Danika estaba acurrucada en su celda, la cual era fría y vacía.
La joven ya llevaba una semana ahí, anhelando la libertad. De hecho, cualquier lugar era mejor que ese, pues se trataba de un espacio lúgubre y estéril. Allí, solo había un camarote que ocupaba un costado.
Ella no había visto a su secuestrador en la última semana, hasta que, de pronto, ese hombre se acercó a ella, vislumbrándola con los ojos más fríos que jamás hubiera visto. Enseguida, él procedió a rodearle el cuello y a agarrarla.
"Eres mi esclava, y me perteneces", él espetó.
Mientras tanto, un extraño escalofrío recorría los brazos de Danika, ya que nunca antes había presenciado un odio más crudo reflejado en los ojos de alguien.
El rey Lucien la odiaba. De hecho, la detestaba demasiado.
Por su parte, Danika conocía sus razones más que nadie. La joven lo tenía muy claro.
No más de una semana atrás, ella era la princesa Danika, la hija del Rey Cone de Mombana. Se trataba de una mujer temida y respetada, que nadie se atrevía a contemplar más de dos veces. No existía una persona que se dignara a caminar por su lado, a menos que no tuviera ningún respeto por su propia vida. Su padre era quien la cuidaba y se ocupaba de ella.
Por desgracia, el hombre había sido asesinado, por lo que su reino fue tomado por el despiadado rey Lucien, quien además, secuestró a la joven y la hizo su esclava.
De repente, el sonido de pasos sumado al traqueteo de cadenas atrajo la atención de Danika hacia la entrada de la celda. Entonces, la puerta se abrió y se pudo ver un guardaespaldas.
Ese hombre llevaba una bandeja de comida. Una vez Danika se percató de eso, notó cómo su estomagó rugió, el hambre inmensa que sentía le recordó que ese era el primer alimento que veía desde la mañana, pues no se había percatado de que ya había caído la noche.
"Aquí tienes", el hombre pronunció, estirando las sílabas con disgusto. Todas las personas en el lugar la repudiaban, Danika lo sabía muy bien.
De forma desafiante, la joven levantó la barbilla, sin decir nada.
"El rey estará aquí en pocas horas, así que espero que estés preparada para recibirlo", el hombre anunció, antes de alejarse.
Tras escuchar eso, ella sintió un gran terror deslizándose por su cuerpo. En realidad, no se sentía lista para enfrentarse a su secuestrador. Sin embargo, ya había pasado una semana y Danika sabía que era inevitable.
Dos horas después, cuando el sol casi se había puesto, Danika escuchó pasos acercándose. "El rey ha llegado y...".
"No me anuncies, Chad", él interrumpió. Tras escuchar la respuesta cortante del hombre, Danika sintió escalofríos. En sus veintiún años de vida, jamás había oído una voz más temible.
"Pido disculpas, Su Majestad", Chad replicó de inmediato.
Un sonido de cadenas se pudo escuchar. Enseguida, la puerta se abrió de par en par.
Danika se percató de que el rey había entrado solo, pues percibió unos pocos pasos casi inaudibles. Una vez estuvo dentro, la puerta se cerró detrás de él.
De repente, la celda fría y estéril de la joven fue iluminada por su presencia. Ella levantó la cabeza para contemplarlo con gran odio y repudio.
El hombre era grande como un guerrero, pese a eso, contaba con el porte de un rey. Danika sabía que él tenía treinta y cinco años. No obstante, ya era más grande que la vida misma.
Incluso cuando él fue esclavizado por su padre, su aura real se sentía a su alrededor, sin importar cuánto hubiera sido golpeado o torturado.
Ambos posaron sus miradas en el otro, la malicia entre ellos era evidente.
Sin embargo, el rey Lucien no solo potaba odio en su corazón, sino que también cargaba repugnancia, además de completo desprecio y cólera. En realidad, no había una pizca de calidez en sus ojos.
Su rostro era hermoso, pese a eso, una gruesa cicatriz recorría una de sus mejillas, dándole una mirada salvaje.
De repente, él se acercó a la joven, luego se inclinó y pasó la mano por su precioso cabello rubio brillante.
