Aitiana.
-Eres una aburrida, ya me hartaste- Gritó Marcos a un metro de mi rostro. Esta mañana había venido muy contento, quería lo atendiera y sobre todo acostarse conmigo, sin embargo yo no está lista aún. -¡¿Estás loco que te sucede?!- Replique cansada, él me sujetó del brazo con fuerzas, luego me empujó contra la pared. Apreté los puños intentando contener el torbellino de emociones que Marcos acababa de desatar en mí. ¿Cómo era posible que tuviera la desfachatez de pararse frente a mí y decirme esas cosas? Un años de relación, un años de intentarlo todo para complacerlo, y ahora me venía con esto. -Estoy harto, Aitiana -vociferó él, cruzándose de brazos como si tuviera algún derecho a estar molesto-. Siempre con lo mismo: "Soy virgen, no puedo perder mi virginidad". ¿Para qué iba a seguir esperando? Llevo más del año siendo tu novio, solo de besitos y abrazos. Ni siquiera me dejas tocarte. ¡Estás loca si crees que te seguiré esperando! Sus palabras eran dagas que atravesaban mi pecho. Sentí las lágrimas acumularse en mis ojos, pero no iba a darle el gusto de verme llorar. -¿Qué acabas de decir? -pregunté, mi voz temblorosa, más de rabia que de dolor. -Incluso Lourdes es mejor que tú -soltó con una sonrisa cínica. La incredulidad me golpeó como una ola fría. Lourdes. Mi compañera de cuarto, mi "amiga". -¿A qué te refieres? ¿Qué estoy escuchando, Marcos? -Estoy cansado -dijo, alzando la voz-. Siempre es lo mismo contigo: del trabajo a la casa, siempre preocupada por tu hermana. Déjala descansar, Aitiana. Eres una mujer insípida, y ya no quiero seguir pendiente de ti. Fue demasiado. Todo lo que había guardado, todo lo que me había tragado durante estos años, explotó de golpe. -Entonces lárgate de mi vida de una vez. Él sonrió con esa burla que tanto odiaba. -Sí, me voy a largar. Aunque, ¿cómo puedes vivir con Lourdes después de que me acosté con ella? La bomba estalló, y mi cuerpo tembló de la furia contenida. Lourdes salió de su habitación justo en ese momento, como si hubiera estado esperando su gran entrada. -Lo siento mucho, Aitiana, pero tu novio buscó lo que tú nunca le diste -comentó, con una sonrisa petulante que me hizo hervir la sangre. Apreté los puños, imaginando por un momento cómo sería arrancarle ese cabello perfectamente alisado. -Eres una zorra -le dije, mi voz gélida-. Una zorra y una traidora. Lourdes no se inmutó. -Creo que es hora de que te vayas. Marcos y yo necesitamos el lugar para nosotros. -No te preocupes -respondí con todo el desprecio que pude reunir-. Me iré en cuanto encuentre un lugar para quedarme. Ella se encogió de hombros. -Perfecto. Mientras tanto, no te sorprendas si escuchas ruidos por la noche. No respondí. No iba a rebajarme más. Entré a mi habitación y vi a mi hermanita, que descansaba en la cama. Al verme, intentó levantarse. -No te preocupes, cariño -dije, arrodillándome a su lado y acariciando su cabello-. Todo estará bien. -¿Por qué estabas discutiendo? -preguntó con su vocecita débil. Le sonreí, ocultando mi tormenta interna, y le di un beso en la frente. -No importa, mi amor. Ahora ponte tus zapatitos. Vamos a empacar. Mi hermanita asintió, obediente, mientras yo comenzaba a guardar nuestras pocas pertenencias en una maleta vieja. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas, pero me las limpiaba rápido, sin dejar que ella las viera. No merecía cargar con mis problemas, bastante tenía con los suyos. Cuando terminé de empacar, salimos del cuarto. De reojo vi a Lourdes y a Marcos besándose en el sofá, como si nada. Dejé las llaves en la mesa sin mirarlos. Mi dignidad no iba a morir ahí. Bajé las escaleras con mi hermana a mi lado, cargando las maletas como pude. Cuando llegamos al pie del edificio, pedí un taxi. Mientras esperábamos, volví a subir las escaleras para cargar a mi hermanita. Su cuerpo era frágil y liviano, pero cada paso se sentía como una losa en mi alma. Ella tenía nueve años, pero su enfermedad la hacía parecer más pequeña, más vulnerable. Problemas renales, habían dicho los médicos, pero yo no tenía el dinero para seguir con el tratamiento. Había hecho lo que podía, trabajando sin descanso, pero siempre era insuficiente. El taxi llegó, y di la dirección del único lugar al que podía recurrir: una pequeña vivienda en alquiler donde habíamos vivido hace un año. Mientras el taxi arrancaba, marqué el número de la señora Catalina, la dueña de la vivienda. -Aitiana, hace tiempo que no sé de ti -respondió con voz firme-. ¿Qué necesitas? -¿Está disponible el cuarto donde vivíamos mi hermana y yo? -pregunté, apretando los puños. -Está disponible, pero ahora cuesta el doble. