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La Escritora Del Diablo

La Escritora Del Diablo

Autor: : Charlie Rose
Género: Urban romance
Daphne Ávalos, una escritora en bancarrota, es secuestrada por Gael Devereux, un multimillonario y atractivo CEO con un ego imponente. Él le ofrece un contrato en el que debe escribir su biografía a cambio de su libertad, pero las condiciones son tan absurdas que, a pesar del peligro, Daphne se niega. Sin embargo, pronto descubre que no tiene escape. Atrapada en su mansión, entre lujo, secretos y cámaras ocultas, Daphne luchará por mantener el control sobre su vida, mientras una peligrosa atracción con Gael empieza a desbordar los límites de su voluntad. Pero detrás de esa fachada se esconde un oscuro secreto, un mafioso peligroso que busca venganza y Daphne es la única que sabe lo que realmente sucedió aquella fatídica noche. Él necesita su memoria y su vida y la obtendrá bajo cualquier costo.

Capítulo 1 El contrato del diablo (y su maldito plan B)

Si me pagaran por cada propuesta absurda que he recibido desde que mi carrera de escritora se fue al demonio... probablemente seguiría pobre. Pero al menos tendría una excusa más divertida para explicarlo en terapia.

El edificio era tan elegante que me dolieron los los pies solo de entrar.

La entrevista, para empezar, no tenía sentido desde el principio. El correo era vago, la dirección demasiado elegante, y la recepcionista que me recibió tenía una sonrisa como salida de una serie de culto sobre cultos.

Ella me sonrió como si estuviera viendo algo adorablemente patético. Y bueno... no la culpo. Había usado mi último vestido decente, planchado con la esperanza de que un CEO misterioso me ofreciera algo más que agua y una palmada en la espalda.

Pero no esperaba encontrarme con él.

Gael Devereux. Lo había googleado antes de venir. CEO de Devereux Holdings.

Multimillonario, soltero, con rumores de demandas enterradas y tratos confidenciales. Básicamente, el sueño húmedo de los medios financieros... y la pesadilla de cualquier mujer con instinto de supervivencia.

"

-Daphne Ávalos-dijo, sin siquiera mirar el CV que nunca me pidió.

-Presente,-contesté. El sarcasmo es mi escudo. Él no se inmutó.

Se dio vuelta. Alto. Elegante. Guapo de forma perturbadora. Como si hubieran diseñado a un CEO en el infierno y lo hubieran soltado en Wall Street.

-Usted quiere una historia. Yo también.

Usted escribe bien, aunque últimamente no ha vendido nada.

-Gracias por recordarme que estoy en bancarrota.

-Eso puede cambiar.

Puso un sobre negro sobre la mesa de cristal. Lo abrí y empecé a leer. El contrato tenía mi nombre. Y el suyo. Y muchas cláusulas absurdas. Como mudarme a su residencia mientras escribía. O no poder abandonar el proyecto sin su aprobación.

El contrato era real. Legal. Extenso. Perturbador.

Condiciones:

– Escribir su biografía desde su propia mansión.

– Acceso completo a su vida (y secretos).

– Confidencialidad absoluta.

– Renuncia temporal a mi libertad creativa... y física.

-¿Esto es una broma?- pregunté.

-¿Tú pareces alguien que puede pagar sus cuentas como para rechazar esto?-replicó él, sin pestañear.

Me levanté. Lo miré con todo el desprecio que una mujer endeudada y sarcástica podía reunir.

-Gracias, pero no. No vendo mi alma. Ni por seis ceros.

-Eso dijiste. Hoy.

-¿Perdón?

-Nada. Estás libre de irte. Por ahora.

Pero qué imbécil, osea, ni siquiera me miró a la cara, maldito arrogante infeliz ¿que se cree?

La verdad es que llevaba meses sin poder encontrar un trabajo, como escritora, tenía un maldito bloqueo creativo y sin ideas nuevas no había forma de seguir escribiendo, de eso vivía de mis escritos.

Pero no vendería mi alma de esa forma. Y además ese tío se cree la gran cosa, patán.

Horas después...

Mi apartamento era un horno, mi heladera un desierto, y mi dignidad... un recuerdo borroso.

Encendí la laptop para buscar trabajos mediocres y comer arroz frío.

No supe cuándo me quedé dormida.

Lo siguiente fue el ardor en la nariz. Cloroformo.

Desperté en movimiento. Boca seca. Mano atada.