Sin previo aviso, el hombre tiró de sus dorados mechones, forzando su cabeza hacia atrás y obligándola a vislumbrar sus preciosos ojos azules. La joven sintió un dolor abrazante.
"La próxima vez que entre aquí, te dirigirás a mí con respeto. No te vas a quedar ahí sentada mirándome como una cobarde otra vez, o te castigaré". Los ojos del hombre estaban rojos de ira cuando continuó, "Nada me encantaría más que castigarte".
Por su parte, Danika solo asintió. Odiaba a su captor, pero detestaba más la sensación de dolor, por lo que haría cualquier cosa para evitar sentirlo, si podía.
"Está bien, Su Majestad", ella replicó.
Un gran disgusto brillaba en los ojos del hombre. Enseguida, él bajó la mano y la posó sobre el pecho apenas cubierto de la joven.
Entonces, el rey le rodeó el pezón a través de la ropa, para luego, pellizcarlo con tanta fuerza que Danika gritó cuando una densa ola de dolor la atravesó.
Él seguía apretando su pecho con fuerza mientras la miraba a los ojos. "No soy tu rey y nunca lo seré. Yo soy un rey para mi pueblo y tú no eres parte de él. No eres más que mi esclava, Danika. Mi propiedad".
Ella asintió con rapidez, deseando que él soltara su seno.
Sin embargo, el hombre procedió a retorcer su pezón con más fuerza que antes, lo que hizo que los ojos de la joven se llenaran de lágrimas. "Te dirigirás a mí como tu amo, y vas a obedecerme. Serás una de mis sirvientas, nada más".
Una vez espetado eso, sus labios se curvaron en una sonrisa salvaje llena de intenso odio. "Supongo que sabes cómo una esclava sirve a su señor. Después de todo, tu padre te enseñó, ¿no es así?".
"¡Sí! ¡Sí!", ella exclamó apretando sus manos en puños, y luego continuó, "Por favor, suélteme. ¡Se lo suplico!".
Mientras la escuchaba, él decidió pellizcarla con más fuerza aún. "¿Cómo debes dirigirte a mí? ¿Dime?".
"Mi... Mi amo". Dicho eso, lágrimas de gran cólera desbordaban los ojos de la joven. Danika odiaba esa palabra más que cualquier otra, pues sabía lo degradante que era.
De inmediato, él la soltó y se alejó. El rostro del hombre estaba desprovisto de cualquier emoción.
Poniéndose de pie, él rasgó su endeble top en pedazos, exponiendo sus pechos desnudos a sus ojos fríos e insensibles.
Presenciando tal escena, lágrimas de humillación ahogaron la garganta de Danika. Ella apretó su destruida falda en un esfuerzo por no ceder al impulso de cubrir su cuerpo.
Por su lado, los ojos del rey no mostraban ningún destello de lujuria mientras se posaban en ella.
Entonces, el rey le palmeó el pecho que tenía un pezón rojo dolorido y maltratado, y lo acarició. "Párate".
Ella se puso de pie con las piernas temblorosas, mientras observaba al suelo con los ojos borrosos.
"¡Oye, Chad!", él espetó.
Mientras tanto, la mujer se quedó inmóvil en un intento por alejarse de él y buscar cubrir su desnudez, sin embargo, la mano que la sostenía se apretó con más fuerza, impidiendo su intento, pues ella no quería arriesgarse a sentir más dolor.
"¿Sí, Su Majestad?". El inmenso hombre entró, posando sus ojos en su Rey.
"Observa bien a esta esclava, Chad. ¿Te gusta lo que ves?".
Los ojos de Chad contemplaron su cuerpo, mientras que Danika deseaba que el suelo se abriera y la cubriera. Pese a eso, ella se puso de pie desafiante, mirando a Chad directamente a la cara.
La lujuria cubrió los ojos de este último mientras la examinaba con acidez. "¿Puedo tocarla?", el hombre preguntó con impaciencia.
"En otro momento. Por ahora, vete".
