pequeñas botellas de agua mineral y mucha más comida deliciosa.

Tomé la caja de jugo, pero me quedé mirando las manzanas, pensando si también tomar una o no, cuando una voz un poco irritada habló a mis espaldas.

-Cuando te decidas a compartir el contenido del refrigerador me pasas una botella de agua, gracias.

Quedé paralizada, su voz juvenil, pero profunda me erizó la piel. Diez segundos después de procesar que aún tenía la cabeza dentro del refrigerador me volteé rápidamente, y quedé paralizada, una vez más, por lo que veían mis ojos.

Cuerpo escultural lleno de músculos y un abdomen de admiración con solamente un chort corto deportivo puesto. Metro ochenta y cinco de estatura y una cara que haría temblar las rodillas de cualquier chica. Ojos verdes como las piedras jade, piel blanca pero un poco bronceada por el sol, un pelo castaño hondeado despeinado. Cuerpo sudado agarrando una pelota de baloncesto a la cadera, y un entrecejo profundamente fruncido.

«Dios, ¿este monumento es Alex? ¿Este dios griego es mi hermanastro?»

Joder, pues lo iba a tener difícil.

-Pe... perdona yo ya había terminado -dije, medio tartamudeando.

-¿Se puede saber quién eres y que haces en mi cocina? -La clara desconfianza y amenaza en su voz.

-Soy... -Quedé interrumpida por David que aparecía por las puertas en ese justo momento junto a mi madre.

-Alex, veo que ya conociste a Carol, ella es la hija de Lara. Te dije ayer que venían hoy, ¿recuerdas? -habló David animadamente.

-Claro, se me había olvidado. Hola Carol, bonito nombre. -Su rostro se transformó de repente, captando la idea de quienes éramos las extrañas en su cocina.

Su boca mostró una sonrisa ladina y diversión en sus ojos. Su rostro cambió radicalmente de ceño fruncido a diversión en nanosegundos. No sé por qué ese gesto me dio mala espina, muy mala.

-Hola Alex, yo soy Lara, es un gusto poder conocerte al fin. David me ha hablado mucho de ti. -Se presentó mamá con emoción y un poco de nervio, extendiendo la mano.

-Lara, también he escuchado de ti -respondió irónico, sin estrechar la mano de mi madre, ignorando el gesto deliberadamente. Ahora en su mirada ya no estaba la diversión como cuando me habló, sino enfado e irritación.

-Alex, ya que vas de salida para el entrenamiento de fútbol, ¿por qué no llevas a Carol contigo? Así le enseñas la zona y el camino a la escuela -recomendó David, con una tos poco disimulada. También notó la mirada que su hijo le lanzaba a mi madre, el ambiente incómodo que se formaba a nuestro alrededor.

-Claro, ¿lista Carol? -preguntó sin mirarme, levantando una de sus cejas. Puse la caja de jugo y el vaso encima de la encimera. Al parecer me iba a tener que quedar con las ganas de beber algo refrescante.

-Sí, déjame buscar mi teléfono y nos vamos. -Salí prácticamente corriendo de la cocina.

«Menudo ambiente de tensión y miradas raras se había formado.»

Algo me decía que no le caíamos muy bien a Alex, pero lo comprendía. Si a mi casa llegaran dos extrañas con maletas, yo tampoco andaría de rositas.

Al bajar la escalera ya lista, me lo encontré esperando en la puerta abierta, y para mi decepción se había puesto una camiseta.

«¿En serio, Carol?»

Miraba algo en su teléfono con tal fijación que parecía lo quería partir en dos, a la vez que tecleaba con sus dos pulgares en la pantalla táctil. Llegué a su lado silenciosa, esperando por él, a que terminara. Pero cuando concluyó su tarea salió de la casa ignorándome. Imbécil.

Bajamos hasta llegar al garaje donde se encontraban aparcados dos autos, uno azul y otro negro, marca 'Audi' al parecer, y una moto negra y roja que seguro era de Alex.