Luces fuera de foco. Olor a cuero. Un auto. Silencio.

Una nota en el asiento a mi lado:

Lo lamento, eres difícil de convencer, pero te dije que era hoy. Bienvenida a tu verdadero contrato.– G. D.

Me habría reído si no estuviera tan cerca del colapso nervioso.

Mi madre siempre dijo que tenía talento para meterme en problemas.

Pero ni en sus peores pesadillas me imaginó despertando en una cama tamaño imperio, con sábanas de hilo egipcio y cámaras apuntando a cada rincón.

¿El lado bueno? No estaba muerta.

¿El malo? Estaba secuestrada por un CEO sexy con tendencias dictatoriales y demasiado dinero.

Me incorporé de golpe, ignorando el mareo. Todo era... elegante. Frío. Impecable. Como un catálogo de lujo en el infierno.

La puerta se abrió. Por supuesto.

Gael Devereux entró como si acabara de comprar el lugar. Bueno... probablemente lo había hecho.

-Desayuno en veinte minutos. Te conviene comer algo -dijo sin saludar, ni preguntar

cómo me sentía después del secuestro. Pero más idiota seré yo al esperar aquello, es un tipo sin escrúpulos.

-¿Me conviene? ¿Antes o después de denunciarte?--le pregunté con mi sonrisa más genuina

-¿Con qué teléfono? -preguntó con una sonrisa perfectamente criminal.

"Respira, Daphne. No llores frente al enemigo. No demuestres debilidad. Ni hambre. Aunque hueles pan francés."

-Esto es ilegal, ¿sabes? -solté mientras lo seguía, con pasos firmes y una dignidad que colgaba de un hilo.

-Y sin embargo, aquí estás. ¿Te parece una casualidad que no tengas a quién llamar? ¿O que tu contrato, ese que rechazaste con tanto drama, esté ahora firmado digitalmente por ti?

Me detuve en seco.

-¿Me estás diciendo que falsificaste mi firma?- pero si sera cabrón!

-Te estoy diciendo que ahora estás oficialmente trabajando para mí. Durante los próximos seis meses, vivirás aquí. Comerás bien. Escribirás mi historia.

-¿Y si no quiero? Porque fui clara cuando lo dije--. Gael se giró despacio, acercándose hasta quedar a un suspiro de distancia.

-Entonces deja de fingir que te importa tu libertad. La perdiste hace tiempo, Daphne. Yo solo te la recordé.

Lo odié. Lo odié por tener razón.

Y lo odié más porque, contra toda lógica, una parte de mí... estaba intrigada.

La cocina era de revista. El desayuno, de restaurante Michelin. Y yo, una escritora sin rumbo, ahora era la protagonista de mi peor historia.

Mientras él hojeaba su correo con indiferencia, yo lo observaba. Cada movimiento suyo era calculado. Esa maldita mirada cargada de poder.

No era un hombre. Era una maldita estrategia andante.

Y yo... su nuevo proyecto.

Pero si Gael Devereux pensaba que podía domesticarme como a una escritora desesperada más, estaba a punto de descubrir que había secuestrado a la mujer equivocada.

-Quiero que empieces hoy -dijo sin apartar la vista de su tablet-. Te asignarán una oficina en el ala este. Tiene todo lo que puedas necesitar. Y más.

-¿También incluye un abogado y una orden de restricción?

Gael alzó una ceja, divertido. No debería verse sexy con esa expresión, pero lo hacía. Maldita genética infernal.

-Incluye un asistente personal. Y un pase de seguridad con tu nombre. Aunque, sinceramente, dudo que intentes escapar. No llegarías muy lejos.

-¿Me estás amenazando?

-Te estoy recordando tu situación.

Me habría lanzado el café a la cara si no fuera tan caro y tan bueno. En su lugar, me limité a cruzar los brazos y sostenerle la mirada.

-No voy a escribir tu historia -dije con la voz más firme que encontré

-Creeme cuando te digo que lo harás y mientras mas te resistas a hacerlo más tiempo tendras que pasar aquí- dijo con sonriendo con su mirada aun fija en su tablet

-Se empezaran a preguntar por mi, y eso podria desatar el caos ,no te conviene.

-Jajajaja, no me hagas reír. - se acerca a mi desde su silla solo su rostro- no tienes ni una mascota que te ladre, ¿crees que le importas a alguien?- no mentia para mi gran pesar, estaba sola, sin familia, solo una y le importaba una mierda lo que me sucediera.

