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La Desheredada de la Familia

La Desheredada de la Familia

Autor: : Nieves Gómez
Género: Romance
Isabella Sinclair lleva el apellido de la segunda familia más rica y prestigiosa del país, pero solo eso. Su padre, fue desterrado de la prominente familia, por contraer matrimonio con su madre, una mujer de procedencia humilde. Razón por la cual, Isabella nunca ha tenido ningún contacto con la familia de su padre. Con apenas 22 años, Isabella se ha quedado sola y desamparada, viviendo en la calle, pues sus padres han muerto y el banco le ha quitado todo, debido a las deudas acumuladas. Todo el mundo de Isabella se ha desmoronado, cuando algo increíble sucede. Ella recibe una carta de parte de la familia de su padre, los adinerados Sinclair, invitándola a una singular reunión familiar, la cual se efectuará en un crucero de dos semanas. Al no tener un techo en el cual vivir, Isabella decide ir sin saber el giro que dará su vida durante este corto viaje, ¿Conocer a los Sinclair, significará su salvación o su perdición?

Capítulo 1 Capitulo 1 — Una invitación

- ¡Oye, muchacha! ¡¿Qué haces aquí?! -Se escuchan los gritos de un hombre a la distancia que venía acercándose. Isabella volteó sorprendida. - ¡¿Acaso no te dije que no volvieras más?! - Gritó el sujeto a tan solo unos pasos de ella.

- Lo... Lo siento... Solo vine por el correo. - Balbuceo ella nerviosamente, algo asustada.

- ¡¿Por el correo?! - El hombre la miro de arriba para abajo y vio en las manos de la muchacha algunos sobres. - No sé para qué te molestas, seguro que esos son reclamos de pagos y más cuentas sin pagar. - Gruño el hombre. Isabella no respondió, solo apretó los papeles entre sus manos, con una expresión llena de tristeza. - ¡Bien! Ya tienes tu correo y ahora que el banco oficialmente es el dueño de esta casa, no volverá a llegar más, así que no te preocupes por volver... - El hombre miro alrededor, notando que algunas personas en la calle, se había detenido para mirarlos. - ¡Ahora vete! Que con ese aspecto de indigente me corres a los posibles clientes que quieran comprar esta casa, luego van a pensar que esta zona está llena de pordioseros. - Murmuró el hombre, con la mandíbula apretada, mirando a Isabella con desprecio.

La muchacha tomó la pequeña maleta, en donde cargaba las cuatro mudas de ropa que tenía, que era todo lo que le había quedado, y volvió al refugio para necesitados en el que había estado viviendo los últimos días.

Hacía tan solo unas semanas atrás, aquella casa de la que ese hombre la había echado, era su hogar, el lugar en el que Isabella creció, sin embargo, ahora le pertenecía al banco, todas sus cosas, tanto la casa como sus pertenencias, habían sido confiscados debido a la enorme cantidad de deudas con las que había quedado la joven por los gastos hechos por la enfermedad de su madre, quien había fallecido recientemente.

Isabella entró en ese enorme y viejo edificio lleno de pequeñas habitaciones y caminó rápidamente al diminuto cuartito en el que había estado viviendo en los últimos días, se encerró y se sentó en el catre en el que dormía, miró alrededor y suspiró pesadamente, ahora este era el único techo que tenía y aunque no era fácil vivir en ese refugio, pues allí convivía con un montón de extraños, muchos malhechores y malintencionados, que ya habían intentado robarla y abusar de ella en un par de ocasiones, aun así, ella estaba agradecida de tener un techo sobre su cabeza y no tener que dormir a la intemperie, como ya le había tocado hacer antes.

La joven acomodó el bolso bajo su cama, ya se había acostumbrado a llevarlo a todos lados, debido a que su compañera de habitación, Jade, se lo había recomendado para evitar que le roben sus cosas, pues ella era otra muchacha desamparada, quien llevaba mucho más tiempo que Isabella en el refugio y ya conocía mejor las reglas de supervivencia del lugar.