Subimos al auto negro, por supuesto ese era el suyo, y en lo que íbamos saliendo hacia la calle no pude evitar mirar la postura tan confiada y cómoda con que manejaba, se veía tan... sexy. Alex volteó la cabeza en el momento justo que lo observaba y para mi vergüenza comenzó a reír.

-Bien, nueva hermanita, hay dos cosas que te quiero dejar bien claras. -Miraba fijamente la carretera mientras iba conduciendo.

Tragué en seco esperando.

-La primera, nunca entres a mi habitación, ni siquiera se te pace por la mente llamar a la puerta. Es mi lugar privado y solo yo decido quien entra y quién no, ¿bien? -Solo pude asentir. Tenía razón lógica, yo tampoco quería que extraños vieran mis cosas privadas.

-Y la segunda, no te enamores de mí porque vas a sufrir. Es una garantía que viene conmigo. -¿Qué?

Pausa aquí, lo miré con los ojos bien abiertos del asombro. Menudo idiota, ¿quién le dijo que me iba a enamorar de él?

-¿No crees que te lo tienes demasiado creído? -No pude evitar decirle.

-Solo es una advertencia hermanita, para prevenir. -Pude notar la burla en cada una de sus palabras.

-Bien, por mí no hay ningún problema, puedes estar tranquilo. Respetaré tus reglas -dije, mientras miraba por la ventanilla. Para lo que le importa él, o sea eso, nada.

-Esto va a ser muy divertido -habló bajito para sí mismo, pero lo pude escuchar perfectamente.

-Claro que sí. -Bufé una risa.

-Bienvenida a la familia nueva hermanita. -La sonrisa socarrona presente en su cara. Al parecer esto era característico en él, esa sonrisa de sabelotodo−dios baja bragas−imbécil−creído−niño mimado, la lista no para.

Esa dichosa sonrisa prometía muchos problemas, ¡Ay Dios!

Capítulo 3 "Dejándolo todo atrás."

Carol

Bien, esto es lo que sé de la familia Cox según me contó mi madre y Google, no pude evitar buscar información sobre él.

«Oye, es lógico.»

Si tu madre comienza a verse con un hombre, cualquiera en mi lugar hubiera buscado los trapos sucios o cadáveres en el armario, ¿verdad?

¿Cómo se llegaron a conocer David y mamá?

Pues, al igual que mostraba la fotografía que vi en la pared de las escaleras, David Cox estuvo casado con Anna Weitz. Si, la heredera de la gran fortuna Weitz, empresas, hoteles, restaurantes, todo cuanto poseían sus padres, los cuales fallecieron hace mucho tiempo.

Durante veinte y dos años estuvieron casados, su amor venía desde la universidad, pues ambos estudiaban medicina. Cuando llevaban siete años de matrimonio tuvieron a Alex, eran una familia muy feliz y unida.

Pero la Parka tocó a su puerta el día en que Alex cumplió quince años. Él y su madre tuvieron un terrible accidente con el auto, y lamentablemente ella no sobrevivió. Ya de ese suceso hace dos años.

El año pasado David fue invitado al hospital de Boston, donde trabajaba mi madre, a impartir una conferencia especial para los cirujanos allí, sobre una investigación que él estaba llevando a cabo. Un profundo estudio sobre el cáncer en la columna vertebral y la forma de extirparlo sin que el paciente corra el riesgo de quedar paralítico en una silla de ruedas.

Mi madre y él se conocieron en este período de su estadía en la ciudad. Su relación fue de evolución lenta, ya que no vivían nada cerca el uno del otro. Muchas veces la escuché en su habitación riendo y hablando con él por videollamada, como una adolescente enamorada. Así que no pude evitar preguntarle qué sucedía, y fue cuando me contó que ella y David se estaban conociendo, pero como todavía no era nada oficial no me había dicho.

«Claro, tómate tu tiempo mamá. No es nada importante lo que está ocurriendo aquí.»

Con el paso del año David venía a Boston cada vez más seguido. Se quedaba a dormir en los hoteles, pero sé que pasó varias noches con mamá. Tuvieron muchas citas y los ramos de flores llovían diariamente.

Hasta que hace tres meses, recién comenzadas las vacaciones, mi madre decidió contarme la "invitación" de David a mudarnos definitivamente a su casa.