Gael Devereux lo sabia y estaba segura desde ahora que si no empezaba a escribir su historia, no saldria de esta lujosa prisión.

-Aléjate, quieres?- al darse cuenta se incorporó y observó mi reacción, pero no esta jugando, no me dejara ir asi de fácil

-Esta bien, tu ganas. Voy a escribir tu historia. Pero no porque me lo ordenes. Lo haré para demostrarte que nadie puede controlar lo que sale de mi pluma.

Gael sonrió. De esos gestos peligrosos, como si ya hubiera ganado.

-Entonces empieza con esto: ¿Por qué crees que alguien como yo necesita una biografía?

-Porque tienes un ego tan inflado que no cabe en tu penthouse.

-Incorrecto -respondió sin inmutarse-. Porque hay verdades que solo pueden contarse a través de una escritora quebrada, sin nada que perder... y demasiado curiosa para decir que no.

Me congelé. Maldito, me estaba atacando.

Ese era mi punto débil. La curiosidad. Y él lo sabía.

Gael se levantó, caminó hasta mí, y con esa maldita aura de poder me quitó la taza de café de las manos.

-Nos vemos en tu oficina, Daphne. Sé puntual.

Y se fue.

La puerta se cerró tras él y yo me quedé ahí, rodeada de mármol, lujo y cámaras escondidas, preguntándome en qué momento exacto vendí mi alma. O mejor dicho... cuándo la robaron con un contrato en papel negro y una sonrisa que olía a peligro.

Porque sí, estaba atrapada.

Pero si Gael Devereux creía que iba a ser una escritora obediente, estaba a punto de protagonizar su peor pesadilla editorial.

Yo escribía tragedias.

Y esta historia, la suya, sería la más oscura de todas.

Capítulo 2 El precio de la curiosidad

La oficina era todo lo que había imaginado y más. Un espacio tan lujoso que parecía sacado de una revista de arquitectura, con vistas panorámicas de la ciudad y muebles de diseñador que me hacían sentir como una intrusa en un mundo que no era el mío. La computadora en el escritorio era de última generación, y todo estaba perfectamente organizado, como si alguien hubiera estado esperando que llegara.

Y lo había hecho.

Me senté en la silla ergonómica, mi espalda se hundió en el respaldo suave, pero no era el tipo de comodidad que podía disfrutar. Sabía que todo esto tenía un precio, y no solo el que estaba en ese maldito contrato que me había obligado a firmar.

Mi primer impulso fue tirar la computadora por la ventana, pero la lógica se impuso: no tenía a dónde ir. Estaba atrapada en su juego, y tenía que jugar según sus reglas. Al menos hasta encontrar una salida.

El sonido de la puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos. Gael Devereux entró en la oficina como si fuera suya, como si el lugar hubiera sido diseñado exclusivamente para él. Y, probablemente, lo había sido.

-¿Todo bien, Daphne? -preguntó sin mirarme, mientras se sentaba en una silla frente a mí, colocándose con calma los puños de la camisa, una camisa que costaba más que mi alquiler de tres meses.

-Lo que sea que hayas planeado, lo voy a arruinar -dije, sin mirar la pantalla de la computadora.

Gael levantó una ceja, algo que se estaba volviendo cada vez más molesto, pero entendí que no lo hacía por diversión. Lo hacía porque podía.

-Eso lo veremos -respondió, dándome una sonrisa desafiante. Su tono era arrogante, como si fuera el dueño de todo lo que tocaba, y, en cierto modo, lo era.

-Voy a escribir tu historia, pero no te equivoques, no soy una marioneta, y mucho menos una escritora sumisa -le advertí, con la voz temblando por la ira que sentía en ese momento.

Él no dijo nada durante un largo minuto. Solo me miró con esa mirada fría, esa que decía "no me importa lo que digas". Finalmente, se inclinó hacia adelante, colocando ambos codos sobre la mesa.

-Lo sé. Por eso te elegí -dijo, y esas palabras me dejaron helada.

Mi corazón latió más rápido, pero me negué a mostrar ninguna emoción. Sabía exactamente qué intentaba hacer: me estaba estudiando, probando mis límites. Y yo no iba a dárselo tan fácil.