Chad volvió a vislumbrar al rey, al tiempo que Danika descubría que los ojos de ese hombre se iluminaban cada vez que lo hacía. No se trataba de una mirada de odio, tampoco era admiración. Sea como fuese, ella todavía no podía descifrar la mirada del hombre.
Por su parte, Chad salió de la celda.
"¡Guardias!", el rey llamó, sin apenas levantar la voz.
De inmediato, aparecieron dos hombres. "Díganos, Su Majestad".
Lucien no soltó su mirada de la chica en ningún momento. "Díganle a los sirvientes que bañen a mi esclava una vez que me vaya, que la limpien y la pongan en mis habitación en tres horas".
"Sí, Su Majestad". Mientras escuchaban las ordenes, los guardias se mostraban reacios a irse, pues estaban contemplando el cuerpo desnudo de la joven.
Danika se centró en el rey, con ira y odio reflejado en sus ojos llorosos. En su estado de indefensión actual, ella lo desafió con la mirada.
Por fin, él soltó su pecho. "Te voy a causar mucho más daño, vivirás y anhelarás el dolor. Te haré todo lo que tú y tu padre hicieron conmigo y con mi gente, incluso más. Te voy a compartir con todos los que lo deseen y te entrenaré para que seas la más obediente de los perros".
El pánico era casi palpable en el cuerpo de Danika, aun así, no se permitió demostrárselo. De todas formas, ella sabía que todo eso pasaría incluso antes de que él llegara allí.
Una sonrisa maliosa se dibujaba en el rostro del hombre, enfatizando su mejilla llena de cicatrices. "Te voy a destruir, Danika".
"¡No podrás hacerlo, monstruo!", Danika espetó con total furia.
Sus propios ojos se agrandaron tras responderle a ese hombre. Las esclavas no debían replicarle a sus amos o estarían condenadas a ser castigas.
De hecho, así fue. El rey agarró la cadena de su cuello y tiró de ella con fuerza haciéndola gritar.
Mientras la castigaba, sus ojos brillaban. Él inclinó su barbilla hacia arriba, mientras reafirmaba su agarre. "Me encanta ver tu fortaleza arder, pero me gusta más ver cómo se extingue. No tienes idea de lo que tengo reservado para ti, o quizás sí. Después de todo, una vez tuviste tus propios esclavos".
'¡Era mi padre quien tenía esclavos!', ella pensó para sí.
El odio desmedido podía verse reflejado en los ojos el hombre. "Tu entrenamiento comienza esta noche. Vas a estar en mi cama".
Dicho eso, él se levantó y salió del lugar, como si fuera una enorme bestia infernal.
Justo después de la visita del rey, Danika fue sacada de su jaula. Ella pudo vislumbrar lugares que no eran su fría y estéril celda, lo que la hizo sentir mejor.
Sin embargo, su corazón se aceleró al recordar la razón por la que la sacaron de ese lugar por primera vez en una semana.
Enseguida, la joven fue puesta en una tina para que las criadas la bañaran, tal como el rey instruyó. Era curioso que las sirvientas limpiaran a una esclava.
Aun así, no era sorprendente que el destino de la chica fuera la cama del rey.
No mucho después, ella ya estaba preparada. Tres criadas se estaban encargando de la joven. Una de ellas, la mayor llamada Baski, era la que estaba a cargo.
Ellas le soltaron el cabello y la peinaron, dejándole el pelo rizado y un poco desarreglado. La ropa que le pusieron hizo que Danika se apenara.
De hecho, bien podría estar desnuda, pues las prendas eran diminutas. Tenía una falda de cuero rojo que apenas la cubría, además, un top del mismo color y material que solo cubría sus pezones, deteniéndose justo por encima de su vientre.
Para terminar, le pusieron una bata larga por fuera, e incluso, le aplicaron fragancia.
"Terminamos", Baski anunció.
Enseguida, la joven se miró en el espejo y por unos instantes se vio a sí misma como quien solía ser, la princesa Danika.
"Puedes ir a la recamara del rey ahora, no es aconsejable hacerlo esperar", Baski comentó.