Jade había hecho amistad con Isabella en los pocos días que llevaban conviviendo juntas, así que fue fácil para Isabella deducir que si no se encontraba en la habitación, probablemente había salido para conseguir algo de dinero o comida, pidiendo en las calles. Así que, Isabella aprovechó su momento de soledad e intimidad para revisar la correspondencia, que había traído de su casa, un último recuerdo de su antigua vida.

Con lágrimas de rabia e impotencia, Isabella comprobó que lo que dijo el hombre del banco que la había corrido de la casa, era cierto, todos los sobres estaban llenos de cuentas sin pagar y avisos de último cobro, la joven fue arrugando cada uno de los papeles, sin dejar de llorar, ¿Por qué la vida había sido tan dura con ella? ¿Por qué tuvo que perder a su madre y quedarse sola, sin nada, si ella, toda su vida, había intentado ser una buena chica, una buena persona?

Isabella no dejaba de hacerse esas preguntas, al tiempo que, con frustración, fue rompiendo el resto de los sobres de la correspondencia que ya no se molestaba en abrir. Uno a uno, fue despedazando cada carta y justo cuando llego a la última, en el instante en que la tomo entre sus manos, levantando el sobre, dispuesta para rasgarlo en dos, algo le llamo la atención.

El papel era diferente a los demás, era más fino y no iba dirigido a su madre, como el resto de la correspondencia. Este sobre, llevaba su nombre, iba dirigido a ella, a Isabella Sinclair.

Extrañada, Isabella leyó el remitente. Margaret de Sinclair le había enviado esa carta y la joven sabía de quién se trataba, pues ese era el nombre de su abuela paterna. Una fuerte corazonada invadió a la muchacha, el llanto y la rabia comenzaron a menguar y ser sustituidas por la curiosidad. Rápidamente, Isabella abrió el sobre y comenzó a leer la carta que estaba en el interior.

"Estimada Srta. Isabella Sinclair.

Reciba usted un cordial saludo por parte de toda la familia Sinclair.

Por medio de la presente, tenemos el agrado de invitarla a nuestra próxima reunión familiar, la cual se llevara a cabo en un crucero de dos semanas a partir del día quince de marzo del presente año, y zarpara a las diez de la mañana.

Esperamos que tome todas las previsiones necesarias para poder asistir, sería de especial agrado contar con su asistencia.

Sin más que agregar, le agradecemos por la atención.

Atentamente, Margaret de Sinclair"

Isabella releyó aquella carta una y otra vez, intentando comprenderla, completamente atónita, ella no podía creer que esa invitación pudiera ser cierta, pues nunca, pero nunca en su vida, Isabella, había tenido ningún tipo de contacto con esa familia, de hecho, la joven sabía muy bien, que su padre había sido desterrado de la prestigiosa estirpe Sinclair, y ahora, luego de tantos años, ¿Le envían una invitación para una reunión familiar?

Albert, el padre de Isabella, era el hijo mayor de William y Margaret, los principales herederos de la prestigiosa y antigua dinastía de los Sinclair, la segunda familia más rica y poderosa de todo el país. Sin embargo, Albert, el próximo heredero de la familia, se enamoró de una humilde mujer, Patricia Soler, una joven extranjera que llego al país sola, buscando una nueva vida y oportunidad.

El romance de Albert, enojó a su padre, quien terminó desheredándolo y desterrándolo de la familia Sinclair al enterarse de que su hijo mayor, su orgullo, había contraído matrimonio en secreto con la insignificante y pobretona mujer, Patricia, quien seguramente era una arribista.

Desde entonces, Albert llevo una vida humilde junto a su esposa, cambiando su vida por completo, pero siendo muy feliz, a pesar de que sus padres, sus hermanos y toda la familia Sinclair lo exilio y se olvidó de él por completo.

Por eso, Isabella jamás hubiera esperado recibir una invitación como aquella y menos de esa familia, unas personas que no conoció, que nunca la buscó ni le tendió la mano, personas que ella veía en las noticias y en la televisión y parecían inalcanzables, una familia que los despreció solo por la procedencia humilde de su madre.