-Vamos, Daphne. Sabes que quieres saber más. Todos tenemos secretos, y tú... eres demasiado curiosa para resistirte a los míos -continuó, con esa sonrisa arrogante que me ponía los pelos de punta.

Y tenía razón. Mi maldita curiosidad siempre había sido mi perdición. No podía evitarlo. Era como si mi mente estuviera atrapada en un rompecabezas, uno que solo él podía resolver.

Respiré profundamente, tratando de mantener la calma.

-Esto es un juego para ti, ¿verdad?

El sonrió confirmando mi pregunta- No, solo que nadie conoce como soy en realidad y quiero darme a conocer.

-Quieres ser más temido?- su expresión era impenetrable pero un breve momento visualice incomodidad, leve pero algo.- te molesta?

-Parece que tu no me temes, ¿no es así?- me analizo de arriba abajo tal vez buscando indicios de miedo.

-No me asustas, señor Devereux -respondí, manteniendo la calma mientras mi corazón seguía latiendo rápido, pero sin mostrarlo. Me había enfrentado a situaciones peores en mi vida, aunque esta definitivamente se sentía diferente. Gael no era un simple villano con pretensiones de poder. Había algo en él que lo hacía peligroso, pero también... intrigante.

Él sonrió, como si estuviera complacido con mi respuesta. Se recostó en su silla y cruzó los brazos, observándome con una mirada penetrante.

-Tienes una lengua afilada, Daphne, y eso me gusta. Es justo lo que necesito de ti. Pero no te equivoques, este "juego", como lo llamas, tiene reglas. Y yo soy quien las establece.

Mi estómago se apretó al escuchar sus palabras. ¿Qué significaba eso? Sabía que no podía seguir jugando a ser la heroína de mi propia historia. Estaba atrapada en su red, y no podía permitirme dejar que me arrastrara sin más.

-Y si no las juego, ¿qué pasa? -le pregunté, manteniendo la mirada fija en la suya.

Gael se reclinó un poco, sus ojos brillaban con pura diversión. La sonrisa en su rostro era como la de un depredador que había encontrado una presa interesante.

-Entonces descubrirás que, a veces, la curiosidad no solo mata al gato. También mata al escritor.

Mis manos se tensaron sobre el escritorio. Podía sentir cómo su presencia invadía todo el espacio, como si ya hubiera tomado posesión de cada rincón de mi mente. No me gustaba cómo se sentía, pero no podía apartarlo. No podía huir.

-Eso suena muy dramático -respondí, aunque mi voz sonó más tensa de lo que quería. Estaba perdiendo el control de la situación, y eso me aterraba.

-La vida es dramática, Daphne -respondió él, levantándose de la silla y acercándose lentamente. Sus pasos resonaban con un eco que me hacía sentir pequeña, vulnerable. -Y si vas a escribir mi historia, tendrás que enfrentarte a mi drama. Todos los secretos, todas las mentiras, todo lo que he construido. Quiero que lo escribas todo.

Mi respiración se aceleró mientras él se detenía frente a mí, apenas a unos centímetros de distancia. Estaba atrapada. Literalmente atrapada entre sus ojos fríos y esa presión invisible que me apretaba el pecho.

-No lo haré. No escribiré lo que tú quieras, Gael. No seré tu marioneta -le dije con firmeza, aunque sabía que estaba mintiendo. Ya no tenía control sobre lo que pasaba, y esa era la verdad más aterradora de todas.

La sonrisa de Gael se ensanchó. Y, por un momento, creí que algo peligroso brillaba en su mirada.

-Lo veremos, Daphne. Lo veremos. Pero por ahora, ¿por qué no te concentras en escribir lo primero que pienses? Algo que tenga que ver con mí, claro. Imagina todo lo que me has descubierto hasta ahora.

Quería gritarle que no lo haría, que no caería en su trampa. Pero la verdad es que, cuando se trata de Gael Devereux, cualquier "no" parecía ser solo una invitación a querer decir "sí".

Capítulo 3 El Límite de la obediencia

Gael no dijo nada, pero su sonrisa creció, como si supiera que había tocado una fibra sensible. Mi mente estaba a mil por hora, tratando de organizar mis pensamientos, pero sus palabras resonaban en cada rincón de mi mente, como un eco que no dejaba de retumbar.

¿Por qué me atraía tanto?

Me forcé a apartar ese pensamiento, negando la extraña sensación que comenzaba a crecer en mi pecho. No podía permitirme caer en su juego, no podía permitir que esa magnetismo entre nosotros tomara control. Pero ahí estaba, desbordando mis límites y desafiando todo lo que pensaba saber de mí misma.