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo que el mundo se cerraba sobre mí. -Está bien. Llegaré en quince minutos. -Perfecto -respondió, sin rastro de compasión en su voz. Colgué y me hundí en el asiento del taxi, mirando a mi hermanita. Ella me sonrió, ajena a todo lo que pasaba. "Todo estará bien", me repetí a mí misma. Pero por dentro sentía que el mundo se desmoronaba. No podía quedarme ahí. No podía dejar que Marcos y Lourdes me quitaran la poca dignidad que me quedaba. *** Cuando llegamos a la vivienda, solté un suspiro profundo y bajé las maletas del taxi luego le pague la tarifa. Dejé las maletas a un lado y cargué a mi hermanita en mis brazos hasta entrar a la casa. La señora Catalina nos recibió en la puerta con una expresión severa. Me extendió la llave y, sin más preámbulos, comentó: -No la limpié. Creo que hay una escoba por ahí y algo de detergente. -Gracias, Catalina. -Bienvenida. Espero que me des el pago completo porque no voy a aceptar pagos en partes -añadió con firmeza. -No se preocupe -respondí, intentando sonar más segura de lo que me sentía. Subimos con dificultad, y le pedí a mi hermanita que esperara en el pasillo mientras bajaba a buscar la otra maleta. Finalmente abrí la puerta de la habitación que habíamos alquilado. Un estornudo me sorprendió apenas entré; el lugar estaba cubierto de polvo y lleno de suciedad. No tenía más opción. Esto o nada. Dejé las maletas a un lado, resignada a limpiar más tarde, cuando mi teléfono empezó a sonar de forma estridente. Al mirar la pantalla, apreté los dientes al reconocer el número. Era mi jefe, el señor Devereaux. Respondí con el corazón acelerado, temiendo lo que vendría. -Señor Devereaux, discúlpeme... -comencé, pero me interrumpió con su tono áspero. -¿¡Qué pasó esta vez, señorita Aitiana? La estoy esperando. La reunión está a punto de comenzar. Son más de las nueve de la mañana. ¿Otra vez piensa faltar al trabajo!? -gritó furioso. -Señor, lo siento mucho. Me pasó algo horrible y... -¿Y de nuevo es por tu hermana? -me interrumpió, su irritación evidente. -Sí, señor. Por favor, le pido el día libre. Le prometo recompensarlo. Haré lo que usted me pida. -Siempre es lo mismo contigo. ¡Tres tardanzas! Tres días que no vienes al trabajo. Esta es la última vez que tolero esto. Mañana hablaremos y pondremos las cosas claras. Si no cambias, será tu última oportunidad. Buen día -sentenció antes de colgar. Me quedé allí, sosteniendo el teléfono con la mano temblorosa. Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas sin que pudiera evitarlo. ¿Qué haría si perdía mi empleo? Sin trabajo, no tendría forma de mantenernos. -Hermana Aiti ¿estás bien? -preguntó con su vocecita débil. -Sí, mi amor. No te preocupes. -Tengo mucha hambre - mencionó ella con dulzura. -Está bien, mi vida. Solo déjame organizar esto y enseguida te consigo algo de comer. Miré alrededor, sintiendo la presión de todo lo que estaba pasando. Con el poco dinero que me quedaba, tendría que buscar cómo llenar la despensa. Maldije en voz baja, ahogándome en la desesperación. ¿Por qué la vida tenía que ser tan dura? Nuestra madre nos había abandonado por un hombre, dejándonos a nuestra suerte. Y desde entonces, parecía que la vida no hacía más que castigarnos, como si hubiéramos hecho algo terrible sin saber qué. Respiré hondo, limpiándome las lágrimas. No podía rendirme. Mi hermana dependía de mí, y por ella haría lo que fuera necesario.