Isabella releyó la carta una última vez y detalló la firma al final, "Margaret de Sinclair", esa era su abuela, la joven recordaba haberla visto una sola vez en su vida, apenas era una niña y la había visto de lejos, a unos cuantos metros de distancia, pero jamás olvidaría ese día, pues fue en el funeral de Albert, su padre, quien habría fallecido en un terrible accidente.

¿Qué podría querer esta gente de ella, después de tantos años de olvido? Sopeso la joven con cierto sentimiento de rabia, pues a pesar de todo el dinero y el poder de esa familia, nunca, ni una vez, le tendieron la mano.

Ella tiró la carta y el sobre a un lado, desde el cual se deslizó un pase para el crucero, que explicaba todas las amenidades con la que contarían en el viaje: comida, bebidas, suites amplias, piscina, diferentes actividades recreacionales, boutiques, ente muchas más y al final unas palabras se hacían muy llamativas: todo está pago.

No se podía negar que la oferta era más que tentadora, dos semanas en un lujoso crucero con todo pago, aunque estaría conviviendo con unas personas que no conocía, definitivamente era mucho mejor que vivir en el refugio, en donde se encontraba en la misma situación, rodeada de desconocidos.

Claro, no era algo eterno, Isabella entendía perfectamente que luego de terminar las dos semanas de crucero, tendría que volver a la vida de pobreza en el refugio, pues probablemente seguiría siendo una exiliada de la familia por ser hija de su madre, no obstante, si había una boutique gratis, por lo menos podría obtener un par de mudas de ropa decentes que le permitiera conseguir un buen trabajo para mantenerse.

Isabella tomó el pase para el crucero entre sus manos, definitivamente debía ir, posiblemente esta era su oportunidad. Su madre siempre le enseñó a ser buena persona, le dijo que cosas buenas le pasaba a quienes eran buenos en la vida y quizás, la vida finalmente le tenía algo bueno, preparado.

La joven miró bien la dirección, luego revisó la fecha una vez más "el día quince de marzo del presente año", se dio cuenta de que esa fecha era ese mismo día, se levantó de su catre, apresurada, releyendo lo demás "el cual zarpara a las diez de la mañana" solo tenía una hora, antes de que el crucero zarpase.

Ella debía apresurarse y correr, si no, no llegaría a tiempo. Fue a agacharse para recoger la pequeña maleta que había guardado debajo de la cama, cuando un fuerte golpe en la puerta la asusto. Isabella supuso que se trataba de jade, ya era hora para que su amiga y compañera hubiera vuelto, así que, como ya su amiga le había enseñado, pregunto antes de abrir.

- ¿Sí, quién es?

- Soy yo, Jade. - Se escuchó del otro lado de la puerta.

Sin dudar mucho más, Isabella fue a abrir y se quedó paralizada al descubrir que su amiga no veía sola, sino que la acompañaban un par de hombres. Isabela los conocía muy bien, eran los mismos que habían intentado robarla y abusar de ella antes.

- Lo siento mucho Isabella, eras tú o eras yo.

Capítulo 2 Capitulo 2 — Tengo que encontrarla

Un lujoso automóvil de color oscuro se estacionó frente a la propiedad, el representante del banco, muy seguro de que podría tratarse de un cliente potencial, con dinero más que de sobra, se acomodó la corbata para recibir al recién llegado.

Un hombre joven, alto, elegante, atractivo, vestido con un traje de diseñador, se bajó de auto y mostrando una expresión llena de preocupación caminó apresurado hacia el sujeto del banco.

- Buen día, disculpe... Busco a Isabella Sinclair. - Anunció extendiendo la mano.

El sujeto del banco, estiró su mano para darle un apretón al extraño, mostrando una expresión llena de confusión.

«¿Quién será este hombre? ¿No y que la muchacha estaba sola? Pues hasta donde yo sé, solo eran la madre y la hija... Y luego de la muerte de la madre, la muchacha no tenía a nadie más a quien recurrir» sopesaba el hombre del banco.