-Escribes bien, Daphne -dijo, su voz suave pero cargada de una intensidad que no podía ignorar-. Pero quiero ver si eres capaz de escribir sobre alguien como yo. No será fácil. Pero sé que te excita el desafío.

Lo miré fijamente, mi respiración agitada, pero intenté que mi voz sonara firme, aunque sabía que mi interior estaba comenzando a quebrarse.

-¿Qué es lo que realmente quieres de mí, Gael? -pregunté, más a mí misma que a él, buscando una respuesta que no estaba segura de querer escuchar.

Él se quedó en silencio por un momento, su mirada fija en la mía, penetrante, casi como si estuviera buscando algo en mi alma. Su presencia era sofocante, como si me envolviera completamente, como si ya fuera tarde para escapar. Finalmente, habló, su tono más bajo, más serio.

-Quiero que escribas mi historia, Daphne. Solo eso. Todo lo que he hecho, todo lo que soy... quiero que lo pongas en palabras. Y quiero que sepas que no será como lo imaginas. No será un simple relato de éxito o poder. Será más profundo, más oscuro.

Gael hizo una pausa, su mirada clavada en la mía, como si esperara que mis pensamientos se alinearan con los suyos. El aire entre nosotros estaba cargado de una tensión palpable, y no era solo por la intensidad de sus palabras. Había algo en él, algo que me mantenía atrapada, como una telaraña de la que no podía escapar, sin importar lo que intentara hacer.

-Te estoy dando lo que quieres, Daphne -continuó, su voz aún suave pero con una firmeza que no dejaba espacio para dudas-. Quiero que escribas sobre la oscuridad, sobre lo que realmente soy. No una versión pulida que el mundo pueda aceptar, sino la verdad que pocos conocen.

No respondí de inmediato. ¿Qué estaba buscando exactamente? ¿Un relato de su vida, de sus victorias y fracasos, o algo más? ¿Esperaba que lo entendiera, que lo aceptara? Mi mente seguía dando vueltas a sus palabras, pero algo dentro de mí ya comenzaba a ceder.

-Tú no eres lo que parece, Gael -dije finalmente, sin apartar la vista de sus ojos-. Nadie lo es. Pero... ¿por qué necesitas que lo escriba yo? ¿Por qué me elegiste a mí? Hay muchos escritores mejores que yo y que seguro no se habían negado, porqué yo?

Él se levantó lentamente de la silla, caminando hacia la ventana sin apartar la vista de mí. Sus pasos eran calculados, como si estuviera tomando su tiempo, preparándose para algo que solo él sabía.

-Porque tú... -dijo, su voz baja y enigmática-. Tú eres la única que puede ver más allá de las mentiras que todos creen sobre mí, no solo sobre mi, sobre cualquiera. Eres la única que no me teme, y eso me intriga.

Su declaración quedó flotando en el aire, y mi respiración se volvió más errática. La tensión entre nosotros era insoportable, como si todo fuera a estallar en cualquier momento. Mis pensamientos se entrelazaban, confundidos entre la atracción y la desesperación de encontrar una salida.

-¿Y como sabes que yo no te temía? No me conoces para nada y yo para ser sincera, tampoco conocia mucho de ti, ¿qué esperas que haga con esa verdad que quieres que escriba? -pregunté, mi voz un susurro tenso.

Gael se giró lentamente, sus ojos brillando con algo que no podía definir. Se acercó de nuevo a la mesa, esta vez más cerca de lo que me sentía cómoda.

-Haz lo que quieras con ella -dijo, su voz casi un susurro-. Pero no olvides, Daphne... Yo también soy el escritor de mi propia historia. Y si me conviene, te haré parte de ella.

-No quiero ser parte de ella y aun no respondía de mi pregunta

-Es cierto, hay muchos otros, pero me temen demasiado. Y tú no le temes ni al mismo diablo.

Mis manos temblaron sobre el escritorio mientras intentaba mantener la compostura, pero sus palabras fueron un golpe directo. No sabía si debía sentir miedo o una extraña excitación por la forma en que lo decía. Había algo en su presencia, en su control, que me empujaba más allá de lo que estaba dispuesta a admitir.