😶
Aitiana.
Salí del elevador y no pude evitar soltar una exhalación larga y cargada. Hoy no tenía idea de qué me esperaba, pero estaba segura de que nada bueno. Caminé hasta el escritorio de la secretaria, intentando parecer tranquila, aunque mi interior era un desastre.
-¿Puedo pasar al despacho del señor Eros? -pregunté, con la voz más firme que pude reunir.
Ella levantó la mirada, arqueó las cejas, y con un gesto rápido me indicó que sí. Claro que podía pasar, después de todo, era su asistente personal, ¿no?
-Gracias-, murmuré antes de empujar la puerta. Apenas crucé el umbral, lo vi. Estaba molesto, más que molesto, furioso. Golpeaba el escritorio con un lapicero, y su ceño fruncido dejaba claro que ese no era un buen día para errores. Tragué saliva y saludé.
-Buenos días, señor Eros.
-Buenos días, señorita. Por favor, empiece a hablar, desembuche ya. -Su tono era seco, cortante.
-Sí, señor. Por favor, discúlpeme. Lo que pasa es que... -tragué saliva- tuve un problema. Tenia que cambiarme de vivienda, y mi hermanita... Usted sabe, su condición de discapacidad. No podía dejarla sola, y eso me retrasó...
Él me interrumpió bruscamente.
-¿Y ahora dónde está tu hermana? -preguntó, sin levantar la mirada del escritorio.
-En casa, como siempre... sola. No tengo quién la cuide, señor.
Dejó caer el lapicero, cruzó los brazos y me miró directamente. Su mirada era un cuchillo que cortaba toda mi dignidad.
-Debes tener mucho cuidado con lo que haces, Aitiana. Empiezo a pensar que no estás capacitada para este trabajo.
-¿A qué se refiere, señor? -pregunté, intentando mantener la calma.
-Me has fallado tres veces. Y en una reunión importante, nada menos. No basta con ser una mujer inteligente o buena en otros campos como enfermería o farmacia sobre todo contadora. Aquí se necesita compromiso, y tú no lo tienes.
Sentí que me temblaban las piernas. No podía perder este trabajo, no ahora.
-Se lo suplico, señor. Por favor, no me despida. Prometo que haré todo lo que usted quiera. Necesito el dinero, mi hermana necesita sus tratamientos.
-¿Todo lo que yo quiera? -preguntó, levantando una ceja.
-Sí, señor. Haré todo. Lo que sea necesario.
Él tomó un folder de su escritorio y lo empujó hacia mí.
-Ya está lista tu carta de renuncia. Puedes firmarla y llevarte el pago de los meses trabajados.
-No, por favor, no. -Sentí cómo las lágrimas amenazaban con salir, pero me obligué a mantenerme firme-. No puedo irme. Por favor, se lo suplico.
El señor Eros se recostó en su silla, evaluándome como si estuviera decidiendo mi destino en ese momento.
-Está bien. Pero tendrás que hacer algo por mí. -Sacó unos papeles más del folder y los dejó frente a mí-. Quiero que firmes esto.
-¿De qué se trata? -pregunté, con la voz temblorosa.
-Firma. Es un contrato de confidencialidad. Solo asegúrate de cumplir con lo que diga.
-¿Es algo peligroso? -murmuré.