Por su lado, Danika no pronunció palabra. Con desespero, ella quería preguntarles a esas sirvientas sobre cómo trataba el rey a su gente. De hecho, ella no había visto a nadie más desde que la llevaron ese lugar.
¿También eran esclavas? ¿Acaso fueron vendidas como objetos sexuales? ¿Acaso eran compartidas entre las privilegiadas familias ricas de Salem?
Después de todo, eso era exactamente lo que hacía su propio padre. La joven estaba preocupada pero sabía que no tenía derecho a hacer tales preguntas, pues contaba con cosas más urgentes en las que pensar. Como el hecho de que el rey de Salem, quien la odia con cada fibra de su ser, estaba a punto de acostarse con ella.
No mucho después, la joven se paró al frente de la recamara de la hombre. Vacilante, vislumbró la puerta y llamó.
"Adelante". Esa cortante respuesta se escuchó desde el interior, y la profunda voz resonó en el interior de Danika.
Entonces, esta última abrió la puerta y entró. La luz iluminaba la habitación, lo que dejaba ver que la recamara estaba bañada en oro. Era una vista preciosa, pese a eso, la situación no favorecía el sentido de exploración y apreciación.
Ella solo podía contemplar al gran hombre que estaba allí. Nunca había visto a un tipo tan poderosos a sus treinta, así como lo era el rey Lucien.
Contemplándolo mientras él clavaba una pluma en la tinta de la mesa, retirándola para seguir escribiendo en el pergamino que tenía en frente, era difícil creer que ese hombre hubiera sido un esclavo alguna vez.
Pero así había sido. Durante diez largos años, él soportó torturas indescriptibles en manos del padre de Danika. Sin embargo, ahora ella lo pagaría.
Al fin, el rey levantó la cabeza para vislumbrarla. No apartó la pluma de su mano mientras lo hacía.
Él continuó examinándola, y sus ojos se arrastraron a través de su piel como manos, lo que hizo que Danika se estremeciera. Después de ojearla un buen rato, la expresión del hombre no cambió.
De hecho, el desprecio puro aún acompañaba sus rasgos. En ese momento, la joven se preguntaba si ese hombre alguna vez sabría sonreír.
Con cautela, el rey empujó su silla hacia atrás, sin quitarle la mirada de encima. "Quítate esa bata", ordenó el hombre.
De pronto, Danika vaciló.
Notándolo, los ojos del rey brillaron peligrosamente. Con una mirada calculadora, él se humedeció los labios.
Percatándose de la escena, Danika obligó a sus manos a moverse, para quitarse la bata de su cuerpo, y revelarlo ante el rey.
Los ojos del rey nunca dejaron de posarse en la cara de Danika. "Vamos a aclarar una cosa, esclava. La próxima vez que me dirija a ti y no respondas bien, voy a sacar un látigo y marcaré tu espalda con veinte golpes. ¿Lo entiendes?".
Los ojos de Danika reflejaron su tormento. Sin embargo, ella lo escondió de inmediato para que él no se percatara de lo afectada que estaba.
"Sí... Amo", ella espetó, un poco desafiante. Esa palabra que retrataba sumisión era en realidad su canto de rebelión pura de la chica.
Si el rey lo notó, no mencionó nada al respecto. El hombre tan solo se levantó y, poco a poco, rodeó la mesa, se apoyó contra ella, y entonces, inmovilizó a la mujer con su fría mirada.
"Desnúdate". No expresó nada más que eso, fue una orden clara.
Por su parte, la rebelión que llenó el corazón de la joven se desvaneció con esa simple orden. "Por favor, no...", ella susurró de manera impulsiva. De hecho, ella sabía que ya había cometido un error.
Como un tigre a su presa, Lucien se acercó más a ella, la intimidó tanto que ella no intentó alejarse.
El rey tiró de su cabello con tanta fuerza que su cabeza se echó hacia atrás, lo que hizo que ella se mordiera los labios para evitar gritar de dolor.
El remordimiento del hombre estaba marcado en sus ojos, y se trataba de un odio tan crudo que la heló. "Si no te desnudas, tendré que llamar a los guardias para que te ayuden".