-No ,eso no es asi. Claro que siento temor, ¿me investigaste? Ok, no controlo a veces mi lengua, pero eso no significa que no tenga miedo, Gael -dije, aunque mi voz ya no era tan firme como antes. Mis palabras no tenían el mismo peso cuando sentía que él ya había ganado una parte de mí que ni yo misma entendía.

-Sí, te investigue. Y no, no le temes a nada. Por eso eres la elegida.

-Pues fui clara cuando te dije que no, no quiero escribir tu tonta historia, tu supuesta verdad, quiero irme y no me puedes obligar.

Él sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una sonrisa que decía todo lo que no necesitaba decir.

-Eso lo veremos, Daphne -murmuró-. Eso lo veremos.

Y, por un momento, el silencio entre nosotros fue más pesado que cualquier palabra que pudiera haber dicho.

-Solo déjame ir. Busca a otra que haga lo que quieras.!Esto es absurdo!

-Si, lo es. Pero eres tú y como se que no quieres ir a prisión empezarás hoy mismo a escribir. - camino hacia la puerta y se giró solo para darme un ultimátum- por el momento escribe lo que ha pasado hasta ahora, lo que te parezca sin disfrazar la verdad y me lo muestras, ya luego te diré que esta bien y que no. Y no quiero más no de respuestas, mi paciencia tiene un límite, Daphne.

El aire se tensó aún más con sus palabras, como si todo se estuviera desmoronando a mi alrededor, pero no podía dejar de mirarlo. Gael, siempre tan imponente, tan seguro, me había dejado sin opciones. Cada palabra que salía de su boca parecía hacer que todo fuera más real, más inminente. No había forma de escapar de su juego.

Mi respiración se volvió más superficial, el temor y la frustración se apoderaron de mí. Me sentía atrapada entre dos mundos: el de mi orgullo y el de su control absoluto.

-¿Cómo puedes ser tan...? -comencé, pero mi voz se quebró, como si me faltara la fuerza para continuar.

Gael no hizo un gesto, no se movió ni un centímetro. Pero podía ver cómo su mirada se oscurecía, más intensa que nunca. Se acercó nuevamente, pero esta vez su presencia era casi invasiva, como si se desbordara sobre mí.

-Yo no soy un hombre que se deja rechazar, Daphne. Y tampoco soy un tonto que deja que algo tan sencillo como una negativa me detenga. Sabes que no tienes salida. Así que, o empiezas a escribir, o no saldrás de aquí.

El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa. Estaba atrapada. Sabía que, si no cedía, las consecuencias serían peores, pero algo dentro de mí seguía resistiéndose, una pequeña chispa de rebelión que no quería extinguirse. Sin embargo, la verdad era que no podía ignorar la gravedad de la situación.

Me quedé en silencio, mirando las páginas en blanco de mi cuaderno. Era como si esa hoja vacía me estuviera desafiando también, como si esperara que escribiera algo que no quería pensar, que no quería aceptar.

-Tienes que entender, Gael, que esto no es solo una cuestión de escribir. Es una cuestión de control. De poder -dije finalmente, aunque mis palabras ya no tenían la fuerza que antes solían tener.

Él no respondió de inmediato, pero su sonrisa se amplió, como si cada palabra que yo pronunciara le confirmara que estaba bajo su influencia. Se acercó un paso más.

-El control, Daphne, no se trata solo de someter a otros. Se trata de dominar tu propia voluntad. De hacer lo que tienes que hacer, aunque no quieras. Y sé que lo harás, porque no tienes otra opción.

Mi cuerpo tembló al escuchar su voz, su fría determinación. Sabía que estaba rodeada, que cualquier resistencia que ofreciera solo me hundiría más en su red.

-No quiero esto. No quiero ser parte de tu juego. -Mi voz estaba llena de frustración, pero también de un miedo palpable que no podía negar.

Gael levantó la mano, calmado, como si ya supiera cómo iba a terminar todo.

-Ya lo dijiste, Daphne. Lo que no sabes es que ya estás en mi juego. Y no vas a salir hasta que yo decida que es el momento. -Hizo una pausa antes de agregar-: Escribe. La historia empieza ahora.

La puerta se cerró con un sonido sordo detrás de él, dejándome sola en la habitación, con la pesada carga de lo que acababa de suceder. La verdad, la oscuridad, todo lo que había querido evitar, ahora estaba en mis manos. El destino de esa historia... era mío, y no podía evitar la sensación de que ya había sido escrita de antemano.

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