-¿Mamá que sucede? ¿Por qué me pediste hablar? -pregunté con duda.

Tenía esa expresión nerviosa en el rostro y se mordía las uñas, cosa que ella misma odiaba hacer, pero los nervios le ganaban y no podía parar. Las alarmas rojas se activaron en mi mente. Mi madre no se mordía las uñas en vano, algo pasaba.

-Cariño, sabes que llevo saliendo con David durante un tiempo. Es un hombre maravilloso, fiel, amoroso, sincero, y que nos quiere mucho a ambas. Sabes que yo no tomo decisiones importantes a la ligera ¿verdad? Además, lo he pensado mucho, y estoy segura de que a tu padre le hubiese gustado que ambas siguiéramos adelante y fuéramos felices. -Estaba nerviosa, mucho.

Esto no pinta bien. Cuando mi madre retuerce sus manos y no para de mirar a todos lados solo tiene un significado, o me va a decir algo muy malo o es una noticia delicada. Como ese día cuando...

«No, no se puede volver a repetir de la historia.»

-Si mamá, te conozco, sé que eres una persona muy sensata y siempre tomas las decisiones pensando en nuestro bien. Ahora, por favor dime, ¿qué pasa? -Estaba llena de inquietud y curiosidad, mi mente se estaba llenando de malas ideas, pero mamá no pasó por alto que no mencioné nada sobre lo que dijo de papá.

-Cariño, David me pidió matrimonio y quiere que a finales de agosto nos mudemos a su casa en Chicago -anunció, rápido, con una gran sonrisa de alegría en su rostro mientras desenvolvía sus manos y me mostraba el hermoso anillo de diamantes que llevaba en el dedo anular.

Solo pude mirar su mano fijamente por lo que parecieron minutos, no lo sé, tal vez fueron segundos, creo que mi corazón se saltó uno o dos latidos, lo que sí sé es que mamá se dio cuenta de mi desconcierto y temerosa dijo:

-Carol, dime algo. Me está matando ver tu carita tan seria, por favor. -Al ver que no contestaba y seguía con la mirada perdida en mis pensamientos, levantó mi mentón con su mano para que la mirara a los ojos, ojos rojos y llorosos.

-Cariño, si no te parece bien podemos hablarlo. Sé que es diferente a lo que estás acostumbrada, ya no seremos solo nosotras dos, ahora formaremos parte de la familia de David. Y sabes que tiene un hijo de tu misma edad, sería como el hermano que no te pudimos dar tu padre y yo. -En mi cara solo se reflejaba la tristeza por la mención de papá, el desconcierto, y sí, la decepción.

-Sé que lo extrañas, yo también lo echo de menos todos los días. Está arraigado en mi corazón, para siempre. Cuando nos sentamos en el sofá a ver la tele, no puedo evitar recordar nuestras noches de películas. Pero sé que donde quiera que se encuentre está protegiéndonos y guiándonos... -No pude evitar derramar unas cuantas lágrimas por los recuerdos viniendo a mi mente.

-Cállate... simplemente calla. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo...? -Tartamudeé muy enojada, estaba en shock. Nunca le había dicho a mi madre que se callara, jamás, la respetaba mucho, pero sus palabras estaban taladrando mi cráneo.

Al verme y entender mi estado me abrazó, con fuerza, y besó mi cabeza, justo como hacia papá cuando era una niña pequeña y lloraba por una pesadilla. Bueno, esto se parecía mucho a una.

-Él siempre va a estar en nuestro corazón, siempre -arrulló mirándome a los ojos, ambas llorando abiertamente ahora.

Ese fue uno de los momentos más impactantes de mi vida. La presión y expectativa por la noticia me tenía temblando, literalmente. Necesitaba hablar, desahogarme de todos los sentimientos que amenazaban con partirme en dos, en mi interior estaba gritando como una loca poseída. Necesitaba salir de allí.

Fui hasta la casa de Rachel, mi mejor amiga desde que tengo uso de razón y usaba pañales, mi vecina de siempre y fiel confidente. La loca pelirroja al estilo de Valiente, que un día me vio jugando sola en la entrada de mi casa y simplemente se sentó a mi lado, autoinvitándose a jugar conmigo.