Tras escuchar eso, la joven se llevó las manos al cuello de la bata y empezó a desatar las cuerdas que sujetaban la ropa.
Ya sin ropa, ella dejó que la bata cayera al suelo.
Ya que sus manos temblaban, las apretó en puños para disimularlo. Danika no le iba a dar la satisfacción de verla derrotada.
Esa noche, ella perdería su virginidad de la forma más cruel, y en manos del hombre más frío que hubiera conocido.
No obstante, no abandonaría su dignidad. Enseguida, la mujer levantó la barbilla para esperar su próxima orden.
"Sube a la cama, y ponte boca abajo. Abre bien las piernas". Mientras él hablaba, no había ninguna expresión en sus ojos, solo odio puro.
Enseguida, ella se subió a la cama, presionó la cara contra la almohada y abrió las piernas. Mientras sus brazos temblaba, cerró los ojos y esperó lo inevitable.
Siendo optimista, trató de concentrarse en el hecho de que esa era la primera cama blanda en la que se acostaba, en mucho tiempo. La mujer dejó que la comodidad del lecho la hiciera olvidar lo que estaba pasando.
De repente, ella escuchó cómo la ropa caía, y el sonido de una cremallera al abrirse. Instantes después, sintió que él se acercaba detrás de ella.
El rey la agarró por las caderas, al tiempo que sus dedos mordían su carne y su miembro forzaba su apertura. Enseguida, los ojos de la joven se abrieron ante la sensación del pene en su cuerpo.
Danika no era ajena a la anatomía de un hombre, había visto muchos esclavos desnudos antes, pese a eso, nunca pensó que uno pudiera ser tan grande como el que estaba presionando en su cuerpo.
El hombre parecía haber encontrado lo que buscaba, pues gruñó de aprobación.
Mientras él ajustaba las rodillas en la cama, el pequeño placer que ella sentía desapareció cuando él se retiró y comenzó a empujar más profundo.
La mujer aspiró sobresaltada cuando sus breves embestidas se volvían cada vez más dolorosas, entonces, ella contuvo la respiración, esperando que todo acabara.
Ya cansado, él la sostuvo por las caderas y cuando se echó hacia atrás y luego empujó hacia adelante con más fuerza, sintió tocar el fondo dentro de ella.
Por su parte, Danika quedó con la mente en blanco.
Ya no le quedaba nada más que esperar, y tratar de recuperarse.
Al fin, los ojos fríos del hombre se encontraron con los de ella. "Mira, Danika, puede que no seas satisfecha, pero ya lo verás. Ahora, quítate tu ropa interior".
Los oídos de Danika aún resonaban ante todo lo que escuchaba. Además, sus ojos estaban llenos de lágrimas. ¿Por qué su padre tenía que haber hecho todo eso? ¿Por qué tenía que ser un adicto al poder?
Sus manos temblaban mientras se quitaba su ropa interior, dejándola, al fin, desnuda por completo.
Esa noche ella perdería su virginidad de la forma más cruel, y en manos del hombre más frío que hubiera conocido.
Sin embargo, estaba dispuesta a soportarlo con dignidad. Ella ya no era una princesa, pero al menos, lo fue en el pasado. La joven nació en la realeza, entrenada para comportarse con orgullo y ser una dama dignada.
No obstante, ese era su destino ahora, uno del que no podía escaparse. Ella levantó la barbilla para esperar su próxima orden.
"Sube a la cama, y ponte boca abajo. Abre bien las piernas". Mientras hablaba no había expresión alguna en sus ojos, solo odio puro.
Enseguida, él se subió a la cama, le presionó la cara contra la almohada y procedió a abrirle las piernas. Mientras sus brazos temblaban, ella cerró los ojos y esperó lo inevitable.
Siendo optimista, trató de concentrarse en el hecho de que esa era la primera cama blanda en la que se acostaba, en mucho tiempo. La mujer dejó que la comodidad del lecho la hiciera olvidar lo que estaba pasando.
De repente, ella escuchó cómo la ropa caía, y el sonido de una cremallera al abrirse. Instantes después, sintió que él se acercaba detrás de ella.