«¿Podría ser...? ¿Será posible que la familia Sinclair de verdad estuviera involucrada con esta gentuza y ahora vendrían a extenderle una ayuda?», terminó suponiendo, por lo que de inmediato cambió su expresión por una amena sonrisa, no cualquier día se podía tener al frente a uno de los integrantes de esa prestigiosa familia.

- Mucho gusto, joven, soy Robert Lowell, representante del banco.

- Diego Ortiz. - Soltó el joven hombre y de inmediato, Lowell cambió su expresión por una mueca de decepción.

- Pues, bueno, señor Ortiz... Lamento mucho tener que informarle, que la joven Isabella Sinclair, ya no vive aquí. - Intentó sonar condescendiente.

- ¡¿Qué?! Pero... ¿Qué pasó? Supe de la muerte de la señora Patricia de Sinclair y viajé lo más rápido que me fue posible, ¿Cómo es que ya no vive aquí? - Increpo Diego, alarmado.

- Oh, sí... La señora falleció hace un par de semanas por una terrible enfermedad, un deceso muy lamentable, sobre todo considerando la cantidad de deudas que dejó a su hija, por eso, el banco no tuvo más opción que retener la casa como parte de pago... - Explicó muy tranquilamente, Lowell, mientras que el joven Diego abría los ojos de par en par, sorprendido.

- ¡¿Qué?! Isabella... - Diego dio un paso hacia adelante. - ¡¿Isabella, dónde está?! - Voceo desesperado.

El hombre del banco, dio un paso atrás, algo temeroso de la reacción del muchacho.

- No lo sé, no sé dónde está viviendo, la chica estuvo aquí hace como una hora, vino para recoger el correo, pero de allí, no sé más. - Lowell hizo un gesto con las manos, como si se las lavara y se dio la media vuelta.

Diego se quedó pasmado y aturdido, ¿Cómo pudo haber llegado tan tarde? Él le había hecho una promesa a Isabella hace varios años y fue incapaz de cumplirla, la había dejado sola y desprotegida.

De pronto, la voz de una mujer lo hace salir de su aturdimiento, confundido, Diego mira a su alrededor y ve a una señora, recostada a la cerca de la casa vecina.

- ¡Oye, muchacho! Escuché que buscas a Isabella... - La señora llamó su atención, él se acercó rápidamente, esperanzado.

- Sí, sí, gracias... ¿Sabe dónde está? - Preguntó rápido.

- Sé que no es de mi incumbencia, pero te daré un consejo... Te recomiendo que no la busques más... - Contestó la mujer con una expresión despectiva.

- ¿Qué?

- Cuando el banco la sacó de su casa, le ofrecí a la muchachita quedarse conmigo, me dio mucha lástima, pues pensé que era una buena chica que siempre cuidó de su madre... Pero la tuve que echar... - Explicó la mujer con el ceño arrugado.

- ¿Cómo? - Diego la miró con horror.

- Le di techo y comida, pensé que ella me estaba ayudando con los quehaceres de la casa, pero descubrí que la muy malagradecida estaba intentando seducir a mi esposo... Esa muchacha resultó ser una mosquita muerta, por eso la corrí... Y creo que se fue para un refugio de indigentes. - Murmuró la señora por lo bajo a Diego, quien sintió un pinchazo de dolor e indignación.

Él se irguió y dio un paso hacia atrás sin poder creer lo que escuchaba, al tiempo que la mujer asentía como una afirmación de lo que acababa de decir.

Diego levantó la vista hacia la propiedad de la mujer y notó, como un hombre de mediana edad, barrigón y algo calvo, se asomaba con cautela desde uno de los ventanales de la casa.

- Le recomiendo, señora, que vigilé muy bien a su esposo...

- ¿Qué? - La mujer lo miró confundida.

- ¡Por qué estoy seguro de usted vive con un pervertido y un posible violador! - Gruñó con rabia a toda voz.

- ¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreve?! ¡¿Cómo puede decir algo así?! - Comenzó a gritar la mujer, indignada, al tiempo que Diego se daba la media vuelta ignorándola por completo.

Él se dirigió nuevamente al representante del banco, Robert Lowell, quien seguía apostado en el porche de la entrada de la casa.

- ¡Señor, haga el papeleo ya mismo, yo compraré la propiedad! - Voceo con determinación.

- ¡Cla...! ¡Claro señor Ortiz! - Balbuceó sorprendido el señor Lowell.

El hombre entró rápidamente en la casa, para comenzar los preparativos, no dudaba ni por un segundo que ese joven tuviera la capacidad financiera para comprar esa casa de inmediato, con ese auto y ese costoso traje, lo decía todo.

Diego se apresuró a entrar detrás de Lowell y justo cuando pasaba la puerta, su teléfono celular comenzó a sonar.

- ¿Hola? - Contestó, regresando al porche.

- ¿Ya terminaste con tu asunto personal? - Preguntó una voz masculina que reconoció de inmediato.

- No, de hecho todo se complicó, no la encontré y ahora no sé dónde pueda estar... Tengo que encontrarla. - Gruñó Diego, apretando el aparato en su mano con fuerza, lleno de frustración.

- Te necesito de regreso para que te encargues de todo, tu vuelo ya está pautado para hoy y...

- Lo sé, pero ella... Escucha, necesito más tiempo, ella puede estar en peligro, está sola y la dejaron en la calle... - Intentó explicar Diego, cuando fue interrumpido.

- Ese no es mi problema... - Escuchó un gruñido al otro lado de la línea, seguido de un largo suspiro. - Diego, acepté que hicieras ese viaje solo porque eres uno de mis mejores gerentes, pero te quiero de vuelta ya mismo, hoy salgo de viaje y necesito que te encargues de todo en el extranjero... Si tanto te preocupa la muchacha, contrata a un investigador privado, para que se encargue de encontrarla.

- Claro... - Diego inhaló profundo. - Eso haré, no te preocupes, hoy tomaré mi vuelo.

- Bien. - Colgó.

El joven se quedó por un segundo, estático, escuchando solamente el pitido de la línea.

- ¿Señor Ortiz? - Diego escuchó una voz que lo llamaba a su espalda, era el representante del banco, quien traía un manojo de papeles en las manos. - ¿Hará la compra?

- Sí, sí, por supuesto. - Reaccionó con un sobresalto, ingresando en la vivienda rápidamente.

Diego había hecho un largo viaje con el único propósito de encontrar a Isabella Sinclair y no era que él quisiera esa casa, solo la compraba porque pensó que quizás a Isabella le gustaría tenerla de regreso, pues era la casa de sus padres.

Toda esta situación se le hacía impactante y lamentablemente, él se había enterado de todo muy tarde, Diego no dejaba de pensar, de imaginar, qué calamidades estaría pasando el amor de su vida.

*

Isabella se quedó paralizada, con el pequeño bolso en una mano y el sobre, con la carta y el pase del crucero en la otra, mientras ese par de hombres, la miraban de arriba para abajo con la maldad brillando en los ojos.

- Lo siento mucho Isabella, eras tú o eras yo. - Soltó Jade, con una expresión cabizbaja.

Isabella miró a su amiga, la única persona que le había tendido la mano los últimos días, la había traicionado, sin embargo, pudo notar como la chica, traía algunos moretones, seguramente los hombres la habían obligado.

Jade se dio la media vuelta y se fue, dejando a Isabella con esos horribles hombres.

La joven dio un paso hacia atrás, aterrada, y de inmediato, uno de los sujetos entró en la pequeña habitación, relamiéndose los labios, lo que le provocó a Isabella asco.

- Tranquila, princesita... Si pones de tu parte, no te dolerá tanto... - Gruñó con malicia.

- Oh, no, a mí me gusta que peleen, así me excitan más. - Soltó el otro desde más atrás.