-No soy un asesino, tranquila. Solo hazlo.
Tomé el bolígrafo con manos temblorosas y firmé. Apenas leí las primeras líneas, pero no tenía elección. Necesitaba este empleo más que nunca.
-Muy bien. Ahora ponte a trabajar- Replico extendiendome unos documentos -Necesito las cifras de los productos en las estadísticas antes del final del día.
-Sí, señor. -Tomé los papeles y me levanté rápidamente.
Al salir de su oficina, solté un suspiro profundo, una mezcla de alivio y miedo. Me recargué un momento contra la pared del pasillo. No podía darme el lujo de fallar otra vez. Necesitaba ese dinero para que mi hermanita pudiera comer, para pagar sus tratamientos. Fuera lo que fuera que él señor Eros quisiera de mí, no tenía opción.
El día había comenzado como cualquier otro, con la rutina monótona y las preocupaciones constantes que me acompañaban desde que Claudia, mi hermana pequeña, había quedado bajo mi cuidado. Mi jornada laboral en la farmacéutica siempre terminaba con la entrega de estadísticas y el conteo del inventario, un trabajo meticuloso pero mecánico. Cuando puse mi huella para registrar mi salida, sentí un leve alivio al saber que había cumplido con todo, pero ese alivio siempre se mezclaba con la preocupación por Claudia.
Subí al taxi apresurada, intentando no perder tiempo. Durante el trayecto, revisé mi teléfono en busca de algún mensaje de mi hermana, pero no había nada. Eso me ponía nerviosa. Claudia me solía llamar, siempre ya que quedaba la inquietud: ¿había comido? ¿estaba bien?
Al llegar a la vivienda, saludé a los inquilinos del primer piso, quienes me respondieron amablemente. Subí las escaleras mientras mi mente repasaba lo que podría preparar para la cena. Al abrir la puerta, noté que Claudia estaba sobre la cama. Parecía dormida. Me acerqué y comprobé que estaba respirando tranquila. Suspiré aliviada. Entré al baño rápidamente; tenía tantas ganas de orinar que apenas si podía concentrarme en otra cosa. Mientras el agua fría corría por mis manos al lavarme, pensé en lo que cocinaría.
De pronto, un gemido de dolor rompió el silencio. Salí corriendo del baño. Claudia estaba en la cama, sudando, con el rostro pálido y retorciéndose.
-¿Qué tienes, Claudia? -pregunté con voz temblorosa mientras me acercaba.
-Me duele la pancita, hermanita... mucho... no aguanto más -murmuró entre gemidos.
Mi corazón se aceleró. Tomé mi bolso, mi teléfono y las llaves con manos temblorosas. La cargué en mis brazos, ignorando mi propio cansancio. Claudia estaba liviana, demasiado liviana para una niña de su edad, y eso solo aumentó mi preocupación.
El taxista, aunque al principio mostró algo de molestia por la urgencia, aceleró cuando le expliqué la situación. Claudia empezó a sudar más, su rostro se contrajo aún más de dolor, y entonces vomitó.
-¡Por favor, rápido! -le supliqué al conductor.
Llegamos al hospital y corrí hacia la sala de emergencias, gritando por ayuda. Dos médicos vinieron y tomaron a mi hermana. Apenas pude explicarle a uno de ellos lo que había ocurrido mientras era llevada a una camilla.
-¿Ha presentado estos síntomas antes? -preguntó el doctor.
-No, solo tiene un problema renal -respondí con la poca calma que me quedaba.
El médico me lanzó una mirada extraña antes de decir:
-Vamos a hacer algunos exámenes. Espere en la sala.
Las horas en la sala de espera fueron eternas. Intenté distraerme repasando mentalmente mi trabajo, pero los gemidos de mi hermana seguían resonando en mi cabeza. Finalmente, el médico salió con unos papeles en la mano.
-Señorita, ¿podemos hablar?
Entré a su consultorio, mi corazón latiendo con fuerza.
-¿Sabía usted que su hermana tiene cáncer de hígado?
Las palabras me golpearon como una bofetada. Negué con la cabeza, incapaz de hablar.