El rey la agarró por las caderas, al tiempo que sus dedos mordían su carne y su miembro forzaba su apertura. Enseguida, los ojos de la joven se abrieron ante la sensación del pene en su cuerpo.
Danika no era ajena a la anatomía de un hombre, había visto muchos esclavos desnudos antes, pese a eso, nunca pensó que uno pudiera ser tan grande como el que estaba presionando en su cuerpo.
El hombre parecía haber encontrado lo que buscaba, pues gruñó de aprobación.
Mientras él ajustaba las rodillas en la cama, el pequeño placer que ella sentía desapareció cuando él se retiró y comenzó a empujar más profundo.
La mujer aspiró sobresaltada cuando sus breves embestidas cada vez dolían más, entonces, ella contuvo la respiración, esperando que todo acabara.
Ya cansado, él la sostuvo por las caderas y cuando se echó hacia atrás y luego empujó hacia adelante con más fuerza, sintió tocar el fondo dentro de ella.
Ella gritaba de dolor agonizante, y estaba apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula se entumeció.
Por su parte, el rey se quedó por completo inmóvil, mientras ella dejaba escapar un gemido incontrolable cargado de lágrimas. El encuentro íntimo le había dolido más de lo esperado. De hecho, muchísimo más.
Para desgracia de Danika, el hombre no se detuvo. Él tomó fuerzas para seguir sumergiéndose en ella con fiereza.
Mientras tanto, ella giró la cabeza, al tiempo que hundía el rostro en la cama para gritar, tratando de apartar su cuerpo tembloroso de la brutal posesión del hombre.
Sin previo aviso, las manos fuertes del rey la enjaularon, manteniendo su cuerpo inmóvil. Él la cubrió con su cuerpo y se sumergió en ella una y otra vez, por su parte, ella apenas podía aguantar la fuerza de sus embestidas presionándola implacablemente en la cama.
Solo los gritos de dolor de la joven se escuchaban en la habitación dorada, mientras que él estaba sereno. De hecho, no había soltado ni siquiera un gruñido.
Aunque él la tomó con fiereza como si fuera un animal, Danika habría jurado que el hombre se estaba conteniendo, pues de no ser así, la rompería en dos.
Los feroces empujes continuaron sin parar. Un largo rato después y de repente, él se apartó. Luego, se levantó de la cama y se subió la cremallera.
Danika se quedó quieta acostada, incapaz de mover su cuerpo, entonces, sollozó silenciosamente en la cama.
"Sal de aquí ya", el rey ordenó, alejándose sin mirar atrás. Ella escuchó la puerta abrirse y cerrarse detrás de él con un golpe.
La joven se dio cuenta de que él no había terminado y se preguntó por qué. El hombre la odiaba, y no sentía ningún tipo de lástima por ella. Entonces, ¿por qué no siguió saciando su cuerpo hasta llegar al clímax?
Ella no tenía la respuesta, pese a eso, se trataba del menor de sus problemas. Ya estando sola, empezó a sollozar sin contenerse.
Por primera vez desde que su reino fue emboscado, su padre fue asesinado y ella, llevada a la esclavitud, sintió una gran pena y dolor vívidamente.
Lágrimas y quejas desgarradoras le lastimaban la garganta. En el pasado, ella siempre había soñado con que estaba rodeada de flores, mientras su marido le hacía el amor bajo la luz de la luna. Se imaginaba perdiendo la virginidad con él, al tiempo que ambos acariciaban sus cuerpos con gran ternura.
Por desgracia, lo que había acabado de vivir no se acercaba en nada a lo que ella pensaba. De hecho, la realidad dolía como tener un cuchillo en el corazón. 'Padre, ¿por qué tuviste que hacerme eso?'.
Ella nunca había conocido un dolor tan grande como el que venía de su propio cuerpo, o el que ahora portaba en su alma.
Meditándolo bien, la aflicción de su cuerpo era temporal, pues lo que le hizo ese tipo le dolió. Sin embargo, el desconsuelo en su corazón podría durar tanto como su nueva y tortuosa vida.