Ella apretó los puños, aferrándose con fuerza a las cosas que llevaba en las manos, esa maleta y el sobre no le serviría de nada para defenderse, sus ojos se llenaron de lágrimas al darse cuenta de que no tenía escapatoria.

El hombre la sujetó por el cuello con fuerza y la empujó, haciéndola chocar contra la pared de fondo, su rostro se acercó al de ella, con la boca abierta y la lengua saliendo, provocando en la chica una arcada.

- ¿Te doy asco, perr@? - Gruñó con rabia, pegando aún más su cara a la de ella, lo que provocó más arcadas en la chica, al sentir su fétido aliento.

Lleno de coraje, el sujeto levantó la mano, con toda la intensión de golpearla, cuando del susto, instintivamente, Isabella soltó una patada con todas sus fuerzas justo en la entrepierna del hombre, quien la soltó por el dolor y cayó arrodillado.

Isabella apenas tuvo tiempo de medio respirar, cuando notó que el otro hombre caminó a paso decidido hacia ella, con los puños apretados.

Rápidamente, ella se lanzó sobre el catre de Jade, metiendo la mano bajo una almohada espichada, y para cuando el sujeto se abalanzó sobre ella, Isabella encontró lo que buscaba, un pequeño paralizante eléctrico que Jade guardaba, el cual estiró hacia el hombre, soltándole una descarga que lo hizo temblar.

El segundo hombre cayó entre estremecimientos sobre el suelo, Isabella los miró por un instante, todavía sin creer lo que acababa de suceder, ¿Cómo se libró de esos hombres? ¿Cómo pudo...?

Vio como uno de ellos intentó levantarse y presa del pánico, tomó rápidamente la pequeña maleta y el sobre con los papeles, para salir corriendo.

En el pasillo, vio a Jade llorando, pero Isabella no se detuvo, era tanto el miedo, que su cuerpo, sus piernas, solo le pedían correr y alejarse de ese horrible lugar, al que rogaba mentalmente no tener que volver, jamás.

Pasaron varios minutos en los que la joven corría por las calles derramando lágrimas, sin mirar para los lados, empujando a la gente en la calle, cuando el sonido de un chirrido de llantas, deteniéndose abruptamente, la detuvo.

Entre las lágrimas, ella solo pudo distinguir un automóvil oscuro que se le venía encima y parecía querer frenar, no hubo tiempo ni de saltar o reanudar la carrera, Isabella solo apretó sus ojos con fuerza.

Capítulo 3 Capitulo 3 — Sus ojos… Son hermosos

Máximo estaba furioso, no solo por las órdenes inconcebibles que le había dado su padre, sino que, además, lo había enviado a un absurdo viaje junto a una familia que toda la vida había sido su mayor competencia, los Sinclair.

Pero las cosas no se quedarían así, si el grandioso Maximiliano, su padre, pensaba que podía amenazarlo como si fuera un crío, estaba muy equivocado, pues pronto, Máximo se libraría de su autoridad.

¿Qué lo dejaría sin herencia? ¿Qué lo desterraría de la familia? Eso ya no le importaría a Máximo, pues él tenía un plan, ya tenía hecha sus propias inversiones en el extranjero, nadie lo sabía, pero el muchacho ya estaba haciendo su pequeña fortuna particular.

Dentro de poco tiempo, unos cinco años, quizás, cuando sus inversiones dieran frutos reales, que lo haría, Máximo se levantaría en contra de su padre y le diría sus cuatro verdades, sin embargo, mientras tanto, no le tocaba otro remedio que seguir con las órdenes de la mayor autoridad de la familia Collins, su padre, aunque eso lo llenaba de coraje.

Máximo era joven, con apenas veinticinco años había demostrado ser una eminencia en los negocios, así que tenía tiempo más que suficiente para esperar que su plan saliera bien, además el chico tenía la completa seguridad en que todo le saldría tal como lo había planeado.

- Ese no es mi problema... - Gruñó Máximo al teléfono.

Él expulsaba su rabia contra uno de los gerentes de sus empresas extranjeras, quien, además, se había convertido en muy poco tiempo en su mejor amigo.