-Aquí están los resultados preliminares. No es un problema renal como usted pensaba. Lo siento mucho. Necesitamos hacer más estudios para determinar la etapa del cáncer. De esa manera debería proceder con el tratamiento, lamentablemente aquí no se hace esos exámenes, le daré una orden para que lo haga en un hospital privado.
-Está bien doctor - Fue lo único que se me escapó de la boca.
Mis lágrimas comenzaron a caer sin control. Era imposible. Claudia era tan pequeña. Apenas una niña. Salí tambaleándome hacia la habitación donde la habían dejado descansar tras estabilizarla. La abracé, tratando de contener el llanto para no preocuparla.
Al llegar a la vivienda mientras ella comía cereal y tostadas, no podía apartar la vista de su frágil figura. Cada vez que la miraba, sentía cómo mi corazón se rompía en pedazos. ¿Cómo podía ser esto real? Entre al baño y deje caer mis lágrimas que estaba aguantando en todo el camino.
Al día siguiente, con los ojos hinchados de tanto llorar, intenté mantenerme fuerte por ella. Le preparé el desayuno y le di instrucciones sobre las pastillas que debía tomar.
-No le abras la puerta a nadie y no salgas. Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo?
-Sí, hermanita, no te preocupes -respondió con una sonrisa que me hizo querer llorar otra vez.
-Bien, recuerda las hora en que debes tomar las pastillas.
-Sí Aiti, no te preocupes, vete ya es tarde. -Moví la cabeza asintiendo, le di un beso en al mejilla y salí del pequeño cuarto.
Llegué al trabajo puntual, aunque sentía que mi mente estaba en otro lugar. Entré en la oficina de mi jefe, quien estaba acompañado de una mujer desconocida.
-Buenos días, señorita Aitana -me saludó con una formalidad inusual.
-Buenos días. Estoy lista para ir a la bodega del tercer piso.
El jefe se inclinó hacia mí con una expresión seria.
-Hoy no haras nada de eso. Quiero que este sábado hagas algo muy importante. Recuerda que ayer firmaste un acuerdo para cumplir con ciertas tareas adicionales, ¿verdad?
Asentí, aunque no lei exactamente que decía ese documento. Entonces, me entregó un papel. Mientras lo leía, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Lo que decía ese documento era algo que jamás habría imaginado.
😑
Aitiana.
Mi corazón parecía estar a punto de estallar dentro de mi pecho mientras releía aquel papel en mis manos, intentando procesar lo que significaba. Las palabras eran claras, pero mi mente se negaba a aceptarlas: debía acostarme con el hermano del Señor Eros, actuar como su prometida después que la noche de compromiso se acabara. Y para eso debía usar una mascara. ¿Cómo era esto posible? ¿Cómo se suponía que debía llevar una máscara, que estafa tan vil? Mi dignidad estaba siendo pisoteada y mi vida se reducía a cumplir un papel en un plan que ni siquiera entendía.
-Si cumples, tendrás un mejor salario-, había dicho mi jefe con una frialdad que me heló los huesos.-Y sobre todo, podrás contratar un buen médico para tu hermana. ¿No te parece justo?
Solté el papel y levanté la vista hacia él. Su voz, cargada de autoridad y amenaza, resonaba en mi cabeza. Todo se sentía como un mal sueño.
-Esto es muy delicado, Señor Eros. No puedo hacerlo... no puedo...- murmuré, intentando contener las lágrimas.
Pero él simplemente me miró con esa sonrisa cruel, una mezcla de burla y poder. Sacó otro documento y lo puso sobre la mesa.
-Recuerda que firmaste esto ayer, ¿no? ¿Se te olvidó lo que dice? Si no cumples, perderás tu trabajo, no tendrás derecho a liquidación y, lo peor, podrías acabar presa por fraude.
Mi cabeza daba vueltas. ¿Cómo podía ser esto posible? ¿De qué hablaba? Sentí cómo las palabras me arrancaban el aire.
-¿Fraude? Yo no he hecho nada...- Intenté argumentar, pero su mirada fue como un golpe.