Me recibió con los brazos abiertos y pena en su expresión. Le había enviado un mensaje de texto antes de llegar, explicando un poco mi repentina visita. Entramos a su habitación y sentándonos juntas en la cama le conté todo lo que había pasado en este último año entre mi madre y David.

-Carol, sé que es difícil aceptar los cambios que aparecen en nuestras vidas tan repentinamente, pero tenemos que buscar el lado bueno, ver siempre lo positivo. -Rachel a pesar de tener mi edad era una persona muy sabia. Daba los mejores consejos y siempre miraba más allá del problema, buscando una solución.

-¡Es que no puedo entender! ¿Cómo pudo superar a papá? No quiero mudarme a Chicago, no quiero dejar todo atrás. Es mi vida también la que va a cambiar, ¿por qué malditamente no pensó en eso? -Estaba gritando ahora. Me sentía frustrada, acorralada y forzada a aceptar algo que no quería.

-Sabes, cuando mis padres se divorciaron también estaba muy triste y deprimida, pero mi abuela me hizo ver la realidad. Ellos ya no se amaban, todos los días en nuestra casa había discusiones y problemas. Las festividades, cumpleaños y aniversarios dejaron de ser momentos felices, y aunque no quería que se separaran, esa era la mejor solución que pudieron tomar. ¿Sabes por qué? -La escuchaba atentamente, sorbiendo por la nariz, así que solo negué con la cabeza.

-Porque separados es como serían realmente felices una vez más. Es duro aceptarlo, a veces quiero retroceder en el tiempo cuando todo era alegrías y estábamos los tres juntos. Pero cuando los veo ahora, con una nueva vida cada uno, tan felices, hace que también me sienta feliz. Lo que quiero decir con todo esto, Carol, es que tu madre también merece volver a ser feliz. Ambas sufrieron y lloraron la pérdida injusta de tu padre, lo sé, estuve ahí, pero el tiempo pasa y debemos curar las heridas. Seguro que algo increíble te espera en Chicago, un cambio bueno para ambas. -Terminó de decir y yo estaba llorando otra vez.

Pero Rachel tenía razón, mi madre merece una nueva oportunidad, cuando papá aún vivía se habían amado con todo el corazón, pero él ya no está y el tiempo sigue su curso.

Sé que me costará aceptarlo y acostumbrarme, mucho, todavía mi corazón no lo reconoce del todo como algo bueno, ni lo hará en un buen tiempo, pero mi madre se ha sacrificado por mí todo este tiempo para que sea feliz.

Trabajó horas extras para que pudiera tener una bicicleta y no caminara hasta la escuela, un nuevo par de zapatos o ropa de moda, así que yo también haré lo mismo por ella.

-Muchas gracias Ra, tienes toda la razón. Tal vez sea algo bueno. ¡Los voy a extrañar mucho a todos ustedes! -sollocé, dándole un fuerte abrazo.

-Siempre nos vas a tenernos a Marcos y a mí, podrás contar con nosotros para todo, y también te extrañaremos. Eres mi otra mitad, ¿qué hago yo sin ti? -Dos lágrimas fugaces recorrieron sus mejillas mientras me besaba en la cabeza. Para Rachel ese gesto era un signo de respeto y amor, cultura nórdica o algo así.

-Te dejo a cargo del grupo de las animadoras. Llévalas a la victoria y dile a todas que siempre estaré orgullosa de ellas. -Mi equipo de animadoras, mi otra familia inseparable. Fui su capitana por tanto tiempo, que se sentía como perder una extremidad.

-Ahora nada me detendrá para obligarlas a hacer yoga. -Se frotó las manos como si fuera un plan malvado y ella una bruja. Ambas reímos por sus ocurrencias.

Siempre encontraba paz y soluciones cuando hablaba con Rachel, era la mejor, ella también era mi otra mitad.

Y así fue como pasé mis anheladas vacaciones empacando maletas, despidiéndome de todo lo que conocía, amaba y significaba un hogar para mí.

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