Un instante después, al darse cuenta de que estaba pagando su frustración con quien no debía, Máximo emitió un largo suspiro, intentando tomar un tono diplomático.

- Diego, acepté que hicieras ese viaje solo porque eres uno de mis mejores gerentes, pero te quiero de vuelta ya mismo, hoy salgo de viaje y necesito que te encargues de todo en el extranjero... Si tanto te preocupa la muchacha, contrata a un investigador privado, para que se encargue de encontrarla. - Ordenó Máximo.

- Claro... - Le respondió Diego al otro lado de la línea. - Eso haré, no te preocupes, hoy tomaré mi vuelo.

- Bien.

Máximo colgó, lanzando el teléfono en el asiento con hastío, por lo menos había dejado eso arreglado, pues él confiaba en Diego, quien había demostrado ser un hombre más que capacitado.

Luego de un segundo de silencio, se reanudó el incontable palabrerío de su hermana, Emily, quien solo esperaba que su hermano terminase con su importante llamada.

- ¿Puedes creerlo, Max? ¡Qué emoción! No me canso de pensarlo... Jamás pensé que hubiera una posibilidad de que yo heredase la cabeza de la familia, siempre estuve resignada a qué serías tú... - Murmuraba ella emocionada. - Claro, igual me alegraré si eres tú el escogido y heredas, pero el solo pensar que tengo la posibilidad... ¡Vaya! Parece que papá ha cambiado y ya no tiene esos estúpidos prejuicios machistas...

Ella seguía parloteando, cuando en cuestión de segundos, Máximo vio una figura que apareció de la nada, atravesándose en medio del camino.

Las llantas del automóvil emitieron un fuerte chirrido, Máximo se sostuvo del espaldar del asiento del chófer y antes de que pudiera hacer algo, vio como su hermana estampó su rostro en el espaldar del copiloto.

Se sintió un ligero golpe, el pulso de Máximo se aceleró de inmediato, ¿Qué había sucedido? ¿Qué había hecho?

En medio de su aturdimiento, escuchó a su hermana quejarse de un dolor en la nariz, pero al detallarla, notó que solo la tenía algo roja, nada de que preocuparse, sin embargo, ¿Qué había pasado con la persona que se había atravesado en su camino?

- ¿Señor, señorita, están bien? - El chófer volteó hacia ellos.

- Sí, ¿Qué sucedió? - Preguntó Máximo confundido.

- Una chica... Ella se atravesó en el camino... Esperen aquí.

El chófer se bajó de su asiento, por la ventanilla se notaban algunas personas mirando lo sucedido, se escuchaban voces afuera, parecía que el chófer hablaba con alguien, entonces, ignorando las quejas de su hermana, Máximo se bajó de auto.

*

Luego del terrible susto que había pasado en el refugio, Isabella no había hecho otra cosa más que correr, ella tenía el corazón acelerado, los ojos llenos de lágrimas y aunque estaba exhausta, la descarga de adrenalina, no le permitía detenerse, hasta que escuchó el sonido de un chirrido de llantas y ella se detuvo.

Ella solo tuvo tiempo para cerrar sus ojos y apretar la maleta y el sobre que llevaba en las manos, cuando sintió el golpe.

Fue doloroso, obviamente.

Ella emitió un quejido instantáneamente al sentir el impacto, pero un segundo después, al abrir los ojos, con el pulso a millón, Isabella se dio cuenta de que seguía viva y de pie, sin más que un calambre en su cadera y pierna.

El auto la había golpeado, pero no con tanta fuerza, pues afortunadamente había frenado a tiempo.

En medio del ligero dolor, la joven intentó girarse para continuar con su correteo, todavía asustada y apresurada por llegar al crucero al que había sido invitada, cuando escuchó la puerta del auto abrirse y luego a un hombre llamarla.

- ¡Hey, muchacha!

- ¿Qué? - Ella volteó confundida.

- Espera... - Un hombre de mediana edad, vestido con un traje oscuro, se acercó a ella. - Te golpeé, ¿Te duele? ¿Te sientes mal?