-Firmaste, Aitiana. Todo lo hiciste por mí. Ahora cumple con el contrato. Mi hermano nunca sabrá quién eres. Solo debes actuar. Calladita. Y obedecer. ¿Cumples o no?
Mi cuerpo entero temblaba. Mis manos se volvieron incapaces de sostener el papel y lo dejé caer al suelo. En ese momento pensé en mi hermana, en su enfermedad, en todo lo que dependía de mí. Si algo me pasaba, ¿quién la cuidaría? ¿Cómo pagaríamos su tratamiento?
Mis ojos ardían de rabia e impotencia. Miré a mi jefe, al hombre que me había traicionado de la peor manera. Apretaba mis puños con tanta fuerza que podía sentir las uñas clavándose en mis palmas. De repente, sentí un frío recorrido por mi espalda cuando vi a la mujer a su lado. Su sonrisa era amplia, como si disfrutara viéndome caer en esa red de manipulación.
-Es tu decisión, Aitiana. Pero recuerda, ese papel podría enviarte a prisión. Piensa en tu hermana- remató él, como si mi dolor le divirtiera.
Apreté los dientes.
-¿En qué mierda me he metido?-susurré para mí misma, mientras el peso de mi propia decisión comenzaba a sofocarme.
-Eres virgen, se nota -mencionó la mujer, acercándose a mí con una sonrisa fría.
-No entiendo a qué se refiere, señora... -respondí, confundida y temblorosa.
Ella avanzó con calma, deteniéndose justo frente a mí. Me tocó la mejilla y luego me observó de pies a cabeza.
-Eres delgada, tus pechos son pequeños, no tienes buen trasero todavía, y te dedicas mucho a tu hermana. Eres joven, y sé que eres virgen. Por eso queremos a una mujer como tú para hacerse pasar como la prometida del señor Xavier.
Me quedé helada, sin saber cómo reaccionar. Negué instintivamente mientras apretaba los puños.
-No me diga que adivino, señorita- Replique enojada.
-No, pero descubrimos que tu querido novio Marcos vino a buscarte un sinfín de veces y le dijo a Eros que, si tenías una relación con él, ya que nunca te entregabas.
Sentí que mi rostro ardía de vergüenza e indignación. ¿Qué tenía que ver Marcos con esto? Todo esto, según parecía, era provocado por su celosa imaginación.
-Al parecer, tu noviecito pensó que tú y yo teníamos algo. Pero no me metería con una mujer de tan bajo nivel. -Se rió con desprecio, y yo apreté más los puños, humillada.
-Discúlpe señor, tampoco me metería con un hombre como usted. - declare con firmeza y el se encogió de hombros.
-Ahora ya sabes no confies en nadie. El sábado irás a la fiesta, pero solo entrarás cuando yo te lo diga. Te ayudaré para que pases desapercibida. Quiero que veas cómo es mi hermano, pero ya sabes, calladita, o te irá muy, muy mal. Luego te irás de ahí, un auto te esperara en la salida.
Tragué saliva, confundida, con un nudo en la garganta.
-Todo esto será en un penthouse. Vas a usar una máscara. Mientras tanto, tu hermana estará en una habitación para asegurarnos de que haces el trabajo.
-¿Pero porque la involucra?
-Para qué cumplas o ya sabes. Por otro lado habrá cámaras cerca por si acaso.
-¿Cómo voy a... cómo va a ser esto? -logré preguntar, asustada.
-No te preocupes, no habrá cámaras en lo que tú y mi hermano hagan, por supuesto. Pero tendré personas vigilando que cumplas tu tarea.
-Pero, señor ¿por qué... por qué me pide esto?
-Una palabra más y llamo a la policía -interrumpió, levantando un documento-. Aquí tengo pruebas de un supuesto fraude ilícito que cometiste en la empresa, desviando dinero y vendiendo pastillas por otro lado.
La sangre abandonó mi rostro. Todo era mentira, pero las pruebas parecían demasiado reales. Me sentí mareada, atrapada.