No mucho después, ella se levantó, contenta de que él no estuviera cerca. Ella no sabía qué haría si dejaba que él la viera tratando de salir tambaleándose y llorando derrotada.
Gotas de sangre se estaban derramando de sus muslos, pues estaba herida tras el encuentro íntimo. Una vez llegó a su fría celda, el guardia la abrió.
Enseguida, ella se adentró a su frío confinamiento, caminó hacia el viejo camarote sin colchón, y se acurrucó allí.
De repente, ella sollozó, tratando de controlar sus lágrimas. No deseaba continuar llorando, y no quería verse destruida, pues no lo estaba.
Ella tenía que sobrevivir. Sus nuevas condiciones de vida no la quebrarían.
Aunque ella ahora era una esclava por fuera, en su interior, seguía siendo la princesa Danika. ¡No se dejaría amedrentar! Jamás lo permitiría. De hecho, ella solo se tenía a sí misma.
Mientras meditaba eso, la celda se abrió y entró Baski. La mujer mayor le ofreció una sonrisa cortés. "El Rey me pidió que te sacara".
"¿Qué dices? ¿Otra vez? ¿Por qué?".
"Eso dijo y también...", la mujer mayor comenzó, aunque estaba olvidando lo que quería decir. "¿Qué quiere conmigo ahora? ¿Dime?", Danika espetó enfurecida, mientras se levantaba de la cama.
"Él quiere...", continuó Baski.
"¡Por lo que a mí respecta, él puede irse al infierno! ¡Aléjate de mí! ¡Vete!". La princesa que llevaba dentro gritó, más allá de lo razonable.
Por su parte, Baski frunció los labios con disgusto pese a eso, no fue a ninguna parte. En lugar de eso, la compasión brilló en sus ojos.
"De verdad tienes que dejar de lado esa actitud si de verdad quieres sobrevivir a eso. Eso fue lo que todos hicimos cuando intentábamos salvarnos de tu padre. Esa es la única forma de prevalecer".
"Tu rey es un maldito monstruo", Danika espetó de nuevo.
Enseguida, Baski negó rotundamente con la cabeza. "El rey Lucien está lejos de ese análisis que le das, no tienes idea de lo que ha tenido que pasar. ¡No tienes idea!".
Tras exclamar eso, los ojos de Baski se encontraron con los de ella. "De hecho, él se está conteniendo contigo".
Danika se irritó al escucharla. "¡Cómo te atreves a decir eso! No tienes idea de lo que ese monstruo hizo y...".
"Se está conteniendo, porque si de verdad quisiera devolverte todo lo que tu padre le hizo, empezaría por asar tus partes íntimas", la mujer comentó secamente.
"¿Qué estás diciendo?", Danika inquirió, pues no estaba segura de haber escuchado bien a la mujer.
"Olvídalo". La señora se dio la vuelta y agregó, "Si ya acabaste, escúchame. El rey me pidió que te escoltara a tus aposentos".
Tras escuchar eso, Danika parpadeó dos veces, preguntándose qué les pasaba a sus oídos. "¿En serio?".
"Sí, sígueme". Enseguida, Baski comenzó a alejarse.
'¿Qué está sucediendo?'.
Con una mueca de dolor, Danika se levantó y la siguió. La mujer mayor la acompañó a otro lado del gran palacio donde estaba una habitación. El lugar era pequeño pero bonito y ordenado.
"¿Qué hacemos aquí?", Danika inquirió.
"Esta es tu nueva habitación".
"¿De verdad?", ella interrogó mientras miraba a su alrededor, preguntándose qué podrían estar tramando esas personas.
"Limpia un poco y vete a la cama, el rey hablará contigo mañana". Dicho eso, Baski dio la vuelta y se alejó.
Danika, demasiado cansada y emocionalmente devastada para empezar a pensar en todo eso, se acostó en la cama y quedó dormida de inmediato. De hecho, escapar de la realidad siempre era una buena opción.
Sin embargo, ¿qué quiso decir la señora cuando dijo que él se estaba conteniendo? ¿Y qué diablos quiso decir con lo de asar sus partes íntimas?
Aún había muchas dudas sin resolver.