- No... No, estoy bien. - Balbuceó algo insegura.

Ella escuchaba al hombre que le hablaba a tan solo unos pasos, cuando notó que alguien más se bajaba del auto, otro hombre, alto, elegante y muy guapo.

Isabella sintió un anormal sobresalto en el pecho, apenas lo vio, pues nunca antes había visto un chico tan atractivo.

*

Máximo se asomó, curioso por saber qué había pasado, a quién habían golpeado, cuando vio que al frente del auto estaba una joven temblorosa, algo sucia y con ropa bastante desaliñada. Lleno de curiosidad, Máximo se acercó.

- Debes ir a un hospital... - Escuchó al chófer.

- No, no, yo... Yo estoy bien. - Contestó la suave voz de la jovencita.

- ¿Qué pasó? - Preguntó Máximo, interviniendo.

- Señor, disculpe... - El chófer se inclinó ante él. - Creo que golpeé a la chica y le insisto en que vaya a un hospital, pero ella no quiere escucharme.

- Oye... ¿Cómo te llamas?- Máximo se dirigió a la chica con un tono severo.

- Isabella... - Musitó ella, retrocediendo ligeramente.

- ¿Si te golpeó? ¿Te sientes bien? - Preguntó Máximo arrugando el entrecejo, parecía bastante enojado.

Isabella levantó el rostro hacia él y sus ojos se encontraron por un breve instante.

Ella tenía el rostro un poco sucio y los ojos algo enrojecidos, aun así, un fugaz pensamiento pasó por la mente de Máximo, «Sus ojos... Son hermosos»

- No... Quiero decir, apenas me rozo, pero estoy bien... - Murmuró Isabella, arrugando el ceño, pues ella no podía evitar pensar que, aunque ellos la golpearon, parecían más enojados que realmente preocupados por ella.

- ¿Estás segura? - Insistió él, con un tono autoritario. Isabella solo asintió, apretando la maleta y el sobre en su mano.

Máximo se quedó mirándola fijamente, manteniéndose serio, sin poder ignorar la fragilidad de la jovencita, y como su cuerpo temblaba, él no entendía por qué, pero esa chica le preocupaba, a pesar de que ella no era nadie para él.

Pero un extraño instinto, que no había sentido antes, le decía que ella necesitaba ser cuidada y él estuvo a punto de dar un paso al frente, para insistirle y llevarla a un hospital, aunque sea por la fuerza, cuando una voz chillona llamó la atención de todos.

- ¡Max! ¡¿Qué haces?! ¡Vamos a llegar tarde! - Voceaba Emily al tiempo que se bajaba del asiento trasero del auto. Al notar a la jovencita parada frente al automóvil y como las personas a su alrededor los miraban, se puso colorada de la indignación y caminó hacia su hermano. - ¿Qué haces hablando con esta gentuza? ¿No ves que no es más que una indigente, una callejera? ¿Y tú aquí, hablando con ella? ¡Qué vergüenza! - Murmuró por lo bajo, aunque el chófer e Isabella la escucharon muy bien.

- Creo que la arrollamos... - Gruñó Máximo.

- ¿Y eso qué? Yo la veo muy bien... - Emily miró a Isabella de arriba para abajo, despectiva. - Está entera, ¿No? Y no le veo nada de sangre, seguro que sucia ya estaba ¡UFF, qué asco! Solo dale algo de dinero y ya, vámonos... Si no llegamos a tiempo, papá nos mata. - Se giró y caminó de regreso a su asiento.

Máximo volteó los ojos con disgusto, su hermana podía ser muy dramática, pero también recordó las palabras y amenazas de su padre, lo que hizo despertar nuevamente su mal genio.

Era cierto, él tenía un importante viaje que hacer y no podía seguir perdiendo el tiempo con una desconocida que, por lo visto, estaba bien.

Así que, sin más rodeos, simplemente sacó de un bolsillo su billetera y extrajo de su interior una buena cantidad de dinero, que ofreció a Isabella.

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