-Ya sabes lo que tienes que hacer. Toma este cheque. No quiero escuchar excusas. Busca un vestido de calidad, zapatos... lo que sea. Ponte bonita. Te veo el sábado. No hay marcha atrás.
Intenté protestar, pero mis palabras quedaron atrapadas en mi garganta.
-No olvides conseguir una máscara adecuada. Que solo se vean tus labios. Píntalos bien. Quiero que estés impecable. Si te niegas, no dudes que encontraré a tu hermanita y será peor para las dos. Hazlo o tu hermanita pagara las consecuencias - Está vez la que hablo fue la mujer, ¿ Me pregunto quien demonios será ella y que tenía que ver en todo esto?- ¡Entendiste muñeca!
Asentí, derrotada, mientras mi pecho se apretaba con furia contenida. Tomé el cheque con manos sudorosas y salí del lugar apresuradamente, sintiéndome un títere sin voluntad.
El sudor corría frío por mi espalda mientras mis manos temblorosas apretaban el cheque. Mi mente era un caos de preguntas y miedos. ¿Cómo había llegado a esto? Mi vida, hasta ese momento, había sido sencilla, sin mayores complicaciones más allá de trabajar para mantener a mi hermana Claudia. Ahora estaba atrapada en un juego sucio, oscuro y peligroso, orquestado por gente sin escrúpulos.
Subí a un taxi sin destino fijo, incapaz de regresar a casa. No quería que Claudia me viera así.
-¿A dónde vamos? -preguntó el taxista, mirándome por el retrovisor.
-Solo conduzca -respondí con voz quebrada.
Mientras avanzábamos, las lágrimas brotaron sin control. "Hazlo o tu hermana pagará las consecuencias" resonaba la voz de aquella mujer en mi mente. Por Claudia soportaría cualquier cosa. Pero algo en mi interior se resistía. ¿Qué clase de persona era Xavier? ¿Por qué el señor Eros y esa mujer estaban por engañarlo?
El taxi me dejó en un parque. Sentada en un banco, intenté calmarme, pero las palabras de aquella mujer seguían doliendo. Y lo de Marcos. Su traición me quemaba por dentro. Todo por no entregarme a él, incluso fue a esa empresa, quizas penso que tenia algo con mi jefe. Esa decisión que creí correcta ahora parecía haberme condenado.
No podía escapar. Claudia dependía de mí. Sus tratamientos eran caros, y la amenaza de aquella mujer era real. Por ella debía mantenerme fuerte, aunque por dentro estuviera rota. Si esto era necesario para su bienestar, lo haría. Pero también sabía que buscaría una salida. Una forma de acabar con este infierno.
***
Los días siguientes pasaron como un borrón. Cada paso hacia la fiesta era un paso más hacia lo desconocido. El vestido, la máscara, los tacones. Todo lo compré como me pidieron, pero cada pieza que añadía a mi atuendo era como una cadena más que me ataba a ellos.
El sábado por la mañana llegó el chófer que había contratado, pero no venía solo. Una mujer bajó del coche y, sin decir nada, entró directamente a la habitación donde estaba mi hermana. Sentí cómo un nudo se formaba en mi garganta. Me esforcé por mantener la calma y le dije a Claudia que ella estaría con una amiga, que no se preocupara.
Cuando salí de la vivienda, con cada paso sentía el peso de mi decisión aplastándome. Subí al coche, y durante la hora que duró el trayecto, mi mente no paraba de dar vueltas. Pero todo pensamiento quedó en pausa cuando llegamos. Frente a mí se alzaba una mansión inmensa, imponente, como sacada de un sueño... o una pesadilla.
Me quedé allí, paralizada, observando aquel lugar que reflejaba la magnitud del juego en el que me había metido. Mientras cruzaba el umbral, sentí mis manos temblar y mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho. Apenas podía respirar. En medio de mi miedo y confusión, solo un pensamiento me daba fuerza: Claudia.
Ella era mi todo, mi ancla, la razón por la que estaba dispuesta a hacer lo que fuera. Incluso si lo que estaba por hacer significaba destruirme por completo.